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[el luto guardado por los hombres].

Cuando una familia está de luto en Irak, las puertas de su casa permanecen abiertas durante siete días. La gente entra y sale sin tocar el timbre ni golpear la puerta; ese día, un poco después de la llamada, un enviado del palacio presidencial entró en la casa de la madre de Mayada y entregó un sobre de Sadam. Cuando mi madre miró lo que había en su interior, vio que contenía 3.000 dinares iraquíes [10.900 dólares].* Con ese dinero podría haber comprado una casa, aunque afortunadamente ya teníamos un hogar. Mi madre insistió en que llamásemos a Sadam para darle las gracias, pero yo le recordé que en Irak no se reacciona así ante un acto de amabilidad. Aunque los iraquíes no agradecen los regalos hasta que ha pasado un tiempo, y lo hacen devolviendo un favor y no dando las gracias verbalmente, mi madre se mostró categórica al afirmar que sería de muy mala educación no agradecerle al vicepresidente iraquí su amable gesto. Dijo que le daba igual lo que hiciesen o dejasen de hacer los iraquíes. Mi madre se tomaba muy a pecho los principios de su padre, Sari, sobre el nacionalismo árabe y siempre decía que ella no era iraquí, ni siria, ni libanesa, sino que era árabe, simple y llanamente. Ella tendría buenos modales aunque yo no los tuviese.

»Puesto que mi madre no tiene hijos varones, era mi responsabilidad como hija mayor representar a la familia. Yo no quería hacer esa llamada. Desde mi primer día de vida recibí la influencia de mi padre. A él no le gustaba el régimen baazista, por eso a mí tampoco me gustaba. Aunque muchos de mis compañeros de facultad eran miembros del partido, yo jamás pertenecí a él. Como todas sabemos, los baazistas obligaban a todos los matriculados en la universidad a unirse a sus filas, pero los hijos y nietos de Sati al-Husri estaban exentos de esa norma. Aunque no éramos baazistas, gozábamos de prioridades en muchas cosas. Yo no quería hablar con Sadam Husein, un hombre del que mi padre desconfiaba. Pero no era fácil llevarle la contraria a mi madre, y por eso tuve que acatar sus órdenes. Yo solo tenía dieciocho años, pero llamé al vicepresidente a su línea privada. Noté que tenía una voz nasal, aunque era en extremo educado. Quería colgar el teléfono cuanto antes, así que le agradecí su amable gesto y luego esperé a que él se despidiera. Me dijo que lo sentía mucho pero que no podría acudir a la fatiha, y pidió que mi familia lo perdonase por ello. Se mostró tan humilde durante aquella conversación que me conquistó —admitió Mayada ante las mujeres en la sombra—. Me avergüenza reconocer que al colgar el teléfono me sentía partidaria de Sadam Husein.

Samira asintió comprensiva como otras muchas mujeres en la sombra. Al principio de su mandato, muchos iraquíes eran partidarios de Sadam Husein. Llegó al poder con ideas ambiciosas para mejorar el país y no tardó en hacer cambios que beneficiaron a la mayoría de los iraquíes. Había recibido la influencia de la creencia de Sati en la educación para todos los iraquíes, y emprendió un programa de construcción de escuelas en todos los pueblos para los jóvenes y adjudicación de profesores particulares para los ciudadanos de más edad. Más adelante se centró en la sanidad; construyó hospitales y clínicas. En unos pocos años permitió que las mujeres tuvieran acceso a todas las profesiones, creando una atmósfera de igualdad de oportunidades para las mujeres iraquíes desconocida en cualquier otro lugar de Oriente Próximo. Durante un corto período de tiempo, parecía que llegaban buenas cosas a Irak. Y, por supuesto, Sadam había tenido tanto cuidado a la hora de crear una organización de seguridad interna que los ciudadanos de a pie ni se imaginaban la clase de pesadilla de seguridad que asomaba por el horizonte.

