Cuando me alcanzó la fluctuación mágica estaba sentada a la mesa de la cocina, prácticamente a oscuras, contemplando ensimismada una botella de limonada fuerte






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Capitulo 1

Cuando me alcanzó la fluctuación mágica estaba sentada a la mesa de la cocina, prácticamente a oscuras, contemplando ensimismada una botella de limonada fuerte Boones' Farm, Las barreras de protección oscilaron y se colapsaron, despojando a la casa de sus defensas, El televisor se encendió solo, inundando la casa vacía de un sonido poco natural. Enarqué‚ una ceja sin apartar la mirada de la botella y me aposté‚ con esta a que aparecería otro boletín de noticias urgente, La botella perdió la apuesta.

— ¡Boletín urgente! —anunció Margaret Chang—. El Fiscal General informa a todos los ciudadanos de que cualquier intento de convocar o forzar la aparición por otro medio de un ser sobrenatural puede ser peligroso para uno mismo y para el resto de ciudadanos.

— No jodas —le dije a la botella.

— La policía Local ha recibido la autorización para impedir este tipo de actividades con todos los medios a su alcance.

Margaret continuo parloteando monótonamente mientras yo me concentraba en el bocadillo. ¿A quién querían engañar? Era imposible que la policía pudiera frustrar todos los intentos de invocación que se producían a diario. Solo un brujo cualificado podía detectar una invocación en proceso. Y cualquier idiota que supiera leer medianamente bien y con la suficiente habilidad para utilizar su limitado poder podía intentar una. Antes de darte cuenta tenias a un dios eslavo de tres cabezas causando estragos en el centro de Atlanta, del cielo llovían serpientes aladas y los SWAT pedían más munición a gritos. Aquellos eran tiempos muy inseguros. Aunque si no lo fueran, sería una mujer en paro. En el plácido mundo tecnológico no había lugar para una mercenaria con poderes mágicos, Cuando la gente tenía un problema relacionado con la magia, uno en el que la policía no podía o no deseaba involucrarse, llamaba al Gremio de Mercenarios. Si el trabajo se producía dentro de mi territorio, el Gremio me llamaba a mí. Hice una mueca y me froté‚ la cadera. Aún me dolía después del último trabajo, aunque la herida se había curado mejor de lo que esperaba. Aquella era la primera y última vez que aceptaba enfrentarme al Gusano Impala sin armadura completa. La próxima vez exigiría un traje de contención de nivel cuatro. Me alcanzó una fría oleada de miedo y repugnancia. Se me revolvió el estomago y una sustancia acida se aposento en mi garganta, dejándome un regusto amargo, Un escalofrío me recorrió la espina dorsal y se me erizó el diminuto vello de la nuca.

Una presencia maligna en mi casa. Deje‚ el bocadillo en el plato y apreté‚ el botón del mando a distancia para silenciar el televisor, En la pantalla, Margaret Chang charlaba con un hombre de rostro pétreo y corte de pelo militar, Un poli. Seguramente de la División de Actividad Paranormal. Apoyo‚ una mano sobre la daga que tenía en el regazo y me quede‚ completamente inmóvil.

Escuchando, Esperando.

Ningún sonido interrumpió el silencio reinante Se formó una gota de agua en la superficie húmeda de la botella de Boone's Farm y resbaló por uno de sus relucientes costados.

Algo grande avanzó lentamente por el techo del pasillo hasta la cocina. Fingí no reparar en su presencia. Se detuvo a mi derecha, un poco detrás de mí, de modo que no tuve que fingir demasiado.

El intruso dudo un instante, se dio la vuelta y se sujeto al ángulo que formaba el techo y la pared. Se quedó allí, aferrado a la madera con sus enormes garras amarillas, inmóvil y silencioso como una gárgola a plena luz del día. Di un rápido trago de la botella y la deje‚ sobre la mesa para poder ver el reflejo de la criatura en ella. Desnudo, sin pelo y con un cuerpo delgado y fibroso. Sin la menor presencia de grasa. Su piel se tensaba de tal modo sobre los duros tendones de sus músculos que parecía estar a punto de rasgarse. Como una delgada capa de cera sobre un modelo de anatomía.

El típico y amigable Spiderman.

