¿Por qué aceptaba esa situación? Una mujer atractiva de cuarenta años. A los treinta y dos, había decidido celebrar el ritual burgués de la mamoplastía, que no






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ALMAS GEMELAS”






ALEJANDRO POHLENZ

5/4/2009






1.
¿Por qué aceptaba esa situación? Una mujer atractiva de cuarenta años. A los treinta y dos, había decidido celebrar el ritual burgués de la mamoplastía, que no había dejado cicatrices: sólo la disminución de la sensibilidad en los pezones, pero un eufórico aumento de la autoestima y la posibilidad de revertir los efectos de tres embarazos y sus consabidas lactancias, que habían dejado sus senos patéticamente desinflados, como globos sin vida. Ahora, sus pechos eran turgentes. Sí: desafiaban la Ley de la Gravitación Universal (Newton revolcándose en su tumba de Westminster Abby), pero simétricos, armoniosos y excitantes para todos los hombres a los que les había autorizado manipular esas prótesis de cristalinas bolsas de agua destilada –con valor de mil dólares cada una.

La nalga. Debajo de la nalga: ahí, donde empieza la pierna. Esa no muy graciosa curva donde se acumula curiosamente la piel de naranja (el paisaje de la luna apelotonado ahí), era, para ella, una preocupación. Por eso, las cremas, los desplantes en el gimnasio y, claro, los estratégicos pareos cuando iba a la playa.

“Pero no estoy nada mal para mis cuarenta”, se dijo, viéndose al espejo de cuerpo completo, desnuda. “Por lo menos no estoy gorda, como mis amigas de la universidad. Más bien… quizá… ¿demasiado flaca?”

No había hecho falta, hasta ahora, liposucción, porque Claudia era disciplinada con la alimentación e iba al gimnasio frecuentemente –cuando no surgía alguno de esos angustiantes bomberazos de la empresa.

Claudia se volvió para ver a Rubén, dormido, en su cama. Iluminado con la luz de la calle se veía aún mejor. Los músculos de su pecho, marcados, contrastados, quebrados. Sus brazos tersos; la piel como de cerámica. Su sexo dormido, del lado, deformado, pacífico. La total ausencia de vello en el pecho, arrojaba una visión como de una superficie de látex: diáfana y perfecta. Miró a Rubén largamente, como se mira a un extraño en la calle. Nunca pudo entender por qué no había un solo pelo-en-pecho. Hombres que se depilan. ¡Vaya!

“¿Por qué acepto esta relación? ¿Es una relación? ¿No debería de buscar algo más profundo? ¿No debería de buscar el amor? ¿El amor? ¿Existe? ¿Existió? ¿Se fue en un éxodo irremediable? ¿Se escapó a la eternidad? ¿Fue engullido por un hoyo negro?”

-Ay, amiga, no tiene nada de malo –le decía frecuentemente Alicia, su compinche y confidente. -No pienses tanto. Gózalo. Rubén es un bombón. Ya quisiera cualquiera de nosotras tener un gorila de esos en la cama. ¡Papito!

Claudia caminó hacia el baño. En la pared, vio las fotografías de sus hijos. Lo hizo fugazmente, como un trámite veloz. Pensó en el capítulo que tenía que entregar al día siguiente; vio el reloj de pulso y sintió un calambre en las manos. Eran las dos de la mañana. Había tiempo. Quería aprovechar el fin de semana que los muchachos estaban con su papá para trabajar, pero Rubén había llegado inesperadamente y, como siempre, sin decir palabra, la había desvestido con esa apasionada sutileza y habían hecho el amor, de pie, sin pasar del recibidor –sólo cuidándose de La Paca que estaba en el cuarto de servicio, viendo la comedia de la señora.

Claudia prendió la regadera y concedió unos segundos de sus reflexiones a Ernesto. Si supiera… ¡Ay, no! ¡Pobre!

Claudia no sintió nada cuando imaginó el momento en el que Ernesto se enterara de sus encuentros con Charles Atlas, versión Sport City. El hombre del cuerpo de hule, los esteroides anabólicos, la calva en el pecho y los bíceps imposibles.

