Enseñanza 1: La Yoga de la India






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Enseñanza 12: Ejercicios de Concentración
Primer Ejercicio: En las horas matinales, en un lugar apartado y tranquilo, ha de sentarse el estudiante con el cuerpo y la cabeza bien erguidos y las manos abandonadas sobre las rodillas; vocalizará lentamente alguna fórmula sagrada o una palabra constructiva de su preferencia, imaginándose verse rodeado de un color amarillo oro. Cuando se encuentre bien sosegado, concentrará su mente con todas sus fuerzas sobre la planta de los pies todo el tiempo que le sea posible, respirando rítmicamente. También puede concentrarse sobre la punta de la nariz; después de un tiempo prudencial deberá quedarse tranquilo, con los ojos semicerrados, procurando no pensar en nada.

Segundo Ejercicio: El discípulo, puesto de pie, con las manos colocadas en la nuca y con el pie izquierdo levantado a la altura de la rodilla derecha, concentrará su pensamiento sobre el ombligo, mirando esta parte del cuerpo fijamente. También en esa misma postura puede concentrarse sobre los labios o permanecer un largo rato con la punta de la lengua pegada al paladar. Asimismo puede, estando sentado, con las manos sobre las rodillas y con los ojos cerrados, procurar ver una cascada de agua, y pronunciará palabras de valor, resistencia y fortaleza.

Tercer Ejercicio: Se practica de mañana a la salida del sol. El estudiante ha de colocarse con el busto descubierto mirando al sol levante y tratando de no apartar los ojos, ni pestañear, ni dejarse llevar por la somnolencia. Después de un cuarto de hora de este ejercicio, bajará la vista, mirando fijamente la boca del estómago y respirará fuertemente por la fosa nasal derecha. Otro ejercicio similar a éste es cerrar los ojos dando la espalda al sol, imaginando ver el horizonte rojo y permanecer con el pensamiento fijo en esa idea.

Cuarto Ejercicio: El discípulo, a la puesta del sol, debe sentarse cómodamente en un lugar apartado y sereno, si es posible en un templo o a la sombra de un árbol como el pino, el roble, el abedul o el tala; ha de colocar las manos, puestas una sobre otra, suavemente sobre las rodillas, y tener los ojos entreabiertos, el busto recto y la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante, procurando ver imaginativamente el rostro de la Divinidad y pronunciando muy despacio su nombre divino. Este ejercicio ha de repetirse tantas veces hasta que se logre ver, sin esfuerzo, la imagen deseada. También, en lugar de la cara de la Divinidad, puede imaginarse un redondel blanco como una Hostia Sagrada, mirándolo fijamente, hasta que sobre él se dibuje la imagen Divina.

Quinto Ejercicio: El ejercitante, puesto de pie y mirando hacia el levante, extenderá los brazos en cruz repetidas veces, pronunciando cada vez el nombre de Dios; después hará las setenta y siete genuflexiones, reverenciando otras tantas veces el nombre Divino; luego, sentado en cómoda postura con las piernas cruzadas, los codos a la altura de la cadera, las manos en forma de taza con los pulgares e índices unidos, respirando profundamente, imaginará tener delante suyo, sobre un blanco tablero, el nombre de Dios escrito con letras de oro y lo leerá continuamente. Otro ejercicio consiste en taparse los oídos con los pulgares, los ojos con los índices, las fosas nasales con los mayores, y la boca con los anulares y meñiques, reteniendo la respiración todo lo que sea posible y procurando oír dentro de sí el Gran Nombre.

Enseñanza 13: La Contemplación
La Contemplación es el paso definitivo que da el alma desde la Ascética a la Mística.

Se le llama Ciencia Secreta de Dios y Don Divino porque a esta altura del desenvolvimiento espiritual el alma es directamente ilustrada por los Maestros; por esto mismo algunos creen y aseguran que ella es un don, una gracia que sólo tienen determinadas almas privilegiadas y que no todas, ni aún las muy adelantadas, pueden pretender llegar hasta aquí. Nada más equivocado; todas las almas están llamadas al camino de la Contemplación, pero tiene que esforzarse y luchar constantemente para llegar a este estado, porque la Contemplación es un resultado invariable al que se llega por la práctica constante de los ejercicios de Meditación y Concentración y de las virtudes dictadas en el Desenvolvimiento Espiritual.

