Escuchad esta trágica historia: una familia que duerme, un asesino sin compasión y una criatura aventurera, un huérfano que escapa de la muerte. ¿O no?






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títuloEscuchad esta trágica historia: una familia que duerme, un asesino sin compasión y una criatura aventurera, un huérfano que escapa de la muerte. ¿O no?
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fecha de publicación08.03.2016
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Lo primero que vio fue un maletín. Y desde el mismo momento en que le puso la vista encima, supo que se trataba del maletín de Silas. Debía de tener por lo menos ciento cincuenta años, y era francamente bonito, de cuero negro, con remaches de latón y el asa negra; la clase de maletín que en la época victoriana usaban los médicos y los enterradores para transportar los instrumentos propios de su oficio. Era la primera vez que Nad veía el maletín de Silas; ni siquiera sabía que lo tuviera. Y un maletín como ése sólo podía ser de su tutor. Sentía curiosidad por ver lo que había dentro, pero estaba cerrado y protegido por un enorme candado de latón, y pesaba tanto que Nad no pudo ni levantarlo del suelo.
Eso fue lo primero.
Lo segundo fue aquella persona sentada en el banco junto a la iglesia.
—Nad —dijo Silas—, te presento a la señorita Lupescu.
Guapa, lo que se dice guapa, no era: de expresión ceñuda y avinagrada, cabellos grises, aunque parecía demasiado joven para tener canas, y dientes delanteros algo torcidos. Llevaba puesta una abultada gabardina y una corbata masculina anudada al cuello.
—Encantado, señorita Lupescu —saludó Nad.
Ella no le devolvió el saludo. Se limitó a observarlo con desdén para, a continuación, decirle a Silas:
—Así que éste es el niño.
La mujer se puso en pie, y dio una vuelta alrededor de Nad. Las aletas de la nariz se le movían, como si lo estuviera olisqueando. Al llegar de nuevo al punto de partida, dijo:
—Quiero verte todos los días nada más levantarte y antes de irte a dormir. He alquilado una habitación en una de aquellas casas. —Y señaló un tejado que sólo podía verse desde el lugar en que se encontraban—. No obstante, pasaré el día en este cementerio, puesto que estoy aquí en calidad de historiadora, para llevar a cabo una investigación sobre sepulturas antiguas. ¿Queda claro, niño? Da?
—Nad —protestó Nad—. Me llamo Nad. No «niño».
—Abreviatura de Nadie —replicó ella—. Un nombre absurdo. Además, Nad no es más que un apelativo cariñoso; un apodo. Y no me gustan los apodos. Te llamaré «niño». Y tú me llamarás «señorita Lupescu».
Nad miró a Silas con expresión suplicante, pero el rostro del tutor no se inmutó. Cogió su maletín y le dijo:
—Con la señorita Lupescu estarás en buenas manos, Nad. Y estoy seguro de que os entenderéis a la perfección.
—¡No, no nos entenderemos! —rezongó Nad—. ¡Es una mujer horrible!
—Eso que has dicho —lo reprendió Silas— es de muy mala educación. Creo que deberías disculparte, ¿no te parece?
A Nad no se lo parecía, pero Silas lo miraba fijamente, tenía el maletín en la mano y estaba a punto de marcharse por sabe Dios cuánto tiempo, de modo que decidió obedecer.
—Lo siento mucho, señorita Lupescu.
La señorita Lupescu no dijo nada, sino que se limitó a mirarlo con recelo. A continuación le dijo:
—He hecho un largo viaje para venir hasta aquí y hacerme cargo de ti, niño. Espero que no haya sido en balde.
A Nad le resultaba inconcebible la idea de abrazar a Silas, así que le tendió la mano, y el tutor se agachó y se la estrechó con suavidad, envolviendo con su enorme y pálida mano la regordeta manita del niño. Después, sujetando el maletín de cuero negro como si fuera una pluma, se alejó caminando por el sendero en dirección a la puerta del cementerio.
Nad fue a contárselo a sus padres.
—Silas se ha marchado.
—Volverá —dijo el señor Owens tratando de animarlo—, como la falsa moneda. No te preocupes, Nad.
—Cuando naciste, nos prometió que si por cualquier cosa tenía que ausentarse del cementerio algún tiempo, buscaría a alguien que te trajera comida y te echara un vistazo de vez en cuando, y eso es exactamente lo que ha hecho. Silas siempre cumple lo que promete —terció la señora Owens.
