Son más de cinco mil los libros que descansan en las estanterías que recorren de un lado a otro el despacho de Gustavo Altamira. Aún siendo un número elevado






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El paralelepípedo

Rasta _ XLI
Son más de cinco mil los libros que descansan en las estanterías que recorren de un lado a otro el despacho de Gustavo Altamira. Aún siendo un número elevado, Gustavo los conoce todos. Menos uno, que nunca antes estuvo ahí, pero que ahora -y esa evidencia es incontestable- sí está.

Gustavo se da cuenta nada más entrar en su lugar de trabajo de que algo no va bien. No puede precisarlo, pero algo falta, o sobra, algo desentona con la rutina meticulosa de su día a día. Pero ¿qué? Quieto y expectante, en la entrada del estudio, Gustavo somete a un barrido visual riguroso la habitación intentando establecer qué es exactamente lo que está ocurriendo mientras su nariz aletea y él se eriza, en estado extremo de alerta, y va girando su cabeza ciento ochenta grados a razón de segundo por grado.

Lo inmediato es pensar que alguien, una visita quizá, le ha robado algún ejemplar. Cierra los ojos para controlar el inicio de ansiedad que esta suposición le empieza a provocar, y, concentrado mientras intenta calmarse respirando profundamente, se da cuenta de que no es así. Ha olfateado algo nuevo.

Hay un libro en algún lugar del despacho que ayer no estaba. Es así, lo sabe, no en vano el estudio ha crecido a la misma velocidad que su dueño. Novela tras novela, poemario tras poemario, ensayo tras ensayo, el despacho se amplió en riqueza a la vez que lo hicieron los horizontes de Gustavo. Puede notarlo. Es un libro. Y aún puede apreciar algo peor: Él no lo ha leído.

En el momento en que éste descubrimiento se transforma en certeza, a paso acelerado se acerca a la estantería del lado izquierdo de la habitación, esquivando su sencilla mesa de trabajo de madera lacada en color blanco - al igual que todas las estanterías - y un poco coja por culpa del desnivel que provoca pisar la historiada alfombra persa. La mesa está atestada de papeles que, sin embargo, guardan un extraño orden dentro de su microcosmos caótico.

Gustavo despliega la escalera de tres peldaños que se apoya en un lateral de la estantería y decide ir paso a paso, rastreando cada milímetro, en busca de ese preciado tesoro que, misteriosamente, sabe que se alberga desde hace muy poco en su estudio. Repasa todos los lomos de novela alemana a lo largo de los siglos, sigue por Francia, Italia, España… Y una hora más tarde termina de visitar Europa sin haber desvelado el enigma y con la camisa totalmente pegada a la espalda por el sudor. Pasa a la sección poemas y ensayos europeos, escalera en ristre, y peina anaquel tras anaquel sus lomos, sin descubrir nada nuevo si exceptuamos el darse cuenta de que no está en absoluto en forma. Salta al módulo sudamericano y de un solo paso atraviesa el océano con la única ayuda de su escalera y sin mojarse, y en su búsqueda revisita a Benavides, Benedetti, Bioy Casares, Bolaño, Borges, todos ellos vecinos de balda según su criterio organizativo. «Debería redistribuir Sudamérica por países», piensa, pero lo descarta por falta de tiempo y porque la urgencia de saber qué hay de nuevo por allí, y aún peor, quién lo trajo, le impele a seguir buscando, ya sin resuello tras dos horas de búsqueda.

Está empapado en sudor y nota cómo el polvo acumulado entre los libros le ronda la nariz buscando un estornudo que no llega. Suenan las doce en el reloj. Tiene dos horas. A las dos de la tarde Raimunda vendrá a anunciarle que la comida está en la mesa y nunca, jamás que él recuerde, ha hecho esperar a nadie ni se ha saltado horario alguno. Tiene, en definitiva, dos horas para encontrarlo, sí o sí. No podrá comer si no lo hace. No puede dejar de ir a comer por ello. Sencillamente, sólo puede encontrarlo.

La siguiente hora la pasa íntegramente entre Norteamérica y Asia, donde ya los estornudos le sobrevienen a razón de cinco seguidos con intervalos de un minuto de descanso. Le lloran los ojos y bizquea, y entrevé los títulos de los lomos empañados pero no tiene tiempo de buscar sus gafas. Se siente muy cansado, como si el posar los ojos en cada uno de sus ejemplares le hubiera obligado a repasar cada historia. Le duele la cabeza, los brazos, no ve bien, pero no puede dejar de buscar y no duda por un momento que no está equivocado. Solamente una pregunta lo acucia y enerva ¿Dónde está? En el reloj suena la una.