—Mi madre era considerada una de las mujeres más chic en Irak, y viajaba a París con frecuencia para asistir a desfiles de moda, donde seleccionaba su vestuario de otoño o primavera. Sadam lo sabía, así que poco después de conocer a mi madre en aquella cena, ella recibió un catálogo de moda masculina remitido desde palacio, junto con una nota de Sadam donde le pedía que por favor hojease el catálogo y marcase cualquier conjunto de día adecuado para un hombre de su posición.

«Quienes lo conocían sabían que era un hombre a quien le encantaba la ropa; se cambiaba de traje cinco veces al día. Mi madre me dijo que sentía simpatía por un muchacho de campo que en su vida anterior había sido pobre, pero que ahora tenía la posición necesaria para comprar una casa de moda, si lo deseaba. Así que hojeó el catálogo y la ropa que Sadam había señalado porque le gustaba y se quedó sorprendida al ver que se inclinaba por las chaquetas de terciopelo que llevan los crupieres de las ruletas en las salas de juego y casinos, donde las chaquetas no tienen bolsillos por razones evidentes. Mi madre había estado en compañía de líderes mundiales durante toda su vida, así que no tenía reparos en decirle a Sadam que su elección no era la adecuada y que nunca, jamás, comprase un traje de terciopelo sin bolsillos. De todos modos, después de escribirle una nota sobre los trajes de terciopelo que ella consideraba de mal gusto, buscó en el catálogo, realizó una serie de selecciones más apropiadas e hizo que el chófer de la familia llevase el catálogo de vuelta a palacio. Más tarde, cuando Sadam salía por televisión en cualquier acto gubernamental, mi madre y yo lo veíamos llevar una serie de las prendas seleccionadas por ella.

Las mujeres en la sombra estaban anonadadas y le rogaron a Mayada que continuase.

—Tiempo después, en 1980, mi madre era la jefa de un comité que estaba compilando un exclusivo libro de fotografías de Irak. El libro era una producción muy cara con imágenes a todo color, y cuando estuvo terminado, Sadam, que había derrocado a Bakir en 1979 y se había autoproclamado presidente, recibió un ejemplar especial entregado personalmente desde el despacho de mi madre.

El libro le gustó mucho y le pidió a mi madre que acudiera a su despacho y llevara consigo a sus dos hijas. En esa época, Abdiya acababa de casarse y vivía en Túnez, así que fui yo sola con mi madre.

»Nos condujeron hasta el despacho de Sadam en cuanto llegamos a palacio. La guerra contra Irán todavía no había empezado, así que Sadam llevaba atuendo civil. Vestía traje blanco con una camisa negra y corbata blanca, y mi madre me dio un codazo en el costado. Yo casi me pongo a reír cuando la miré a la cara y vi que me lanzaba una mueca con los ojos bizcos porque el presidente de Irak parecía la versión juvenil del mafioso Al Capone con aquel traje. Más tarde, mi madre me dijo que Sadam Husein era un hombre al que nunca deberían permitir elegir su vestimenta. Sin embargo, su atuendo no tardó en dejar de ser un problema, porque guardó la ropa civil en cuanto estalló la guerra contra Irán. Jamás se le veía sin su uniforme militar, y mi madre dijo una vez que ese es el único beneficio de una guerra terrible.

»En junio de 1981, publicaba una columna de fin de semana en el periódico Al-Yumburiya titulada «Itlatat» [Perspectivas] y había escrito un artículo sobre el concepto del tiempo —comparándolo con el tiempo de Alá, que es infinito— y hablé de la teoría de Einstein y del tiempo inverso, y de lo mucho que me gustaría que el día tuviera cuarenta y ocho horas en lugar de las veinticuatro que tiene.

»Todos los miembros del periódico alabaron el artículo, y luego recibí una llamada inesperada de mi madre que decía que tenía que ir corriendo a casa. Alguien de palacio había llamado y volvería a llamar pronto. Colgué con algo de miedo. Me asustaba que mi artículo pudiera haber disgustado al presidente, que se había vuelto cada vez más irritable desde que había estallado la guerra, así que estaba intranquila. En cuestión de minutos, en cuanto regresé a casa, el teléfono sonó y quien llamaba era un tal Amyed. Era educado y se presentó como el secretario personal de Sadam. Dijo que el presidente quería verme a las cinco en punto de la tarde del día siguiente. Me dijeron que fuera a Al-Qasr al-Yumhuri, o el Palacio Republicano de Karada, a orillas del Tigris.

