Traducción de Mónica Faerna






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Wednesday sonrió.

—Esa sí que es una buena noticia. Nos iremos por la mañana. Ahora duerme un poco. Tengo whisky en la habitación, por si necesitas ayuda para dormir. ¿Quieres?

—No, no hace falta.

—Entonces no vuelvas a molestarme. Tengo una noche muy larga por delante.

—¿No piensa dormir? —preguntó Sombra, sonriendo.

—Yo nunca duermo. El sueño está muy sobrevalorado. Una mala costumbre que intento evitar por todos los medios… y en compañía, si es posible. Mi joven amiga podría perder el interés si tardo mucho en volver.

—Buenas noches —dijo Sombra.

—Exactamente —dijo Wednesday, y cerró la puerta al salir.

Sombra se sentó en la cama. Los aromas del tabaco y del líquido de embalsamar aún flotaban en el aire. Deseaba poder llorar a Laura: le parecía algo más apropiado que preocuparse por ella o, tenía que admitirlo ahora que no estaba presente, asustarse de ella. Estaba de luto. Apagó las luces, se tumbó en la cama y pensó en Laura tal y como era antes de que ingresara en prisión. Recordó su relación cuando eran jóvenes y felices y estúpidos y no podían quitarse las manos de encima.

Hacía mucho tiempo que no lloraba, tanto que pensaba que había olvidado cómo hacerlo. Ni siquiera lloró cuando murió su madre. Pero en ese momento se echó a llorar, violenta y dolorosamente. Echaba de menos a Laura y el tiempo que habían pasado juntos y que ya no volvería jamás.

Por primera vez desde que era niño, Sombra se durmió llorando.


Desembarco en América
813 d.C.
Navegaron sobre el verde mar guiándose por las estrellas y la línea de costa, y cuando la costa no era ya más que un recuerdo y el cielo se nubló y quedó a oscuras navegaron guiados por la fe, encomendándose al Padre de Todos para que les permitiera volver a tierra sanos y salvos una vez más.

Fue un viaje muy duro, tenían los dedos entumecidos y un frío en los huesos que ni tan siquiera el vino podía aliviar. Se levantaban por la mañana con las barbas cubiertas de escarcha y, hasta que el sol los calentaba, parecían ancianos cuya barba hubiera encanecido prematuramente.

Se les caían los dientes y tenían los ojos hundidos en las cuencas cuando recalaron en las verdes tierras del oeste. Los hombres decían: «Estamos lejos, muy lejos de nuestras casas y hogares, lejos de los mares que conocemos y de las tierras que amamos. Aquí, en el confín del mundo, nuestros dioses se olvidarán de nosotros».

Su jefe se subió a lo alto de una gran roca, y se burló de ellos por su falta de fe.

—El Padre de Todos creó el mundo —gritó—. Lo construyó con sus manos a partir de los maltrechos huesos y la carne de Ymir, su abuelo. Colocó los sesos de Ymir en el cielo para que fueran las nubes, y su salobre sangre dio lugar a los mares que hemos cruzado. Si fue él quien creó el mundo, ¿quién sino él iba a haber creado esta tierra? Y si hemos de morir como hombres aquí, ¿no nos abrirá igualmente las puertas de su morada celeste?

Y los hombres lo aclamaron y rieron. Con gran empeño, empezaron a construir un refugio con árboles caídos y barro, rodeado por una pequeña empalizada de troncos afilados, aunque, por lo que sabían, eran los únicos hombres en la nueva tierra.

El día en que finalizaron la construcción se desató una tormenta: a mediodía, el cielo se oscureció como si fuera de noche, y grandes horcas de llamas blancas desgarraron el cielo, y los truenos retumbaron de tal manera que el ruido era ensordecedor, y el gato que habían traído a bordo como amuleto se escondió tras la nave varada en la playa. La tormenta era tan poderosa y tan fiera que los hombres rieron y se dieron palmadas en la espalda y dijeron: «El Tronador está aquí con nosotros, en esta lejana tierra», y dieron gracias y se alborozaron y bebieron hasta que no pudieron mantenerse en pie.

