La “chupa” a que hace referencia V era una pieza de vestimenta típicamente masculina del siglo XVIII, muy parecida a un chaleco aunque con cuello cerrado. No tiene nada que ver con las chaquetas modernas de cuero a las que, en lenguaje coloquial, llamamos chupas






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títuloLa “chupa” a que hace referencia V era una pieza de vestimenta típicamente masculina del siglo XVIII, muy parecida a un chaleco aunque con cuello cerrado. No tiene nada que ver con las chaquetas modernas de cuero a las que, en lenguaje coloquial, llamamos chupas
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AMANTES PROHIBIDOS- EX HERMANDAD HISPANA/VANECAOS

[Escena 30- flashback]
NOTAS HISTÓRICAS: El instrumento musical a que hace referencia Vishous en su visita al salón principal del casino es un dulcémele, un predecesor del piano. El Directorio fue el gobierno que se estableció durante la Primera República francesa, concretamente entre 1795 y 1799, a continuación del periodo del Terror. El Directorio finalizó con el golpe de estado del general Napoleón Bonaparte, que estableció el Consulado. Previamente, en 1797, Napoleón, al mando del ejército, invadió Venecia, finalizando así con la independencia de la República. La llegada de Vishous a Venecia y, por tanto, el marco temporal de estos flashbacks, se situa entre diciembre de 1795 y febrero de 1796, cuando los movimientos de los ejércitos que acabarían con la independencia veneciana eran ya claramente visibles. He adoptado estas fechas prescindiendo de las contradicciones cronológicas de los libros de la serie, por la necesidad de otorgar a los flashbacks una ubicación temporal.
La “chupa” a que hace referencia V era una pieza de vestimenta típicamente masculina del siglo XVIII, muy parecida a un chaleco aunque con cuello cerrado. No tiene nada que ver con las chaquetas modernas de cuero a las que, en lenguaje coloquial, llamamos chupas.
Los libros que se mencionan en el flashback habían sido ya efectivamente publicados en esas fechas. Venecia era uno de los centros europeos de referencia en cuanto a producción literaria gracias a sus imprentas, e incluso llegó a desarrollar un tipo específico de encuadernación.
Por otra parte, los casinos de la ciudad eran, tal como se explica, lugares de disertación literaria y coloquio político, los antecesores de los clubes que proliferaron posteriormente en el siglo XIX, no sólo (y no desde luego en todos los casos) burdeles. A los privados, como el que nos ocupa, se acudía sólo mediante invitación del o la patrona.

VISHOUS:

Soy frío. Soy sádico. Soy sexualmente depredador. Soy un solitario. Soy inmune a la opinión de los demás.
¿O no?
Como diría Descartes, “Abrigamos una multitud de prejuicios si no nos decidimos a dudar, alguna vez, de todas las cosas en que encontremos la menor sospecha de incertidumbre”.
Entonces yo estoy de prejuicios hasta las putas cejas porque no me decido a dudar de esas certezas que tenía sobre mí mismo. Más bien, no me lo puedo permitir porque entonces, ¿qué quedaría de Vishous, hijo del Sanguinario? Nada. Sólo una mierda temblorosa.
Pero el poli...
Doy un par de vueltas más en mi cama, tal como llevo haciendo las dos últimas horas, incapaz de estarme quieto a solas conmigo mismo. Butch me hizo sentir cosas a las antípodas de todas esas creencias. Con él no fui frío, ni sádico ni depredador. Por un momento, tampoco fui un solitario y, joder, qué sensación esa. Me demostró que no me suda los huevos la opinión de los demás: la suya, alejándose de mí cuando el auténtico Vishous salió a saludar, es como tener un boquete abierto en las costillas.
¿Por qué?
Quizás debería cambiar de filósofo de cabecera y arrinconar al racionalista Descartes en favor del empírico Hume. “Las causas y efectos no pueden descubrirse por la razón, sino por la experiencia”. A lo mejor soy un gilipollas solitario forjado a golpes que, cuando ha experimentado lo que otros dan por sentado se ha roto a pedazos.
Resoplo y me levanto de un salto. Son las putas 3 del mediodía, joder. Todo dios en esta casa está sobando como un bendito menos yo, que estoy a punto de comerme a mí mismo. Agarro el paquete de tabaco y paseo por mi cuarto, esquivando pilas de libros mientras ojeo la puerta cerrada. O salgo de aquí o acabaré rompiendo algo, y Fritz ya cambió el espejo de mi lavabo hace unos días. ¿Y si Butch está en el salón?
—Hostia puta —murmuro entre dientes, cagándome en mí.
Lo cierto es que no puedo ver al poli ahora. ¿Qué mierda podría decirle? ¿Disculparme por morderle?
—Ya puedes esperar sentado —me respondo, caminando como león enjaulado.
Soy un vampiro. Cuando estoy cachondo muerdo. Así que Butch ya puede ir acostumbrándose a eso. A menos que... el poli no tenga ninguna intención de ir acostumbrándose a nada que implique tenerme a menos de dos metros de distancia.
—A la puta mierda.
Me pongo una camiseta negra a tirones y unas deportivas, abro la puerta de mi cuarto con brusquedad y camino por el pasillo hacia el salón como si estuviera abriendo una línea de metro en el parquet. A pesar de toda la exhibición de elefante en plena carga, me detengo en el salón, examinándolo. Nop, Butch no está aquí pero le percibo en el Pit. Aún estará en su habitación, durmiendo como un puto tronco.
