Traducción de Mónica Faerna






descargar 1.72 Mb.
títuloTraducción de Mónica Faerna
página7/74
fecha de publicación08.06.2015
tamaño1.72 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Derecho > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   ...   74

Sombra peleaba a la defensiva, con cuidado, tratando de limitarse a bloquear o esquivar los golpes de Sweeney. Era muy consciente de que todo el mundo los observaba. Habían apartado las mesas entre bufidos y protestas, dejando espacio para que pudieran moverse. Sombra era consciente en todo momento de que Wednesday le estaba mirando, y de su sonrisa carente de humor. Era evidente que se trataba de una prueba, pero ¿qué tipo de prueba? En la cárcel, Sombra había aprendido que había dos tipos de peleas: las de «no me toques los cojones», en las que había que lucirse e impresionar al personal, y las particulares, peleas de verdad que solían ser rápidas, duras y feas, y apenas duraban unos segundos.

—Eh, Sweeney —dijo Sombra, jadeando—, ¿por qué peleamos?

—Por el simple placer de hacerlo —respondió Sweeney, ya sobrio, al menos en apariencia—. Por el simple y pecaminoso placer de hacerlo. ¿No sientes la dicha en tus venas, inundándolas como la savia en primavera?

Sweeney tenía sangre en el labio, y Sombra en los nudillos.

—¿Cómo has hecho el truco de las monedas? —preguntó. Se echó hacia atrás para esquivar un golpe dirigido a su cara, y el puño de Sweeney fue a dar contra su hombro.

—La verdad es —gruñó Sweeney— que ya te lo dije la primera vez que preguntaste. Pero no hay peor ciego (¡Ay! ¡Buen golpe!), que el que no quiere ver.

Sombra le golpeó, derribándolo sobre una mesa, y los vasos y ceniceros vacíos que había encima se estrellaron contra el suelo. Sombra podría haberlo rematado en aquel momento. El hombre estaba indefenso, tendido de espaldas; no tenía forma de defenderse.

Miró a Wednesday, que asintió con la cabeza. Luego, miró a Sweeney el Loco.

—¿Ya es suficiente? —preguntó. Sweeney vaciló y asintió. Sombra lo soltó y retrocedió varios pasos. El irlandés, jadeando, se puso en pie de nuevo.

—¡Ni de coña! —gritó—. ¡Esto no se acaba hasta que yo lo diga!

Luego sonrió y se abalanzó sobre Sombra. Metió el pie en una cubitera que se había caído al suelo y su sonrisa se tornó en una mueca de sorpresa cuando sus pies resbalaron y cayó de espaldas. Su cabeza se estrelló contra el suelo del bar con un ruido sordo.

Sombra le puso la rodilla sobre el pecho.

—Te lo vuelvo a preguntar, ¿hemos peleado suficiente ya?

—Pues podríamos dejarlo ya —dijo Sweeney, levantando la cabeza del suelo—, porque la dicha me ha abandonado, como el pipí a un niño pequeño en una piscina en un día caluroso.

Escupió la sangre que tenía en la boca, cerró los ojos y comenzó a roncar, con profundos y magníficos ronquidos.

Alguien le dio a Sombra una palmada en la espalda. Wednesday le puso una botella de cerveza en la mano.

Sabía mejor que el aguamiel.

Sombra se despertó tumbado en el asiento de atrás de un sedán. El sol de la mañana lo deslumbraba y le dolía la cabeza. Se incorporó con dificultad, y se frotó los ojos.

Wednesday iba al volante, tarareando mientras conducía. Tenía un café en vaso de papel en el posavasos. Circulaban por lo que parecía una autopista interestatal, con el control automático de velocidad a cien kilómetros por hora. El asiento del copiloto iba vacío.

—¿Qué tal te sientes en esta mañana tan espléndida? —preguntó Wednesday sin volverse.

—¿Qué ha sido de mi coche? —preguntó Sombra—. Era de alquiler.

—Sweeney el Loco lo ha devuelto por ti. Era parte del trato que hicisteis ayer por la noche.

—¿Hicimos un trato?

—Después de la pelea.

—¿Pelea? —Se frotó la mejilla con la mano y guiñó los ojos. Sí, había tenido una pelea. Creía recordar a un hombre muy alto de barba anaranjada, y al público que los había jaleado—. ¿Quién ganó?

—¿No te acuerdas? —rio Wednesday.

—Pues no, la verdad —respondió Sombra. De pronto, acudieron a su mente las conversaciones de la noche anterior, pero todo era muy confuso—. ¿Queda algo de café por ahí?

