Enseñanza 1: La Yoga de la India






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Enseñanza 3: Las Tres Normas de la Ascética
Las palabras "Ascética Mística" quieren explicar el proceso que hace el alma, por su esfuerzo propio o por el empuje de su destino ancestral, para realizar a Dios.

La palabra “Ascética” se refiere en particular al ejercicio o esfuerzo controlado, mientras que la palabra “Mística” se refiere al acto de juntarse, parcial o totalmente, el alma con Dios.

No debe imaginarse esta Mística Unión como una línea trazada hacia adelante, pues no existe cosa alguna en el Universo creado que siga una línea recta; sino hay que figurársela como una luminosidad oscilante dirigida hacia un centro determinado.

Los dualistas, creacionistas o animistas, fueron aquellos que más se esforzaron en lograr esta Mística Unión; el mismo concepto de su doctrina así lo exige, ya que diferencian totalmente el espíritu de la materia. Este concepto infunde en las almas un anhelo vehemente de elevación desde la materia hacia el espíritu. Por eso, las filosofías dualistas han tenido grandes místicos especulativos que lograron la Unión con Dios.

No por eso, los absolutistas, monistas y panteístas dejaron de tener sus grandes místicos; pero siempre su mística tuvo un sentido más pasivo que especulativo.

Sin embargo, en todos los seres humanos, y más entre aquellos que han llegado a un determinado punto del Sendero de Evolución, se manifiesta esa tendencia a realizar el sentido intuitivo del espíritu.

Todos los grandes seres llegaron en momentos de gran exaltación a una perfecta Unión con Dios, sea por el esfuerzo de un trabajo intenso o por un abandono total de sus potencias. Pero hay quienes quieren experimentar este éxtasis no sólo en momentos determinados de la vida, sino provocarlos a voluntad mediante la disciplina y el ejercicio.

Desde tiempos inmemoriales ha habido hombres que han dedicado toda su vida a la Ascética Mística. Si se cotejan todas las escuelas y se resumen todas las enseñanzas dictadas por la práctica continua, la experiencia adquirida y los estudios hechos, se verá que la médula de todos estos textos y filosofías estriba en tres normas determinadas. Estas son:

1) Método de Vida.

2) Esfuerzo continuado.

3) Dominio Mental.

El Método de Vida es aquella reorganización celular del cuerpo físico que dispone la materia a la ascensión. Todo el conjunto del cuerpo físico ha de eliminar aquellas toxinas producidas por los malos hábitos y tomar substancias nuevas y adecuadas, que permitan a las vibraciones espirituales llegar sin tropiezo hasta los centros cerebrales del ejercitante.

Con el Método de Vida se ahuyentan entonces los obstáculos, sobre todo las enfermedades corporales, los hábitos morbosos del subconsciente, las debilidades nerviosas, el desgaste excesivo de energías orgánicas y el temblor muscular propio de aquellos que no están acostumbrados a las altas vibraciones.

Esfuerzo Continuado es la aplicación indispensable y continua para lograr el objeto.

La pereza mental adquirida durante el tiempo en que no se ha hecho trabajar los centros cerebrales adecuados es vencida por la aplicación constante en el ejercicio de la oración. La mente, presionada por el esfuerzo de la voluntad, aleja a las ondas e imágenes negativas y traza nuevos surcos cerebrales habituando el pensamiento a que se fije sobre asuntos divinos. Por el Esfuerzo Continuado las emociones vulgares se trasladan al cerebro y pierden, a la luz del análisis, su valor fundamental; el sentimentalismo es dominado y las formas imaginativas de la mente se transforman en ideales o en imágenes únicas, que ayudan al ejercicio de la meditación en lugar de dañarlo con distracciones.

Dominio Mental logra entonces el ejercitante. El alma se sobrepone al oleaje mental y lo domina; de este modo puede espejar en sí la imagen Divina y sentir el éxtasis de la Presencia de Dios.

El Dominio Mental, una vez logrado, guía al alma hacia Dios y al éxtasis por dos caminos: por la especulación o por la relajación, por la oración activa o por la oración pasiva.

La especulación fija la mente, de un modo continuo, sobre un único objeto hasta que éste penetre en uno mismo, se transforme en uno mismo y el alma, por ese sendero, puede abismarse en la Esencia Divina.