»Estaba cada vez más inquieta y no creía que pudiera soportar toda una noche preguntándome por qué me convocaba Sadam, así que le pregunté sin rodeos al secretario si pasaba algo. Amyed se rió y dijo: "No, no, qué va, es algo bueno, querida hermana, porque el presidente la ha elogiado por su trabajo". Sus palabras me tranquilizaron así que llamé a mi editor del periódico, Sahib Husain al-Samawi, y le conté lo que ocurría. Por supuesto, se sorprendió, y me dijo que en cuanto saliera de palacio fuera a su despacho y le informase de todo lo ocurrido.

»En esa época estaba casada, pero me iba mal con Salam. Aunque él estaba encantado con la situación y me dijo que pediría un pase en su campamento militar para ir conmigo a conocer al presidente. Su comandante le permitió tomarse el día libre para la ocasión. Así que a las once y media de la mañana siguiente, vino a casa, tomó un baño, se cambió de ropa y me aseguró que volvería a las cuatro de la tarde para llevarme a palacio.

»Mi matrimonio iba mal porque Salam tenía muchas amantes y cuando todavía no había vuelto a las cuatro y media, supe que había mentido una vez más. Corrí a coger un taxi que me llevara a palacio porque mi madre, creyendo que podía confiar en Salam, había usado el coche de la familia y el chófer la había llevado a una función de tarde.

»Llegué a palacio despeinada y sin aliento, cinco minutos antes de la hora acordada, aunque conseguí recomponerme. Me acompañó un joven secretario desde una gran habitación a otra hasta que al final llegamos a un enorme comedor, que estaba lleno de otros iraquíes que esperaban reunirse con Sadam. Pese a la guerra contra Irán, en palacio había abundancia de todo. A los invitados se les ofrecía zumo y una gran variedad de refrescos, servidos en vasos alargados de cristal, que costaban más de lo que un iraquí ganaba a la semana. Pasados unos minutos, todos fuimos conducidos a una segunda habitación, que estaba preparada para comer con una mesa de bufet dispuesta con todo tipo de comida. Había incluso un enorme montón del caviar Beluga más caro en el centro de la mesa, pero la mayoría de los presentes eran iraquíes pobres y jamás habían visto caviar Beluga, y se negaron a comer esas pequeñas huevas brillantes de pescado, incluso después de que yo les asegurase que era algo comestible, tremendamente caro y considerado una delicia en el mundo entero. Había una segunda mesa llena de dulces y toda clase de frutas: piña, mango y cerezas. Yo estaba demasiado nerviosa para comer, pero los demás engullían con entusiasmo. Una mujer con el pelo de color naranja chillón se acercó a mí. Hizo un intento de entablar amistad conmigo y me contó que estaba ansiosa por conocer a Sadam y que le había escrito una carta sobre la pérdida de una herencia y que estaba segura de que conseguiría recuperar su primogenitura. Me desveló que se había enamorado del presidente, y eso me hizo recelar, así que me fui al otro extremo de la habitación donde inicié una conversación con una mujer de más edad. Sin embargo, esa pobre señora estaba tan nerviosa que apenas pudo susurrar su nombre, y le temblaban tanto las manos que tiró dos vasos de zumo sobre la alfombra del presidente. Así que también me alejé de ella.

»Después de la comida, el grupo fue acompañado nuevamente al comedor, donde se sirvió el té. Nos sentamos y esperamos, y justo cuando estaba pensando que nos habían olvidado, un hombre vestido con uniforme militar entró en la sala y pronunció mi nombre. Al salir de la habitación, sentí las miradas de envidia clavadas en la espalda.

»Me llevaron a otro comedor, más pequeño pero más elegante que el grande. Pronto escuché una gran conmoción y militares que corrían y gritaban, y comprendí que Sadam había llegado a palacio. En cuestión de una hora, un segundo militar entró en la sala y me pidió que lo siguiese. A esas alturas ya estaba agotada pero hice lo que se me dijo. Me llevaron a una nueva habitación, que tenía una gran mesa de escritorio de madera en el centro con numerosas sillas tapizadas de color azul, decoradas con hojas doradas.

