Un ensayo sobre la teoría de Freud y su aportación al estudio sobre la Paz y los conflictos






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D

E GUERRA Y MUERTE.


TEMAS DE ACTUALIDAD. .

Un ensayo sobre la teoría de Freud y su aportación al estudio sobre la Paz y los conflictos.

Javier Herraiz Soriano.

Doctorando en el programa Paz y Seguridad Internacional.

Profesor José Luís García Caneiro.

IU. General Gutiérrez Mellado. uned.

INTRODUCCION

Hubert Touzard en su libro La mediación y la solución de conflictos (Touzard, 1965) argumenta el conflicto, tanto interpersonal grupal u organizacional, como una situación en la que los protagonistas manifiestan unos comportamientos agresivos, violentos o no. La agresión es una conducta cuya finalidad es la de matar, herir, dañar o perturbar a alguien, o bien de destruir sus bienes o apoderarse de ellos.

Cualquier experto en el tema, en la actualidad, no dudaría en contradecir tales afirmaciones, ya que el conflicto no tiene porque tener unas connotaciones tan negativas, pues este está en la base del comportamiento humano, ya que en cierto modo, nuestra existencia no es otra cosa que una continua resolución de conflictos.

En opinión de ciertas escuelas, tal y como es la que vamos a estudiar, las conductas agresivas que definen el conflicto interindividual se explican por la existencia en el individuo de tendencias o pulsiones, que se generan a raíz de nuestro comportamiento psíquico más básico, o instinto, a través de la dinámica de nuestro consciente y nuestro inconsciente, generándose y liberándose tensiones mediante estos comportamientos dinámicos.

Para entender bien la teoría psicoanalítica y su interpretación la postura que esta toma ante el enfrentamiento humano, los conflictos agresivos y la guerra, debemos entender bien el funcionamiento de estos impulsos y el control mediante el funcionamiento dinámico de nuestra psique. Podríamos mencionar la teoría del inconsciente como una de las mayores aportaciones de Sigmund Freud al pensamiento moderno, e imprescindible para conocer su teoría, y sobre todo el mecanismo de las pulsiones agresivas instintivas, base de su comportamiento, sobre el que la civilización y la cultura ejercen su presión, pero que en determinadas circunstancias tienden a liberarse.

Para Freud, existen impulsos instintivos, representados por el Ello, que forman la base del comportamiento humano. Estos impulsos instintivos, son reprimidos por la sociedad, cuyas normas o moral son representados en el Superyó. Este representa la ética y la moral del individuo. Entre ambos sistemas, el yo alterna nuestras necesidades más primitivas, con nuestras creencias éticas y morales. Es la instancia en la que se inscribe la consciencia. Un yo saludable proporciona la habilidad para adaptarse a la realidad e interactuar con el mundo exterior que sea cómoda para el yo y el súper yo.

Mediante este trabajo, lo que se pretende es hacer un ensayo sobre la teoría de Freud, basándonos en tres de sus obras1, con aportaciones y alusiones al resto de su obra, y su análisis desde otras perspectivas de la piscología, concretamente desde las actuales teorías del aprendizaje social. Mi intención no es otra de la de hacer un repaso sobre su vigencia, la importancia de sus aportaciones, y la necesidad, dentro de nuestro estudio, de hacer una valoración de sus teorías dentro de una sociedad eminentemente psicoanalista2. Si nos detenemos en su lectura, nos fascinaremos de la cantidad de términos y creencias psicoanalíticas que están en la base de nuestra cultura occidental, razón de más para no dejar en el olvido las aportaciones del creador del Psicoanálisis.

DE GUERRA Y MUERTE. TEMAS DE ACTUALIDAD.

La primera guerra mundial ha supuesto para Freud un duro golpe, que para el hacen confirmar sus sospechas. En una carta escrita al Doctor Frederik Van Eeden, psicopatólogo holandés y literato, escrita a finales de 1914, pocos meses antes del estallido de la Primera Guerra mundial y pocos meses antes de redactar “de guerra y muerte. Temas de actualidad”, Freud se refiere a la realidad imperante de la siguiente manera3:

Esta guerra hace que me atreva a recordarle dos tesis sustentadas por el psicoanálisis que indudablemente han contribuido a su impopularidad.

