Traducción de Mónica Faerna






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Y movió una ficha blanca a una casilla que estaba en el borde del tablero.

No dijeron nada más, pero Wednesday no volvió a coger el Reader’s Digest. Siguió la partida con el ojo de cristal y con el bueno, con una expresión que no transmitía nada.

Czernobog le comió otra ficha a Sombra, que, a su vez, le comió dos a Czernobog. Por el pasillo llegaban aromas de guisos que no conocía. Pese a que no todos los aromas resultaban precisamente apetitosos, Sombra se percató de repente de que tenía mucha hambre.

Los dos hombres movieron sus fichas, blancas y negras, por turnos. Se produjo un rápido intercambio de piezas y coronaron un par de damas: al no estar obligadas a moverse solo hacia delante y de casilla en casilla, las damas podían moverse hacia delante o hacia atrás, lo que las hacía el doble de peligrosas. Habían llegado a la última fila y podían ir a donde quisieran. Czernobog tenía tres damas, Sombra tenía dos.

El viejo movía una de las damas por todo el tablero para eliminar las fichas de Sombra, y con las otras dos mantenía inmovilizado a su contrincante.

Entonces Czernobog logró coronar una cuarta dama, con la que fue a por las dos damas de Sombra, y, con gesto impasible, se comió ambas. Y ahí se acabó todo.

—Bueno —dijo Czernobog—. Ahora ya puedo reventarte la cabeza. Y tú te pondrás de rodillas sin rechistar. Allá vamos.

Czernobog alargó su vieja mano y le dio a Sombra unas palmaditas en el brazo.

—Aún falta un poco para que la cena esté lista —dijo Sombra—. ¿Quiere que juguemos otra partida? ¿Con las mismas condiciones?

Czernobog encendió otro cigarrillo con una cerilla de cocina.

—¿Mismas condiciones? ¿Cómo quieres que te mate dos veces?

—Ahora mismo solo tiene un golpe, eso es todo. Usted mismo me ha dicho que no es solo cuestión de fuerza, sino también de habilidad. De esta manera, si gana esta partida, podrá golpearme dos veces.

Czernobog lo fulminó con la mirada.

—Un golpe, no hace falta más, un solo golpe. En eso consiste. —Se golpeó el antebrazo derecho con la mano, mientras se desprendía la ceniza del cigarrillo que sostenía en la mano izquierda.

—Hace ya mucho tiempo. Si ha perdido usted práctica, igual me libro con un simple moratón. ¿Cuándo fue la última vez que usó usted el mazo en el matadero? ¿Treinta años? ¿Cuarenta?

Czernobog no dijo nada. Su boca cerrada era como una raja gris en mitad de la cara. Tamborileó rítmicamente con los dedos sobre la mesa. A continuación, volvió a colocar las veinticuatro fichas en sus respectivas casillas.

—Tú empiezas —dijo—. Juegas con las claras otra vez. Yo con las oscuras.

Sombra movió ficha y Czernobog movió una de las suyas. Sombra pensó que seguramente su contrincante utilizaría la misma estrategia que en la primera partida, la que acababa de ganar, y que ese era precisamente su punto débil.

Esta vez, Sombra optó por una estrategia más audaz. Aprovechaba cualquier oportunidad, por pequeña que fuera, y movía sin pensar, sin pararse a reflexionar. Y esta vez sonreía mientras jugaba; y cuando Czernobog movía una de sus fichas, sonreía todavía más.

Poco después, Czernobog empezó a mover estrellando las fichas contra el tablero de madera con tal fuerza que las demás temblaban en sus casillas negras.

—Toma —dijo Czernobog, comiéndose bruscamente una de las piezas de Sombra—. Toma. ¿Qué tienes que decir a eso?

Sombra no dijo nada: se limitó a sonreír y a saltar sobre la pieza que acababa de mover Czernobog, y luego sobre otra, y otra más, y una cuarta, barriendo del centro del tablero todas las fichas negras. Cogió una ficha blanca del montón que tenía al lado y coronó.

Después de aquello, todo fue coser y cantar: unos cuantos movimientos más y se acabó la partida.

—¿Al mejor de tres? —le propuso Sombra.

Czernobog se quedó mirándolo fijamente, con aquellos ojos grises como dagas de acero. Y de pronto, se echó a reír y le dio unas palmaditas en el hombro.

