Traducción de Mónica Faerna






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fecha de publicación08.06.2015
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Sombra llevaba años sin ver un episodio de El show de Dick van Dyke, pero el mundo en blanco y negro de 1965 que retrataba tenía algo que resultaba reconfortante. Dejó el mando a distancia junto a la cama y apagó la luz de la mesilla de noche. Se quedó viendo el programa, se le fueron cerrando los ojos y fue consciente de que había algo extraño. No había visto muchos episodios de ese programa, así que no le sorprendió encontrarse con uno que no recordaba haber visto. Lo que le parecía extraño era el tono del mismo.

A todos los compañeros les preocupa que Rob esté bebiendo demasiado: falta mucho al trabajo. Van a su casa: se ha encerrado en su habitación y tienen que convencerlo para que salga. Está completamente borracho, pero resulta divertido. Sus amigas, interpretadas por Morey Amsterdam y Rose Marie, se marchan tras algunos gags ingeniosos. Entonces, la mujer de Rob le regaña, y él la golpea, con fuerza, en la cara. Ella se queda sentada en el suelo y se echa a llorar, no con el famoso lamento de Mary Tyler Moore, sino con unos entrecortados sollozos de impotencia, abrazando su propio cuerpo y susurrando: «No me pegues, por favor; haré lo que sea, pero no me pegues más».

—¿Qué coño es esto? —dijo Sombra en voz alta.

La imagen se fue y la nieve invadió la pantalla. Cuando volvió la señal, El show de Dick Van Dyke se había convertido, de manera inexplicable, en Te quiero, Lucy. Lucy está intentando convencer a Ricky para que le deje cambiar su antiguo frigorífico por uno nuevo. Sin embargo, cuando él se va, ella se sienta en el sofá, con las piernas cruzadas y las manos sobre el regazo, y, mirando al frente desde el pasado en blanco y negro, dice:

—Sombra, tenemos que hablar.

Sombra no dice nada. Lucy abre el bolso y saca un cigarrillo, que enciende con un caro encendedor de plata.

—Te estoy hablando a ti. ¿Y bien?

—Esto es una locura —dice Sombra.

—Y el resto de tu vida es completamente normal, ¿no? Dame un respiro, joder.

—Sí, claro. Que Lucille Ball me hable desde la televisión es, con diferencia, lo más raro que me ha pasado hasta el momento.

—No soy Lucille Ball, soy Lucy Ricardo. ¿Y sabes qué? Ni siquiera soy ella. Simplemente es la forma más sencilla de hacerme visible, dado el contexto. Eso es todo.

Lucy se revolvió en el sofá, como si no terminara de encontrar la postura.

—¿Quién eres? —preguntó Sombra.

—Vale —dijo ella—. Buena pregunta. Soy la caja tonta. Soy la televisión. Soy el ojo que todo lo ve y el mundo del rayo catódico. Soy el pequeño santuario que las familias adoran.

—¿Eres el televisor? ¿O alguien dentro de la televisión?

—El televisor solo es el altar. Yo soy el destinatario de los sacrificios.

—¿Y qué es lo que sacrifican? —preguntó Sombra.

—Su tiempo, principalmente —dijo Lucy—. Algunas veces unos a otros.

Alzó dos dedos a modo de pistola y sopló. Entonces guiñó el ojo, uno de los clásicos guiños de Te quiero, Lucy.

—¿Eres un dios? —inquirió Sombra.

Lucy sonrió con ironía y le dio una calada al cigarrillo con aire de mujer fatal.

—Podría decirse así.

—Un saludo de parte de Sam —dijo entonces Sombra.

—¿Qué? ¿Quién es Sam? ¿De qué hablas?

Sombra miró su reloj. Eran las 0:25.

—No importa. Y bien, Lucy en la Televisión, ¿de qué tenemos que hablar? Parece que últimamente todo el mundo tiene que hablar conmigo. Y la cosa suele acabar con que alguien me pega.

La cámara se acercó para sacar un primer plano: Lucy parecía preocupada, tenía los labios fruncidos.

—Odio eso. No me gustó que esa gente te pegara, Sombra. Yo nunca lo haría, cariño. No, yo quiero ofrecerte un trabajo.

—¿De qué?

