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Las cuatro puertas negras

A lo largo de la historia ha habido grandes hombres que se han unido en momentos importantes. Durante y después de la Primera Guerra Mundial, Yafar al-Askari, Nuri al-Said, el rey Faisal I, Lawrence de Arabia y Sati al-Husri fueron de esa clase de hombres. Tres de ellos estaban estrechamente relacionados con Mayada y ella se sabía sus vidas al dedillo.

En 1918, al final de la Gran Guerra, habían terminado por fin cuatro siglos de dominación otomana. No existía gobierno alguno en Irak y los iraquíes se encontraron con una oportunidad para empezar desde cero. Los gobiernos británico y francés, que los habían ayudado a derrotar a los otomanos, prometieron libertad a todos los árabes. Y atraídos por este sueño, Yafar, Nuri, Lawrence de Arabia y Faisal arriesgaron sus vidas en numerosas ocasiones. Sin embargo, no hubo un hombre más osado que el abuelo de Mayada, Yafar al-Askari.

Tal vez fuera un capricho del destino que Yafar al-Askari naciera en la misma época en que el Imperio otomano moría. Llegó a este mundo el 13 de junio de 1885, y sus padres, Mustafa y Fatima, vivían en Bagdad, donde su padre era el gobernador militar de Irak y general de las tropas del Cuarto Ejército.

Yafar se parecía a su padre en todos los aspectos: con su pelo castaño y sus ojos marrones que brillaban como el oro, y una mente privilegiada que le permitió destacar en la estrategia militar, los idiomas y la política.

Como hijo de un general del ejército, Yafar recibió la mejor educación. Y como su padre era militar, ese aprendizaje se orientó hacia el arte y la práctica castrenses. Pero sobrevino la tragedia. Mustafa se descubrió una mancha roja en el hombro, una mancha que los turcos llaman «zarpa de león». Jamás ha quedado claro si la mancha era un melanoma cancerígeno o incluso un ántrax, pero Mustafa permaneció postrado en cama y no tardó en morir con una dolorosa agonía.

Aunque lloró la muerte de su padre, Yafar continuó completando su educación. Mientras estaba en la academia militar conoció al que sería su mejor amigo durante toda la vida, Nuri al-Said. Ambos crecieron estando tan unidos que hicieron un pacto para casarse cada uno con la hermana del otro, y lo cumplieron: Nuri se casó con la hermana pequeña de Yafar, Naima, y Yafar se casó con la hermana de Nuri, Fajriya.

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Yafar luchó en el bando de los otomanos y los alemanes, y no tardó en convertirse en un general con importantes condecoraciones. Sin embargo, Yafar tenía un talento tan singular que los británicos hablaron con él para que se pasase a su bando. Yafar rechazó sus ofertas hasta que el sultán Mohamed Reza ordenó la ejecución de varios de sus amigos. Se desilusionó con la causa otomana y accedió a la petición de T. E. Lawrence (Lawrence de Arabia) y del príncipe Faisal de Hiyaz (que más tarde se convertiría en el rey Faisal de Siria e Irak) de que se uniera al ejército árabe. Durante la guerra, Yafar y el príncipe Faisal se hicieron amigos íntimos. Yafar al-Askari se convirtió en comandante de las fuerzas del Ejército Profesional Árabe. Fue el único hombre de la Primera Guerra Mundial que recibió la más alta condecoración tanto del bando alemán como del británico.

Cuando los británicos ocuparon Irak después de la guerra, tuvieron muchos problemas para evitar que los hombres de las tribus no atacasen a los soldados. Con objeto de apaciguar los ánimos de los iraquíes, los británicos asumieron un papel gubernamental indirecto en el país y establecieron una monarquía supervisada por el gobierno británico. Tras largas discusiones y alentado por los representantes británicos en Irak, Winston Churchill decidió que el príncipe Faisal, cuyo padre había gobernado en las ciudades de La Meca y Medina, sería el nuevo rey de los iraquíes, pese al hecho de que Faisal jamás había puesto un pie más allá de las fronteras de Irak.

