Una primera aproximación a las trayectorias políticas de Curzio Malaparte y Pierre Drieu La Rochelle






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Vanguardia, rebeldía y fascismo

Una primera aproximación a las trayectorias políticas de Curzio Malaparte y Pierre Drieu La Rochelle

Steven Forti

(Instituto de História Contemporânea - Universidade Nova de Lisboa)

En la última década hemos explorado el mundo de los tránsfugas de la izquierda al fascismo en la Europa de entreguerras. Dirigentes políticos y sindicales del socialismo, del comunismo, del sindicalismo revolucionario, del anarcosindicalismo y también del republicanismo de izquierdas que pasaron en tiempos y modos distintos a las organizaciones fascistas de sus respectivos países. En 2014 se ha publicado El peso de la nación. Nicola Bombacci, Paul Marion y Óscar Pérez Solís en la Europa de entreguerras, el libro que recoge estas primeras investigaciones: en ello se proponía un estudio pormenorizado de la cuestión del mal llamado transfuguismo en los casos italiano, francés y español a partir de una biografía por cada contexto nacional. La historia comparada permitía salir del encasillamiento de las historias nacionales, consideradas en muchos casos únicas e irripetibles, y, a través del análisis del lenguaje político, superar las dos interpretaciones clásicas de este fenómeno: la del oportunismo/chaqueterismo y la de los opuestos extremismos.

Las investigaciones han mostrado un panorama mucho más rico y complejo de lo que hasta hace una década se podía percibir. Sólo en los casos de Italia, Francia y España se han detectado más de cincuenta casos de dirigentes de primera o segunda fila que abandonaron a las izquierdas para incorporarse, entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, en los movimientos y en los regímenes fascistas en sus respectivos países. El análisis del lenguaje político ha permitido establecer cuáles fueron las pasarelas que en la mayoría de los casos permitieron estos tránsitos de una familia política a otra.1 Por esta razón, actualmente se está trabajando en una ampliación geográfica de esta misma investigación, estudiando los casos de otros tres países de la Europa occidental como Portugal, Bélgica e Inglaterra con el objetivo de poder llegar a una reflexión que pueda considerarse efectivamente europea sobre esta vexata quaestio.

Hasta ahora se ha decidido centrarse solamente en los casos de los dirigentes políticos que fueron protagonistas de estos cambios de chaqueta en los años de entreguerras; pero sería posible, igual que una ampliación geográfica, también una ampliación cronológica y una ampliación temática. En el primer caso, el de la ampliación cronológica, podríamos mirar hacia atrás –los casos de transformismo entre las élites politicas de la segunda mitad del siglo XIX y de los años de la belle époque– y también mirar hacia adelante –los casos de tránsito del fascismo a la izquierda y a otras formaciones políticas después del final de la Segunda Guerra Mundial o los casos de tránsito a los partidos de la nueva derecha neoliberal de dirigentes políticos que militaron en los movimientos surgidos alrededor del 68 y durante los años setenta. En el segundo caso, el de la ampliación temática, en cambio, se trataría de incluir en las investigaciones también los casos de los intelectuales o de los militantes que cambiaron de afiliación política durante sus vidas.

En estas páginas queremos hacer una primera incursión en el mundo de los intelectuales, manteniéndonos en los mismos límites cronológicos de las investigaciones llevadas a cabo hasta ahora, es decir el periodo comprendido entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial. También en lo que concierne a los contextos nacionales hemos escogido, para esta primera incursión, mantenernos dentro de unas fronteras bien conocidas, donde podemos movernos con agilidad y desenvoltura, como son los casos de Italia y de Francia. Efectivamente, creemos que los intelectuales, más allá de sus diferentes personalidades y de sus distintas trayectorias, representan el sentido de una época en cuestiones como la del tránsito de la izquierda al fascismo en la Europa de entreguerras. Los intelectuales, podríamos también decir, son una especie de papel tornasol que nos permite entender algunas de las corrientes subterráneas de un determinado periodo histórico.2


1. Cuestiones metodológicas
Para el periodo de entreguerras, figuras como las de Pierre Drieu La Rochelle o Ernesto Giménez Caballero representan bien los tránsitos de los intelectuales, que no fueron solo unidireccionales, sino más bien zigzagueantes o de ida y vuelta, con una fuerte dosis de anticonformismo y de rebeldía a las categorizaciones como en los casos de Curzio Malaparte o Louis-Ferdinand Céline, entre otros. En estos casos, pues, ¿qué herramientas metodológicas sería conveniente utilizar? O, dicho de otra forma, ¿las herramientas metodológicas y las categorías de interpretación que se han utilizado en las investigaciones acerca de los dirigentes políticos son válidas también en el caso de los intelectuales? La pregunta no es baladí, ni de segundaria importancia. La utilización de unas herramientas metodológicas o de otras y de unas categorías de interpretación o de otras puede modificar por completo los resultados del análisis, ça va sans dire.