En la oscuridad cargada de humo de su refugio, aquella misma noche, el bardo les cantó las viejas baladas. Cantó sobre Odín, el Padre de Todos, que se sacrificó con la misma valentía y nobleza con la que otros se sacrificaron por él. Cantó sobre los nueve días que el Padre de Todos estuvo colgado del árbol de la vida, con el costado atravesado por una lanza y sangrando por la herida (llegado este punto, la canción se convertía en un grito desgarrado), y les cantó sobre todas las cosas que el Padre de Todos había aprendido en su agonía: nueve nombres, y nueve runas, y dos veces nueve amuletos. Cuando les habló de la lanza que perforaba el costado de Odín, el bardo gritó de dolor, del mismo modo que había gritado el Padre de Todos en su agonía, y los hombres se estremecieron al imaginar su dolor.

Encontraron al skraeling al día siguiente, que precisamente era el día del Padre de Todos. Era un hombre pequeño, con el cabello largo y negro como el ala de un cuervo y la piel roja como la arcilla. Hablaba en una lengua que ninguno de ellos conocía, ni siquiera el bardo, que había navegado a bordo de una nave que había cruzado las columnas de Hércules y sabía hablar la lengua que utilizaban los mercaderes en todo el Mediterráneo. El extraño iba vestido con pieles y plumas, y llevaba pequeños huesos trenzados en su larga melena.

Lo llevaron hasta su campamento, y le ofrecieron carne asada para comer y una bebida fuerte para saciar su sed. Se rieron a carcajadas cuando el hombre empezó a tambalearse y a cantar, moviendo la cabeza como si no fuera capaz de sujetarla, y eso con menos de un cuerno de hidromiel. Le ofrecieron más bebida, y al poco tiempo ya estaba tirado bajo la mesa con la cabeza escondida bajo el brazo.

Entonces lo cogieron, un hombre por cada hombro, un hombre por cada pierna, lo llevaron a la altura de los hombros, haciéndole entre los cuatro hombres un caballo de ocho patas, en procesión hasta un fresno de la colina desde el que se divisaba la bahía, y allí le pusieron una soga alrededor del cuello y lo colgaron al viento, a modo de tributo al Padre de Todos y Señor de la Horca. El viento mecía el cadáver del skraeling, con el rostro amoratado, la lengua fuera, los ojos desorbitados y el pene lo bastante duro como para colgar un casco de cuero, mientras los hombres vitoreaban y gritaban y reían, orgullosos de su sacrificio a los cielos.

Y al día siguiente, cuando dos grandes cuervos se posaron sobre el cadáver del skraeling, uno en cada hombro, y comenzaron a picotearle las mejillas y los ojos, los hombres supieron que su sacrificio había sido aceptado.

Fue un invierno largo, y tenían hambre, pero les animaba pensar que, cuando llegara la primavera, enviarían la nave de vuelta a las tierras del norte, y traería nuevos colonos, y mujeres. A medida que el tiempo se fue haciendo más frío y los días más cortos, algunos de los hombres se pusieron a buscar la aldea del skraeling con la esperanza de encontrar allí comida y mujeres. No encontraron nada, salvo los lugares donde habían ardido hogueras, pequeños campamentos abandonados.

Un día, en mitad del invierno, cuando el sol estaba tan lejano y tan frío como una moneda de plata sin brillo, vieron que alguien se había llevado los restos del cadáver del skraeling. Esa misma tarde comenzó a nevar, copos inmensos que caían lentamente.

Los hombres de las tierras del norte cerraron las puertas de su campamento y se resguardaron tras su empalizada de madera.

Una partida de guerreros skraeling cayó sobre ellos aquella noche: quinientos hombres contra treinta. Escalaron la empalizada y, en los siete días que siguieron, fueron matando uno a uno a los treinta hombres, de treinta maneras distintas. Y los marineros fueron olvidados, por la historia y por su pueblo.

Derribaron la empalizada y quemaron la aldea. Volcaron su nave, la arrastraron sobre los guijarros de la playa y la quemaron también, con la esperanza de que aquellos pálidos desconocidos no tuvieran más que un barco, y de que al quemarlo se aseguraban de que ningún otro hombre del norte llegara a sus costas.

Pasaron más de cien años hasta que Leif el Afortunado, hijo de Erik el Rojo, redescubrió aquella tierra, a la que llamó Vineland. Sus dioses ya lo estaban esperando cuando llegó: Tyr, manco; Odín el Gris, dios de la horca, y Thor, dios del trueno.