Voy a la cocina frotándome los ojos con las palmas, agotado como un hijoputa. Por suerte, retiro las manos de la cara a tiempo de evitar estamparme contra el umbral de la puerta. Procuro no hacer ruido mientras me preparo un sándvich acompañado de una nutritiva botella de Goose para remojarlo y me digo que todo el "ssssh, silencio" es por no interrumpir el descanso del poli. Seguro que es por eso.
Después de engullir la comida de pie, vuelvo al salón desierto y me acomodo delante de los Cuatro Juguetes, comprobando que las búsquedas que puse en marcha en cuanto llegué la pasada madrugada ya han acabado. Sip, aquí tengo unas bonitas listas de gimnasios posiblemente vacíos —gracias a contrastar los datos del registro de actividades municipal con el catastro— y de naves industriales donde no se ha registrado consumo de electricidad en los últimos tres meses. Todos ellos son lugares lo bastante espaciosos como para servir de arena de entrenamiento a una tropa numerosa de restrictores, como la que calculo que debe comandar el tal Xavier, el señor X, si lo de cruzar la información del poli con la mía no nos engaña. Le doy a imprimir mientras saco un liado de la bolsita de tabaco, pensando en que, en cuanto le dé el listado a Wrath esta tarde, nos va a azuzar en el culo para que salgamos a olfatear todas esas direcciones. Vamos a tener faena sólo nosotros cuatro, maldita sea.
A menos que Butch tenga razón y haya encontrado a un suministrador de restrictores que nos sirva de atajo para llegar al Big Boss.
Minimizo la pantalla con las direcciones para comprobar la otra búsqueda finalizada. Una ficha policial de la clásica escoria barriobajera humana: Van Dean, nacido en la gloriosa Caldwell, Nueva Jersey, en 1968. Como plato fuerte de su historial es sospechoso en dos casos de homicidio involuntario, pero quedó libre por falta de pruebas. Aliñado con todo un hermoso rosario de hurtos y faltas menores. Miro la foto, grabándomela en el cerebro: una mole calva todavía en buena forma con aspecto de bisonte con encefalograma plano.
Imprimo la ficha policial junto con lo demás que he conseguido, que viene a ser casi todo, incluida la talla de calzoncillos de este despojo. Tutelado por el Estado a la muerte de sus padres, fugado de casas de acogida, sin la escolarización básica, blablabla. Un par de años probando suerte en el Ejército y luego, puf, desvanecido del mapa. Las peleas reportan más pasta que el servicio a la patria, ¿eh, Dean? De su expediente de Servicios Sociales he conseguido los nombres de los hermanos, Christian —enchironado por intento de asesinato, otra joya— y Richard, abogado y ciudadano de provecho, el rarito de la camada. No sé de qué nos pueden servir estos dos pero la información es poder, sobre todo cuando no consta ninguna dirección oficial del tal Van Dean para hacerle una visita. Qué te apuestas a que vive en alguna cueva alquilada con un nombre falso.
Guardo todos los expedientes relativos a Van Dean en una carpeta y esta no se la voy a entregar a Wrath. Esta va para el poli y para mí, porque da igual cómo acabáramos ayer, pero nosotros vamos a encontrar a quienes mataron a la pretrans, a quien todavía nadie ha identificado.
Todavía.
Y una parte de mí lo agradece porque, en cuanto tengamos una identidad y una dirección de la familia, al poli no lo detiene de salir echando virutas por la puerta ni una camisa de fuerza. Va a ser una puta fiesta volver a mirarnos a la cara o jugar a los polis compañeros después de lo de la pasada noche, pero esto va más allá de la mierda que tenemos entre nosotros. Se trata de una hembra menor de edad... y de su hermana.
Con el liado entre los labios, rebusco en los bolsillos de la gabardina que dejé colgada en mi silla hasta sacar la pequeña foto descolorida y me quedo mirando a la cría congelada eternamente en una sonrisa. Los detalles no son buenos gracias al estado de degradación del papel, aunque me bastan para ver que era rubia de ojos azules y constitución ligera, nada que ver con Butch. Ahora que lo pienso, el poli no se parece a ninguno de sus padres, por lo que recuerdo de sus carnets de conducir de cuando le investigué al llegar a la mansión. Son los típicos irlandeses, zanahoria él y rubia ella, de ojos claros y piel pálida. Nada que ver con la constitución de luchador de Butch, el pelo castaño y esos ojos avenalla de mirada canalla que...
Con-tró-la-te. Ya.
Después de otro vistazo de seguridad para comprobar que la puerta de su habitación continua cerrada, pongo la vieja fotografía en el escáner digital y dejo que la mierda haga su magia. Luego me encargaré de obrar yo la mía y dejar la foto como nueva. Dudo que eso pueda aliviar el dolor del poli pero tampoco sé de qué otra forma ayudarle. Nunca he tenido familia —el Sanguinario no cuenta como tal— y no puedo entender lo que se siente al perderla.
A menos que piense en el poli y en ese sueño oscuro que me acecha.
Me remuevo en la silla, fumando con ansias, y el olor fuerte del tabaco turco empieza a hacer cosquillas en mis recuerdos, vete a saber por qué. Envuelto en el humo y con el color del pasado me viene a la mente una cita de Jean-Jacques Rousseau, pronunciada en una voz grave de hembra con acento italiano.
“Heme aquí, pues, solo en la tierra, sin más hermano, prójimo, amigo o sociedad que yo mismo”.
Espiro con energía. Por eso me he levantado convertido en la puta enciclopedia de majaderías filosóficas, por los jodidos recuerdos. Dos veces en otras tantas noches. Al final, dos siglos después, me veré a obligado a reflexionar sobre sus palabras.
Maldita sea.
