Traducción de Mónica Faerna






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—Encantado de conocerla.

Con un gesto pajaril, la mujer alzó la cabeza y lo miró con atención.

—Sombra —murmuró—. Buen nombre. Cuando las sombras sean largas, habrá llegado mi hora. Y tú eres la sombra larga. —Lo miró de arriba a abajo y sonrió—. Puedes besar mi mano.

Sombra se inclinó y besó su delgada mano. Llevaba una enorme sortija de ámbar en el dedo corazón.

—Buen chico. Voy a hacer la compra. Soy la única que trae algo de dinero a casa. Las otras dos no ganan nada diciendo la buenaventura. Eso les pasa porque siempre dicen la verdad, y no es la verdad lo que la gente quiere oír. Es mala, y preocupa a la gente, así que no vuelven. Pero yo sé mentir, les digo lo que quieren oír. Solo les digo cosas buenas. Por eso soy la que trae el pan a casa. ¿Os quedaréis a cenar?

—Eso espero —contestó Wednesday.

—Entonces es mejor que me des dinero para que compre más comida. Soy orgullosa, pero no idiota. Las otras son más orgullosas que yo, y él es el más orgulloso de todos. Así que dame dinero y no le digáis que me lo habéis dado.

Wednesday abrió su cartera y metió la mano. Sacó un billete de veinte. Zorya Vechernyaya se lo arrancó de los dedos y se quedó esperando. Wednesday sacó otro billete de veinte y se lo dio.

—Está bien. Os vamos a preparar una cena digna de un príncipe. Una cena como la que le prepararíamos a nuestro propio padre. Ya podéis subir, es el último piso. Zorya Utrennyaya está despierta, pero nuestra otra hermana sigue durmiendo, así que no hagáis demasiado ruido.

Sombra y Wednesday subieron por la sombría escalera. El rellano que había dos pisos más arriba estaba prácticamente lleno de bolsas de basura negras y olía a verdura podrida.

—¿Son gitanos? —preguntó Sombra.

—¿Zorya y su familia? Qué va. No son gitanos. Son rusos. Eslavos, creo.

—Pero ella dice la buenaventura.

—Mucha gente lo hace. Incluso yo he hecho mis pinitos. —Wednesday jadeaba cuando llegaron al último tramo de escaleras—. Estoy en baja forma.

En el rellano donde la escalera acababa no había más que una puerta pintada de rojo con una mirilla. Wednesday llamó. No hubo respuesta. Volvió a llamar, esta vez más fuerte.

—¡Ya va! ¡Ya va! ¡No estoy sordo!

Oyeron que alguien abría el cerrojo y ponía la cadena. La puerta se abrió una rendija.

—¿Quién es? —Era la voz de un hombre, vieja y enronquecida por el tabaco.

—Un viejo amigo, Czernobog. Vengo con un colega.

La puerta se abrió todo lo que permitía la cadena. Sombra distinguió en la penumbra un rostro grisáceo que los miraba con atención.

—¿Qué quieres, Grimnir?

—En principio, tan solo disfrutar del placer de tu compañía. Y tengo cierta información que me gustaría compartir contigo. ¿Cómo es esa expresión?… Ah, sí: quizás aprendas algo que te resulte útil.

La puerta se abrió de par en par. El hombre llevaba puesto un deslucido albornoz, era más bien bajo, tenía el cabello de color gris acero y unas facciones marcadas. Llevaba pantalones grises de raya diplomática, que tenían brillos de lo viejos que eran, y zapatillas de andar por casa. Entre sus dedos de punta cuadrada había un cigarrillo sin filtro, y fumaba protegiendo la brasa con la mano, como un preso, pensó Sombra, o un soldado. Le tendió su mano izquierda a Wednesday.

—Entonces bienvenido, Grimnir.

—Ahora me llaman Wednesday —le explicó mientras le estrechaba la mano.

Los labios del anciano esbozaron una delgada sonrisa; un destello de dientes amarillos.

—Sí. Qué gracioso. ¿Y este?

—Es mi socio. Sombra, te presento al señor Czernobog.

—Encantado —dijo Czernobog, estrechando la mano izquierda de Sombra. Tenía las manos ásperas y llenas de callos, y las yemas de los dedos tan amarillas como si las hubiera metido en yodo.

—¿Cómo está usted, señor Czernobog?

—Viejo. Me duelen las tripas, me duele la espalda y me rompo el pecho tosiendo por las mañanas.