Por lo que concierne las herramientas metodológicas, creemos que las que se han utilizado en las investigaciones centradas en los dirigentes políticos pueden ser exportables también al caso de los intelectuales. Se trataría, pues, de un análisis en tres niveles, donde al estudio biográfico se acompañaría un análisis del lenguaje político –en este caso ampliado al lenguaje tout court utilizado por los intelectuales en sus publicaciones– en una perspectiva comparada.3

Por lo que concierne las categorías de interpretación, en cambio, nos encontramos con una situación más compleja. Por lo general, en los casos de los dirigentes políticos y sindicales el lenguaje político tiene una estrecha relación con la práctica política: el dirigente político debe responder delante de una organización política de sus declaraciones, de sus posicionamientos políticos explicitados en artículos y en entrevistas, de las teorías desarrolladas en panfletos y en ensayos, y del mismo lenguaje político utilizado en todos estos lugares donde la palabra se convierte, al fin y al cabo, en acción. Esto vale, aunque con matices y algunas distinciones, tanto en el ámbito de las organizaciones políticas como en el ámbito de las organizaciones sindicales y tanto para los partidos socialistas y comunistas como para los movimientos o partidos fascistas. La estrecha relación que se instaura entre lo que se dice y lo que se hace (y lo que se debería hacer) permite unas continuas y constantes verificaciones de la importancia del lenguaje político en la trayectoria de un dirigente político y también de la fiabilidad de lo que éste dirigente dice. En el caso de dirigentes que han transitado de un lado a otro del espectro político y que han estado tachados con frecuencia de oportunistas, chaqueteros y traidores, este punto es crucial para poder llegar a una interpretación satisfactoria de la cuestión del tránsito de la izquierda al fascismo y, por ende, del tránsito de una familia política a otra. Entonces, para lo que concierne los intelectuales, si tuviesemos que convertir esta duda metodológica en una pregunta, podríamos decir: ¿cuánto podemos fiarnos de las tomas de posición políticas de los intelectuales?

Es indudable que una pregunta de este tipo suena a simplificación; pero nos pone delante de una cuestión que se debe tener en cuenta. Pongamos un ejemplo: cuando en una novela un escritor crea un personaje que toma un determinado posicionamiento político o que hace una determinada declaración política, ¿qué peso debemos darle en la interpretación del posicionamiento político del mismo escritor? Sin duda, la situación que se crea es bien distinta de la de un dirigente político, aunque se trate de un ensayo teórico escrito por éste y no de una intervención en un congreso o en una asamblea de partido. Las generalizaciones resultan, una vez más, una operación compleja y arriesgada y los matices nos pueden dar pistas para aclarar estas dudas. Pensemos en dos ejemplos concretos en los cuales nos centraremos en esta comunicación: el personaje de Gilles en la homónima novela de Pierre Drieu La Rochelle y el “personnage qui s’appelle je4 de Kaputt y La pelle de Curzio Malaparte. ¿Cuánto hay de autobiografía en estos personajes? Y, ¿cuánto de lo que estos personajes dicen y hacen en estas novelas puede ser considerado exportable para el análisis del posicionamiento político de sus creadores durante el periodo en que escribieron estos textos? Los ejemplos que se acaban de hacer los consideramos especialmente adecuados para este tipo de operación: hay mucho del Drieu La Rochelle de la segunda mitad de los años treinta en el personaje de Gilles, que puede considerarse efectivamente su álter ego; y hay también mucho de Malaparte en el protagonista y yo-narrador de sus grandes novelas de los años cuarenta. Pero no podemos considerarlos de ninguna manera la regla en lo que concierne el mundo de las letras. Más bien se trata de sonadas excepciones.