La relajación aparta constantemente todos los pensamientos hasta que el alma, lentamente, vacía de todo, no tiene más que un solo pensamiento: La Realización Divina.

Sin embargo, el método de relajación no se logra sin esfuerzo. Algunos místicos ponen al principiante en este camino que es harto peligroso y no es aconsejable. Hay quienes por disposición ancestral entran con mucha facilidad en este sendero, pero aún a éstos, en los principios, hay que forzarlos para que sigan el camino ordinario.

El hombre no ha de olvidar que es tal y que, si bien el alma tiene posibilidades divinas, nunca ha de rechazar la alta misión que le fue confiada de ser hombre simplemente.

Hay que rogar, siempre con humildad, para que los Maestros guíen al alma por el Sendero Recto.

“Oh miles y miles de hombres que luchasteis, que os esforzasteis de un modo u otro, en una tierra u otra, en un credo u otro para lograr la Unión del Alma con Dios, y la enseñasteis a los hombres: Patañjali de la India, Sacerdotes de Egipto, Platón de Grecia, cristianos Clímaco y Casiano, Ramakrishna y Emerson de estos tiempos, desconocidos Hijos de la Madre, a todos se os reclama para que en estos días escribáis en nuestras mentes y en nuestros corazones, con sólo diez palabras, las normas eternas de esta gran doctrina: Por el Dominio del Cuerpo, con el Esfuerzo Continuado y fijando la Mente en el Espíritu, se junta al Alma en Místicas Bodas, con Dios”.

Enseñanza 4: El Director Espiritual
En el Camino Ascético, para llegar a la Mística Unión del alma con lo Divino, especialmente en los primeros tiempos, es indispensable un Director Espiritual que guíe al alma por el Sendero que le conviene.

No se puede negar que hay almas extraordinarias que tienen especial dirección, sea de parte de su subconsciencia ancestral o, como sucede en algunos raros casos, directamente de los Maestros que dirigen el movimiento místico desde el mundo astral.

El rey pitagórico Numa Pompilio de Roma era dirigido por la ninfa Egeria, a la cual le unía un estrecho lazo de amor espiritual y no dictaba ninguna ley en el gobierno de su pueblo sin consultar antes con su bienamada etérea.

Santa Catalina de Génova nunca pudo tener Director alguno. Cuando intentaba ponerse bajo una dirección especial acontecía algún hecho extraordinario en su vida que la hacía prescindir de ese guía. Pero en cambio, diariamente el mismo Maestro Jesús se le aparecía, ilustrándola y dirigiéndola continuamente.

Helena Petrovna Blavatsky tampoco pudo tener dirección espiritual sobre la tierra pues los Maestros se comunicaban directamente con ella para darle sus órdenes. Esta mujer, tan excéntrica y de temperamento tan rebelde a las órdenes de la sociedad, era completamente humilde y sumisa a la voluntad de Aquellos que desde el más allá orientaban su camino.

Si bien es verdad, entonces, que hay almas excepcionales dirigidas directamente desde lo alto, la mayoría de los místicos que no tienen dirección visible, especialmente los principiantes, muestran un estado lastimoso en su ascensión, si tal se la puede llamar. En efecto, la mayoría de ellos vaga de un Maestro a otro, de un ejercicio a otro, de una desilusión a otra, encontrándose al final tan desorientados y enredados en sus pensamientos, que tienen que perder tanto tiempo para desaprender lo aprendido cuanto han empleado para aprenderlo.

Tampoco pueden ser éstos materia muy maleable puestos en buenas manos, porque su alma es como una tela muy garabateada, manchada de conceptos erróneos y de prejuicios, casi podría decirse, imborrables.

La dicha más grande pues, y la esperanza más segura para lograr la Unión Divina es encontrar un Director Espiritual.

Desde luego es éste un asunto muy delicado; nunca será bastante ponderada aquella frase de Santa Teresa de Jesús que decía a sus monjas: “Buscad un Director Espiritual que sea hombre piadoso y de letras”.

La misión de dirigir las almas hacia la perfección es la más digna que puede encontrarse sobre la tierra; pero, para esto es necesario tener una vocación especial y amar a las almas intensamente. Así como el explorador quiere viajar, el pródigo sólo quiere gastar su dinero, el estudioso sólo ve a sus libros y la madre a sus hijos, el Director Espiritual sólo quiere almas, sólo vive para conquistarlas, para encender el fuego divino en ellas y hacer que éste arda constantemente.

