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Sadam Husein

Con la cabeza todavía abotargada por los gritos de Ahmed, Mayada se sentó en silencio y observó cómo, una a una, las mujeres en la sombra se apartaban del lugar en que se encontraba Aliya. La joven permanecía sentada en el suelo sin decir nada, pese a la sugerencia de Samira de que organizaran su ropa de cama y sus víveres, que llenaban la diminuta celda. Aliya se miraba con tanta intensidad las manos, cerradas en un puño con fuerza y dobladas sobre su regazo, que Mayada se preguntó si estaría pensando en su hija y en que jamás volvería a tener la oportunidad de abrazarla y protegerla, porque Suzan sería una mujer y madre antes de que Aliya fuera liberada de Baladiyat.

Durante un breve instante, Mayada envidió el aislamiento de Rasha, con el convencimiento de que mientras escuchaba las historias del resto de las mujeres en la sombra, el peso de sus penas se mezclaba con el de las demás.

No obstante, incluso mientras pensaba aquello, Mayada sabía que jamás podría apartarse de esas mujeres en la sombra, porque no había tardado en aflorar en ella un verdadero afecto por sus compañeras. En ese preciso momento, Samira la sorprendió con un pequeño cubo de agua para lavarse la cara y las manos. Mayada sintió que su apesadumbrado ánimo se levantaba un poco. Aunque sabía que los presos no podían tener objetos cortantes, había descubierto que Samira era una obradora de milagros, y le preguntó si había alguna forma de encontrar un espejito de mano.

Samira miró a las demás mujeres en la sombra, luego asintió antes de volverse y rebuscar entre las pertenencias que había envuelto entre los pliegues de una áspera manta militar. Samira lanzó un gemido de satisfacción y se volvió con orgullo con un pequeño espejito roto en la mano, que agitó con entusiasmo.

—Hasta hace una semana —susurró Samira—, hubo una hermosa mujer encerrada aquí. Uno de los guardias se interesó por ella. Él le dio este espejo con la promesa de que no lo compartiera con las demás compañeras de celda. Cuando ese guardia fue trasladado a Basora, dio órdenes para que la trasladasen a ella también. La muchacha dejó el espejito.

Mayada pensó en el excesivo precio que había tenido que pagar esa pobre mujer por el especial interés del guardia, pero apartó ese pensamiento de su mente. Sabía que la violación era una forma de tortura utilizada tanto con mujeres como con hombres en las cárceles iraquíes, aunque las presas más atractivas eran violadas en repetidas ocasiones por muchos hombres. Por primera vez en su vida, Mayada se alegró de no ser una gran belleza.

Con un triste suspiro cogió el espejo de manos de Samira y contempló el reflejo de su imagen. Se estremeció sobresaltada; sin creer lo que había visto, le dio la vuelta al espejo varias veces, primero miró el reverso de plomo y luego el lado de cristal antes de reunir el valor suficiente para mirar su reflejo por segunda vez. Sí, la desconocida del espejo era en realidad la hija mayor de Nizar y Salwa, y la madre de Fay y de Ali.

Se tocó la cara con las yemas de los dedos. Se maravilló de que solo hubieran pasado veinticuatro horas desde su detención, porque tenía la piel suelta y caída, en forma de pequeños pliegues. Unas sombras que jamás había visto formaban un círculo en torno a sus ojos color avellana.

Mientras estaba sumida en esa visión, Mayada oyó a una de las mujeres en la sombra exclamar que incluso los perros en Irak recibían mejor trato que los presos, y oyó su propia voz gritar:

—¡No hay duda de que algunos perros reciben mejor trato que nosotros, pero no Mujtar, el dóberman de nuestro presidente!

Algunas mujeres en la sombra estaban ocupadas arreglando sus objetos personales, mientras otras se hacían trenzas en el pelo y otras se colocaban el pañuelo, pero al oír las palabras de Mayada, todas las mujeres a excepción de Aliya dejaron lo que estaban haciendo y se volvieron en dirección a Mayada.

