Nota de la autora






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Al-Yumburiya de Bagdad, así que decidió llamar al despacho. Cuando su mano tocó el auricular, el teléfono la sorprendió con el timbre de una llamada entrante. Levantó el auricular y oyó la voz del doctor Fadil al-Barrak, un conocido reciente de su familia. El doctor Fadil era el director de la policía secreta, el hombre que según todos sabían solo respondía a las órdenes de Sadam Husein. Era poco frecuente que un caballero de voz dulce como el doctor Fadil ocupara un cargo que le otorgaba el mando de la seguridad interna del país, pero poco después de asumir todo el poder, Sadam había reformado las organizaciones de los servicios secretos. El presidente había dicho que un hombre ignorante era menos digno de confianza que un hombre inteligente, así que había otorgado cargos importantes a varios iraquíes con buena educación. El doctor Fadil era una persona muy poderosa en el país, supervisaba varios departamentos de seguridad, incluido los de Asuntos de Seguridad, Movimientos Islámicos, Secciones de Desertores del Ejército, Seguridad Económica, Grupos de Oposición, Narcotráfico y otros.

Pocas personas en Irak gozaban de la confianza de hombres de tan altas esferas, pero Mayada no era muy consciente de ello en aquella época, porque sus padres y abuelos siempre habían tenido relación con importantes líderes mundiales.

En realidad, el doctor Fadil había tenido una relación especial con su familia. Aunque se había convertido en su amigo, la madre de Mayada, Salwa, nunca lo había invitado a desempeñar ese papel. El doctor Fadil era escritor y había recurrido a su familia para pedir permiso para leer los libros y documentos que pertenecían al famoso abuelo materno de Mayada, Sati al-Husri. La familia de Mayada no se planteó mucho la petición, ya que los escritos de Sati sobre el nacionalismo árabe y los programas educativos árabes eran utilizados como referencia con bastante frecuencia por numerosos escritores árabes. Gracias a ese simple comienzo, el doctor Fadil se había convertido en un visitante cada vez más frecuente de su hogar.

Ese día fatal, el doctor Fadil se saltó las cortesías de costumbre.

—¿Salam sirve en Bagdad?

Mayada se sorprendió por la preocupación que demostraba por la seguridad de su esposo. El doctor Fadil desaprobó su unión desde el primer momento, porque Salam pertenecía a una conocidísima familia feudal. Su padre había tenido esclavos hasta 1960, y los baazistas revolucionarios como el doctor Fadil evitaban de forma deliberada a los poseedores de esclavos. Sin embargo, su cercanía con la familia no se había roto, e incluso le había regalado a Mayada una carísima joya el día de su boda.

—No, sirve en Al-Mahawil —respondió Mayada, refiriéndose a la base militar al sur de Irak.

Con la sensación de que ocurría algo fuera de lo normal, le preguntó a Fadil qué ocurría.

—Es por tu héroe del póster, nos ha declarado la guerra —susurró con prepotencia. Mayada supo de inmediato a qué se refería, y también entendió que los aviones de guerra no tenían nada que ver con las fricciones iraquíes internas, sino que estaban relacionados con las crecientes tensiones entre Irán e Irak. Pese a la gravedad del momento, estuvo a punto de reírse en voz alta cuando Fadil mencionó a su «héroe del póster», porque se dio cuenta de que un incidente tan tonto que no significaba nada, en realidad, había enfurecido mucho a ese hombre que se consideraba un leal partidario de su familia.

El incidente tuvo lugar durante su compromiso y estaba directamente relacionado con una reunión de estudiantes de 1979 en la Universidad Al-Mustansiriya de Bagdad. Varias bombas hicieron explosión durante esa reunión, murieron dos estudiantes y muchos otros fueron heridos. Una semana después del bombardeo hubo una multitudinaria marcha estudiantil desde la universidad hasta el cementerio Bab al-Muadam, donde los estudiantes caídos habían sido enterrados. La manifestación deambuló por la ciudad e incluso cruzó la calle principal próxima a la casa de la madre de Mayada. Dos ministros del gobierno encabezaban la marcha, así que había numerosos coches de policía y agentes del servicio secreto patrullando por toda la zona. Cuando la manifestación pasó por delante de la casa de su madre, dos granadas de mano fueron lanzadas a la procesión. La casa vecina a la de su madre albergaba el consulado iraní, así que la policía secreta iraquí supuso de inmediato que el ataque provenía de allí.

La casa familiar de Mayada era una hermosa construcción con grandes balcones. Su habitación tenía una amplia veranda que se extendía sobre el jardín y daba al consulado. Las fuerzas de seguridad tuvieron que pasar por allí para mirar por el balcón desde el que planeaban disparar a la casa del representante iraní.

Unas semanas antes, Mayada había recortado y pegado en la pared una vistosa foto del ayatolá Jomeini, donde el ceñudo clérigo lucía su negro turbante sobre un fondo de color fucsia.

Cuando los policías del servicio secreto irrumpieron en su habitación y vieron la imagen de su enemigo, se quedaron tan atónitos que olvidaron la caza de los peligrosos rebeldes y en lugar de realizarla corrieron a informar de la traición a las autoridades. Los iraníes se salvaron de una ráfaga de balas ese día gracias a que una joven Mayada al-Askari había pegado una foto del clérigo chií Jomeini en la pared de su cuarto. Una ofensa así era considerada una traición por la minoría suní del gobierno. Sin embargo, Mayada era demasiado joven y demasiado ingenua para creer que pudiera correr serio peligro por pegar una foto en la pared.

