Escuchad esta trágica historia: una familia que duerme, un asesino sin compasión y una criatura aventurera, un huérfano que escapa de la muerte. ¿O no?






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títuloEscuchad esta trágica historia: una familia que duerme, un asesino sin compasión y una criatura aventurera, un huérfano que escapa de la muerte. ¿O no?
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fecha de publicación08.03.2016
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—Nada, algo que anda merodeando por el desierto. Pero ¡silencio! ¡Nos va a oír!
Y los ghouls guardaron silencio unos minutos, hasta que se olvidaron de que había alguien en el desierto, y entonces se pusieron a cantar canciones llenas de malas palabras y peores sentimientos. La más popular de éstas no hacía sino enumerar las partes más suculentas de un cadáver putrefacto, y explicar en qué orden debían ser comidas.
—Quiero volver a casa —exigió Nad, una vez que acabaron la canción—. No quiero quedarme aquí.
—Deja de resistirte, pequeño —dijo el duque de Westminster—. Te prometo que cuando te conviertas en uno de nosotros no volverás a acordarte de tu casa.
—Yo no recuerdo absolutamente nada de mi vida anterior —aseguró Víctor Hugo, el famoso escritor.
—Ni yo —confirmó el emperador de China con orgullo.
—Nada de nada —dijo el trigésimo tercer presidente de Estados Unidos.
—Serás miembro de una élite formada por las criaturas más inteligentes, más fuertes y más valientes de todos los tiempos —añadió con jactancia el obispo de Bath y Wells.
A Nad no le impresionaban demasiado el coraje ni la inteligencia de los ghouls. Pero eran fuertes, eso sí, y se movían con una rapidez sobrehumana, y él estaba justo en el centro del grupo. Huir era, simplemente, imposible lo atraparían de inmediato.
A todo esto, allá a lo lejos, se oyó otro aullido, y los ghouls volvieron a apiñarse alrededor del fuego. Nad los oía maldecir por lo bajo. Cerró los ojos, echaba de menos su casa y estaba muy abatido; no quería convertirse en un ghoul. Estaba convencido de que en esas condiciones no iba a poder pegar ojo en toda la noche, pero al fin logró dormir dos o tres horas.
Un ruido airado, atronador y cercano lo despertó. Era la voz de alguien que preguntaba:
—Y bien, ¿dónde están? ¿Eh?
Nad abrió los ojos y vio que era el obispo de Bath y Wells, que le gritaba al emperador de China. Al parecer, dos miembros del grupo habían desaparecido en plena noche, se habían evaporado sin más, y nadie se explicaba cómo había podido ocurrir. Los demás ghouls tenían los nervios de punta. Así que levantaron el campamento a toda prisa, y el trigésimo tercer presidente de Estados Unidos levantó en volandas a Nad y se lo echó al hombro.
Bajo un cielo del color de la mala sangre, los ghouls descendieron a toda prisa por el barranco y volvieron al camino de Gholheim. Aquella mañana no parecían tan contentos, ni mucho menos. Más bien daba la impresión de que estaban huyendo de algo (o eso intuía Nad).
Hacia el mediodía, cuando el inerte sol se hallaba en su punto más alto, los ghouls se detuvieron y formaron corro. Un poco más lejos se veían varias decenas de ángeles descarnados de la noche que volaban en círculos a gran altura, planeando en las corrientes térmicas.
Los ghouls estaban divididos: unos creían que sus dos compañeros habían desaparecido sin más, y otros, por el contrario, creían que algo —probablemente los ángeles descarnados de la noche— se los habían llevado.
No lograron ponerse de acuerdo en nada, excepto en que debían armarse con piedras por si aquellas terribles criaturas descendían sobre ellos. De modo que se fueron llenando los bolsillos con las piedras que encontraban por el camino.
De súbito se oyó un aullido en el desierto, a su izquierda, y los ghouls entrecruzaron las miradas. Sonaba más potente que la noche anterior, y más cercano; era similar al aullido de un lobo.
—¿Habéis oído eso? —preguntó el alcalde de Londres.
—No —dijo el trigésimo tercer presidente de Estados Unidos.
—Yo, tampoco —corroboró el honorable Archibald Fitzhugh.
Otro aullido.
—Hemos de llegar a casa cuanto antes —urgió el duque de Westminster sopesando en la mano un tremendo pedrusco.