La mayoría de los machos con poco más de un siglo de vida despiertan llevados por la tirantez de su entrepierna. Yo no, o no únicamente por ello. En el mismo momento en que abro mis malditos ojos me incorporo del catre con la daga en la mano izquierda, alargando ya la derecha hacia la funda de la ropera que cuelga de un clavo. Es el olor, y la titilante luz de una vela, lo que me confirma que estoy solo en la habitación de la posada.
No hay antorchas, ni aliento pútrido de machos sobre mí, ni manos que me sujetan y, si estoy en cueros, es por simple comodidad.
Hideputa —me riño, enfundando la daga en su vaina, también colgada junto al lecho.
Mis sentidos vampíricos me avisan de que el escaso sol de invierno acaba de ponerse en la Terraferma, al otro lado de la laguna Véneta, a pesar de que el cuartucho no tiene ventana alguna para comprobarlo. Me siento en el jergón, extrañado aún por el relleno de paja del colchón. El posadero balbuceó sus disculpas por poder ofrecerme sólo eso en el cuarto sin ventanas que insistí en alquilar en la buhardilla, seguro de que me quejaría de que la paja se clava en el cuerpo. Para alguien que ha dormido sobre un suelo de piedra húmeda la mayor parte de su vida, esto no es sino una bendición.
Como la luz.
Miro la humilde vela de sebo que se consume en la palmatoria sobre la única mesita de madera desconchada del cuarto. Me dormí contemplando su brillo y la he dejado ardiendo todo el día; un lujo que no podré permitirme durante demasiado tiempo, ya que se pagan a parte. Pero en la cueva donde crecí sólo ardía la luz diabólica de las teas de grasa que tallábamos los niños, destrozándonos las manos, y este resplandor inocuo se me antoja una maravilla de la ciudad. Despabilo el extremo carbonizado de la mecha, para evitar que el sebo se consuma demasiado rápido, y enciendo una segunda vela prendiendo la mecha con la que agoniza. A su aureola blanca, contemplo mi humilde acomodo.
No resultó difícil conseguir hospedaje en la posada que me habían indicado en la calle. Quizás en parte porque debo ser de los pocos clientes a quienes les place la buhardilla. Este pequeño cuarto sin ventanas, estrecho y de techo inclinado, es el equivalente a los sótanos en otras ciudades. Ningún edificio de Venecia posee habitaciones subterráneas, dado que la ciudad se eleva sobre pilares incrustados en el fondo legamoso de la laguna. Aquí, al revés que en el resto del mundo, largas escaleras alejan de la humedad de la calle y conducen a la planta principal, considerada la noble, mientras que los huéspedes de pobre condición quedan relegados a los pisos superiores. Donde no existen las balconadas ni las ventanas del colorido cristal de Burano que proliferan en la ciudad.
Mientras me aseo con el agua de la jofaina de cerámica que el posadero ha puesto mi disposición, pienso que haber venido a Venecia se revela, hasta el momento, como una sabia decisión. En las dos noches transcurridas desde mi llegada me he alimentado, como atestigua la fuerza de músculos y la agudeza de los sentidos; he caminado prácticamente anónimo entre la muchedumbre de gentes diversas, memorizando cada itinerario de su intrincado laberinto, y si esa prostituta del casino cumple tendré una profesión de armas con que ganarme el sustento.
Logros nada despreciables para un maldito que ha existido como un animal durante más de un siglo.
Me rasuro con la daga, pidiéndole disculpas a la hoja por la indigna tarea, sin espejo donde poder verme. Me parte un rayo lo que los demás, humanos o vampiros, opinen de mi aspecto, pero necesito que ese mercader me contrate. Uno puede subsistir en una ciudad sin dineros sólo hasta cierto punto y Venecia, como buena zorra, es cara. Si el trabajo no me place, dentro de un tiempo ya conoceré esta retorcida ciudad lo suficiente como para encontrar otro patrón. Quizás un herrero. He oído que aquí desarrollan todavía su arte maestros armeros venido de Oriente, de la lejana Siria y de Estambul, que conocen los secretos de un acero que jamás pierde su filo. Pero primero necesito reponer mi menguada faltriquera, para lo cual mi única esperanza es una barragana de mi raza propietaria de un casino.
No siento deseo alguno de volver a ver a la hembra —a ninguna, en realidad—. Las únicas féminas de mi raza que he conocido han sido las prostitutas del campamento de mi padre, simples objetos chillones a quienes joder o de quien beber. Pero esta hembra es... distinta. Acostumbrada a hacer su voluntad. Y eso despierta en mí tanta repulsión como inexplicables ansias de someterla. Será el influjo de esta condenada ciudad, donde los susurros de las bajas pasiones humanas recorren los callejones a media luz.
Tras rasurarme, me recojo el cabello en una cola y me visto con la única otra muda limpia que poseo. Calzones de piel blanda de ciervo, camisa y chupa de lana, casaca de cuero, capa larga y sombrero de ala ancha. Me cincho el cinturón con las armas, asegurándome de que el liguero de la espada está desanudado, y me echo la mochila al hombro. No me arriesgaré a que me hurten de la habitación las pocas pertenencias que poseo.
La algarabía que sube del amplio comedor me sorprende mientras bajo las escaleras, cuya madera combada por la humedad veneciana cruje bajo mi peso. El barullo de las voces humanas me asalta, junto con sus pensamientos, en una cacofonía que, por un momento, me deja confuso al pie de la escalera. Hay una particular excitación en sus mentes, como el cazador que ha captado el olor de una presa y, cuando consigo confinar la oleada de pensamientos ajenos a un rincón menos molesto de mi mente, vislumbro que la mayor parte de los parroquianos se cubren con... máscaras. Coloridas, adornadas con plumas y lazos, de grotescas narices puntiagudas, rematadas en puntas con cascabeles o bien mofletudas. Corre el alcohol barato en jarras de barro y los lascivos tocamientos entre los clientes y las camareras son más frecuentes que otras noches. Y menos rechazados. Una troupe de músicos romaníes agrega más confusión a la escena, con sus cítaras y flautas.