Samira la miró.

—Mayada, pero ¿de qué tonterías hablas? —le preguntó con una vocecita cantarina.

—¿Un perro llamado Mujtar? —preguntó, con un tono que denotaba incredulidad, Rula, la mujer en la sombra más religiosa de la celda 52.

El escepticismo de Rula era comprensible, ya que Mujtar significa «el Elegido», y es solo uno de los muchos nombres que da Alá al profeta Mahoma en el Corán. Llamar a un perro Mujtar es el mayor insulto al gran profeta del islam.

Sin tomar en consideración las consecuencias de hablar sobre Sadam Husein, Mayada empezó a contar a las mujeres en la sombra lo que sabía.

—Sí —les dijo—, es cierto. Durante la época inicial, cuando Sadam todavía le tenía cariño a la madre de sus hijos, le había regalado a Sayida un dóberman llamado Mujtar. Y Sadam en persona lo había condenado a muerte. —Mayada prosiguió—: Creedme, preferiríais duplicar el tiempo de vuestra sentencia en prisión antes que sufrir lo que sufrió ese pobre perro.

—Cuidado con lo que dices —le advirtió Samira—. Si están escuchando —y agachó la cabeza hacia la puerta de metal—, te cortarán la lengua y te dejarán desangrarte hasta la muerte. No podremos hacer nada.

Todos los iraquíes sabían que criticar al presidente Sadam o a un miembro de su familia suponía la sentencia automática de cortar la lengua al culpable antes de morir, así que Mayada entendió lo que decía Samira. Se alejó de la puerta y se dirigió hacia la pared del fondo de la celda. Una vez allí, volvió a sentarse en el suelo y bajó el tono de voz hasta convertirlo en un susurro. Las mujeres en la sombra tenían curiosidad por escuchar su historia y empezaron a reunirse en círculo a su alrededor por segunda vez aquella mañana.

Mayada continuó hablando en voz baja.

—Esto ocurrió en 1979, durante los primeros días del gobierno de Sadam. Sayida y Sadam todavía no se odiaban, y por su nueva posición política, él se preocupaba por la seguridad de sus hijos. Sadam le compró a Sayida un cachorro de dóberman llamado Mujtar, solo Alá sabe por qué le puso ese nombre, y lo adiestró para que atacase a la orden de «¡Vamos, Mujtar!». Un día, Sayida estaba nadando, y cuando salió del agua para coger la toalla, el perro estaba en el borde de la piscina mirándola. Sayida es una mujer cruel que maltrata a sus sirvientes, así que no es la clase de persona a la que preocupen los sentimientos de los animales. No quería que el perro estuviera por allí y sin pensarlo, sacudió la toalla y dijo: «¡Vamos, Mujtar!».

»Sayida reconoció más tarde ante el doctor, un médico que atendía a mi familia en la misma época en la que atendía a la familia de Sadam, que sus palabras confundieron al perro y que Mujtar había mirado por todas partes, y al ver que no había nadie a quien detener, la atacó a ella. Sayida enrolló la toalla a toda prisa y se la metió en la boca al perro, pero en ese momento, los guardias de seguridad ya habían oído sus gritos y acudieron para llevarse a Mujtar. Así que ella no sufrió daño alguno.

Una mujer en la sombra joven y soltera llamada Sara soltó un gritito y se tapó la boca con la mano.

Mayada sonrió a la joven antes de contar el resto de la estrambótica historia.

—Cuando Sadam fue informado del incidente se puso tan furioso con el perro que celebró un pequeño juicio fingido. Me contaron que se sentó en su mesa con el perro enfrente mientras uno de sus guardias lo sujetaba con fuerza sobre una silla. Sadam era el juez y jurado y sentenció a Mujtar a morir de hambre y de sed, aunque el animal había actuado impecablemente tal como lo habían adiestrado. Antes de que el perro fuera sacado de la habitación para su ejecución, Sadam cogió una picana eléctrica y se la clavó al animal tres o cuatro veces con ensañamiento.