—¡Me caes bien! —exclamó—. Los tienes bien puestos.

En ese mismo momento, Zorya Utrennyaya se asomó por la puerta para decirles que la cena ya estaba lista, y que ya era hora de recoger el tablero para poner la mesa.

—No tenemos comedor —dijo—, lo siento. Comemos aquí.

Dejó varias fuentes sobre la mesa. Dio a cada uno una bandejita pintada con unos cubiertos deslustrados para que se la pusieran en el regazo.

Zorya Vechernyaya cogió cinco cuencos de madera y puso en cada uno de ellos una patata hervida y sin pelar, luego les sirvió una generosa ración de un borscht escandalosamente rojo, le añadió una cucharada de crema agria y repartió los cuencos.

—Pensaba que seríamos seis —dijo Sombra.

—Zorya Polunochnaya sigue durmiendo —dijo Zorya Vechernyaya—. Le guardamos la comida en la nevera. Ya comerá cuando despierte.

El borscht tenía demasiado vinagre, sabía a remolacha encurtida. La patata hervida era muy harinosa.

El siguiente plato era un correoso estofado de carne con una guarnición de verduras que Sombra no supo identificar, pues estaban tan pasadas que, por mucho que uno usara la imaginación, parecían cualquier cosa menos verduras.

Luego había hojas de repollo rellenas de carne picada y arroz, unas hojas tan duras que casi resultaba imposible cortarlas sin que la carne y el arroz acabaran desperdigados por la moqueta. Sombra prefirió extenderlo por el plato.

—Hemos jugado a las damas —dijo Czernobog, sirviéndose un poco más de estofado—. El joven y yo. Él ha ganado una partida, yo he ganado otra. Como él ha ganado una, yo he aceptado acompañarles para ayudarlos con su absurdo plan. Y como yo he ganado otra, cuando todo esto acabe, puedo matar al joven de un mazazo.

Las dos Zorya asintieron con solemnidad.

—Una lástima —le dijo Zorya Vechernyaya—. Si te hubiera leído la buenaventura te habría dicho que tendrías una vida larga y feliz, y que tendrías muchos hijos.

—Por eso eres una buena adivina —dijo Zorya Utrennyaya. Parecía medio dormida, como si le costara mucho mantenerse despierta hasta tan tarde—. Mientes mejor que nadie.

Fue una larga comida y, al terminar, Sombra seguía teniendo hambre. La comida de la cárcel era mala, pero era mejor que aquella.

—Buena comida —dijo Wednesday, que había rebañado su plato con evidente satisfacción—. Muchas gracias, señoras. Y ahora, temo que debo pedirles que nos recomienden un buen hotel por esta zona.

Zorya Vechernyaya puso cara de sentirse ofendida al oír aquello.

—¿Por qué habríais de ir a un hotel? —preguntó—. ¿Acaso no somos vuestros amigos?

—No querría causaros más molestias… —dijo Wednesday.

—No es ninguna molestia —dijo Zorya Utrennyaya, jugueteando con su insólito cabello dorado, y bostezó.

—Tú puedes dormir en la habitación de Bielebog —dijo Zorya Vechernyaya señalando a Wednesday—. Está vacía. Y a ti, jovencito, te prepararé la cama en el sofá. Estarás más cómodo que en un lecho de plumas. Te lo juro.

—Es muy amable por tu parte —dijo Wednesday—. Aceptamos.

—Y me pagáis lo mismo que pagaríais por una habitación de hotel —exclamó Zorya Vechernyaya, ladeando la cabeza en un gesto de triunfo—. Cien dólares.

—Treinta —replicó Wednesday.

—Cincuenta.

—Treinta y cinco.

—Cuarenta y cinco.

—Cuarenta.

—Está bien. Cuarenta y cinco dólares.

Zorya Vechernyaya estiró el brazo y estrechó la mano de Wednesday. A continuación, se puso a recoger la mesa. Zorya Utrennyaya bostezó de tal manera que Sombra temió que se le fuera a dislocar la mandíbula. Anunció que se iba a acostar o se quedaría dormida encima de la tarta, y les dio las buenas noches a todos.