La oración continuada, la práctica de las virtudes, el autocontrol que determina la Vida Interna es el esfuerzo ascético que prepara el alma para obtener como resultado el don místico de la Contemplación.

La Contemplación, al libertar al ser de los lazos de la separatividad, hace que éste, por un conocimiento amoroso de la Divina Presencia, se sienta de tal modo habitado por Ella que quede todo transformado. El alma, por un esfuerzo volitivo y un conocimiento más amplio de sí misma, vuelve a la Unidad Esencial, a la Conciencia Cósmica.

Este estado no se consigue plenamente en un solo momento. A veces, durante las horas de los ejercicios o también durante el día, el alma se encuentra como raptada, como suspensa, toda puesta en Dios, con un gran Amor y recibiendo luces de extraordinario conocimiento. Esto, aparte de ser muy breve, a veces no sucede sino muy espaciadamente. No por eso hay que dejar los demás ejercicios, ni creer que se haya alcanzado la finalidad perseguida; suelen tardar mucho tiempo las almas antes de llegar a una perfecta Contemplación. Pero esos breves raptos dejan al ser tan fuertemente impresionado, que por lo general su Meditación consiste exclusivamente en volver a pensar en aquellos dichosos momentos. Todos los ejercicios, por elevados que sean, no dejan al alma una verdadera satisfacción interior. A veces, hasta las visiones astrales le resultan molestas, porque únicamente desearía estar allí quieta y únicamente con Dios.

El estado de Contemplación como resultado, por pequeño que sea, concede un extraño amor a las virtudes; el ser las practica tan espontáneamente que ya no le cuestan trabajo y son como su segunda naturaleza. Es como si la Divinidad llevara el alma de la mano y la hiciera ejecutar siempre lo mejor.

Pero la mayoría de las veces, después de un tiempo prudencial el alma queda conquistada definitivamente; su oración es pura Contemplación. Sin querer, hasta en la hora que no es de ejercicio, ella se queda absorbida en Dios y, cuando no siente un goce manifiesto, la desolación de hallarse separada del Sumo Bien la une también a Él por el gran dolor y tormento que experimenta.

A las almas que empiezan el camino espiritual, les parece esto muy difícil de alcanzar; pero es todo lo contrario. Una vez que se entreguen a Dios con sinceridad y empiecen a encontrar deleite en las cosas espirituales y en la oración, verán que éste es el único bien y la única aspiración a la cual pueden tender: encontrar a Dios, hacer del alma un Templo para morada de la Divinidad.


Enseñanza 14: La Muerte Mística
La Contemplación puede ser Tenebrosa o Iluminativa. En realidad estas divisiones son arbitrarias porque no se pueden determinar exactamente estos dos estados. El alma, más bien, se va haciendo más contemplativa y queda absorbida por este santo ejercicio por un tiempo cada vez mayor.

Todas las almas perfectas están llamadas a la Contemplación, progresando en ella a medida que adelantan en las prácticas de las virtudes. Dice Casiano que cada alma se eleva en la oración según la pureza que tiene. Esta pureza interior aleja al alma cada vez más de las cosas exteriores y mundanas, haciéndola desear su íntimo recogimiento, despojando su corazón de todo afecto y su mente de toda imagen. La naturaleza inferior queda completamente al descubierto; lo que ataba tan fuertemente al ser, reconocido ya en su verdadera naturaleza, no tiene ahora fuerza alguna.

La Contemplación Tenebrosa es entonces aquel estado por el cual el alma, poco a poco, se entrega totalmente a Dios.

Al principio, es corto el tiempo en que el discípulo queda en este estado y es más por temor de su humana naturaleza que rehúsa, subconcientemente, a permanecer mucho tiempo en él.

El corazón, al sentir desapego e intenso desapasionamiento, se encuentra vacío.

Se llama Contemplación Tenebrosa porque es como muerte verdadera, noche profunda llena de tinieblas, en la cual el alma se siente sola y alejada de todos. Como aún no está acostumbrada a estos altos vuelos se detiene allí, sobre el umbral de la luz infinita, cegada por tanto resplandor, que es tiniebla para ella. San Dionisio Areopagita lo llama “Rayo de Tiniebla”.

