Traducción de Mónica Faerna






descargar 1.72 Mb.
títuloTraducción de Mónica Faerna
página17/74
fecha de publicación08.06.2015
tamaño1.72 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Derecho > Documentos
1   ...   13   14   15   16   17   18   19   20   ...   74

—¿Adónde vamos? —preguntó Sombra.

—Al tiovivo —respondió Czernobog.

—Pero ya hemos pasado una docena de veces por carteles que indicaban la dirección del tiovivo.

—Él sigue su camino. Viajamos en espiral. A veces, el camino más rápido es el más largo.

A Sombra empezaban a dolerle los pies, y aquella apreciación le pareció de lo más inverosímil.

Una máquina mecánica tocaba Octopus’s Garden en una sala que tenía muchos pisos, y cuyo centro estaba enteramente ocupado por una réplica de una enorme bestia negra que parecía una ballena, con otra réplica de un bote a tamaño natural en su gigantesca boca de fibra de vidrio. De ahí pasaron al Salón del Viaje, donde vieron el coche cubierto de azulejos, la máquina para asar pollos de Rube Goldberg y herrumbrosos anuncios de Burma Shave en la pared.
Su vida ya es bastante complicada.

Mantenga su barba a raya

con Burma Shave
Rezaba uno de ellos, y otro:
Decidió adelantar

Llegando a un tramo en curva

Y solo consiguió dar

Con sus huesos en la tumba

Burma Shave
Ahora se encontraban al final de una rampa, delante de la cual había una heladería. Estaba abierta, pero la chica que limpiaba las mesas parecía tener ganas de cerrar, de forma que pasaron a la pizzería-cafetería, donde solo había un anciano negro vestido con un traje de cuadros y unos guantes amarillo canario. Era un hombre pequeño, de esos que parecen haber encogido con el paso de los años, y se estaba comiendo una enorme copa de helado de varias bolas con una gigantesca taza de café. Un purito se consumía en el cenicero que tenía delante.

—Tres cafés —le dijo Wednesday a Sombra, y se fue al lavabo.

Este fue a por los cafés y regresó junto a Czernobog, que estaba sentado con el anciano negro y fumaba un cigarrillo a escondidas, como si tuviera miedo de que lo pillaran. El otro hombre, que jugueteaba alegremente con su helado, no hacía caso del purito, pero cuando Sombra se acercó lo cogió, le dio una buena calada e hizo dos aros con el humo —primero uno grande, luego otro más pequeño que pasó limpiamente a través del primero—, y sonrió, como si estuviera increíblemente orgulloso de sí mismo.

—Sombra, te presento al señor Nancy —dijo Czernobog.

El viejo se puso en pie y se quitó el guante de la mano derecha para saludarle.

—Encantado de conocerte —dijo con una deslumbrante sonrisa—. Creo que sé quién eres. Trabajas para el cabrón de un solo ojo, ¿no?

El hombre hablaba con un acento nasal que podía hacer pensar en algún dialecto de las Antillas.

—Trabajo para el señor Wednesday, sí —dijo Sombra—. Siéntese, por favor.

Czernobog le dio una calada a su cigarrillo.

—Creo —dijo, con cierta melancolía— que a los de nuestra casta nos gustan tanto los cigarros porque nos recuerdan las ofrendas que se quemaban en nuestro honor, elevando sus plegarias con el humo, esperando nuestra bendición o nuestros favores.

—A mí nunca me ofrecieron nada parecido —dijo Nancy—. Lo máximo a lo que podía aspirar era a un montón de fruta para comer, tal vez una cabra al curry, algo lento y frío y alto para beber o una vieja de grandes tetas para hacerme compañía.

Nancy sonrió, mostrando su blanca dentadura, y le guiñó un ojo a Sombra.

—Hoy en día —dijo Czernobog, impertérrito— no tenemos nada.

—Bueno, ya no me ofrecen ni de lejos tanta fruta como antes —dijo el señor Nancy con los ojos brillantes—, pero no hay nada en este mundo que se pueda comparar a una mujer con grandes tetas. Hay hombres que dicen que lo primero que hay que mirar es el culo, pero os aseguro que nada como unas buenas tetas para ponerme como una moto en una fría mañana de invierno.

Nancy se echó a reír; tenía una risa alegre y afable, y Sombra descubrió que, muy a su pesar, el viejo le caía bien.

Wednesday volvió del lavabo y saludó a Nancy con un apretón de manos.

—¿Te apetece comer algo, Sombra? ¿Una porción de pizza? ¿Un sándwich?

—No tengo hambre.

