Traducción de Mónica Faerna






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—A la izquierda —dijo Sam, solícita.

Sombra giró a la izquierda y siguió conduciendo. Pasados unos minutos, la calefacción empezó a funcionar, y un reconfortante calor inundó el coche.

—Todavía no has dicho nada —dijo Sam—. Di algo.

—¿Eres humana? —preguntó Sombra—. ¿Un ser humano de carne y hueso, nacido de un hombre y una mujer, que vive y respira?

—Claro —respondió ella.

—Vale, solo quería asegurarme. ¿Qué quieres que diga?

—Pues, ahora mismo, algo que me tranquilice. De repente me ha asaltado esa sensación de «¡Oh mierda, me he subido al coche que no debía con un pirado».

—Sí —dijo—, conozco esa sensación. ¿Qué podría decir para tranquilizarte?

—Basta con que me digas que no eres un fugitivo, ni un asesino en serie, ni nada por el estilo.

Sombra reflexionó un momento.

—La verdad es que no soy nada de eso.

—Pero te lo has pensado, ¿a que sí?

—Cumplí mi condena. Nunca he matado a nadie.

—¡Ah!

Llegaron a una pequeña ciudad, iluminada por las farolas y las luces de Navidad, y Sombra miró fugazmente hacia su derecha. La chica llevaba el negro cabello corto y enmarañado, y tenía un rostro que resultaba atractivo, desde el punto de vista de Sombra algo masculino: sus rasgos podrían haber sido esculpidos en una roca. Ella le estaba mirando.

—¿Por qué estuviste en la cárcel?

—Herí de gravedad a dos personas. Estaba muy enfadado.

—¿Se lo merecían?

Sombra recapacitó unos instantes.

—Eso pensé en aquel momento.

—¿Lo volverías a hacer?

—No, ni hablar. Perdí tres años de mi vida allí dentro.

—Mmm, ¿tienes sangre india?

—No que yo sepa.

—Pues pareces un poco indio.

—Siento decepcionarte.

—No pasa nada. ¿Tienes hambre?

Sombra asintió con la cabeza.

—No me importaría nada comer algo.

—Conozco un buen sitio; está ahí, pasadas esas luces. La comida es buena. Y no es caro.

Sombra dejó el coche en el aparcamiento. No se molestó en cerrarlo, pero se guardó la llave en el bolsillo. Sacó unas monedas para comprar el periódico.

—¿Puedes permitirte comer aquí? —preguntó.

—Sí —dijo ella, alzando la barbilla—, puedo pagarme lo mío. Sombra asintió.

—Te diré lo que vamos a hacer. Lo echamos a cara o cruz —dijo—. Si sale cara, me invitas tú; si sale cruz, te invito yo.

—Antes déjame ver la moneda —dijo ella, suspicaz—. Un tío mío tenía una moneda con dos caras.

La chica inspeccionó la moneda y comprobó con satisfacción que era una moneda normal y corriente. Sombra se la colocó en el dedo gordo con la cara hacia arriba, y la lanzó al aire de manera que parecía que estaba dando vueltas, luego la cazó y se la puso sobre el dorso de la mano izquierda, destapándola con la derecha para que ella pudiera verla.

—Cara —dijo ella, contenta—. Tú invitas.

—Bueno —dijo él—. No se puede ganar siempre.

Sombra pidió empanada de carne, y Sam lasaña. Sombra hojeó el periódico para ver si había alguna noticia relacionada con la muerte de aquellos hombres del tren. Nada. La única noticia interesante era la que estaba en portada: una plaga de cuervos estaba infestando la ciudad. Los granjeros de la zona querían colgar cuervos muertos en edificios públicos por toda la localidad para espantar a los demás; los ornitólogos decían que no serviría de nada, que los cuervos vivos se limitarían a comerse a los muertos. Pero los granjeros eran implacables. «Cuando vean los cadáveres de sus amigos —decía el portavoz— sabrán que aquí no son bienvenidos.»

La comida era buena, y las raciones extraordinariamente generosas, demasiado para una sola persona.

—¿Y qué hay en Cairo? —preguntó Sam con la boca llena.

—Ni idea. Recibí un mensaje de mi jefe en el que me decía que tenía que ir allí.

—¿A qué te dedicas?

—Soy el chico de los recados.

La chica sonrió.

—Bueno —dijo—, no eres de la mafia; no tienes pinta y además conduces una mierda de coche. Y a todo esto, ¿por qué tu coche huele a plátano?

