Escuchad esta trágica historia: una familia que duerme, un asesino sin compasión y una criatura aventurera, un huérfano que escapa de la muerte. ¿O no?






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El libro del cementerio
Neil Gaiman
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Escuchad esta trágica historia: una familia que duerme, un asesino sin compasión y una criatura aventurera, un huérfano que escapa de la muerte. ¿O no?
El pequeño escapa del peligro y consigue gatear hasta lo más alto de la colina. Detrás de la valla que se encuentra, existe un lugar oscuro y tranquilo, un cementerio lleno de una vida especial. El niño es recibido allí donde los muertos no duermen y todos los que allí habitan deciden brindarle su protección, porque fuera, tras la valla que separa a la ciudad de sus fantasmas, el asesino vil espera pacientemente.
El niño sin padres, sin lugar en el mundo, sin nombre, será acogido por los espíritus amables, que hacen un pacto para protegerlo. Lo llamarán Nadie, porque no se parece a nadie más que a sí mismo. Será Nad para sus “padres”, Nad para sus compañeros de juegos, niños que nunca más crecerán, Nad para su mentor. Y Nadie para el hombre que lo busca para matarlo.

Vibran sus huesos sobre el empedrado. Sólo es un desharrapado que se ha quedado sin dueño. LETRILLA POPULAR INFANTIL
Capítulo 1

De cómo Nadie llegó al cementerio

Cabía una mano en la oscuridad, y esa mano sostenía un puñal, cuyo mango era de brillante hueso negro, y la hoja, más afilada y precisa que una navaja de afeitar. Si te cortara, lo más probable es que ni te enteraras, o al menos no lo notarías de inmediato.

El puñal prácticamente había terminado lo que debía hacer en aquella casa, y tanto la hoja como el mango estaban empapados.

La puerta de la casa seguía abierta, aunque sólo un resquicio por el que se habían deslizado el arma y el hombre que la empuñaba, y por él se colaban ahora jirones de niebla nocturna que se trenzaban en el aire formando suaves volutas.