—Te voy a decir una cosa —dijo el señor Nancy—. Hay veces que el tiempo entre dos comidas puede alargarse mucho. Si alguien te ofrece algo de comer, tú lo aceptas. Ya no soy tan joven como antes, pero créeme si te digo que nunca hay que dejar pasar una oportunidad para mear, comer o cerrar los ojos media hora. ¿Me sigues?

—Sí. Pero es que no tengo hambre, de verdad.

—Eres un tipo muy grande —dijo Nancy, con sus ojos color caoba fijos en los grises ojos de Sombra—, pero debo decir que no pareces muy listo. Tengo un hijo, tan idiota como el que compró un idiota en una oferta de dos por el precio de uno, y tú me lo recuerdas mucho.

—Si no le importa, me lo tomaré como un cumplido —replicó Sombra.

—¿Que te diga que eres tan tonto como el que se quedó dormido el día en que se repartieron cerebros?

—Que me compares con un miembro de tu familia.

El señor Nancy apagó su purito y luego se quitó una imaginaria mota de ceniza de sus guantes amarillos.

—Puede que no seas la peor elección que el viejo de un solo ojo podría haber hecho. —Alzó la vista para mirar a Wednesday—. ¿Tienes idea de cuántos vamos a ser esta noche?

—He avisado a todos los que he podido encontrar. Obviamente no todos podrán venir. Y puede que algunos —Wednesday le lanzó a Czernobog una mirada de reproche— no quieran venir. Pero creo que podemos confiar en que seremos varias docenas.

Pasaron por delante de unas armaduras en exposición.

—Falsificación victoriana —dijo Wednesday según pasaban por delante de la vitrina—; falsificación moderna, un yelmo del siglo XII sobre la reproducción de una armadura del XVII, y el guante izquierdo es del XV…

A continuación, Wednesday salió por una puerta de emergencia, y les hizo dar una vuelta alrededor del edificio.

—No puedo andar entrando y saliendo todo el rato —comentó Nancy—; ya no tengo edad y vengo de un clima cálido.

Cruzaron por una pasarela cubierta, volvieron a entrar por otra puerta de emergencia y llegaron a la sala del Tiovivo.

Sonaba música de calíope: un vals de Strauss, conmovedor y ocasionalmente discordante. La pared del lado por el que entraron estaba decorada con antiguos caballos de tiovivo, cientos de ellos; algunos necesitaban una mano de pintura, otros que les quitaran el polvo. Encima había decenas de ángeles alados construidos a partir de maniquíes femeninos como los que se ven en los escaparates; algunos tenían los asexuados pechos al descubierto; otros habían perdido las pelucas y, calvos y ciegos, miraban fijamente al frente, desde la oscuridad.

Y luego estaba el Tiovivo.

Un cartel proclamaba que era el más grande del mundo, decía cuánto pesaba, cuántos miles de bombillas había en las lámparas de araña que colgaban de él en gótica profusión, e indicaba también que estaba prohibido subirse o montarse en los animales.

¡Y qué animales! Sombra miraba boquiabierto, muy a su pesar, los cientos de criaturas de tamaño natural que giraban sobre la plataforma del tiovivo. Había criaturas reales, imaginarias y variaciones sobre los dos tipos: todas eran diferentes —vio una sirena y un tritón, un centauro y un unicornio, elefantes (uno muy grande, uno muy pequeño), un bulldog, una rana y un ave fénix, una cebra, un tigre, una mantícora y un basilisco, unos cisnes que tiraban de un carruaje, un buey blanco, un zorro, dos morsas gemelas, incluso una serpiente de mar, todos ellos pintados de vivos colores y más que reales: giraban sobre la plataforma mientras se sucedían los valses. El tiovivo seguía girando siempre a la misma velocidad.

—¿Para qué sirve? —preguntó Sombra—. Es decir, vale, es el más grande del mundo, tiene cientos de animales, miles de bombillas, y nunca se detiene, pero está prohibido montarse en él.

—No está aquí para que nadie se monte, al menos no cualquiera —respondió Wednesday—. Está aquí para ser admirado. Está aquí para estar.

—Como una rueda de oraciones que gira y gira sin cesar —dijo el señor Nancy—. Para acumular poder.

—¿Y dónde nos vamos a reunir con los demás? —preguntó Sombra—. Creía que había dicho usted que nos reuniríamos con ellos aquí, pero aquí no hay nadie.

Wednesday le dedicó una de sus temibles sonrisas.

—Sombra —dijo—, haces demasiadas preguntas. No te pago por hacer preguntas.

—Lo siento.

