Traducción de Mónica Faerna






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fecha de publicación08.06.2015
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Subió al coche y se sentó en el asiento del acompañante.

—Tenemos que coger la I-90 —dijo Wednesday—. Sigue las señales hacia el oeste para ir a Madison.

Sombra arrancó el coche y se pusieron en marcha. Wednesday volvió la cabeza para mirar hacia la sucursal.

—Ya está —exclamó alegremente—, esto los confundirá por completo. Pero para llevarte un montón de dinero de verdad hay que hacer esto un domingo a las cuatro y media de la madrugada, que es cuando las discotecas y los bares ingresan la recaudación de la noche del sábado. Si escoges bien la sucursal y das con el tipo adecuado (suelen escoger a tipos grandes y honestos, acompañados a veces por unos cuantos gorilas que no suelen ser muy inteligentes), puedes sacar un cuarto de millón de dólares por una noche de trabajo.

—Si es tan fácil —dijo Sombra—, ¿por qué no lo hace todo el mundo?

—Porque es un trabajo no exento de riesgo, sobre todo a las cuatro y media de la madrugada.

—¿Te refieres a que los polis son más desconfiados a esa hora?

—En absoluto. Pero los gorilas sí. Y las cosas pueden ponerse feas.

Wednesday hojeó un fajo de billetes de cincuenta, añadió unos cuantos billetes de veinte, los sopesó en su mano y se los pasó a Sombra.

—Toma —le dijo—. El sueldo de tu primera semana.

Sombra se lo guardó en el bolsillo sin contarlo.

—¿Así que a esto es a lo que te dedicas? ¿A hacer dinero?

—Rara vez. Solo cuando necesito urgentemente una gran cantidad de dinero en metálico. En general se lo saco a gente que nunca se dará cuenta de que lo he hecho, y que nunca se quejará, y que, en la mayoría de los casos, se prestará de nuevo a lo mismo en cuanto yo vuelva a aparecer.

—Ese tal Sweeney dijo que era usted un estafador.

—Y tenía razón. Pero es la menos importante de mis muchas facetas. Y el asunto para el que menos te necesito, Sombra.

Los copos de nieve se estrellaban contra los faros del coche y el parabrisas según avanzaban en medio de la oscuridad. El efecto era casi hipnótico.

—Este es el único país del mundo —dijo Wednesday, en mitad del silencio— que se preocupa por lo que es.

—¿Qué?

—El resto de países saben lo que son. Nadie busca el corazón de Noruega ni busca el alma de Mozambique. Saben lo que son.

—¿Y…?

—Solo pensaba en voz alta.

—Habrá visitado muchos países, ¿no?

Wednesday no dijo nada. Sombra lo miró de reojo.

—No —respondió Wednesday con un suspiro—. No. Nunca.

Pararon para echar gasolina, y Wednesday fue al lavabo con su chaqueta de guardia de seguridad puesta y su maletín, y salió vestido con un impecable traje claro, zapatos marrones y un abrigo tres cuartos marrón que parecía italiano.

—Y cuando lleguemos a Madison, ¿qué?

—Cogeremos la autopista catorce en dirección oeste, hacia Spring Green. Nos reuniremos con los demás en un lugar llamado la Casa de la Roca. ¿Has estado ahí?

—No —respondió Sombra—. Pero he visto los carteles.

Los carteles de la Casa de la Roca estaban por todos lados en aquella parte del mundo: carteles ambiguos repartidos por todo Illinois, Minnesota y Wisconsin, que probablemente llegaban hasta Iowa, sospechaba Sombra, y anunciaban la existencia de la Casa de la Roca. Sombra los había visto y se había preguntado muchas veces qué sería aquello. ¿Estaba construida la Casa en precario equilibrio sobre la Roca? ¿Qué tenía de interesante la Roca? ¿Y la Casa? Aquellas preguntas habían cruzado fugazmente por su cabeza en más de una ocasión, pero luego las olvidaba. No solía visitar las atracciones que había a pie de carretera.

Pasaron junto a la cúpula del capitolio de Madison, otra escena nevada digna de un pisapapeles; salieron de la interestatal y continuaron el viaje por carreteras comarcales. Tras casi una hora atravesando pueblos con nombres como Tierra Negra, doblaron por un camino particular flanqueado por varias macetas enormes cubiertas de nieve y decoradas con dragones que parecían lagartijas. El aparcamiento, señalado por una fila de árboles, estaba prácticamente vacío.