»El segundo militar me estrechó la mano y me felicitó, luego me dio instrucciones sobre cómo comportarme cuando me encontrase con el presidente. Su firmeza me asustó cuando me dijo que no tenía que hablar antes que él, ni tenderle la mano, sino que tenía que esperar a que él me la tendiera primero. Me sorprendió, porque Sadam se había mostrado tan asequible y sencillo la última vez que lo había visto... Pensé que la nueva cara de Sadam empezaba a salir a la luz.

—Tal vez esa era su verdadera cara y la otra era la falsa —dijo Samira riendo con disimulo.

Mayada asintió antes de finalizar su relato.

—Dos enormes puertas de madera fueron abiertas por un ujier militar. Sadam estaba sentado tras un escritorio en otra habitación.

Llevaba unas gafas de montura enorme que ya le había visto antes y estaba vestido con su uniforme militar, aunque su aspecto era bastante parecido al de la última vez que lo había visto. Era un hombre de tez morena con el pelo muy rizado y una pronunciada mandíbula masculina, y todavía tenía ese pequeño tatuaje de color verde botella en la punta de la nariz, el que se quitaría algunos años más tarde.

»Entonces Sadam me sorprendió con una sonrisa y me tendió la mano, que yo estreché siguiendo las instrucciones que había recibido. Me preguntó: "¿Cómo le va a nuestra escritora creativa?". Le contesté a la manera iraquí, diciendo que mientras él estuviera sano y fuerte, todos los iraquíes estarían bien y tendrían éxito. Entonces me preguntó por todos los del periódico y yo le informé que me habían pedido que le transmitiese su afecto y respeto. Sonrió de oreja a oreja antes de decir: "He leído tu artículo sobre el tiempo en el periódico y es excepcional. Eres la digna nieta de Sati al-Husri. Estaría orgulloso de ti. —Entonces me dio una palmadita en el hombro y añadió—: Quiero que me prometas que, pase lo que pase, tu pluma seguirá escribiendo en nombre de nuestra gran revolución. Escribe lo que te dicte tu integridad e irás por buen camino".

»Le agradecí sus palabras y luego me preguntó si me encontraba a gusto en mi casa. Le contesté que sí y pareció contento. Dijo: "Eres la hija de Salwa. No necesitas nada ni a nadie", lo que me pareció un comentario extraño, pero después de pensar en lo que había dicho y en la forma en que lo había dicho, entendí que me estaba haciendo un cumplido, porque mi abuelo Sati había educado a su hija para ser una mujer fuerte con opiniones propias e insistió en que aspirase a una educación de interés, que le diera independencia, y una mujer con todas esas cualidades era una rareza en Irak.

»Sadam llamó a alguien por teléfono y entró un fotógrafo en la habitación que sacó varias fotos. Sadam me sorprendió cuando me besó en la frente y me pidió que siguiese siendo un orgullo para Sati al-Husri. Entonces, en el último momento, me dijo: "El simple hecho de pensar en tu abuelo, Sati al-Husri, y en lo que defendía, me hace sentir orgulloso de ser árabe". Luego me estrechó la mano por última vez y me acompañó a la puerta.

»Cuando entré en la habitación contigua, el hombre llamado Amyed, que había sido mi primer contacto relacionado con esa visita a Sadam, me entregó un sobre y dos cajas de piel. Me indicó que había un coche esperándome para llevarme a donde yo quisiera. Le dije que me llevase al edificio del Al-Yumburiya, donde me reuniría con mi jefe, Sahib Hussein al-Samawi, tal como le había prometido.

»Cuando llegué a casa abrí el sobre y, una vez más, había exactamente 3.000 dinares iraquíes. En el interior de las dos cajas de piel había dos relojes. Uno era un carísimo Patek Philipe con diamantes incrustados en oro blanco y el nombre de Sadam escrito en su interior, y el otro era un reloj Omega de oro con la foto de Sadam en la esfera. Le gasté una pequeña broma a mi madre. Cuando llegó a casa, yo llevaba puesto un reloj en cada muñeca. Mi madre se partió de risa. Llevé uno de los relojes durante semanas, pero pronto guardé los dos en un cajón porque no podía soportar ver la cara de Sadam o su nombre cada pocos minutos.

