Escuchad esta trágica historia: una familia que duerme, un asesino sin compasión y una criatura aventurera, un huérfano que escapa de la muerte. ¿O no?






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títuloEscuchad esta trágica historia: una familia que duerme, un asesino sin compasión y una criatura aventurera, un huérfano que escapa de la muerte. ¿O no?
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fecha de publicación08.03.2016
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—¿Podrías explicarle a esta pobre vieja qué diantre es eso? —preguntó la señora Owens mirando con suspicacia aquel objeto amarillo con manchas marrones.
—Se llama plátano; es una fruta tropical. Creo que para poder comerlo hay que quitarle la corteza —explicó Silas—. Así.
El niño —Nadie— intentó escapar de los brazos de la señora Owens, y ella lo dejó en el suelo. Gateando como un loco, fue hacia Silas y se le agarró a las perneras del pantalón para ponerse de pie.
Silas le dio el plátano.Y la señora Owens lo contempló mientras se lo comía.
—Plá-ta-no —silabeó con extrañeza la mujer—. Es laprimera vez que oigo hablar de esa fruta. ¿A qué sabe?
—Pues no tengo ni la más remota idea —respondió Silas, cuya dieta incluía un único alimento (y no era el plátano, precisamente)—. Mire, aquí podría usted preparar una cama para el niño.
—De ninguna manera. ¿Cómo le voy a poner una cama aquí, con lo bonita y lo amplia que es la tumba que tenemos Owens y yo junto al macizo de los narcisos? Allí hay sitio más que suficiente para el pequeño. Y además —añadió temiendo que Silas lo tomara como un desaire—, no quiero que el niño te moleste
—No sería ninguna molestia.
El bebé se había terminado ya el plátano, aunque algún trozo le había embadurnado el rostro. El, sin embargo, sonreía satisfecho, con la cara sucia y las mejillas sonrosadas.
—Pátano —pronunció la criatura con voz cantarína.
—Pero qué listo es mi niño, ¡y cómo se ha puesto! A ver, déjame que te limpie, galopín... —dijo la señora Owens, y le quitó los pegotes de plátano que le manchaban la ropa y el cabello—. ¿Qué crees que decidirán?
—No lo sé.
—No puedo abandonarlo, y mucho menos después de la promesa que le hice a su madre.
—He sido muchas cosas a lo largo de mi vida —afirmó Silas—, pero madre no he sido nunca. Y no tengo intención de serlo ahora. Pero yo sí puedo marcharme de aquí...
—Pues yo no. Mis huesos están enterrados aquí y los de Owens también. Nunca abandonaré este lugar —replicó la señora Owens.
—Debe de ser muy agradable pertenecer a algún lugar, un sitio al que poder llamar hogar.
No se percibía el menor atisbo de nostalgia en su voz; por el contrario, hablaba de forma desapasionada, como si se limitara a constatar un hecho irrebatible. Y la señora Owens no lo rebatió.
—¿Tardarán mucho en decidirse?
—No lo creo —respondió Silas, pero se equivocaba.
Cada uno de los reunidos en el anfiteatro tenía su opinión y quería expresarla. Los que se habían metido en todo este lío no eran unos simples advenedizos, sino los Owens, y ése era un detalle que había que tener muy en cuenta, pues ambos eran gente respetable y respetada. También había que tener en cuenta que Silas se había ofrecido a ser el tutor del niño (Silas vivía a caballo entre el mundo de los muertos y el de los vivos, y eso influía en que los habitantes del cementerio le tuvieran cierto respeto). Pese a ello... Normalmente, un cementerio no es una democracia, aunque, por otro lado, no hay nada más democrático que la muerte, así que los muertos tenían derecho a hablar y a decir si estaban a favor o en contra de permitir que el niño se quedara a vivir allí. Y aquella noche, por lo visto, todos estaban decididos a ejercer su derecho.
Transcurrían los últimos días del otoño y amanecía tarde. Por eso, era de noche aún, pero ya se oía el ruido de los primeros coches bajando por la colina por entre la niebla matutina y, mientras los vivos se trasladaban a sus lugares de trabajo para comenzar la jornada, los muertos del cementerio seguían hablando del niño y tratando de tomar una decisión. Trescientas voces. Trescientas opiniones. Nehemiah Trot, el poeta, había empezado a exponer su opinión (aunque ninguno de los allí presentes tenía muy claro cuál era) cuando algo sucedió; algo capaz de silenciar a quienes tanto interés mostraban en dar su parecer, algo sin precedentes en la historia del cementerio.