Wednesday tanteó con la mano bajo el asiento del conductor y le pasó una botella de agua sin abrir.

—Toma. Debes de estar deshidratado. De momento, esto te vendrá mejor que el café. Pararemos en la próxima gasolinera para que puedas desayunar. Y no estaría de más que te asearas un poco, también. Por tu aspecto, parece que has pasado la noche en una jaula llena de cabras.

—De monos —replicó Sombra.

—De cabras —replicó Wednesday—. Un rebaño de grandes y apestosas cabras con enormes dientes.

Sombra desenroscó el tapón de la botella y bebió. De pronto, algo tintineó en el bolsillo de su cazadora; metió la mano y sacó una moneda del tamaño de medio dólar. Pesaba mucho, era de color amarillo intenso y estaba algo pegajosa. Sombra la colocó sobre la palma de su mano derecha y la hizo desaparecer, un clásico, y a continuación la hizo salir por entre los dedos anular y meñique. La escondió de nuevo en la palma de su mano, sujetándola con el meñique y el índice, de forma que no podía verse desde el otro lado; deslizó los dos dedos de en medio por debajo y la sacó lentamente por el dorso. Finalmente, se pasó la moneda a la mano izquierda y la guardó en el bolsillo.

—¿Qué demonios bebí anoche? —inquirió Sombra. Los acontecimientos de la velada anterior pululaban a su alrededor, sin forma, sin sentido, pero él sabía que estaban ahí.

El señor Wednesday divisó la señal que indicaba la salida a una gasolinera y aceleró.

—¿No lo recuerdas?

—No.

—Estuviste bebiendo hidromiel —le contestó con una amplia sonrisa.

«Hidromiel.»

Sí.

Sombra se recostó en el asiento y continuó bebiendo agua, tratando de borrar los efectos de la noche anterior. Lo que recordaba, y lo que no.

En la gasolinera, Sombra se compró un kit de aseo que contenía una maquinilla de afeitar, un paquete de espuma de afeitar, un peine, un cepillo de dientes de usar y tirar y un minúsculo tubo de pasta dentífrica. Entró en el lavabo de caballeros y se miró en el espejo.

Tenía un cardenal debajo de un ojo —al tocarlo se dio cuenta de que le dolía mucho— y el labio inferior hinchado. Su cabello estaba enmarañado, y parecía como si se hubiera pasado la primera mitad de la noche peleando y, el resto, profundamente dormido, con la ropa puesta, en el asiento trasero de un coche. Oía música de fondo: tardó unos segundos en reconocer The Fool on the Hill, de los Beatles.

Se lavó la cara con el jabón líquido que había en el servicio, se enjabonó con la espuma y se afeitó. Se mojó el pelo y se lo peinó hacia atrás. Se cepilló los dientes. Luego se retiró los restos de espuma y de dentífrico de la cara con agua tibia. Contempló su aspecto en el espejo: estaba limpio y bien afeitado, pero seguía teniendo los ojos rojos e hinchados. Parecía mayor de lo que recordaba.

Se preguntó qué diría Laura cuando lo viera y luego recordó que Laura ya no diría nada nunca más y vio temblar su cara en el espejo, pero solo un instante.

Salió del lavabo.

—Estoy hecho una pena —dijo Sombra.

—Y tanto —replicó Wednesday.

Este escogió de los estantes algo para picar y lo llevó a la caja registradora para pagarlo con la gasolina, pero cambió dos veces de opinión sobre la forma de pago, tarjeta o efectivo, para irritación de la chica que atendía la caja. Sombra observó a Wednesday, cada vez más aturullado y disculpándose todo el tiempo. De repente, parecía muy viejo. La chica le devolvió el dinero y le cobró con la tarjeta, a continuación le entregó el recibo y cogió el dinero, para finalmente devolverle el dinero y cobrarle con otra tarjeta. Wednesday estaba a punto de echarse a llorar, era un pobre viejo desvalido frente al implacable avance del plástico en el mundo moderno.

Sombra echó un vistazo al teléfono público: tenía colgado el cartel de «no funciona».

Salieron de la caldeada gasolinera y en el exterior hacía tanto frío que su aliento se convertía en vapor.

—¿Quiere que conduzca yo? —preguntó Sombra.

—Ni hablar —respondió Wednesday.

Continuaron avanzando por la autopista: a ambos lados del coche se veían pasar fugazmente los campos, que habían empezado a adquirir un tono pardo. Los árboles habían perdido ya la hoja y parecían muertos. Dos pájaros negros los contemplaban desde un cable del telégrafo.

—Eh, Wednesday.

—¿Qué?

