Entrevista Samuel Gallegos: de la iglesia a la pantalla






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títuloEntrevista Samuel Gallegos: de la iglesia a la pantalla
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fecha de publicación30.01.2016
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Falsedad de argumentos... y argumentos débiles

Al analizar los textos de los primeros capítulos de la Biblia (Génesis 1 y 2), Femenino plural lo hace tomando en cuenta, para rebatirlos, los principios que otros exegetas «tradicionales» (i.e. «conservadores») han deducido de esos pasajes con miras a establecer la tesis de la «subordinación» de la mujer como la verdadera enseñanza de la Biblia. Cuando, pues, habla de la «creación» y de la «caída» (en las dos primeras secciones de la Parte I), la autora no pretende hacer una exégesis exhaustiva de esos pasajes, sino «lidiar» con esos supuestos principios a los que nos hemos referido (por ejemplo, el que señala que la mujer debe estar subordinada al varón porque este fue creado primero; y como esto sucedió desde la creación misma de los seres humanos, este principio –se dice– no está sujeto al hecho de la caída.)

Esta labor emprendida por la Licda. Muñiz, de desarmar, por falsos, los argumentos basados en tales interpretaciones del texto sagrado (labor que puede considerarse el elemento negativo pero complementario de la tarea exegética que ya hemos mencionado), es muy significativa e importante. Desenmascarar ideologías que están tras pretendidas interpretaciones “neutras” puede ser, como en este caso, requisito indispensable para intentar un acercamiento al texto que esté más acorde con la intención del propio texto.

Encontramos, sin embargo, en esta sección primera de Femenino plural, algunos aspectos cuyo tratamiento podría mejorarse de manera substancial.

Dice la autora: «La exégesis tradicional interpreta que Dios concedió “autoridad” al hombre cuando en Génesis 2.19 le dio la orden de poner nombre a lo que Él [sic] había creado.» (Nótese que se habla de «autoridad», sin calificativo. Esto es fundamental, por el razonamiento que sigue.) Y luego pasa a refutar tal interpretación con base en tres argumentos fundamentales (pp. 20-21).

El problema radica –según nos parece, al analizarlos– en que ninguno de esos argumentos, ni por separado ni en su conjunto, niega la afirmación hecha, que hemos citado en el párrafo anterior y que se atribuye a la “exégesis tradicional” (es decir, que investir al «hombre» de la capacidad de poner nombres a los animales signifique investirlo de «autoridad»). Falta por definir cuál es el ámbito de esa autoridad, porque lo que de veras se niega –y para eso sí son válidos los argumentos esgrimidos– es que dicho texto incluya la idea de que Dios le dio autoridad al hombre sobre la mujer. En eso lleva toda la razón la Licda. Muñiz. Para comenzar, el texto no tiene nada que ver con ese tema específico.

Pero negar que la capacidad de dar nombre a los animales (y, por extensión, a las cosas) tenga que ver con la autoridad (en este caso, concedida por Dios) es otra cosa, pues implica no tomar en consideración el significado que el nombre, y el poner nombre, tienen en las culturas primitivas. Es, además, no caer en la cuenta de que existe un vínculo entre lo que dice ese texto y el acto creador divino (Génesis 2.1-4).

Dios crea en seis días. Pero eso creado por Dios no es todavía, para el hombre, un «mundo». Hace falta otro acto creador, que no es «de la nada» (como llegó a decirse, de Dios, en la teología cristiana), sino que es creador en cuanto ordenador: Al dar nombre, el «hombre» es capaz de crear su mundo, su cosmos. (Resulta interesante notar que las palabras castellanas «cosmos» y «cosmético» proceden de la misma raíz, e incluyen los conceptos de orden y belleza.) Sin nombres de las cosas y de los animales, no hay mundo, porque no hay orden, y, por ende, no hay posibilidad de ordenar o «manipular» la realidad. (Aclaramos que, en este contexto, no le damos a la palabra «manipular» ninguna connotación negativa.)