Partiendo del estudio de los sueños y las acciones fallidas que se observan en personas normales, así como de los síntomas de los neuróticos, el psicoanálisis ha llegado a la conclusión de que los impulsos primitivos, salvajes y malignos de la humanidad no han desaparecido en ninguno de los individuos sino que persisten, aunque reprimidos, en el inconsciente, y que esperan las ocasiones propicias para desarrollar su actividad. Nos ha enseñado también que nuestro intelecto es una cosa débil e independiente, juguete e instrumento de nuestras inclinaciones pulsionales y afectos, y que todos nos vemos forzados a actuar inteligente o tontamente según lo que nos ordenan nuestras actitudes (emocionales) y resistencias internas.

Ahora bien, si repara usted en lo que está ocurriendo en esta guerra- las crueldades e injusticias causadas por las naciones más civilizadas, el diferente criterio con que juzgan sus propias mentiras e inquietudes y las de sus enemigos, la perdida generalizada de toda visión clara de las cosas- tendrá que confesar que el psicoanálisis ha acertado en esas dos tesis. ..

Podemos comprobar por tanto, que para Freud, la primera guerra mundial confirma el triunfo de los instintos más elementales sobre la conquista de la cultura, significan un retroceso a lo primitivo, en la que los hombres luchan entre sí, negando cualquier resquicio de la sociedad que durante siglos se ha construido.

El conflicto, afecta a los seres humanos, atendiendo fundamentalmente a dos factores, que condicionan a la sociedad del momento.

Por un lado se refiere a la desilusión que esta guerra conlleva, sobre todo a los sectores de la sociedad que no están en combate. No debemos olvidar que durante la primera guerra mundial, aunque no se establece la población civil como objetivo militar, las bajas producidas han aumentado considerablemente, sobre todo por el perfeccionamiento armamentístico, lo que supuso un aumento sustancial en el número de víctimas.

Por el otro habla del cambio de actitud que los seres humanos toman ante la muerte, debido a la situación que ante esta vive la humanidad.

La crueldad vivida durante la primera guerra mundial, choca con los supuestos valores morales alcanzados por la sociedad de la época. Los derechos fundamentales que se han ido desarrollando durante el último siglo, y la aparición del Derecho internacional humanitario, en la que se han firmado los primeros convenios de ginebra, con la intención de limitar las consecuencias de la guerra, son transgredidos por aquellos mismos que se proclamaron como sus creadores. La civilización resultante del proceso evolutivo humano, cuestiona sus propias leyes universales:

  • El estado monopoliza la justicia.

  • Exige a sus ciudadanos incluso sus vidas, a la vez que restringe sus libertades.

  • Desmiente y critica sus propios tratados.

  • Alardea y proclama sobre su propia codicia.

“… tampoco puede asombrar que el aflojamiento de las relaciones éticas entre los individuos rectores de la humanidad haya repercutido en la eticidad de los individuos, pues nuestra conciencia moral no es juez insobornable que dicen los maestros de ética: en su origen no es otra cosa que angustia social. Toda vez que la humanidad suprime el reproche, cesa también la sofocación de los malos apetitos, y los hombres cometen actos de crueldad, de perfidia, de traición y rudeza, las cuales se habían creído incompatibles en su nivel cultural”.4

Después de más de ochenta años, Albert Bandura, mayor representante del aprendizaje social cognitivo afirmaría “se requieren condiciones sociales adecuadas más que gente monstruosa para producir conductas atroces. Dadas las condiciones sociales adecuadas, gente decente, ordinaria puede ser conducida a realizar cosas extraordinariamente crueles.5

Las actitudes poco éticas por parte de los representantes sociales, tales como la corrupción, sirven como modelados que generan procesos de desvinculación moral, por lo que se pueden llegar a cometer actos atroces por amplios sectores de la sociedad.

La desilusión social generada por estos fenómenos, genera sentimientos de displacer. La ínfima eticidad de los estados, genera la brutalidad entre los hombres y la vuelta a los comportamientos originarios. Para Freud evidentemente, la bondad o la maldad humana, son una construcción social a raíz de la propia evolución humana y su interacción con la cultura.