Cuando le contaron el incidente al doctor Fadil, él la llamó por teléfono. La calidez que acostumbraba a tener su voz se enfrió cuando le informó que pasaría por su casa a las diez en punto de esa noche y le pidió por favor que no paseara su joyero para que lo viera todo el mundo. Ella entendió el comentario de inmediato, porque en Irak cuando se quiere despreciar a una persona, dice lo contrario, así que aunque Fadil llamara a Jomeini «joyero», la traducción cultural significaba que su enemigo era en realidad un canalla.

El doctor Fadil era un hombre de palabra. Llegó puntual a las diez esa noche, y aunque tenía el rostro tranquilo, sus ademanes transmitían una clara frialdad. Se irguió cuan alto era, y era muy alto, mientras miraba a Mayada, y ella se dio cuenta de que tenía el ojo izquierdo más pequeño que el derecho. Por primera vez sintió que el doctor Fadil no era precisamente el hombre amable que fingía ser. Apretó los labios antes de pedirle a la madre de Mayada, Salwa, un vaso de whisky. Dio un buen sorbo antes de volver a volcar toda su atención en Mayada.

Un hombre tan próximo a Sadam poseía una gran fuerza en la jerarquía gubernamental iraquí y tenía la capacidad para haberla aplastado como una cucaracha, pero se relajó un poco cuando el whisky pasó por sus labios y empezó a sermonearla como un maestro de escuela sobre sus vecinos, los iraníes. Jugueteaba con las gafas mientras buscaba las palabras.

—Deberías haber visto a Jomeini cuando lo deportaron de Irán —dijo—. No tenía nada y nosotros le abrimos nuestro país. Vivió en Irak durante muchos años como refugiado bien recibido y cuando Sadam le pidió que hablase al pueblo chií contra el sha, él se negó. —El doctor Fadil de voz dulce sorprendió a Mayada y a su madre con un repentino arrebato—. ¡Ese hombre no es más que un persa con el cuerpo lleno de mierda! —A todas luces luchando para no perder el control de sus emociones, se aclaró la garganta y bajó la voz—. Tras esa apariencia piadosa está conspirando con los imperialistas.

En aquella época, Mayada todavía era ingenua, creía que nada malo podía interponerse en su camino; se esforzaba por contener la risa pero tenía la sensación de que el doctor Fadil había llegado a un punto decisivo de su sermón. La caída de sus párpados no podía ocultar la rabia que había en sus ojos, y su piel cetrina se había enrojecido por la pasión; aun así, Mayada tuvo el valor de decir:

—Creía que el Partido Baaz predica la democracia, y si es así, ¿por qué no puedo colgar la foto de mi enemigo en la pared? Debería tener derecho a poner la foto que se me antojase en mi habitación. —Cuando Fadil respiró profundamente, ella se dio cuenta de que se estaba poniendo incluso más serio, así que intentó quitar un poco de hierro al asunto con palabras más suaves—. El contraste de colores entre el rosa y el negro me resultó llamativo. —Se rió—. Fue por el color, no por el religioso.

El doctor Fadil se enfureció con las superficiales palabras, y se puso a hablar a gritos de su falta de lealtad árabe contra las bestias persas. Su madre era una mujer inteligente y conocía a los hombres.

—Me alegra que esté usted aquí para orientar a mi hija —dijo, rellenándole el vaso de whisky—. La pobre no tiene padre, ¿ entiende?

Mayada sintió un ataque de rabia contra su madre, le estremeció la idea de que cualquier otro hombre pudiera considerarse un sustituto de su padre, Nizar al-Askari.

Amaba a su padre con una gran pasión. El día 2 de marzo de 1974 —el día en que su padre murió tras una larga lucha contra el cáncer de colon— fue el día más triste de su vida. Apenas podía pensar en su padre, y cualquier ocasión en la que recordaba su sufrimiento, la tristeza le recorría el cuerpo como una oscuridad imparable, y se sentía realmente mal. Sin embargo, ahora recordaba el amable amor masculino que envolvía a las tres mujeres que su padre más amaba: su esposa Salwa y sus dos hijas, Mayada y Abdiya. Durante la última conversación que mantuvo con sus niñas, se había desesperado al pensar en que iba a morir en breve y que dejaría a sus hijas sin la protección de un padre. Había temblado mientras le decía a Salwa que Mayada tenía que ir a la facultad de medicina de la Universidad Estadounidense de Beirut, que tenía ahorros en un banco de Líbano para ese fin y que Abdiya debía seguir los pasos de su hermana. Había mirado a Abdiya y la había llamado «mi gatita», y había hecho hincapié en que la educación debía ser su principal objetivo en la vida. La devoción de su padre por el aprendizaje era comprensible porque era un hombre de cultivada educación que había estudiado economía en el King's College de Cambridge, donde su tutor fue el conocido economista John Maynard Keynes.