Sombra ayudó a Zorya Vechernyaya a llevar los platos y las bandejas a la minúscula cocina. Para su sorpresa, había un lavavajillas viejo bajo el fregadero, así que fue metiendo los platos dentro. Zorya Vechernyaya lo miró por encima del hombro, chasqueó la lengua en señal de desaprobación y sacó los cuencos de madera en los que habían tomado el borscht.

—Esos, en el fregadero —le dijo.

—Lo siento.

—No pasa nada. Ahora vuelve a la salita, tenemos tarta.

La tarta —que era de manzana— la habían comprado en una tienda y después la habían calentado en el horno, y estaba francamente buena. La comieron con un poco de helado y, a continuación, Zorya Vechernyaya los hizo salir de la habitación y se puso a prepararle a Sombra una estupenda cama en el sofá.

Wednesday habló con Sombra mientras esperaban en el pasillo.

—Eso que has hecho antes, lo de la partida de damas.

—¿Sí?

—Ha estado muy bien. Ha sido muy, muy estúpido por tu parte, pero ha estado bien. Que duermas a gusto.

Sombra se cepilló los dientes y se lavó la cara con la gélida agua del minúsculo cuarto de baño; luego volvió a la sala de estar, apagó la luz y se quedó dormido antes de que su cabeza tocara la almohada.

Sombra tuvo un sueño lleno de explosiones: iba conduciendo un camión por un campo de minas, y las bombas explotaban a ambos lados del vehículo. El parabrisas se hizo añicos y notó un cálido hilo de sangre corriéndole por la cara.

Alguien le estaba disparando.

Una bala le perforó el pulmón, otra le destrozó la columna, otra le dio en el hombro. Sintió cada una de las balas. Cayó sobre el volante.

La última explosión acabó en oscuridad.

«Debo de estar soñando —pensó Sombra, solo en la oscuridad—. Creo que acabo de morirme.» Recordó que de niño había oído, y había llegado a creer, que si te morías en sueños te morías también en la vida real. Pero no se sentía muerto. Abrió los ojos a ver qué pasaba.

Había una mujer en la pequeña sala de estar, de pie junto a la ventana, dándole la espalda. Su corazón dejó de latir por un segundo y preguntó:

—¿Laura?

La mujer se volvió, bañada por la luz de la luna.

—Perdona. No quería despertarte —le dijo, con un leve acento de la Europa del Este—. Me voy.

—No, no pasa nada. No me has despertado. He tenido un sueño.

—Sí. Llorabas y gemías. Parte de mí quería despertarte, pero luego he pensado: «no, mejor lo dejo».

A la luz de la luna, su cabello era claro e incoloro. Llevaba un fino camisón blanco de algodón, con un cuello alto de encaje y un dobladillo que arrastraba por el suelo. Sombra se sentó, completamente espabilado.

—Eres Zorya Polu… —vaciló—. La hermana que estaba durmiendo.

—Soy Zorya Polunochnaya, sí. Y tú te llamas Sombra, ¿no? Es lo que me dijo Zorya Vechernyaya cuando me desperté.

—Sí. ¿Qué mirabas, ahí afuera?

La mujer lo miró y le hizo un gesto para que se acercara a mirar por la ventana. Se volvió de espaldas mientras él se ponía los vaqueros. Sombra fue hacia la ventana. Le pareció un camino largo para una habitación tan pequeña.

No podía calcular la edad de la mujer. Tenía la piel tersa, los ojos oscuros y de largas pestañas, y su cabello era blanco y le llegaba hasta la cintura. La luz de la luna convertía los colores en meros fantasmas de sí mismos. Era más alta que sus hermanas.

Señaló el cielo de la noche.

—Miraba eso —dijo, señalando la Osa Mayor—. ¿La ves?

—Ursa Major —dijo Sombra—. La Osa Mayor.

—Es una forma de verlo. Pero no la forma en que se mira en el lugar de donde yo vengo. Voy al tejado a sentarme un rato. ¿Quieres venir?

—Supongo que sí —respondió Sombra.

—Está bien.

Abrió la ventana y, descalza, salió a la escalera de incendios. Una gélida ráfaga de viento entró en la habitación. Sombra tenía una sensación extraña, pero no sabía lo que era; vaciló un momento y, a continuación, se puso el jersey, los calcetines y los zapatos y la siguió por la herrumbrosa escalera de incendios. Ella lo estaba esperando. El aliento de Sombra se convertía en vapor al contacto con aquel aire glacial. Observó los pies descalzos de la mujer subiendo por los helados escalones metálicos, y la siguió hasta el tejado.