»Aunque lo peor era que Sadam no solo quería que el perro muriese, sino que afirmó que el delito de haber atacado a un miembro de la familia gobernante exigía un tormento prolongado antes de la muerte, así que condenó a Mujtar a sufrir durante el máximo tiempo posible. Sadam dio órdenes a sus guardias de seguridad de que encadenaran al animal a un poste metálico que estaba clavado junto a la piscina. Los guardias contaron más tarde que Sadam había dicho que sería divertido que el perro muriese de sed mientras estaba encadenado a un metro de una piscina llena de agua.

»Esa pobre bestia estaba encadenada con tanta fuerza al poste que tenía el cuello casi pegado a la barra, así que no podía ni sentarse ni tumbarse. Y allí se quedó, un día tras otro, bajo el sol abrasador, mientras Sadam lo observaba y se reía de los lastimeros aullidos del animal. Una o dos veces al día, Sadam y su hijo mayor, Udai, de quien todos los iraquíes saben que es incluso más cruel que su padre, propinaban descargas eléctricas al perro con la picana.

»Todos los habitantes de aquella despiadada casa tenían un corazón de piedra, salvo la hija pequeña, Hala, aunque los padecimientos del perro eran tan intensos que incluso Sayida se sentía molesta ante aquella visión. Sin embargo, claro está, nadie tenía el valor de quejarse a Sadam por el perro. —Mayada finalizó la triste historia—. Cuando el médico regresó a palacio para hacerle otra revisión a Sayida por un problema distinto, vio al agonizante Mujtar en esas penosas condiciones y le preguntó a uno de los guardias qué estaba ocurriendo. Cuando le contaron que Sadam lo había condenado a muerte, el médico reunió el valor necesario y volvió a la casa para decirle a Sadam que necesitaba un perro guardián y le pidió si podía quedarse con el animal. Por algún motivo, Sadam estaba de otro humor en ese momento, así que se encogió de hombros y le dijo al médico que se lo llevase. El médico fue hacia Mujtar e hizo que uno de los guardias le ayudase a cortar la cadena que estaba asfixiando al pobre animal. El médico me contó que en toda su carrera no había presenciado un sufrimiento tan intenso, y tuvo que contener las lágrimas cuando vio en qué condiciones se encontraba Mujtar. Como resultado de los esfuerzos del perro para liberarse, la cadena se le había clavado en la piel. El médico dijo que pensó que ya estaba muerto, pero cogió con la mano un poco de agua de la piscina y se la echó a la cara, entonces vio el parpadeo de un ojo. Levantó a Mujtar en brazos, lo metió en su coche y lo llevó a su casa, donde cuidó del dóberman hasta que este recobró la salud por completo. Aproximadamente un año después, cuando visité la casa del médico en Mosul, me alegró muchísimo ver al perro feliz. El médico me contó lleno de orgullo que el dóberman, que ahora tenía un nombre más adecuado, era una maravillosa mascota familiar. —Mayada rió—. ¡Si hasta tengo la foto del perro, sentado en el comedor con toda la familia!

Las mujeres en la sombra permanecieron sentadas en silencio. Aunque todas estaban sufriendo en manos de las fuerzas de seguridad de Sadam, albergaban la esperanza de que al conocer los detalles de sus vidas, el dictador intercedería y las liberaría. Sin embargo, con esa nueva información, comprendieron por primera vez que su presidente estaba totalmente desquiciado y que tal vez él era la causa de toda la brutalidad que tenía lugar en Baladiyat y en el resto de las cárceles de Irak.

Una pequeña mujer en la sombra con el pelo negro azabache y ojos azules, una joven llamada Eman, se dirigió a Mayada por primera vez aquel día. Aunque le asustaba mucho hacer una pregunta sobre Sadam, quería saber cómo se llamaba el médico que había salvado a Mujtar.

—Será mejor que no lo diga. Todavía es uno de los médicos de Sadam.