Silas le traía comida, sí, y se la llevaba a la cripta todas las noches, pero eso, a juicio de Nad, era lo de menos. Los consejos de Silas eran siempre ecuánimes, sensatos e invariablemente acertados; sabía mucho más que cualquier habitante del cementerio, pues gracias a sus excursiones nocturnas tenía una visión más completa y actualizada del mundo exterior, mientras que los demás le hablaban de una realidad que había quedado obsoleta cientos de años atrás; Silas era imperturbable y siempre se podía contar con él, pues había permanecido a su lado todas las noches desde que Nad llegara al cementerio, así que la idea de que la vieja iglesia se hubiera quedado sin su único habitante le parecía simplemente increíble; por encima de todo, Silas lograba que se sintiera seguro.
La señorita Lupescu entendía que su trabajo consistía en algo más que proporcionarle comida. Y también se ocupaba de ello.
—¿Qué es eso? —preguntó Nad, horrorizado.
—Comida sana —respondió la señorita Lupescu. Estaban en la cripta. La mujer había depositado sobre la mesa dos recipientes de plástico y se dispuso a quitarles las tapas. Señaló el primer recipiente—. Sopa de remolacha y cebada. A continuación señaló el otro—. Ensalada. Cómete las dos cosas; las he preparado yo misma.
Nad la miró fijamente para asegurarse de que no se trataba de una broma. La comida que le traía Silas solía venir empaquetada; la compraba en esas tiendas que abren toda la noche y en las que no hacen preguntas. Nadie le había traído nunca la comida en un recipiente de plástico cerrado con una tapa.
—Huele que apesta —se quejó Nad.
—Pues si no te tomas la sopa enseguida —replicó ella—, sabrá todavía peor. Se quedará fría. Así que, a comer.
Nad tenía mucha hambre, de modo que cogió una cuchara de plástico, la introdujo en el líquido de color rojo oscuro, y empezó a comer. La sopa tenía una textura viscosa y un sabor francamente raro, pero se la comió toda.
—¡Y ahora, la ensalada! —ordenó la señorita Lupescu quitándole la tapa al otro recipiente.
Dentro había trozos de cebolla cruda, remolacha y tomate encharcados en un espeso aliño que desprendía un fuerte olor a vinagre. Nad se llevó a la boca un trozo de remolacha y lo masticó. Pero notó que empezaba a segregar saliva y se dio cuenta de que si se tragaba aquello, lo iba a vomitar de inmediato.
—No puedo comerme esto —dijo.
—Es muy nutritivo.
—Me voy a poner malo.
Ambos se miraron con fijeza a los ojos: el niño, de cabello pardusco y revuelto, y la mujer pálida, de rostro severo y canosos cabellos pulcramente recogidos.
—Cómete otro trozo —le ordenó la señorita Lupescu.
—No puedo.
—O te comes otro trozo ahora mismo, o te quedarás aquí hasta que te lo hayas acabado todo.
Nad pinchó un trozo de tomate empapado en vinagre, lo masticó y, haciendo un esfuerzo por controlar las arcadas, consiguió tragárselo. La señorita Lupescu volvió a colocar las tapas y guardó los recipientes en una bolsa de plástico.
—Y ahora, empecemos con las clases.
Era pleno verano, así que la oscuridad no sería completa hasta casi medianoche. No había clases a esas alturas del verano; el tiempo que Nad pasaba despierto era, en esa época del año, como un crepúsculo cálido e infinito sin otra cosa que hacer más que jugar, explorar o subirse a los árboles.
—¿Clases? —preguntó, incrédulo.
—Tu tutor pensó que sería buena idea que yo te enseñara algunas cosas.
—Pero yo ya tengo maestros. Letitia Borrows me enseña a leer y a escribir, y el señor Pennyworth me enseña su sistema educativo completo para jóvenes (con materias adicionales para jóvenes en situación post mórtem). Y estudio geografía y todo eso. No necesito más lecciones.
—Así que ya lo sabes todo, ¿eh? Tienes seis años y ya lo sabes absolutamente todo.
—Yo no he dicho eso.
La señorita Lupescu se cruzó de brazos y le espetó:
—Dime todo lo que sepas sobre los ghouls.
Nad trató de recordar lo que Silas le había ido enseñando acerca de los ghouls a lo largo de los años.
—Hay que mantenerse alejado de ellos —respondió.
—¿Y eso es todo lo que sabes, da? ¿Por qué debes mantenerte alejado de ellos? ¿De dónde proceden? ¿Por qué no debe uno acercarse a las puertas de los ghouls? ¿Eh?