Si trataramos entonces de adentrarnos en el bosque de los intelectuales, podríamos marcar algunas líneas rojas. La primera es la de la personalidad del intelectual. No son, ni pueden ser lo mismo casos como el de Ernesto Giménez Caballero, el de Rafael Alberti, el de André Gide, el de Albert Camus, el de Norberto Bobbio o el de Massimo Bontempelli, para ceñirnos a los casos de España, Francia e Italia, respectivamente. Y no solamente por las diferencias literarias, políticas y públicas entre estos intelectuales, que no son evidentemente todos miembros de la heterogénea y ambigua (macro)familia de los tránsfugas de entreguerras. Sino también por sus diferentes personalidades que influyeron –y en algunos casos notablemente– en las creaciones de sus obras literarias y en sus posicionamientos respecto a la política nacional e internacional.

La segunda línea roja es la de las organizaciones políticas con las cuales estos intelectuales se han relacionado y, en el caso en que se hayan relacionado con algunas, de qué tipo de relación hablamos. En lo que concierne al caso de la relación entre partidos comunistas e intelectuales resultan interesantes las reflexiones que hace unas décadas hizo David Caute. Citando los casos de Spengler, Shaw, Picasso, Gide y Sartre, entre otros, Caute ponía de relieve que “Fondamentalment l’engagement du compagnon de route est un engagement à distance, non seulement géographique, mais aussi affectif et intellectuel”. La diferencia con un “engagement” como el de dirigentes de primer orden de los partidos comunistas resulta notable.5 ¿Podemos aplicar la misma consideración de Caute también para la relación entre los movimientos y partidos fascistas y los intelectuales?

La tercera línea roja es la de la efectiva militancia de un intelectual en un partido político. Bien distinto es el análisis en el caso en que el intelectual estudiado haya sido solo simpatizante de un partido político o en el caso en que se haya afiliado y, aún más, se haya convertido en un dirigente de un partido político. En este caso, podemos comparar, como ya se hizo para los dirigentes políticos, sus declaraciones con sus efectivos posicionamientos políticos.

Los dos casos que trataremos en estas páginas representan esta última posibilidad. Drieu La Rochelle se afilió al Partido Popular Francés (PPF) en junio de 1936, fue miembro de su Comité Central y fue uno de los editorialistas de L’Emancipation Nationale, el periódico del partido liderado por el excomunista Jacques Doriot. Tras romper con Doriot a finales de 1938, volvió a afiliarse al PPF en la última etapa de la ocupación nazi. Curzio Malaparte se afilió al Partido Nacional Fascista (PNF) en septiembre de 1922 y al menos hasta octubre de 1933 siguió afiliado al PNF. En el primer año de su afiliación, además, ocupó algun cargo sindical, aunque de segundo nivel, y hasta su detención en otoño de 1933 fue miembro del Consejo Nacional de las Corporaciones fascistas.

Drieu La Rochelle y Malaparte fueron unos intelectuales que se convirtieron en hombres políticos en algunas fases de sus vidas: estaban afiliados a un partido político, fueron conocidos y apreciados periodistas políticos, propagandistas y, hasta un cierto punto, teóricos de estos partidos y en algun momento ocuparon también algun cargo marcadamente político en las organizaciones del mismo partido.
2. Viajes al revés y vidas paralelas: Malaparte y Drieu La Rochelle
Los de Curzio Malaparte y de Pierre Drieu La Rochelle son en un cierto sentido dos viajes al revés. Mientras que el italiano se hizo fascista muy joven –aunque tuvo una primera militancia en el Partido Republicano y participó en los motines de la Semana Roja de 1914– y acabó sus días con el carnet del Partido Comunista Italiano (PCI) escondido debajo del colchón de la clínica Sanatrix de Roma en la cual lo cogió (¿confesado?) la muerte en julio de 1957, el francés, colaboracionista en el París ocupado por los nazis, se suicidó en marzo de 1945, después de haberse acercado de joven a los ambientes comunistas y socialistas y a las corrientes culturales cercanas a la izquierda política.

