Traducción de Mónica Faerna






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—El Jack’s Crocodile Bar —le respondió—. Coja la carretera norte del condado en dirección oeste.

—¿El Crocodile Bar?

—Sí. Jack dice que los cocodrilos le dan carácter al local. —Le dibujó un mapa en la parte de atrás de un folleto de color malva que promocionaba una barbacoa benéfica de pollo para reunir fondos para una chica que necesitaba un riñón—. Tiene un par de cocodrilos, una serpiente y un lagarto de esos grandes.

—¿Una iguana?

—Exacto.

Atravesó el pueblo, cruzó por un puente, siguió de frente un par de millas y se detuvo al llegar a un edificio bajo de forma rectangular con un anuncio luminoso de cerveza Pabst y una máquina de Coca-Cola en la puerta.

El aparcamiento estaba medio vacío. Sombra aparcó el Toyota rojo y se bajó del coche.

En el interior, la atmósfera estaba cargada de humo y en la máquina de discos sonaba Walking After Midnight. Sombra echó un vistazo a su alrededor buscando los famosos cocodrilos, pero no vio ninguno. Se preguntó si la mujer de la gasolinera había querido tomarle el pelo.

—¿Qué va a ser? —preguntó el camarero.

—¿Es usted Jack?

—Jack tiene la noche libre. Yo soy Paul.

—Hola, Paul. Cerveza de la casa y una hamburguesa completa. Pero sin patatas fritas.

—¿Un bol de chile para picar? Es el mejor chile del estado.

—Suena bien —respondió Sombra—. ¿Dónde están los servicios?

El hombre señaló una puerta en un rincón del bar que estaba decorada con la cabeza disecada de un cocodrilo. Sombra entró.

El baño estaba limpio y bien iluminado. Echó un vistazo alrededor, por la fuerza de la costumbre («Recuerda, Sombra, no puedes defenderte cuando estás meando», pensó, recordando el consejo que le había dado Low Key con su característico tono monocorde), y se fue hacia el urinario de la izquierda. A continuación, se bajó la cremallera y, después de una larga meada, se quedó más tranquilo y aliviado. Desvió la mirada hacia un viejo recorte de prensa con una foto de Jack y dos caimanes.

Oyó un educado carraspeo que provenía del urinario situado a su derecha, aunque no había oído entrar a nadie.

El hombre del traje claro era más grande de pie de lo que le había parecido cuando lo vio sentado en el avión. Era casi tan alto como Sombra, y eso que él lo era mucho. Miraba fijamente al frente. Terminó de mear, se sacudió las últimas gotas y se subió la cremallera.

El hombre le sonrió, como un zorro comiendo carroña de una valla de alambre de espinas.

—¿Y bien? —dijo el señor Wednesday—. Ya has tenido tiempo para pensar, Sombra. ¿Quieres el trabajo?


En algún lugar de Estados Unidos
Los Ángeles, 23:26
En una habitación de color rojo oscuro —las paredes de un tono casi idéntico al del hígado crudo—, hay una mujer alta vestida al estilo de los dibujos animados, con pantalones cortos de seda excesivamente ajustados y una blusa amarilla anudada bajo sus exuberantes pechos. Lleva su negro cabello recogido en un moño en lo alto de la coronilla. A su lado hay un hombre de baja estatura ataviado con una camiseta de color verde oliva y unos caros vaqueros azules. En su mano derecha porta una cartera y un móvil de Nokia con la carcasa roja, blanca y azul.

En la habitación roja hay una cama con sábanas de satén blanco y una colcha de color rojo sangre. A los pies de la cama, una mesita de madera con una estatuilla de piedra que representa a una mujer de enormes caderas y un candelero.

La mujer le da al hombre una pequeña vela roja.

—Toma —le dice—. Enciéndela.

—¿Yo?

—Sí, si quieres poseerme.

—Debería haberte pedido que me la chuparas en el coche.

—Tal vez. ¿No me deseas? —dice la mujer, acariciándose el cuerpo con una mano, desde el muslo a los pechos, como si estuviera presentando un nuevo producto.

Unos pañuelos de seda roja sobre la lámpara situada en el rincón de la estancia tiñen de rojo la luz.