Una vez un discípulo adelantado preguntó a su Maestro qué ejercicio podría adoptar para lograr el vacío de la mente que le hiciera apto para la Contemplación. El anciano le respondió: “Piensa continuamente en el sudario que llevarás en tu sepultura”.

Las potencias mentales ya no pueden razonar y, como es la voluntad pura y escueta la única que queda allí en la presencia de Dios, el alma se siente invadida por un inmenso y santo temor. La mente, al limpiarse de todo pensamiento y al alejarse de toda imagen, al sentir en las tinieblas desconocidas para ella, el aletear del suspiro Eterno, pavorosamente retrocede, aferrándose a la separatividad. Las imágenes que la conciencia personal refleja sobre la pantalla ilusoria de la vida individual no quieren perder su trono, y la voluntad misma tiembla al ver que ha se seguir, desnuda y sola, el camino del Absoluto.

Este estado no es, como creen algunos, únicamente una gracia concedida por la Conciencia Divina que actúa en el alma y que ella trae desde el seno de la Eternidad, sino es el esfuerzo consciente de la voluntad que llega por sus propios medios a la Conciencia Divina.

Pero, poco a poco, el alma se habitúa a la Divina Presencia y la Muerte Mística es seguida por la Resurrección; a la Contemplación Tenebrosa sigue la Iluminativa.

La Mente superior que permanecía, en un sentido alegórico, inmóvil, mientras la razón y el instinto actuaban con predominio, se manifiesta ahora amplificándolo todo.

El alma goza cada vez más ante la Divinidad y su oración se hace cada vez más pasiva. No pierde los sentidos, pero éstos quedan en suspenso y, a través del esfuerzo del hábito, la mente instintiva con sus sensaciones y la mente racional con sus vibraciones apaciguadas gozan por participación indirecta de la Divina Presencia. Si bien las potencias inferiores pueden participar de los efectos de esta iluminación, jamás podrán llegar a explicársela.

Este autorreconocimiento adorna al ser de una capacidad suprasensible y de un saber extraordinario llamado “Ciencia Infusa”.

No debe creerse que la Contemplación Iluminativa, que pertenece a la Mente Superior, sea la luz misma; ésta es únicamente propiedad del Espíritu y de la Unión Divina. Sin embargo, está tan cerca de ella que parece que lo fuera, pues la Contemplación Iluminativa es el puente de conexión entre el alma y el Espíritu que conduce a las Místicas Bodas.

La Contemplación es, a guisa de ejemplo, un profundo abismo de luz, ancho, inmenso, donde no puede llegar reflejo en forma alguna, el cual por ninguna parte tiene fin y que, absorbiendo en sí al alma, la esconde en su luminosidad, la impregna de sí mismo y le lega el gran secreto del conocimiento y del amor.

Cuando el alma, por un tiempo más o menos largo, no experimenta estos estados sublimes, sufre vivísimamente y todo su deseo es volver a sentirlos y quedarse allí, apacible e inmutable, toda unida con Dios.

Aquellos que llegan a este punto tienen una verdadera repugnancia de comunicar sus estados a otras personas. Como reconocen, no por soberbia, sino por lógica intuición su superioridad sobre los demás hombres, saben que nadie podrá entenderlos; por eso son poco conocidas las almas que poseen estos dones, pues mantienen su secreto entre ellas y su Director Espiritual.

El secreto y la discreción que las escuelas filosóficas recomiendan a sus discípulos son comprendidos aquí plenamente. El alma calla, no porque el callar le fuera impuesto, sino porque una tendencia interior le comunica la gran verdad: La raíz, para fructificar, ha de permanecer oculta en la tierra. Si se deja destapado el frasco de perfume su aroma se evapora.

El alma ha de alcanzar a comprender el valor de la soledad y guardar con fidelidad su dulce secreto; ha de permanecer toda escondida en su Templo interior con el Eterno Solitario de amor, Dios, que únicamente se comunica a las almas puras y solas.

Enseñanza 15: La Unión
En la Unión el alma se transforma en Dios. Ella queda como deificada; los velos sutilísimos que rodean a la Mente Superior y que constituyen la parte más elevada del ser, desaparecen momentáneamente durante el acto de la Suprema Realización, como si el Espíritu absorbiera y transformara por completo al alma.