—Si mis ojos no me engañan, se ha ido usted sin pagar la gasolina.

—¿En serio?

—Por lo que he visto, al final ha sido ella la que le ha pagado por el privilegio de tenerle en su gasolinera. ¿Cree que se habrá dado cuenta ya?

—Nunca lo hará.

—Entonces, ¿qué es usted? ¿Un artista del timo a pequeña escala?

Wednesday asintió con la cabeza.

—Sí —respondió—. Supongo que sí. Entre otras cosas.

Se pasó al carril izquierdo para adelantar a un camión. El cielo era de un gris uniforme y desvaído.

—Va a nevar —dijo Sombra.

—Sí.

—¿Llegó a enseñarme Sweeney cómo hacía el truco de las monedas de oro?

—Oh, sí.

—No lo recuerdo.

—Ya lo recordarás. Ha sido una noche muy larga.

Varios copos de nieve se fueron a posar en el parabrisas y se derritieron al cabo de unos segundos.

—El velatorio de tu mujer se celebrará en el tanatorio de Wendell —dijo Wednesday—. Después de comer la conducirán hasta el cementerio para enterrarla.

—¿Cómo se ha enterado?

—He hecho unas llamadas mientras estabas en el lavabo. ¿Sabes dónde está la funeraria Wendell?

Sombra asintió con la cabeza. Los copos de nieve se arremolinaban y bailaban delante del coche.

—Esta es nuestra salida —dijo Sombra. El coche se fue de la interestatal y dejó atrás los moteles del norte de Eagle Point.

Habían pasado tres años. Sí. El motel Super-8 había desaparecido, lo habían tirado y ahora era un Wendy’s. Había más semáforos, y escaparates que no reconocía. Atravesaron el centro de la ciudad. Sombra le pidió a Wednesday que fuera más despacio al pasar por delante del gimnasio Muscle Farm. CERRADO INDEFINIDAMENTE POR DEFUNCIÓN, decía el letrero escrito a mano colgado en la puerta.

Giraron a la izquierda en Main Street. Pasaron por delante de una tienda nueva de tatuajes y del centro de reclutamiento de las Fuerzas Armadas, luego por el Burger King, la farmacia de Olsen, que estaba exactamente igual que siempre y, por fin, llegaron hasta la fachada amarilla de ladrillos de la funeraria Wendell. En la ventana había un cartel de neón que rezaba: TANATORIO, bajo el que se veían varias lápidas sin grabar amontonadas.

Wednesday aparcó.

—¿Quieres que vaya contigo? —le preguntó.

—No especialmente.

—Bien —sonrió fugazmente—. Aprovecharé para resolver unos asuntos mientras tú te despides. Reservaré un par de habitaciones en el motel América. Nos vemos allí cuando termines.

Sombra se bajó del coche y se lo quedó mirando un momento mientras se alejaba. Entró en el edificio. El pasillo estaba en penumbra y olía a flores y a cera para muebles, aunque sutilmente se percibía también el penetrante olor a formaldehído y descomposición. Al fondo estaba la sala de velatorios.

Sombra se percató de que estaba jugando con la moneda de oro, moviéndola de manera compulsiva del dorso de la mano a la palma y los dedos una y otra vez. Sentir en su mano el peso de aquella moneda lo tranquilizaba.

Vio el nombre de su mujer en una hoja de papel junto a la puerta del fondo del pasillo. Entró en la sala. Sombra conocía a la mayoría de los presentes: la familia de Laura, compañeros de trabajo y unos cuantos amigos.

Todos lo reconocieron. Lo vio en sus caras. Pero no hubo sonrisas, nadie lo saludó.

Al fondo de la habitación había un pequeño estrado sobre el que habían colocado un ataúd de color crema con varias coronas de flores alrededor: rojo escarlata, amarillo, blanco y sangrientos violetas. Dio un paso adelante. Desde donde estaba veía el cadáver de Laura. No quería acercarse más; tampoco se atrevía a marcharse.

Un hombre vestido con un traje oscuro —Sombra imaginó que sería un empleado de la funeraria— le dijo:

—Caballero, ¿le gustaría firmar en el libro de condolencias? —le señaló un libro encuadernado en cuero, abierto en un pequeño atril.

Escribió «Sombra» y la fecha con su minuciosa caligrafía, y luego, lentamente, añadió «Cachorrito» justo al lado, aplazando el momento de ir hacia al fondo de la habitación, donde estaba la gente y el ataúd, y aquello que estaba dentro del féretro que ya no era Laura.