Eman asintió comprensiva. Cualquier iraquí que no fuera empleado del vasto equipo de seguridad de Sadam procuraba proteger a los demás con el único método que conocía, mantenerlos en el anonimato.

Su círculo fue interrumpido por los gritos de un hombre. Rogaba clemencia mientras lo arrastraban por el pasillo. Cuando pasó por delante de la celda 52, logró escaparse por un momento de las garras de sus carceleros. Lo oyeron llegar dando tumbos hasta la puerta metálica, y lleno de pánico, la golpeó desesperado con los puños, rogando que le dejaran entrar en la celda como si creyera que por ahí podría escapar. Pero los guardias se abalanzaron sobre él y quedó claro por los ruidos de los puñetazos que le estaban golpeando en la cara y el cuerpo. Después de una lluvia de insultos y golpes, se llevaron al sollozante preso.

La mirada de Mayada se cruzó con la de Samira durante un breve instante antes de que le preguntara por qué había tantas torturas esa mañana, puesto que le había dicho que no se torturaba a primera hora del día.

Samira se ruborizó, se encogió de hombros y levantó sus delicadas manos blancas en el aire.

—Hay veces en las que hacen una excepción.

Mayada sintió una sacudida de afecto, porque sabía que Samira había mentido para no preocuparla.

—Pero es cierto que llevan a cabo gran parte de las torturas por la noche —añadió Samira.

Rula murmuró que Samira decía la verdad.

Todas se quedaron sentadas en silencio y escucharon los gritos mientras se acallaban poco a poco, antes de que una mujer en la sombra de más edad que llevaba gafas de gruesos cristales dijera:

—Jamás había pensado antes en la crueldad de Sayida. Sentí pena por ella cuando Sadam tomó a Samira Shabendar como esposa más joven, y decidí entonces que me gustaba Sayida.

—Iman, ahora sabemos que has desperdiciado tu compasión —dijo Samira con un suspiro.

—Tenía una imagen equivocada —asintió Iman.

Mayada quería que el mundo entero supiese toda la verdad sobre la familia de Sadam.

—Es incluso más tonta que cruel, y puede estar agradecida a Sadam por no haberse divorciado de ella —susurró Mayada—. Sadam la odia y ella odia a Sadam. Lo único que tienen en común son sus hijos, y aunque todavía siguen casados legalmente, rara vez se ven.

—¿En serio? —preguntó Samira.

—Lo que digo es cierto.

—Cuéntanos toda la verdad sobre esa mujer —imploró Iman.

—¿ Conoces a Sadam? —preguntó una de las mujeres en la sombra más jóvenes que se llamaba Muna.

Mayada no respondió, pero Samira rió en voz baja y juntó las manos.

—¡Pues claro que lo conoce! —susurró.

Incluso Aliya empezó a escuchar esa vez, y en silencio se unió al círculo.

—¿Nos hablarás de él? —preguntó Aliya, mirando a Mayada.

Mayada asintió sin dudarlo. Sí, hablaría. Para ella todo había cambiado en las últimas veinticuatro horas y había olvidado su habitual precaución de negarse a revelar lo que sabía sobre Sadam y su familia o sobre su círculo más íntimo de funcionarios. Había cambiado de forma tan radical desde la mañana de su detención que solo se lamentaba de tener un público tan reducido. Si podía conseguirlo, su público empezaría a multiplicarse hasta que el mundo entero pudiera escuchar lo que sabía sobre Sadam Husein.

—Pero habla en voz baja —suplicó una vez más Samira.

—Os lo contaré todo, desde el principio. —Luego le sonrió a Samira—. Y lo contaré entre susurros.

Era comprensible que Samira estuviera nerviosa por el tema.