Mientras el agua caliente pintaba su cuerpo, lo llenaba de un bálsamo transparente y vaporoso, volvió a pensar en el amor. Siempre se refrenaba de usar –en su diálogo interno- las palabras de sus telenovelas: amor verdadero, primer amor, amor único; media naranja… alma gemela… Pero, finalmente, eso es lo que Claudia había estado buscando. Sentir lo mismo que veintitrés años atrás, en el camellón de eucaliptos, cuando él la tomó de la mano. El momento más feliz de su vida. “Ay, no”, pensó, “otro cliché insufrible”.

Pensó en lo estúpida que fue al alejarlo. Se estremeció con la palabra indecisión: villano que la había perseguido desde entonces. Recordó que, justamente, para conjurar a ese demonio es que se había casado. Fue fundamental lo que le dijo su madre:

-No puedes pasar la vida sin saber qué es lo que quieres. ¡Tienes que decidir algo, lo que sea! Y, cuando lo hagas, debes ser consistente con tu decisión.

-Pero, ¿y, si me equivoco, mamá? –argumentaba ella.

-No puedes saber si te vas a equivocar sino decides algo. Entiéndelo, Claudia: tu vida no ha sido más que una consecución de pasmos, de parálisis. ¡Haz algo, niña!
Con el papá de los muchachos, Claudia, se equivocó tanto que, aún siete años después del divorcio, sentía un doloroso resquemor; una insidiosa voz interior que le decía: “¡cómo perdiste el tiempo, Claudia! Y, el tiempo, es irrecuperable.”

Con el champú repitió su frase de cartabón; también, tan simple como un parlamento de sus telenovelas: “me casé sin amarlo verdaderamente”. Y, de nuevo, la duda, la vacilación, la irresolución: “¿existe el amor verdadero? ¡Qué cursi, que estúpido, qué escalofriante lugar común!” Y, sin embargo, naïve, kitsch, cursi o como fuera, todos deseamos desesperadamente amar y ser amados; todos ansiamos esa sensación milagrosa que, por un momento, le da una razón a la existencia sinrazón.

Con el estropajo asesinando salvajemente bacterias en la piel de Claudia, ella trataba de matar, por su parte, esos tan odiados lugares comunes; esas palabras y conceptos tan manoseados, como, la razón de la existencia. Pero ahí estaba la más elemental ambigüedad de su propia existencia. La escena de los eucaliptos, la más bella de su vida –sin contar el nacimiento de sus tres hijos-, era un recordatorio de que se podía ser feliz (la felicidad: otro concepto tan deshilachado), aunque fuera por sólo una pequeña molécula de tiempo.

Pasó un buen rato sintiendo el agua del Cutzamala embarrando suavemente su rostro afilado; las patas de gallo, las hendiduras al lado de la boca, el cuello que empezaba a parecerse a un pergamino encontrado por los saqueadores de una vieja cueva en Irak.

Al cerrar las llaves pensó en Alex, como siempre. Se lo encomendó a Dios; a su Dios que servía para pedirle que el alma de su hijo tuviera un adecuado reposo. Pero, al pensar realmente en Dios, Claudia siempre terminaba agotándose y guardando sus reflexiones en algún cajón oscuro, en la más lejana bodega de su cansada cabeza.

Rubén seguía durmiendo inmóvil como bebé en su cuna. Claudia trató de no incomodarlo, mientras sacó sus jeans y su roída sudadera del cajón de la cómoda. “Capítulo 134… ¿Cómo terminó el 133? …Juan Antonio amenaza de muerte al villano. No me encanta ese final. La gente sabe que el héroe es incapaz de matar a sangre fría: aunque sea el malo. Necesito un suspenso menos convencional…”

Regresó al baño a secarse el cabello: corto, lacio. “Tengo que hacerme otro corte”, pensó, al quitar el vaho del espejo. “Hay que poner el café”.

* * *

2.
Había comprado ese departamento frente al bosque de Tlalpan, más por la vista que por la comodidad y la amplitud. En mayo, la ciudad de México, era como un Temascal –gracias a la siempre generosa contribución del calentamiento global. Un Temascal con olor a diesel, monóxido de carbono y a drenaje. Claudia abrió la ventana y puso la taza humeante de café en el escritorio. Prendió la computadora. La angustia empezó a invadirla como si fuera un suero intravenoso, hasta que llegó a todos los rincones de su cuerpo. Escribir duele. Aunque sea sólo telenovelas.