Un formidable caballo blanco —o, como dicen los entendidos, un tordo— se paseaba tranquilamente por la ladera de la colina. Llegó precedido por el ruido de sus cascos y el chasquido de las ramas que iba partiendo a su paso a través de los matorrales de zarzas y aulagas que crecían por toda la ladera. Tenía la alzada de un Shire[2] —más de metro noventa de altura—, y aunque daba la impresión de ser la montura ideal para un caballero con armadura, quien iba montada sobre su desnudo lomo era una mujer, ataviada de gris de pies a cabeza; la larga falda y la esclavina que vestía parecían tejidas con tela de araña. La expresión de su rostro era plácida y serena.
Sin embargo, no era una desconocida para los muertos del cementerio, pues todos nos encontramos con la Dama de Gris al final de nuestros días, y eso es algo que nunca se olvida.
El caballo se detuvo junto al obelisco. El sol se asomaba tímidamente por oriente, y ese perlino resplandor que precede a la aurora dio pie a que los muertos se sintieran inquietos y los indujo a pensar que había llegado el momento de recogerse en la comodidad de sus hogares. Aun así ninguno de ellos se movió, porque todos contemplaban a la Dama de Gris con una mezcla de emoción y temor. Por lo general, los muertos no son gente supersticiosa, pero la observaban como un augur romano observaría a los cuervos sagrados: buscando sabiduría, buscando una pista que les permitiera adivinar el futuro.
Y la Dama de Gris les dirigió la palabra, con una voz como el repiqueteo de un centenar de campanillas de plata:
—Los muertos deben tener caridad. —Y sonrió.
El caballo, que había aprovechado el alto para pastar un poco, dejó de comer. La dama le acarició el cuello, y el animal dio la vuelta y se alejó a medio galope por la ladera de la colina. El estrépito de los cascos se fue atenuando progresivamente hasta convertirse en un leve rumor, como el de un trueno lejano, y en cuestión de segundos, los perdieron de vista definitivamente.
Al menos, eso fue lo que dicen que pasó quienes asistieron aquella noche a la reunión en el anfiteatro.
Dando el debate por concluido, los muertos del cementerio votaron y tomaron una decisión: otorgarían la ciudadanía honorífica del cementerio al niño Nadie Owens.
Mamá Slaughter y Josiah Worthington, baronet, acompañaron al señor Owens hasta la cripta de la vieja capilla para comunicarle a la señora Owens la feliz noticia.
Ella no pareció sorprenderse cuando le contaron que la mismísima Dama de Gris se había presentado allí para interceder por el niño.
—Pues me parece muy bien —dijo—. En este cementerio hay muchos majaderos que no tienen ni medio dedo de frente. Pero ella sí. Ella sí que sabe.
El día amaneció nublado y tormentoso, y para entonces el niño dormía ya en la acogedora y elegante tumba de los Owens (el señor Owens murió siendo el presidente del gremio local de ebanistas, y sus colegas quisieron honrarlo debidamente).
Silas determinó hacer una última escapada antes del amanecer. Fue hasta la casa donde había vivido el niño con su familia, y allí se encontró con tres cadáveres; los examinó y estudió el tipo de las heridas causadas por el puñal. Una vez concluidas las averiguaciones, abandonó la casa, abrumado por la avalancha de funestas hipótesis que el cerebro le sugería, y regresó al cementerio, en concreto al campanario donde solía dormir mientras esperaba a que se hiciera de noche.
Por otra parte, en la pequeña ciudad situada al pie de la colina, la mala sangre del hombre Jack se exacerbaba por momentos. Llevaba mucho tiempo esperando a que llegara aquella noche; suponía la culminación de muchos meses —años— de trabajo. Fue tan fácil al principio... Liquicio a tres personas sin que emitieran ni un solo grito.Pero después...
Después se torció todo. ¿Por qué demonios fue colina arriba cuando era obvio que el niño había huido en dirección contraria? Para cuando llegó al pie de la colina, el rastro se había evaporado. Alguien debía de haber encontrado al bebé y, seguramente, se lo había llevado a su casa. No había otra explicación posible.