Tenían frente a sí el altísimo cerro sobre el que se asentaba la apocalíptica ciudad de Gholheim, y los ghouls estaban impacientes por llegar a ella.
—¡Cuidado! ¡Nos atacan los ángeles descarnados de la noche! —gritó el obispo de Bath y Wells—. ¡Lanzad las piedras contra esas sanguijuelas!
En ese preciso instante, Nad lo veía todo al revés, pues iba cabeza abajo sobre el hombro del trigésimo tercer presidente de Estados Unidos, tragándose, además, el polvo del camino. Pero oía gritos, similares a los de un águila y, una vez más, pidió auxilio en la lengua de los ángeles descarnados de la noche. Nadie intentó silenciarlo esta vez, pero tampoco estaba muy seguro de que lo hubieran oído entre el guirigay de las criaturas aladas y las blasfemias que proferían los ghouls mientras les arrojaban piedras.
Nad oyó de nuevo el aullido, sólo que ahora procedía del otro lado, a su derecha.
—Esos malnacidos están por todas partes —comentó el duque de Westminster, pesimista.
El trigésimo tercer presidente de Estados Unidos bajó a Nad del hombro y se lo pasó a Víctor Hugo, el famoso escritor, que metió al niño en su saco y se lo echó a la espalda. Nad se alegró al comprobar que el interior del saco no olía más que a leña y a polvo.
—¡Se están batiendo en retirada! —gritó uno de los ghouls—. ¡Mirad cómo huyen!
—Pierde cuidado —dijo una voz que Nad creyó identificar como la del obispo de Bath y Wells—. Todo este jaleo se acabará en cuanto entremos en Gholheim. ¡Es inexpugnable; es Gholheim!
Nad no sabía a ciencia cierta si algunos ghouls habían resultado muertos o heridos en la refriega con los ángeles descarnados de la noche. Aunque sí sospechaba, por las maldiciones que le había oído lanzar al obispo de Bath y Wells, que muchos de ellos habían huido.
—¡Aprisa! —gritó una voz que parecía la del duque de Westminster, y los ghouls echaron a correr. Nad iba muy incómodo en el interior del saco; se iba dando golpes contra la espalda de Victor Hugo, el famoso escritor, y de vez en cuando incluso se golpeaba contra el suelo. Por si estar atrapado dentro de un saco no fuera lo suficientemente incómodo, Nad tenía que compartir aquel reducido espacio con varios leños, además de los tornillos, clavos y otras piezas punzantes —restos de los ataúdes— que sobresalían de ellos. De hecho, había un tornillo que se le clavaba en la mano.
Pese a los golpes, las sacudidas y el zarandeo, Nad logró coger aquella pieza que le pinchaba la mano derecha y la tanteó hasta encontrar la punta. Armándose de valor y aferrado a la poca esperanza que le quedaba, Nad se puso a perforar la tela del saco con el tornillo, metiéndolo y sacándolo alternativamente para practicar un agujero.
Alguien volvió a aullar de nuevo, esta vez a su espalda. Nad pensó que algo que atemorizaba a los ghouls de ese modo tenía que ser por fuerza verdaderamente terrorífico, y dejó de horadar la tela, porque ¿y si se caía del saco e iba a parar directo a las fauces de alguna bestia diabólica? Aunque bien mirado, se dijo, si moría en ese instante, al menos moriría siendo él, con sus recuerdos intactos, sabiendo quiénes eran sus padres, quién era Silas e incluso quién era la señorita Lupescu.
Menos da una piedra.
Nad continuó, pues, perforando el saco, pinchando la tela con el tornillo y ahuecando los hilos hasta que logró hacer otro agujero.
—¡Vamos, camaradas! —gritó el obispo de Bath y Wells—. ¡Unos cuantos escalones más y estaremos a salvo en nuestra amada Gholheim!
—¡Bien dicho, Ilustrísima! —exclamó otro, probablemente el honorable Archibald Fitzhugh.
Nad detectó un cambio en los movimientos de sus captores. Ya no avanzaban de forma continua, sino que se movían en dos tiempos: primero subían y, a continuación, caminaban unos metros, luego volvían a subir, y seguían caminando.
Nad hurgó con el dedo en uno de los agujeros del saco para poder echar un vistazo al exterior. Divisó en lo alto el opresivo cielo rojo, y abajo...
