Traducción de Mónica Faerna






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fecha de publicación08.06.2015
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—¿Eh?

—Concéntrate en esas nubes, esas de allí, al oeste; concéntrate en hacerlas más grandes y oscuras. Piensa en un cielo gris y en vientos del ártico. Piensa en nieve.

—No creo que sirva de nada.

—Tonterías. Al menos tendrás la mente ocupada —respondió Wednesday, abriendo el coche—. Próxima parada, Kinko’s. Date prisa.

«Nieve —pensó Sombra en el asiento del acompañante, mientras bebía el chocolate a pequeños sorbos—. Inmensas y vertiginosas bolas de nieve cayendo del cielo, manchas blancas contra un cielo gris plomo, nieve que se posa en tu lengua con el frío del invierno, que te besa la cara con su vacilante tacto antes de congelarte hasta la muerte. Treinta centímetros de nieve como algodón de azúcar, creando un mundo de cuento de hadas, transformándolo todo hasta convertirlo en algo irreconocible y terriblemente hermoso…»

Wednesday le estaba hablando.

—¿Perdón? —dijo Sombra.

—He dicho que ya hemos llegado —repitió Wednesday—. Tú debías de estar muy lejos.

—Estaba pensando en nieve.

En Kinko’s, Wednesday fotocopió los formularios de ingreso del banco, y le pidió al vendedor que le imprimiera dos juegos de diez tarjetas profesionales. A Sombra empezaba a dolerle la cabeza, y notaba una sensación extraña entre los omóplatos; se preguntó si habría dormido en una mala postura, si sería un recuerdo que le había dejado el sofá de la noche anterior.

Wednesday se sentó ante un ordenador, escribió una carta y luego, con la ayuda del vendedor, hizo varios carteles de gran tamaño.

«Nieve —pensó Sombra—. En lo alto de la atmósfera, perfectos y microscópicos cristales unidos para formar una diminuta mota de polvo, un encaje único tejido a base de fractales de seis lados. Y a medida que caen, los cristales de nieve se agrupan y forman los copos, cubriendo la ciudad de Chicago en la plenitud de su blancura, centímetro a centímetro…»

—Toma —dijo Wednesday, pasándole una taza de café de Kinko’s, con un grumo de nata en polvo flotando en la superficie—. Creo que ya hay suficiente, ¿no?

—¿Suficiente qué?

—Suficiente nieve. No pretendemos inmovilizar la ciudad entera, ¿no?

El cielo se había vuelto gris como un buque de guerra. Estaba a punto de nevar, sí.

—No he sido yo, ¿verdad? —dijo Sombra—. Quiero decir, yo no… ¿O sí?

—Bébete el café —replicó Wednesday—. Es una porquería, pero te aliviará el dolor de cabeza. Buen trabajo.

Wednesday pagó al dependiente de Kinko’s y cogió sus carteles, cartas y tarjetas. Abrió el maletero del coche, guardó los papeles en un maletín metálico negro, como los que llevan los guardas para transportar el dinero de las nóminas, y cerró el maletero. Le pasó una tarjeta a Sombra.

—¿Quién es A. Haddock, director de seguridad de A1 Seguridad? —preguntó Sombra.

—Tú.

—¿A. Haddock?

—Sí.

—¿Qué significa la A.?

—Alfredo, Alphonse, Augustine, Ambrose… Lo dejo a tu criterio.

—Ah, comprendo.

—Yo soy James O’Gorman —le dijo Wednesday—. Jimmy para los amigos. ¿Ves? También tengo una tarjeta.

Volvieron al coche. Wednesday le dijo:

—Si puedes concentrarte en ser «A. Haddock» tan bien como lo has hecho con «nieve», conseguiremos un montón de dinero contante y sonante y esta noche podremos invitar a mis amigos a un buen banquete.

—¿Y si esta noche estamos en la cárcel?

—En ese caso, mis amigos tendrán que arreglárselas sin nosotros.

—No pienso volver a la cárcel.

—Y no volverás.

—Creía que habíamos acordado que no haría nada ilegal.

—No vas a hacer nada ilegal. Posiblemente tendrás que hacer de cómplice, participar en una pequeña conspiración, tras lo cual recibirás dinero robado; pero confía en mí, saldrás de esto oliendo como una rosa.