Pero si los puntos de partida y de llegada son casi opuestos, los puntos en común son muchos en esta larga travesía en el desierto de las grandes ideologías del siglo XX. Un solo ejemplo: los dos mostraron siempre un gran interés por el experimento soviético, también en sus etapas de mayor compromiso con la opción fascista. Malaparte hizo un viaje en la URSS en 1929 cuando era director del importante periódico turinés La Stampa; en 1930 se publicó el libro Intelligenza di Lenin que recoge los artículos que escribió durante ese viaje y al año siguiente escribió Le Bonhomme Lénine, una biografía del dirigente soviético que vio la luz en Francia en 1932. Mientras que en el diario de Drieu de los años 1944-1945 encontramos más de una nota en que declara su admiración para Stalin. También hay que decir que en comparación con los casos de los dirigentes políticos que transitaron de la izquierda al fascismo –piénsese en un Jacques Doriot para el caso francés y en un Nicola Bombacci para el caso italiano–6 ni Malaparte ni Drieu La Rochelle fueron dirigentes o compañeros de viaje de los Partidos Comunistas italiano y francés.7 En el ámbito político, Malaparte y Drieu La Rochelle se comprometieron esencialmente con el fascismo como ideología y como práctica política y en algun momento de sus vidas mostraron un notable interés y tuvieron una fuerte simpatía, que podía convertirse en fascinación, por el comunismo.8

rda pollos intelectuales ncia encasos de los dirigentes polo, teido pols fascistas l'a la izquierda pollos intelectuales ncia enMalaparte y Drieu fueron personalidades complejas, sin duda alguna. Además, y esto resulta un hecho singular, no se conocieron nunca y no sabemos si Malaparte leía los libros de Drieu y si Drieu leyó en algun momento algunas de las obras de Malaparte. Pero sus vidas tienen muchos paralelismos, como reconoce también en más de una ocasión Maurizio Serra, autor de una reciente biografía de Malaparte y de otro libro sobre Drieu La Rochelle, Aragon y Malraux.9

3. Curzio Malaparte
3.a. Biografías, trabajos críticos y publicaciones inéditas

A la controvertida figura de Malaparte no se ha prestado mucha atención hasta las décadas de los ochenta y de los noventa. Después de su muerte, encontramos los primeros trabajos biográficos del amigo periodista Franco Vegliani y del crítico y escritor Gianni Grana, mientras que otro amigo, Enrico Falqui, también escritor y crítico literario, entre finales de los años cincuenta y principios de los setenta se ocupó de la publicación por la editorial Vallecchi de las obras completas de Malaparte, incluidas algunas obras inéditas y no acabadas.10 Los trabajos de Luigi Martellini y, sobre todo, la biografía de Giordano Bruno Guerri, publicados en 1977 y 1980, respectivamente, marcaron un redescubrimiento del intelectual de Prato.11

A partir de 1987, con el convenio organizado para los treinta años de su muerte, las publicaciones de ensayos y estudios sobre la vida y la obra de Malaparte, y también la parcial publicación de buena parte de sus libros, vivieron una nueva etapa cuyo clímax fue la celebración en 1998 del centenario del nacimiento del enfant prodige del periodismo fascista, que se concretó en dos importantes congresos, la publicación de una biografía política por Giovanni Pardini y de una segunda biografía ilustrada por Guerri.12 Además en aquellos mismos años, la hermana de Malaparte, Edda Ronchi Suckert se ocupó de la publicación, en doce volumenes, de todos los materiales de archivo de su hermano para el periodo 1905-1956.13

Más recientemente se han publicado otros dos trabajos biográficos, el de Enzo Laforgia sobre el Malaparte reportero de guerra y el de Maurizio Serra, y una serie de trabajos menores y de artículos en revistas científicas que se centran en algunas cuestiones concretas, mientras que la editorial Adelphi ha empezado la publicación de algunas de sus obras (Kaputt; La Pelle; Tecnica del colpo di stato; Il ballo al Kremlino) con ricos aparatos críticos y bibliográficos.14
3.b. Perfil biográfico de Malaparte