Cuando Faisal llegó a Irak para gobernar el país, sus amigos íntimos y ex comandantes del ejército Yafar al-Askari y Nuri al-Said lo estaban esperando para ponerse a su servicio. Cientos de ingleses e iraquíes se reunieron en las riberas del Tigris para la coronación de Faisal. La proclamación se leyó en árabe, anunciaba que Faisal había ganado el favor del pueblo, y una banda tocó el himno británico, «Dios salve a la Reina», para gran desconcierto de los iraquíes presentes.

Yafar se convirtió en ministro de Defensa y Nuri en jefe del Estado Mayor. Desde ese primer día se produjeron numerosos enfrentamientos, pero los tres hombres juntos gobernaron el país a fuerza de determinación. Más tarde, en 1933, después de solo doce años de mandato, el rey Faisal cayó gravemente enfermo por problemas coronarios, se fue a Suiza y murió allí, a la sazón con cuarenta y ocho años. El príncipe Ghazi, único hijo del rey Faisal, se convirtió en el rey Ghazi I.

Yafar había vivido en Londres durante bastantes años, pero en 1934, su amigo y cuñado, Nuri, que era en ese momento el primer ministro iraquí, rogó a Yafar que regresase para ayudarle a ejercer el gobierno. Nuri le explicó a Yafar que estaba enfrentándose a tantos enemigos en Irak que necesitaba en su bando la fuerza que él encarnaba. Yafar adoraba Inglaterra, donde decía que lo único que necesitaba era llevar un bastón, a diferencia de Irak, donde necesitaba ir armado a todas horas. Sin embargo, la situación era cada vez más turbulenta, y Yafar accedió al final a la petición de Nuri, asumiendo una vez más el cargo de ministro de Defensa.

Dos años después, en octubre de 1936, Yafar ordenó al ejército la realización de una serie de ejercicios de rutina, pero se encontró con una sorpresa. Un hombre al que consideraba un amigo, el general Bakir Sidqi, comandante de la Segunda División del Ejército, decidió dar un golpe de Estado, el primero en el Irak moderno.

Tres aviones lanzaron bombas, y aunque una de ellas cayó sin causar daños en el Tigris, las otras dos impactaron en el Ministerio del Interior y en el edificio que albergaba el Consejo de Ministros. Otra bomba impactó en la sede central de la Oficina de Correos.

Yafar decidió reunirse con el ejército y evitar que los sublevados entraran en Bagdad. El embajador británico sir Clark Keer estaba presente cuando Yafar tomó posesión del cargo. Keer escribiría más tarde que la misión de Yafar fue un acto de gallardía sin par, un acto que demostraba una valentía que no poseía ningún otro hombre del gobierno. El rey Ghazi estaba preocupado por la seguridad de Yafar, pero él dijo que era su deber proteger al rey y al país. En el momento en que Yafar se iba, el rey Ghazi se estremeció por una premonición. Salió corriendo de palacio para detenerlo, pero era demasiado tarde; ya se había ido.

Yafar no podía saber que su amigo Sidqi había pedido a cinco de sus colegas que lo mataran. Los cuatro primeros de estos cinco respondieron que jamás matarían a un hombre tan noble como Yafar al-Askari. Sin embargo, el quinto hombre —el capitán Yamil, un hombre que no conocía a Yafar— accedió a ser el asesino.

Numerosos soldados de Sidqi fueron al encuentro de Yafar a las afueras de Bagdad y le dijeron que lo escoltarían hasta el lugar donde se encontraba Sidqi. Le pidieron que se sentase en el asiento delantero del vehículo, y él no tardó en darse cuenta de que algo marchaba mal. Se volvió para mirar a los hombres.

—Tengo la sensación de que me vais a matar —dijo—. Pero no me asusta la muerte. La muerte es el final natural de toda vida humana. Sin embargo, os diré que si empezáis a matar, seréis responsables de todas las penurias a las que someteréis a este país. Derramaréis la primera gota de un baño de sangre.

Cuando el coche se detuvo en el campamento de Sidqi y Yafar bajó del coche, el capitán Yamil le disparó por la espalda. Yafar vivió lo suficiente para volverse y gritar:«¡Nooo!». Cavaron una precipitada fosa en la arena y enterraron a Yafar. Bakir Sidqi hizo jurar a sus hombres que guardarían el secreto.