El hombre la mira con deseo, coge la vela y la pone en el candelero.

—¿Tienes fuego?

La mujer le pasa una caja de cerillas. El hombre arranca una y enciende la vela, que titila un poco antes de prenderse, creando una ilusión de movimiento en la figura sin rostro situada junto a ella, todo caderas y pechos.

—Deja el dinero bajo la estatuilla.

—Cincuenta pavos.

—Sí.

—Cuando te vi en Sunset me pareciste un hombre.

—Pero tengo esto —respondió ella, desanudándose la blusa amarilla y dejando sus pechos al descubierto.

—Como muchos tíos, últimamente.

La mujer se estira y sonríe.

—Sí. Venga, ámame.

El hombre se desabrocha los vaqueros azules y se quita la camiseta verde oliva. Ella le masajea los blancos hombros con sus dedos morenos; a continuación, le da la vuelta y empieza a excitarlo con las manos, los dedos y la lengua.

El hombre tiene la sensación de que las luces de la habitación roja se han atenuado y que la única luz que hay en la estancia proviene ahora de la vela, que arde con una llama resplandeciente.

—¿Cómo te llamas? —le pregunta a la mujer.

—Bilquis —responde ella, alzando la cabeza—. Con «q».

—¿Con qué?

—Da igual.

Él empieza a jadear.

—Déjame que te folle —dice el hombre—. Quiero follarte ya.

—Muy bien, cielo. Lo haremos. Pero ¿puedes hacer algo por mí mientras lo hacemos?

—Eh —exclama, poniéndose quisquilloso—, que soy yo el que paga.

Ella se sienta a horcajadas sobre él con un movimiento suave y le susurra:

—Lo sé, cielo, lo sé; eres tú el que paga, y mírate, quiero decir, debería ser yo la que te pagara a ti, tengo tanta suerte…

El hombre frunce los labios, como dando a entender que su charla de puta no le causa ningún efecto, que no lo puede engañar. Ella es una puta callejera, por el amor de Dios, mientras que él es casi un productor y ya se conoce esos atracos de última hora. Pero Bilquis no quiere dinero.

—Cariño, mientras me la metes, mientras clavas eso tan grande y tan duro dentro de mí, ¿te importaría adorarme?

—¿Que si me importaría qué?

Ella empieza a moverse lentamente hacia delante y hacia atrás: los húmedos labios de su vulva rozan la cabeza henchida del pene.

—¿Me llamarás diosa? ¿Me rezarás? ¿Me adorarás con tu cuerpo?

Él sonríe. ¿Eso era lo que quería?

—Claro —responde.

A fin de cuentas, todos tenemos manías. La mujer se mete una mano entre las piernas y desliza el pene dentro de ella.

—¿Te gusta así, eh, diosa? —pregunta, jadeando.

—Adórame, cielo —le pide Bilquis, la puta.

—Sí. Adoro tus pechos y tus ojos y tu coño. Adoro tus muslos y tus ojos y tus labios rojo cereza…

—Sí… —susurra ella, mientras lo monta igual que un barco sobre procelosas aguas.

—Adoro tus pezones, de los que mana la leche de la vida. Tus besos saben a miel y tu tacto abrasa como el fuego, y yo lo adoro —empieza a pronunciar las palabras de forma más rítmica, al compás del movimiento y del balanceo de sus cuerpos—. Tráeme tu lujuria por la mañana, y tráeme tu alivio y tu bendición por la noche. Déjame andar sin peligro por lugares oscuros y deja que vuelva para dormir a tu lado y hacerte el amor una vez más. Te adoro con todo mi ser, con toda mi alma, con todos los lugares en los que he estado y con mis sueños y mis… —Tiene que detenerse para recobrar el aliento—. ¿Qué es lo que haces? Es increíble. Increíble…

El hombre mira hacia sus caderas, hacia el lugar donde ambos se unen, pero ella le coloca su dedo índice en la barbilla y le empuja hacia atrás, de forma que solo pueda mirarla a la cara y al techo.

—Sigue hablando, cariño —dice ella—. No pares. ¿No te gusta?