Sombra se encogió de hombros y continuó comiendo. Ella entornó los ojos.

—A lo mejor eres un traficante de plátanos —dijo—. Todavía no me has preguntado a qué me dedico.

—Me imagino que serás estudiante.

—Universidad de Wisconsin-Madison.

—Donde sin duda estudiarás historia del arte, feminismo, y seguramente esculpirás figuras de bronce. Y probablemente trabajas en una cafetería para poder pagar el alquiler.

La chica dejó el tenedor, con las aletas de la nariz dilatadas y los ojos exorbitados.

—¿Cómo coño has hecho eso?

—¿El qué? Ahora tú tendrías que decirme: «no, en realidad estudio filología románica y ornitología».

—¿Me estás diciendo que has acertado por casualidad, o algo así?

—¿Y qué si no?

La chica lo miró con aire sombrío.

—Eres un tipo muy curioso, señor… No sé cómo te llamas.

—Me llaman Sombra —dijo.

La chica torció la boca, como si estuviera comiendo algo que no le gustara. Dejó de hablar, bajó la cabeza y se terminó la lasaña.

—¿Sabes por qué lo llaman Egipto? —preguntó Sombra una vez ella terminó de comer.

—¿La zona de Cairo? Sí. Está en el delta de los ríos Ohio y Misisipi. Igual que El Cairo, en Egipto, que está en el delta del Nilo.

—Tiene sentido.

La chica se apoyó en el respaldo, pidió café y una tarta de chocolate y se atusó su negro cabello.

—¿Estás casado, señor Sombra? —dijo. Vaciló un momento—. ¡Vaya! Acabo de hacer otra pregunta inoportuna, ¿no?

—La enterraron el jueves —dijo, eligiendo las palabras con sumo cuidado—. Se mató en un accidente de tráfico.

—¡Oh, Dios mío! Lo siento.

—Yo también.

Un silencio incómodo.

—Mi medio hermana perdió a su hijo, mi sobrino, a finales del año pasado. Es duro.

—Sí lo es. ¿De qué murió?

Sam dio un sorbo al café.

—No lo sabemos. En realidad, ni siquiera sabemos si está muerto. Simplemente se esfumó. Pero tenía solo trece años. Fue a mediados del pasado invierno. Mi hermana estaba destrozada.

—¿Y no dejó ninguna pista? —Parecía como un policía de la televisión. Lo intentó de nuevo—. ¿Sospecharon de alguien?

Aquello sonaba todavía peor.

—Sospecharon del gilipollas de mi cuñado, su padre, que no tenía la custodia. Y que era lo bastante gilipollas como para llevárselo. Probablemente lo hizo. Pero todo esto pasó en un pueblecito de Northwoods, un lugar precioso y encantador donde nadie cierra nunca con llave. —Suspiró y meneó la cabeza. Cogió la taza de café con ambas manos, lo miró y cambió de tema—. ¿Cómo adivinaste que hago esculturas de bronce?

—Pura suerte. Lo dije por decir algo.

—¿Seguro que no tienes sangre india?

—Que yo sepa, no. Pero es posible. No llegué a conocer a mi padre. Pero si tuviera ascendencia india, mi madre me lo habría dicho. Supongo.

Otra vez la mueca burlona. Sam dejó la tarta de chocolate a medias: el trozo era como la mitad de su cabeza. Empujó el plato hacia Sombra.

—¿Quieres?

Él sonrió y dijo:

—Claro —y se la terminó.

La camarera les trajo la cuenta y Sombra pagó.

—Gracias —dijo Sam.

Estaba refrescando. El coche se caló un par de veces antes de arrancar. Sombra regresó a la carretera y continuó hacia el sur.

—¿Has leído alguna vez a un tal Herodoto? —preguntó.

—¿Qué?

—Herodoto. ¿Has leído alguna vez su Historia?

—¿Sabes? —dijo Sam, adormilada—, no lo entiendo. No entiendo tu manera de hablar, ni las palabras que utilizas, ni nada. A veces pareces un niño grande y, de repente, me lees el pensamiento, y a continuación me encuentro hablando contigo de Herodoto. Pues no, no he leído a Herodoto. He oído hablar de él. En la radio, quizá. ¿No es ese al que llaman el padre de las mentiras?

—Creía que ese era el demonio.