Con las palabras de su madre todavía retumbándole en los oídos, Mayada sintió una repentina punzada de odio hacia el doctor Fadil, odio porque él estaba vivo mientras su propio padre había muerto; aunque sabía que eran pensamientos pecaminosos, solo Dios puede tomar esa clase de decisiones. Observaba la escena mientras su madre aplacaba al hombre con sus tranquilizadoras palabras, aunque pensaba que una persona no podía apaciguar la falta de piedad durante mucho tiempo. Por primera vez empezaba a sospechar que el doctor Fadil tenía algo de despiadado en su carácter que ni ella ni su madre habían visto hasta la fecha. Recordó la forma en que otros iraquíes reaccionaban al escuchar su nombre y el hecho de que ella lo conociera. Algunos bajaban la vista y desviaban la mirada, recordando de pronto asuntos pendientes desde hacía mucho que requerían su atención, mientras otros le dedicaban un respeto que no se había merecido y al minuto siguiente le pedían que intercediese en su nombre y que los ayudase a conseguir un trabajo o un terreno.

Deseaba preguntarle por qué los iraquíes reaccionaban ante su nombre con ese evidente temor, pero su madre le pellizcó el brazo con disimulo y la fulminó con la mirada.

Estaba claro que al doctor Fadil le gustó la idea de ser la mano conductora de la nieta del legendario Sati al-Husri. Sonrió y a continuación bebió un poco más de whisky. Bromeó con la madre de Mayada sobre las niñerías de los jóvenes. Antes de marcharse de la casa, le recordó a Mayada que sin su protección, el descubrimiento de su héroe del póster podría haber llevado a todos los habitantes de la casa de Mayada a la cárcel durante un largo período. Cuando el doctor Fadil por fin se marchó a medianoche, Mayada admitió a regañadientes que su madre era un genio a la hora de manejar esas situaciones tan violentas.

Y fue el mismo doctor Fadil, quien todavía recordaba ese incidente, el que en ese momento le informaba de que Irán e Irak estaban en guerra. Le dijo que los aviones iraníes habían entrado en el espacio aéreo iraquí y habían sobrevolado Bagdad, aunque afirmaba que los héroes iraquíes les habían dado caza al cruzar la frontera.

Cuando colgó el teléfono, informó a Salam de lo que sabía y luego vio cómo su marido andaba dando tumbos por la casa recogiendo un par de cosas para llevarse al frente. Sintió una sensación horrible cuando pensó que Salam bien podría convertirse en la primera baja en el campo de batalla. Aunque Mayada no deseaba estar casada con ese hombre, tampoco quería que muriese.

Las mujeres en Oriente Próximo suelen aceptar los rituales del matrimonio y la educación de los hijos sin rechistar. Mayada no era una excepción. A la edad de veintitrés años, había pensado en el matrimonio en más de una ocasión. Cuando un hombre atractivo llamado Salam al-Haimus entró en la oficina de su periódico para poner un anuncio, el tímido joven pronto se ganó la atención de Mayada. Cuando él la vio, mencionó que vivían puerta con puerta. Cautivada por su magnífico rostro, Mayada se preguntó cómo no lo había visto hasta entonces. Pero desde aquel día, fue cada vez más observadora. Cuando Mayada llegó a casa, Salam la estaba esperando en la puerta para saludarla. Pese al recelo de Salwa con respecto al matrimonio, Mayada y Salam habían conseguido la bendición de ambas parejas de progenitores en unos pocos meses.

En cuanto la ceremonia finalizó, la feliz pareja dejó Bagdad para disfrutar de una larga luna de miel en Europa. Mayada había recorrido el mundo con regularidad desde que era una niña, pero Salam jamás había salido de Irak. Una hora después de haber embarcado en el avión, Salam dejó claro que como jeque árabe que era, insistía en que su mujer ocultara lo que sabía a los demás.

—Yo me encargaré de todo. Soy el hombre —le explicó con una sonrisa.

En Italia, Salam quiso montar en todos los trenes. A Mayada le encantaban los museos. A Salam le gustaban los casinos. Mayada curioseó por las bibliotecas.

País tras país, el matrimonio se fue desintegrando.

En España, Mayada descubrió que Salam creía que Picasso, el pintor de fama mundial, era el nombre de un plato de comida. Y con eso, Mayada se dio cuenta de que había cometido el mayor error de su vida. Aun así, le aterraba la idea de que Salam pudiera morir en la guerra.

Esa mañana del mes de septiembre fue solo el principio de años de aplastantes pérdidas. La continuada guerra entre Sadam y Jomeini provocó la muerte de un millón y medio de hombres, mujeres y niños.

En realidad, el origen de las hostilidades se remontaba a la época en que Mayada era solo una niña. Durante la juventud de Mayada, Jomeini era un malhumorado aunque desconocido religioso. Convencido de que el gobierno secular del sha de Irán estaba arruinando la vida religiosa de la sociedad chií iraní, Jomeini fue categórico en sus críticas contra el sha. Entonces, un impaciente sha exilió a Jomeini, quien huyó cruzando la frontera hasta Irak, donde vivió durante quince años en An Nayaf, la ciudad santa chií. Jomeini continuó suscitando la disidencia contra cualquier dirigente que no acatara religiosamente los preceptos de la rama chií del islam, incluido el régimen de su anfitrión, Sadam Husein. En Oriente Próximo, los dictadores y los reyes se andan con cuidado con las declaraciones de los líderes religiosos, ya que muchos musulmanes están deseosos de dar la vida por estos hombres.