—Ahora, ponte aquí y ayúdanos a subir —le ordenó Wednesday, acercándose a la plataforma, justo por donde estaba el cartel con la descripción del tiovivo y la prohibición de subirse en él.

Sombra fue a decir algo, pero se lo pensó mejor y se limitó a ayudarles, uno por uno, a subirse al estribo. Wednesday pesaba una barbaridad; Czernobog subió solo, apoyándose en el hombro de Sombra; Nancy parecía no pesar nada en absoluto. Los tres viejos estaban ya en el estribo del tiovivo y subieron de un salto a la plataforma giratoria.

—¿Y bien? —gruñó Wednesday—. ¿No piensas venir?

Sombra, tras unos instantes de vacilación, y después de echar un vistazo alrededor para asegurarse de que no había ningún empleado de la Casa de la Roca que pudiera verles, se subió al tiovivo más grande del mundo. En ese momento descubrió con no poca sorpresa que infringir las normas subiéndose al tiovivo le preocupaba mucho más de lo que le había preocupado participar aquella tarde en el robo del banco.

Los tres viejos habían elegido ya una montura cada uno. Wednesday se había decidido por un lobo dorado. Czernobog iba montado en un centauro con coraza, cuya cara estaba oculta tras un yelmo de metal. Nancy, riendo alegremente, se subió a lomos de un enorme león rampante, captado por el escultor en pleno rugido. Dio unas palmaditas en el costado del león. El tiovivo giraba majestuosamente al compás de un vals de Strauss.

Wednesday sonreía, Nancy reía con gran alborozo, e incluso Czernobog parecía estar disfrutando. De repente, Sombra sintió como si le hubieran quitado un gran peso de la espalda: tres hombres mayores que se lo estaban pasando en grande montados en el tiovivo más grande del mundo. ¿Y qué si los echaban a todos de allí? ¿Acaso no valía la pena, más que todo el oro del mundo, poder decir que habías montado en el tiovivo más grande del mundo? ¿No merecía la pena haber cabalgado a lomos de aquellos espléndidos monstruos?

Sombra miró un bulldog, un tritón, un elefante con la silla dorada y, finalmente, decidió subirse a lomos de una criatura que tenía cabeza de águila y cuerpo de tigre, y se agarró con fuerza.

El ritmo de El Danubio azul repiqueteaba y repiqueteaba en su cabeza, las luces de mil bombillas centelleantes creaban un efecto estroboscópico y, por una fracción de segundo, Sombra volvió a ser un niño, y todo cuanto necesitaba para ser feliz era montar en los caballitos: se quedó completamente quieto, a lomos de su águila-tigre en el centro de todo, y el mundo entero giraba a su alrededor.

Se oyó reír, por encima del sonido de la música. Era feliz. Era como si las últimas treinta y seis horas no hubieran existido nunca, como si no hubieran existido aquellos tres años, como si su vida entera se hubiese disuelto en el sueño de un niño montado en un tiovivo del parque Golden Gate de San Francisco, la primera vez que volvió a Estados Unidos, un viaje maratoniano en barco y en coche, con su madre allí de pie, mirándolo con orgullo, mientras él lamía el helado que empezaba a derretirse, agarrándolo con fuerza, con la esperanza de que la música sonara para siempre, de que el tiovivo no frenara jamás, de que el viaje no terminara nunca. Sombra giraba, y giraba, y giraba…

Entonces las luces se apagaron, y Sombra vio a los dioses.


Capítulo seis
Wide open and unguarded stand our gates,

And through them passes a wild motley throng.

Men from Volga and Tartar steppes,

Featureless figures from HoangHo,

Malayan, Scythian, Teuton, Kelt and Slav,

Flying the Old World’s poverty and scorn;

These bringing with them unknown gods and rites,

Those tiger passions here to stretch their claws,

In street and alley what strange tongues are these,

Accents of menace to aur ear,

Voices that once the Tower of Babel knew.
(Abiertas de par en par y sin vigía están nuestras puertas,

Y a través de ellas pasa una multitud de bárbaros diversos.

Hombres del Volga y de las estepas tártaras.

Indefinidas figuras del Hoangho,

Malayos, escitas, teutones, celtas y eslavos

Que huyen de la pobreza y el desdén del Viejo Mundo;

Traen con ellos dioses y ritos desconocidos,

Tigres que vienen aquí para poder estirar las zarpas,

En las calles y callejuelas, qué lenguas extrañas son estas,

Acentos que amenazan nuestros oídos,

Voces que un día conocieron la Torre de Babel.)
THOMAS BAILEY ALDRICH, THE UNGUARDED GATES, 1882


Sombra iba montado en el tiovivo más grande del mundo, asido a su tigre con cabeza de águila cuando, de repente, las luces blancas y rojas chisporrotearon y parpadearon un instante antes de apagarse del todo. Ahora caía por entre un océano de estrellas, mientras el vals mecánico era sustituido por un ritmo atronador que recordaba al so nido de los platillos o de las olas rompiendo en la playa de algún distante océano.

