La soledad de América Latina






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La soledad de América Latina
[Discurso de aceptación del Premio Nobel 1982 -Texto completo]

Gabriel García Márquez

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonios más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.

No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faullkner dijo en este lugar: "Me niego a admitir el fin del hombre". No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.

Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía. Muchas gracias.






The Solitude of Latin America

Gabriel García Márquez
Nobel Prize Lecture, 8 December 1982


Antonio Pigafetta, a Florentine navigator who went with Magellan on the first voyage around the world, wrote, upon his passage through our southern lands of America, a strictly accurate account that nonetheless resembles a venture into fantasy. In it he recorded that he had seen hogs with navels on their haunches, clawless birds whose hens laid eggs on the backs of their mates, and others still, resembling tongueless pelicans, with beaks like spoons. He wrote of having seen a misbegotten creature with the head and ears of a mule, a camel's body, the legs of a deer and the whinny of a horse. He described how the first native encountered in Patagonia was confronted with a mirror, whereupon that impassioned giant lost his senses to the terror of his own image.
This short and fascinating book, which even then contained the seeds of our present-day novels, is by no means the most staggering account of our reality in that age. The Chronicles of the Indies left us countless others. Eldorado, our so avidly sought and illusory land, appeared on numerous maps for many a long year, shifting its place and form to suit the fantasy of cartographers. In his search for the fountain of eternal youth, the mythical Alvar Núñez Cabeza de Vaca explored the north of Mexico for eight years, in a deluded expedition whose members devoured each other and only five of whom returned, of the six hundred who had undertaken it. One of the many unfathomed mysteries of that age is that of the eleven thousand mules, each loaded with one hundred pounds of gold, that left Cuzco one day to pay the ransom of Atahualpa and never reached their destination. Subsequently, in colonial times, hens were sold in Cartagena de Indias, that had been raised on alluvial land and whose gizzards contained tiny lumps of gold. One founder's lust for gold beset us until recently. As late as the last century, a German mission appointed to study the construction of an interoceanic railroad across the Isthmus of Panama concluded that the project was feasible on one condition: that the rails not be made of iron, which was scarce in the region, but of gold.
Our independence from Spanish domination did not put us beyond the reach of madness. General Antonio López de Santana, three times dictator of Mexico, held a magnificent funeral for the right leg he had lost in the so-called Pastry War. General Gabriel García Moreno ruled Ecuador for sixteen years as an absolute monarch; at his wake, the corpse was seated on the presidential chair, decked out in full-dress uniform and a protective layer of medals. General Maximiliano Hernández Martínez, the theosophical despot of El Salvador who had thirty thousand peasants slaughtered in a savage massacre, invented a pendulum to detect poison in his food, and had streetlamps draped in red paper to defeat an epidemic of scarlet fever. The statue to General Francisco Moraz´n erected in the main square of Tegucigalpa is actually one of Marshal Ney, purchased at a Paris warehouse of second-hand sculptures.
Eleven years ago, the Chilean Pablo Neruda, one of the outstanding poets of our time, enlightened this audience with his word. Since then, the Europeans of good will -- and sometimes those of bad, as well -- have been struck, with ever greater force, by the unearthly tidings of Latin America, that boundless realm of haunted men and historic women, whose unending obstinacy blurs into legend. We have not had a moment's rest. A promethean president, entrenched in his burning palace, died fighting an entire army, alone; and two suspicious airplane accidents, yet to be explained, cut short the life of another great-hearted president and that of a democratic soldier who had revived the dignity of his people. There have been five wars and seventeen military coups; there emerged a diabolic dictator who is carrying out, in God's name, the first Latin American ethnocide of our time. In the meantime, twenty million Latin American children died before the age of one -- more than have been born in Europe since 1970. Those missing because of repression number nearly one hundred and twenty thousand, which is as if no one could account for all the inhabitants of Uppsala. Numerous women arrested while pregnant have given birth in Argentine prisons, yet nobody knows the whereabouts and identity of their children who were furtively adopted or sent to an orphanage by order of the military authorities. Because they tried to change this state of things, nearly two hundred thousand men and women have died throughout the continent, and over one hundred thousand have lost their lives in three small and ill-fated countries of Central America: Nicaragua, El Salvador and Guatemala. If this had happened in the United States, the corresponding figure would be that of one million six hundred thousand violent deaths in four years.
One million people have fled Chile, a country with a tradition of hospitality -- that is, ten per cent of its population. Uruguay, a tiny nation of two and a half million inhabitants which considered itself the continent's most civilized country, has lost to exile one out of every five citizens. Since 1979, the civil war in El Salvador has produced almost one refugee every twenty minutes. The country that could be formed of all the exiles and forced emigrants of Latin America would have a population larger than that of Norway.