—Sí, a él también. Pero hablaban de que Herodoto decía que había hormigas gigantes y grifos que custodiaban las minas de oro; en realidad se lo inventaba todo.

—No creo. Él escribió lo que le habían contado. Es como si se hubiese limitado a ponerlo por escrito. Y son unas historias fantásticas, llenas de detalles curiosos; por ejemplo, ¿sabías que en Egipto, si una joven especialmente hermosa o la esposa de un señor o lo que fuera se moría, no la embalsamaban hasta pasados tres días? Dejaban que su cuerpo se descompusiera al sol.

—¿Por qué? No, espera. Vale, creo que sé por qué. Pero es asqueroso.

—Y también hay muchas batallas, y cosas de la vida cotidiana. Y luego están los dioses. Un tipo vuelve para informar del resultado de la batalla, corre y corre y ve a Pan en un claro. Y este le dice: «Diles que erijan un templo en mi honor aquí». El tipo dice, vale, y sigue corriendo. Cuando llega a su destino informa sobre la batalla, y luego dice: «Ah, por cierto, Pan quiere que le construyamos un templo». Eran muy prácticos, ¿sabes?

—O sea, que hay historias en las que aparecen dioses. ¿Qué intentas decirme? ¿Que estos tipos tenían alucinaciones?

—No —dijo Sombra—. No es eso.

La chica se mordió un padrastro.

—Leí un libro buenísimo sobre el cerebro —dijo—. Era de mi compañera de cuarto, y lo llevaba a todas partes. Contaba que, hace cinco mil años, los lóbulos cerebrales se fusionaron, y antes de eso la gente pensaba que cuando hablaba el lóbulo derecho era la voz de un dios que les decía lo que tenían que hacer. ¡Pero está todo en el cerebro!

—Me gusta más mi teoría —dijo Sombra.

—¿Cuál es tu teoría?

—Que por aquel entonces la gente se tropezaba de vez en cuando con los dioses.

—¡Ah!

Silencio: solo el traqueteo del coche, el ruido del motor, el murmullo del amortiguador, que sonaba como si se fuera a romper.

—¿Crees que siguen ahí?

—¿Dónde?

—En Grecia, en Egipto, en las islas, en esa clase de sitios. ¿Crees que si vas a donde vivía esa gente podrías ver a los dioses?

—Puede. Pero no creo que la gente supiera a quién estaban viendo en realidad.

—Me apuesto lo que quieras a que es como lo de los extraterrestres —dijo Sam—. Hoy en día la gente ve extraterrestres, en aquella época veían dioses. A lo mejor los alienígenas provienen del hemisferio derecho del cerebro.

—Dudo mucho que los dioses se dedicaran a introducirles sondas rectales —dijo Sombra—. Y no mutilaban al ganado por sí mismos. Tenían a gente que lo hacía en su lugar.

Sam se echó a reír. Continuaron el viaje en silencio unos minutos y luego dijo:

—¡Eh! Eso me recuerda una historia que me gusta mucho, la estudiamos en el primer curso de historia comparada de las religiones. ¿Te la cuento?

—Claro —dijo Sombra.

—De acuerdo. Es una sobre Odín, el dios escandinavo. Había un rey vikingo que iba en un barco vikingo (te estoy hablando de la época de los vikingos, claro). Un día el viento dejó de soplar y el barco no podía navegar, de modo que el rey decidió ofrecer a uno de sus hombres como sacrificio en honor a Odín, a cambio de que hiciera soplar el viento para que pudieran llegar hasta la costa. Así ocurrió. Una vez en tierra, tenían que decidir quién sería sacrificado, y lo echaron a suertes. Le tocó al rey. Pero a este no le gustaba la idea, así que finalmente decidieron que harían como si lo ahorcaran pero sin hacerle daño. Cogieron los intestinos de un becerro y se los pusieron alrededor del cuello, atando el otro extremo a una delgada rama. Cogieron una caña en lugar de una lanza, le pincharon con ella en el costado, y dijeron: «Ya está, ya te hemos ahorcado, Odín ya tiene su sacrificio».

Una curva en la carretera: Otra Ciudad (300 habitantes), campeón infantil de patinaje, un gigantesco tanatorio a cada lado de la carretera. Pero ¿cuántos tanatorios se necesitan en una población de trescientos habitantes?…, pensó Sombra.