De repente se oyó el retumbar de un trueno y se puso a llover a cántaros. El hombre Jack era un tipo metódico, así que empezó a planear su próximo movimiento: antes de nada llamaría a algunos de los conocidos que tenía en la ciudad; ellos serían sus ojos y sus oídos.
No tenía por qué comunicar su fracaso a la asamblea.
Y además, se dijo, mientras se demoraba bajo el toldo de una tienda para resguardarse un poco de la lluvia matutina, él no había fracasado. Todavía no... Por muchos años que pasaran. Tenía mucho tiempo; tiempo para atar bien atado el cabo que había quedado suelto; tiempo para cortar el último hilo.
Fue necesario que oyera las sirenas de un coche de la policía, viera un vehículo policial, una ambulancia y un coche de la secreta, cuyas alarmas sonaban a todo trapo, para que se levantara el cuello del abrigo, enterrara el rostro en él y se perdiera por las callejuelas de la ciudad. Llevaba el puñal en el bolsillo, guardadito en su funda, bien protegido de la inclemencia de los elementos.

Capítulo 2

Una nueva amiga

Nad era un niño callado, de ojos grises y abundante cabello, de tono pardusco, siempre alborotado. En general era obediente. Pero tan pronto como aprendió a hablar, acosó a los habitantes del cementerio con toda clase de preguntas: «¿Por qué no puedo salir de aquí?», «¿cómo se hace eso que ha hacido él?», «¿quién vive aquí?». Los adultos trataban de respondérselas, pero las respuestas eran evasivas, confusas o contradictorias, y entonces Nad bajaba hasta la vieja iglesia para hablar con Silas.

Cuando Silas despertaba al caer el sol, se lo encontraba allí, esperándolo.
Siempre podía contar con su tutor para que le explicara las cosas de forma clara y precisa y con la sencillez suficiente para entenderlas:
—No puedes salir del cementerio porque sólo dentro de él somos capaces de protegerte (y, por cierto, se dice «hecho», en vez de «hacido»). Es aquí donde vives y donde también vive la gente que te quiere y se preocupa por ti. Fuera de él no estarías a salvo. Al menos, de momento.
—Pero tú sí sales. Sales todas las noches.
—Yo soy infinitamente más viejo que tú, amiguito. Y puedo ir a cualquier parte sin tener que preocuparme de nada.
—Y yo también.
—Ojalá fuera eso cierto. Pero sólo estarás seguro si te quedas aquí.
O bien le decía:
—¿Qué cómo se hace eso? Verás, hay ciertas habilidades que se adquieren por medio del estudio, otras con la práctica, y otras con el tiempo. Seguramente, no tardarás mucho en dominar las técnicas de la Desaparición, del Deslizamiento y la de Caminar en Sueños. Pero hay otras facultades que no están al alcance de los vivos, y, para desarrollarlas, tendrás que esperar un poco más. Sin embargo, estoy completamente convencido de que, a la larga, hasta ésas acabarás por dominarlas.
»En cualquier caso, te concedieron la ciudadanía honorífica, de modo que estás bajo la protección del cementerio. Mientras permanezcas dentro de sus límites, podrás ver en la oscuridad, moverte con libertad por lugares que, normalmente, les están vetados a los vivos, y serás invisible a los ojos de éstos. A mí también me otorgaron esa distinción, aunque en mi caso el único privilegio que lleva asociado es el derecho a residir en el cementerio.
—Yo de mayor quiero ser como tú —dijo Nad tirándose del labio inferior.
—No —replicó rotundamente Silas—. No quieres ser como yo.
O bien le preguntaba:
—¿Quieres saber quién está enterrado ahí? Pues mira, fíjate, normalmente está escrito en la lápida. ¿Sabes leer? ¿Te han enseñado el alfabeto ya?
—¿Elalfaque?
Silas negó con la cabeza, pero no dijo nada. Los señores Owens no tuvieron ocasión de aprender a leer con fluidez cuando estaban vivos y, además, en el cementerio no había cartillas de lectura.
A la noche siguiente, Silas se presentó en la acogedora tumba de los Owens con tres libros de gran tamaño, dos cartillas de lectura con las letras impresas en colores muy vivos (A de Árbol, B de Barco) y un ejemplar de El gato Garabato. También llevaba papel y un estuche con lápices de colores. Y con todo ese material, se llevó a Nad a dar un paseo por el cementerio. De vez en cuando, se agachaban junto a alguna de las lápidas más nuevas, y Silas colocaba los dedos de Nad sobre las inscripciones grabadas en la piedra y le enseñaba a reconocer las letras del alfabeto, empezando por la puntiaguda A mayúscula.