El hombre Jack se detuvo en el rellano de la escalera. Con la mano izquierda, sacó un enorme pañuelo blanco del bolsillo de su abrigo negro, y limpió el puñal y el guante que le cubría la mano con la que lo había empuñado; después, lo guardó de nuevo. La cacería casi había terminado ya. Había dejado a la mujer en su cama, al hombre en el suelo del dormitorio y a la hija mayor en su habitación, rodeada de juguetes y de maquetas a medio terminar.
Sólo le quedaba ocuparse del más pequeño, un bebé que apenas sabía andar. Uno más, y habría acabado su tarea.
Abrió y cerró la mano varias veces para desentumecerla. El hombre Jack era, por encima de todo, un profesional, o al menos eso creía, y no se permitiría sonreír hasta que hubiera concluido su trabajo.
Aquel individuo, de cabellos y ojos oscuros, llevaba unos guantes negros de piel de cordero muy fina.
La habitación del bebé se hallaba en el último piso. El hombre Jack siguió subiendo por la escalera; la moqueta silenciaba sus pasos. Al llegar arriba del todo, abrió la puerta de la buhardilla y entró. Calzaba unos zapatos de piel negra tan afanosamente lustrados que parecían dos espejos negros, de modo que la luna creciente se reflejaba en ellos, como una miniatura.
Tras el cristal de la ventana, se veía la luna real, aunque no lucía demasiado, pues la niebla difuminaba su resplandor. Pero el hombre Jack no necesitaba mucha luz; le bastaba con la luz de la luna.
Le pareció distinguir la silueta de un niño en la cuna: cabeza, extremidades y torso.
La camita disponía de una barandilla alta, para evitar que el bebé pudiera salir solo.
El hombre se inclinó sobre ella, alzó la mano derecha, la que empuñaba el arma, se dispuso a apuñalarlo en el pecho...
... pero bajó la mano. La silueta que había visto era la de un osito de peluche. Allí no había ningún niño.
Los ojos de Jack se habían acostumbrado a la tenue luz de la luna, así que no quiso encender ninguna lámpara. Al fin y al cabo la luz no era imprescindible; él tenía sus propios recursos.
Olfateó el aire. Ignoró los olores que él mismo había llevado a la habitación, desechó los que no le interesaban y se concentró en el olor de su presa. Olía al niño: un leve aroma de leche, como el de las galletas con trocitos de chocolate, y el penetrante olor de un pañal desechable empapado de orina. También percibía el aroma del champú impregnado en los cabellos de la criatura, así como el de algo pequeño, un objeto de goma («Un juguete pensó, y enseguida se corrigió. No, algo para chupar...») que el niño debía de llevar consigo.
El bebé había estado allí. Pero ya no estaba. El hombre Jack se dejó guiar por su olfato y bajó la escalera hasta el piso intermedio de aquella casa alta y estrecha. Inspeccionó el cuarto de baño, la cocina, la secadora y, por fin, el recibidor que había al final de la escalera, donde no encontró nada más que unas cuantas bicicletas, un montón de bolsas apiladas y vacías, un pañal usado y los jirones de niebla que se habían ido colando en el recibidor por la puerta entornada.
Emitió un leve gruñido que expresaba a un tiempo fracaso y satisfacción. Acto seguido, metió el puñal en la funda, que guardó a su vez en el bolsillo interior del largo abrigo que vestía, y salió a la calle. La luna brillaba en el cielo y las farolas estaban encendidas, pero la niebla lo asfixiaba todo; envuelta en una luz mortecina y en una sorda sonoridad, la noche ofrecía un aspecto tenebroso y amenazador. Echó un vistazo calle abajo, hacia donde brillaban las luces de las tiendas cerradas, y luego miró calle arriba, hacia lo alto de la colina, al camino que pasaba por delante de las últimas casas antes de perderse en la oscuridad del viejo cementerio.
Olfateó de nuevo el aire. Después, sin prisa, la emprendió colina arriba.
Desde que el bebé echara a andar, había sido para sus padres motivo de alegría y de preocupación a partes iguales, pues no paraba quieto un momento: correteaba por todas partes, se subía a los muebles y entraba y salía de los huecos más inesperados. Aquella noche el pequeño se despertó al oír algo que se estrellaba contra el suelo en el piso de abajo. Y una vez despierto, no tardó en aburrirse, así que se puso a buscar el modo de salir de la cuna. Las barandillas eran muy altas, igual que las del parque que tenía en la planta baja, pero estaba convencido de que podría trepar y saltar de la cuna. Sólo necesitaba algo que le sirviera de escalón...
Colocó su osito de peluche, grande y rubio, en un rincón de la cama y, luego, agarrándose a los barrotes con sus diminutas manitas, puso un pie sobre las patas del osito, el otro en la cabeza, y se dio impulso para pasar la pierna por encima de una barandilla y se dejó caer al suelo.