—No tardarán en cerrar —dijo Wednesday.

—¿Qué es este sitio? —preguntó Sombra, mientras cruzaban el aparcamiento y se dirigían hacia un pequeño y anodino edificio de madera.

—Una atracción turística —respondió Wednesday—. Una de las mejores. Lo que significa que es un lugar de poder.

—¿Perdón?

—Es algo muy sencillo —dijo Wednesday—. En otros países, a lo largo de los años, la gente aprendió a reconocer los sitios de poder. Unas veces se trataba de una formación natural, otras simplemente de un lugar que, de algún modo, se consideraba especial. Sabían que ahí ocurría algo importante, que había un foco, un canal, una ventana a lo inmanente. Y por eso construían templos o catedrales, o erigían dólmenes, o… bueno, ya me entiendes.

—Pero hay iglesias por todo el país —dijo Sombra.

—En todos los pueblos. A veces en cada manzana. Pero en este contexto son tan relevantes como las clínicas odontológicas. No, en Estados Unidos algunos todavía sienten la llamada del vacío trascendente y responden a ella construyendo una maqueta de un lugar que nunca han visitado con botellas de cerveza, o levantando un gigantesco refugio para murciélagos en una zona del país no frecuentada por los murciélagos. Atracciones turísticas a pie de carretera: la gente se siente atraída por ciertos lugares donde, en otras partes del mundo, reconocerían esa parte de sí mismos que es verdaderamente trascendente, y compran un perrito caliente, se dan un paseo y se sienten satisfechos a un nivel que no son capaces de explicar, y profundamente insatisfechos a un nivel muy por debajo.

—Tiene usted unas teorías de lo más raras.

—Esto no es teoría, joven. A estas alturas ya deberías saberlo.

Solo quedaba una taquilla abierta.

—La venta de entradas termina en media hora —dijo la chica—. Se necesita un mínimo de dos horas para recorrerlo.

Wednesday pagó las entradas en efectivo.

—¿Dónde está la roca? —preguntó Sombra.

—Bajo la casa —respondió Wednesday.

—¿Dónde está la casa?

Wednesday se llevó un dedo a los labios, y siguieron caminando. Más adentro, una pianola tocaba una melodía que pretendía ser el Bolero de Ravel. El lugar parecía un picadero de los sesenta geométricamente reconfigurado, con paredes de mampostería, alfombras gruesas y pantallas de lámpara de cristal tintado en forma de champiñón deliciosamente horribles. Al final de una escalera de caracol había otra habitación llena de adornos y cachivaches.

—Dicen que fue construida por el gemelo perverso de Frank Lloyd Wright —le explicó Wednesday—: Frank Lloyd Wrong. —Se rio de su propio chiste.

—Eso lo he visto escrito en una camiseta —dijo Sombra.

Siguieron subiendo y bajando escaleras hasta llegar a una larguísima habitación de cristal que sobresalía como si fuera una aguja bajo la cual, unos metros más abajo, se veía el campo desnudo y en blanco y negro. Sombra se quedó contemplando los remolinos de nieve.

—¿Es esta la casa sobre la roca? —preguntó confuso.

—Más o menos. Es la Sala Infinita; forma parte de la casa, aunque fue añadida posteriormente. Pero no, mi joven amigo, aún no hemos visto ni un ápice de lo que la casa puede ofrecernos.

—Así que, según su teoría, Disneylandia sería el lugar más sagrado de Estados Unidos.

Wednesday frunció el ceño y se mesó la barba.

—Walt Disney compró unos naranjales en mitad de Florida y decidió construir allí una ciudad turística. Ahí no hay magia ninguna, aunque creo que es posible que haya algo de magia en lo que originalmente fue Disneylandia. Quizá tenga cierto poder, aunque avieso, y de difícil acceso. Definitivamente, no hay nada fuera de lo común en Disneylandia. Pero sí hay sitios en Florida que están llenos de auténtica magia. No hay más que tener los ojos bien abiertos. Ah, las sirenas de Weeki Wachee… Sígueme, por aquí.