¿Es que la taberna entera ha perdido el juicio?
Protegiendo mi faltriquera, me escabullo hasta un extremo de la barra de madera hasta acomodarme con la espalda contra la pared, de manera que pueda controlar toda la sala abarrotada. El posadero me sobresalta al depositar un cuenco de sopa caliente junto a mi codo. El hombre está a punto de regresar a sus tareas, huyendo de mí como de un espíritu de ultratumba, cuando le increpo.
—Cosa succede oggi? [¿Qué ocurre hoy?]
—Santo Stefano, signore —me dice, como si tal mención tuviera que disipar todas mis dudas de por qué la taberna ha enloquecido. Al no hacer yo señal alguna de comprensión, chasquea la lengua mientras pasa un paño por la barra—. Comienza el Carnevale. —Sigue viendo mi falta de reacción y eleva el mostacho por un extremo, mostrando dientes amarillentos—. Il governo della Reppublica nos permite llevar máscaras hasta el miércoles de ceniza, signore. Quasi tre mesi de celebraciones. La città va a estar siempre despierta, arriban visitantes de media Europa y de Asia. Il nostro Carnevale é il más esplendoroso. Questo è buono para el negocio, ma pericoloso para los extranjeros.
El barullo del comedor y el asalto de prójimos pensamientos lujuriosos retrasan unos segundos mi comprensión del asunto. San Esteban: 26 de diciembre. Para los humanos católicos, el día siguiente a la Natividad de su dios. Miércoles de ceniza: el comienzo del periodo de recogimiento que denominan Cuaresma, después de un semana de celebraciones carnales. El Carnaval. Parece que Venecia es, también en esto, distinta al resto de las ciudades. Aquí el Carnaval dura meses y las gentes cubren su rostro con una máscara anónima todo ese tiempo. Tomo la sopa con el ceño fruncido, calculando las posibles implicaciones para mí. Tres meses en una ciudad atestada, dada a los instintos, a la relajación de costumbres y donde sus habitantes, ricos y menesterosos por igual, esconden su identidad. Problemas. Y posibles negocios si ese mercader me quiere para lo que aventuro.
Nada más fácil que ocultar el motivo de una cuchillada entre gentes encapuchadas.
Tened cuidado con las máscaras de gatto, signore —me advierte el hombre con un asomo de chanza al fin.
¿Por qué? —Trato de no gruñirle. En demasía.
—Uomini buscando uomini.
Peculiar. Una ciudad donde la sodomía es vista con más humor que condena moral. Acabo la cena, deslizando un par de monedas de cobre sobre la barra, y agradezco al posadero la información tocándome el sombrero. Salgo al campo en busca de aire fresco y silencio de pensamientos, sólo para encontrarme con grupos de humanos adornados con máscaras y los más bizarros atavíos, ora blancos, ora de rombos coloridos, desfilando entre risas y gritos.
Tendré que revisar mi impresión sobre el acierto de haber venido aquí.
Busco al momento los tranquilos ramo que me llevarán al casino de la Giudecca sin tropezarme con las multitudes. La luna en un cielo despejado dibuja haces afilados en la densa penumbra de los callejones y el aire gélido me arranca la respiración en humaredas blancas. Pero el silencio y la noche me hacen bien. Jamás soporté las muchedumbres. Si convivir con varios seres vivos ya acarrea el esfuerzo continuo de aislar sus pensamientos de los míos, la vida en una ciudad es un asalto continuo al único sancta santorum que conozco: mi mente. Debo encontrar una habitación de alquiler, lejos de la posada.
De camino a la Giudecca, paso de largo de la librería cerrada, dedicándole una mirada de anhelo bajo el sombrero. Ya he comprobado que cierra antes de la puesta de sol; ni siquiera en lo profundo del invierno —y en el supuesto de contar con suficientes ducados en mi bolsa— podré deleitarme con las letras impresas. Maldita sea mi suerte.
Llego a la corte a donde da la entrada trasera del casino, suponiendo que de un futuro soldado de alquiler no se espera que use la puerta principal. Tampoco podría costearme un pasaje en una góndola para ello. Tras hacer sonar la campana, me abre el mismo doggen al que conocí en mi primera visita. Caigo en la cuenta de que no mencioné mi nombre a la hembra regente de este lugar pero, en cuanto me quito el sombrero y la luz del candil que porta el sirviente me ilumina el rostro, el doggen me dedica un pequeño asentimiento. Nada como unos tatuajes y unos ojos blancos para anunciar tu identidad.
—Signore, se os espera. Seguidme, si os place.
No me place entrar en un burdel, pero no queda otra.
Esta vez, para mi sorpresa, no me conduce por la escalera de servicio sino hacia la planta principal. Aprieto los labios, preparándome para el desagradable asalto de los olores y los sonidos del sexo... que no llegan a alcanzarme. El doggen me abre una puerta de madera lacada en blanco con filigranas doradas que da acceso a un enorme salón. Los suelos son de mármol veteado en rosa, el techo artesonado, del que cuelgan dos enormes arañas cuyos cristales fragmentan la luz de las velas, iluminando cada rincón. Hay otomanas donde se reclinan mujeres humanas enmascaradas, departiendo con hombres vestidos de terciopelo y brocados, fumando algo que emana un fuerte aroma a hierbas. Un humano joven toca un extraño instrumento, una caja con cuerdas, produciendo un sonido oscilante que me provoca escalofríos, ante unos cuantos humanos embelesados. Otros grupos se sientan en pequeños corros, reservados unos de otros por biombos bizantinos, tomando café —a juzgar por el olor— y sosteniendo apasionadas discusiones... libros en mano.