Don Bosco exclamaba: “Tengo sed de almas”, y Ramakrishna lloraba y suspiraba, clamando desde la azotea de su casa: “Venid almas destinadas a mí”.

El Director Espiritual debe tener, entonces, un amor irresistible hacia las almas, una comunicación espontánea y simpática que atraiga a todos aquellos con quienes trata, y contracción al estudio, unido todo ello a la práctica de la oración. Él ha de estar, además, adornado con todas las virtudes, generalizadas, sin que ninguna sobresalga demasiado sobre las otras.

Esta simpatía espontánea era el don característico de San Francisco de Sales, el gran director de almas. Una dama dijo de él cuando dejó París: “¡Ay ladrón! él se va y se lleva nuestros corazones”.

La persona unilateral que mira sólo un aspecto de la vida ascética y practica únicamente ciertas virtudes, no puede ser un buen Director Espiritual, porque éste no ha de ser una flor sino un ramillete de diversas y perfumadas flores.

Además, para triunfar y llevar a las almas a su destino, él ha de tener un fino tacto y no ser extremadamente meloso; debe tener una cortesía y diplomacia que no quiten lugar a la disciplina y a la severidad oportuna y un constante cuidado del alma a él confiada. Estas dotes han de acompañar siempre al Director Espiritual como la sombra al hombre.

Ignacio de Loyola le prestaba dinero a Francisco Javier cuando éste perdía en el juego para hacerse amigo suyo y conquistar su alma, como lo hizo después.

Hubo un tiempo que Ramakrishna buscaba asiduamente a Vivekananda; pero más adelante lo echaba de sí sin piedad.

Monseñor Berulle mandaba a Madame Acarie que acompañara a su esposo a los bailes, bien vestida y escotada, según costumbre de esos tiempos, que bailara y fuera atenta con todos según su rango y condición, pero que llevara bajo su vestido duro silicio.

Helena Petrovna Blavatsky usaba con el Coronel Olcott cambios de los más sorprendentes; pasaba de la cortesía más refinada a la severidad más grande casi instantáneamente, para ejercitar la paciencia de ese valiente hombre.

Un don característico del buen Director Espiritual es un discernimiento para conocer a aquellos que le han sido encomendados por los destinos superiores, y cuando ellos se le han sometido tiene una seguridad y autoridad indiscutible para hacerles seguir la senda que más les conviene; especialmente en los momentos difíciles y definitivos, debe tener un poder extraordinario para decirles: “Tu destino es éste o aquél”.

Además es preciso que él tenga una realización personal de las prácticas internas y externas de la Ascética Mística; los libros, el conocimiento y la referencia no deben ser para él más que una ayuda.

A veces, es tanto el amor que profesa el alma de su dirigido que conoce y experimenta en parte el camino y los trabajos por los cuales aquél ha de pasar.

La idea integral de la obra del Director Espiritual en un alma ha de subsistir desde el principio hasta el fin, sin variar, de modo tal que el dirigido no sea sometido a la misión del Director Espiritual, ni que éste se deje arrastrar por la misión característica del dirigido.

Una vez elegido el Director Espiritual no se puede cambiar de orientación; se enlazan corrientes entre maestro y discípulo que van más allá de la vida y, así como él toma sobre sí la carga de la ignorancia del discípulo, éste carga con la responsabilidad de su vida material.

En algunos casos se puede cambiar de dirección, pero siempre es el Director mismo el que lo aconseja o un hecho extraordinario el que lo determina.

Las relaciones afectivas entre el Director Espiritual y el elegido han de ser extraordinariamente puras; entre ellos ha de haber mutuo respeto y ausencia de todo exceso de familiaridad. Tras la cáscara del cuerpo del discípulo él ve constantemente la luz brillante del Espíritu. Sólo así él no se estanca en la dirección del alma y, sin apresuramiento de que pase el elegido rápidamente de un estado a otro, lo va ascendiendo poco a poco, a medida que descubre la acción divina en su interior, recordando siempre aquella frase divina: "Las almas hay que impulsarlas más que arrastrarlas. Las rosas más se tocan más rápido se marchitan".

Si bien hay distintos tipos de místicos, en todos los casos es indispensable una buena Dirección Espiritual.