El vampiro alzo la mano izquierda. Sus garras, afiladas como puñales, rasgaron el aire de un lado al otro, como arqueadas agujas de coser. Torció la cabeza en un gesto animal y me estudio con unos ojos llameantes que trasmitían una locura muy particular, una nacida de la sed de sangre y despojada de cualquier pensamiento o contención. En un solo movimiento, me di la vuelta y lancé‚ la daga.

La negra hoja penetro limpiamente en la garganta de la criatura.

El vampiro se quedó petrificado y sus garras amarillas dejaron de moverse. Una sangre espesa y purpúrea se acumuló en la hoja de la daga y, lentamente, resbaló por la carne desnuda del cuello del vampiro, manchando su pecho y chorreando hasta el suelo. Sus facciones se crisparon al intentar adoptar otra fisonomía. Cuando abrió sus fauces, se hicieron visibles dos colmillos curvados como hoces de marfil en miniatura. — Eso ha sido de lo mas desconsiderado, Kate. —La voz de Ghastek me llegó a través de la garganta del vampiro—. Ahora tendrás‚ que darle de comer.

— Es un acto reflejo. Suena la campana, cojo comida. Veo un muerto viviente, lanzo el cuchillo. Es muy parecido. —El rostro del vampiro se sacudió como si el Señor de los Muertos que lo controlaba intentara entornar los ojos.

— ¿Que‚ estas bebiendo? —preguntó Ghastek.

— Boone's Farm.

— Puedes permitirte algo mejor.

— No quiero nada mejor. Me gusta el Boone’s Farm. Y prefiero hablar de negocios por teléfono. Aunque contigo, prefiero no hablar de nada.

— No quiero contratarte, Kate. Tan solo es una visita de cortesía.

Mire‚ fijamente al vampiro y desee‚ poder clavar mi cuchillo en el cuello de Ghastek. Si pudiera seccionar su carne me sentiría de primera. Por desgracia, Ghastek estaba sentado en una habitación blindada a muchos kilómetros de allí.

— ¿Te encanta jugar conmigo, verdad?

— Inmensamente.

La pregunta del millón de dólares era ¿Por qué?

— ¿Que‚ quieres? Habla rápido, el Boone's Farm se está calentando.

— Solo me preguntaba —dijo Ghastek con una seca neutralidad muy propia de el—. Cuando fue la última vez que viste a tu guardián.

La despreocupación con la que lo dijo hizo que un escalofrío me recorriera toda la espalda.

— ¿Por qué?

— Por nada. Como siempre, ha sido un placer.

Con un único y poderoso salto. El vampiro se separo de la pared y salió por la ventana abierta. Llevándose mi cuchillo con él. Mientras maldecía en voz baja, alargue‚ la mano para coger el teléfono y marque‚ el número de la Orden del Auxilio Misericordioso. Ningún vampiro podía superar mis barreras cuando la magia estaba en pleno apogeo. Como Ghastek no tenía forma de saber cuándo retrocedería la magia, debía de haber estado observando mi casa durante un buen rato, esperando a que mis conjuros defensivos dejaran de ser efectivos. Di un sorbo de la botella. Aquello significaba que un vampiro había estado oculto en algún lugar próximo cuando llegue‚ a casa la noche anterior. Y no lo había visto ni había percibido su presencia. Podía eliminar directamente el de mi carnet de mercenaria.

Un tono. Dos. Tres. ¿Por qué‚ me habría preguntado Ghastek por Greg?

El aparato emitió un chasquido y una severa voz femenina pronunció la frase habitual: — Me gustaría hablar con Greg Feldman.

— ¿Su nombre? —Una sutil nota de ansiedad puntuaba su voz.

— No tengo que darte mi nombre —le dije al auricular—. Me gustaría hablar con el caballero místico.

Una pausa, tras la cual, una voz masculina me dijo:

— Por favor, identifíquese.

Me estaba entreteniendo, probablemente para rastrear La llamada. ¿Que‚ demonios estaba ocurriendo?

— No —dije con firmeza—. Pagina número siete de la Carta, tercer párrafo, parte inferior: Como ciudadana, insisto en que me pasen ahora mismo con el caballero místico o me indiquen la hora en que puedo encontrarlo.