—¿Qué hacéis ahí en la puerta? —preguntó la voz de una mujer. Sombra miró por encima del hombro de Czernobog a la anciana que estaba detrás de él. Era más pequeña y menuda que su hermana, pero tenía el cabello largo y dorado—. Soy Zorya Utrennyaya. No os quedéis en la puerta. Entrad, pasad a la sala de estar, al fondo; os llevaré el café. Venga, venga, al fondo.

Entraron en el piso, que olía a col hervida, a caja de gato y a cigarrillos sin filtro de importación. Cruzaron el minúsculo recibidor y pasaron por delante de varias puertas cerradas hasta llegar a la sala de estar que había al fondo del pasillo, donde les invitaron a sentarse en un inmenso y viejo sofá de crin, molestando con su presencia a un viejo gato gris que se desperezó, se puso en pie y se fue andando, muy tieso, hasta el otro extremo del sofá, donde se tumbó y los observó uno por uno con cautela, cerró un ojo y volvió a dormirse. Czernobog se sentó en una butaca enfrente de ellos.

Zorya Utrennyaya cogió un cenicero vacío y lo dejó junto al anciano.

—¿Cómo queréis el café? —preguntó a sus invitados—. Aquí lo tomamos negro como la noche, y dulce como el pecado.

—Así estará bien, señora —respondió Sombra. Miró por la ventana, hacia los edificios del otro lado de la calle.

Zorya Utrennyaya se fue. Czernobog se quedó mirándola.

—Es una buena mujer —dijo—, no como sus hermanas. Una de ellas es una arpía; la otra no hace más que dormir.

Colocó el pie sobre una mesa de café baja y larga, con un tablero de ajedrez en el centro y con la superficie llena de quemaduras de cigarrillo y cercos de tazas.

—¿Es su esposa? —preguntó Sombra.

—No es la esposa de nadie. —El viejo se quedó en silencio un momento mientras se miraba las rugosas manos—. No. Somos todos familia. Vinimos aquí juntos, hace mucho tiempo.

Czernobog extrajo un paquete de cigarrillos sin filtro de un bolsillo de su albornoz. Sombra no reconoció la marca. Wednesday sacó un fino mechero de oro y le encendió el cigarrillo.

—Primero estuvimos en Nueva York —explicó Czernobog—. Todos nuestros compatriotas van a Nueva York. Luego vinimos aquí, a Chicago. Las cosas se pusieron muy mal. En mi antigua patria, prácticamente se habían olvidado de mí. Aquí solo soy un mal recuerdo del que nadie quiere acordarse. ¿Sabes lo que hice cuando llegué a Chicago?

—No —respondió Sombra.

—Encontré trabajo en el negocio de la carne, en el matadero. Res subía por la rampa y yo era un golpeador. ¿Sabes por qué nos llaman golpeadores? Porque cogemos el mazo y matamos res de un golpe. ¡Bam! Hay que tener mucha fuerza en brazos, ¿sabes? Luego otro operario encadena res, la levanta y entonces rajan la garganta. Desangran antes de cortarle la cabeza. Pero nosotros éramos los más fuertes, los golpeadores. —Se alzó la manga y flexionó el brazo para mostrar los músculos que aún podían verse bajo su avejentada piel—. Pero no es solo cosa de fuerza. También tenía su técnica. El golpe. Si no lo hacías bien res se quedaba simplemente aturdida o cabreada. Luego, en los años cincuenta, nos cambiaron el mazo por pistola neumática. La ponías en la cabeza, ¡bam! ¡bam! Y tú piensas: cualquiera puede matar. Ni mucho menos.

El viejo hizo como si estuviera disparando un perno de metal a la cabeza de una vaca.

—Hay que tener pericia —remató, y sonrió al recordarlo, mostrando un diente del color del hierro.

—No les aburras con tus batallitas del matadero.

Zorya Utrennyaya traía el café en una bandeja de madera roja. Era un líquido tan oscuro que parecía casi negro, y venía servido en unas tacitas de brillante esmalte. Repartió las tazas y se sentó junto a Czernobog.

—Zorya Vechernyaya ha salido a hacer compra —les explicó—. No tardará en volver.

—Nos hemos cruzado con ella abajo —dijo Sombra—. Dice que lee la buenaventura.