—¿Y eso será antes o después de que ese anciano culturista eslavo me reviente el cráneo de un mazazo?

—Está perdiendo vista —le tranquilizó Wednesday—. Lo más probable es que no llegue ni a rozarte. Bueno, aún es pronto. Después de todo, los sábados cierran a mediodía. ¿Aprovechamos para comer?

—Sí —respondió Sombra—. Me muero de hambre.

—Conozco el sitio perfecto —dijo Wednesday.

Mientras conducía, Wednesday fue tarareando una alegre melodía que Sombra no pudo identificar. Empezaron a caer copos de nieve, tal y como Sombra los había imaginado, y se sintió extrañamente orgulloso. Racionalmente sabía que no había tenido nada que ver con aquella nevada, del mismo modo que sabía que el dólar de plata que llevaba en el bolsillo no era, ni había sido nunca, la luna. Pero aun así…

Se detuvieron ante un gran edificio que parecía una nave industrial. Un cartel anunciaba que el bufet libre costaba 4,99 dólares.

—Me encanta este sitio —dijo Wednesday.

—¿La comida es buena?

—No especialmente —respondió Wednesday—, pero el ambiente es impagable.

Una vez terminaron de comer —Sombra se decantó por el pollo frito, que estaba muy bueno—, descubrió que el ambiente que tanto le gustaba a su jefe tenía que ver con el negocio que ocupaba el fondo de la nave: era, según la pancarta colgada de pared a pared, un decomiso donde se vendían artículos provenientes de bancarrotas y liquidaciones de stocks.

Wednesday se fue al coche y volvió con un maletín en la mano, y con el maletín y todo se fue al lavabo. Sombra imaginaba que no tardaría mucho en averiguar lo que Wednesday se traía entre manos, tanto si quería como si no, de forma que se puso a pasear por el decomiso: había cajas de café «para uso exclusivo con filtros de aerolíneas», muñecos de las Tortugas Ninja y de Xena, muñecas del harén de la Princesa Guerrera, ositos de peluche que tocaban melodías patrióticas en el xilofón cuando los encendían, más ositos de peluche que tocaban villancicos, latas de carne en conserva, botas de goma, relojes de pulsera de Bill Clinton, pequeños árboles de Navidad artificiales, saleros y pimenteros con formas de animales, de partes del cuerpo, de frutas y de monjas y, el favorito de Sombra, un kit para hacer un muñeco de nieve al que «solo hay que añadirle una zanahoria de verdad», con sus ojos de carbón de plástico, su mazorca de maíz para hacer la pipa y un sombrero.

Sombra se puso a pensar en cómo se podía hacer el truco de arrancar la luna del cielo y convertirla en un dólar de plata, y en cómo era posible que una mujer decidiera levantarse de su tumba y atravesar toda la ciudad para hablar con él.

—¿No es un lugar maravilloso? —preguntó Wednesday al salir del lavabo de caballeros. Aún tenía las manos mojadas y se las estaba secando con un pañuelo—. No quedan toallitas de papel.

Se había cambiado de ropa. Ahora llevaba una chaqueta de color azul oscuro con unos pantalones a juego, una corbata azul de punto, un grueso jersey azul, una camisa blanca y zapatos negros. Parecía un guardia de seguridad, y Sombra se lo dijo.

—¿Qué puedo decir a eso, jovencito —dijo Wednesday, cogiendo una caja de peces de acuario de plástico («¡Estos nunca se morirán y no tendrá que darles de comer!»)—, aparte de felicitarte por tu perspicacia? ¿Qué te parece Arthur Haddock? Arthur es un buen nombre.

—Demasiado prosaico.

—Bueno, ya se te ocurrirá algo. Venga. Volvamos a la ciudad. Llegaremos justo a tiempo para nuestro atraco al banco, y luego gastaré un poco de dinero.

—La mayoría de gente —dijo Sombra— se limitaría a sacarlo del cajero automático.

—Curiosamente, eso es más o menos lo que tenía pensado hacer.

Wednesday dejó el coche en el aparcamiento del supermercado que había enfrente del banco. Del maletero del coche sacó el maletín de metal, una carpeta de clip y un par de esposas. Se colocó una manilla en la muñeca izquierda y enganchó la otra al asa del maletín. Seguía nevando. Se puso una gorra azul con visera y una insignia con velcro en el bolsillo de la chaqueta en las que se podía leer «A1 SEGURIDAD». Puso los formularios de ingreso en la carpeta y echó los hombros hacia adelante. Parecía un policía retirado, y daba la impresión de que le había salido barriga de repente.