La una de la tarde y ya sólo le queda un módulo. El peor bloque de todos, el dedicado a la narrativa breve. Colecciones de relatos ordenados sin ningún criterio, ya que siempre le resultó imposible. No pudo ordenarlos por autor porque tiene muchas recopilaciones integradas por varios escritores. No pudo ordenarlos por países porque tiene muchas colecciones temáticas que no entienden de fronteras. No pudo ordenarlos por temáticas porque hubiera necesitado tantas etiquetas para rotular las estanterías que se hubiera vuelto loco. Así que mira el módulo con infinito cansancio, pasa su palma abierta por la frente sudorosa, su manga por los ojos llorosos, coge la escalera y comienza por arriba, ansioso ya y con prisas de contrarreloj.

Y roza con el dedo índice de la mano derecha a Carver y se ensucia con su realismo… y toca a Fernández Cubas, a Clarín, a Faulkner, acaricia lomos de Quim Monzó y sonríe sin detenerse… y roza a Yourcenar, a Medardo Fraile, a Montero y a duras penas un lomo finísimo de Monterroso… Roza a Kipling, a Menéndez Salmón, acaricia a Poe con un escalofrío, y cuando toca a Kafka le parece ver una cucaracha por el rabillo del ojo, corriendo por el anaquel hasta esconderse detrás de Cheever. Acaricia a Capote, a Woody Allen, a un tal Gaiman que no acaba de recordar bien quién es y no puede pararse a redescubrirlo… a Mercedes Cebrián, a Bryce Echenique, a toda la nueva guardia argentina, «ché, pibes, aquí me ven como un boludo, buscando a toda prisa qué fue lo que no me leí»… Roza a Millás y a Cortázar, pasa por Foster Wallace pensando cuánto hace que no va a jugar al tenis y sintiéndose muy cansado… Toca a Tomeo, a Márquez, a Bukowski, a Silvina Ocampo y…
Suenan las dos en el reloj.
Raimunda aparece a los diez segundos secándose las manos en el delantal blanco, anudado atrás a duras penas porque la puede abarcar por muy poco, y, como cada día, le anuncia: «Señor Altamira, ya tiene la comida en la mesa, ya puede venir».

Gustavo sólo ha conseguido revisar la mitad del módulo cuentístico y no puede con su alma. Se siente sucio, sudoroso y rebozado en polvo añejo, cansado de buscar y recordar en tiempo récord tantas historias leídas y vividas. Desesperado porque no encontró el tesoro, la novedad, aún sabiendo que sigue ahí, en alguna parte. La impotencia le sorprende invadido de imágenes fugaces de mil y una historias distintas. Quiere llorar, quiere ducharse, quiere dormir… si pudiera lo haría todo a la vez: Mezclar sus lágrimas con la ducha mientras duerme de pie con la cabeza apoyada en una baldosa blanca y cuadrada. Lo que desde luego no quiere ni puede hacer es comer.

Raimunda lo mira, ceja en alto, impresionada con su aspecto desastroso cuando el señor siempre está impecable. Ahuyenta de un manotazo al aire este pensamiento y con un giro orondo le precede en dirección al salón.
— Señor Altamira, por cierto. Me he tomado la molestia de calzar su mesa de trabajo, no sé como no le incomoda que cojee por pisar la alfombra sólo en tres patas, no entiendo cómo puede usted trabajar así… No ponga esa cara, no he usado nada suyo para nivelarla, aunque algunos libros irían muy bien para eso… pero no, he usado uno mío, una novela rosa muy bonita que está de moda ahora, y que casa muy bien con la alfombra y así apenas se ve, parece un recorte añadido ¿a que no se ha dado cuenta? Pues hala, la mesa ya no cojea ¿ve que bien? No ponga esa cara, yo ya he leído la novelita, y no guardo los libros como usted… ocupan mucho espacio, y hay que ser más práctico en ésta vida señor Altamira, hay que buscarle utilidad a las cosas…

Gustavo se gira mientras Raimunda sigue monologando en dirección al salón sobre su falta de pragmatismo y, desde el pasillo, entrevé el canto amarillento del paralelepípedo que calza su mesa. Con un cansancio infinito rompe a llorar en silencio dejando que sus lágrimas labren caminos limpios sobre su rostro cubierto con polvo de siglos.