Un año antes del bombardeo de septiembre, Sadam había recibido una petición del sha para que exiliase a Jomeini de Irak. A cambio, el sha accedería a poner fin a la venta de armas a la población chií en Irak. Esa promesa fue bien recibida por el nuevo dictador iraquí, que era miembro de la minoría suní. Desconfiaba de la mayoría chií de Irak y consideró la sencilla petición como una forma fácil de contribuir a solidificar su mandato. Además, estaba furioso por la negación de Jomeini a criticar al sha en su nombre. El dictador actuó con rapidez para deportar de Irak al perjudicial religioso. Un año después, cuando Jomeini regresó de su exilio en París y asumió el control del gobierno iraní, demostró que en realidad era un enemigo acérrimo de Sadam Husein. Las tensiones siguieron su escalada y cuando los chiíes iraquíes formaron un grupo llamado Al-Dawa al-Islamiya, o La Llamada Islámica, que fue creado para protagonizar revueltas y exigir un gobierno fundamentalista inspirado en el modelo iraní, Sadam actuó contra la población chií de su propio país, llevando a cabo detenciones masivas en todos los pueblos chiíes y decretando sentencias de muerte de destacados líderes de esta secta. El Al-Dawa respondió con el intento de asesinato del ministro de Asuntos Exteriores iraquí, Tariq Aziz.

La histórica división entre dos contrincantes obstinados, Jomeini y el sha, había endurecido la animosidad entre los gobiernos de Irán e Irak. Al sentirse amenazado por un enemigo nuevo y cada vez más cascarrabias en la frontera, Sadam justificó un ataque militar al rechazar el Acuerdo de Argel de 1975 con Irán, que había otorgado a aquel país la soberanía de Shat al-Arab, un estrecho cauce de agua que era el único punto de acceso de Irak al golfo Pérsico. Durante siglos, ambos países habían discutido por los derechos de esta vía fluvial, así que la llaga era una herida conocida en la que Sadam metió el dedo.

La guerra fue una pesadilla que duró ocho años. Como muchos iraquíes e iraníes, Mayada y sus hijos pequeños vivían como animales asustados, refugiándose bajo la mesa del comedor o detrás del sofá mientras los pilotos de los bombarderos iraníes aparecían entre las nubes iraquíes, ansiosos por liquidar a todo iraquí en movimiento. Esa época aterradora jamás desaparecería de su memoria aunque viviera cien años. Jamás olvidaría esa vez en que las bombas y los cañonazos fueron tan intensos que corrió la voz en Bagdad de que los iraníes habían invadido la ciudad. Les había gritado aterrorizada a sus niños que se agacharan, que se escondieran debajo de la cama mientras ella iba corriendo de aquí para allá cerrando las puertas de la casa con llave y atrancando muebles pesados contra las ventadas, convencida de que en cualquier momento los niños y ella serían asesinados por los victoriosos iraníes.

La guerra llegó por fin a una cansada tregua el 20 de agosto de 1988, cuando Irán e Irak aceptaron la Resolución 598 del Consejo de Seguridad de la ONU, que exigía un alto el fuego. Los iraquíes se sintieron tan aliviados de ver el fin de una guerra tremendamente sangrienta que lo celebraron bailando en las calles durante más de treinta días.

Los iraquíes todavía estaban en el proceso de reconstrucción de su malograda infraestructura cuando una segunda puerta negra se abrió y Sadam envió a sus tropas a una misión en el desierto desde Bagdad, con órdenes de invadir a su pequeño vecino kuwaití. Esta invasión atrajo la furia de las naciones aliadas occidentales hacia Irak, lo que sumió al país en una nueva guerra e hizo creer a Mayada que los iraquíes pronto nadarían en ríos de sangre. No obstante, esta segunda guerra empezó y acabó tan deprisa por las grandes cantidades de bombas aliadas, que fueron lanzadas con precisión sobre sus objetivos militares y que en raras ocasiones se desviaban hasta zonas residenciales, que Mayada tuvo la sensación de que fue una mera escaramuza comparada con la guerra iraní. Sin embargo, en cuanto acabó el conflicto, aparecieron problemas de todas partes, con los alzamientos chiíes del sur y los levantamientos kurdos en el norte.

Mayada no sabía qué ocurriría a continuación. Su matrimonio había sido una farsa que al final había terminado en divorcio, y ahora, en plena guerra y caos, ella era la única protectora de dos niños pequeños. Se preparó para las riñas callejeras en Bagdad y corrió para reunir algunas provisiones de pan, huevos y agua. No obstante, para su sorpresa, los soldados aliados habían renunciado y simplemente se habían marchado tras su victoria sin entrar en Bagdad. Esto fue seguido por un breve período de idílica calma, que parecía raro y maravilloso tras el horror de dos guerras en solo diez años.

La tranquilidad no tardó en dejar paso a la desesperación, porque los bloqueos de la ONU amenazaban tras una tercera puerta negra. Para Mayada, los bloqueos resultaron más atroces que las guerras. El yugo diario de buscar tenderetes en el mercado con alimentos a precios razonables para preparar comida para sus dos hijos en edad de crecimiento era la labor más desmoralizante que había realizado en su vida. No hay dolor más atroz que el de mirar a tu hijo hambriento y no tener nada que ofrecerle. Se desesperó hasta tal punto que incluso vendió las reliquias de la familia, como las joyas de la medalla turca de su abuela, regaladas a Melek por el sultán. Mayada llevó mapas ancestrales y libros antiguos a vendedores ambulantes y se los vendió por una miseria en comparación con su valor real.