Este hecho nos hace cuestionar si para el padre del Psicoanálisis, existe una férrea afirmación sobre la maldad del hombre, o si esta está condicionada por la evidencia de los hechos acontecidos. Si la civilización, a lo largo del desarrollo de la humanidad, ha generado la evolución hacia un ser ético o moral, no se contempla entonces una naturaleza buena o mala, sino la existencia de unas pulsiones elementales que tienden a satisfacer las necesidades más primarias, las cuales no contemplan conceptos de maldad o bondad. Los humanos tendemos a satisfacer nuestras necesidades, encontrando en la incompatibilidad de nuestros objetivos, la justificación para la agresividad y el conflicto, dependiendo el grado de desarrollo y la adecuación del contexto.

Volviendo a la dinámica de las pulsiones, impulsos elementales para la satisfacción de necesidades originarias, estas son modeladas y reprimidas por la sociedad, influida por determinados grupos de influencia. Estas pulsiones originarias se presentan en dualidades, representando ambivalencia de sentimiento: amor- odio. Los modelos sociales, influirán en la expresión o represión, determinándose así el comportamiento humano. Modelos sociales de aprendizaje.

“… solo después de ser superados tales “destinos de pulsión” se perfila lo que se llama el carácter de una persona, que, según es notorio, únicamente de manera arto defectuosa puede clasificarse como “bueno” o “malo”. 6

De hecho, se contempla la posibilidad de invertir los términos, convirtiéndose lo bueno en malo y lo malo en bueno. Si nos damos cuenta a nuestro alrededor, las personas no somos malos o buenos a tiempo completo, incluso las personas aparentemente más malas o despiadadas pueden mostrar buenos sentimientos en determinados entornos familiares o de iguales, donde se rigen por los modelos aceptados por el grupo atendiendo a cuestiones de modelado y satisfacción personal.

Por lo tanto, en el estado natural, primario del ser humano, existen pulsiones buenas y malas que son canalizadas por elementos internos y externos. Por ejemplo, la pulsión egoísta, moción egocéntrica, es canalizada por el erotismo, la necesidad de amar como compulsión interna y por la educación, que no es otra cosa que canaliza esta moción pulsional . De esta forma, la persona renuncia a esta pulsión interiorizándola. De esta forma, el yo adquiere su adecuado equilibrio entre el ello y el Superyó. Las pulsiones malas o egoístas son reconducidas por el erotismo y la cultura, para Freud, el individuo no recibe solo influencia de su medio cultural presente, sino que está sometido también a las influencias de la historia cultural de sus antepasados.

“…todas las compulsiones internas que adquirieron vigencia en el desarrollo del hombre fueron en su origen, vale decir, en la historia de la humanidad, compulsiones externas.”7

Desde nuestro nacimiento, la influencia cultural interfiere en todo el proceso de desarrollo, encaminando nuestro comportamiento hacia un estándar que queda establecido de generación en generación por el entorno cultural y moral. La actitud cultural posee aspectos tanto innatos como culturales.

Pero la influencia de la cultura y el medio en la transformación de las mociones pulsionales, se podría entender que no está claramente determinada para toda nuestra existencia, pues las presiones e influencias exteriores, condicionadas por un contexto determinado, en el lugar y el espacio, pueden generar que la transformación pulsional se deba más a una predicción de la contingencia y, por lo tanto, de conveniencia, que por lo que Freud llamó un ennoblecimiento pulsional. Nos comportamos de determinada manera, aceptable de cara a la sociedad o al grupo, porque obtenemos beneficio de ello, pero la transformación del contexto puede conllevar a la justificación para la consecución de instintos básicos culturalmente desaprobados.

A la sociedad le importan esas pulsiones porque están de acuerdo con los preceptos culturales, sin que le dé demasiada importancia al motivo. Cuando la cultura hace hincapié en el aspecto meramente cultural y no pulsional, provoca numerosos fenómenos reactivos exteriorizados en deformaciones de carácter y en la propensión de las pulsiones inhibidas a irrumpir hasta la satisfacción, cuando se da la oportunidad adecuada. Se denomina hipócrita al que actúa por conveniencia y no en base a inclinaciones pulsionales. Por ejemplo, en sociedades de un marcado carácter religioso, las personas tienden a comportarse de determinada manera debido a la presión cultural y no a la transformación pulsional. Sin embargo, cuando desaparece la presión cultural, las personas tienden a desinhibir pulsiones para su satisfacción.

