Escuchad esta trágica historia: una familia que duerme, un asesino sin compasión y una criatura aventurera, un huérfano que escapa de la muerte. ¿O no?






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fecha de publicación08.03.2016
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Nad contempló el cielo: las tres lunas habían desaparecido. Pero ahí estaba la Vía Láctea, más nítida y resplandeciente que nunca. Todo el firmamento estaba plagado de estrellas.
—¡Qué bonitas! —exclamó Nad.
—Cuando lleguemos a casa —dijo la señorita Lupescu—, te enseñaré los nombres de las estrellas y de sus constelaciones.
—Me encantaría aprenderlos —admitió Nad.
El niño trepó de nuevo al inmenso lomo gris de su profesora, enterró la cara en el pelo, y se agarró con fuerza, y en tan sólo unos segundos —o eso le pareció— se plantaron en el cementerio, caminando entre las tumbas en dirección a la que habitaban los Owens.
—Se ha torcido el tobillo —dijo la señorita Lupescu.
—Ángel mío, pobrecito —replicó la señora Owens al tiempo que cogía en brazos a Nad y lo mecía entre sus fuertes, aunque incorpóreos, brazos—. No diré que no me has tenido preocupada, porque sería mentira. Pero ahora ya estás aquí, y eso es lo único que importa.
Al cabo de unos minutos Nad se encontraba perfectamente cómodo y seguro bajo tierra, en su casa, con la cabeza apoyada en su almohada. Estaba rendido y, nada más cerrar los ojos, quedó sumido en un profundo y dulce sueño.
El tobillo izquierdo de Nad se había hinchado mucho y estaba amoratado. El doctor Trefusis (1870-1936. «Dios lo tenga en su gloria.») lo examinó y dictaminó que no era más que un esguince. La señorita Lupescu se acercó a la farmacia y le trajo una tobillera elástica, y Josiah Worthington, baronet, a quien enterraron con su elegante bastón de ébano, insistió en prestárselo a Nad, que se lo pasó como un enano caminando con el bastón y fingiendo que era un anciano centenario.
Nad subió la colina renqueando y, de debajo de una piedra, sacó un papel doblado que rezaba:
LOS SABUESOS DE DLOS
Estaba impreso en tinta de color morado y era el primer elemento de una lista.
Las criaturas a las que los mortales llaman «hombres lobo» o «licántropos» se autodenominan «sabuesos de Dios», pues sostienen que su transformación es un don del Creador, y ellos le corresponden con su tenacidad, ya que son capaces de perseguir a un ser malvado hasta las mismísimas puertas del infierno.
Nad asintió y pensó: «Y no sólo a un ser malvado».
Leyó la lista hasta el final, esforzándose en memorizarlo todo, y después bajó hasta la vieja capilla, donde la señorita Lupescu lo esperaba con una empanada de carne y una gigantesca bolsa de patatas fritas que había comprado en una tienda que había al pie de la colina. También llevaba un montón de listas nuevas impresas, como de costumbre, en tinta de color morado.
Compartieron la bolsa de patatas y, en una o dos ocasiones, ella incluso sonrió.
Silas regresó hacia finales de mes. Sujetaba su maletín negro con la mano izquierda, y el brazo derecho lo tenía completamente rígido. Pero era Silas, y Nad se alegraba de volver a verlo, y se alegró mucho más al descubrir que le había traído un regalo: una reproducción en miniatura del Golden Gate de San Francisco.
Cuando llegó casi la medianoche, aunque la oscuridad no era completa todavía, los tres se sentaron en lo alto de la colina, con las luces de la ciudad a sus pies.
—Espero que haya ido todo bien mientras he estado ausente —dijo Silas.
—¡He aprendido un montón de cosas! —exclamó Nad, sin soltar su regalo, y señaló el firmamento—. Eso de ahí es Orion, el Cazador, y su cinturón de tres estrellas. Y esa otra es Tauro, el Toro.
—Muy bien, muy bien —aprobó Silas.
—¿Y tú? —preguntó Nad—. ¿Has aprendido algo nuevo mientras has estado fuera?
—¡Oh, claro que sí! —replicó su tutor sin entrar en detalles.
—Pues yo, también —intervino la señorita Lupescu—.Yo también he aprendido algunas cosas que no sabía.
