Traducción de Mónica Faerna






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Sombra miró a su alrededor. No, estaban solos en la azotea.

Zorya Polunochnaya se echó a reír.

—No está aquí, bobo. Tú también le has ganado una partida. Puede que no te golpee hasta que haya pasado todo esto. Dijo que no lo haría. Y lo sabrás de antemano. Como las vacas a las que mataba: siempre lo sabían de antemano. Si no, ¿qué sentido tendría?

—Me siento como si estuviera en un mundo con su propio sentido de la lógica. Como cuando estás en un sueño, y sabes que hay normas que no debes infringir, aunque no sepas lo que significan. No tengo ni idea de qué estamos hablando, ni de qué es lo que ha pasado hoy; en realidad no entiendo prácticamente nada de lo que ha sucedido desde que salí de la cárcel. Simplemente me dejo llevar, ¿lo entiendes?

—Lo entiendo —dijo ella, y le cogió la mano con la suya, gélida—. Una vez te concedieron protección, pero ya la has perdido. La regalaste. Tuviste el sol en tus manos. Y eso es exactamente la vida. Todo cuanto puedo ofrecerte es una protección mucho más débil. La hija, no el padre. Pero todo ayuda. ¿Qué me dices?

El viento helado agitaba sus blancos cabellos en torno a su cara, y Sombra supo que había llegado el momento de volver adentro.

—¿Tengo que pelear contigo? ¿O jugar a las damas? —preguntó.

—Ni tan siquiera tienes que besarme —le respondió—. Tan solo tienes que coger la luna.

—¿Cómo?

—Coge la luna.

—No lo entiendo.

—Mira —dijo Zorya Polunochnaya. Levantó la mano izquierda y la mantuvo delante de la luna, de forma que parecía que la estaba cogiendo con el dedo índice y el pulgar. Luego, con un rápido movimiento, la arrancó. Por un momento, Sombra tuvo la impresión de que había robado la luna del cielo, pero luego vio que seguía brillando, y Zorya Polunochnaya abrió la mano para mostrarle un dólar de plata con la efigie de la Libertad sujeta entre el dedo índice y el pulgar.

—Una ejecución muy elegante —dijo Sombra—. No te he visto esconderla. Y no sé cómo has hecho la última parte.

—No la tenía escondida —replicó ella—. La he cogido. Y ahora te la doy a ti, para que la guardes. Toma. Y esta no la regales.

Se la puso en la mano derecha y le cerró el puño. La moneda estaba fría. Zorya Polunochnaya se inclinó hacia delante, le cerró los ojos con los dedos y le besó, con suavidad, ambos párpados.

Sombra se despertó en el sofá, completamente vestido. Un fino rayo de sol se colaba por la ventana, haciendo bailar las motas de polvo en el aire.

Se levantó y fue hacia la ventana. La habitación parecía mucho más pequeña a la luz del día.

La extraña sensación que había tenido la noche anterior cobró sentido cuando miró por la ventana. No había escalera de incendios en la ventana, ni balcón, ni herrumbrosos escalones de metal.

No obstante, en la palma de su mano, reluciente como el día que lo acuñaron, tenía un dólar de plata de 1922 con la efigie de la Libertad.

—Ah. Ya estás despierto —dijo Wednesday, asomándose por la puerta—. Estupendo. ¿Quieres café? Vamos a robar un banco.


El desembarco en Estados Unidos
1721

Lo que hay que tener presente para entender la historia de Estados Unidos —escribió el señor Ibis en su diario con tapas de cuero—, es que es ficticia, algo tan simple como un boceto a carboncillo que hasta los niños, o los que se aburren con facilidad, pueden entender. En su mayor parte está todavía sin investigar, sin imaginar, sin meditar; es la representación de la cosa y no la cosa en sí. Es una gran ficción —se detuvo un momento para entintar la pluma y organizar sus pensamientos— que Estados Unidos fuera una nación fundada por peregrinos, anhelantes de libertad para creer en lo que quisieran, que vinieron a las Américas, se dispersaron, se reprodujeron y llenaron la tierra vacía.