El verdadero nombre de Curzio Malaparte (Prato, 9 de junio de 1898 – Roma, 19 de julio de 1957) es Kurt Erich Suckert.15 Hijo de un alemán y de una italiana, Suckert se afilió en 1913 al Partido Repúblicano Italiano (PRI) y fue nombrado secretario de la sección juvenil del partido en Prato. Participó en las movilizaciones y las protestas de la Semana Roja en junio de 1914 y, como una parte no desdeñable, aunque minoritaria, de la izquierda revolucionaria italiana –representada por los sindicalistas revolucionarios Corridoni y De Ambris y por el entonces socialista Mussolini–, tras el estallido de la Gran Guerra se hizo intervencionista. En el invierno de 1914-1915, mientras Italia era todavía un país neutral, Malaparte se alistó voluntario en la legión garibaldina que luchó con el ejército francés en el frente occidental. En la primavera de 1915 volvió a Italia, se incorporó en los Fasci Interventisti di Azione Rivoluzionaria y, tras la entrada en guerra del Reino de Italia, se alistó voluntario en el Ejército italiano. Luchó en el frente alpino hasta principios de 1918, cuando fue enviado a Francia con el cuerpo de expedición del general Albricci. Acabada la guerra, se quedó en Bélgica unos meses con el ejército italiano: de marzo a octubre de 1919 trabajó en la delegación italiana en Versailles, mientras que el año siguiente estuvo en la Embajada de Italia en Varsovia.

En 1921 se publicó Viva Caporetto!, el primer libro de Malaparte, que en ese periodo se hacía llamar aún Suckert: fue solo en 1925 que cambió definitivamente su nombre por aquel Malaparte que era un guiño a Napoleón Bonaparte. El título de su primer obra desató al mismo tiempo la ira de las escuadras fascistas que rompieron los escaparates de las librerías que vendían el volumen y la reacción censoria del estado italiano que retiró el libro por las críticas al ejército en ello contenidas. El libro se volvió a publicar algunos meses más tarde con el nuevo título de La rivolta dei santi maledetti; en 1923, se publicó otra vez con algunos pequeños cambios y, sobre todo, con una larga introducción que ajustaba el mensaje del libro con la nuova situación política italiana. De mientras, Malaparte se había afiliado al PNF (20 de septiembre de 1922) y había estado nombrado por una muy breve etapa (octubre – noviembre de 1922) secretario general de los sindicatos fascistas en Florencia. Durante otro breve periodo (mayo de 1923 – primavera de 1924) se le nombró también secretario general de los sindicatos fascistas en el extranjero.

A partir del verano de 1924, Malaparte se convirtió en uno de los jovenes periodistas e intelectuales de éxito del fascismo: fundó y dirigió hasta noviembre de 1928 La Conquista dello Stato, periódico que defendía un fascismo intransigente, durante y después de la crisis por el delito Matteotti; firmó el Manifesto degli intellettuali fascisti en 1925 y escribió algunos ensayos de cierta envergadura, como L’Europa vivente: teoria storica del sindacalismo nazionale (1923) e Italia barbara (1925), este último publicado por la editorial del antifascista Gobetti. Además, fue uno de los fundadores y de los más destacados representantes de los dos movimientos culturales del fascismo popular; dos movimientos aparentemente opuestos como Strapaese (con Mino Maccari y Leo Longanesi) y Stracittà (con Massimo Bontempelli). En febrero de 1929 fue nombrado director de La Stampa, el periódico turinés cercano a los intereses de la familia Agnelli, cargo en el cual se quedó hasta comienzos de 1931.

Se considera que durante este periodo Malaparte vivió un relativo alejamiento –se habla de “fronda” y de “semi-dissidenza ufficiale”;16 en ningún caso podemos hablar de oposición– del régimen, tras la firma de los pactos del Letrán y la evidente imposibilidad de una transformación revolucionaria del fascismo como pedían los sectores intransigentes del partido. Cuando dejó La Stampa a principios de 1931 Malaparte no entregó el carnet del PNF: se lo retiraron en octubre de 1933 cuando le detuvieron. Entre 1931 y 1933 vivió sobre todo en París y se dedicó a la escritura: se publicaron en Francia Technique du coup d’Etat (1931) y Le bonhomme Lénine (1932). A su regreso a Italia fue detenido: pasó dos meses en la cárcel romana de Regina Coeli y fue condenado a cinco años de confinamiento. La razón de la caída en desgracia del enfant prodige del periodismo fascista no se debe a su supuesto antifascismo, sino, más sencillamente, a la enemistad del jerarca Italo Balbo por la publicación del libro Vita di Pizzo-di-Ferro detto Italo Balbo (1931).