—Magnífico —repuso Silas. Y acto seguido se oyó el ulular de un buho que estaba posado en la rama de un roble—. El caso es que me han llegado algunos rumores de que hace unas semanas los dos estuvisteis en cierto lugar al que yo no habría podido seguiros. En otras circunstancias, os aconsejaría que anduvierais con cuidado, pero, a diferencia de otras criaturas, los ghouls olvidan enseguida.
—No ha pasado nada. La señorita Lupescu cuidó de mí todo el tiempo, y no corrí peligro en ningún momento —lo tranquilizó Nad.
La señorita Lupescu lo miró y se le iluminó la cara; luego desvió la vista hacia Silas y le dijo:
—Hay tantas cosas que podría enseñarle aún. Es posible que vuelva el verano que viene a darle algunas clases.
Observando a la señorita Lupescu, Silas alzó una ceja y, a continuación, observó a Nad.
—Me encantaría —dijo el niño.

Capítulo 4

La lápida de la bruja

Era de dominio público que había una bruja enterrada en el límite sur del cementerio. La señora Owens siempre le advertía a Nad que no debía acercarse por allí bajo ningún concepto.
—¿Por qué? —le preguntó un día Nad.
—No es lugar seguro para quien posea un alma mortal —respondió la señora Owens—. En los confines del mundo hay mucha humedad. Aquello es casi una marisma, y no encontrarás otra cosa que la muerte.
El señor Owens, por su parte, tenía mucha menos imaginación que su esposa y solía responderle de forma más evasiva.
—No es un sitio muy recomendable —fue todo cuanto le dijo.
El cementerio propiamente dicho terminaba justo al pie de la colina, bajo el viejo manzano, y estaba cercado por una herrumbrosa verja, cuyas rejas acababan en punta; pero más allá se extendía un erial plagado de malas hierbas, ortigas, zarzas y hojas secas, y Nad, que era en esencia un niño bueno y obediente, nunca intentó colarse allí por entre las rejas, aunque solía situarse detrás de éstas para contemplarlo. Sabía que en aquel lugar había una historia, cuyos detalles le habían ocultado siempre, y eso lo irritaba.
Nad subió hasta la iglesia abandonada, situada en el centro del cementerio, y esperó a que oscureciera. Cuando unas luces de color púrpura en el cielo anunciaban la caída de la noche, oyó un ruido en lo alto de la torre, algo como el rumor de una capa de grueso terciopelo, y vio que Silas había dado por concluido su descanso en el campanario y descendía hasta el suelo.

—¿Qué hay allá al fondo —le preguntó Nad—, más allá de Harrison Westwood, panadero de este concejo, y sus esposas, Marión y Joan?
—¿Por qué lo preguntas? —inquirió su tutor, mientras se sacudía con las marfileñas manos el polvo que se le había adherido a su traje negro.
Nad se encogió de hombros y replicó:
—Simple curiosidad.
—Ese suelo está sin consagrar. ¿Sabes lo que significa eso?
—Creo que no.
Silas avanzaba por el sendero sin perturbar en modo alguno las hojas secas que encontraba a su paso y, finalmente, ambos se sentaron en el banco de piedra.

—Hay quien piensa —comenzó a explicarle con esa suavidad suya tan característica— que toda tierra es sagrada; que ya lo era antes de llegar nosotros y seguirá siéndolo cuando nos hayamos ido. Pero aquí, en esta tierra en la que vives ahora, es costumbre bendecir las iglesias y, en torno a ellas, el terreno destinado a enterrar a los muertos. Sin embargo, en la parte más alejada, dejan siempre una zona sin consagrar para enterrar a los criminales, a los suicidas y a cualquiera que no profese su misma fe.
—¿Quieres decir que todos los que están enterrados en esa parte eran malos?
—Mmin. ¡Oh, no, ni mucho menos! Veamos, hace tiempo que no me doy una vuelta por ahí, pero tampoco recuerdo que hubiera nadie especialmente malvado. Ten en cuenta que antiguamente colgaban a la gente por robar un simple chelín. Por otra parte, siempre ha habido personas que, creyendo que su vida se ha vuelto más difícil y dolorosa de lo que son capaces de soportar, llegan a la conclusión de que lo único que pueden hacer es adelantar su partida de este mundo.
—Quieres decir que se suicidan, ¿no? —preguntó Nad. Por aquel entonces el niño contaba unos ocho años, miraba con perspicacia y no tenía un pelo de tonto.
—Eso es.
—¿Y da resultado? Quiero decir: después de muertos, ¿son más felices?
