Traducción de Mónica Faerna






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fecha de publicación08.06.2015
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—Eso es, placas tectónicas. Es como cuando empiezan a moverse y Norteamérica se desliza sobre Sudamérica, no quieres que te pille en medio. ¿Me sigues?

—Ni de lejos.

Uno de los castaños ojos de Sam se fue cerrando lentamente en una suerte de guiño.

—Pues luego no digas que no te avisé —dijo Sam Fetisher, introduciéndose en la boca una trémula porción de gelatina de color naranja.

Sombra durmió aquella noche con un ojo abierto, despertándose cada dos por tres, y oyó roncar a su nuevo compañero de celda, que dormía en la litera de abajo. Unas cuantas celdas más allá, un hombre gemía y gritaba y sollozaba como un animal, y de vez en cuando alguien le gritaba que se callara de una puta vez. Sombra intentaba no oírles. Se limitó a ver pasar los minutos, que transcurrían con solitaria lentitud.

Faltaban dos días. Cuarenta y ocho horas que empezaron con unos copos de avena, café de la cárcel y un guarda llamado Wilson que le tocó el hombro con más brusquedad de la estrictamente necesaria y le dijo:

—¿Sombra? Ven conmigo.

Sombra hizo examen de conciencia: la tenía tranquila, aunque eso, en la cárcel, como ya había tenido ocasión de comprobar, no le eximía de verse metido en un lío de mil pares de narices.

Fueron caminando más o menos a la par, y sus pisadas resonaron entre el cemento del suelo y el metal de las rejas.

Sombra notaba el regusto del miedo en la parte de atrás de la garganta, amargo como el café reposado. Su aciago presentimiento estaba a punto de hacerse realidad…

Una voz dentro de su cabeza le susurraba que le iban a endilgar otro año más de condena, que lo iban a meter en una celda de aislamiento, que le iban a cortar las manos y hasta la cabeza. Trató de convencerse de que era una estupidez, pero su corazón latía como si quisiera salirse del pecho.

—No te entiendo, Sombra —le dijo Wilson por el camino.

—¿Qué es lo que no entiende, señor?

—A ti. Eres demasiado silencioso. Demasiado educado. Te comportas como si fueras un viejo, pero ¿cuántos años tienes? ¿Veinticinco? ¿Veintiocho?

—Treinta y dos, señor.

—¿Y qué eres? ¿Hispano? ¿Gitano?

—No que yo sepa, señor. Pero es posible.

—A lo mejor tienes sangre de negro. ¿Tienes sangre negra, Sombra?

—Podría ser, señor. —Sombra iba con la espalda bien erguida y mirando al frente, tratando de no caer en las provocaciones del guardia.

—¿De verdad? En fin, el caso es que me pones los pelos de punta. —Wilson tenía el cabello rubio tirando a rojizo, y una cara rubia tirando a rojiza, y una sonrisa rubia tirando a rojiza—. ¿Nos dejarás pronto?

—Eso espero, señor.

—Volverás. Puedo verlo en tus ojos. No tienes remedio, Sombra. Si de mí dependiera, ninguno de vosotros saldría nunca de aquí. Os echaríamos al hoyo y nos olvidaríamos de vosotros para siempre.

«Mazmorras», pensó Sombra, pero no dijo nada. Era una cuestión de supervivencia: nunca contestaba, ni tenía nada que opinar sobre la seguridad en el trabajo de los funcionarios de prisiones, ni entraba en debates sobre la naturaleza del arrepentimiento, la reinserción o las cifras de reincidencia. Nunca hacía comentarios graciosos o ingeniosos, y para no correr riesgos, cuando estaba en compañía de un funcionario procuraba no decir nada en absoluto. «Limítate a responder cuando te pregunten. Cumple tu condena. Sal de aquí. Vuelve a casa. Date un buen baño caliente. Dile a Laura que la quieres. Recupera tu vida.»

Pasaron por varios puntos de control, y en cada uno de ellos, Wilson mostraba su identificación. Subieron unas escaleras y se encontraron frente a la puerta del despacho del alcaide. Sombra no había estado allí antes, pero sabía dónde estaba. En la puerta, en letras negras, se podía leer el nombre del alcaide, «G. PATTERSON», y junto a ella había un semáforo en miniatura.