En verdad, las colonias americanas eran tanto un vertedero como un lugar de huida, un lugar para olvidar. En un tiempo en el que en Londres te podían ahorcar del Árbol Triple de Tyburn por robar doce peniques, las Américas se convirtieron en un símbolo de clemencia, de segunda oportunidad. Pero las condiciones de la deportación eran tales que, para algunos, resultaba más fácil saltar desde el árbol sin hojas y bailar sobre la nada hasta que se acababa el baile. Deportación era el nombre que le daban: por cinco años, por diez, o de por vida. Esa era la sentencia.

Los deportados se vendían a un capitán, que los llevaba en su barco, hacinados como si fueran esclavos, hasta las colonias o las Indias Occidentales; al desembarcar, el capitán los vendía como criados a sueldo de gente que recuperaba su inversión haciéndoles trabajar a destajo hasta el fin de su contrato. Pero al menos no estaban en una cárcel inglesa esperando a que los ahorcaran (pues en aquellos tiempos las cárceles eran el lugar donde permanecían los prisioneros hasta que los liberaban, los deportaban o los ahorcaban: no cumplían sentencia por un determinado periodo de tiempo), y tenían la libertad para sacar el máximo provecho de aquel nuevo mundo. También eran libres de sobornar a un capitán para que los devolvieran a Inglaterra antes de que hubiera concluido el tiempo estipulado de la deportación. Algunos lo hacían. Y si las autoridades los pillaban regresando antes de tiempo (si un viejo enemigo, o un viejo amigo con alguna cuenta pendiente, los veía y los denunciaba), los ahorcaban sin pestañear.

Me viene a la memoria —escribió tras una breve pausa, que aprovechó para rellenar el tintero de su escritorio con una botella de tinta negra que guardaba en el armario y entintar la pluma de nuevo— la vida de Essie Tregowan, que vino de una fría aldea situada en lo alto de un acantilado en Cornualles, en el suroeste de Inglaterra, donde residía su familia desde tiempos inmemoriales. Su padre era pescador, y se rumoreaba que hacía naufragar a los barcos (algunos colgaban sus lámparas en lugares peligrosos de la costa cuando arreciaban las tormentas, para atraer a los barcos hacia las rocas y poder quedarse así con las mercancías que llevaban a bordo). La madre de Essie trabajaba como cocinera en la casa del señor, y a la edad de doce años, la niña empezó a trabajar allí como ayudante de cocina. Era una cría muy menuda, con grandes ojos castaños y el cabello también castaño; no muy trabajadora, solía escabullirse a escuchar historias y cuentos siempre que hubiera alguien dispuesto a contar alguno: cuentos de piskies y spriggans, de los perros negros de los páramos y de las mujeres foca del Canal. Y aunque el señor de la casa se reía de aquellas cosas, los que trabajaban en la cocina ponían todas las noches en un plato de porcelana la leche más cremosa de la casa y la dejaban en la puerta de la cocina para los piskies.

Pasaron los años, y Essie dejó de ser una niña menuda: su cuerpo se redondeó y se contoneaba al andar como las olas del verde mar, sus ojos sonreían y llevaba su castaña melena alborotada y rizada. Los hermosos ojos de Essie se fijaron en Bartholomew, un joven de dieciocho años hijo del señor, recién llegado de Rugby. Una noche fue hasta el mojón que señalaba el límite del bosque y dejó sobre él un trozo de pan, que Bartholomew había dejado a medias, envuelto en un mechón de su propio cabello. A la mañana siguiente, Bartholomew habló con ella y la miró satisfecho, con aquellos ojos tan peligrosamente azules como el cielo cuando se avecina tormenta, mientras ella limpiaba la chimenea de su habitación.

«Tenía unos ojos peligrosos», dijo Essie Tregowan.

Poco tiempo después, Bartholomew se fue a Oxford y, cuando el embarazo de Essie se hizo evidente, la despidieron. Pero el bebé nació muerto y, por deferencia hacia su madre, que era una excelente cocinera, la esposa del señor logró persuadirle para que le devolviera a Essie su antiguo puesto.

Sin embargo, el amor de Essie por Bartholomew se había convertido en odio hacia su familia y, en menos de un año, escogió como nuevo pretendiente a un hombre de la aldea vecina, uno con muy mala reputación que respondía al nombre de Josiah Horner. Una noche, mientras la familia dormía, Essie se levantó y abrió la puerta lateral para dejar entrar a su amante. Josiah desvalijó la casa mientras todos dormían.