»Un par de días después, un enviado de palacio fue al periódico y me entregó una carpeta de piel con un ribete de pan de oro. Dentro había dos fotos de Sadam conmigo. Sahib enmarcó una para el periódico y la puso sobre mi escritorio, y mi madre enmarcó la otra y la colocó en una librería de la sala de estar.

Mayada hizo una pausa y miró las caras de las mujeres en la sombra. Ellas la estaban mirando, esperando a que contase más historias. Samira dijo que no debía parar, que no les había contado los detalles de su encuentro con Sadam. Mayada rió y dijo que no tardaría en quedarse sin voz, pero que compartiría con ellas los momentos más importantes de otros dos o tres encuentros.

—En 1982 —prosiguió—, escribí un relato para la revista Fonun titulado «Este hermoso silencio», que estaba relacionado con la guerra pero que era ante todo un relato romántico sobre una mujer que le contaba a un hombre que no necesitaba palabras para expresar lo que sentía por él, porque su amor era como una larga poesía. Mohamed al-Yazaeri, que era el editor jefe de la revista en la que apareció el artículo, me había llamado el día en que se publicó el relato. Me dijo emocionado que el ministro de Información, Latif Nusaif Yasim, iba a entregarme una carta, una gran cantidad de dinero y una televisión. Tenía que presentarme en el ministerio a la mañana siguiente a las diez en punto.

»Esa noche la pasé en vela —comentó Mayada—. Me sorprendía que el relato romántico hubiera interesado a Sadam.

—¿Por qué te sorprendió tanto? —preguntó Iman—. Todos los iraquíes saben que Sadam es un hombre romántico.

—Eso es verdad —afirmó Aliya—. Mi hermano el general conoce a uno de sus guardias y dice que Sadam es un forofo de las historias de amor entre una hermosa mujer y un valiente guerrero. Debe de haberse visto reflejado en el artículo.

—Bueno, a lo mejor —asintió Mayada—. En cualquier caso, a la mañana siguiente me presenté a las diez en el ministerio. El ministro de Información fue muy complaciente y dijo: «Sus relatos siempre hacen que Abu Udai [padre de Udai, es decir, Sadam], nuestro gran líder, que Alá lo proteja, se sienta feliz con su lectura». El ministro Yasim me informó de que me transmitía las palabras exactas del presidente y que él le había pedido que me dijera: «Leer sus textos es como un soplo de aire fresco mientras [Sadam] está realizando sus tareas nacionales (refiriéndose a la guerra contra Irán)». El presidente se disculpaba por no haber podido estar presente durante la felicitación, porque se encontraba en el frente dirigiendo a los héroes iraquíes.

Mayada no les contó el resto de la historia, que había tenido un doloroso final para ella. Ese artículo fue publicado por segunda vez a la semana siguiente con una referencia al premio de Sadam, o takrim como lo llaman en Irak. La presentaban como la autora y habían incluido su foto y en consecuencia recibió sacas de cartas de soldados del frente. Jamás olvidó una de las cartas escrita por un soldado anónimo. Le confesaba que siempre había buscado sus artículos pero que no volvería a hacerlo nunca, porque ahora sabía que ella era «uno de ellos» —refiriéndose a los partidarios de Sadam— y que solo escribía lo que le indicaban. La carta la hirió mucho porque sabía que jamás le habían ordenado que escribiese algo en concreto. Mayada no escribía sobre opiniones políticas, que siempre tenían que seguir la línea del partido; simplemente escribía lo que sentía sobre la vida y el amor, y lo único que ocurría es que Sadam se había interesado por sus textos.

—Me entregaron un tercer takrim en 1983 —les dijo a las mujeres en la sombra— cuando regresé de un largo viaje gubernamental a Sudán y escribí un artículo titulado «Rayos de sol verticales», refiriéndome al intenso calor de Sudán, y en él hablaba de la pobreza del país. Estar en esa tierra me recordó lo mucho que amaba Irak.