—Vale —dijo—. Compra algo en el supermercado y luego quédate cerca del teléfono. Si alguien te pregunta, estás esperando una llamada de tu novia, que ha tenido una avería con el coche.

—¿Y por qué me llama precisamente a ese teléfono?

—¿Cómo coño vas a saberlo?

Wednesday se puso unas descoloridas orejeras rosas. Cerró el maletero. La nieve se posaba en la gorra azul y las orejeras.

—¿Qué tal estoy?

—Ridículo.

—¿Ridículo?

—Un poco absurdo, quizá.

—Mm. Absurdo y ridículo. Perfecto.

Wednesday sonrió. Las orejeras le daban un aspecto que resultaba, a un tiempo, reconfortante y divertido y, en último término, adorable. Cruzó la calle a grandes zancadas, y anduvo pegado a los edificios hasta llegar al banco, mientras Sombra entraba en el supermercado y se quedaba observándolo.

Wednesday pegó un gran cartel rojo en el cajero, que indicaba que estaba fuera de servicio. Precintó el buzón para ingresos nocturnos con una cinta roja y pegó un cartel fotocopiado encima. Sombra lo leyó divertido: ESTAMOS TRABAJANDO PARA MEJORAR EL SERVICIO. DISCULPEN LAS MOLESTIAS.

Entonces Wednesday se volvió y se puso de frente a la calle. Daba la impresión de estar aterido de frío y molesto ante una tarea tan ingrata.

Una chica se acercó al cajero a sacar dinero. Wednesday meneó la cabeza y le explicó que estaba fuera de servicio. La chica soltó un improperio, se disculpó y se marchó.

Un coche se detuvo delante del banco y se bajó un hombre que llevaba un saquito gris y una llave. Sombra vio que Wednesday le pedía disculpas, le hacía rellenar uno de los formularios de ingreso que llevaba en la carpeta, comprobaba que estuviera todo correcto, le extendía un meticuloso recibo, luego fingía no saber muy bien qué copia debía entregarle y, por fin, abría su gran maletín metálico y guardaba el saco dentro.

El hombre temblaba de frío en mitad de la nieve, y golpeaba el suelo con los pies para entrar en calor mientras esperaba que el viejo guardia de seguridad acabara con todo el papeleo para poder dejar su recaudación y volver al coche. Cogió el recibo, regresó a la calidez de su vehículo y se marchó.

Wednesday cruzó la calle con el maletín de metal y se compró un café en el supermercado.

—Buenas tardes, joven —dijo con una risita paternal al pasar junto a Sombra—. Hace frío, ¿eh?

Volvió a cruzar la calle y siguió cogiendo las sacas grises y los sobres de la gente que iba a depositar sus ingresos o su recaudación aquella tarde de sábado; un veterano guardia de seguridad con sus divertidas orejeras de color rosa.

Sombra compró algo para leer —La caza del pavo, ¡Hola! y, como la foto de Bigfoot en la portada le pareció entrañable, el Noticias del mundo—, y se puso a mirar por la ventana.

—¿Puedo ayudarle en algo? —preguntó un hombre negro de mediana edad con un bigote blanco. Parecía el gerente.

—Gracias, pero no. Estoy esperando una llamada. A mi novia se le ha estropeado el coche.

—Seguro que es la batería —dijo el hombre—. La gente se olvida de que esos aparatos solo funcionan durante tres o cuatro años. Y no es que cuesten una fortuna.

—A mí me lo va a contar.

—Espere aquí un momento —dijo el gerente, y entró en el supermercado.

La nieve hacía que la calle pareciera uno de esos pisapapeles de cristal con escenas nevadas dentro, perfecto en todos los detalles.

Sombra siguió observando, impresionado. Al no poder oír las conversaciones que tenían lugar al otro lado de la calle, se sentía como si estuviera viendo una película muda, todo pantomima y expresión: el viejo guardia de seguridad era rudo, honesto; un poco torpe quizá, pero cargado de buenas intenciones. Todos los que le entregaban su dinero se iban un poco más felices después de haberlo conocido.