¿A dónde ha ido el burdel?
Sigo al doggen con el sombrero firmemente cogido entre las manos para evitar arrebatar a esos humanos los libros que ojean, seguro de que no aprecian el tesoro que sostienen con tanta despreocupación. Ellos pueden conocer del mundo hablando unos con otros. Yo no; nadie me aceptaría cerca y yo no podría acercarme. Los libros, ese raro bien, son mi única posible fuente de conocimiento. Que me está vedada.
Camino por detrás de una hilera de biombos y, aún así, algunas de las cabezas, unas enmascaradas y otras no, se vuelven a mirarme. Vampiros, que han detectado mi olor. La mayoría de los machos desvían la cara y algunas de las hembras me espían de reojo, camuflando su rostro tras el batir de sus abanicos orlados con plumas. Contengo un gruñido.
Distingo a la patrona del casino por su pose de seguridad y dominancia, a pesar de la máscara blanca y dorada que cubre todo su rostro y que se eleva como una tiara. Hoy viste íntegramente de blanco, desde el escotado corpiño con lazadas que muestra lúbricamente su escote a la voluminosa falda, pasando por una peluca de rizos níveos. Conversa con un grupo de humanos alrededor de una mesa donde se apilan los libros y ese hecho, junto con el aire de tranquila altanería en alguien que no es sino una zorra más que se abre de piernas por comida o dineros, disparan mi agresividad. Aprieto la cazoleta de la espada cuando la hembra asiente en mi dirección.
—Signore, mi patrona os recibirá enseguida. Permitidme que os conduzca a su despacho mientras tanto. —El doggen insiste en tratarme como si yo fuera un maldito hidalgo.
Lo que sea con tal de salir de aquí. Cruzo el salón al amparo de los biombos, rabiando al sentir su mirada en mi nuca descubierta, y agradezco la quietud de otra escalera ascendente hacia la planta privada de la furcia. El doggen abre unas puertas dobles de madera oscura con una floritura.
Acomodaos, per favore.
Y un demonio.
Entro en el despacho como si me aguardaran los mismos tercios de infantería, fruncido el ceño y la mano presta sobre mi arma, olisqueando en busca del enemigo. Pero el despacho no me devuelve el efluvio a humano o vampiro, ni el olor punzante de un atacante presto a traspasarme, sino el del papel, la tinta, el cuero y la vitela.
Estoy en una biblioteca.
El sirviente cierra la puerta tras de mí pero a duras penas le presto atención. Giro sobre mí con cuidado, como si me hallara en una estancia maravillosa. Y a fe que lo es. El cuarto es rectangular, con grandes ventanales apuntados en uno de sus lados que dejan entrar la luz de la luna a raudales, uniéndose al resplandor de varias palmatorias con velas aromáticas. El suelo está alfombrado para absorber los crujidos de la madera. Hay una secretaría de nogal contra los ventanales con útiles de escritura y varias resmas de papel. Junto al mueble, un diván de los que tan apreciados resultan por aquí. El resto de las paredes, del suelo al techo, las ocupan armarios acristalados repletos de libros.
Dejo la mochila sobre el diván, incapaz de resistirme. No entiendo de encuardernaciones, pero es sencillo diferenciar los modernos libros impresos— rectángulos regulares y producidos en serie— de enormes ejemplares con tapas de cuero grueso, quizás manuscritos. Me rodean miles de páginas que cubren siglos de pensamiento, de conocimientos, de vidas y de compañía sin riesgos. Jadeo, abrumado.
Sin sentir ni un ápice de remordimientos por ser un pésimo invitado, giro la pequeña llave de uno de los muebles y abro con cuidado las puertas de cristal para aspirar el olor a tinta y a papel. Me quito el guante de la mano izquierda y acaricio los lomos con las yemas de los dedos, anhelando poder acceder a su contenido, sumergirme en ellos. El Sanguinario jamás apreció los libros. Todo cuanto no fuera una hoja letal carecía de utilidad en su mundo de sangre. Mis libros, los pocos que encontré y que me sirvieron para aprender a leer en alemán y francés, fueron quemados.
Cojo uno de los libros de la estantería, al azar, y leo el título impreso, con algo de dificultad por la falta de práctica: ”Les Rêveries du promeneur solitaire” ["Ensoñaciones del paseante solitario"], de Jean-Jacques Rousseau. Paso las páginas con cuidado, deleitándome de tal manera en sus hileras de palabras y en su olor que percibo la presencia en la biblioteca con retraso.
—“Heme aquí, pues, solo en la tierra, sin más hermano, prójimo, amigo o sociedad que yo mismo” —recita la hembra, de pie en el umbral con las manos enlazadas por delante, cabeceando hacia el libro que sostengo—. Sin duda, una reflexión del buen Rousseau con la que podeis sentiros identificado. —Se quita la máscara, descubriendo un rostro en el que se adivina una sonrisa—. Esperemos que, con el tiempo, compartáis lo que sigue —Camina hacia la secretaría entre el crujir de la seda blanca del vestido para depositar allí la máscara—: “Habría amado a los hombres a pesar de ellos mismos” —añade, volviéndose hacia mí—. No sabía que leíais.
Cierro el libro, airado porque me haya sorprendido con mi única debilidad.
No soy un bárbaro analfabeto.
¿A quien quiero engañar? Es justo lo que soy. A pesar de conocer las letras, sigues siendo una tabla rasa si no tienes qué leer. Pero la hembra ensancha la sonrisa.