Hay tres tipos de místicos: los solitarios, los ordenados y los giróvagos.

Los solitarios son hombres que no han abandonado el mundo, pero que viven bajo la guía de un Director Espiritual obedeciéndolo y respetándolo en todo.

Los ordenados, aparte de tener un Director Espiritual al que obedecen ciegamente, viven junto con él en la misma casa o en el mismo monasterio.

Los giróvagos no tienen un determinado guía o Director Espiritual, y se dejan llevar por su instinto o por lo que creen inspiración Divina.

Los solitarios obedecen estrictamente a su Director Espiritual y se someten en el método de ejercicio y en la disciplina interna completamente a su voluntad. Fundan su fe en una total confianza en él, indispensable para la realización.

Cuando Saulo es herido por un rayo divino, camino a Damasco, pregunta: “Señor, ¿que quieres que haga? Y se le contesta: “Entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer”. El Espíritu Superior se niega a dirigirlo desde un principio, pero lo envía a Ananías para que la experiencia del hombre colabore con la Gracia Divina.

Los místicos ordenados, que viven en comunidad con el Director Espiritual, predominan principalmente entre los orientales. Es indispensable para un chela hindú, vivir junto a su Gurú y obedecerle ciegamente. La obediencia ciega limpia la mente de todo prejuicio pasado y pone al ser en armonía con las fuerzas del Gurú, haciéndolo apto para alcanzar los mismos éxitos psíquicos y espirituales.

Los chelas de la India hasta meditan sobre la forma física de su Maestro e imaginan durante la meditación que éste está sentado sobre el pequeño chakra del corazón, llegando a identificarse con él.

Los místicos giróvagos que no tienen directamente un Director Espiritual, al emprender un camino desconocido y lleno de peligros, pueden llegar a perecer.
Enseñanza 5: El Retiro
El Retiro Espiritual, o apartamiento completo del mundo durante un período del año es indispensable para el buen desarrollo de los ejercicios ascéticos.

El discípulo, cuando está bien adelantado en la concentración, puede abstraer su mente, ya sea en la más silenciosa caverna o en la más bulliciosa metrópoli; pero, como postulado disciplinario, tiene que buscar periódicamente su alejamiento del mundo.

Así como los empleados de oficina esperan ansiosamente el fin de semana para salir de la ciudad, ir al campo, tomar aire y vivir libremente en contacto con la naturaleza con el objeto de tonificar su cuerpo físico, así también la mente necesita su descanso y cambio de ambiente para impregnarse de magnetismo y renovar su vigor.

Durante el año se pueden hacer diversos Retiros Espirituales:

  1. Un Retiro anual.

  2. Un Retiro trimestral.

  3. Un Retiro de un día.

El Retiro anual ha de ser el más apartado y riguroso. Búsquese un lugar silencioso lejos de los ruidos y del punto habitual de residencia y procure el discípulo dejar completamente toda preocupación. Piense que ha roto con el mundo y que ya no tiene empleo, ni familia, ni amigos, ni responsabilidades. Procure no hablar en absoluto de cosas que atañen a su vida privada, para que ningún pensamiento extraño turbe su mente. Como este Retiro anual casi siempre se hace en común con otros compañeros, sea en todo obediente a quien dirige el Retiro y a los horarios establecidos.

Escuche las enseñanzas y conferencias con suma atención, procurando retener los puntos principales en su memoria para considerarlos luego.

Seguidamente salga al aire libre, vigorice su cuerpo con trabajos manuales, con adecuados ejercicios respiratorios y con baños de agua natural de río, mar o cascada.

Luego dará un largo paseo tratando que la mente no piense en nada fuera de las formas naturales que vaya observando por el camino.

De regreso se pondrá a estudiar aquellas enseñanzas relacionadas con la meditación del día, hasta la hora de la refección.

En los recreos converse de cosas espirituales o útiles, sin reír en demasía, ni abstraerse de la conversación común, ni chocar con los compañeros.

En las horas que no sean de paseo mantendrá el más absoluto silencio.

Por la mañana eleve su pensamiento a la Divina Madre y a los Maestros para que orienten el día hacia el noble fin establecido y, si no está prescripto de antemano, elija un tema de oración para guiarse por él durante todo el día; después haga su hora de meditación.

Después del almuerzo tendrá un descanso prolongado para que los sueños continúen el trabajo de la mente.