Soplaba un viento muy frío que hacía que el camisón se pegara al cuerpo de la mujer, y Sombra se percató con cierta incomodidad de que Zorya Polunochnaya no llevaba nada debajo.

—¿No tienes frío? —le preguntó al llegar al final de la escalera de incendios, y una ráfaga de aire se llevó sus palabras.

—¿Perdón?

Se inclinó para escuchar mejor. Tenía un aliento dulce.

—Te preguntaba si no tienes frío.

Como respuesta, levantó un dedo para que esperase. Pasó con agilidad por encima del muro lateral para salir a la azotea. Sombra pasó también por encima del muro, con cierta torpeza, y la siguió por la azotea hasta la sombra del depósito de agua. Allí les esperaba un banco de madera, donde ella tomó asiento y Sombra se sentó a su lado.

El depósito de agua los resguardaba del viento, algo que Sombra agradeció enormemente.

—No —dijo ella—. No tengo frío. Esta hora es mi hora: me siento tan cómoda en la noche como un pez en aguas profundas.

—Debe de gustarte la noche —dijo Sombra, que acto seguido deseó haber dicho algo más inteligente, más profundo.

—Mis hermanas tienen su propia hora. Zorya Utrennyaya es del amanecer. En nuestra antigua patria, se levantaba para abrir las puertas y dejar que nuestro padre condujera su… hum, he olvidado la palabra, ¿como un coche, pero con caballos?

—¿Carro?

—Su carro. Nuestro padre salía con él todos los días. Y Zorya Vechernyaya le abría las puertas al anochecer, cuando volvía con nosotras.

—¿Y tú?

La mujer hizo una pausa. Tenía los labios carnosos, pero muy pálidos.

—Yo nunca veía a nuestro padre. Estaba durmiendo.

—¿Padeces alguna enfermedad?

No respondió. Si se encogió de hombros, el movimiento fue imperceptible.

—Bueno, querías saber qué miraba.

—La Osa Mayor.

La mujer alzó un brazo para señalarla, y el viento empujó el camisón contra su cuerpo. Sus pezones, y la carne de gallina alrededor de la areola, se transparentaron por un instante, oscuros bajo el blanco algodón. Sombra se estremeció.

—El Carro de Odín, lo llaman. Y la Osa Mayor. En el lugar de donde venimos creemos que es una, una cosa, una, no un dios, pero como un dios, algo malo, encadenado por esas estrellas. Si escapa, lo devorará todo. Y hay tres hermanas que deben vigilar el cielo, durante todo el día y toda la noche. Si escapa eso que las estrellas tienen encadenado, el mundo se acabará. ¡Puf! Así de fácil.

—¿Y la gente cree eso de verdad?

—Antes. Hace mucho tiempo.

—¿Y miras a ver si puedes ver el monstruo que hay en las estrellas?

—Algo así. Sí.

Sombra sonrió. De no ser por el frío, habría creído que estaba soñando. Todo parecía exactamente como un sueño.

—¿Puedo preguntar cuántos años tienes? Tus hermanas parecen mucho mayores.

Ella asintió con la cabeza.

—Soy la más joven. Zorya Utrennyaya nació por la mañana, Zorya Vechernyaya nació por la tarde y yo nací a medianoche. Soy la hermana de medianoche: Zorya Polunochnaya. ¿Estás casado?

—Mi mujer está muerta. Murió la semana pasada en un accidente de coche. Ayer se celebró su funeral.

—Lo siento.

—Vino a verme ayer por la noche. —No le resultó difícil decirlo en la oscuridad y a la luz de la luna; no parecía tan inconcebible como a la luz del día.

—¿Le preguntaste qué quería?

—No. No lo hice.

—Tal vez deberías hacerlo. Es lo más inteligente que se les puede preguntar a los muertos. A veces te lo dicen. Zorya Vechernyaya me ha contado que has jugado a las damas con Czernobog.

—Sí. Se ha ganado el derecho a golpearme el cráneo con un mazo.

—En los viejos tiempos, subían a la gente a las cimas de las montañas. A los lugares altos. Y eran golpeados en la nuca con una roca. Por Czernobog.
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