¿No los sois? Entonces hemos avanzado algo desde vuestra primera visita, signore. Hace dos días opinábais que no érais más que un solitario guerrero errante. —Inclina la cabeza a un lado, enarcando una ceja—. Ahora que hemos descubierto nuevas facetas de vuestra merced, quizás querréis reconsiderar el trabajo que se os ofrece.
No. —Aprieto los puños, harto de la hembra—. Dijisteis que viniera en dos noches y aquí estoy. Decid qué tenéis y acabemos con esto.
Ciertamente, carecéis del don de la conversación civilizada. Todavía. —Ella camina hasta mi lado, paseando la vista por los libros—. Vuestro posible patrón está en el salón, compartiendo la velada. Quería veros antes de aceptaros como su protector, por ello os he hecho entrar por allí. He de decir que le habéis causado una honda impresión... como a muchas de mis tertulianas. —Me sonríe, mirándome de reojo, y al instante me alejo un paso de ella—. En breve subirá y podréis discutir privadamente los términos de vuestra relación, es algo que sólo os incumbe a ambos.
Por fin algo de índole práctica.
¿Es un noble?
Acaricia los lomos de los libros con dedos largos cuajados de anillos, igual que he hecho yo antes, como si se vanagloriara de sus preciadas posesiones delante de mí.
Es un civil. No quedan nobles de nuestra especie en Venecia —suspira—. La Perla del Adriático hace tiempo que se consume, mecida por la laguna y sofocada por la bruma de naciones más grandes y poderosas. No es sino una sombra de lo que fue que pronto puede perder su independencia bajo las bayonetas francesas.
Frunzo el ceño. Más. Mierda si me he trasladado aquí para acabar atrapado en trifulcas humanas.
¿Guerra?
Ella se encoje de hombros y huelo la pena emanando de su piel. Parece amar en verdad esta ciudad y eso estimula mi curiosidad tanto como la información.
El nuevo Directorio que ha tomado el poder en Francia tras el Terror se dice moderado, pero los exiliados humanos aseguran que su ejército se mobiliza. Un general tiene sus ojos fijos en Venecia como puerta de entrada al mar Adriático y Austria le apoya. —Coge un libro y pasa sus páginas sin verlas. En el lomo leo el nombre del autor, David Hume, pero no entiendo el idioma en que está escrito el título—. La glymera la forman, ante todo, oportunistas en lo económico y retrógados en lo moral. Sus posibilidades de amasar auténticas fortunas en esta ciudad hace tiempo que se esfumaron y la... libertad de costumbres venecianas atenta contra sus hipócritas valores. Hace tiempo que emigraron a Viena y a Londres. Sólo los civiles que tienen en alta estima no vivir con la soga de la glymera al cuello permanecen aquí.
La estudio de reojo, aprovechando su distracción con el libro. Lo sostiene con delicadeza y me fijo en que sus dedos son finos y sus manos carecen de las marcas del rudo trabajo que mostraban las de las prostitutas del campamento. Su forma de hablar difiere también de aquellas hembras y se asemeja bastante a la de los escasos nobles que acudieron a entrevistarse con el Sanguinario en las proximidades del campamento mientras viví allí. Ojeo la biblioteca, apreciando su gusto por la cultura y el lujo, y extraigo la conclusión que se me pasó por alto en mi anterior visita.
No sois únicamente una puta. Pertenecéis a la glymera.
Alza la cabeza y me mira directamente, sin vacilar.
Errais en ambas consideraciones. Ni soy lo primero ni pertenezco ya a la segunda.
Me acerco a un paso, desafiándola.
La otra noche vi lo que es este lugar. Y os comportáis como una noble.
—“La costumbre es la gran guía de la vida humana”, decía David Hume —me responde, en su lugar, cerrando el libro y gesticulando para dar a entender que la cita proviene de él—. Vos tenéis por costumbre, o por aprendizaje, juzgar por lo que veis sin ir más allá, quizás porque os conducís también por las ideas preconcebidas que tenéis sobre vos mismo. Las personas, y los lugares, somos más de lo que aparentamos o de lo que mostramos al prójimo. Mi casino es un espacio de libertad, donde mis visitantes encuentran aquello que la sociedad, su posición o su raza les niega. —Alarga la mano para coger también el tomo que yo había ojeado en un principio—. Aquí pueden debatir sobre política, educación o literatura —mueve los dos libros que sostiene ahora— sin la constricción moral de la Inquisición, de los gobiernos o de sus propias familias. Y aquí también pueden disfrutar de libertad sexual, sin importar sus inclinaciones —Me mira de reojo—. Acuden hombres atraídos por hombres que, sin embargo, han sido obligados a casarse y a formar una familia. Mujeres en busca de la pasión que el matrimonio convenido les niega. O personas cuyas inclinaciones desbordan lo considerado normal. —Su mirada oscura adquiere una especial intensidad—. Yo les proporciono el espacio, los contactos y los medios para saborear esa libertad y confraternizo con ellos si me place. En el proceso, muchos llegan a conocerse realmente a sí mismos, a través de la experiencia sin límites ni prejuicios previos. Somos empiristas, signore. —Sonríe, acariciando despacio la cubierta de uno de los libros con un solo dedo—. Y se aproximan los tres únicos meses del año en que Venecia puede volver a demostrarle al mundo que no acepta dictados morales de nadie. Quizás vos mismo podéis descubrir que sois más de lo que creéis... Vishous, hijo del Sanguinario.
Siseo, mostrándole los colmillos, y acercándome a ella hasta hacerle sombra.
¿Cómo sabéis mi nombre?
La hembra no exuda ni el mínimo aroma a miedo. Y eso me turba y me provoca a la vez, como todo en ella. Sus ojos oscuros se desvían un instante a mi sien.