—Trabajarías para mí. Me he enterado de los problemas que tuviste con el numerito de los secretas, y me impresionó el modo en que lo resolviste. Eficaz, sensato, eficiente. ¿Quién iba a pensar que eras capaz de algo así? Están muy cabreados.

—¿En serio?

—Te subestimaron, cielo. Un error que no pienso cometer. Te quiero a mi lado. —Se levantó del sofá y caminó hacia la cámara—. Míralo de este modo, Sombra: somos el futuro. Nosotros somos centros comerciales, tus amigos son ferias cutres de carretera. Qué coño, nosotros somos centros comerciales online, mientras que tus amigos se colocan junto a la autopista con una carretilla para vender productos caseros. No, ni siquiera son vendedores ambulantes; son charlatanes, gente que arregla corsés de ballena. Nosotros somos el hoy y el mañana. Tus amigos no son ya ni el ayer.

El discurso le resultaba extrañamente familiar. Sombra le preguntó:

—¿Conoces a un chaval gordo que va en limusina?

Lucy extendió las manos y puso los ojos en blanco en un gesto cómico, el clásico gesto de Lucy Ricardo desentendiéndose de algún desastre.

—¿El informático? ¿Has conocido al informático? Es un buen chico. Es uno de los nuestros. Lo que pasa es que es algo torpe con la gente que no conoce. Cuando trabajes para nosotros, verás lo asombroso que es.

—¿Y si no quiero trabajar para ti, Te Quiero Lucy?

Alguien llamó a la puerta del apartamento de Lucy, y se oyó la voz en off de Ricky preguntándole por qué tardaba tanto; tenían que estar en el club en la próxima escena. Un destello de indignación perturbó fugazmente el cómico rostro de Lucy.

—Joder —exclamó—. Escucha, no sé lo que te pagan esos carcamales, pero puedo ofrecerte el doble. El triple. Cien veces más. Te paguen lo que te paguen, yo puedo pagarte mucho más.

Entonces le sonrió con esa sonrisa perfecta y pícara de Lucy Ricardo.

—Dime, cariño, ¿qué quieres? —Empezó a desabrocharse la blusa— ¡Eh!, ¿nunca has querido ver las tetas de Lucy?

La pantalla se volvió negra. Habían transcurrido ya los cuarenta y cinco minutos y la tele se apagó sola. Sombra miró su reloj: eran las doce y media.

—La verdad es que no —dijo Sombra.

Se dio la vuelta y cerró los ojos. De pronto pensó que si prefería a Wednesday, al señor Nancy y compañía frente a sus oponentes, era por una sencilla razón: puede que fueran cutres, sucios y que su comida fuera repugnante, pero al menos no hablaban a base de tópicos.

Y prefería mil veces una atracción de carretera —por cutre, hortera o triste que fuese—, a un centro comercial.

La mañana le sorprendió de nuevo en la carretera, atravesando un paisaje marrón suavemente ondulado de hierba invernal y árboles desnudos. Las últimas nieves habían desaparecido. Llenó el depósito del coche de mierda en la ciudad natal de la campeona juvenil de trescientos metros lisos y, esperando que la suciedad no fuera lo único que mantenía todas las piezas unidas, llevó el coche al túnel de lavado de la gasolinera. Le sorprendió descubrir que el coche era, una vez limpio, y contra todo pronóstico, de color blanco, y apenas tenía manchas de óxido. Siguió conduciendo.

El cielo era de un azul imposible, y el humo blanco que salía de las chimeneas de las fábricas se veía inmóvil en el aire, como en una fotografía.

En algún momento se encontró con que estaba llegando al este de Saint Louis. Intentó evitarlo pero acabó yendo hacia lo que parecía el barrio chino de un polígono industrial. Había vehículos de dieciocho ruedas y camiones enormes aparcados a las puertas de edificios que parecían almacenes temporales pero decían ser CLUBES NOCTURNOS ABIERTOS 24 HORAS, y uno en particular se preciaba de tener EL MEJOR PEAP SHOW DE LA CIUDAD. Sombra meneó la cabeza y siguió conduciendo. A Laura le encantaba bailar, vestida o desnuda (y en varias noches memorables, viajando de un estado a otro) y él disfrutaba contemplándola.

Paró en una ciudad llamada Red Bud para comer un sándwich y beberse una Coca-Cola.