... abajo seguía viendo la arena del desierto, sólo que ahora quedaba a más de cien metros de distancia. Justo detrás de ellos, había unos escalones que parecían hechos a la medida de un gigante, a la derecha, la pared de roca, y a la izquierda, un precipicio; era evidente que Gholheim, que le era imposible contemplar desde el interior del saco, se hallaba al frente. Decididamente, tendría que dejarse caer recto, sobre los escalones, y confiar en que los ghouls, desesperados por entrar en la ciudad cuanto antes para ponerse a salvo, no lo vieran escapar. Distinguió también a los ángeles descarnados de la noche que continuaban volando en círculos en lo alto del cielo sanguino.
Por suerte, no había ningún ghoul detrás de él, puesto que Víctor Hugo, el famoso escritor, iba en último lugar, y no tenía a nadie detrás que advirtiera que el agujero del saco se iba haciendo cada vez más grande, ni viera a Nad cuando lograra salir.
Pero había algo más...
A todo esto, Nad rebotó contra uno de los laterales del saco y cayó de lado, lejos del agujero. Pero tuvo tiempo de ver una cosa enorme y gris que les iba pisándolos talones. Y gruñía que daba miedo.
Había una singular expresión que el señor Owens solía emplear cuando tenía que elegir entre dos cosas igualmente desagradables: «Estoy entre el diablo y el profundo mar azul», decía. Nad se había preguntado muchas veces por el significado de aquella expresión, pues en todos los años que llevaba viviendo en el cementerio, nunca había visto al diablo ni el profundo mar azul.
«Estoy entre los ghouls y el monstruo», pensó el niño.
Y, mientras asumía la situación, unos afilados colmillos desgarraron la tela del saco, y Nad cayó sobre los escalones de piedra, donde se encontró cara a cara con un inmenso animal de pelo gris, como un perro aunque mucho más grande, que gruñía con fiereza y babeaba por las comisuras de la boca; tenía unos ojos que parecían de fuego, los colmillos blancos y unas pezuñas descomunales. El animal jadeaba y lo miraba fijamente.
Los ghouls se detuvieron a escasos metros de él.
—¡Por los cuernos de Belcebúi —exclamó el duque de Westminster—. ¡Ese perro del averno tiene al maldito niño!
—Pues que se lo quede —dijo el emperador de China—. ¡Corred!
Los ghouls echaron a correr como alma que lleva el diablo. Aquella escalera tenía que haber sido construida por gigantes, a Nad no le cabía ya la menor duda, pues no había un solo escalón que no fuera más alto que él. Los ghouls se alejaban a toda prisa y no miraban atrás más que para hacerle gestos obscenos al animal y, probablemente, también a Nad.
La fiera seguía sin moverse de su sitio.
«Me va a comer —se dijo el niño—; bien hecho, Nad». Y le vino a la memoria su casa del cementerio, pero se dio cuenta de que ya no recordaba por qué se había marchado de allí. Con perro monstruoso o sin perro monstruoso, tenía que regresar a su casa al menos otra vez; había gente esperándolo allí.
Así pues, pasó por delante de la fiera y saltó el escaso metro y medio que lo separaba del escalón inmediatamente anterior, pero con tan mala suerte que se torció el tobillo y cayó al suelo, gritando de dolor.
Entonces oyó a la fiera, que se le aproximaba a todo correr, y trató de escapar; intentó ponerse de pie, pero le dolía tanto el tobillo que le era imposible apoyar el talón en el suelo, y volvió a caer sin poder evitarlo. No obstante, esta vez se derrumbó fuera del escalón, hacia el lado opuesto a la pared de roca, es decir, por el precipicio, y la distancia que lo separaba del suelo era tan atroz, que no alcanzaba a imaginar siquiera cuántos metros habría...
Mientras caía al vacío, oyó una voz que provenía del lugar donde había visto a la fiera por última vez. Sin duda alguna, era la voz de la señorita Lupescu, que exclamaba: «¡Oh, no! ¡Nad!»
Era exactamente igual que en esos sueños en los que uno cae al vacío; Nad notaba el mismo vértigo, el mismo terror. Tenía la sensación de que en su mente no había sitio más que para un pensamiento, así que la idea de «El perrazo gris era en realidad la señorita Lupescu» competía por ese puesto con esta otra «Cuando me estampe contra el suelo, me voy a convertir en puré».
De pronto sintió que algo lo envolvía y lo acompañaba en la caída y, al cabo de unos instantes, oyó el batir de unas alas sin plumas y todo se ralentizó de inmediato. El tan temido impacto contra el suelo dejó de parecerle inminente.