Desde luego esta Unión, este contacto directo con el Espíritu Cósmico, es instantáneo; si el ser persistiera en ese estado Divino, el cuerpo y las formas suprafísicas que le rodean serían deshechos en miríadas de átomos que se reintegrarían al gran depósito universal.

Al irrumpir en el alma el océano de Luz Eterna, penetra hasta los rincones más ocultos de ella; la lámpara desaparece y sólo permanece la llama. Todo es iluminado, hasta las partes más desconocidas donde las experiencias del ser son guardadas juntamente con sus reservas de posibilidades; todo, absolutamente todo queda al descubierto y todo desaparece dentro de la Luz Divina.

La Divina Unión, sin embargo, también tiene diversos matices. Si bien es arbitrario dividir la Unión en partes, pues no las tiene, es bueno hacerlo para comprensión del estudiante. Se puede dividir la Unión en cuatro partes:

  1. Unión de aislamiento pasiva.

  2. Unión de aislamiento activa.

  3. Unión esencial pasiva.

  4. Unión esencial pasiva en la actividad.

La Unión de aislamiento es como si el alma se fuera poco a poco acostumbrando al contacto Divino. El Espíritu del Amado visita a su prometida desposándose con ella en un sublime noviazgo.

Son admirables los pormenores que acompañan al discípulo antes o poco antes de verificarse esta gran Realización. Está como aquel que ni goza, ni siente, ni sabe, aislado a pesar suyo, de todas las cosas del mundo. Su alma es como una estrella fija, como una edad sin fin, como un prisionero libertado. Su corazón tiene movimientos repentinos que le hacen estremecer de pies a cabeza y es como si fuera a dejar de vivir de un momento a otro; pero de pronto las potencias dejan toda actividad, el alma no tiene conocimiento alguno fuera de la seguridad de estar unida con Dios, y queda presa del Divino Amor. Esta Unión de aislamiento, que es un estado absolutamente pasivo, dura breve tiempo; a veces una o dos horas.

Vuelto el discípulo a su estado ordinario, pasa al segundo estado de Unión que es la Unión de aislamiento activa. No puede apartar de su memoria el dulce recuerdo; su alma tiene la certidumbre de haber realizado la Unión con Dios y esta dulce seguridad le acompaña continuamente de día y de noche, sin apartarse jamás de su vista.

El tercer estado, de Unión Esencial pasiva, es la Boda Espiritual del alma con Dios. En esta Unión la Llama Divina quema de tal modo todas las cosas exteriores, que el ser permanece como muerto para el mundo; únicamente la Raíz de la existencia permanece. Muchos discípulos, en este Divina Unión, permanecen durante varios días como muertos; han cruzado la gran orilla de la vida y están unidos a la Eternidad. El cuerpo es como una casa deshabitada que pende sin sostén en el espacio; únicamente está atado al Espíritu el hilo dorado de la semilla de la existencia.

En esta Unión no hay ni forma ni semilla que aten a la ley de causa y efecto; todo el aceite está a flor de agua.

En ella el Universo es extinguido, ni siquiera el espacio existe. Las ideas no son más que flotantes sombras sobre el profundo y oscuro perfilarse del absorbente Espíritu. ¿Qué es allí la débil conciencia del Yo? Nada más que el hilo de la existencia, también interrumpido por la Eternidad.

El alma, cuando vuelve en sí, entra en la Unión esencial pasiva en la actividad. Ya no es ella la que vive, sino es Dios que vive en ella. Ha estado libertada de los lazos de la carne por un momento y ya no volverá a ser lo que era. Aún su física vestidura está transformada en Dios; está como deificada. Ha visto por un instante al Arcano de Dios, la Luz Impersonal, y comprende ahora su ilusión y vanidad de todas las cosas existentes.

Para ella no existe la dualidad, el espacio infinito y el finito no son más que una cosa. Por encima de la palabra, por encima de la mente, más allá de todo, está únicamente el Eterno.

Vuelve a abrir las puertas que dan a la vida, pero tan solo para esperar el día que será libertada definitivamente, soportando el destierro para ayudar a aquellos que todavía no han llegado allí.
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