Ana Herrera

Clase VXI

Inicio de Javier Ariza

Amor Extraño

“ Son miles las veces que he creído pensar de este modo en ti, pero hoy me he tenido que rendir a la evidencia de que no era así. Me equivocaba. Como me equivoqué al decirte lo que te dije. Como me equivoqué al hacer lo que hice. Como me estaré equivocando ahora, al contarte lo que dije y lo que hice. Pero necesito contártelo todo. Así que escucha... “
Tus ojos eran mentirosos haciéndome creer que me pertenecías, provocando en mí la pasión de una mente enferma. Afortunadamente cuando te encarcelaron por la muerte de tu amante, fue un tiempo de terapia para mí que me devolvió la serenidad y la calma. El duro acontecimiento me ayudó a vencer mi locura. Si, estaba loco a causa de lo que yo creía un gran amor. Por las noches me escondía como un delincuente frente a tu casa, para contemplar tu silueta detrás de los cristales, dando rienda suelta a mil fantasías. Una noche vi entrar un hombre sin que tú se lo impidieras. Quise matarle, rabioso de celos, pero como un bellaco volví a la noche siguiente para esconderme como siempre y contemplarte a mi gusto. Las visitas de tu amante se repetían hasta el día en que después de un gran altercado, intentó estrangularte. La lucha fue muy dura, la suerte quiso que tuvieras cerca unas tijeras y agarrándolas a tiempo, diste un golpe certero y el agresivo amante cayó al suelo sin vida, después de intentar atacarte de nuevo

Mi testimonio fue importantísimo. Un caso de legítima defensa. El tiempo que estuviste en la cárcel me sirvió de terapia, reflexionando sobre mi extraño amor y mi enajenación. Al salir de la cárcel en tu hermoso rostro se adivinaban las huellas de los sufrimientos pasados. Supongo que haber matado a un ser humano deja una huella imborrable. Ahora soy un hombre renovado y sereno. Tenía que decírtelo. Ya conoces toda mi trayectoria sentimental, mi elucubración, mis celos y mi amor por ti. Aunque tú ahora me quieres regalar tu cariño, ya es tarde. Seré tu amigo si tus ojos son sinceros al cruzarse con los míos. Te ofrezco mi amistad porque ya me considero un hombre equilibrado. Tenía verdadero interés en que lo supieras. Si me necesitas me encontrarás siempre.

La buhardilla

Andrea H. Mingorance

Principio por Javier Ariza

La mañana en la que Ernesto entró a su nueva casa por primera vez, era la de un día soleado, de los de buen augurio. Al mediodía el viento revoltoso se dedicó a jugar con las ramas del árbol que daba sombra al dormitorio, causando gran estropicio de cristales rotos. La tarde fue corta y lluviosa, de las de libro, copa y chimenea; y el anochecer fue pródigo en extraños sonidos y susurros. En la madrugada se adueñaron de la casa fuertes golpes, sonidos de pasos y alaridos. Ya de mañana, con la tímida salida del sol Ernesto ya no tenía dudas: éste había sido sólo su primer día en una casa endemoniada.

Sin embargo, nadie le creyó. Intentó llamar a la agencia inmobiliaria pero solo unos interminables pitidos le contestaron. Ernesto suspiró profundamente, ya era lo suficientemente mayorcito para andarse creyendo cuentos de fantasmas. Desde ese momento intentó no hacer caso a los pasos, a los sollozos, a las sombras que inundaban su casa por la noche. Simplemente cerraba con fuerza los ojos y esperaba pacientemente a dormirse. El vodka le ayudaba a no escuchar. Una copa antes de irse a la cama y los fantasmas desaparecían con mayor rapidez.

Durante el día la casa estaba tranquila. Tras llegar de trabajar, Ernesto se tumbaba en el sofá a fumar un cigarrillo e inhalaba la quietud y el silencio. A veces bajaba al sótano y se ponía a investigar las pertenencias que habían dejado los anteriores propietarios de la casa. Por las fotos había sido una pareja joven pero no disponía de más información ya que la inmobiliaria no le había dado detalles y él tampoco había preguntado. También había intentado subir a la buhardilla pero había encontrado que la puerta estaba cerrada con llave. No le había dado mucha importancia a ese hecho.

