Escuchad esta trágica historia: una familia que duerme, un asesino sin compasión y una criatura aventurera, un huérfano que escapa de la muerte. ¿O no?






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títuloEscuchad esta trágica historia: una familia que duerme, un asesino sin compasión y una criatura aventurera, un huérfano que escapa de la muerte. ¿O no?
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fecha de publicación08.03.2016
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—¿Ha oído eso? —inquirió la señora Owens al desvaído espectro, reducido ya a una simple silueta, como un relámpago distante con forma de mujer. Ella le dijo algo que nadie más oyó y, después, desapareció.
—No volverá por aquí —aseguró el señor Owens—. La próxima vez que despierte lo hará en su propio cementerio, o dondequiera que la hayan enterrado.
La señora Owens se inclinó hacia el niño y extendió los brazos.
—Ven aquí, pequeño —le dijo con mucha dulzura—.Ven con mamá.
Para el hombre Jack, que se dirigía hacia ellos con el puñal ya en la mano, fue como si un remolino de niebla se hubiera enroscado de pronto alrededor del niño y lo hubiera hecho desaparecer; en el lugar donde había estado el bebé no quedaba nada más que la niebla, la luz de la luna y la hierba meciéndose al compás de la brisa nocturna.
Parpadeó y olfateó el aire. Algo había ocurrido, pero no sabía qué. Contrariado, emitió un gruñido similar al que hacen los animales de presa.
—¿Hola? —dijo en voz alta, pensando que a lo mejor el niño se había escondido. Su voz era sombría y ronca, y tenía un dejo extraño, como si a él mismo le sorprendiera su sonido.
El cementerio guardaba celosamente sus secretos.
—¿Hola? —repitió. Esperaba escuchar el llanto de un bebé, o un balbuceo, o cualquier ruido que le diera una pista. En cualquier caso, lo último que esperaba oír era aquella aterciopelada voz:
—¿En qué puedo ayudarlo?
El hombre Jack era un tipo alto, pero el recién llegado era más alto que él; el hombre Jack vestía ropas oscuras, pero el atuendo del recién llegado era aún más oscuro; los que reparaban en el hombre Jack —y no le gustaba que repararan en él— se sentían incómodos o terriblemente asustados, pero cuando el hombre Jack miró al extraño, fue él mismo quien se sintió incómodo.
—Estaba buscando a una persona —replicó el hombre Jack mientras deslizaba con disimulo la mano derecha en el bolsillo del abrigo, para esconder el puñal y, al mismo tiempo, tenerlo disponible por si acaso.
—¿En un cementerio cerrado, y de noche? —replicó el extraño con ironía.
—Se trata de un bebé. Al pasar por delante de la puerta, oí el llanto de una criatura, miré por entre los barrotes y lo vi. Cualquiera en mi lugar habría hecho lo mismo, ¿no?
—Aplaudo su sentido cívico. Pero, aun suponiendo que lograra usted encontrar a ese bebé, ¿cómo pensaba sacarlo de aquí? No tendría intención de escalar la tapia llevando a un niño en brazos, ¿verdad?
—Habría gritado hasta que alguien saliera a abrirme.
En éstas sonó un tintineo de llaves.
—Bien, pues yo soy ese alguien. Soy yo quien habría salido a abrirle la puerta —repuso el extraño y, cogiendo la llave más grande del llavero, le indicó—. Venga conmigo.
El hombre Jack siguió al extraño y sacó el puñal.
—Entonces usted debe de ser el guarda, ¿no?
—¿Lo soy? Supongo que sí, en cierto sentido.
El guarda lo conducía hacia la puerta lateral, o lo que es lo mismo, lejos del bebé. Pero el extraño tenía las llaves. El hombre Jack no necesitaba nada más que un puñal en la oscuridad, y después seguiría buscando al bebé toda la noche, si hacía falta.
Alzó el arma.
—En el supuesto caso de que hubiera visto a un bebé —le dijo el guarda sin volver la cabeza—, dudo mucho que esté dentro del cementerio. Quizá se haya equivocado usted. Al fin y al cabo, no es frecuente que un niño visite un sitio como éste. Seguramente lo que oyó fuera un ave nocturna, y es posible que lo que vio a continuación fuera un gato o un zorro. Este lugar fue declarado reserva natural hace unos treinta años, ¿sabe?, más o menos después del último funeral. Ahora, piénselo bien y dígame, con honradez, si puede usted asegurar que eso que vio era un bebé.