Todos los sirvientes de la casa quedaron inmediatamente bajo sospecha, puesto que era evidente que habían abierto la puerta al ladrón (la esposa del señor recordaba haber cerrado personalmente), y que tenía que ser alguien que supiera dónde se guardaba la cubertería de plata y en qué cajón tenía el señor sus monedas y pagarés. No obstante, Essie, que lo negó todo rotundamente, no fue culpada hasta que atraparon a Josiah Horner en una quincallería de Exeter tratando de negociar uno de los pagarés. El señor lo identificó como suyo, y Horner y Essie fueron llevados ante la justicia.

Horner fue juzgado por el tribunal del condado, y fue «extinguido», según se decía coloquialmente en la época, con no poca crueldad, pero el juez se apiadó de Essie, bien fuera por su edad o por su hermoso cabello castaño, y la condenó a siete años de deportación. Debía partir a bordo de un barco llamado Neptune, comandado por un tal capitán Clarke. Y de este modo, Essie llegó a las Carolinas; durante la travesía llegó a un pacto con el mismísimo capitán y lo convenció de que la llevara de vuelta a Inglaterra, como su esposa, a vivir con su madre en Londres, donde nadie la conocía. El viaje de regreso, que emprendieron después de cambiar el contingente humano por algodón y tabaco, fue un periodo tranquilo y feliz para el capitán y su nueva esposa, que parecían dos tortolitos, incapaces de quitarse las manos de encima o intercambiando regalitos y expresiones de cariño todo el tiempo.

Cuando llegaron a Londres, el capitán Clarke instaló a Essie con su madre, que la trató en todo momento como a una más de la familia. Ocho semanas más tarde, el Neptune se hizo a la mar de nuevo, y la joven y bonita esposa de cabello castaño despidió a su marido desde el muelle. Luego volvió a casa de su suegra, donde, aprovechando la ausencia de la anciana, robó una pieza de seda, varias monedas de oro y un bote de plata en el que la anciana guardaba los botones y, tras empaquetarlo todo, desapareció en los bajos fondos de Londres.

En los dos años siguientes, Essie se convirtió en una consumada ladrona, que escondía en sus amplias faldas una multitud de pecados (principalmente piezas de seda y encaje), y vivió su vida al máximo. Agradecía haber podido escapar durante sus vicisitudes a todas las criaturas de las que le habían hablado de niña, a los piskies (cuya influencia, estaba segura, llegaba hasta Londres), y todas las noches ponía un cuenco de madera lleno de leche en el alféizar de la ventana, ignorando las burlas de sus amigos. Finalmente, ella fue la última en reír, pues sus amistades fueron cayendo enfermos de viruela o de gonorrea mientras que Essie tenía una salud de hierro.

Le faltaba un año para cumplir los veinte cuando el destino le asestó un duro golpe: estaba en la taberna Crossed Forks, al lado de la calle Fleet, en Bell Yard, cuando vio entrar a un hombre joven, recién salido de la universidad, que se sentó cerca de la chimenea. «¡Ajá! Un pichón listo para ser desplumado», pensó Essie, y se sentó a su lado, y empezó a decirle lo apuesto que era, y a acariciarle una rodilla mientras, con la otra mano, intentaba robarle el reloj de bolsillo. Entonces, el joven la miró directamente a los ojos y el corazón de Essie dio un vuelco al ver aquellos peligrosos ojos, azules como un cielo de verano antes de la tormenta, y al oír de nuevo su nombre de los labios del amo Bartholomew.

La llevaron a la prisión de Newgate y la acusaron de volver antes de cumplir el periodo de deportación. Tras ser declarada culpable, a nadie le sorprendió que Essie alegara estar embarazada para eludir la condena, aunque a las matronas de la ciudad, encargadas de comprobar esa clase de alegatos (que normalmente resultaban ser espurios), sí les sorprendió verse obligadas a admitir que Essie estaba en estado; sin embargo, ella se negó a revelar la identidad del padre.

Una vez más, su sentencia de muerte fue conmutada por una pena de deportación, esta vez de por vida.