Malaparte se quedó sólo un año y medio en el confinamiento, entre las islas de Lipari e Ischia y en la localidad toscana de Forte dei Marmi. En junio de 1935 un acto de clemencia de Mussolini le permitió de recuperar la libertad: no tardó mucho en volver a publicar, aunque con menos protagonismo. Fundó la revista Prospettive, financiada por el régimen, y fue corresponsal por Il Corriere della Sera dirigido por Aldo Borelli en Etiopía (1939), en Grecia (1940) y en el frente oriental (Rumanía, Yugoslavia, Ucrania, Polonia, URSS y Finlandia) entre la primavera de 1941 y el verano de 1943. En la primavera de 1940 había también estado movilizado y participó en la breve guerra italo-francesa de los meses de junio y julio en los Alpes del Valle de Aosta. Después de la caída de Mussolini, entre 1943 y 1945 Malaparte colaboró con el ejército italiano del Reino del Sur y con el servicio de informaciones del ejército estadounidense durante la liberación de la península italiana por parte de las tropas aliadas. De todas estas experiencias, el escritor de Prato sacó diferentes libros, que fueron publicados en distintos momentos durante la década de los cuarenta: desde recopilaciones de sus artículos y corresponsalías (Il sole è cieco; Il Volga nasce in Europa) hasta novelas que le dieron fama internacional (Kaputt; La pelle).

En sus últimos doce años de vida (1945-1957), Malaparte se convirtió en un personaje público de cierto éxito, aunque muy criticado, sobre todo por su pasado político. Vivió dos años en París (1947-1949), siguió publicando artículos en la prensa italiana, novelas y ensayos en Francia y en Italia (Deux Chapeau de Paille d’Italie; Storia di domani; Sangue; Maledetti Toscani; en algun caso se trataba también de la publicación de inéditos de los años fascistas como Don Camaleo), estrenó dos obras de teatro en la capital gala (Du coté de chez Proust -1948- y Das Kapital -1949-) y una en el Festival internacional del teatro de Venecia de 1954 (Anche le donne hanno perso la guerra) y rodó una película (Il Cristo proibito).

Su posicionamiento político después de la caída de Mussolini fue zigzagueante. En abril de 1944 recibió la visita en su casa de Capri del secretario del PCI Palmiro Togliatti. Malaparte estaba interesado en ingresar en las filas del PCI –preparó también una Autobiografia que Togliatti publicó en las páginas de Rinascita en agosto y septiembre de 1957– y Togliatti estaba interesado en incorporar a Malaparte en el nuevo PCI. En agosto de 1944, durante la liberación de Florencia que siguió junto al ejército aliado, el exfascista Malaparte escribió cinco artículos para L’Unità: los firmó con el seudónimo de Gianni Strozzi. Se tuvo que parar la colaboración por las protestas de algunos dirigentes (sobre todo Mario Alicata) y de militantes del partido y la “operación Malaparte-comunista” no prosperó. Malaparte, como todo buen narcisista, después del “rechazo” empezó a criticar el “fascismo de los antifascistas” y a condenar la peligrosa “raza marxista”. En las elecciones de 1948 apoyó públicamente a la Democracia Cristiana (DC) y en la elecciones municipales de mayo de 1956 se presentó con el PRI, que en aquella época hacía del anticomunismo su estandarte y de los pactos con la DC su salvación de la desaparición. Fue tras la sonada derrota en las municipales de Florencia que Malaparte se acercó otra vez al PCI. En otoño de 1956, gracias a Maria Antonietta Macciocchi, directora de Vie Nuove, revista ligada al PCI, Malaparte viajó a Moscú y a Pekín para participar en la conmemoración del escritor Lu Xun. Ahí se quedó fascinado por Mao –que pudo entrevistar– y por el comunismo chino, como relató en Io, in Russia e in Cina, libro que se publicó en 1958.

Fue el último de sus muchos viajes: en los pueblos del interior del gigante asiático enfermó. Volvió a Roma y murió el 19 de julio de 1957 por un cáncer cuyos orígenes se encontraban en el gas mostaza que respiró durante la Primera Guerra Mundial. En los últimos meses, en la clínica romana Sanatrix, recibió la visita de muchas personalidades: escritores, periodistas, curas, políticos. Entre ellos el líder de la Democracia Cristiana Amintore Fanfani y el mismo Togliatti, que en abril, le entregó el carnet del PCI. Recibió también el carnet de su primer partido, el PRI y, según el estrafalario jesuita padre Rotondi, se convirtió también al catolicismo. Después de su muerte, se fueron publicando varias obras inéditas e inacabadas que el amigo Enrico Falqui encontró en su archivo personal (Mamma marcia; Diario di uno straniero a Parigi; Il ballo al Cremlino).
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