Y en ese momento, un coche de policía aparcó delante del banco y a Sombra le dio un vuelco el corazón. Wednesday se tocó la visera a modo de saludo y fue hasta el coche sin ninguna prisa. Saludó a los dos agentes, les estrechó la mano a través de la ventanilla abierta, asintió con la cabeza y se puso a rebuscar por los bolsillos hasta que encontró una tarjeta y una carta y se las dio. Luego dio un sorbo a su café.

Sonó el teléfono. Sombra lo descolgó y se esforzó al máximo por parecer aburrido.

—A1 Seguridad —dijo.

—¿Puedo hablar con A. Haddock? —preguntó el policía que estaba al otro lado de la calle.

—Soy Andy Haddock.

—Sí, señor Haddock, está hablando con la policía. Tiene a un hombre en el banco First Illinois, en la esquina de la calle Market con la Segunda.

—Eh, sí. Correcto. Jimmy O’Gorman. ¿Hay algún problema, agente? ¿Jim se está portando bien? No habrá bebido.

—Ningún problema, señor. Su hombre está perfectamente. Tan solo queríamos asegurarnos de que estaba todo en orden.

—Dígale a Jim que si le vuelvo a pillar bebiendo lo echaré a la calle. ¿Lo entiende? A la calle. A la puta calle. En A1 Seguridad no toleramos esa clase de comportamiento.

—No creo que sea yo quien deba decirle eso, señor. Está haciendo un buen trabajo. Únicamente nos preocupamos porque normalmente este es un trabajo para dos personas. Es arriesgado tener un único guardia no armado a cargo de tanto dinero.

—A mí me lo va a contar usted. O mejor aún, cuénteselo a esos roñosos del First Illinois. Son mis hombres los que se la juegan, agente. Hombres buenos. Hombres como usted. —Sombra empezaba a cogerle el punto a su personaje. Sentía que se iba convirtiendo en Andy Haddock, con un cigarro barato consumiéndose en el cenicero, una montaña de papeleo por despachar aquella tarde de sábado, una casa en Schaumburg y una amante en un pequeño apartamento en Lake Shore Drive—. Parece usted un joven muy despierto, agente…

—Myerson.

—Agente Myerson. Si necesita un trabajito para el fin de semana o decide abandonar el cuerpo por el motivo que sea, no dude en llamarnos. Sería usted un buen fichaje. ¿Tiene mi tarjeta?

—Sí, señor.

—No la pierda —dijo Andy Haddock—. Llámeme.

Los policías se marcharon y Wednesday volvió a su puesto para atender a la pequeña cola de gente que esperaba para entregarle su dinero.

—¿Está bien? —preguntó el gerente, asomando la cabeza por la puerta—. ¿Su novia?

—Era la batería—respondió Sombra—. Ahora solo tengo que esperar.

—Mujeres. Espero que valga la pena esperarla.

La oscuridad del invierno descendió sobre la ciudad, y la tarde fue adquiriendo un tono progresivamente gris según se acercaba la noche. Se encendieron las luces de la calle. La gente continuaba entregando su dinero a Wednesday. De repente, como respondiendo a una señal que Sombra no podía ver, Wednesday se fue hacia el cajero, quitó los carteles y cruzó con cautela la calle cubierta de nieve en dirección al aparcamiento. Sombra esperó un minuto, y luego fue tras él.

Wednesday estaba sentado en el asiento trasero del coche. Tenía abierto el maletín de metal y repartía metódicamente el dinero en ordenados montoncitos.

—Conduce tú —le dijo a Sombra—. Vamos al banco First Illinois de la calle State.

—¿A repetir el número? —preguntó Sombra—. ¿No estará tentando demasiado su suerte?

—En absoluto. Vamos a hacer un ingreso.

Mientras Sombra conducía, Wednesday sacaba a puñados los billetes de las bolsas de ingreso, apartaba los cheques y los justificantes de tarjeta de crédito y sacaba el dinero en efectivo de algunos de los sobres, pero solo de algunos. Volvió a meter todos los billetes en el maletín metálico. Sombra se detuvo cerca de la sucursal, a unos cincuenta metros, para que la cámara de vigilancia no pudiera grabarles. Wednesday se bajó del coche y metió los sobres en el buzón para ingresos nocturnos. A continuación, abrió la caja fuerte nocturna, metió dentro las bolsas grises y la volvió a cerrar.
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