El hombre jack reflexionó unos instantes.
El guarda accionó la llave y le dijo:
—Un zorro, eso fue lo que vio. Hacen unos ruidos francamente extraños, no es difícil confundirlos con un llanto humano. Ha cometido usted un error al venir aquí, caballero. El bebé que anda buscando estará esperándolo en alguna parte pero, desde luego, aquí no.
El extraño esperó un momento para dar tiempo a que esa idea se asentará en el cerebro de Jack, y luego, con una elegante reverencia, le abrió la puerta.
—He tenido mucho gusto en conocerlo —le aseguró—. Confío en que ahí fuera encontrará usted todo cuanto necesite.
El hombre Jack salió y se quedó quieto junto a la puerta del cementerio, y el extraño, a quien él había tomado por el guarda, echó la llave y la puso a buen recaudo.
—¿Adonde va? —le preguntó el hombre Jack.
—Hay otras puertas, además de ésta —respondió el extraño—. Tengo el coche aparcado al otro lado de la colina. Pero hágase a la idea de que no estoy aquí. Es más, olvídese de esta conversación.
—Sí —replicó el hombre Jack, amistoso—, eso haré.
Recordaba haber subido hasta allí, y si bien al principio le había parecido ver a un niño, éste resultó ser un zorro, y recordaba también que un guarda muy amable lo había acompañado hasta la calle. Así pues, guardó el puñal en su funda.
—En fin —dijo—. Buenas noches.
—Buenas noches, caballero —le respondió el extraño a quien había confundido con el guarda.
El hombre Jack echó a andar colina abajo, y continuó buscando al bebé.
Oculto entre las sombras, el extraño lo vigiló hasta perderlo de vista. Luego subió a la explanada situada un poco más abajo de la cima, dominada por un obelisco y una lápida conmemorativa dedicada a Josiah Worthington —dueño de la destilería local, político y, posteriormente, baronet—, quien, casi trescientos años atrás, compró el viejo cementerio y los terrenos colindantes para más tarde cedérselos al ayuntamiento a perpetuidad. Pero, previamente, el viejo Josiah se reservó el mejor emplazamiento —un anfiteatro natural desde el cual se veía la ciudad entera, y mucho más— y se aseguró de que el cementerio seguiría siempre cumpliendo esa función, y por eso, todos sus habitantes le estaban muy agradecidos, pero no tanto como Josiah Worthington, baronet, creía que deberían estar.
En el cementerio había más o menos unas diez mil almas, pero la mayoría de ellas dormían profundamente, o no sentían el menor interés por los asuntos nocturnos del lugar; por esa razón los que se hallaban reunidos en aquel momento en el anfiteatro a la luz de la luna no llegaban a trescientos.
El extraño se unió a ellos con tanto sigilo como la propia niebla y, desde las sombras, observó el desarrollo del procedimiento sin decir nada.
En aquel preciso instante, era Josiah Worthington quien estaba en el uso de la palabra.
—Mi querida señora Owens, su obstinación resulta...En fin, ¿no se da usted cuenta de lo ridículo de esta situación?
—No —respondió—. La verdad es que no.
La mujer estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas, y tenía al niño dormido en su regazo. Ella le sujetaba la cabeza con sus pálidas manos.
—Con la venia de Su Señoría. Lo que mi esposa quiere decir —intervino el señor Owens— es que no es así como ella lo ve. Sólo intenta cumplir con lo que considera su deber.
El señor Owens conoció a Josiah Worthington en vida; de hecho, elaboró buena parte del exquisito mobiliario que decoraba la mansión del baronet, situada en las afueras de la vecina población de Inglesham, y, aun después de muerto, seguía imponiéndole mucho respeto.
—¿Su deber? —se extrañó Josiah Worthington meneando la cabeza, como si intentara sacudirse de encima una telaraña—. Usted, señora mía, se debe a este cementerio y a la comunidad de espíritus inmateriales que en él habitan, y su deber en este preciso instante consiste en devolver a esa criatura a su verdadero hogar que, dicho sea de paso, no es este cementerio.
—Su madre me la confió a mí —replicó la señora Owens, como si ese sencillo argumento bastara para zanjar la discusión.
—Mi querida señora...
—Yo no soy su querida señora —lo interrumpió la mujer poniéndose en pie—. Y, si he de serle sincera, ni siquiera entiendo qué hago yo aquí hablando ante un hatajo de acémilas con más años que Matusalén, cuando debería estar ocupándome de este niño, que se va a despertar de un momento a otro y lo más probable es que esté muerto de hambre... Y lo que a mí me gustaría saber es dónde voy a encontrar comida para alimentarlo en este dichoso cementerio.