—Pero nada más pronunciar el nombre de Odín, la caña se transforma en una lanza y se clava en el costado del rey, los intestinos de becerro se convierten en una gruesa soga, la delgada rama se convierte en una rama fuerte y robusta, el árbol crece y la tierra se hunde bajo los pies del rey, que queda allí colgado hasta la muerte con una herida en el costado mientras su cara se va volviendo negra. Fin de la historia. Los dioses de los blancos son unos auténticos cabrones, señor Sombra.

—Sí —asintió él—. ¿Tú no eres blanca?

—Soy cherokee —dijo ella.

—¿De pura cepa?

—No, mestiza. Mi madre era blanca. Mi padre, un auténtico indio de las reservas. Vino por aquí, se casó con mi madre, me tuvieron a mí, y cuando se separaron volvió a Oklahoma.

—¿Volvió a la reserva?

—No. Pidió un préstamo y abrió una especie de Taco Bell llamado Taco Bill’s. Le va bien. No me tiene demasiado cariño. Dice que soy una mestiza.

—Lo siento.

—Es un imbécil. Estoy orgullosa de mi sangre india. La matrícula me sale más barata. Y qué demonios, probablemente me servirá también para encontrar un trabajo en el futuro, si no consigo vivir de mis esculturas.

—Es un consuelo —dijo Sombra.

Se detuvo en El Paso, Illinois (2.500 habitantes) para dejar a Sam en una casa muy humilde a las afueras de la ciudad. En el jardín delantero había un enorme reno hecho con alambre, adornado con lucecitas de colores.

—¿Quieres entrar? —preguntó—. Mi tía te preparará un café.

—No —dijo—. Tengo que seguir viaje.

La chica le sonrió, y de repente, por primera vez, parecía vulnerable. Le dio una palmada en el brazo.

—Estás como una puta cabra. Pero molas.

—Creo que es eso que llaman la condición humana —dijo Sombra—. Gracias por la compañía.

—No hay de qué —dijo ella—. Si ves algún dios en la carretera hacia Cairo, no olvides saludarle de mi parte.

Salió del coche y se fue hacia la puerta de la casa. Llamó al timbre y esperó a que abrieran, sin volverse a mirar. Sombra esperó hasta ver que abrían la puerta y Sam entraba en la casa sana y salva; entonces pisó el acelerador y volvió a la carretera. Pasó por Normal, por Bloomington y por Lawndale.

A las once de la noche Sombra empezó a temblar. Estaba llegando a Middletown. Decidió que necesitaba dormir, o al menos dejar de conducir. Aparcó delante de un motel, pagó treinta y cinco dólares, en efectivo y por adelantado, por una habitación en la planta baja, y se fue al baño. Una triste cucaracha yacía boca arriba en mitad del suelo de baldosas. Sombra cogió una toalla y limpió el interior de la bañera, luego abrió el grifo. Se quitó la ropa y la dejó encima de la cama. Los cardenales que tenía en el torso eran oscuros y vívidos. Se sentó en la bañera, y vio cómo el agua cambiaba de color. Luego, todavía desnudo, lavó los calcetines, los calzoncillos y la camiseta en el lavabo, escurrió las prendas y las colgó en la cuerda extensible que iba de lado a lado de la bañera. Dejó la cucaracha donde la encontró, por respeto a los muertos.

Se metió en la cama y se planteó la posibilidad de ver una película porno, pero necesitaba una tarjeta de crédito para efectuar el pago. De todas maneras, no estaba muy seguro de que ver a otras personas disfrutando del sexo mientras que él no tenía con quien pudiera hacerle sentir mejor. Puso la tele para sentirse acompañado, y la programó para que se apagara de forma automática al cabo de cuarenta y cinco minutos, tiempo más que suficiente para coger el sueño. Faltaba un cuarto de hora para la medianoche.

La imagen se veía borrosa, y los colores se mezclaban en la pantalla. Fue zapeando por la desoladora programación nocturna, incapaz de concentrarse en nada. Alguien estaba haciendo una demostración con un cacharro que servía para cocinar y que podía sustituir a una docena de otros utensilios de cocina, pero Sombra no tenía ni necesitaba ninguno de ellos. Clic. Un señor trajeado anunciaba que había llegado ya el final de los tiempos y que Jesús —palabra que pronunciada por aquel hombre parecía tener cuatro o cinco sílabas— haría que el negocio de Sombra prosperara si le enviaba un donativo. Clic. El final de un episodio de MASH y el principio de uno de El show de Dick van Dyke.
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