— El caballero místico esta muerto —dijo la voz. El mundo se detuvo. Me deslice‚ a través de su inmovilidad, aterrada e incapaz de mantener el equilibrio. Me ardía la garganta. El corazón me latía desbocado—. ¿Cómo? —Conseguí mantener la calma.

— Murió en acto de servicio.

— ¿Quien lo hizo?

— El caso está siendo investigado. Escuche, si pudiera dejarme su nombre. — Presioné‚ el botón para cortar la llamada y dejé‚ el auricular en su sitio. Mire‚ la silla vacía al otro lado de la cocina.

Hacia una semana, Greg había estado sentado en esa silla, removiendo el café‚ con una cucharilla. La cucharilla había trazado círculos precisos, no permitiendo nunca que sus lados rozaran la taza. Durante un instante, mientras el recuerdo se resistía a abandonar mi mente, pude visualizarlo allí sentado.

Greg me observaba con sus ojos oscuros, tristes, como los ojos de una estatua.

— Por favor, Kate. Deja por un momento de lado el hecho de que no te caiga bien y escucha lo que tengo que decirte, Tiene sentido.

— No me caes mal. Eso es simplificar mucho las cosas.

Greg asintió con aquella expresión paciente que solía volver locas a las mujeres, —Por supuesto, No deseo incomodarte ni simplificar tus sentimientos. Solo deseo que nos concentremos en lo realmente importante. ¿Me escucharas?

Me eche‚ hacia atrás en la silla y me cruce‚ de brazos.

— Te escucho.

Introdujo una mano en el interior de su chaqueta de piel y extrajo un rollo de pergamino. Lo dejo sobre la mesa y lo desenrollo lentamente, manteniéndolo extendido con la punta de los dedos.

— Es la invitación de la Orden.

Me lleve‚ las manos a la cabeza.

— Ya esta, se acabo.

— Permíteme terminar —dijo él. No parecía enfadado.

No me dijo que estaba comportándome con una cría, aunque yo sabía que lo estaba haciendo. Aquello me puso aun más furiosa.

— Esta bien —dije.

— Dentro de pocas semanas cumplirás veinticinco años. Aunque por si solo no sea gran cosa, acarrea ciertas consecuencias por lo que se refiere al protocolo de admisión en la Orden, Es mucho mas complicado ingresar pasados los veinticinco. No imposible, pero más difícil.

— Lo se‚ —le dije—. Me enviaron el folleto.

Greg soltó el rollo y se recostó en la silla mientras entrelazaba los dedos. El rollo permaneció abierto pese a que todas las leyes de la física indicaban que tendría que haberse vuelto a enrollar. A veces Greg se olvidaba de la física.

— En ese caso, conocéis las penalizaciones por la edad.

No era una pregunta, pero la conteste‚ de todos modos.

— Si.

Greg suspiro. Fue un movimiento sutil, solo perceptible para aquellos que le conocían demasiado bien. Por el modo en que estaba sentado, inmóvil, estirando ligeramente el cuello, supe que había previsto mi decisión.

— Me gustaría que lo reconsideraras —dijo.

— No voy a hacerlo. —Por un instante pude ver la frustración reflejada en sus ojos. Ambos sabíamos lo que quedaba sin decir: la Orden ofrecía protección. Y la protección era primordial para alguien de mi linaje.

— ¿Puedo preguntarte por que? —dijo el.

— No va conmigo, Greg. No me siento cómoda con las jerarquías.

Para el, la Orden era un lugar donde refugiarse y sentirse seguro, un lugar de poder. Sus miembros estaban completamente comprometidos con los valores de la Orden, y la servían con tal dedicación que, a aquellas alturas, la organización ya no parecía la unión de sus integrantes sino una entidad en si misma; una entidad pensante, racional e increíblemente poderosa. Greg la había aceptado y ella cuidaba de el. Yo la había rechazado y casi me había perdido a mí misma.

— Cada minuto que pase‚ allí sentía que quedaba menos de mí —le dije—. Como si me estuviera encogiendo, menguando. Tenía que largarme, y no pienso regresar.