Llegó el momento del día al que ella siempre le tenía miedo: cuando aparece la hoja en blanco, el cursor parpadea, como marcando los segundos. Es el instante en el que Claudia se enfrentaba a sí misma, a los límites de su capacidad, de su creatividad y de su inteligencia. Y, no es nada grato verse al espejo de una manera tan cruda. Eso es escribir: verse con lupa, ponerse a prueba, llegar al límite de la competencia.

La telenovela iba relativamente bien, aunque no era la gran cosa. Claudia inició su ritual, accediendo a su correo electrónico. Ernesto había mandado un artículo del Cientific American sobre la transferencia de células madre, del feto, a la madre.

Eliminó el correo chatarra –eterno parásito. No le iba a responder a Ernesto, sino hasta el día siguiente. Abrió el documento del 133. Las dos cuarenta y cinco. Claudia no tenía ganas de trabajar. Le tentó la idea de meterse en la cama y manosear a Rubén, como quien hace una escultura de arcilla: tentonearlo traviesamente. Desechó el proyecto fácilmente, en un instante. Luego, un trago al café caliente –las sublinguales exprimiéndose- y el sonido de los grillos del bosque. El cursor de la computadora preguntando, esperando rítmicamente. El síndrome de la pantalla vacía. Pensamientos inútiles, irrelevantes.

Claudia, primero, sintió una presencia: el peso de la mirada de alguien. Alguien le ordenó que volteara y, entonces vio una silueta en el bosque. Claudia vio el reloj de la computadora: las dos cincuenta y uno. “¿Qué hace alguien a las tres de la mañana en el bosque?” Aguzó la mirada, tratando de vencer el duelo de la oscuridad. Y, ahí estaba él. Alex. Exactamente igual que el día del secuestro. Siete años de edad. La playera azul, los jeans, los tenis de foquitos. Parecía algo macabro, al principio, pero, pronto Claudia vio la limpia sonrisa dientona de su hijo. No se asustó, porque no era la primera vez que lo veía desde su muerte, nueve años atrás.

-Mamá… -dijo, sin mover los labios. Claudia sintió que se le derretían los ojos en borbotones; el cuello era una explosión imposible.

-¡Mi amor!

Ninguno de los dos movía los labios, pero podían comunicarse.

-¡Mi chiquito! Hace mucho que no te veía. ¿Dónde andabas, enano? Alex mostró, de nuevo, sus grandes dientes y sólo dijo:

-Pato te necesita, mamá.

Claudia sintió fuego y ácido en las piernas. Dos segundos después, sonó el teléfono. Claudia miró el identificador de llamadas. Era el celular de Miguel, El Pato, su hijo mayor de dieciocho años. Claudia miró, de nuevo, hacia la densa negrura del bosque. Alex ya no estaba.

-Mamá: estoy en la delegación.

* * *

3.
Tres y media de la mañana. Agencia del Ministerio Público número cincuenta y cuatro. Carretera Picacho-Ajusco. Claudia miró la escalinata que parecía eterna; semejaba el camino al infierno –nada más que hacia arriba (aunque quién sabe dónde vive realmente el Diablo). Subió rápidamente, tratando de evitar el vértigo y llegar a la siniestra sala central, caminar con tenacidad al mostrador, donde, claro, no había nadie. Miró a su alrededor. Inevitablemente, la imagen del Servicio Médico Forense, apareció frente a sus ojos: esa fotografía imborrable en su mente, cuando tuvo que reconocer el cuerpo de su hijo menor. Claudia se aseguró de disipar esa proyección y enfocarse en ese instante; buscar con la mirada a alguna persona. Saliendo de un despacho, apareció un sombrío hombre, joven, con jitomate y chile verde en las comisuras de los labios.

-Buenas noches. Busco a Miguel Cázares. Es mi hijo.

Claudia resistió la tentación de decirle al agente del M. P. que tenía restos de alimento en los labios. El agente no contestó, sólo tomó el libro y revisó la lista. Con su dedo de aguacate y mayonesa, dio con el nombre de Miguel Ángel Cázares Rodríguez.