Venecia sigue siendo un lugar de paso y de embarque. Y yo conozco a muchos de nuestra raza. He oído historias de vos.
Me acerco un poco más, hasta que sus pechos generosos casi me rozan, retándola a que me tema, a que desvíe la mirada, a que me evite como todos.
Entonces deberíais prestar más atención a lo que proclama mi piel.
Sonríe. De nuevo. Con ese gesto que dota a sus ojos de una dureza nada femenina. O de una que yo no he conocido hasta ahora.
Y vos deberíais prestar más atención a mis palabras. Llevo un rato intentando haceros comprender que no me guío por prejuicios ni advertencias. Mi opinión sobre vos la forjará el conocimiento, no la lógica que debería aplicar al leer vuestros tatuajes.
Maldita hembra. Cada respuesta ataca lo que me han enseñado hasta ahora.
Aprecio la lógica y la razón —respondo, sin retraer los colmillos—, gracias a su ausencia en la enseñanza que he recibido.
La dureza de sus ojos no disminuye, pero su sonrisa aumenta cuando, sin previo aviso, me tiende los libros que sostiene.
Quizás entonces deberíais leer, además de a Rousseau, a Hume. “Las causas y efectos no pueden descubrirse por la razón, sino por la experiencia”.
Miro los libros y a la hembra, seguro de que se trata de una celada, hasta que ella enarca las cejas.
Vamos, tomadlos. Tenéis ansias de saber y poca habilidad en acercaros a las personas. Os he visto contemplar los libros con el mismo arrobo que un amante. Llenad vuestra mochila con cuantos os quepan, sé que los cuidaréis. Devolvédmelos cuando los hayáis leído y coged otros hasta saciar vuestra sed.
Mis colmillos se retraen por voluntad propia, la ira disipada en favor de la estupefacción.
¿Por qué?
Os lo he dicho. Porque mi casino es un espacio de libertad. Aquí sólo jugamos con las máscaras, no nos las creemos. Muchos de nosotros hemos vivido limitados por normas y creencias absurdas. Ahora me precio de ayudar a los demás a descubrirse a sí mismos. Forma parte de la esencia de Venecia. —Se vuelve un momento hacia el ventanal que se asoma sobre el Canal Grande y murmura—: Aprovechémosla mientras dure.
Guarda silencio un largo rato y yo me quedo donde estoy, junto a la librería abierta, con los dos tomos en las manos, ceñudo. Al cabo, la hembra se vuelve, todavía con un aire nostálgico.
Avisaré a vuestro patrón de que le esperáis aquí para que podáis despachar. Sentíos libre de coger cuantos libros podáis acarrear.
Pasa por mi lado con el sonido de sus escarpines amortiguado por la alfombra y, por un instante, se asemeja a un fantasma, envuelto en blancura.
¿Cómo os llamáis? —inquiero con brusquedad. Jamás había preguntado por el nombre a hembra alguna.
Veo que sonríe un instante, de perfil, con la mano en el pomo de la puerta, y cuando me mira para responderme vuelve a ser la maldita hembra sabelotodo.
Ehlizabetta.
Vuelvo al siglo XXI con una maldición entre dientes cuando el cigarro, consumido, me quema los dedos desnudos. Mascullando, aprieto la poca colilla que queda en el cenicero y me froto la mano izquierda contra los pantalones. Siempre he odiado tener que meditar sobre los consejos de los demás, así que me toca los huevos admitir que aquella hembra podía tener razón.
Tengo una idea de mí mismo que he mantenido hasta ahora, quizás por costumbre: no me gusta la gente, no dejo que nadie se me acerque, no busco calor humano. Un paradigma que jamás ha sido puesto a prueba porque, hasta que el jodido irlandés tocapelotas apareció, no viví la experiencia necesaria para ponerlo en duda. Me gustó besarle, me gustó la sensación de otro cuerpo pegado al mío. No puedo examinarlo desde la perspectiva de la lógica porque entonces no entendería por qué llegué a involucrarme tanto; a fin de cuentas, la razón me dicta que Butch nunca querrá nada conmigo porque está enamorado de otra y porque es un jodido hetero genético, así que debería mantenerme a distancia. Pero las pasiones, eso que no sabía que tengo, me impulsan hacia él a pesar de que Butch me envíe a comer mierda.
Los empiristas eran unos imbéciles masoquistas.
Una pestaña parpadea en el extremo de uno de los monitores y maximizo la bandeja del correo de la Hermandad. El mensaje es de Havers y su brevedad no oculta el drama: “La hembra pretrans ha sido identificada. Su nombre era Amhelie, hija de Nicholas. Los padres llegaron a la clínica ayer de madrugada y permanecen aquí durante el día. La mahmen ha tenido que ser atendida por una crisis de ansiedad. Estamos preparando el cuerpo. Será llevado a su casa, para la ceremonia del Fade, esta noche. La dirección es el 207 de Smith Way”.
Puta jodida guerra inacabable.
Estoy reenviando el correo al ordenador de Wrath cuando se abre la puerta de la habitación de Butch. No levanto la cabeza, pero la visión periférica es una auténtica putada. El poli está en el umbral, vestido solo con unos pantalones negros cómodos, descalzo y con el torso desnudo. Durante un momento se limita a mirarme y yo estoy a punto de escupirle cualquier cosa cruel para que deje de hacerlo, joder, porque me está desquiciando, pero me callo. La culpa de todo esto no es suya, es mía por perder el control y por haber sido un puto reprimido durante tres siglos que no tiene la experiencia necesaria para afrontar lo que ha surgido.
—Ah, Vishous... —empieza.