El semáforo estaba en rojo, y Wilson pulsó un botón situado justo debajo.

Esperaron en silencio durante un par de minutos. Sombra intentaba convencerse de que todo iba bien, de que el viernes por la mañana estaría en un avión con destino a Eagle Point, pero no se lo creía.

La luz roja se apagó y se encendió la verde. Wilson abrió la puerta y entraron.

Sombra no había podido ver al alcaide más que unas cuantas veces durante su estancia en el penal. En una ocasión iba acompañando a un político que vino de visita; Sombra no pudo reconocerle. Otra vez fue durante un encierro; el director les habló en grupos de a cien, y les dijo que el número de reclusos excedía la capacidad del penal, y como aquello no tenía remedio, lo mejor sería que se fuesen acostumbrando.

De cerca, Patterson tenía una pinta todavía peor. Su rostro era alargado y llevaba el cabello gris cortado a cepillo, al estilo militar. Olía a Old Spice. Tenía detrás una estantería, y en todos los títulos de los libros que contenía figuraba la palabra «cárcel». Su escritorio estaba impoluto y vacío, salvo por el teléfono y un calendario con las tiras cómicas de The Far Side. Llevaba un audífono en la oreja derecha.

—Siéntese, por favor.

Sombra se sentó frente al escritorio, reparando en la inusual cortesía del trato, y Wilson se quedó de pie justo detrás de él.

El alcaide abrió un cajón del escritorio, sacó una carpeta y la dejó sobre la mesa.

—Aquí dice que le condenaron a seis años por agresión con agravantes y lesiones. Ya ha cumplido usted tres. Su puesta en libertad estaba prevista para el viernes.

«¿Estaba?» Sombra sintió que el estómago le daba un vuelco. Se preguntaba cuántos años más tendría que cumplir. ¿Uno? ¿Dos? ¿Los tres? Solo acertó a responder:

—Sí, señor.

El alcaide se humedeció los labios.

—¿Cómo dice?

—He dicho: Sí, señor.

—Sombra, lo vamos a poner en libertad esta misma tarde. Saldrá usted un par de días antes de lo previsto. —El alcaide pronunció estas palabras sin ningún entusiasmo, como si estuviera dictando una sentencia de muerte. Sombra asintió y esperó a que cayera la guillotina. El alcaide miró el papel que tenía sobre el escritorio—. Ha llegado esto del Johnson Memorial Hospital de Eagle Point… Su mujer… falleció esta misma madrugada a consecuencia de un accidente de tráfico. Lo siento.

Sombra asintió de nuevo.

Wilson lo acompañó de vuelta a su celda, esta vez en silencio. Abrió la puerta y se apartó para dejarle entrar. Entonces comentó:

—Es como uno de esos chistes que empiezan con: «tengo una noticia buena y otra mala», ¿no? La buena es que te vamos a poner en libertad antes de tiempo, la mala es que tu mujer ha muerto.

Y se echó a reír como si fuera un chiste de verdad.

Sombra no abrió la boca.

Aturdido, recogió sus cosas, aunque buena parte de ellas las regaló. Dejó el libro de Herodoto de Low Key, el libro con el que había aprendido a hacer trucos con monedas y, no sin cierto remordimiento, también los discos lisos de metal que había sacado de extranjis del taller y que le habían hecho las veces de monedas hasta que encontró las que Low Key le había dejado entre las páginas del libro. Fuera tendría monedas de sobra, monedas de verdad. Se afeitó. Se puso su ropa de calle. Fue cruzando puertas una tras otra, consciente de que nunca volvería a entrar por ellas, sintiéndose vacío por dentro.

El cielo gris lanzaba ráfagas de lluvia, una lluvia gélida. Diminutos cristales de hielo azotaban su rostro, y la lluvia empapaba la fina tela de su abrigo mientras dejaban atrás el edificio del penal y se dirigían hacia lo que antes fue un autobús escolar, que los llevaría hasta la ciudad más próxima.

Cuando llegaron al autobús estaban empapados. Salían ocho, pensó Sombra. Aún quedaban dentro mil quinientos. Una vez sentado en el interior, no dejó de temblar hasta que empezó a funcionar la calefacción, mientras se preguntaba qué estaba haciendo, adónde podía ir ahora.