Pasó por un valle lleno de excavadoras amarillas, tractores y orugas que ya solo servían para chatarra. Se preguntaba si sería el cementerio de las excavadoras, el lugar a donde iban a parar cuando morían.

Pasó por un salón Pop-a-Top, y por Chester («la ciudad natal de Popeye»). Se fijó en que las casas tenían cada vez más columnas en la fachada principal; que hasta las casas más pequeñas y humildes tenían sus columnas blancas, como si fueran mansiones. Atravesó un gran río lleno de fango y soltó una carcajada al ver que, según el letrero, se llamaba Gran Río Fangoso. Vio tres árboles sin hojas cubiertos por una capa de kudzu marrón que los hacía retorcerse y adoptar extrañas formas, casi humanas: podrían haber pasado por brujas, tres viejas encorvadas dispuestas a leerle el futuro.

Continuó conduciendo en paralelo al Misisipi. Sombra nunca había visto el Nilo, pero el deslumbrante sol de la tarde que ardía sobre el turbio río le recordó la fangosa extensión del río africano: pero no del Nilo tal y como es ahora, sino como era hace mucho tiempo, atravesando como una arteria las marismas de papiros, hogar de cobras, chacales y vacas salvajes…

Una señal en la carretera señalaba la dirección de Tebas.

La vía tenía una elevación de unos tres metros y medio, de modo que estaba conduciendo por encima de las ciénagas. Bandadas de pájaros volaban de un lado a otro, como puntos negros sobre el azul del cielo, moviéndose en una especie de frenesí browniano.

Un poco más avanzada la tarde el sol empezó a descender, tiñéndolo todo con una mágica luz dorada, una luz cálida y densa, que le daba al paisaje un aspecto sobrenatural e hiperrealista, y con esa luz Sombra pasó por delante de la señal que indicaba que estaba entrando en el histórico Cairo. Pasó por debajo de un puente y fue a parar a la pequeña ciudad portuaria. El imponente edificio del tribunal de justicia de Cairo y las todavía más imponentes oficinas de la aduana parecían gigantescas galletas recién horneadas, bañadas por el dorado sirope de la luz crepuscular.

Aparcó el coche en una callejuela lateral y caminó hasta el malecón que había en una de las márgenes del río, sin saber muy bien si lo que estaba contemplando era el río Ohio o el Misisipi. Un gatito marrón olisqueaba los cubos de basura de la parte trasera de un edificio, pero la luz hacía que hasta la basura pareciera mágica.

Una solitaria gaviota planeaba por la orilla del río, girando una de las alas para corregir el vuelo.

Sombra se percató de que no estaba solo. Una niña, con unas bambas viejas y un masculino jersey de lana gris que le servía de vestido, lo miraba desde el malecón, a unos tres metros de distancia, con la seriedad propia de una persona de seis años. Tenía el cabello negro, largo y lacio; su piel era del mismo tono marrón que el río.

Sombra le sonrió. La niña le miraba fijamente, con aire desafiante.

Se oyó un chillido y unos maullidos que provenían de la orilla, y el gatito marrón salió disparado de un cubo de basura volcado, perseguido por un perro negro de largo hocico. El gato logró refugiarse bajo un coche.

—¡Eh! —le dijo Sombra a la niña—. ¿Has visto alguna vez polvos invisibles?

La niña vaciló un momento. Luego negó con la cabeza.

—Muy bien. Pues mira esto. —Sombra sacó una moneda de veinticinco centavos con la mano izquierda, la sujetó, moviéndola de un lado a otro, e hizo como si se la pasara a la mano derecha; la cerró muy fuerte y extendió el brazo hacia delante—. Ahora solo tengo que coger un poco de polvo invisible del bolsillo… —al meter la mano izquierda en el bolsillo de la chaqueta, dejó caer dentro la moneda—, y espolvorearlo sobre la mano donde tengo la moneda… —hizo un gesto con los dedos como si espolvoreara algo de verdad—, y mira: ahora la moneda también es invisible.

Sombra abrió la mano derecha vacía y, con cara de asombro, le mostró la mano izquierda, también vacía.

La niña pequeña continuaba mirándole fijamente.