Hubo aún una cuarta puerta negra que esperaba a ser abierta, una que Mayada había sentido como una sombra que crecía desde el primer momento del reinado de Sadam. Oculto en silencio tras el ciclo aparentemente interminable de guerras y violencia estaba el aparato de seguridad interna del Partido Socialista Baaz: la policía secreta, que había sido creada por Sadam en 1968, cuando Mayada solo tenía trece años. El Estado policial creció a medida que ella se convertía en una joven adulta atormentando a cualquier iraquí que pasara por Baladiyat o cualquier otra cárcel, que provocaban las plegarias de millones de iraquíes: «Ala Yostur, que Dios nos libre y nos proteja».

Mientras permanecía tumbada en la oscura celda, Mayada se maldecía a sí misma por su falsa sensación de seguridad. La mayoría de los iraquíes vivían aterrorizados por el miedo a ser acusados de falsos crímenes en cualquier momento sin tener la oportunidad de ofrecer una explicación de su inocencia.

No obstante, esa primera noche en Baladiyat aclaró las ideas que Mayada tenía sobre Irak, y se prometió que si salía viva de la cárcel, no esperaría más tiempo del necesario para hacer las maletas y coger a sus niños. Se iría de su casa y de su país y no regresaría jamás, aunque tuviera que sentarse en las esquinas de Ammán y vender cigarrillos, tal como Samira había hecho.

El resto de las mujeres de la celda estaban durmiendo. Mayada empezó a oír pasos tras la puerta, y otras puertas empezaron a abrirse y a cerrarse. A medida que las voces se escuchaban mejor parecían más aceleradas; Mayada se preguntó si se habría declarado un incendio en la cárcel y esperó ver el humo colándose por debajo de una pequeña ranura que había en la puerta de su celda. Por cuarta vez en solo doce horas, temió que su tiempo en la tierra hubiera llegado a su fin. Sin embargo, no había señal alguna de fuego. En cuanto se relajó, Mayada oyó un grito que le puso los pelos de punta. Cuando el primer grito fue seguido por un segundo y luego por un tercero, se incorporó apoyándose en los codos.

Samira se acercó corriendo a su lado.

—No te preocupes —le susurró—. Traen a un grupo nuevo de torturadores por las noches. —En ese momento un alarido que encogía el corazón recorrió la cárcel. Samira posó la mano sobre el rostro de Mayada—. Sé que es difícil —le dijo—, pero intenta dormir si puedes. No sabes qué te depara el día de mañana, y estarás mejor preparada si estás descansada.

Sin embargo, Mayada no logró dormir y permaneció despierta durante el resto de la noche.

Incluso en la cárcel hay un muecín, y cuando llegó el alba, escuchó el canturreo familiar de la llamada a la oración, lo cual confortó su corazón musulmán:

—Alá es grande, no hay más dios que Alá, y Mahoma es su profeta. Acudid a la oración, acudid a la oración. Alá es grande, no hay más dios que Alá.

Mayada se levantó con esfuerzo de su litera de metal y se desequilibró al ponerse en pie intentando en vano huir del hedor del retrete. Se orientó hacia La Meca y oró a Alá. Mayada le pidió a Dios que resolviera su problema y que la sacara de Baladiyat lo antes posible.

Justo en el momento en que había finalizado sus oraciones, repartieron el desayuno. Observó con atención mientras las mujeres se encaramaban a la puerta para recibir pequeñas raciones de lentejas y pan, diminutas tazas de té y vasos de agua.

—Te conseguiré una bandeja —le dijo Samira.

Mayada respondió que no podía comer, pero le pidió a Samira que le guardara una cuchara de azúcar para recuperar energía. Sin embargo, se dio cuenta de que Samira apartaba una bandeja de lentejas coronadas con una hogaza de pan, con la clara esperanza de convencerla para que probase su reducida ración.

Después del desayuno, las diecisiete mujeres empezaron a hacer turnos para utilizar el único retrete. Por pudor, Mayada deseó que su cuerpo se cerrase, y decidió que un buen efecto secundario de su ayuno autoimpuesto sería la falta de necesidad de ir al retrete.

Se sentó en silencio al borde de la litera y observó al resto de las mujeres dando vueltas con prisa como si tuvieran un día ajetreado por delante. Unas cuantas reclusas hicieron una breve pausa lo bastante larga como para dedicarle a ella, su nueva compañera de celda, breves sonrisas de ánimo, y Mayada les correspondió.

De pronto se abrió desde fuera la pequeña ventanilla de la puerta y una voz ronca retumbó en la celda.

—Mayada Nizar Yafar Mustafa al-Askari.

El miedo le hizo flaquear tanto las piernas que no se podía poner de pie, pero Samira corrió hacia ella.

—¡Es un milagro! —le susurró—. Jamás llaman a una presa el primer día después de que la hayan encarcelado, sino que siempre dejan a la gente pudriéndose durante dos o tres semanas en este agujero antes del primer interrogatorio.

Mayada no tenía la sensación de que fuera un milagro, pero Samira intentó tranquilizarla.

—Nunca torturan a nadie a primera hora de la mañana. ¡Nunca! ¡Nunca! Te interrogarán, pero sin torturarte, ya verás.

Mayada sentía el cuerpo tan pesado que de no haber estado segura de que era imposible, habría jurado que le habían puesto plomo en los zapatos durante la noche. Samira tuvo que tirar de ella y después darle un pequeño empujón por detrás para llevarla hasta la puerta.