Se le vinieron a la mente imágenes fantasmales, sin más. En su imaginación estaba saliendo de otra cárcel, hace mucho tiempo.

Había estado encarcelado en una habitación abuhardillada y sin luz durante demasiado tiempo: tenía la barba larga y descuidada y el cabello enmarañado. Los guardas lo habían conducido por unas escaleras de piedra gris hasta una plaza llena de cosas de vivos colores donde había gente y objetos. Era día de mercado y estaba deslumbrado por el ruido y el color; entornaba los ojos para protegerse del radiante sol que inundaba la plaza, oliendo el aire salado y húmedo y todas las cosas buenas del mercado, y a su izquierda el sol brillaba desde el agua…

El autobús se detuvo dando sacudidas al llegar a un semáforo en rojo.

El viento aullaba en torno al vehículo. Los limpiaparabrisas se deslizaban trabajosamente sobre la luna del parabrisas, emborronando el paisaje urbano hasta convertirlo en un amasijo de neones rojos y amarillos. Eran las primeras horas de la tarde, pero al mirar por los cristales parecía casi de noche.

—¡Joder! —exclamó el hombre que iba sentado detrás de Sombra mientras limpiaba el vaho de la ventana con la mano y miraba a una persona que corría por la acera—. Hay chochitos ahí fuera.

Sombra tragó saliva. Acababa de darse cuenta de que aún no había llorado; de hecho, no sentía nada en absoluto. Ni lágrimas. Ni pena. Nada.

Se puso a pensar en un tipo llamado Johnnie Larch con el que había compartido celda nada más entrar en la cárcel. Este le contó que una vez, tras pasarse cinco años entre rejas, salió con cien dólares en los bolsillos y un billete para Seattle, donde vivía su hermana. Llegó al aeropuerto y le dio el billete a la mujer del mostrador, que le pidió su permiso de conducir. Él se lo enseñó: había caducado un par de años antes. Ella le dijo que el documento no era válido. Larch le respondió que quizá no era válido como carné de conducir, pero que era más que suficiente a efectos de identificación y que quién coño creía que era si no era él. La mujer le dijo que le agradecería que bajara la voz. Él le dijo que le diera una puta tarjeta de embarque o que se arrepentiría, y que no iba a tolerar que le faltaran al respeto. En la cárcel no puedes tolerar que nadie te falte al respeto. Entonces la mujer pulsó un botón y en apenas unos instantes apareció el personal de seguridad del aeropuerto, que intentó convencerlo de que saliera de allí sin armar jaleo, pero a él no le dio la gana de irse, así que se produjo un pequeño altercado.

En resumidas cuentas, Johnnie Larch no consiguió volar a Seattle, y se pasó un par de días por los bares de la ciudad y, una vez gastados los cien dólares que tenía, atracó una gasolinera con una pistola de juguete para obtener más dinero y poder seguir bebiendo, pero finalmente la policía lo detuvo por mear en la vía pública. No tardó en volver a la cárcel para cumplir el resto de su condena, más algún tiempo de propina por el atraco de la gasolinera.

La moraleja de la historia, según Johnnie Larch, era esta: no te busques líos con la gente que trabaja en los aeropuertos.

—¿Y no crees que la moraleja debería ser algo como: «Hay ciertas actitudes que funcionan en un determinado entorno, como puede ser una cárcel, pero que no sirven de nada e incluso pueden resultar contraproducentes fuera de ese entorno en particular»? —preguntó Sombra cuando Johnnie Larch le contó la historia.

—No, tú hazme caso, te lo digo en serio, tío —dijo Johnnie Larch—: no te metas con esas zorras de los aeropuertos.

Sombra esbozó una sonrisa al recordarlo. Su permiso de conducir no caducaba hasta dentro de unos meses.

—¡Estación de autobuses! ¡Todo el mundo abajo!

La estación olía a pis y a cerveza caducada. Sombra se subió a un taxi y le pidió al conductor que lo llevara al aeropuerto. Le ofreció cinco dólares de propina si le ahorraba la conversación. Tardaron veinte minutos en llegar y el taxista no dijo ni una palabra en todo el trayecto.