—Y ése es en definitiva el quid de la cuestión —terció entonces Cayo Pompeyo—. ¿Qué piensa usted darle de comer? ¿Cómo va a cuidar de él?
Los ojos de la señora Owens eran puro fuego cuando respondió:
—Soy perfectamente capaz de cuidar a este bebé. Y lo haré tan bien como su propia madre. Ella misma me lo dejó a mi cargo. Fíjese: lo tengo en brazos, ¿verdad? Lo estoy tocando.
—Vamos, Betsy, sé razonable —dijo Mamá Slaughter, una anciana muy menuda que aún lucía el enorme gorro y la capa con los que fue enterrada—. ¿Dónde va a vivir?
—Aquí mismo —contestó la señora Owens—. Podríamos concederle la ciudadanía honorífica del cementerio.
Los labios de Mamá Slaughter formaron una diminuta «o».
—Pero... —replicó la anciana—. Pero yo nunca...
—¿Y por qué no?, vamos a ver. No sería la primera vez que le otorgamos esa distinción a un forastero.
—Eso es cierto —dijo Cayo Pompeyo—. Pero el forastero en cuestión no estaba vivo.
Y llegados a este punto, el extraño no tuvo más remedio que darse por aludido, y comprendió que había llegado el momento de intervenir en el debate, de modo que, no sin cierta reticencia por su parte, salió de entre las sombras y tomó la palabra.
—No, no estoy vivo —admitió—. Pero comparto el punto de vista de la señora Owens.
—¿Opina usted lo mismo, Silas? —le preguntó Josiah Worthington.
—Sí, señor. Para bien o para mal, y creo firmemente que será para bien, la señora Owens y su marido han tomado al niño bajo su protección. Pero para sacarlo adelante va a hacer falta mucho más que la generosidad de dos espíritus bondadosos —advirtió Silas—. Va a hacer falta todo un cementerio.
—¿ Y qué me dice respecto a la comida y todo lo demás?
—Yo puedo entrar y salir de este lugar. Puedo encargarme de traerle comida —replicó Silas.
—Todo eso que dices suena muy bonito —terció Mamá Slaughter—, pero tú vas y vienes a tu antojo sin dar cuenta a nadie de adonde te diriges ni de cuándo piensas volver. Mas si estuvieras ausente una semana, el niño podría morir.
—Es usted una mujer muy perspicaz. Ahora comprendo por qué todos la tienen en tan alta estima —afirmó Silas. Si bien no podía manipular la mente de los muertos como hacía con la de los vivos, era capaz de ser muy persuasivo y adulador cuando se lo proponía, y ya había tomado una decisión—. Muy bien. Si los señores Owens se comprometen a ejercer de padres, yo me comprometo a ser el tutor de este niño. Permaneceré en el cementerio y, si surgiera cualquier eventualidad que me obligara a ausentarme algún tiempo, me encargaría personalmente de buscar a alguien que le trajera comida y se ocupara de él mientras yo esté fuera. —Y añadió—: Podemos utilizar la cripta de la iglesia.
—Pero... —protestó Josiah Worthington—. Pero...Un bebé humano. Un bebé vivo. Vamos a ver, vamos aver... ¡Vamos a ver! ¡Esto es un cementerio, no una guardería, maldita sea!
—Exactamente —repuso Silas asintiendo—. Eso que acaba de decir es una gran verdad, sir Josiah. Yo mismo no habría sabido expresarlo mejor. Y por esa misma razón, creo que es de vital importancia que la misión de criar a este niño interfiera lo menos posible —y perdonen ustedes la expresión— con la vida del cementerio.
Dicho esto, se acercó a la señora Owens, miró al bebé, que dormía plácidamente en sus brazos y, alzando una ceja, preguntó a la mujer:
—¿Sabe usted si el niño tiene nombre, señora Owens?
—No, la verdad es que su madre no me lo dijo.
—Comprendo —asintió Silas—. En cualquier caso, dadas las circunstancias, no creo que le convenga seguir usando su antiguo nombre. Ahí fuera hay gente que lo busca con intención de hacerle daño. ¿Qué tal si le buscamos uno nuevo?
Cayo Pompeyo se aproximó al niño y, observándolo, comentó:
—Me recuerda un poco al que fuera mi procónsul, Marco. Así que podríamos llamarlo Marco.