—Sí —le confirmó su hermana—. Al anochecer, entre dos luces, ese es el momento para las mentiras. Yo no soy buena mentirosa, por eso soy una adivina pobre. Y nuestra hermana, Zorya Polunochnaya, no puede decir mentiras.

El café estaba todavía más dulce y más cargado de lo que Sombra esperaba.

Sombra se disculpó y pidió permiso para usar el baño —una habitación poco más grande que un armario, abarrotada, de cuyas paredes colgaban varias fotografías enmarcadas y con manchas marrones—. Eran las primeras horas de la tarde, pero ya empezaba a anochecer. Oyó voces que provenían del pasillo. Se lavó las manos con agua helada y un trozo de jabón rosa con un aroma nauseabundo.

Czernobog estaba en el pasillo cuando salió Sombra.

—¡Tú traes problemas! —gritaba—. ¡Nada más que problemas! ¡No voy escucharte! ¡Lárgate de mi casa!

Wednesday seguía sentado en el sofá, sorbiendo su café, acariciando al gato gris. Zorya Utrennyaya estaba de pie sobre la delgada alfombra, retorciendo su larga melena dorada entre los dedos de una mano.

—¿Algún problema? —preguntó Sombra.

—¡Él es el problema! —gritó Czernobog—. ¡Él! ¡Dile que por nada del mundo voy a ayudarle! ¡Quiero que se vaya! ¡Quiero que salga de aquí! ¡Los dos, fuera!

—Por favor —dijo Zorya Utrennyaya—. Baja la voz, por favor; vas a despertar a Zorya Polunochnaya.

—¡Eres igual como él, quieres que me sume a su locura! —gritó Czernobog. Parecía como si estuviera al borde de las lágrimas. La ceniza de su cigarrillo cayó sobre la raída moqueta del pasillo.

Wednesday se levantó y fue hacia Czernobog. Le puso la mano en el hombro.

—Mira —dijo, en tono conciliador—. En primer lugar, no es una locura: es la única manera. En segundo lugar, va a estar allí todo el mundo. Supongo que no querrás perdértelo, ¿no?

—Sabes quién soy. Sabes lo que han hecho estas manos. Es mi hermano a quien tú quieres, no a mí. Y él ya no está.

Una de las puertas del pasillo se abrió, y una somnolienta voz femenina preguntó:

—¿Qué pasa?

—Nada, hermana —respondió Zorya Utrennyaya—. Vuelve a dormir. —Y volviéndose hacia Czernobog, le reprendió—. ¿Lo ves? ¿Ves qué has conseguido con tanto grito? Vuelve ahí dentro y siéntate. ¡Que te sientes!

Czernobog hizo ademán de protestar; pero no tenía ánimo para seguir discutiendo. De repente, parecía frágil: frágil y solo. Los tres hombres volvieron a la vetusta sala de estar. Había un cerco marrón de nicotina en las paredes que acababa a unos treinta centímetros del techo, como la marca que deja el agua en una bañera vieja.

—No tiene que ser para ti —le dijo Wednesday a Czernobog, como si no hubiera pasado nada—. Si es para tu hermano, también es para ti. Es una ventaja que vosotros, los dualistas, tenéis sobre el resto de nosotros, ¿eh?

Czernobog no dijo nada.

—Y hablando de Bielebog, ¿has tenido noticias de él últimamente?

Czernobog negó con la cabeza. Respondió con la mirada fija en la raída moqueta.

—Ninguno de nosotros sabe nada de él. A mí casi me han olvidado ya, aunque todavía se acuerdan un poco, aquí y en nuestra antigua patria. —Alzó la vista y miró a Sombra—. ¿Tienes algún hermano?

—No —respondió Sombra—. No, que yo sepa.

—Yo tengo uno. Gente dice que, si nos ponen juntos, parecemos misma persona. Cuando estábamos jóvenes, su cabello estaba muy rubio, muy claro, y gente decía que él era el bueno. Y mi cabello estaba muy oscuro, más que el tuyo todavía, y gente decía que yo era el canalla. Yo soy el malo. Y ahora pasa el tiempo y mi cabello está gris. El suyo también, creo, está gris. Y si nos miras ahora no sabrías quién tenía cabello claro y quién oscuro.

—¿Estabais muy unidos?

—¿Unidos? —repitió Czernobog—. No, no estábamos unidos. ¿Cómo íbamos a estarlo? Nos interesaban cosas muy distintas.

Se oyó un ruido al final del pasillo y entró Zorya Vechernyaya.