“…Para ellos, el hecho de que los individuos rectores de la humanidad, los pueblos y los estados, abandonasen las restricciones éticas en sus relaciones recíprocas fue una natural incitación a sustraerse de la presión continua de la cultura y a permitir transitoriamente la expresión de sus pulsiones refrenadas…”

En el psicoanálisis Freudiano, el desarrollo evolutivo del alma o psique8 preserva estadios evolutivos anteriores, en una coexistencia bidimensional. El desarrollo mental de la persona evoluciona en diferentes estadios que coexisten a lo largo de nuestra existencia. Esta evolución conforma nuestra persona, con su forma de ser y actitud, condicionada por el desarrollo personal, por el ambiente. La reforma pulsional en que descansa nuestra actitud hacia la cultura, puede ser desecha de manera permanente o temporal por influencias de la vida.

No cabe duda, que los efectos de la guerra se cuentan entre los poderes capaces de producir semejante involución. Por eso, no debemos necesariamente negar la aptitud para la cultura a todas las personas que en el presente se expresan de manera inculta, y nos es lícito esperar que su ennoblecimiento pulsional habrá de restablecerse en épocas pacificas venideras.

En definitiva, podemos coincidir en este momento con Sigmund Freud en que no existe una maldad o bondad intrínseca, y que nuestra forma de comportarnos tiene un marcado carácter cultural. La cultura incide en que nuestros deseos sean modificados o “ocultados” por influencia de la normativa moral imperante. Pero existen demasiados factores que pueden incidir en que se produzca un desacople, por lo que las personas buscan la manera de justificar el fluir de sus instintos pulsionales. Si nos basamos en la realidad que incide en el carácter fluctuante de nuestro comportamiento, podemos asegurar que la civilización puede desarrollar un papel fundamental en la construcción de la coexistencia pacífica mediante una sociedad que facilite el ennoblecimiento pulsional del que nos habla el autor.

Cuando nos encontramos con grupo de soldados que realizan violaciones de DIH, realizando ataques contra la población civil, en muchas ocasiones podemos encontrar que su acción esta en base a diversos factores como la obediencia al superior, la protección del grupo de iguales y los procesos de desvinculación moral. En un pelotón de combate, los vínculos afectivos entre los compañeros puede llegar a ser más fuerte que los vínculos afectivos con sus parejas. En situaciones de peligro, real o ficticia, lo que verdaderamente aflora es una resistencia afectiva ante el intelecto, con la primacía de sus intereses particulares.9

Debido al efecto causado en la población por la primera guerra mundial, Freud vislumbra dos efectos directos que esta ha producido sobre ella. De la desilusión causada por el fraude evolutivo y las consecuencias que esto ha tenido sobre la población ya hemos hablado. Pero por otro lado, Freud destaca el cambio que tal fenómeno ha causado en nuestra actitud hacia la muerte.

Para el psicoanálisis desarrollado por Freud existe una actitud poco sincera hacia la muerte, pues en el fondo nadie cree en su propia muerte. Para él, el inconsciente de cada uno de nosotros está convencido de su inmortalidad. Es más, la actitud negativa, invade todos los aspectos de nuestra vida de tal forma que la defunción ajena nos llena de sobresalto sobrepasando nuestras expectativas. Para los seres humanos, la muerte no es una necesidad, una parte más de la vida, sino que representa una contingencia que nos sobrepasa cuando se hace presente. Evidentemente, para Freud esta actitud de negación tiene un efecto sobre la vida:

La inclinación de no computar la muerte en el cálculo de la vida, trae por consecuencia muchas otras renuncias y exclusiones…”10

Para el psicoanálisis, la actitud cultural convencional hacia la muerte, hace que limitemos nuestras acciones como medida preventiva, desplazando su realidad hacia la ficción, lugar donde hallamos multitud de vida y hacemos real a la muerte. Es en esa condición, donde encontramos nuestra reconciliación con la muerte. Sin embargo, en la guerra, la muerte deja de ser una contingencia fortuita haciéndose irresistiblemente real. De esta forma la vida se vuelve de nuevo interesante, recuperando su sentido pleno.