—Tenemos que estar preparadas, así que si se abre la puerta, yo fingiré que estoy hablando sobre mis platos favoritos y Anwar—hizo un gesto hacia una mujer en la sombra de más edad de pelo rubio que Mayada todavía no conocía—, tú discutirás conmigo y me dirás que no sé qué es buena comida. El resto de vosotras empezaréis a hablar de cualquier cosa para que no se entienda lo que estamos diciendo. —Miró a Mayada y le dedicó una amplia sonrisa—. Esos hombres creen que somos un atajo de tontas.

Anwar asumió entre risas su papel en la farsa, y luego todas miraron expectantes a Mayada y le pidieron que continuase.

Mayada les contó que su madre conoció a Sadam en 1969, solo un año después del impopular golpe militar baazista por el que Ahmed Hasan al-Bakir se convirtió en presidente. Les recordó que el Partido Baaz no contaba con la aceptación de los intelectuales iraquíes, y que sus padres jamás habían sido miembros del partido. En realidad, cuando el Partido Baaz se hizo con el poder, se produjo una confusión política en Irak, y muchos antiguos funcionarios del gobierno esperaban a que las verdaderas caras de esos nuevos gobernantes se mostrasen antes de decidir si quedarse en Irak o huir a algún país árabe vecino.

—Habían invitado a mis padres a una embajada extranjera donde se celebraba una pequeña fiesta y, como era verano, se sirvió una cena bufet en el jardín. Mi padre, Nizar, estaba manteniendo una conversación con uno de los embajadores extranjeros invitados, y mi madre estaba llenando su plato mientras charlaba con la mujer del embajador libanés. Era un acto social normal y corriente, con invitadas que hablaban sobre los acontecimientos sociales de la temporada siguiente e invitados que hablaban de política, aunque todos se mostraban más precavidos que nunca porque se rumoreaba por Bagdad que los líderes baazistas eran muy contrarios a cualquier crítica. Mi padre me contó que los baazistas no tenían mucha paciencia con las discusiones políticas amistosas, que, como ya sabéis, son una inocente forma de entretenimiento frecuente en el mundo árabe; los hombres son famosos por sentarse durante horas en los cafés mientras se divierten con acaloradas discusiones sobre el partido gobernante del momento.

»Había mesas redondas cubiertas con manteles blancos y decoradas con arreglos florales repartidas por el jardín. La mujer libanesa sugirió a mi madre que buscasen un lugar para sentarse, y cuando vieron una mesa con dos sillas libres, se dirigieron hacia allá. Ya había dos hombres ocupándola, y ambos estaban comiendo. Mi madre me describió a uno de ellos, de quien dijo que era joven y atractivo. Comía con unos modales pausados y excelentes. Se fijó en eso porque la mayoría de los hombres iraquíes tienen unas horribles costumbres en la mesa, y los modales de ese joven lo hacían destacar. Mi madre dijo que el joven alzó la vista, le sonrió y la saludó sin presentarse. Más tarde, mi madre recordó que los ojos del muchacho eran de color negro azabache, tremendamente redondos y que tenían un brillo poco común que le recordaba por alguna razón a los ojos de un animal.

»Mi madre siguió hablando con la mujer libanesa, y después de un rato, la esposa del embajador de Kuwait pasó por la mesa, le pellizcó el brazo y le susurró al oído: "No sabía que lo conocías. Llámame mañana y me lo cuentas todo". Confundida, sin saber qué había querido decir la mujer kuwaití, mi madre no dijo nada y volvió a comer. Unos minutos después, el joven de ojos grandes se acercó a ella y le preguntó: "¿ Qué tal, Ustatha [profesora] Salwa?". Ella respondió que estaba bien y le correspondió con la misma pregunta. "Bueno, es una pesada carga", fue su críptica respuesta. Mi madre contó que no tenía ni idea de a qué carga se refería, pero supuso que su comentario tenía que ver con problemas relativos a una familia numerosa o a algún asunto familiar. Entonces, el joven hizo un par de comentarios en los que ella no reparó mucho, porque había escuchado hacer los mismos comentarios sobre su padre a todos los iraquíes. "Soy un gran admirador de Sati al-Husri —le dijo—. Solía ir a visitar a su padre, Sati, casi todos los viernes cuando era un pobre estudiante de derecho en El Cairo. Le hacía muchas preguntas, pero ese gran hombre jamás me dejó plantado ni se cansó de contestarme." Mi madre le agradeció sus palabras antes de olvidar la tristeza que en ella evocaban; su padre, Sati, había fallecido el año anterior, solo cuatro meses después de que el Partido Baaz subiera al poder. Su ausencia le había dejado un vacío en el corazón. Quería preguntarle al joven su nombre, pero al pensar que sería de mala educación puesto que él había supuesto que lo conocía, no dijo nada. A esas alturas seguían los comentarios sobre su padre. "Siempre he dicho que Sati al-Husri podría haber sido el hombre más rico de Oriente Próximo si hubiera cobrado unas pocas monedas por los libros de texto que había escrito. Pero en lugar de cobrar por sus obras, se ganó el corazón de millones de personas."