Una mujer menuda entró por la puerta y vaciló un momento. Tenía el cabello de color rojo cobrizo y vestía ropa cara y muy negra. «La viuda», pensó Sombra, que conocía bien a la mujer: era Audrey Burton, la esposa de Robbie.

Audrey llevaba un ramito de violetas envuelto en la base con papel de aluminio. Era un gesto propio de un niño en el mes de junio, pensó Sombra. Pero no era época de violetas.

Audrey lo miró directamente, pero por la expresión de sus ojos a él le pareció que no lo había reconocido. Cruzó la habitación y se dirigió al ataúd de Laura. Sombra la siguió.

Laura tenía los ojos cerrados y los brazos cruzados sobre el pecho. Llevaba puesto un traje azul bastante conservador que no reconocía. Su larga melena castaña no le cubría los ojos. Era su Laura y no lo era, pero era su reposo lo que resultaba poco natural: ella siempre había tenido un sueño muy inquieto.

Audrey dejó el ramo de violetas sobre el pecho de la fallecida. Luego frunció los labios pintados con carmín negro, movió los carrillos durante unos segundos y escupió, con fuerza, en el inerte rostro de Laura.

El escupitajo cayó en la mejilla y resbaló hacia la oreja.

Audrey se dirigía ya hacia la puerta. Sombra corrió tras ella.

—¿Audrey? —dijo. Esta vez sí que lo reconoció, y él se preguntó si estaría bajo los efectos de algún sedante. Su voz sonaba distante y fría.

—¡Sombra! ¿Te has escapado? ¿O te han soltado ya?

—Me soltaron ayer. Soy un hombre libre —respondió Sombra—. ¿Por qué demonios has hecho eso?

La mujer se detuvo en mitad del oscuro pasillo.

—¿Las violetas? Eran sus flores favoritas. De niñas íbamos juntas a cogerlas.

—No me refiero a las violetas.

—Ah, eso —replicó. Se limpió algo invisible de la comisura de la boca—. Bueno, yo diría que es bastante obvio.

—Para mí no, Audrey.

—¿No te lo han dicho? —hablaba con voz serena, carente de emoción—. A tu mujer la encontraron muerta con la polla de mi marido en la boca.

Se dio media vuelta, se fue hacia el aparcamiento, y Sombra se quedó mirándola.

Volvió a entrar en la sala. Alguien había limpiado ya el escupitajo.

Ni uno solo de los asistentes al velatorio fue capaz de mirar a Sombra a los ojos. Los que se acercaron a saludarle se limitaron a murmurar torpe y apresuradamente algunas palabras de condolencia.

Después de comer —Sombra almorzó en el Burger King—, tuvo lugar el entierro. El féretro color crema de Laura fue enterrado en el pequeño cementerio cristiano que había a las afueras de la ciudad: era un prado ondulado con algunos árboles y sin vallas, lleno de lápidas de granito negro y mármol blanco.

Fue al cementerio en el coche fúnebre de Wendell, con la madre de Laura. Al parecer, la señora McCabe creía que su hija había muerto por culpa de Sombra.

—Si hubieras estado aquí —le dijo— esto no habría sucedido. No sé por qué se casó contigo. Se lo dije, mira que se lo dije. Pero las chicas no hacen caso a sus madres, ¿verdad?

Se interrumpió y miró con atención el rostro de Sombra.

—¿Te has peleado con alguien?

—Sí.

—Bárbaro —le reprendió. Acto seguido apretó los labios, alzó la cabeza hasta que le tembló el mentón y miró fijamente al frente.

Para sorpresa de Sombra, Audrey Burton también asistió al funeral, aunque se quedó al fondo. Una vez terminado el breve responso, depositaron el ataúd en el interior de la fría tierra. La gente se marchó.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   ...   74

similar:

Traducción de Mónica Faerna iconInterpretación y traducción. Comentario a “Teorías del significado...

Traducción de Mónica Faerna iconMónica Lumbreras 25/09 /10

Traducción de Mónica Faerna iconBiografía Mónica Gómez

Traducción de Mónica Faerna iconTraducido integramente por mónica

Traducción de Mónica Faerna iconSanta Monica High School

Traducción de Mónica Faerna iconTraducido íntegramente por mónica

Traducción de Mónica Faerna iconA Mónica Un individuo cualquiera decidió suicidarse

Traducción de Mónica Faerna iconTema 14. Cervantes novelista autora: Mónica Henríquez

Traducción de Mónica Faerna iconMónica often forgets to do things. Her mother is asking her if she...

Traducción de Mónica Faerna iconTesis "El Largo del Amo" -tal es el titulo de la obra mas reciente...






© 2015
contactos
l.exam-10.com