Nad se encogió de hombros y meneó la cabeza.
—Enumera los distintos tipos de criaturas que existen —exigió la señorita Lupescu—. ¡Vamos!
Nad se tomó unos segundos para pensar la respuesta.
—Los vivos —comenzó—. Mmm... Los muertos... —hizo una pausa—. ¿Los gatos? —aventuró sin demasiada convicción.
—Eres un verdadero ignorante, niño. Y eso no está bien. Pero, además, te conformas con ser un ignorante, y eso es mucho peor. Repite conmigo: están los vivos y los muertos, los seres nocturnos y los diurnos, los ghouls y los moradores de la niebla, los grandes cazadores y los sabuesos de Dios. Aparte, existen también criaturas singulares.
—¿Y a qué tipo pertenece usted?
—Yo —replicó la mujer, cortante— soy la señorita Lupescu.
—¿Y Silas?
Ella vaciló un momento antes de responder:
—Una criatura singular.
La clase se le estaba haciendo eterna. Silas siempre le enseñaba cosas interesantes, aunque la mayor parte del tiempo Nad ni siquiera era consciente de estar aprendiendo algo. En cambio, la señorita Lupescu enseñaba a base de listas, y el niño no entendía qué utilidad podía tener eso. Pero permaneció allí sentado, deseando que acabara la clase para salir a disfrutar de aquel anochecer de verano y jugar bajo la luz espectral de la luna.
Cuando por fin terminó, salió de la cripta como un cohete (estaba hasta las mismísimas narices de tanta lista). Buscó a alguien con quien jugar, pero no encontró a nadie. El cementerio parecía desierto, a excepción de un enorme perro gris que merodeaba por entre las tumbas, deslizándose sigilosamente en medio de las sombras y manteniendo cuidadosamente las distancias.
El resto de la semana fue todavía peor.
La señorita Lupescu siguió llevándole comida casera que ella misma le preparaba: grasientos buñuelos fritos en manteca de cerdo; aquella exótica sopa de color rojo oscuro con un pegote de nata agria flotando en medio del plato; patatas hervidas que llegaban al cementerio completamente frías; embutidos con un fuerte sabor a ajo; huevos duros flotando en un líquido gris de aspecto disuasorio... Nad no comía más que lo estrictamente necesario. Y, mientras tanto, la señorita Lupescu continuaba con sus clases: se pasó dos días enteros enseñándole a pedir ayuda en todos los idiomas posibles y, si se equivocaba o se olvidaba de algo, ella lo penalizaba dándole golpes en los nudillos con el bolígrafo. Al tercer día, Nad era capaz de responder a la primera y casi sin respirar.
—¿En francés?
—Au secours.
—¿En código Morse?
—S.O.S. Tres puntos, tres rayas, y otra vez tres puntos.
—¿En el idioma de los ángeles descarnados de la noche?
—Esto es absurdo. Ni siquiera recuerdo lo que es un ángel descarnado de la noche.
—Tienen alas sin plumas y vuelan bajo y muy deprisa; no se encuentran en nuestro mundo, pero sí en el cielo rojo que hay sobre el camino de Gholheim.
—¿Y para qué narices necesito saberlo? Si no me va a hacer falta en la vida.
La señorita Lupescu hizo una mueca muy pronunciada con sus pálidos labios.
—¿En el idioma de los ángeles descarnados de la noche? —insistió.
Nad emitió el sonido que ella le había enseñado: un grito gutural, similar al de un águila.
—No está mal —dijo la mujer.
Nad deseó con todas sus fuerzas que Silas regresara pronto de su viaje.
—Últimamente he visto un enorme perro gris merodeando por el cementerio. Llegó el mismo día que usted. ¿Es suyo?
La señorita Lupescu se enderezó la corbata y contestó:
—No.
—¿Hemos terminado? —preguntó Nad.
—Por hoy, sí. Llévate estas listas y estudíatelas para mañana.
Las listas estaban impresas con tinta de color morado, y desprendían un cierto olor a rancio. Nad se las llevó hasta lo alto de la colina y trató de concentrarse. Pero no había manera. Finalmente, dobló el papel y lo colocó debajo de una piedra.
Por lo visto, nadie quería jugar con él esa noche. Nadie quería jugar, ni charlar, ni correr, ni trepar a los árboles bajo la gigantesca luna estival.