—En mi vida he sentido nada parecido —dice él, y lo cree—. Tus ojos son como estrellas, ardiendo en, joder, el firmamento, y tus labios son olas que lamen suavemente la arena y yo los adoro.

Ahora la está penetrando más y más adentro: se siente eléctrico, como si la mitad inferior de su cuerpo estuviera sexualmente cargada: priápico, henchido, feliz.

—Concédeme tu don —murmura, pero ya ni siquiera sabe lo que dice—, tu único y verdadero don y hazme sentir siempre… siempre tan… Te lo imploro… Yo…

Y entonces el placer estalla en un orgasmo, dejando en blanco su mente de un fogonazo; su cabeza y su cuerpo y todo su ser están ahora en blanco mientras él la penetra una y otra vez, cada vez más dentro de ella…

Con los ojos cerrados, con el cuerpo contraído por los espasmos, se recrea en el momento; y entonces nota una sacudida, y de pronto le parece estar colgado, boca abajo, aunque el placer continúa.

Abre los ojos.

Piensa, mientras intenta recuperar el pensamiento y la razón, en el nacimiento, y se pregunta sin miedo, en un momento de perfecta claridad poscoital, si lo que está viendo es algún tipo de ilusión.

Esto es lo que ve:

Él está dentro de la mujer hasta la altura del pecho, y mientras observa la situación con incredulidad y asombro ella tiene apoyadas ambas manos sobre sus hombros y empuja suavemente su cuerpo.

Continúa deslizándose dentro de la mujer.

—¿Cómo me estás haciendo esto? —le pregunta, o eso cree, pero es posible que tan solo lo piense.

—Eres tú quien lo hace, cielo —susurra ella.

Él siente los labios de su vulva firmemente apretados en torno al pecho y la espalda, oprimiéndolo y envolviéndolo. Se pregunta cómo los vería alguien desde fuera. Se pregunta por qué no está asustado. E inmediatamente sabe cuál es la respuesta.

—Te adoro con mi cuerpo —susurra, mientras la mujer continúa empujándolo dentro de ella. Sus labios vaginales trepan hábilmente por su cara, y los ojos del hombre quedan sumidos en la oscuridad.

Ella se despereza en la cama, como un enorme gato, y bosteza.

—Sí —dice por fin—, me adoras.

En el móvil de Nokia se oye una versión estridente y eléctrica del Himno a la alegría. La mujer lo coge, pulsa una tecla y se lo lleva a la oreja.

Su vientre está ya completamente plano, y sus labios vaginales han vuelto a su ser y están cerrados. El sudor perla su frente y el labio superior.

—¿Sí? —responde. Y a continuación—: No, cielo; no está aquí. Se ha marchado.

Antes de dejarse caer en la cama de la habitación roja, desconecta el teléfono, se despereza una vez más, cierra los ojos y duerme.


Capítulo dos

They took her to the cemet’ry

In a big ol’ Cadillac

They took her to the cemet’ry

But they did not bring her back.
(La llevaron hasta el cementerio

en un viejo Cadillac.

La llevaron hasta el cementerio

y ya no regresó jamás.)
CANCIÓN POPULAR

—Me he tomado la libertad —dijo el señor Wednesday mientras se lavaba las manos en el aseo de caballeros del Jack’s Crocodile Bar— de pedir que me lleven la comida a tu mesa. Después de todo, tenemos mucho de qué hablar.

—No lo creo —dijo Sombra y, después de secarse las manos con una toalla de papel, la arrugó y la tiró a la papelera.

—Necesitas un trabajo —replicó Wednesday—. La gente no contrata a exconvictos. Les resultáis incómodos.

—Me espera un trabajo. Un buen trabajo.

—¿Te refieres a tu puesto en el Muscle Farm?

—Quizá —respondió Sombra.

—No. Olvídate. Robbie Burton está muerto. Sin él, el Muscle Farm también lo está.

—Es usted un mentiroso.

—Claro. Y de los buenos. El mejor mentiroso que has conocido en tu vida. Pero me temo que en esto no te miento. —Sacó del bolsillo un periódico doblado varias veces y se lo dio a Sombra—. Página siete. Pero volvamos al bar. En la mesa podrás leerlo con más comodidad.