Yafar no consiguió volver a palacio y el país se sumió en el caos. Él había sido el vínculo que mantenía unido el gobierno. Sidqi tomó Bagdad y obligó al rey Ghazi a nombrar una nueva administración.

El mundo árabe se estremeció al saber que Yafar al-Askari había muerto. Por desgracia, su predicción de que Irak se sumiría en un baño de sangre resultó cierta. Sidqi no tardó en ser asesinado por los oficiales leales a Yafar. La familia real siguió encabezando numerosos gobiernos rotativos, a medida que los golpes de Estado se sucedían.

En 1958 la realeza invitó a los padres de Mayada a acompañarles a unas vacaciones antes de regresar para la boda del rey Faisal II, pero la madre de Mayada, Salwa, insistió en que Mayada llevara un vestido francés de Dior, pues iba a ser la portadora de las flores en la boda. Mayada solo tenía tres años, pero su madre había conseguido que le hicieran un vestido a medida en una tienda de Dior de Ginebra. La familia estaba en Europa cuando se enteraron de que el general Abdul Karim Qasim, un oficial del ejército, había ordenado que un grupo de soldados rodease el palacio real. Eran solo las ocho menos cuarto de la mañana, pero poco después, la puerta de la cocina de la parte trasera del palacio se abrió y los miembros de la familia real empezaron a salir. Los oficiales ordenaron a gritos a la familia que se dirigiese al pequeño jardín que estaba en uno de los laterales del palacio y se quedase junto a una enorme morera. La familia real formó una fila, junto con el servicio. El jovencísimo rey, confundido, no paraba de saludar a los oficiales.

Un capitán llamado Al-Obusi disparó al rey y le reventó la cabeza. Los demás abrieron fuego. Tras la matanza, los cuerpos de la familia fueron llevados a una furgoneta, y una multitud inició el saqueo del palacio. Cuando la furgoneta pasó por la puerta principal, un hombre que se encontraba allí saltó al interior del vehículo y acuchilló los cadáveres. La furgoneta fue detenida por un todo-terreno militar, y los soldados que iban dentro cogieron los cuerpos del joven rey y del regente. Las multitudes habían empezado a congregarse, y para apaciguar a la turba enfurecida, el conductor les lanzó el cuerpo del rey Faisal, que no tardó en ser desnudado, arrastrado por Bagdad y colgado de uno de los balcones del hotel Al-Karhk. La multitud le cortó las manos, los brazos, los pies, las piernas y los genitales, le desgarraron la boca, luego arrastraron lo que quedaba de su cuerpo hasta el Ministerio de Defensa y lo colgaron allí. Un joven cogió una daga y lo abrió en canal por el vientre, y varios hombres de la turba se colgaron los intestinos del cuello a modo de collar, y bailaron por las calles. Por último, algunos se llevaron el cuerpo del regente, lo rociaron de gasolina y le prendieron fuego. Los restos fueron arrojados al río.

El joven rey fue llevado al hospital militar Al-Rashid, donde los médicos lo declararon muerto. Enterraron su cuerpo de forma temporal en el patio del hospital para evitar que la multitud lo descuartizase como ya habían hecho con los demás cadáveres. Otros miembros de la familia también fueron enterrados allí.

El primer ministro Nuri al-Said, el tío del padre de Mayada, se había dado a la fuga. Le habían llegado noticias de la matanza y supo que no podría hacer nada para salvarse. Por aquel entonces, Nuri era un hombre anciano, sin embargo, la multitud también quería verlo muerto. Un vecino, Um Abdul Amir al-Estarabadi, instó a Nuri a que huyera a las tribus de Umara, donde le darían refugio. Nuri se puso una chilaba de mujer para camuflarse. Por desgracia, Nuri y su vecino decidieron hacer una parada junto al río en Abu Nawas y alguien de entre la turba que pasaba por allí vio un zapato de hombre bajo una chilaba de mujer. Se dio cuenta de que algo no encajaba y entonces vio a Nuri. Lo ataron, lo amarraron a la parte trasera de un coche y lo arrastraron por las calles de Bagdad.