Silas reaccionó ante la ingenuidad del niño con una sonrisa tan espontánea y tan amplia, que dejó asomar los colmillos por las comisuras de los labios.
—Algunas veces. Pero por lo general, no. Les sucede lo mismo a aquellos que creen que marchándose a otro lugar serán más felices; tarde o temprano acaban descubriendo que no es así como funcionan las cosas. Por muy lejos que te vayas, nunca conseguirás huir de ti mismo.No sé si entiendes lo que quiero decir.
—Más o menos.
Silas se inclinó y le revolvió el cabello con la mano.
—¿Y qué me dices de la bruja? —preguntó el niño.
—¡ Ah, claro, eso es —replicó Silas—: suicidas, criminales y brujas! Todos los que murieron sin confesar sus pecados.
Silas se puso en pie de nuevo; semejaba una sombra de medianoche en mitad del crepúsculo.
—Con tanta charla casi me olvido de que todavía no he desayunado —comentó—. Y tú llegas tarde a tus clases.
Entre las crecientes sombras del cementerio, tuvo lugar una implosión silenciosa, un susurro de oscuridad envuelta en terciopelo; Silas se había esfumado.
La luna empezaba a ascender en el cielo cuando Nad llegó al mausoleo del señor Pennyworth. Thomes Pennyworth («Aquí yace en la certeza de la más gloriosa resurrección.») lo estaba esperando ya, y no parecía de muy buen humor.
—Llegas tarde —lo reprendió.
—Lo siento, señor Pennyworth.
El aludido chasqueó la lengua. La semana anterior, las lecciones del señor Pennyworth habían girado en torno a los elementos y los humores, pero Nad seguía confundiendo los unos con los otros. Creía que aquella noche tocaba examen pero, en lugar de eso, su maestro le anunció:
—Creo que ha llegado el momento de dejar las clases teóricas a un lado por unos días y centrarnos en cuestiones más prácticas. A fin de cuentas el tiempo vuela.
—¿En serio?
—Eso me temo, jovencito. Veamos, ¿qué tal vas con la Desaparición?
Hasta ese momento, Nad albergaba la secreta esperanza de no tener que responder a aquella pregunta.
—Bien, bien —dijo—. Bueno. Ya sabe...
—No, señor Owens. No lo sé. ¿Qué tal si me haces una demostración?
A Nad se le cayó el alma a los pies. No obstante, cogió aire y se esmeró cuanto pudo: entornó los ojos y trató de desaparecer.
El señor Pennyworth no parecía muy satisfecho.
—¡Bah! Esperaba algo más, francamente. Esperaba mucho más. Deslizamiento y Desaparición, ésas son las facultades que definen a un muerto. Nos deslizamos por entre las sombras; desaparecemos para trascender los sentidos. Inténtalo de nuevo.
Nad lo intentó poniendo aún más ahínco.
—Sigues siendo tan perceptible como esa nariz que sobresale en medio de tu cara —dijo el señor Pennyworth—. Y mira que es obvia tu nariz. Lo mismo que el resto de tu cara, jovencito. Lo mismo que tú. ¡Por lo que más quieras y todos los santos, deja la mente en blanco! Ya. Eres un callejón desierto. Eres un umbral deshabitado. Eres nada. No hay ojo capaz de verte. No hay mente capaz de percibirte. En el espacio donde tú existes no hay nada ni nadie.
Nad volvió a probar una vez más. Cerró los ojos e imaginó que se desvanecía hasta integrarse en la mampostería del mausoleo, transformándose en una sombra más entre las sombras que conforman la noche. Y entonces estornudó.
—Lamentable —sentenció el señor Pennyworth exhalando un suspiro—. Realmente lamentable. Creo que voy a tener que hablar de esto con tu tutor. —Meneaba la cabeza con desazón—. Pasemos a otro asunto: los humores. ¿Cuáles son?
—A ver... Sangre, bilis, flema. Y el cuarto... La bilis negra, creo.
Y continuaron con las clases hasta que llegó la hora de pasar a la de lengua y literatura con la señorita Letitia Borrows, solterona de este concejo, («Quien en toda su vida nunca infligió sufrimiento a hombre alguno. ¿Puede quien esto lee afirmar lo mismo?»). A Nad le gustaba la señorita Borrows, así como el hogareño ambiente que reinaba en su pequeña cripta y, sobre todo, lo increíblemente fácil que resultaba distraerla.