El hombre que estaba fuera le puso una venda en los ojos, lo que estuvo a punto de poner a Mayada histérica, pero tragó saliva tres o cuatro veces con rapidez y recordó las palabras de Samira; que no había sesiones de tortura por las mañanas. Una noche en vela combinada con el estómago vacío hacía que las piernas le temblaran. Chocaba todo el rato contra las paredes de los pasillos. Alguien situado detrás de ella la mantenía cogida por los hombros para que permaneciera orientada en la dirección correcta, incluso así le resultaba imposible caminar en línea recta. Al final, uno de los hombres blasfemó en voz alta, le arrancó la venda de los ojos y gesticuló enfadado para que avanzara y entrase en una habitación.

Uno de los guardias era bajito y regordete, aunque sus dedos no encajaban con el resto de su cuerpo. Eran alargados y huesudos, y los chasqueó con intensidad cuando le hizo a Mayada un gesto para que entrase. Ella siguió sus órdenes.

La habitación tenía el tamaño de un pequeño auditorio. Dentro había tres hombres sentados en una larga mesa. Llevaban uniformes del servicio de seguridad, todos tenían bigote, pelo negro y rasgos similares a los de un bulldog, eran tan parecidos entre sí que tuvo que morderse la lengua para no preguntar si eran parientes. Tuvo la inmediata intuición de que el hombre que se sentaba en el medio, con su mirada arrogante, era el jefe, y supo que estaba en lo cierto cuando ordenó al hombre sentado a su derecha que abriera una nueva página. La miró y le dijo que se sentara.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó, como si no supiera a quién había llamado.

Mayada sintió pánico, creía que la iban a someter a un juicio sin la presencia de un abogado o sin ni siquiera darle a conocer los cargos que se le imputaban, pero les dijo que se llamaba Mayada Nizar Yafar Mustafa al-Askari, y el que tenía la misión de escribir tomó nota.

—La conocen con el nombre Um Ali —gritó el jefe— en los distritos de Al-Mutanabi y Al-Batawiyin —que eran los dos barrios de Bagdad donde estaban sus imprentas.

No le sorprendió que supiera que era la madre de Ali, pero le perturbó oír el nombre de su hijo en labios de aquel hombre.

De pronto el funcionario gritó tan alto que la hizo estremecerse.

—Escribe que es una suní ferviente seguidora de los chiíes. —Siguió mirándola—. Se suponía que hace dos años tendría que haber venido con nosotros, pero el doctor A. al-Hadithi la libró, todo porque su bisabuelo fue un hombre honorable en Irak.

Ella sabía que el doctor A. al-Hadithi ocupaba un puesto importante en el gobierno iraquí y que la tesis de su máster había tratado de los métodos educativos utilizados por su abuelo, Sati al-Husri.

—Lo que, por supuesto, fue una pena —añadió el interrogador con una sonrisa—, porque estábamos deseando poder interrogar a la nieta de ese bastardo de Nuri al-Said.

Procuró no mover ni un músculo de la cara. No le sorprendió oír cómo atacaba a Nuri, tío de su padre. Muchas personas le habían dicho que mientras su abuelo Yafar era querido por la mayoría de iraquíes de su época —que lo recordaban con mucho cariño, de hecho, y que sería difícil encontrar a alguien que le dedicase una mala palabra—, Nuri era harina de otro costal. Había sido un líder estricto y pragmático que hizo lo que creía que debía hacer para salvaguardar a Irak, país de reciente formación. Durante los varios años que había gobernado como primer ministro, se había ganado muchos enemigos.

El jefe se inclinó hacia delante y susurró algo bastante alto al oído del que escribía, Mayada aprovechó ese momento para mirar a derecha e izquierda. Se arrepintió de inmediato de haberlo hecho. Vio sillas con amarres, mesas abarrotadas de distintos instrumentos de tortura. Vio los cables eléctricos de los cargadores de baterías y un artilugio que parecía un arco con flechas. Pero el conjunto de instrumentos de tortura más aterrador era una serie de ganchos colgados del techo. Cuando Mayada miró hacia el suelo justo debajo de esos ganchos, vio salpicaduras de sangre, que supuso que eran restos de las sesiones de tortura que había escuchado durante la noche.

El jefe gritaba una pregunta tras otra.

—¿Tienes algún ordenador en casa? ¿Has impreso algún folleto que incite a derrocar a nuestro presidente? ¿Has contratado a rebeldes para que realicen tu sucio trabajo?

—No, no —respondía y repetía sin aliento, mientras decía—: Mi tienda trabaja con diseño gráfico comercial y mis empleados son ingenieros informáticos. Tienen una formación muy buena y jamás arriesgarían la vida por cometer actos ilegales como esos.

El jefe la descolocó por completo cuando cambió de tema de golpe y porrazo. Agravó de manera teatral su tono de voz y empezó a hacer preguntas sobre su madre. Quería saber dónde vivía Salwa y cuál fue el último cargo que ocupó en el gobierno, y si proyectaba volver y usar sus habilidades para luchar por la causa de Irak, y si Mayada había hablado con su madre últimamente y si era así, ¿cómo estaba la familia real de Jordania?

—Mientras fue directora general de Investigación y Estudios en la Oficina Internacional de Relaciones Públicas antes de jubilarse —respondió Mayada, farfullando—, todo el mundo sabe que mi madre vivía en Ammán. No estoy segura de si tiene planes de venir a visitarme a Irak, pero me encantaría llamarla y hacerle esa pregunta, si usted quiere...

—Veo que eres tan lista como tu tío paterno Nuri —le dijo el jefe, riendo con estridencia—. Ese hombre burló a todos sus enemigos hasta el día de su muerte. Pero su disfraz de cobarde cuando se vistió de mujer velada no lo libró de la muerte. —Sin hacer ni una pausa, le pidió una vez más que revelase la información ilegal contenida en sus ordenadores.