En esta ocasión la embarcaron en el Sea-Maiden. Había doscientos deportados a bordo, hacinados en la bodega como si fueran cerdos camino del mercado. La disentería y la fiebre campaban a sus anchas por el barco; apenas había sitio donde sentarse, y mucho menos aún para tumbarse. Una mujer murió al dar a luz al fondo de la bodega y, como la gente estaba demasiado apretada como para poder sacar el cadáver, madre e hijo fueron arrojados al gris y encabritado mar por un ojo de buey. Essie estaba de ocho meses y parecía un milagro que su embarazo siguiera adelante, pero logró llevarlo a término.

Durante el resto de su vida, tuvo pesadillas sobre el tiempo que pasó en aquella bodega, y se despertaba gritando con el sabor y el hedor de la bodega en la garganta.

El Sea-Maiden atracó finalmente en Norfolk, Virginia, y Essie fue vendida al propietario de una «pequeña plantación», un productor de tabaco llamado John Richardson cuya esposa había fallecido a consecuencia de una infección una semana después de dar a luz a su hija, por lo que necesitaba un ama de cría y una criada que se hiciera cargo de todas las tareas de su pequeña granja.

De este modo el hijo de Essie, bautizado con el nombre de Anthony en recuerdo, según ella explicó, de su difunto esposo y padre del niño (sabiendo que no había nadie que pudiera decir lo contrario, y quizá por algún Anthony que hubiera conocido en el pasado), se crio a los pechos de Essie junto con Phyllida Richardson. Como la hija del amo era siempre la primera en comer esta creció fuerte y sana, mientras que el hijo de Essie, que se alimentaba de lo que dejaba la niña, creció siendo un niño débil y enfermizo.

Y además de la leche, los niños crecieron bebiendo de los cuentos de Essie sobre los knockers y los blue-caps que viven en las minas; sobre Bucca, el espíritu más burlón de la tierra, mucho más peligroso que los pelirrojos piskies de nariz respingona, a quienes los pescadores ofrecían su primera captura dejándoles el pez en la playa, o en el campo, en el tiempo de cosecha, un pan recién horneado, para asegurarse una buena cosecha al año siguiente; les habló de los hombres manzano, viejos manzanos que hablaban cuando querían a los que había que aplacar ofreciéndoles la primera sidra de la cosecha, que se vertía sobre sus raíces al final de cada año, para asegurarse una buena cosecha al año siguiente. Les recitaba también, con su melifluo acento de Cornualles, una antigua poesía sobre los árboles con los que debían tener cuidado:
El olmo se lamenta

Y el roble odia,

Pero el sauce camina

Si viajas tarde.
Les contaba todas estas cosas, y ellos las creían, porque ella las creía.

La hacienda prosperaba y, cada noche, Essie Tregowan dejaba un plato de porcelana lleno de leche en la puerta de atrás, para los piskies. Pasados ocho meses, John Richardson llamó suavemente a la puerta de la habitación de Essie y solicitó la clase de favores que las mujeres conceden a los hombres. Essie le dijo lo sorprendida y dolida que estaba, una pobre viuda y una sirvienta convicta sin más derechos que una esclava, prostituyéndose con un hombre por el que sentía tanto respeto. Una sirvienta convicta no podía casarse, por lo que no podía concebir cómo era capaz de atormentar de esa manera a una pobre deportada, y sus ojos de color castaño se llenaron de lágrimas, de tal forma que Richardson se encontró pidiéndole disculpas y, a resultas de todo ello, acabó hincado de rodillas, en el mismo pasillo, en aquella calurosa noche de verano, para proponerle a Essie Tregowan que dieran por finalizado su contrato y le concediera su mano. Ella aceptó su propuesta, pero dejando claro que no dormiría con él hasta que todo fuera legal, tras lo cual se trasladó de la pequeña habitación del ático al dormitorio principal, en la parte noble; y, aunque algunos de los amigos de Richardson y sus esposas empezaron a negarle el saludo cuando se lo cruzaban por la calle, eran muchos más los que opinaban que la nueva señora Richardson era una mujer de gran belleza y que Johnnie Richardson había hecho muy bien en casarse con ella.
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