—Cenamos en una hora —dijo, y luego se fue.

Czernobog suspiró.

—Cree que es buena cocinera. Cuando era pequeña, teníamos criados que cocinaban. Ahora no hay criados. No hay nada.

—Nada no —lo interrumpió Wednesday—. Nunca nada.

—Tú calla. No pienso escucharte —replicó Czernobog. Volviéndose hacia Sombra, le preguntó—: ¿Juegas a las damas?

—Sí.

—Bien. Entonces jugarás conmigo —dijo. Cogió de la repisa de la chimenea la caja de madera donde guardaba las fichas y la volcó sobre la mesa—. Yo jugaré con las negras.

Wednesday le dio un toque en el brazo a Sombra.

—No tienes por qué hacerlo.

—No importa. Me apetece —respondió Sombra.

Wednesday se encogió de hombros y cogió un ejemplar antiguo del Reader’s Digest de un montón de revistas amarillentas que había apiladas en el alféizar de la ventana. Los dedos marrones de Czernobog terminaron de colocar las fichas en sus correspondientes casillas, y comenzó la partida.

En los días posteriores, Sombra se encontraría a menudo recordando aquella partida. Algunas noches soñaba con ella. Sus fichas redondas y planas eran del color de la madera vieja y sucia, supuestamente blancas. Las de Czernobog eran de un negro desvaído y sin brillo. Sombra abrió el juego. En sus sueños, no entablaban conversación alguna mientras jugaban, tan solo se oía el clic de las fichas al ponerlas sobre el tablero, o el susurro de la madera al deslizarse a la casilla contigua sobre la madera del tablero.

En los primeros seis movimientos, se limitaron a movilizar las piezas delanteras para ocupar el centro del tablero, dejando intactas las filas de atrás. Hacían pausas entre movimientos, pausas largas como las del ajedrez, mientras cada uno observaba y meditaba las jugadas.

Sombra había jugado a las damas en la cárcel: le ayudaba a matar el tiempo. También jugaba al ajedrez, pero no iba con su carácter: no le gustaba tener que planear de antemano la táctica. Prefería escoger el movimiento perfecto en cada momento. Con esa estrategia se podía ganar a las damas, a veces.

Se oyó un clic cuando Czernobog cogió una ficha negra y la hizo saltar por encima de una de las blancas de Sombra, para colocarla en la casilla siguiente. El viejo cogió la ficha blanca y la dejó sobre la mesa, junto al tablero.

—Uno a cero. Has perdido —le espetó Czernobog—. Se acabó la partida.

—No —respondió Sombra—. Aún queda mucha partida por delante.

—Entonces, ¿quieres que nos apostemos algo? ¿Una apuesta simbólica, para hacerlo más interesante?

—No —respondió Wednesday sin levantar la vista de la columna que estaba leyendo, «Humor en uniforme»—. Nada de apuestas.

—No estoy jugando contigo, vejestorio. Juego con él. ¿Quiere usted apostar, señor Sombra?

—¿Qué era eso que estaban discutiendo antes? —preguntó Sombra.

Czernobog alzó una ceja.

—Tu jefe quiere que vaya con él. Para ayudarlo con una de sus estupideces. Antes prefiero morirme.

—¿Quiere usted apostar? De acuerdo. Si gano, se viene con nosotros.

El viejo frunció los labios.

—Quizá —dijo—. Pero solo si cumples tu parte cuando pierdas.

—¿Y de qué se trata?

Czernobog no cambió la expresión.

—Si gano yo, te reviento la cabeza con el mazo. Primero te pones de rodillas, luego te golpeo para que no puedas volver a levantarte.

Sombra miró la cara del viejo tratando de descifrar su expresión. No hablaba en broma, de eso estaba seguro: en su rostro había hambre de algo, de dolor, o de muerte, o quizá de represalia.

Wednesday cerró el Reader’s Digest.

—Esto ya es ridículo —dijo—. Fue un error venir aquí. Sombra, nos vamos.

El gato gris se despertó, se levantó y de un salto se plantó en la mesa, junto al tablero de las damas. Se quedó mirando las fichas, luego dio un salto al suelo y, con la cola bien alta, se marchó indignado.

—No —respondió Sombra. No tenía miedo de morir. Al fin y al cabo, tampoco tenía nada por lo que vivir—. Está bien. Acepto. Si gana la partida tendrá una sola oportunidad para reventarme la cabeza con su mazo.
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