Luego le impuso una tarea: localizar todas y cada una de las letras que componen el alfabeto en las lápidas del cementerio. Y Nad, muy contento, logró completarla gracias al descubrimiento de la lápida de Ezekiel Ulmsley, situada sobre un nicho en uno de los laterales de la vieja capilla. Su tutor quedó muy satisfecho.
Todos los días Nad cogía el papel y los lápices y paseaba entre las tumbas, copiando con esmero los nombres, palabras y números grabados en las lápidas y, por las noches, antes de que Silas abandonara el cementerio, le pedía a su tutor que le explicara el significado de lo que había escrito, y le hacía traducir los fragmentos en latín, pues los Owens tampoco los entendían.
Aquél era un día de primavera muy soleado; los abejorros zumbaban entre las aulagas y los jacintos silvestres que crecían en un rincón del cementerio, mientras Nad, tumbado en la hierba, observaba las idas y venidas de un escarabajo que correteaba por la lápida de George Reeder, su esposa Dorcas y su hijo Sebastian, (Fidelis ad mortem). El niño había terminado de copiar la inscripción y estaba absorto observando al escarabajo cuando oyó una voz que decía:
—Hola. ¿Qué estás haciendo?
Alzó la vista y vio que había alguien detrás de la mata de aulagas.
—Nada —replicó Nad, y le sacó la lengua.
Por un momento, la cara que se veía por entre las aulagas se transformó en una especie de basilisco de ojos desorbitados que también le sacaba la lengua, pero enseguida volvió a adoptar la apariencia de una niña.
—¡Increíble! —exclamó Nad, visiblemente impresionado.
—Pues sé poner caras mucho mejores. Mira ésta —dijo la niña, y estiró la nariz hacia arriba con un dedo mientras sonreía de oreja a oreja, entornaba los ojos e hinchaba los mofletes—. ¿Quién soy?
—No sé.
—Un cerdo, tonto.
—¡Ah! —exclamó Nad, y preguntó—. ¿Cómo en C de Cerdo?
—Pues claro. Espera un momento.
La niña salió de detrás de las aulagas y se le acercó; Nad se puso en pie para recibirla. Era un poco mayor que él, algo más alta, y los colores de su ropa eran muy llamativos: amarillo, rosa y naranja. En cambio, Nad, envuelto en su humilde sábana, se sintió incómodo con su aspecto gris y desaliñado.
—¿Cuántos años tienes? —quiso saber la niña—.¿Qué haces aquí? ¿Vives aquí? ¿Cómo te llamas?
—No lo sé —respondió Nad.
—¿No sabes cuál es tu nombre? ¡Cómo no vas a saberlo! Todo el mundo sabe cómo se llama. Trolero.
—Sé perfectamente cómo me llamo y también sé lo que estoy haciendo aquí. Lo que no sé es eso último que has dicho.
—¿Los años que tienes?
Nad asintió.
—A ver —dijo la niña—, ¿cuántos tenías en tu último cumpleaños?
—No sé. Nunca he tenido cumpleaños.
—Todo el mundo tiene cumpleaños. ¿Me estás diciendo que nunca has apagado las velas, ni te han regalado una tarta y todo eso?
Nad negó con la cabeza. La niña lo miró con ternura.
—Pobrecito, qué pena. Yo tengo cinco años, y seguro que tú también.
Nad asintió con entusiasmo. No tenía la más mínima intención de discutir con su nueva amiga; su compañía lo reconfortaba.
Le dijo que se llamaba Scarlett Amber Perkins, y que vivía en un piso que no tenía jardín. Su madre estaba sentada en un banco al pie de la colina, leyendo una revista, y le había dicho a Scarlett que debía estar de vuelta en media hora para hacer un poco de ejercicio, y no meterse en líos ni hablar con desconocidos.
—Yo soy un desconocido —dijo Nad.
—No, qué va —replicó ella sin vacilar—. Eres un niño. Y además eres mi amigo, así que no puedes ser un desconocido.
Nad no sonreía mucho, pero en aquel momento sonrió de oreja a oreja y con verdadera alegría. —Sí, soy tu amigo.
—¿Y cómo te llamas?
—Nad. De Nadie.
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