-Está detenido por manejar en estado de ebriedad. No pasó el alcoholímetro, pues.

-¿Pero qué no debería de estar en el juzgado cívico, señor? -preguntó Claudia sin parpadear.

-Pues sí, pero, al parecer, el presunto, se resistió al arresto, mi reina. Claudia pensó que eso era bastante típico de su hijo, que abominó siempre la autoridad y tenía estallidos inexplicables de cólera. Luego, Claudia tuvo una chispeante idea sobre la igualdad de géneros y la forma en la que el licenciado le miraba los pechos plásticos.

-¿Qué hay que hacer para sacarlo?

El Emepé la miró con impaciencia y movió la lengua para meter a la boca el jitomate de la comisura.

-Espérese ahí, güerita. Puede tomar asiento, si quiere.

El hombre terminó limpiándose con la manga de un suéter de rombos absolutamente demodé lo que faltaba del chile cuaresmeño y le señaló a Claudia las sillas azules de plástico a la entrada del salón. Claudia pensó en el calor que debería de sentir el hombre envestido en ese pulóver de los setenta, pero, obedientemente, se sentó. El agente no dejó de verle las nalgas a Claudia con los ojos más abiertos que antes y pensando: “no está mal para su edad. Yo, sí la pasaba por la báscula…”

Al paso de las horas, Claudia recordó la visión que había tenido en el bosque y pensó en Rubén, el modelo de revista que dejó dormido en su lecho. ¿Por qué no le dijo, al salir, que tenía que ir al Ministerio Público? También pensó en el papá de Miguel. Es decir, era extraño: Miguel se estaba quedando con su papá y el imbécil no estaba ahí, en la agencia cincuenta y cuatro. ¿Por qué? Claudia tuvo la intención de buscar al papá de Miguel, pero se contuvo. “¿Para qué? Se van a complicar las cosas, como siempre”.

Claudia tuvo tiempo de pensar en el sistema de justicia del país, en la razón por la que siempre, en los Ministerios Públicos, era necesario esperar tanto: ¿era parte del ritual de la Justicia? “Claro, te hacen esperar, para que te desesperes y, más tarde, les des una mordida, con tal de salir de aquí.” Los asientos eran especialmente importantes para ese proceso: tan incómodos que, después de unas horas, uno estaba más que dispuesto a soltar una lana, con tal de recuperar la redondez de las nalgas.

Pensó en todos esos reos y reas en los reclusorios que tienen que esperar dos o tres años para siquiera ser sometidos a juicio. Pensó en el olor de las agencias del Ministerio Público. “Siempre huelen a fondas… Siempre están cocinando algo, allá, al fondo, en sus hornillas eléctricas”, se dijo a sí misma, en los momentos en los que iban apareciendo Miguel, El Pato, y su alegre amigo, junto con dos muchachas que jamás había visto, pero con un claro exceso de maquillaje y escasez de ropa. El arrepentimiento y la culpa definían el rictus de Miguel en ese momento en el que Claudia sintió cierto alivio. Venían acompañados de dos trasnochados uniformados con sobrepeso.

-Mamá, te juro que… -Claudia lo interrumpió en el acto, diciéndole, contundente:

-Hueles a pulquería hijo. ¿Dónde está tu papá?

-No sé.

Claudia, entonces, sí hirvió en una cólera incontenible.

-¡No puede ser! -Pero, antes de que ella pudiera recitar su preestablecido catálogo de improperios en contra del papá del niño, el judicial más gordo, interrumpió diciendo:

-Tenemos que ponernos de acuerdo, güerita.

-Ponernos de acuerdo, ¿para qué? –Claudia fingió no saber a qué se refería el agente de la amplísima papada que vibraba como guajolote.

-Para soltar a los muchachos.

-No sé quiénes son ellas.

-Son Beatriz y Carla, mamá. Unas amigas.

-¿Dónde están sus papás?

-No quieren que se enteren de…

-Son las seis de la mañana, Miguel. ¿Los papás de tus amigas no saben que ellas están aquí?

Beatriz, una flaquita vestida a la usanza
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