Greg me miro con una terrible tristeza reflejada en sus ojos oscuros. A la tenue luz de la cocina, su belleza resultaba asombrosa. De un modo algo perverso, me alegre‚ de que mi cabezonería le hubiese obligado a venir a verme, y ahora le tenía sentado a menos de un metro de mi, un príncipe elfo de edad indefinible, elegante y afligido. Dios, cuanto me odie‚ a mí misma por aquella fantasía de niña pequeña. — Si me perdonas —le dije.

Greg parpadeo varias veces, sorprendido por mi formalidad, y se puso en pie lánguidamente.

— Por supuesto. Gracias por el café.

Le observe‚ mientras se dirigía a la puerta. Ya había oscurecido y la brillante luz de la luna teñía de plata la hierba del jardín. Junto al porche, las Rosas de Siria resplandecían entre los arbustos como estrellas dispersas.

Observe‚ como Greg descendía los tres escalones de cemento y se internaba en el jardín.

— ¿Greg?

— ¿Si? —Se dio la vuelta. Su magia destello a su alrededor como si se tratara de un manto.

— Nada. —Y cerré‚ la puerta.

Era el ultimo recuerdo que tenía de el. De pie frente al jardín, bañado por la luz de la luna, envuelto en su magia.

Oh, Dios.

Me rodee‚ el cuerpo con los brazos. Aunque tenía ganas de llorar, las lágrimas no aparecieron. Tenía la boca seca.

Había perdido el último lazo que me unía a mi familia. No me quedaba nadie. Había perdido a mi madre, a mi padre y ahora a Greg. Apreté los dientes y empecé a hacer la maleta.

Capitulo 2

La magia había llegado mientras guardaba en la bolsa lo esencial, de modo que tuve que coger a Karmelion en lugar de mi coche habitual. Karmelion, una furgoneta destartalada, oxidada, de color verde bilis y sin luz delantera izquierda, solo tenía una ventaja: funcionaba con agua inducida por magia y podía utilizarse durante una oleada mágica. Al contrario que el resto de vehículos, la furgoneta no producía los habituales ronroneos, murmullos u otros sonidos típicos de un motor, sino que gruñía, gemía, refunfuñaba y emitía estruendos ensordeceros con deprimente regularidad. No tenía la menor idea de quién la había bautizado con el nombre de Karmelion ni por qué. La había comprado en una chatarrería con el nombre garabateado en el parabrisas.

Por suerte, habitualmente Karmelion solo debía recorrer los cincuenta kilómetros que separaban mi casa de Savannah. Aquel día, sin embargo, la obligué a circular por la línea de energía, lo que, por sí solo, tampoco le hacía ningún mal, ya que la línea la arrastró directamente hasta las inmediaciones de Atlanta. No obstante, el sendero que cruzaba la ciudad no le sentó demasiado bien. Ahora la furgoneta se estaba enfriando en un aparcamiento mientras chorreaba agua y destilaba magia. El generador tardaría unos quince minutos en volverse a calentar, pero no me importaba. Tenía la intención de quedarme allí durante un tiempo. Odiaba Atlanta. Odiaba las ciudades, punto.

Mientras esperaba en la acera, eché una ojeada al desvencijado edificio donde supuestamente estaban las oficinas de la Capilla de Atlanta de la Orden de Caballeros del Auxilio Misericordioso. La Orden se esforzaba en ocultar su auténtica dimensión y poder, pero en este caso se habían pasado de la raya. El edificio, un cubo de cemento de tres pisos, parecía una muela picada rodeada de majestuosas casas de ladrillo. Las paredes exteriores lucían manchas herrumbrosas de color naranja producidas por el agua de lluvia desalojada del techo metálico por canalones tachonados de orificios. Las pequeñas ventanas estaban protegidas con gruesas rejas metálicas, y unas pálidas persianas cubrían los polvorientos cristales.

Tenía que haber otras instalaciones en la ciudad. Un lugar donde trabajara el personal de apoyo mientras los agentes de campo se encargaban de mantener las apariencias. Dispondría de un enorme arsenal de última generación, una red de área local y una base de datos en la que estarían registradas todas las personas con poderes, tanto mágicos como mundanos. En algún lugar de aquella base de datos estaría mi nombre enterrado en su pequeño nicho, el nombre de una marginada, indisciplinada e inútil. Justo cómo me gustaba.
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