I dare to think that it is this outsized reality, and not just its literary expression, that has deserved the attention of the Swedish Academy of Letters. A reality not of paper, but one that lives within us and determines each instant of our countless daily deaths, and that nourishes a source of insatiable creativity, full of sorrow and beauty, of which this roving and nostalgic Colombian is but one cipher more, singled out by fortune. Poets and beggars, musicians and prophets, warriors and scoundrels, all creatures of that unbridled reality, we have had to ask but little of imagination, for our crucial problem has been a lack of conventional means to render our lives believable. This, my friends, is the crux of our solitude.
And if these difficulties, whose essence we share, hinder us, it is understandable that the rational talents on this side of the world, exalted in the contemplation of their own cultures, should have found themselves without valid means to interpret us. It is only natural that they insist on measuring us with the yardstick that they use for themselves, forgetting that the ravages of life are not the same for all, and that the quest of our own identity is just as arduous and bloody for us as it was for them. The interpretation of our reality through patterns not our own, serves only to make us ever more unknown, ever less free, ever more solitary. Venerable Europe would perhaps be more perceptive if it tried to see us in its own past. If only it recalled that London took three hundred years to build its first city wall, and three hundred years more to acquire a bishop; that Rome labored in a gloom of uncertainty for twenty centuries, until an Etruscan King anchored it in history; and that the peaceful Swiss of today, who feast us with their mild cheeses and apathetic watches, bloodied Europe as soldiers of fortune, as late as the Sixteenth Century. Even at the height of the Renaissance, twelve thousand lansquenets in the pay of the imperial armies sacked and devastated Rome and put eight thousand of its inhabitants to the sword.
I do not mean to embody the illusions of Tonio Kröger, whose dreams of uniting a chaste north to a passionate south were exalted here, fifty-three years ago, by Thomas Mann. But I do believe that those clear-sighted Europeans who struggle, here as well, for a more just and humane homeland, could help us far better if they reconsidered their way of seeing us. Solidarity with our dreams will not make us feel less alone, as long as it is not translated into concrete acts of legitimate support for all the peoples that assume the illusion of having a life of their own in the distribution of the world.
Latin America neither wants, nor has any reason, to be a pawn without a will of its own; nor is it merely wishful thinking that its quest for independence and originality should become a Western aspiration. However, the navigational advances that have narrowed such distances between our Americas and Europe seem, conversely, to have accentuated our cultural remoteness. Why is the originality so readily granted us in literature so mistrustfully denied us in our difficult attempts at social change? Why think that the social justice sought by progressive Europeans for their own countries cannot also be a goal for Latin America, with different methods for dissimilar conditions? No: the immeasurable violence and pain of our history are the result of age-old inequities and untold bitterness, and not a conspiracy plotted three thousand leagues from our home. But many European leaders and thinkers have thought so, with the childishness of old-timers who have forgotten the fruitful excess of their youth as if it were impossible to find another destiny than to live at the mercy of the two great masters of the world. This, my friends, is the very scale of our solitude.
In spite of this, to oppression, plundering and abandonment, we respond with life. Neither floods nor plagues, famines nor cataclysms, nor even the eternal wars of century upon century, have been able to subdue the persistent advantage of life over death. An advantage that grows and quickens: every year, there are seventy-four million more births than deaths, a sufficient number of new lives to multiply, each year, the population of New York sevenfold. Most of these births occur in the countries of least resources -- including, of course, those of Latin America. Conversely, the most prosperous countries have succeeded in accumulating powers of destruction such as to annihilate, a hundred times over, not only all the human beings that have existed to this day, but also the totality of all living beings that have ever drawn breath on this planet of misfortune.
On a day like today, my master William Faulkner said, "I decline to accept the end of man." I would fall unworthy of standing in this place that was his, if I were not fully aware that the colossal tragedy he refused to recognize thirty-two years ago is now, for the first time since the beginning of humanity, nothing more than a simple scientific possiblity. Faced with this awesome reality that must have seemed a mere utopia through all of human time, we, the inventors of tales, who will believe anything, feel entitled to believe that it is not yet too late to engage in the creation of the opposite utopia. A new and sweeping utopia of life, where no one will be able to decide for others how they die, where love will prove true and happiness be possible, and where the races condemned to one hundred years of solitude will have, at last and forever, a second opportunity on earth.