Las alas batieron con más fuerza; de inmediato comenzaron a ascender y el único pensamiento que ocupaba ahora la mente de Nad era: «¡Estoy volando!». Y, efectivamente, volaba. Se volvió a mirar y vio una cabeza de color marrón oscuro, calva como una bola de billar, provista de dos ojos profundos y relucientes como esferas de cristal negro muy bruñido.
El niño volvió a pedir auxilio en la lengua de los ángeles descarnados de la noche, y el ángel descarnado sonrió y le respondió con una especie de ululato. Parecía satisfecho.
Acto seguido, tuvo lugar un descenso súbito y vuelta a disminuir la velocidad, hasta que por fin tocaron tierra con un ruido sordo. Nad intentó ponerse en pie, pero el tobillo le falló una vez más y cayó al suelo, recibiendo el aguijonazo de la arena arrastrada por el fuerte viento del desierto.
El ser volador se posó en el suelo, al lado de Nad, con las alas plegadas hacia atrás. Como el niño se había criado en un cementerio, estaba acostumbrado a ver imágenes de seres alados, pero los ángeles de los monumentos funerarios no se parecían en nada a aquella criatura.
Entonces un formidable animal de pelo gris, una especie de perro gigantesco, atravesó el desierto que se extendía a los pies de Gholheim.
Y el perro habló, pero la voz era la de la señorita Lupescu:
—Con ésta ya son tres las veces que los ángeles descarnados de la noche te salvan la vida. La primera fue cuando pediste ayuda; ellos te oyeron y vinieron a avisarme y a indicarme dónde estabas. La segunda fue anoche cuando te quedaste dormido junto a la hoguera; ellos volaban en círculos por encima de vosotros, y oyeron a dos ghouls que decían que les traías mala suerte y que sería mejor machacarte los sesos con una piedra y dejarte en algún lugar donde te pudieran localizar más tarde, cuando estuvieras convenientemente podrido, y darse un buen banquete a tu costa. Los ángeles descarnados de la noche se ocuparon de resolver el asunto con la mayor discreción. Y ahora, esto.
—Se... señorita Lupescu...
La fiera inclinó la cabeza y la acercó a la de Nad y, durante un agónico y pavoroso instante, él pensó que se lo iba a zampar de un bocado, pero lo que le dio fue un cariñoso lametón en la cara.
—¿Te duele el tobillo?
—Sí. No puedo apoyar el pie.
—Pues vamos a ver cómo te subimos a mi lomo —dijo el formidable animal de pelo gris que resultó ser la señorita Lupescu.
Habló con el ángel descarnado de la noche en su lengua, y la criatura se acercó y ayudó a Nad a subirse al lomo de la señorita Lupescu.
—Agárrate a mi pellejo. Agárrate fuerte. Eso es, y ahora di lo mismo que yo... —Y la señorita Lupescu profirió un agudo chillido.
—¿Y qué significa eso?
—Gracias o adiós. Depende.
Nad imitó el sonido lo mejor que pudo, y el ángel descarnado de la noche se rio. A continuación la criatura emitió un sonido similar, desplegó sus enormes alas coriáceas, echó a correr en dirección al viento, aleteando con fuerza hasta que la corriente lo arrastró, y ascendió, igual que una cometa.
—Y ahora, haz lo que ya te he dicho: agárrate muy fuerte —ordenó el animal, que era en realidad la señorita Lupescu, y salió como una flecha.
—¿Vamos hacia la muralla de tumbas?
—¿A las puertas de los ghouls? No, no. Ésas son sólo para los ghouls. Yo soy un sabueso de Dios y viajo por un camino especial que pasa por el infierno.
Y a Nad le pareció que ahora el perro corría aún más deprisa.
La luna grande se elevó en el cielo, seguida de la más pequeña y, poco después, se les unió una tercera luna de color rubí; el lobo gris siguió corriendo a través del desierto sembrado de huesos.
Por fin se detuvo frente a un edificio de arcilla medio en ruinas, como una gigantesca colmena, situado junto a un pequeño manantial de agua que brotaba de la roca y caía en una minúscula charca para, finalmente, desaparecer. Una vez allí el animal inclinó la cabeza y bebió, y Nad cogió un poco de agua con las manos y se la bebió a pequeños sorbos.
—Ésta es la frontera —dijo la fiera, que era en realidad la señorita Lupescu.
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