—Le estoy diciendo que no hay documentación ilegal en ninguno de mis ordenadores —respondió Mayada.

Él la miró a través de sus pobladas pestañas.

—Así es. Ya hemos examinado todos los archivos y discos de tus ordenadores. No hemos encontrado nada.

Mayada había permanecido sentada y aterrorizada; sabía que no había nada en sus archivos más que trabajos de impresión corrientes y molientes, aunque al escuchar las palabras del hombre se desinfló como un globo pinchado por una aguja afilada. Escuchar al interrogador decir algo así fue un alivio, un regalo tan precioso como un exclusivo diamante. Por primera vez, Mayada vio un pequeño rayo de esperanza de que podría vivir.

La frase del interrogador la llenó de valor.

—¿Cuándo me liberarán?

—¿Liberarte? —preguntó él, riendo—. ¿Quién ha dicho que íbamos a liberarte? —Mayada se embotó y miró a su interrogador con desesperación—. Pero puedes dar gracias a nuestro amado líder, Sadam —añadió el hombre—, de que nos haya ordenado que no usemos métodos violentos cuando hablemos con mujeres. Esas instrucciones han llegado esta mañana y te han salvado el pellejo.

El tercero de los hombres, que no había hablado hasta ese momento, de pronto se irguió en la silla y su voz sonó en un principio con decepción y después con indignación al conocer esa nueva información. Mayada se dio cuenta de que estaba tan airado que se imaginó que ocupaba el cargo de torturador jefe y que había estado durante todo el interrogatorio imaginando con avidez los diversos métodos que utilizaría para hacerla retorcer de dolor y desesperación.

—Muy pronto te freiré en una sartén —le gritó, incapaz de ocultar su frustración, esa amenaza común en Irak cuando alguien quiere decirte que te van a matar lentamente.

El jefe miró al tercer hombre y Mayada pensó por un momento que iban a discutir sobre su destino, pero el tercero se encogió ante la mirada fulminante del que estaba al mando.

—Vuelve a tu celda —ordenó el jefe—. No hemos terminado contigo y volveremos a llamarte mañana.

En ese momento, Mayada se sintió lo bastante valiente como para poner a prueba su conclusión.

—Si no han descubierto nada ilegal, ¿por qué estoy aquí?

—A lo mejor falta algo.

—Tengo unos hijos a los que crío sola —insistió ella—. Necesitan a su madre y tengo que ir a casa a atenderlos.

El jefe se removió en la silla y la miró directamente.

—Tu familia ha perdido su poder. Yafar está muerto. Nuri está muerto. Sati está muerto. Nizar está muerto. Salwa te ha abandonado. No hay nadie aquí que pueda defenderte.

Ella se quedó callada porque sabía que tenía razón. Desde que Sadam tomó el poder, Irak se había convertido en un lugar tal que sus carceleros podrían introducir falsa información en su ordenador y presentar esos datos a sus supervisores, esos hombres ascenderían poco a poco en la jerarquía de los mandos, convenciendo a los demás de que ella era en realidad culpable y que merecía sus torturas. Y ¿quién quedaba allí para ayudarla? Nadie; admitió para sí con tristeza que no había nadie a quien acudir.

La cara del presidente Sadam le vino a la mente, y especuló sobre cuál sería su respuesta si lo llamase al despacho de palacio y le pidiese con toda educación que intercediese por ella para obtener la libertad de la cárcel de Baladiyat. Había visto a Sadam en unas cinco o seis ocasiones, e incluso había recibido halagos y premios de sus manos por sus artículos. La habían seleccionado para traducir los textos de Nostradamus, una de las lecturas por placer de Sadam. Le interesaba mucho ese libro, puesto que creía que era uno de los personajes de fama mundial de los que se hablaba en las profecías del astrólogo. Mayada incluso había salvado otras vidas en el pasado rogando clemencia a Sadam. Sin embargo, no tardó en desechar la idea de hacer esa llamada, porque la libretita donde tenía su teléfono estaba oculta en un lugar secreto de su casa. Aunque hubiera tenido el número en el bolsillo y hubiera conseguido contactar con el despacho presidencial, supuso que Sadam no aceptaría su llamada, ya que no había hablado con él desde que el doctor Fadil había sido condenado y ejecutado por traición.

Miró durante un rato a los tres hombres que la interrogaban y se preguntó qué dirían si supieran que tenía el número de teléfono privado de Sadam. Aunque sabía muy en el fondo que no era una amiga íntima de la familia de Sadam a la que el presidente estuviera dispuesto a salvar. Además, era un paranoico que había traicionado e incluso asesinado a parientes cercanos de su familia. Si por casualidad oía que alguien le era desleal, aceptaba la acusación sin rechistar. Recordó cómo Sadam había confiado en el doctor Fadil durante más de veinte años, pero cuando se levantó una falsa acusación contra él, Sadam fue implacable.

—¡Venga! —le gritó el jefe—. ¡Apartadla de mi vista!

Mayada lo miró de forma deliberada durante un breve instante y se sintió tentada de preguntarle cómo era posible odiar a una mujer que no conocía, pero no se atrevió. Sacó fuerzas respirando hondo tres veces, luego se puso en pie y caminó poco a poco hacia la puerta, porque para ella era importante ocultar el miedo delante de aquellos hombres.