Una noche se le acabó el vodka. Permaneció tumbado en la cama con la mirada clavada en el techo durante un rato. Al poco escuchó pasos que bajaban de la buhardilla. En el pasillo alguien corría con pies ligeros y se escuchó una débil risa infantil. Ernesto siguió mirando el techo, intentando convencerse de que era una ilusión. Los pasos siguieron bajando y se pararon en algún lugar determinado del piso de abajo. Entonces empezaron los susurros.

Ernesto no aguantó más. Salió de la cama y se deslizó fuera de la habitación en dirección a la planta baja. Se paró en medio del salón, con los sentidos alertas. Durante unos segundos no pasó nada, sin embargo, Ernesto permanecía de pie con todos los músculos en tensión. De repente una pequeña figura envuelta en sombras apareció corriendo en el pasillo. Ernesto la siguió y llegó a la puerta de la cocina. Estaba cerrada, él nunca la cerraba. El corazón palpitaba desbocado en su pecho así que se ordenó a sí mismo calmarse. Alargo la mano para asir el pomo pero una risa proveniente de detrás de la puerta lo detuvo. Cogió aliento y abrió la puerta.

Allí no había nadie. Ernesto empezó a preguntarse si no había sido todo una alucinación. Entonces se percató de que encima de la mesa había una llave dorada. En el piso de arriba se escucharon pasos apresurados. Ernesto no dudó, cogió la llave y subió nuevamente. Cuando llegó a la puerta de la buhardilla comprobó que seguía cerrada. Introdujo la llave y la puerta se abrió.

La habitación estaba en penumbra. Tras encender las luces, lo primero que le llamó la atención fue la cama colocada junto a la pared. Luego su mirada vagó por las estanterías repletas de peluches, muñecas y cuentos. Solo había una ventana en la habitación pero estaba tapada por unos gruesos tablones firmemente arraigados a la pared.

De repente, Ernesto escuchó cómo se cerraba la puerta a sus espaldas y se giró bruscamente. Estuvo a punto de gritar al descubrir una niña que lo observaba fijamente. El pelo rubio, casi blanco, le caía sobre la cara dejando ver apenas unos ojos oscuros en los que Ernesto creyó detectar un brillo rojizo. Vestía un vestido blanco y rosa pero se fijó, con horror, que estaba cubierto de sangre y cenizas. Su piel pálida presentaba algunas quemaduras por lo que Ernesto no supo si la sangre era suya o no.

— ¿Quién eres?— preguntó Ernesto sin atreverse a moverse, paralizado por el miedo.

La niña no dijo nada. Sonrió durante un segundo y entonces desapareció. Ernesto se quedó quieto cerca de la cama, intentando calmar su respiración. Pero sintió una caricia fría en su espalda y no pudo evitar un alarido de terror. Se dio la vuelta y vio a la niña sentada en la cama, en sus manos sostenía una muñeca de trapo que, al igual que ella, estaba cubierta de sangre.

— Papá y mamá decían que estaba endemoniada— comentó con tristeza mientras arrullaba a la muñeca—. Por eso me encerraron aquí, decían que era por mi bien, pero….

Ernesto la contemplaba aterrorizado mientras barajaba sus opciones. La puerta estaba cerrada e intuía que no se abriría si ella no quería. No había salida así que se quedó quieto escuchando a la niña.

— Yo solo quería ir a la escuela y jugar con los otros niños— continuó ella alzando la mirada hacia Ernesto—. Un día trajeron a un cura, decían que con la ayuda de Dios me iba a poner bien. Pero el cura salió huyendo nada más verme.

— ¿De quién es esa sangre?— preguntó Ernesto en un susurro

— Yo solo quería jugar con los otros niños— repitió ella—. Una vez se olvidaron cerrar la puerta con llave. Así que por la noche salí de la habitación y fui al cuarto de papá y mamá. Estaban durmiendo.

— ¿Y… y qué pasó?— preguntó Ernesto aunque sabía que no le iba a gustar la respuesta

— Les acuchillé y luego les prendí fuego — dijo la niña sin inmutarse— y me quedé allí viendo cómo eran devorados por las llamas. Quería que ardiera toda la casa pero los bomberos llegaron pronto y sofocaron el fuego.

— ¿Qué quieres de mí?— preguntó Ernesto angustiado, incapaz de seguir escuchándola.

— Quiero que me liberes, por favor— dijo la niña con una profunda tristeza en su mirada inerte.

Ernesto no pudo negarse. Cuando empezó a amanecer, el fuego lamía los cimientos de su casa y se extendía rápidamente hacia la buhardilla. Pero para entonces él ya estaba muy lejos.

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