»Una vez más, el Ministerio de Información me comunicó que iba a recibir un takrim del presidente y que debía presentarme en palacio a las cinco menos cuarto del día siguiente. Aunque ya estábamos a finales de noviembre, todavía hacía calor. Al llegar me sorprendió ver la entrada de palacio abarrotada de una multitud de hombres, mujeres y niños, y pensé por un momento que se estaba celebrando una feria o cualquier otra clase de actividad abierta al público. Sin embargo, al echar un segundo vistazo, me di cuenta de que la multitud no estaba contenta: todos parecían tristes. Las mujeres iban vestidas de luto por sus hijos o esposos mártires caídos en el frente. Pensé que el palacio parecía tan miserable como los pobres iraquíes desperdigados por el césped y luego recordé que todos los beneficios de las ventas del petróleo se destinaban a la guerra, así que no debería de haberme sorprendido. De repente me di cuenta de que la multitud estaba allí para recoger dinero. Sabía por las noticias que todas las viudas, o cualquier familia que perdiese un hijo, recibía 5.000 dinares iraquíes [15.500 dólares] por su sacrificio. Estos pagos se consideraban diya, o compensaciones por la muerte. Conocía el procedimiento. Sadam recibía a todas esas personas, de cinco en cinco. Cada una de ellas le entregaba una carta al presidente, donde se explicaba cómo había muerto el padre o el hijo. Sadam leía la carta y luego escribía unas instrucciones en ella, indicando la cantidad que debía recibir cada uno. Acto seguido, la persona de luto llevaba la carta al Departamento de Contabilidad del palacio donde le abonaban la cantidad.

»Aunque el gobierno hizo los pagos al principio, el dinero no tardó en acabarse. Había demasiados soldados muertos. Más tarde me contaron que los gobiernos saudí y kuwaití eran quienes se encargaban de poner los fondos para las indemnizaciones. Irán se había convertido en el matón del barrio, y la familia Al-Sabah de Kuwait y los Al-Saud de Arabia Saudí recompensaban a los iraquíes por protegerlos de Irán.

»Cuando entré en palacio, el secretario me condujo al despacho de Husain Kamil, un hombre que era funcionario adjunto en ese momento pero que un día contraería matrimonio con la hija mayor de Sadam, Raghad, y en consecuencia se convertía en uno de los asesinos en quien más confiaba Sadam. Pero en cuanto esas bondades se presentaron en el camino de Kamil, todo acabó cuando Udai, el hijo mayor de Sadam, se puso celoso por las enormes sumas de dinero que Kamil se embolsaba gracias a diversos proyectos gubernamentales. Udai se convirtió en enemigo acérrimo de su cuñado. Convencido que Udai, cuya locura era conocida por todos, acabaría asesinándolo, Kamil huyó a Jordania y humilló a Sadam con su deslealtad cuando empezó a informar a los enemigos de Irak de todo lo que sabía sobre el programa armamentístico de su país. Cuando Sadam lo engatusó para que regresase a Irak asegurándole que estaría a salvo e incluso jurando sobre el Corán que no le haría daño al padre de sus nietos, Kamil cometió el error de volver y, por supuesto, fue asesinado pocos días después.

»Aunque ese día, cuando lo conocí, Kamil todavía no se había ganado el favor presidencial... ni podría haberse ganado los favores de nadie. —Empezó a reír y se tapó la boca con la mano—. Reconozco que sentí un rechazo inmediato hacia Husain. No tenía nada que ver con el hecho de que era un hombre feo, bajito, con una enorme nariz ganchuda que se curvaba sobre un tremendo y poblado bigote. Sentí mucho asco al mirarle a los ojos. Tenían la mirada llena de desprecio hacia todos los que lo rodeaban, incluyéndome a mí.