Official Press Release

Swedish Academy of Letters
The Permanent Secretary

Press Release: The Nobel Prize for Literature 1982

Gabriel García Márquez

With this year's Nobel Prize in Literature to the Colombian writer, Gabriel García Márquez, the Swedish Academy cannot be said to bring forward an unknown writer.
García Márquez achieved unusual international success as a writer with his novel in 1967 (One Hundred Years of Solitude). The novel has been translated into a large number of languages and has sold millions of copies. It is still being reprinted and read with undiminished interest by new readers. Such a success with a single book could be fatal for a writer with less resources than those possessed by García Márquez. He has, however, gradually confirmed his position as a rare storyteller, richly endowed with a material from imagination and experience which seems inexhaustible. In breadth and epic richness, for instance, the novel, El ontoño del patriarca, 1975, (The Autumn of the Patriarch) compares favourably with the first-mentioned work. Short novels such as El coronel no tiene quien le escriba, 1961 (No One Writes to the Colonel ), La mala hora, 1962 (In Evil Hour ), or last year's Crónica de una muerte anunciada (Chronicle of a Death Foretold), complement the picture of a writer who combines the copious, almost overwhelming narrative talent with the mastery of the conscious, disciplined and widely read artist of language. A large number of short stories, published in several collections or in magazines, give further proof of the great versatility of García Márquez's narrative gift. His international successes have continued. Each new work of his is received by expectant critics and readers as an event of world importance, translated into many languages and published as quickly as possible in large editions.
Nor can it be said that any unknown literary continent or province is brought to light with the prize to Gabriel García Márquez. For a long time, Latin American literature has shown a vigour as in few other literary spheres, having won acclaim in the cultural life of today. Many impulses and traditions cross each other. Folk culture, including oral storytelling, reminiscences from old Indian culture, currents from Spanish baroque in different epochs, influences from European surrealism and other modernism are blended into a spiced and life-giving brew from which García Márquez and other Spanish-American writers derive material and inspiration. The violent conflicts of a political nature -- social and economic -- raise the temperature of the intellectual climate. Like most of the other important writers in the Latin American world, García Márquez is strongly committed, politically, on the side of the poor and the weak against domestic oppression and foreign economic exploitation. Apart from his fictional production, he has been very active as a journalist, his writings being many-sided, inventive, often, provocative, and by no means limited to political subjects.
The great novels remind one of William Faulkner. García Márquez has created a world of his own around the imaginary town of Macondo. Since the end of the 1940s his novels and short stories have led us into this peculiar place where the miraculous and the real converge -- the extravagant flight of his own fantasy, traditional folk tales and facts, literary allusions, tangible, at times, obtrusively graphic, descriptions approaching the matter-of-factness of reportage. As with Faulkner, or why not Balzac, the same chief characters and minor persons crop up in different stories, brought forward into the light in various ways -- sometimes in dramatically revealing situations, sometimes in comic and grotesque complications of a kind that only the wildest imagination or shameless reality itself can achieve. Manias and passions harass them. Absurdities of war let courage change shape with craziness, infamy with chivalry, cunning with madness. Death is perhaps the most important director behind the scenes in García Márquez's invented and discovered world. Often his stories revolve around a dead person -- someone who has died, is dying or will die. A tragic sense of life characterizes García Márquez's books -- a sense of the incorruptible superiority of fate and the inhuman, inexorable ravages of history. But this awareness of death and tragic sense of life is broken by the narrative's apparently unlimited, ingenious vitality which, in its turn, is a representative of the at once frightening and edifying vital force of reality and life itself. The comedy and grotesqueness in García Márquez can be cruel, but can also glide over into a conciliating humour.
With his stories, Gabriel García Márquez has created a world of his own which is a microcosmos. In its tumultuous, bewildering, yet, graphically convincing authenticity, it reflects a continent and its human riches and poverty.
Perhaps more than that: a cosmos in which the human heart and the combined forces of history, time and again, burst the bounds of chaos -- killing and procreation.

A Special Thank You:
To the Nobel Foundation, for providing the text of the speech and the press release. Both are copyrighted by the Nobel Foundation, 1997 & 1999.


--Allen B. Ruch
2 June 2003

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