Estaban allí.

Lo estaban esperando.


Capítulo cuatro
Let the Midnight Special

Shine its light on me

Let the Midnight Special

Shine its ever-lovin’ light on me.
(Que el (tren) especial de medianoche

me ilumine con su luz.

Que el especial de medianoche

me ilumine con su siempre amorosa luz.)
THE MIDNIGHT SPECIAL, CANCIÓN TRADICIONAL

Sombra y Wednesday desayunaron en el Country Kitchen que había enfrente del motel. Eran las ocho de la mañana, y el día había amanecido húmedo y frío.

—¿Sigues pensando que ya estás listo para marcharte de Eagle Point? —preguntó Wednesday en la barra de desayunos—. Porque si es así tengo que hacer unas cuantas llamadas. Hoy es viernes, y el viernes es un día libre. Un día femenino .3 Mañana es sábado. Hay mucho que hacer en sábado.

—Estoy listo —respondió Sombra—. Nada me retiene aquí.

Wednesday llenó su plato con distintos tipos de carne. Sombra cogió un poco de melón, un bagel y un paquete de queso cremoso. Se sentaron a una mesa.

—Menudo sueño has tenido esta noche —dijo Wednesday.

—Sí —dijo Sombra—. Menudo.

Las huellas embarradas de Laura en la moqueta del motel fueron lo primero que vio al levantarse; el rastro empezaba en su habitación, seguía por el vestíbulo y llegaba hasta la calle.

—Y dime, ¿por qué te llaman Sombra?

Sombra se encogió de hombros.

—No es más que un nombre —respondió.

Tras el cristal del establecimiento, lo que antes había estado cubierto por una capa de niebla parecía ahora un dibujo a lápiz realizado en una amplia gama de grises y con alguna pincelada de rojo eléctrico o de blanco puro aquí y allá.

—¿Cómo perdió ese ojo? —preguntó Sombra.

Wednesday engulló varios trozos de beicon de un solo bocado, masticó y se limpió la grasa de los labios con el dorso de la mano.

—No lo he perdido. Sé exactamente dónde está.

—¿Y cuál es el plan?

Wednesday parecía pensativo. Comió varias lonchas de jamón de color rosa intenso, se quitó un trozo de carne de la barba y lo dejó en el plato.

—El plan es el siguiente: el sábado por la noche, que como ya he dicho es mañana, vamos a reunirnos con una serie de personas destacadas en sus respectivos campos; no permitas que su actitud te intimide. Nos reuniremos en uno de los lugares más importantes de todo el país. Después los agasajaremos con una buena comida. En total, calculo que serán unas treinta o cuarenta personas. Puede que más. Necesito su colaboración para el proyecto que tengo entre manos.

—¿Y dónde está el lugar más importante del país?

—Uno de ellos, chaval, he dicho uno de ellos. Las opiniones están divididas, y con razón. He mandado avisar a mis colegas. Haremos una escala técnica en Chicago, donde tengo que recoger un dinero. Para recibirlos de la forma en que preciso hacerlo, necesitaré más efectivo del que llevo encima. Luego seguiremos hasta Madison.

—Entiendo.

—No, no lo entiendes. Pero todo quedará claro cuando llegue el momento.

Wednesday pagó la cuenta, salieron del establecimiento y cruzaron la calle en dirección al aparcamiento del motel. Wednesday le lanzó a Sombra las llaves del coche.

Cogieron la autopista y salieron de la ciudad.

—¿Echarás de menos esto? —preguntó Wednesday. Estaba buscando algo en una carpeta llena de mapas.

—¿La ciudad? No. Demasiados recuerdos de Laura. En realidad nunca tuve una vida aquí. De niño no permanecía demasiado tiempo en un mismo lugar, y llegué aquí con veintitantos años. Así que para mí no es más que la ciudad donde vivía Laura.

—Pues esperemos que se quede aquí —apostilló Wednesday.

—Fue un sueño —replicó Sombra—. ¿Lo ha olvidado?

—Eso es bueno. Una actitud muy saludable. ¿Te la follaste anoche?

Sombra respiró hondo antes de responder.

—Eso no es asunto suyo. Pero no.