Fue a aterrizar sobre un montón de peluches que amortiguaron el golpe; algunos de ellos se los habían regalado con motivo de su primer cumpleaños, hacía menos de seis meses, y otros los había heredado de su hermana mayor. Se llevó un susto al toparse con el suelo de manera tan brusca, pero no lloró porque si llorabas, aparecían papá o mamá y te volvían a meter en la cuna.
Gateando, salió de la habitación.
Los escalones eran cosas muy peligrosas y difíciles de subir, y aún no se manejaba con soltura en ese terreno. Sin embargo, había descubierto que bajarlos resultaba bastante sencillo. Sólo tenía que sentarse en el primero y arrastrar su empaquetado culete de escalón en escalón.
Llevaba puesto el tete. Su madre estaba intentando convencerlo de que ya era muy mayor para usar chupete.
Con el trasiego de bajar la escalera, el pañal se le había ido aflojando y, cuando llegó al último escalón y se puso de pie, se le cayó. Lo apartó con sus piececitos y se quedó solamente con la camiseta del pijama. Subir por aquellos empinados escalones para volver a su habitación o despertar a sus padres se le antojaba demasiado complicado; en cambio, la puerta de la calle estaba abierta y resultaba muy tentadora...
El niño salió de la casa con paso vacilante, mientras la niebla se le enroscaba alrededor, recibiéndolo como se recibe a un amigo después de muchos años sin verlo. Al principio echó a andar con inseguridad, pero poco a poco se afianzó y, aunque bamboleándose, caminó más deprisa colina arriba.
A medida que se acercaba a lo alto de la colina, la niebla se iba haciendo menos densa y la luz de la luna creciente, si bien no tan clara como la luz del día, resultaba más que suficiente para ver el cementerio.
¡Mirad!
Allí estaba la vieja iglesia funeraria, con su verja de hierro cerrada con candado, su torre cubierta de hiedra y un arbolito que crecía en el canalón, a la altura del tejado.
También se veían lápidas, tumbas, panteones y placas conmemorativas, y algún que otro conejo correteando por entre las tumbas, o un ratón, o una comadreja que, saliendo de entre la maleza, atravesaban el sendero.
Todas estas cosas podríais haber visto aquella noche, a la luz de la luna, si hubierais estado allí.
Aunque quizá no habríais podido distinguir a una mujer pálida y regordeta que caminaba por dicho sendero, cerca de la puerta principal; y de haberla visto, al mirarla con más atención por segunda vez, os habríais dado cuenta de que no era más que una sombra hecha de niebla y de luz de luna. No obstante, aquella mujer pálida y regordeta estaba efectivamente allí, y se dirigía hacia un grupo de viejas lápidas situadas cerca de la puerta principal.
Las puertas del cementerio estaban cerradas. En invierno se cerraban a las cuatro, y en verano, a las ocho.Una verja de hierro con barrotes acabados en punta rodeaba la mayor parte del cementerio, y el resto del perímetro quedaba protegido por una alta tapia de ladrillo. El espacio que separaba los barrotes era lo suficientemente estrecho para que nadie pudiera colarse por él, ni siquiera un niño de diez años...
—¡Owens! —gritó la mujer. Su voz sonaba como el susurro del viento entre los árboles—. ¡Owens! ¡Ven, tienes que ver esto!
Se agachó, mirando algo que había en el suelo, mientras se acercaba otra sombra, que resultó ser un hombre canoso, de unos cuarenta y tantos años. El hombre miró a su esposa y, a continuación, desvió la vista hacia lo que ella contemplaba. Perplejo, se rascó la cabeza.
—Señora Owens —dijo, pues pertenecía a una época en la que el trato era mucho más formal que ahora—, ¿es esto lo que creo que es?
Y justo en ese momento, aquello que estaba siendo observado debió de ver a la señora Owens, pues abrió la boca, dejando caer el chupete, y alargó su regordeta manita como si quisiera agarrar el pálido dedo de la mujer.
—Que me aspen —masculló el señor Owens— si esto no es un bebé.
—Pues claro que sí —replicó la mujer—. Pero la cuestión es: ¿qué va a ser de él?
—Esa es, desde luego, una cuestión importante, señora Owens. No obstante, no es cuestión que nos incumba dilucidar a nosotros. Porque este bebé está vivo, de eso no cabe la menor duda, y por lo tanto nada tiene que ver con nosotros, no forma parte de nuestro mundo.
—¡Mira cómo sonríe! En mi vida he visto una sonrisa más encantadora —exclamó la señora Owens, y acarició con su incorpórea mano el fino cabello rubio del bebé.El pequeño rio alborozado.
Una gélida ráfaga de viento recorrió el cementerio y desmenuzó la niebla que cubría las tumbas situadas en la falda de la colina (se debe tener en cuenta que el cementerio la ocupaba por completo, y había senderos que ascendían hasta la cumbre y luego volvían a descender, trazando una especie de tirabuzón en torno a ella). Y a todo esto se oyó un estruendo metálico: alguien estaba sacudiendo los barrotes de la puerta principal, asegurada con una cadena y un voluminoso candado.