La tarde ha de ser repartida, más o menos, como la mañana; antes de acostarse, al hacer el examen retrospectivo, procurará recordar los temas y las palabras que más le han despertado la devoción y atención durante el día, para anotarlas, y que le sirvan de orientación una vez terminado el Retiro.

El Retiro trimestral se hará, con pequeñas variantes, como el Retiro anual.

Si no fuera posible tener enseñanzas y conferencias, el discípulo se prescribirá, él mismo, los temas de meditación diaria o los leerá en un libro adecuado.

El Retiro de un día cada uno puede hacerlo en su casa particular o al aire libre.

Hay personas que tienen en su casa una habitación destinada únicamente a la oración y al estudio; un pequeño santuario donde nadie entra y que se mantiene puro con oraciones y santos pensamientos. Allí, el discípulo puede apartarse a meditar, hacer sus lecturas espirituales y tomar aliento en los momentos difíciles.

El horario de los Retiros en común será el siguiente: por la mañana, al levantarse, tendrán una hora para el aseo; después tendrán media hora de meditación. No tomen alimento de ninguna clase hasta después de este ejercicio, después del cual recién desayunarán. Y tengan media hora de tiempo al efecto. Enseguida después irán a la enseñanza, la que durará una hora. Terminada ésta harán los trabajos manuales.

Hagan los trabajos del mejor modo posible sin mezclarse uno en las ocupaciones del otro y no conversen sino por cosas indispensables.

Tendrán luego media hora de tiempo para almorzar y media hora para el recreo.

Después se tocará a silencio riguroso, durante el cual no sólo no se hablará, sino que cada uno se mantendrá en su dormitorio o lugar apropiado evitando todo ruido molesto.

El silencio de la tarde durará dos horas. Después estudiarán hasta la hora del refrigerio para el cual dispondrán de media hora.

Después se dictará la conferencia, que durará media hora. Harán seguidamente media hora de meditación y luego saldrán de paseo hasta la hora de la cena. Durante el paseo vayan todos juntos, sin alejarse ni formar grupos aparte y conversen sólo de cosas espirituales.

Después del paseo tendrán media hora para la cena y media hora de recreo. Después harán media hora de lectura espiritual y un cuarto de hora de examen retrospectivo.

Se tocará entonces a silencio riguroso y se cerrarán con llave todas las puertas de la casa.

Durante la mañana del último día de Retiro se les hará una exhortación y después de la hora del almuerzo se dará por terminado el Retiro, permitiéndoseles a los Hijos que se entretengan entre sí en un rato de sano esparcimiento.

Los Hijos por sí solos harán todo el trabajo necesario de orden, limpieza y alimentación, para que ninguna persona extraña los turbe en esos días.

Las casas de Retiro estén distantes de las ciudades. Procuren los Hijos tener en las mismas todo lo necesario y bastarse a sí mismos durante los días del Retiro.

Tengan una amplia habitación para el estudio y dormitorios bien aireados.

Para los Hijos que desean hacer un Retiro absoluto por unos días o una temporada haya casitas apropiadas de una o dos habitaciones, donde puedan estar completamente alejados y separados de todo contacto con el mundo y con los hombres.

Antes de empezar tales Retiros le provean de los alimentos, fuego y ropa necesaria para el tiempo que éste dure. Alguno de los Hijos se encargará de ir todos los días a recoger, en un lugar determinado cerca de la casa, una carta donde el retirado exprese sus más urgentes necesidades, y de depositar luego, allí mismo, lo que precise para que el retirado lo pueda obtener una vez que el mensajero lo haya dejado.

Los Retiros se pueden efectuar al aire libre, eligiendo un lugar apartado y solitario y manteniendo aproximadamente el mismo horario de los otros Retiros.

Estos pueden durar varios días y aún meses, cuando los Hijos son enviados por los Superiores a una misión especial o viajan en carácter de peregrinación.

Los Hijos de la Madre aman a veces las altas y nevadas montañas, si bien no desdeñan hacer sus casas en los valles sombríos y solitarios. A veces supieron esconderse en islas remotas y desconocidas custodiando el Santo Grial; pero cuando es necesario para el bien de las almas, saben morar en las grandes ciudades y en los centros de actividad. Todos, sin embargo, suspiran continuamente por aquel lugar, por Ella prometido, aún no hollado por pie humano.

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