—Dicen que hay una bruja enterrada en la zona no congr... consagrada —comentó Nad.
—Sí, tesoro. Pero no merece la pena que visites esa parte del cementerio.
—¿Por qué no?
La señorita Borrows le sonrió con esa ingenuidad con la que únicamente los muertos pueden sonreír, y respondió:
—No son como nosotros.
—Pero también forma parte del cementerio, ¿no? Quiero decir, ¿puedo ir a visitar esa zona si quiero?
—En realidad sería preferible que no lo hicieras.
Nad era un niño obediente, pero también curioso, así que al finalizar sus clases aquella noche, cruzó el límite fijado por el monumento —un ángel de cabeza rota— que coronaba la tumba de Harrison Westwood, panadero, y familia. Sin embargo, no bajó hasta la fosa común, sino que subió hasta el montículo donde una merienda campestre, celebrada unos treinta años antes, dejó suhuella convertida en un inmenso manzano.
Nad había aprendido muy bien ciertas lecciones. Hacía unos años se pegó un atracón de manzanas: unas estaban verdes, otras picadas y algunas tenían todavía las pepitas blancas. Después pasó varios días lamentándolo, pues sufrió unos horribles retortijones mientras la señora Owens lo sermoneaba sobre lo que debía comer y lo que no. Desde entonces, siempre esperaba a que las manzanas maduraran antes de comérselas, y nunca engullía más que dos o tres por noche. Y aunque la semana anterior ya había consumido la última manzana que quedaba en el árbol, le gustaba sentarse debajo de él para pensar.
Trepó, pues, hasta llegar al recodo que se formaba entre dos ramas —su lugar favorito—, y se quedó mirando el terreno donde se hallaba la fosa común, justo debajo de él; la luz de la luna se derramaba sobre las zarzas y malas hierbas que se habían adueñado del lugar. Se preguntó si la bruja sería una mujer vieja, con clientes de acero y patas de gallina, o simplemente una mujer flaca, de nariz afilada, que volaba montada en una escoba.
Al cabo de un rato le entró hambre y lamentó haberse zampado ya todas las manzanas del árbol. Si hubiera dejado al menos una...
Alzó la vista y creyó ver algo en una de las ramas más altas. Volvió a mirar un par de veces más para asegurarse: era una manzana roja y madura.
Nad presumía de saber trepar por los árboles como nadie, de modo que se levantó y trepó de rama en rama, imaginando que era Silas cuando escalaba por la pared de la torre con la agilidad y la elegancia de un gato. La manzana, tan roja que a la luz de la luna casi parecía negra, estaba en un sitio difícil de alcanzar. Nad avanzó lentamente por la rama hasta colocarse justo debajo de ella. Entonces se estiró y tocó la perfecta manzana con las puntas de los dedos.
Pero se iba a quedar sin poder hincarle el diente.
Un chasquido, tan sonoro como el disparo de una escopeta, y la rama se tronchó bajo sus pies.
Acosado por un dolor punzante, como si le estuvieran pinchando con agujas de hielo o como si un trueno le recorriera con lentitud todo el cuerpo, se despertó sentado sobre un lecho de hierba.
El terreno era bastante blando y extrañamente cálido. Al hacer presión con la palma de la mano, le dio la sensación de que lo que tenía debajo era el tibio pelaje de algún animal. Pero resultó que había aterrizado sobre el lugar donde vaciaba su cortacésped el jardinero que cuidaba el cementerio, de manera que un mullido montón de hierba había amortiguado su caída. Pese a ello, le dolía el pecho y debía de haberse torcido una pierna al caer, porque también le dolía.
Nad soltó un gemido.
—Chissst, tranquilo pequeño, chissst —murmuró una voz a su espalda—. ¿De dónde has salido? Te parece bonito aterrizar aquí como una bomba.
—Estaba ahí arriba, en el manzano —explicó Nad.
—¡Vaya! Deja que le eche un vistazo a esa pierna. Seguro que está tan rota como la rama del árbol. —Nad notó cómo unos dedos fríos le presionaban la pierna izquierda—. Pues no, no está rota. Pero sí dislocada; puede que incluso te hayas hecho un esguince. Ni que fueras el mismo diablo; menuda suerte has tenido al caer sobre el montón de césped. Tranquilo, que no es el fin del mundo.
—¡Oh, estupendo! De cualquier modo, duele mucho.
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