—Pues a mí me parece que se da un aire a mi jefe de jardineros, Stebbins. Aunque, desde luego, no creo que este nombre sea el más adecuado para un niño. Aquel hombre era capaz de beberse hasta el agua de los floreros —dijo Josiah Worthington.
—Es igualito que mi sobrino Harry —opinó Mamá Slaughter.
Y cuando ya parecía que todos los habitantes del cementerio iban a lanzarse a sacarle semejanzas al niño con parientes, vecinos o conocidos que llevaban siglos condenados al olvido, la señora Owens decidió zanjar la cuestión.
—Este niño no se parece a nadie —afirmó—. Nadietiene una carita tan preciosa como la de mi bebé.
—Pues lo llamaremos Nadie —dijo Silas—. Nadie Owens.
Y entonces, como respondiendo al oír su nombre, el niño abrió los ojos y se despertó. Miró alrededor y contempló los rostros de los muertos, la niebla y la luna. Miró a Silas, pero ni siquiera parpadeó; lo miraba sin temor y con aire circunspecto.
—¿Y qué clase de nombre es Nadie? —inquirió Mamá Slaughter, escandalizada.
—Su nombre. Y un buen nombre, además —replicó Silas—. Servirá para mantenerlo a salvo.
—A mí déjenme de líos —dijo Josiah Worthington.
El niño miró al baronet y, acto seguido, ya fuera porque tenía hambre, o porque echaba de menos su casa, a su familia, su mundo, se puso a hacer pucheros y rompió a llorar.
—Márchese —aconsejó Cayo Pompeyo a la señora Owens—. Seguiremos dilucidando todo esto sin usted.
La señora Owens se sentó a esperar en el banco que había a la puerta de la iglesia. Hacía más de cuarenta años que aquel edificio, de apariencia tan sencilla —una pequeña iglesia con un modesto campanario—, había pasado a formar parte del patrimonio histórico-artístico de la región. El ayuntamiento determinó que saldría demasiado caro restaurarla y, como no era más que una capilla situada en medio de un viejo cementerio en desuso, se limitó a poner un candado en la puerta, confiando en que el tiempo terminaría por derruirla. La hiedra recubría todas las fachadas, pero como los cimientos eran muy sólidos, nadie dudaba que aguantaría en pie otro siglo más.
El niño se había quedado dormido de nuevo entre los brazos de la señora Owens, quien lo mecía suavemente mientras le cantaba una nana, una que solía cantarle su madre cuando ella era pequeña (allá por el tiempo en que los hombres empezaron a usar pelucas empolvadas). La letra de la canción decía así:

Duerme, duerme mi sol, duerme hasta que llegue el albor. Cuando seas mayor, si no me equivoco, viajarás por todo el mundo, besarás a un príncipe, bailarás un poco, hallarás tu nombre y un tesoro ignoto...

Al llegar a este último verso, la señora Owens descubrió que no se acordaba de cómo terminaba la canción. Le parecía recordar que el verso final decía algo así como«... y una loncha de beicon peludo», pero a lo mejor estaba mezclando las letras de dos canciones, de modo que se puso a cantarle El hombre de la luna que bajó con demasiada premura y, después, con su dulce voz de campesina, entonó otra canción más reciente que hablaba de un niño que se estaba comiendo un bizcocho y, hurgando con el dedo, acabó sacándole una pasa. Y poco después, cuando empezaba a cantarle una extensa balada sobre un joven hidalgo al que su enamorada decidió envenenar —sin motivo aparente— con un pez ponzoñoso[1], apareció Silas con una caja de cartón en la mano.
—Mire lo que le traigo, señora Owens —dijo—. Comida rica y abundante para un niño en edad de crecer.
Podríamos utilizar la cripta como despensa, ¿le parece?
Silas quitó el candado y abrió la cancela de hierro. La señora Owens entró y miró con aprensión los estantes y los bancos destartalados apoyados contra una de las paredes. Los archivos parroquiales estaban guardados en cajas llenas de moho apiladas en un rincón, y al otro lado, tras una puerta abierta, se veía un pequeño servicio Victoriano con un retrete y un lavabo con un únio grifo de agua fría.
A todo esto el niño abrió los ojos y miró alrededor.
—Este parece un buen sitio para guardar la comida. Es fresco, y así los alimentos se conservarán mejor —afirmó Silas mientras sacaba un plátano de la caja.
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