Se oía música por todos lados: música bastante desagradable y levemente desacompasada. Wednesday sacó un billete de cinco dólares, lo introdujo en una máquina y recibió a cambio un puñado de fichas metálicas de color cobrizo. Le lanzó una a Sombra, que la cogió y, al ver que un niño pequeño lo miraba, la sostuvo entre el índice y el pulgar y la hizo desaparecer. El niño fue corriendo a buscar a su madre, que estaba contemplando uno de los ubicuos muñecos de Papá Noel —¡MÁS DE SEIS MIL EN EXPOSICIÓN!, anunciaban los carteles— y se puso a tirar de las faldas de su abrigo.

Sombra salió afuera un momento con Wednesday, y a continuación comenzaron a seguir los carteles que indicaban la dirección de las Calles del Ayer.

—Hace cuarenta años, Alex Jordan (su cara está en la ficha que tienes en la mano derecha, Sombra) empezó a construir una casa en lo alto de un peñasco, en una parcela que no le pertenecía, y ni siquiera él podría explicarte por qué. La gente venía a ver cómo la construía: algunos por curiosidad, otros simplemente perplejos, y unos cuantos más que no tenían que ver con ninguna de estas dos categorías y que tampoco habrían sabido explicar por qué habían ido hasta allí. Así que hizo lo que cualquier varón americano de su generación habría hecho: empezó a cobrarles, pero no mucho. Cinco centavos, quizá. O veinticinco. Y siguió construyendo y la gente siguió viniendo a verle. Millones de personas pasan por aquí cada año.

»Entonces cogió todas aquellas monedas de cinco y de veinticinco centavos e hizo una cosa aún más grande y extraña. Construyó estos almacenes debajo de la casa y los llenó de cosas para que las viera la gente, y la gente vino a verlas. Millones de personas vienen todos los años.

—¿Por qué?

Pero Wednesday se limitó a sonreír, y se adentraron en la penumbra de las arboladas Calles del Ayer. Un sinfín de muñecas victorianas de porcelana con boquitas de piñón miraban a través de los polvorientos escaparates, como en una vieja película de terror. Adoquines bajo sus pies, la oscuridad de un tejado sobre su cabeza, el martilleo de una música mecánica de fondo. Pasaron junto a una vitrina llena de títeres rotos y una enorme caja de música dorada dentro de una urna de cristal. Pasaron por delante de la consulta del dentista y de la farmacia (¡RECUPERE EL VIGOR! ¡PRUEBE EL CINTURÓN MAGNÉTICO DE O’LEARY!).

Al final de la calle había una gran caja de cristal con un maniquí femenino dentro vestido como una pitonisa gitana.

—Y ahora —gritó Wednesday para que Sombra pudiera oírlo por encima de la música mecánica—, como al inicio de cualquier búsqueda o empresa, es preciso que pidamos consejo a las Nornas. Así que esta Sibila será nuestra Urd, ¿de acuerdo?

Wednesday insertó una ficha de la Casa de la Roca en la ranura. Con unos sincopados movimientos mecánicos, la gitana levantó el brazo y lo bajó. Salió un papel por la ranura.

Wednesday lo cogió, lo leyó, soltó un gruñido, lo dobló y se lo guardó en el bolsillo.

—¿No piensa enseñármelo? Yo le dejaré ver el mío —dijo Sombra.

—La fortuna de un hombre es algo muy personal —le espetó Wednesday—. Yo no te pediría que me dejaras leer la tuya.

Sombra puso su ficha en la ranura. Cogió el papel y lo leyó.
TODO FINAL ES UN NUEVO COMIENZO.

TU NÚMERO DE LA SUERTE NO ES NINGUNO.

TU COLOR DE LA SUERTE ESTÁ MUERTO.

Lema:

DE TAL PALO, TAL ASTILLA.
Sombra hizo una mueca. Dobló el papel y se lo guardó en el bolsillo interior.

Siguieron andando, por un pasillo rojo; pasaron por habitaciones llenas de sillas vacías sobre las que descansaban violines, violas y chelos que tocaban por sí solos, o eso parecía, cuando se les echaba una ficha. Las llaves se pulsaban solas, los címbalos chocaban, las boquillas insuflaban aire comprimido en los clarinetes y los oboes. Sombra observó, con irónico regocijo, que los arcos de algunos instrumentos, tocados por brazos mecánicos, no llegaban a tocar realmente las cuerdas que o bien faltaban, o bien estaban sin tensar. Se preguntaba si todos los sonidos que oía provenían de instrumentos de viento y de percusión, o habría algunos grabados.