»Sin embargo, cumplió su deber con diligencia. Yo estaba allí con un poeta y un músico, que habían sido invitados para recibir galardones culturales. Ambos eran peculiares. El músico era un hombre alto y moreno con una mirada que irradiaba alegría. Había compuesto una canción patriótica popular que era bastante pegadiza, y Sadam había ordenado que se tocase en todos los toques de retreta militares. La letra decía: "Oh, tierra, tu suelo es mi kafur [la sustancia que los musulmanes esparcen alrededor del sudario de un muerto antes de enterrarlo]". ¿Os acordáis de la canción? —Varias mujeres en la sombra empezaron a hacer gestos de asentimiento y Samira inclinó la cabeza mientras tarareaba algunas notas.

»El poeta era el opuesto físico al músico, era bajito, enjuto y de piel amarillenta. Había compuesto un poema que elogiaba la grandeza de Sadam, una oda al amor que los iraquíes sentían por su presidente. Pronto los tres fuimos conducidos a otra habitación. Me llamaron para ver a Sadam antes que al poeta y que al músico. Cuando los dejé, estaban tan atolondrados por su primer encuentro con Sadam que el músico se puso en pie y empezó a cantar su canción, mientras el poeta empezó a recitar su poema. —Samira rompió a reír y Mayada también rió—. Me alivió dejarlos a ambos atrás. Sin embargo, seguí escuchando sus voces resonar hasta llegar al final del pasillo. —Todas las mujeres en la sombra se unieron a las risas. Mayada se dispuso para hablar y continuó—: Ese encuentro fue diferente a todos los demás. Cuando vi a Sadam, parecía preocupado. Entendía la razón de su malhumor. Durante aquellos días, la guerra contra Irán no iba muy bien. Sadam había subestimado a Jomeini. Todavía me estremezco al recordar que Jomeini utilizó a niños pequeños como dragaminas. ¿Cómo iba a vencer Irak a un enemigo así?

»Sadam me felicitó por mi artículo y dijo que le encantaba que tuviera unas opiniones tan libres. Dijo que no esperaba menos de la nieta de Sati al-Husri. Empezó a hablar con prisas cuando me contó que sin importar qué pensaran los demás, él quería que hubiese diversidad entre los escritores. Afirmó que eso era lo que yo le daba a la gente. Dijo que lo complacía y que lo último que deseaba era que un periodista llevase uniforme. Jamás olvidaré que dijo que el pueblo necesitaba pensar en algo que no fuera la guerra. Añadió que el amor de una mujer fiel era el sueño de todo hombre. Me quedé tan de piedra con su discurso sobre la "libertad" que fui prácticamente incapaz de contestarle. A continuación me sonrió y dijo: "Vamos a hacernos una foto". Noté que tenía mucha prisa por cumplir con sus visitas, así que le dije que ya era la orgullosa propietaria de una foto con Su Excelencia. En realidad no quería quitarle mucho tiempo, teniendo en cuenta la guerra que estaba en marcha. Cuando dije aquello, se rió por primera vez. Dijo: "Pues vamos a hacer más fotos y, si sigues escribiendo con ese talento, tendrás un álbum en el futuro". Después de sacarnos la foto, me preguntó si necesitaba algo en particular, porque quería hacerme un regalo especial. Estaba de tan buen humor que le confesé lo que en realidad quería. Le dije que deseaba ir a visitar a mi madre a Londres con mi pequeña Fay. Salwa estaba convaleciente tras una operación. Me preguntó si quería que Salam fuese con nosotras, pero yo le respondí que mi marido estaba combatiendo en el frente y que no pensaba apartarlo de ese deber tan importante. Y entonces, así de fácil, con un chasquido de sus dedos, Sadam me dijo que mi deseo estaba concedido. Jamás me han sorprendido tanto. Como todas sabemos, los iraquíes tienen prohibida la salida del país durante la guerra, a menos que sea por cuestiones gubernamentales. Me quedé allí de pie, sin habla, mientras él llamaba a su secretario y daba órdenes para que comprasen los billetes de mi niña y el mío. Nos íbamos a Londres. A continuación, Sadam me impresionó incluso más con la orden de que me dieran 5.250 dinares iraquíes [16.275 dólares] para el viaje. Jamás olvidaré la mirada del secretario. Yo no era miembro del círculo de allegados del presidente, así que se quedó sorprendido de que fuera merecedora de esa excepción.