No había más luz que la de las estrellas, pero lo iluminaba todo con una claridad fría. Bajo su cuerpo, su montura se estiraba, y se volvía blanda, y percibía la calidez del pelo bajo su mano izquierda, y la suavidad de sus plumas bajo la derecha.

—No está mal, ¿eh? —dijo a su espalda una voz, que percibió a un tiempo a través de los oídos y dentro de su cabeza.

Sombra se giró, lentamente, viéndose a sí mismo en imágenes encadenadas según se movía, instantes congelados, capturados en una fracción de segundo, y hasta el más mínimo movimiento tenía una duración infinita. Las imágenes que percibía no tenían ningún sentido: era como ver el mundo a través de los multifacetados ojos de una libélula, pero cada faceta reflejaba algo completamente distinto, y le resultaba imposible combinar las imágenes que veía, o creía ver, en un todo que tuviera sentido.

Miraba al señor Nancy, allá en lo alto, un hombre negro ya mayor, con un bigote estrecho, vestido con su chaqueta a cuadros y sus guantes amarillo limón, montado a lomos de un león de carrusel que subía y bajaba; y, al mismo tiempo, en el mismo espacio, veía una enjoyada araña, tan alta como un caballo, cuyos ojos eran como una nebulosa de esmeraldas y lo observaban con aire jactancioso; y, simultáneamente también, veía a un hombre extraordinariamente alto, con la piel del color de la teca, y tres pares de brazos, tocado con una suave pluma de avestruz, la cara pintada con rayas rojas, montado a lomos de un enfurecido león dorado, agarrado a su cabellera con dos de sus seis manos; y veía también a un joven negro, vestido con harapos, con el pie izquierdo hinchado y lleno de moscas negras; y por último, detrás de todo esto, Sombra veía una diminuta araña marrón, escondida tras una hoja marchita de color ocre.

Sombra veía todas estas cosas, y sabía que todas eran una misma cosa.

—Si no cierras la boca —dijeron las múltiples formas bajo las cuales se manifestaba el señor Nancy—, te vas a tragar algo.

Sombra cerró la boca y tragó con dificultad.

Había una casona de madera en una colina, más o menos a una milla de ellos. Cabalgaban hacia allí, y la arena de la playa enmudecía el sonido de los cascos y pies de sus monturas.

Czernobog cabalgaba a lomos de un centauro. Palmeó el brazo humano de su montura.

—Nada de esto está sucediendo realmente —le dijo a Sombra. Parecía deprimido—. Está todo en tu cabeza. Mejor no lo pienses.

Sombra veía a un inmigrante de la Europa del Este con el cabello gris, una raída gabardina y un diente de color hierro, ciertamente. Pero también veía una cosa negra y rechoncha, más oscura que la oscuridad que los rodeaba, con dos ojos como dos ascuas de carbón; y veía a un príncipe, de larga y sedosa melena, largos bigotes negros, con la cara y las manos ensangrentadas, desnudo salvo por la piel de oso que llevaba al hombro, montado sobre una criatura que era mitad hombre y mitad bestia, con el rostro y el torso tatuados con espirales y remolinos.
1   ...   13   14   15   16   17   18   19   20   ...   74

similar:

Traducción de Mónica Faerna iconInterpretación y traducción. Comentario a “Teorías del significado...

Traducción de Mónica Faerna iconMónica Lumbreras 25/09 /10

Traducción de Mónica Faerna iconBiografía Mónica Gómez

Traducción de Mónica Faerna iconTraducido integramente por mónica

Traducción de Mónica Faerna iconSanta Monica High School

Traducción de Mónica Faerna iconTraducido íntegramente por mónica

Traducción de Mónica Faerna iconA Mónica Un individuo cualquiera decidió suicidarse

Traducción de Mónica Faerna iconTema 14. Cervantes novelista autora: Mónica Henríquez

Traducción de Mónica Faerna iconMónica often forgets to do things. Her mother is asking her if she...

Traducción de Mónica Faerna iconTesis "El Largo del Amo" -tal es el titulo de la obra mas reciente...






© 2015
contactos
l.exam-10.com