Llevaba tanto tiempo caminando que tenía la impresión de haber recorrido varios kilómetros cuando llegaron a una sala llamada el Mikado, una de cuyas paredes estaba decorada con una escena decimonónica de pesadilla pseudooriental en la que unos percusionistas de pobladas cejas tocaban los címbalos y los tambores mientras miraban hacia afuera desde una guarida llena de dragones. En aquel preciso momento estaban torturando majestuosamente la Danza macabra de Saint-Saëns.

Czernobog estaba sentado en el banco de la pared situada frente a la máquina del Mikado, y tamborileaba con los dedos al ritmo de la música. Los caramillos sonaban, las campanas repicaban.

Wednesday se sentó a su lado, y Sombra prefirió quedarse de pie. Czernobog estiró el brazo izquierdo, estrechó la mano de Wednesday y luego la de Sombra.

—Bien hallados —dijo. Y luego volvió a reclinarse, como si estuviera disfrutando de la música.

La Danza macabra llegó a un final apoteósico y discordante. El hecho de que todos los instrumentos artificiales estuvieran levemente desafinados acentuaba el aire espectral del lugar. Comenzó a sonar una nueva pieza.

—¿Qué tal el robo del banco? —preguntó Czernobog—. ¿Te ha ido bien?

Se puso de pie, resistiéndose a abandonar el Mikado y su estruendosa y desacompasada música.

—Ha sido más fácil que robarle un caramelo a un niño —dijo Wednesday.

—Yo cobro una pensión del matadero—dijo Czernobog—. No pido más.

—No durará para siempre —replicó Wednesday—. Nada es para siempre.

Más pasillos, más máquinas musicales. Sombra se percató de que no estaban siguiendo el itinerario diseñado para los turistas, sino que al parecer seguían una ruta diferente ideada por Wednesday. Estaban bajando por una rampa, y Sombra, confuso, se preguntó si no habrían pasado ya por ahí.

Czernobog lo cogió del brazo.

—Rápido, ven aquí —dijo, y lo llevó hasta una gran caja de cristal colocada contra una de las paredes. Contenía un diorama de un vagabundo dormido en un cementerio, frente a la puerta de una iglesia. EL SUEÑO DE UN BORRACHO, decía la etiqueta, que explicaba que era una máquina del siglo XIX cuyo emplazamiento original había sido una estación de ferrocarril inglesa. La ranura para las monedas había sido modificada para que funcionara con las fichas de la Casa de la Roca.

—Mete el dinero —dijo Czernobog.

—¿Por qué? —preguntó Sombra.

—Tienes que verlo. Yo te lo enseño.

Sombra introdujo la ficha. El borracho del cementerio se llevó la botella a los labios. Una de las lápidas se abrió y dejó al descubierto un cadáver; otra lápida se dio la vuelta, y una calavera sonriente ocupó el lugar de las flores. Un espectro apareció a la derecha de la iglesia, mientras que por la izquierda, algo con un rostro inquietantemente pajaril, afilado, como una pálida pesadilla del Bosco, se deslizó suavemente desde detrás de una lápida para desaparecer entre las sombras. A continuación se abrió la puerta de la iglesia, salió un cura y los fantasmas, espíritus y cadáveres desaparecieron, y solo quedaron el cura y el borracho en el cementerio. El cura bajó la vista y miró al borracho con desdén; luego volvió a entrar en la iglesia, que se cerró tras él, y dejó solo al borracho.

La historia era realmente inquietante. Mucho más inquietante, pensó Sombra, de lo que un juguete de cuerda tiene derecho a ser.

—¿Sabes por qué te lo he enseñado? —le preguntó Czernobog.

—No.

—Así es el mundo. Ese es el mundo real. Está ahí, en esa caja.

Entraron en una sala color sangre llena de viejos órganos de teatro, con unos tubos enormes, y lo que parecían unos enormes tanques de cobre para hacer cerveza, como los que se usan en las fábricas de cerveza.
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