—Ahí lo tienes —dijo el señor Owens—; debe de ser alguien de su familia que viene a buscarlo. Deja al pequeño hombrecito en el suelo.
—Pues no me parece a mí que sea nadie de la familia —replicó la señora Owens.
El tipo del abrigo negro había dejado de sacudir la verja y estaba echando un vistazo a una de las puertas laterales. Pero también se hallaba cerrada a cal y canto. El año anterior se habían colado varios gamberros, y el ayuntamiento se había visto obligado a tomar medidas.
—Vamonos, señora Owens. Déjalo correr, no seas obstinada —insistía el marido pero, de repente, vio un fantasma y se quedó con la boca abierta de par en par y sin saber qué pensar ni qué decir.
Habrá quien piense —y no sin razón— que resulta extraño que el señor Owens reaccionara de esa forma ante la visión de un fantasma, ya que tanto él como su esposa llevaban muertos varios siglos, y todas, o casi todas, las personas con las que se relacionaban estaban muertas también. Pero aquel fantasma en particular era muy distinto de los que habitaban el cementerio: la imagen se veía algo borrosa y de color gris, como la tele cuando hay interferencias, y transmitía una intensa sensación de pánico. Se distinguían tres figuras, dos grandes y una más pequeña, pero sólo se veía con la suficiente claridad a una de ellas, que gritaba:
—¡Mi bebé! ¡Ese hombre lo busca para hacerle daño!
Un estruendo metálico. El hombre iba por el callejón arrastrando un contenedor de basura con el fin de subirse a él y saltar la tapia del cementerio.
—¡Protejan a mi hijo! —les suplicó el fantasma, y la señora Owens entendió entonces que se trataba de una mujer. Claro, era la madre del niño.
—¿Qué les ha hecho ese hombre a ustedes? —preguntó la señora Owens, aunque estaba casi segura de que la mujer no podía oírla. «Seguramente hace poco que murió, pobre mujer», pensó.
Siempre es más fácil morir de forma serena, despertar llegado el momento en el lugar donde a uno lo enterraron, aceptar la propia muerte e ir conociendo poco a poco a tus convecinos. Aquella pobre criatura era toda angustia y pánico, y ese miedo cerval, que los Owens percibían como un ultrasonido, había logrado captar también la atención de los demás habitantes del cementerio, que acudían desde todos los rincones del lugar.
—¿Quién sois? —inquirió Cayo Pompeyo, cuya lápida había quedado reducida a un simple trozo de mármol cubierto de musgo, pero dos mil años atrás pidió que lo enterraran en aquella colina, junto al templo de mármol, en lugar de repatriarlo a su Roma natal. Así pues, era uno de los ciudadanos más antiguos del cementerio y se tomaba muy en serio sus responsabilidades—. ¿Estáis enterrada aquí?
—¡Pues claro que no! No hay más que verla pardarse cuenta de que acaba de morir. —La señora Owens rodeó con un brazo el espectro de la mujer y habló con ella en privado, en voz baja y serena.
Al otro lado de la tapia, se oyó otro golpe seguido de un gran estrépito. Era el contenedor de basura que se había volcado. El hombre había logrado subirse a la tapia, y su silueta se recortaba ahora contra la nebulosa luz de las farolas; se quedó quieto un momento, a continuación se descolgó por el otro lado, agarrándose al borde de la tapia y, finalmente, se dejó caer en el interior del cementerio.
—Pero, querida mía —le dijo la señora Owens al espectro—, el niño está vivo. Nosotros no. ¿Qué cree usted...?
El bebé las contemplaba perplejo. Alargó sus bracitos hacia una de ellas y luego hacia la otra, pero no encontró nada a lo que agarrarse. El espectro de la mujer se desvanecía a ojos vistas.
—Sí, sí —dijo la señora Owens en respuesta a algo que nadie más había oído—. Le doy mi palabra de que lo haremos si podemos. Y volviéndose hacia su marido, le preguntó—. ¿Y tú, Owens? ¿Querrás ser el padre de esta criatura?
—¿Cómo dices? —dijo el señor Owens con el entrecejo fruncido.
—Tú y yo no pudimos tener hijos, y esta mujer quiere que protejamos a su bebé. ¿Lo harás?
El hombre del abrigo negro había tropezado con una rama de hiedra. Se enderezó y siguió caminando con cautela por entre las lápidas, pero espantó a un buho que estaba posado en una rama de un árbol cercano. Al ver al niño, se le iluminaron los ojos con un brillo triunfal.
El señor Owens sabía en qué estaba pensando su mujer cuando empleaba ese tono. No en vano llevaban casados, en vida y después de muertos, más de doscientos cincuenta años.
—¿Estás segura? —le preguntó—. ¿Completamente segura?
—En mi vida había estado tan segura de algo —respondió la señora Owens.
—En tal caso, adelante. Si tú estás dispuesta a ocupar el lugar de su madre, yo seré su padre.
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