Era un hecho bien sabido que los libros de Sati se utilizaban en todas las escuelas árabes y que él se había negado a recibir derechos de autor, argumentando que el conocimiento era como el aire y que debía ser gratuito, así que dio su permiso a todas las escuelas para imprimir y utilizar tantos libros como necesitasen sin cobrar nada. Aunque aceptaba los derechos de autor de libros vendidos en sitios tradicionales como las librerías, jamás aceptó cobrar los derechos de los libros que se utilizaban en la enseñanza.

—Mi madre se sentía avergonzada a esas alturas y puesto que creía que ese hombre tenía problemas de negocios, decidió que mi padre podría ayudarlo, y al final invitó al joven a que acudiera con su esposa a su villa. Ofreció la ayuda de mi padre para sus problemas. Mi madre dijo que los ojos del joven se iluminaron de inmediato de alegría, antes de bajar los párpados y sonreír. Más tarde, cuando mi madre descubrió que había estado hablando con Sadam Husein, el hombre conocido como «el Segundo», se dio cuenta de que justo en ese momento él se había percatado de que ella no lo había reconocido como el hombre que ocupaba el segundo cargo más importante del país.

Numerosas mujeres en la sombra rieron disimuladamente, casi incapaces de imaginar la sorprendente vida que había tenido la familia de Mayada, e incapaces de concebir que una madre hubiera estado tan segura de despreciar a los arribistas baazistas por ser una panda que sería derrocada con tanta rapidez que no consideraba necesario saber qué aspecto tenía el poderoso vicepresidente.

Por supuesto, al principio, Sadam había preferido no ser reconocido, y había evitado ser visto en público. El Partido Baaz tomó el poder en 1963, pero llegó y se fue con tanta rapidez que cuando regresó en 1968, la mayoría de la gente no lo tomó en serio, convencidos de que su segundo escarceo con el poder sería tan breve como el primero.

Sin embargo, todo el mundo subestimó a Sadam.

Aunque el futuro presidente solo tenía treinta y un años en aquella época de la segunda toma del poder baazista, había aprendido de los errores de 1963, y era lo bastante inteligente como para permanecer en un segundo plano hasta que el futuro del partido estuviera asegurado. En la actualidad, todos los iraquíes saben que forjó la base de su poder en el partido a través del servicio secreto. Desde el principio, la Mujabarat —la organización de terror e intimidación del gobierno— había informado a Sadam, pero aunque él era el único arquitecto del terror y hubiera preferido aniquilar con sus propias manos a muchos iraquíes, hizo un esfuerzo coordinado por presentarse como un caballero refinado de modales exquisitos.

Mayada les contó que su primer encuentro con Sadam llegó en el momento más triste de su vida, por eso había borrado de forma deliberada cualquier recuerdo de ese episodio hasta entonces.

—Mi padre murió de cáncer de colon en 1974, y antes del funeral recibimos una llamada telefónica de Sadam, que todavía era vicepresidente. Nos expresó sus condolencias y dijo que esperaba poder acudir a la fatiha
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