Los mismos guardias la esperaban en la puerta para llevarla de vuelta a la celda, y uno de los dos parecía dormido con la cabeza apoyada contra la pared. Mayada se aclaró la garganta y los dos hombres se sobresaltaron. Cuando ella atravesó la puerta, vio que otro preso estaba esperando para entrar en la sala de interrogatorios. Era en extremo delgado, casi fantasmal, y estaba acurrucado en el suelo. Cuando Mayada salió, él se puso en pie. Entonces ella pensó que más que un fantasma, parecía una palmera que se balanceaba. Tenía la cara cubierta de numerosos moratones y la mirada más triste que Mayada había visto jamás. Cuando un guardia lo empujó con violencia hacia la puerta de la habitación, ella acababa de salir. El guardia demostró una crueldad sin parangón, pues lo insultaba y le ordenaba que se moviera cuando estaba claro que el hombre no tenía fuerzas para mantenerse en pie. Mayada y el hombre delgado intercambiaron una mirada. Ella tuvo la intensa sensación de que aquel era el último día de la vida de ese hombre, pero sonrió, con la esperanza de que, de alguna forma, la sonrisa de una mujer le levantara el ánimo. Él debió de pensar lo mismo, porque se arriesgó tanto que se ganó un golpe en su amoratada cara cuando dijo:

—Póngase en contacto con mi familia. Soy profesor... —Pero sus palabras fueron interrumpidas. Lo levantaron por los pies y lo echaron a la sala de interrogatorios como un saco de paja seca.

De vuelta en la celda, había cierta atmósfera de emoción. Acababan de llegar dos presas nuevas, lo cual ascendía la cifra de reclusas a veinte. Cuando escuchó la noticia sobre las recién llegadas, Mayada buscó caras nuevas en la habitación. Pero Samira la llevó deprisa a la litera y le preguntó por todos los detalles del interrogatorio.

—Cuéntamelo todo —le pidió. Cuando Mayada se lo hubo contado, Samira se levantó y dedicó a Alá estas palabras—: Nuestra Mayada acaba de experimentar tres milagros. Yo llevo en Baladiyat cuatro meses y jamás he oído nada parecido. —Mayada sonrió. Samira era muy teatral. Se puso una mano en la cadera y gesticulaba con la otra—. Estos son los tres milagros. Número uno: los interrogadores han llamado a Mayada el día siguiente a su detención. Esto, como todas sabemos, nunca pasa. Esos crueles hombres siempre dejan a las nuevas presas sentadas en sus celdas para que sufran durante unos días. Número dos: Mayada no ha sido maltratada físicamente. Repito, esto nunca ocurre. Siempre te quieren torturar. Número tres: en realidad no le han hecho preguntas. El interrogador incluso ha admitido que el ordenador de Mayada está limpio. —Entonces Samira juntó las palmas de las manos—. Tres milagros. Esto quiere decir que Mayada no se quedará mucho tiempo en la celda 52. —Samira sonrió de oreja a oreja—. Pensemos todas las que estamos en la celda en los mensajes que queremos enviar a nuestras familias. Pronto liberarán a Mayada. En Baladiyat, los presos liberados son nuestro único medio para enviar mensajes al exterior.

Samira estaba tan entusiasmada que un pequeño destello de esperanza empezó a crecer en el corazón de Mayada, que sentía que su estancia en Baladiyat sería corta.

Pero justo en el momento en que empezaba a sentirse muy animada al pensar que pronto vería a Fay y a Ali, las mujeres oyeron la carrera de unas botas por el pasillo y a un policía del servicio secreto gritar:

—¡Se le ha parado el corazón!

Estaba prohibido, pero Mayada se puso de rodillas y abrió la rendija por donde metían el pie en la celda. Era el profesor. Estaba tendido en el suelo del pasillo. Mayada sintió el golpe de una intensa culpabilidad por no haber podido averiguar su nombre, para que alguien se hubiera encargado de dar la noticia a su familia.

—¿Por qué están tan disgustados? —se volvió, preguntándole a Samira—. Son ellos quienes lo han matado.

—Con algunos presos intentan obtener información adicional. Son expertos en mantener a los que están interrogando a un paso de la muerte. Para ellos es como un juego ver si pueden presionar a un ser humano haciéndolo bailar al borde de la tumba. Cuando un preso muere un segundo antes de lo que ellos quieren, lo consideran un error —le dijo Samira encogiéndose de hombros; era algo que Mayada ya había supuesto.

El trágico final del profesor cambió de inmediato el estado de ánimo de Mayada, que pasó de la dulce esperanza a la amarga tristeza. Volvió a la litera y se quedó tumbada en silencio. Había estado en la cárcel solo un día, pero ya le parecía toda una vida.

Los sonidos de las charlas de las otras diecinueve mujeres en la sombra se amontonaron en un diminuto espacio, y aumentaron hasta convertirse en un alto crescendo. Los hediondos olores del retrete trepaban por la ropa, la piel y el pelo de Mayada. Aunque el día no había hecho más que empezar, estaba cansada. Cerró los ojos. Se dejó llevar por la fuerza de sus recuerdos, pensó en el padre de su madre, su abuelo Sati, el hombre que se había convertido en una leyenda en el mundo árabe. Se preguntó qué habría dicho su Yido Sati, así era como lo llamaba, si hubiera sabido que su amada nietecita estaba encerrada en la conocida cárcel de Baladiyat.
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