»Aunque mi estilo literario interesase a Sadam, sabía que mi relación con Sati era una importante razón de que tuviera tantos privilegios. Cuando me fui de palacio pensé en que el respeto y la admiración que se había granjeado mi abuelo, Yido Sati, de todos los iraquíes, incluido Sadam Husein, influía en ese momento de mi vida de una forma muy positiva. Se lo agradecí a mi Yido y deseé que me hubiera oído.

»Desde ese momento, me llegaron noticias de que Sadam seguía mis artículos. En 1984, la Agencia de Noticias iraquí de Londres llamó a mi madre cuando estábamos de visita en Inglaterra, para informarle de que los artículos de su hija habían sido nombrados los mejores textos de 1983 por el presidente Sadam Husein. Me sorprendió que los artículos que más interesaban a Sadam fueran varios textos que había escrito sobre la predicción del futuro. Fue en los días más aciagos de la guerra, y la adivinación estaba adquiriendo una gran popularidad en Irak. Los iraquíes buscaban soluciones por diversas vías poco ortodoxas. También había escrito un artículo relacionado con la parapsicología. Formaba parte de un programa exclusivo para Sadam, que estaba supervisado por la Dirección de Vigilancia de Publicaciones, organismo perteneciente al Ministerio de Información, aunque, en realidad, funcionaba como un departamento aislado.

»Un día recibí una llamada telefónica de palacio para comunicarme que Sadam quería hacerme unas preguntas sobre esa investigación. Acudí a palacio con la esperanza de que estuviera de buen humor. Sin embargo, todavía se sentía alicaído por la marcha de la guerra contra Irán. Sadam fue directo al grano. Me contó que estaba muy interesado en algo llamado PES (Percepción Extrasensorial), y quería que realizase una investigación especial para él de las experiencias extracorporales. Entonces me contó que los rusos estaban realizando un trabajo excelente en ese campo. Trabajé cuanto pude en la investigación y la presenté al comité. Pero no recibí ninguna noticia de Sadam y olvidé el asunto. Más tarde, en 1986, recibí un mensaje de la Federación de Periodistas. Me contaron que el presidente Sadam Husein se había quedado tan impresionado por esa investigación en particular que me había regalado dos parcelas de tierra. Esos terrenos estaban en una localidad llamada Saidiya, en Bagdad. Y ese fue uno de mis últimos encuentros privados con Sadam.

Samira no quería que la mañana de cuentos llegase a su fin.

—¿Y la mujer de Sadam? Has prometido que nos contarías más sobre ella —le recordó.

Mayada asintió y accedió, pero antes de que pudiera contar esas anécdotas, uno de los guardias apareció de pronto por la puerta. El hombre lucía una sonrisa maliciosa, y cuando pronunció el nombre de Samira, ella rompió a llorar porque sabía que se la llevaban para torturarla.

Cuando Samira salió de la habitación, las mujeres ya no estaban de humor para chismorreos. Mayada se levantó del suelo y se arrastró en silencio hasta su litera, y las demás mujeres en la sombra volvieron poco a poco a sus camas. Todas se sentaron a esperar, porque sabían que cuando Samira regresase necesitaría su apoyo. Saber lo que le estaba ocurriendo a Samira entristeció tanto a Mayada que no pudo hacer otra cosa que desesperarse. Unas horas después, la puerta se abrió y tiraron a Samira al interior de la celda, donde cayó sobre un montón de cosas que había en el suelo. Su ahogado llanto atrajo a las mujeres a sus pies, y todas se reunieron en torno a su cuerpo roto. Con una rápida mirada, Mayada vio que Samira sangraba por la nariz y los oídos, y que tenía los brazos cubiertos de quemaduras de cigarrillos.

A Mayada empezaron a correrle las lágrimas, entonces se agacho y ayudó a Samira a ponerse de pie. Por algún motivo vio de pronto la cara de su amable padre. Él le había enseñado a ser amable, diciéndole que si no discutía, nadie en el mundo podría discutir con ella, pero mientras estaba allí mirando a Samira, tuvo la gran certeza de que su padre se había equivocado.
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