Sombra abrió la puerta del lavabo y salió al bar. El aire parecía azul del humo que flotaba en el ambiente, y en la máquina de discos sonaba el Iko Iko de los Dixie Cups. Sombra esbozó una sonrisa al reconocer la vieja canción infantil.

El camarero señaló una mesa situada en un rincón. En un lado había un cuenco de chile y una hamburguesa, y en el otro, un bistec poco hecho y un cuenco de patatas fritas enfrente.
Mira a mi rey todo vestido de rojo,

Iko Iko todo el día,

Te apuesto cinco dólares a que te dejará seco,

Jockamo-feena-nay
Sombra se sentó a la mesa y dejó el periódico.

—He salido de la cárcel esta misma mañana —dijo—. Esta es mi primera comida como hombre libre. No le importará si espero a terminar de comer para leer la dichosa página siete, ¿verdad?

Sombra se comió la hamburguesa. Era mejor que las de la cárcel. El chile estaba bueno, pero después de un par de cucharadas decidió que no era ni mucho menos el mejor del estado.

Laura preparaba un chile fantástico. Lo hacía con carne magra, alubias rojas, zanahoria picada, un botellín de cerveza negra y chiles recién cortados. Lo dejaba cocer todo durante unos minutos, luego añadía vino tinto, zumo de limón, una pizca de eneldo fresco y, por último, lo probaba y lo sazonaba con su propia mezcla de especias. En más de una ocasión Sombra había intentado que le enseñara a hacerlo: observaba todo el proceso, desde el momento en que cortaba unas cebollas y las echaba en el aceite de oliva que cubría el fondo de la olla. Incluso había llegado a tomar notas de todo el proceso, desde el primer ingrediente hasta el último, y había probado a hacer el chile de Laura él solo durante un fin de semana en que ella tuvo que ausentarse de la ciudad. No le salió mal, se podía comer, pero no era el chile de Laura.

En la noticia de la página siete, Sombra leyó por primera vez el relato de cómo había muerto su esposa. Era una sensación rara, como si estuviera leyendo un cuento sobre alguien: de cómo Laura Moon, que según el artículo tenía veintisiete años, y Robbie Burton, de treinta y nueve, viajaban en el coche de Robbie por la interestatal cuando dieron un volantazo y se cruzaron en el camino de un camión de treinta y dos ruedas, que barrió el coche de la carretera cuando intentaba cambiar de carril para evitar el choque.

Los equipos de rescate llegaron casi de inmediato. Lograron sacar a Robbie y Laura de entre el amasijo de hierros. Ambos estaban ya muertos cuando llegaron al hospital.

Sombra volvió a doblar el periódico, y lo deslizó sobre la mesa para pasárselo a Wednesday, que se estaba metiendo entre pecho y espalda un bistec tan crudo y tan azul que bien podría no haber pasado en ningún momento por la parrilla.

—Tome. Lléveselo —dijo Sombra.

Era Robbie el que iba al volante. Probablemente iría bebido, aunque la noticia del periódico no decía nada de eso. Sombra no pudo evitar imaginarse la cara que habría puesto Laura al darse cuenta de que Robbie estaba demasiado borracho para conducir. Le vino a la mente la escena completa sin que pudiera hacer nada por evitarlo: Laura gritándole a Robbie que se parara en el arcén, luego el estrépito al chocar contra el camión, y el volante girando sin control…

… el coche en el arcén de la carretera, los pedacitos de cristal brillando a la luz de los faros como si fueran de hielo y diamantes, la sangre de los dos esparcida por el asfalto como si fueran rubíes. Dos cuerpos, muertos o moribundos, siendo extraídos del coche siniestrado y colocados con cuidado junto a la carretera.

—¿Y bien? —preguntó el señor Wednesday. Se había acabado ya el bistec, que había devorado como si se estuviera muriendo de hambre. Ahora masticaba las patatas fritas, que iba pinchando con el tenedor.

—Tenía usted razón —dijo Sombra—. No tengo trabajo.

Sombra sacó una moneda de veinticinco centavos del bolsillo, con la cruz mirando hacia arriba. Lanzó la moneda al aire, le dio un golpecito con un dedo para que pareciera que giraba, la cogió y se la colocó en el dorso de la mano.
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