La turba arrojó el cuerpo sin vida de Nuri a la calle, donde los coches lo atropellaban por turnos una y otra vez. Otros utilizaron cuchillos para cortarle los dedos. Más adelante, una popular mujer de una buena familia bagdadí iba por las fiestas presumiendo de tener uno de los dedos de Nuri en una pitillera de plata. Bagdad estaba revolucionado.

Cuando la familia de Nuri se enteró de su asesinato, su hijo Sabah fue a pedir el cuerpo de su padre, para que la familia pudiera celebrar un funeral como es debido. Sabah también fue asesinado y arrastrado por las calles.

Y tal como Yafar había predicho, los golpes de Estado continuaron, lo que condujo finalmente a la aparición del Partido Baaz, dirigido por Ahmed Hasan al-Bakir y Sadam Husein. Sus objetivos eran socialistas, era un gobierno secular que aspiraba a la unidad panárabe y al mandato árabe para hacer frente a la dominación extranjera.

El Partido Baaz tomó el poder por primera vez en febrero de 1963, pero fue derrocado antes del final de ese mismo año. Un movimiento baazista más poderoso liderado por Sadam Husein regresó a Irak en 1968. Para Mayada, el Partido Baaz se había convertido en una pesadilla sin fin, la raíz de muchos males iraquíes.

Esa primera noche en la cárcel fue la más larga que había experimentado en su vida. La pasó en vela, pensando en su familia, en Fay y en Ali, y se culpó por no haberse marchado cuando su madre le advirtió de que Irak estaba acabado. Mayada reconstruyó la historia del Irak de Sadam mentalmente y se dio cuenta de que mientras los iraquíes se dejaban embelesar por la personalidad carismática de Sadam, él estaba levantando cuatro puertas negras para contener y eclipsar su maldad.

En 1980, Sadam solo llevaba un año como presidente de Irak, y muchos iraquíes seguían creyendo en su grandeza, aunque en realidad estaba planeando la primera de las dos guerras que arruinarían Irak.

Era un tranquilo día de septiembre. Bagdad todavía estaba envuelto por el frío de la mañana. Mayada y su marido, Salam, estaban desayunando a primera hora en la casa de su madre. Mayada observaba a su esposo comer e imaginaba cómo sería cuando envejeciera. Esperó no estar con él para ver cómo su pelo negro se encanecía y su cuerpo se engordaba por todos los huevos, tostadas, leche y azúcar que le gustaba comer.

Mayada se había dado cuenta en la luna de miel que había cometido un error al acceder a ser su esposa. En ese momento coqueteaba a menudo con la idea de dejarlo, aunque las mujeres de Oriente Próximo se plantean el divorcio con precaución extrema. Así que había aceptado convertirse en una de los muchos millones de mujeres que pertenecen sin quejarse a un matrimonio carente de amor.

Mayada tenía otro motivo para estar inquieta. Salam había sido llamado al servicio militar obligatorio; llevaba su incómodo atuendo militar. Se tiraba de las mangas y de la entrepierna de los pantalones, que solo se habían lavado una vez y todavía estaban tiesos. Iba vestido de guerrero, pero Mayada no podía relacionar la idea de la violencia con ese hombre que vivía de forma tan íntima con ella. Mientras le daba vueltas a estas ideas, la casa de su madre se estremeció y se oyó un fuerte zumbido, seguido por las explosiones que produjeron reverberaciones de menor intensidad. Los platos vibraron, las luces parpadearon y los tres pinzones de colorido plumaje revolotearon nerviosos de un lado para otro de la jaula. El miedo le recorrió el cuerpo y se le aposentó en el estómago.

—Salam, ¿son aviones israelíes?

El rostro de Salam se transformó por la sorpresa mientras pequeñas gotas de sudor asomaban en su piel. Su voz acelerada adquirió un extraño tono agudo.

—No. No. No puede ser.

A Mayada se le aceleraron las pulsaciones mientras esperaba los punzantes sonidos de las sirenas, pero la atmósfera que los rodeaba permanecía en silencio. Salam se movió con rapidez para encender la radio, pero los programas de siempre ocupaban las ondas. Mayada estaba trabajando en el periódico
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