Sombra avanzó a trompicones por la bien iluminada terminal. Le preocupaba toda esa historia de los billetes electrónicos. Sabía que tenía reservada plaza en un vuelo que salía el viernes, pero no sabía si le serviría para ese día. Para Sombra, todo lo relacionado con la electrónica era pura magia y, por tanto, podía evaporarse en cualquier momento.

No obstante, llevaba encima su cartera, por primera vez en tres años, y tenía varias tarjetas de crédito caducadas y una Visa que, según descubrió con no poco alivio, no caducaba hasta finales de enero. Tenía un número de reserva. En ese momento se dio cuenta de que, una vez en su casa, de algún modo las cosas volverían a estar en su sitio. Laura volvería a estar bien. A lo mejor solo era una artimaña que se habían inventado para que pudiera salir unos días antes. O quizá se trataba de un simple malentendido y habían sacado el cuerpo de otra Laura Moon de entre los restos del coche accidentado.

Tras las paredes de cristal del aeropuerto se veía el centelleo intermitente del relámpago. Sombra se percató de que estaba conteniendo la respiración, como si esperara algo. Oyó el estallido de un trueno lejano. Soltó el aire.

Una mujer blanca de aspecto fatigado lo miraba desde el otro lado del mostrador.

—Hola —dijo Sombra. «Eres la primera desconocida de carne y hueso con la que hablo en tres años»—. Tengo un número de un billete electrónico. La reserva es para el viernes, pero debo salir hoy. Ha muerto un familiar.

—Mm. Lo siento mucho. —Tecleó algo en el ordenador, miró la pantalla y volvió a teclear—. No hay ningún problema. Le he puesto en el vuelo de las tres y media. Es posible que lleve retraso, por la tormenta, así que no pierda de vista los paneles. ¿Desea facturar algo?

Levantó una mochila.

—No es necesario que facture esto, ¿verdad?

—No —respondió ella—. Puede llevarlo como equipaje de mano. ¿Tiene algún documento de identidad con fotografía?

Sombra le mostró su permiso de conducir. Después le aseguró que nadie le había dado una bomba para que la introdujera en el avión y, a cambio, la mujer le entregó una tarjeta de embarque. A continuación pasó por el detector de metales mientras su mochila pasaba por el aparato de rayos X.

No era un aeropuerto grande, pero le sorprendió la cantidad de gente que deambulaba —simplemente deambulaba— por allí. Observó que dejaban las bolsas en el suelo como si nada, observó cómo se metían las carteras en los bolsillos traseros, vio cómo dejaban los bolsos debajo de la silla sin vigilancia. Fue entonces cuando se dio cuenta de que ya no estaba en la cárcel.

Faltaban todavía treinta minutos para embarcar. Sombra compró una porción de pizza y el queso fundido le quemó los labios. Cogió la vuelta y se dirigió hacia las cabinas de teléfono. Llamó a Robbie al Muscle Farm, pero le saltó el contestador.

—Eh, Robbie —dijo Sombra—. Me dicen que Laura ha muerto. Me han soltado antes de lo previsto. Vuelvo a casa.

Entonces, como la gente comete errores, según había podido comprobar en más de una ocasión, llamó a su casa y escuchó la voz de Laura.

—Hola —dijo—. No estoy en casa o no puedo contestar el teléfono. Deja el mensaje y te llamaré en cuanto pueda. Que pases un buen día.

Sombra no tuvo valor para dejar un mensaje.

Se sentó en una silla de plástico al lado de la puerta de embarque, y agarró su bolso con tal fuerza que se hizo daño en la mano.

Se puso a pensar en la primera vez que vio a Laura. Entonces aún no sabía ni cómo se llamaba. Era la amiga de Audrey Burton. Estaba con Robbie en Chi-Chi’s hablando de algo, probablemente de una de las entrenadoras que acababa de anunciarles que iba a abrir su propio estudio de danza, cuando entró Laura un par de pasos por detrás de Audrey y él se quedó mirándola embelesado. Tenía el cabello largo, de color castaño, y unos ojos tan azules que Sombra pensó que llevaba lentillas de color. Había pedido un daiquiri de fresa, insistió en que Sombra lo probara y se rio alegremente cuando lo hizo.
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