En nuestra sociedad, en las personas jóvenes, existe una relación ajena con la muerte, debido a la sensación de lejanía, que en realidad hace actuar con menos cuidado, y arriesgarnos más en nuestras acciones. Si a esto le sumamos un concepto menos arraigado de peligro, se nos presenta esta edad como la más propicia para el combate; claro ejemplo de ello son los niños soldado, tan preciados por su ferocidad y osadía. Conforme nos hacemos mayores, se acrecienta cada vez mas esta negación de la muerte, imitando nuestros actos, y haciendo cada vez más prudentes y cautelosos. Quizá de lo que estemos hablando es de un auge en la percepción propia sobre el fenómeno muerte, basado en su cercanía vital, más que en una negación inconsciente. El adolescente a diferencia del niño acepta que la muerte es inevitable y el final de todo; no obstante la ve como algo lejano y que no le atañe (Grollman 1974). Sin lugar a dudas: el grado de desarrollo, el tipo de maduración de la personalidad, las experiencias vitales y el nivel de comunicación pueden influir decisivamente en la configuración adolescente de muerte (Kastenbaum, 1977; Lomry, 1966).11

Sin embargo, Freud piensa que el descontento y la parálisis que sufre la sociedad a causa de la guerra tiene su origen en un cambio de relación entre el ser humano y la muerte, sin que este haya encontrado aun un sentido propio a esta nueva alianza.

Desde la prehistoria, la relación de la muerte con el hombre se ha desarrollado de una forma permanentemente oculta, camuflada en los estratos más profundos e invisibles de nuestra conciencia. Aunque en las personas siempre ha existido una validez instrumental de la muerte en lo relativo al logro de sus objetivos, existe una invalidación de nuestra propia muerte. Esta ambivalencia, en el que la negación de nuestra muerte se contradice con la aceptación de la muerte ajena, la cual es operativizada, en pro de nuestro beneficio, se produce la excepción que se desencadena a raíz de la muerte de nuestros seres queridos. Ante la negación de nuestra propia muerte, se presencia la de nuestros seres queridos, lo que causa dolor y sentimientos ambivalentes, entre los que destaca la constancia de su propia existencia y la cercanía de su muerte, a la cual despoja de su carácter contrario a la vida, dándole continuidad después de su propia existencia.

Los recuerdos facilitaran la creación de los espíritus, a los que el sentimiento de culpa ante el sentimiento hostil que plantean nuestros difuntos les dará también el carácter de demonios y la alteración física que facilita la descomposición, alteración física del cuerpo y el alma.

“…El perdurable recuerdo del difunto fue la base para que se supusieran otras formas de existencia, le dio la idea de la supervivencia después de una muerte aparente.”12

La promesa de la vida después de la muerte, se magnifica, arrebatándole a la muerte su cancelación de la vida, a la vez que es utilizada por aquellos que mantienen el poder en sus manos, disuadiendo a los demás, del goce de sus beneficios.

“…Frente al cadáver de la persona amada, no solo nacieron la doctrina del alma, la creencia de la inmortalidad y una potente conciencia de sentimiento de culpa, sino los primeros preceptos éticos que se pueden encontrar en el primer mandamiento, no mataras, el cual se adquirió frente al muerto amado como reacción frente a la satisfacción del odio que se escondía tras el duelo, y poco a poco, estos preceptos éticos se fueron extendiendo al congénere y por fin también el enemigo.13

Pero lo más importante de esta disertación, respecto al tema que nos ocupa en este ensayo, es que la actitud hacia la muerte, a lo largo de nuestra historia, prosigue inalterada con el paso del tiempo, permaneciendo inmutable en nuestro inconsciente. Si nuestro inconsciente donde se rigen las mociones pulsionales, no conoce la muerte, no podemos darle a esta un sentido positivo o negativo sin que nada pulsional a nosotros solicite la creencia de esta. En nuestro estado mas innato , en nuestra vida instintiva, nuestras mociones persiguen la consecución de nuestros objetivos. Nuestro inconsciente no mata, ni ejecuta, solamente desea y elimina a quien perjudica sus deseos. Para el propio Freud, esto se verbaliza constantemente en la vida cotidiana a través de expresiones como al diablo, que lo jodan, que la muerte se lo lleve, etc.

En el inconsciente, habitan estas dos pulsiones hacia el amor y la muerte, las cuales entran en conflicto ante el fallecimiento de seres queridos. Nuestro inconsciente es inaccesible a la representación de la muerte propia, ganoso de muerte contra el extraño y ambivalente a la persona amada.

La llegada de la guerra significa la vuelta a los instintos básicos y primitivos, donde la aceptación de la muerte se establece como tal y se plantea como solución.
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