Regresó a la tumba de los Owens, para exponerles sus quejas, pero la señora Owens no quería oír ni una palabra contra la señorita Lupescu por la sencilla —y, desde el punto de vista de Nad, a todas luces injusta— razón de que el mismísimo Silas la había escogido, y el señor Owens se limitó a encogerse de hombros y empezó a hablarle de sus tiempos como aprendiz de ebanista y de lo mucho que le habría gustado poder aprender todas esas cosas tan útiles que estaba aprendiendo Nad, lo cual, desde el punto de vista del niño, era aún peor que lo que le había dicho su madre.
—Y, a todo esto, ¿tú no deberías estar estudiando?
—inquirió la señora Owens. Nad apretó los puños y no contestó.
Salió de allí refunfuñando y sintiéndose incomprendido y solo.
Siguió despotricando para sus adentros contra lo injusto de aquella situación mientras deambulaba por el cementerio dando patadas a las piedras. Divisó a lo lejos al enorme perro gris y lo llamó para ver si se acercaba y podía jugar con él, pero el animal seguía manteniendo las distancias; irritado, Nad le lanzó un puñado de barro, que fue a estamparse contra una lápida cercana, y lo dejó todo perdido de tierra. El gigantesco perro le lanzó una mirada de reproche y, a continuación, se alejó por entre las sombras, y desapareció.
El niño regresó por la cara suroeste de la colina para no pasar por la vieja capilla, porque ver, aunque fuera de lejos, el lugar donde ya no estaba Silas era lo que menos le apetecía en ese momento. Se detuvo junto a una tumba que reflejaba exactamente cómo se sentía él en aquel momento: estaba situada bajo un roble partido por un rayo, o lo que quedaba de él, un tronco muerto y negruzco que parecía una garra afilada de la propia colina; la tumba tenía, además, manchas de humedad y estaba rota, y a la estatua del ángel que adornaba la lápida le faltaba la cabeza y sus vestiduras semejaban un gigantesco y repugnante hongo.
Nad se sentó en la hierba para seguir compadeciéndose de sí mismo y odiar al mundo entero. Odiaba incluso a Silas, por haberse marchado y haberlo dejado allí solo. Al rato, cerró los ojos y se acurrucó entre la hierba y, poco a poco, se fue quedando dormido.
De camino hacia la colina, recorrían una calle el duque de Westminster, el honorable Archibald Fitzhugh y el obispo de Bath y Wells, deslizándose y saltando de sombra en sombra. De aspecto enjuto y apergaminado, todo tendones y cartílagos, vestidos con harapos, avanzaban a grandes zancadas, con aire furtivo, saltando por encima de los cubos de basura y amparándose en las sombras que proyectaban los setos.
Eran de baja estatura, como personas de talla normal que se hubieran encogido al exponerse a la luz del sol; hablaban entre sí en voz muy baja y decían cosas como:
—Si la preclara mente de Su Ilustrísima ha llegado a alguna conclusión sobre dónde nos encontramos ahora mismo, le agradecería que tuviera la amabilidad de decirlo. De lo contrario, sería mejor que mantuviese cerrada su hedionda bocaza.
Y:
—Lo único que intento explicarle a Su Señoría es que por aquí cerca hay un cementerio; lo estoy oliendo.
Y:
—Si Su Ilustrísima lo estuviera oliendo, yo lo olería también, pues, como es bien sabido, tengo la nariz más fina que Su Ilustrísima.
Y así conversaban mientras avanzaban a hurtadillas por los jardines del vecindario. Sin embargo, evitaron uno de dichos jardines.
—¡Chissst! ¡Perros! —susurró el honorable Archibald Fitzhugh, y corrieron por la tapia del jardín, como si fueran ratas del tamaño de un niño. Salieron a la calle principal, y subieron por la carretera que llevaba a lo alto de la colina. Por fin, llegaron a la tapia del cementerio, treparon por ella con la agilidad de una ardilla, y se pusieron a olisquear el aire.
—¿Dónde está el perro? —preguntó el duque de Westminster.
—¿El perro? No sé. Andará por aquí. Aunque yo no huelo a perro, propiamente dicho —replicó el obispo de Bath y Wells.
—Por si no lo recuerda, Su Ilustrísima tampoco olía este cementerio —dijo el honorable Archibald Fitzhugh—. No es más que un perro.
Los tres a una se bajaron de la tapia de un salto, y echaron a correr hacia la puerta de los ghouls, usando tanto los brazos como las piernas para impulsarse.
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