Sombra se encogió de hombros, volvió a meter las manos en los bolsillos y cogió la moneda de veinticinco centavos con una mano, y un billete de cinco dólares doblado con la otra. Iba a hacer como si los cogiera del aire para darle los cinco pavos a la niña: parecía necesitarlos.

—¡Eh! —dijo—. Parece que tenemos público.

El perro negro y el gatito marrón le contemplaban también, uno a cada lado de la niña, mirándolo fijamente. El perro lo miraba con sus enormes orejas enhiestas, lo que le daba a su expresión de alerta un aire muy cómico. Un hombre muy alto, con gafas de montura dorada, caminaba hacia ellos por el malecón, mirando a un lado y a otro como si buscara algo. Sombra se preguntó si sería el dueño del perro.

—¿Qué te ha parecido? —le preguntó Sombra al perro, en un intento de ganarse a la niña—. Ha estado bien, ¿eh?

El negro perro se lamió el hocico. Y entonces le habló, con voz ronca y áspera:

—Una vez vi a Harry Houdini y, créeme, no eres Houdini.

La niña miró a los animales, alzó la vista para mirar a Sombra y salió corriendo como alma que lleva el diablo. Los dos animales la contemplaron mientras se alejaba. El hombre alto llegó donde estaba el perro. Se agachó y le acarició las enhiestas y puntiagudas orejas.

—Venga —el hombre de las gafas doradas hablaba al perro—, era un simple truco con monedas. Tampoco es que intentara llevar a cabo una fuga bajo el agua.

—Todavía no —dijo el perro—, pero lo intentará.

La luz dorada había desaparecido y se había impuesto el gris del crepúsculo.

Sombra dejó caer la moneda y el billete doblado de nuevo en el bolsillo.

—Vale —dijo—. ¿Quién de vosotros es Chacal?

—Usa los ojos —dijo el perro negro con su largo hocico—. Ven conmigo.

Echó a andar tranquilamente por la acera, junto al hombre de las gafas doradas y, tras un instante de vacilación, Sombra fue tras ellos. Al gato no se lo veía por ninguna parte. Llegaron a un inmenso edificio antiguo en una calle llena de edificios condenados.

El cartel de la puerta rezaba: IBIS Y JACQUEL, FUNERARIA. EMPRESA FAMILIAR DESDE 1863.

—Soy el señor Ibis —dijo el hombre de las gafas doradas—. Creo que debería invitarle a cenar. Me temo que aquí mi amigo tiene trabajo pendiente.


En algún lugar de Estados Unidos

Nueva York intimida a Salim, por eso coge el maletín de muestras con ambas manos, apretándolo contra su pecho. Tiene miedo de los negros, del modo en que le miran, y también de los judíos, que van vestidos de negro y llevan sombrero y barba y unos tirabuzones característicos a ambos lados de la cara, y de muchos otros que no puede identificar; tiene miedo de la multitud de gente que abarrota las calles, gente de todo tipo y condición, que se agolpan en las aceras al salir de aquellos altísimos y mugrientos edificios; le asusta el bullicio del tráfico, e incluso el aire, que desprende un olor que es a un tiempo sucio y dulzón, y que no tiene nada que ver con el aire de Omán.

Salim lleva en Nueva York, Estados Unidos, una semana. Todos los días visita dos, quizá tres, oficinas diferentes, abre su maleta de muestras y les enseña sus baratijas de reluciente cobre: anillos, botellas y diminutas linternas eléctricas, miniaturas del Empire State, de la Estatua de la Libertad y de la torre Eiffel; todas las noches le manda un fax a su cuñado, Fuad, que vive en Muscat, contándole que no le han hecho ningún pedido, o, si el día ha sido bueno, que ha recibido varios (pero Salim es dolorosamente consciente de que no basta siquiera para cubrir su billete de avión ni la cuenta del hotel).

Por razones que a Salim se le escapan, los socios de su cuñado le han reservado habitación en el hotel Paramount, en la calle Cuarenta y Seis. Él lo encuentra caótico, claustrofóbico, caro, extraño.

Fuad es el marido de la hermana de Salim. No es un hombre rico, pero es copropietario de una modesta fábrica de bisutería que produce artículos de cobre: broches, anillos, pulseras y miniaturas. Toda la producción se exporta a otros países árabes, a Europa o a Estados Unidos.
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