—¿Te hubiera gustado?

Sombra no dijo nada. Siguió conduciendo en dirección norte, hacia Chicago. Wednesday se rio entre dientes y se puso a estudiar los mapas, desplegándolos y volviendo a plegarlos, tomando notas en un bloc amarillo con un bolígrafo grande de plata.

Finalmente dio por concluida la tarea. Guardó el bolígrafo y dejó la carpeta en el asiento trasero.

—Lo mejor de los estados a los que nos dirigimos —dijo Wednesday—, Minnesota, Wisconsin y aledaños, es que tienen el tipo de mujeres que me gustaban cuando era más joven. Pálidas y de ojos azules, con un cabello tan rubio que casi parece blanco, labios del color del vino y pechos grandes y turgentes surcados de venas, como un buen queso.

—¿Solo cuando era joven? —inquirió Sombra—. Anoche me dio la impresión de que lo estaba pasando muy bien.

—Sí —replicó Wednesday, sonriendo—. ¿Quieres saber el secreto de mi éxito?

—¿Paga usted bien?

—No es tan sórdido. No, el secreto es el encanto. Ni más ni menos.

—Encanto, ¿eh? Bueno, como se suele decir, se tiene o no se tiene.

—Es algo que se puede aprender —dijo Wednesday.

—Vale. ¿Adónde vamos?

—Tenemos que hablar con un viejo amigo mío. Es una de las personas que asistirán a la reunión. Es un anciano ya. Nos espera para cenar.

Continuaron su viaje en dirección noroeste, hacia Chicago.

—Todo esto de Laura —dijo Sombra, rompiendo el silencio—, ¿es culpa suya? ¿Fue usted quien lo provocó?

—No —respondió Wednesday.

—Le pregunto lo que me preguntó el chaval de la limusina: si así fuera, ¿me lo diría?

—Estoy tan desconcertado como tú.

Sombra sintonizó una emisora de viejos éxitos y escuchó las canciones que estaban de moda antes de que él naciera. Bob Dylan cantaba algo sobre la cercanía de una lluvia torrencial, y Sombra se preguntó si aquel chaparrón habría caído ya, o era algo que estaba aún por venir. La carretera estaba completamente despejada y los cristales de hielo adheridos al asfalto brillaban como diamantes bajo el sol de la mañana.

Fue cantando para sí un buen trecho.

Chicago fue surgiendo paulatinamente, como una migraña. Al principio era todo campo, luego, casi sin darse cuenta, las distantes poblaciones fueron dando paso a las urbanizaciones residenciales, hasta que estas desembocaron en la ciudad.

Aparcaron frente a un edificio no muy alto de arenisca negra. La acera estaba limpia de nieve. Se fueron hacia el portal y Wednesday presionó el botón de arriba del portero automático. No ocurrió nada. Volvió a apretarlo. Entonces comenzó a pulsar al azar otros botones, a ver si contestaba algún vecino, pero no hubo respuesta tampoco.

—Está muerto —dijo una mujer vieja y demacrada que salía del portal—. Llamamos al portero, le preguntamos cuándo va a arreglar, cuando va a arreglar calefacción, pero no se ocupa, en invierno se va a Arizona por los problemas de pecho.

Tenía un acento muy marcado, como de Europa del Este, pensó Sombra.

Wednesday hizo una reverencia.

—Zorya, querida, no encuentro palabras que hagan justicia a tu belleza. Estás radiante. Por ti no pasan los años.

La anciana lo fulminó con la mirada.

—No quiere verte. Yo tampoco. Tú malas noticias.

—Eso es porque no vengo a menos que sea importante.

La mujer lo miró con desdén. Llevaba una bolsa de malla vacía, vestía un viejo abrigo rojo, abotonado hasta la barbilla, y, sobre el cabello gris, un sombrero de terciopelo verde con un aspecto entre maceta y rebanada de pan.

Miró a Sombra con suspicacia.

—¿Quién es el grandullón? —le preguntó a Wednesday—. ¿Otro de tus asesinos?

—Eres muy injusta conmigo, querida. Este caballero se llama Sombra. Trabaja para mí, sí, pero también defiende tus intereses. Sombra, permite que te presente a la adorable señorita Zorya Vechernyaya.
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