Ah, Vishous, ni de coña. No pienso quedarme aquí ni un segundo más. Como invocado por el cielo, mi móvil vibra sobre el escritorio. No miro a Butch mientras contesto, pero percibo que el poli camina hacia mí.
—A mi despacho. Ahora. —Wrath ni siquiera me saluda. Que el rey esté despierto a las cuatro de la tarde para haber leído el correo al minuto dice mucho de lo mal que están las cosas.
Me cuelga sin esperar a que le responda, lo que está bien porque no puedo decir nada más que “OK”. Minimizo las búsquedas en todas las pantallas y, cuando me pongo en pie, me encuentro a Butch al lado, con una cadera apoyada contra el escritorio de los Cuatro Juguetes y los brazos cruzados.
—¿Algo nuevo?
—Reunión —contesto con las mandíbulas apretadas—. Te informaré luego.
—Ya conoces la identidad de la chica, ¿no es cierto?
Un día le miraré y me daré cuenta de que tiene hocico de perro cazador.
—Yup. —Ordeno compulsivamente los papeles del escritorio—. Los padres estarán en casa esta noche. Junto con el cuerpo.
El puño del poli apoyado sobre la mesa entra en mi campo de visión lateral cuando Butch se inclina para poner su cara delante de la mía.
—Tenemos que hablar con ellos. Si los restrictores estuvieron vigilándola y la chica se reunió con otros vampiros o fue a sus casas durante ese tiempo, tendrán más direcciones. Puede haber más familias en peligro.
Todavía no sé si vivir con un ex detective es una bendición o un grano en el culo. Lo cierto es que no había pensado en eso, pero tiene toda la lógica policial del mundo: interroga a los supervivientes, reconstruye los movimientos de la víctima y, si no puedes encontrar a los asesinos, quizás al menos evites nuevas muertes. ¿Por qué mierda Wrath no se da cuenta de que necesitamos al poli con nosotros? Gruño.
—Veremos qué podemos hacer. Te informaré.
Y entonces el poli de los cojones me coge del brazo.
—Eh, no vas a hacerlo sin mí.
Levanto la cabeza despacio, sabiendo qué expresión tendrá antes de verla: el ceño fruncido y los ojos tormentosos.
—Te dije que estamos juntos en esto —le recuerdo en un murmullo.
Podría haberlo formulado de otra puta manera, porque el doble sentido de lo que acabo de soltar nos deja a los dos mirándonos como gilipollas. Veo que Butch está a punto de soltar alguna de sus genialidades y me sacudo su mano del brazo, encasquetándole la carpeta que le he preparado.
—¿Qué es esto?
—Tu Van Dean. Ahora pórtate bien y espera a que te diga algo.
Salgo del Pit por el túnel subterráneo sin volverme a mirarle, con el aroma a su cabreo y a su confusión todavía fresco en mi nariz. Que le jodan, ni siquiera sé cómo solucionar mi mierda, menos aún le voy a hacer de consejero sentimental.
No deberíamos haber cruzado la línea. Nunca. Ahora que venga algún filósofo cantamañas a joderme las bolas diciendo que “La razón debe ser esclava de las pasiones”.
Lo único que consigues es sentirte ridículo.

El uso de máscaras es conocido y común en Venecia desde el siglo IX. Las empleaban personas de todas las capas sociales en diversos momentos de su vida diaria para ocultar su identidad cuando les convenía. Fue desde el primer momento un símbolo de libertad ciudadana ya que, con las identidades ocultas, todas las voces eran igual de dignas.

Con el tiempo, la riqueza, el apogeo de la ciudad y la llegada masiva de gentes de medio mundo, las costumbres de los venecianos se relajan. La promiscuidad, la homosexualidad -condenada por la República pero bien tolerada por el pueblo- y la violencia por encargo hallan disimulo en la mascarada.

La Iglesia acaba limitando el uso de máscaras a los tres meses comprendidos entre el 26 de Diciembre y el miércoles de ceniza, día que marca el inicio de la Cuaresma. Estos tres meses serán los que dure el Carnaval veneciano. Tal es el espíritu libinidoso de la fiesta que el Gobierno de la República tuvo que prohibir que enmascarados entraran en los conventos -donde las propias monjas usaban también máscaras-. El quebranto de las normas de uso de las máscaras podía conllevar penas de cárcel.

En el siglo XVIII, con el declive de la ciudad, el Carnaval entra en su fase de mayor escándalo y acabará siendo prohibido por el nuevo gobierno francés, hasta su reciente recuperación en el siglo XX.

Existen diversos tipos de máscaras tradicionales. Unas se inspiraban en los personajes de la Comedia dell Arte italiana y otras eran típicamente Venecianas: la Bauta (máscara blanca con tricornio negro y túnica de satén), la Dama (máscara enjoyada propia del Cinquecento, la que puede verse en la foto y la que luce el personaje de Ehlizabetta), la Gatto (representa a este animal y era comúnmente usada por homosexuales), la Jester o Jolly, en su versión femenina (la máscara del bufón, rematada en cascabeles), la Moretta (óvalo de terciopelo negro, rodeada por un velo, que usaban las mujeres durante todo el año), el Volto (o máscara ciudadana, usada por personas de todo estrato social, a menudo llevaba una empuñadura para sostenerla cerca del rostro), el Dottore Peste (réplica de las máscaras que debían usar los médicos durante las epidemias recurrentes de esta enfermedad), la Gnaga (traje y máscara que simulan una mujer pero que usaban los hombres para ridicularzarlas), el Naso turco (máscara con una afilada nariz curvada hacia abajo) y la Doppia face (máscara con dos caras, representando la tragedia y la comedia).
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