Al Creador –permítasenos jugar con mayúsculas y minúsculas– le plugo hacer del ser humano un creador, como un indicativo más, y esencial, de que le había «implantado» su imago. Y son el hombre y la mujer –o: la mujer y el hombre (por aquello de «Tanto monta, monta tanto...»)– quienes gozan de ese privilegio sin par.

Podríamos añadir, también, y en otro orden de cosas, que la caracterización que se hace del subordinacionismo (p. 84-85) peca de simplista. Estar Cristo «bajo la autoridad» de Dios (i.e., del Padre) no es, sensu strictu, subordinacionismo. Los textos citados –Ef 1.21 y Mt 28.18– no niegan ese hecho. El de Mateo más bien dice explícitamente que toda potestad «le ha sido dada». Eso se ratifica con la cita de 1 Co 15.24, cita que debió haberse extendido hasta el v. 28.
Literalismo y exégesis

Al concluir la sección sobre la creación, la Profa. Muñiz afirma: «Del relato de la Creación lo que podemos concluir es que la mujer fue creada de una forma distinta, ya que hasta entonces todo se había originado de la tierra, y en su caso fue formada del ser humano ya existente» (p. 21).

Esta afirmación nos pone frente a dos problemas básicos: el primero, que representa una lectura literalista de estos textos, lo que no deja de plantear, a su vez, otras dificultades, incluso mucho más serias. Y el segundo, que al comentar esa afirmación, la autora no hace referencia a Génesis 1, donde esa «distinción metodológica» en la creación no solo no se menciona sino que ni siquiera parece tener cabida. (Volveremos a tratar estos aspectos más adelante.)

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n lo que sería el capítulo 2 («La Caída») de la Parte I de Femenino plural, la autora discute el tema de la «prioridad de la culpa». Dos observaciones quisiéramos hacer: la lógica de lo que presenta como problemas 3 y 4 (p. 24) no se sostiene. Se trata de un non sequitur, pues también podría argumentarse válidamente al revés (lo que daría fuerza al argumento que quiere rebatirse): el tentador buscaría hacer caer, precisamente, al elemento percibido como más frágil, pues la cadena siempre se rompe por el eslabón más débil. Por otra parte –y esto sí sorprende–, no se menciona el texto del Nuevo Testamento donde, de hecho, se usa exactamente el argumento que aquí se trata de refutar. (Por cierto, tampoco se usó ese pasaje al discutir el asunto de la «prioridad temporal» en la creación.) Nos referimos, por supuesto a 1 Timoteo 2.8-15. Tendremos que esperar hasta la Parte III de la obra, y hasta la p. 108, para ver cómo interpreta la autora este polémico texto.

Puesto que no es nuestro propósito en este breve trabajo ofrecer un análisis completo de la obra que comentamos, quisiéramos explorar otros aspectos que tienen que ver con la perspectiva teológica que impregna la labor exegética de la Profa. Muñiz. Y concluiremos esta nota con algunas observaciones sobre aspectos formales de esta publicación.
Exégesis y crítica bíblica

(1) La autora no muestra tomar muy en cuenta el estado actual de la crítica histórico-literaria al referirse a los diversos textos que componen la Sagrada Escritura. Ya hicimos rápida referencia a los dos relatos de la creación: Queda la impresión de que, para la Profa. Muñiz, se trata de un solo relato en dos partes, sin mayores contrastes entre ellos. Las diferencias, no obstante, son significativas (como lo son, también, si se necesitaran otros ejemplos bíblicos, las diferencias entre las dos versiones del Padrenuestro o de las Bienaventuranzas, o los cuatro relatos de la pasión de Nuestro Señor).

Respecto del uso del Nuevo Testamento, sucede lo mismo en el texto que es objeto de este comentario. Nos encontramos incluso con un caso en que la redacción cae en anacronismo. Se dice, al comentar Romanos 16.6 y 12 y el uso del verbo griego kopiao, lo siguiente: «en 1 Tesalonicenses 5.12 vuelve a insistir en la misma idea...» (p. 68; énfasis nuestro). Con esto se da a entender –al menos al lector poco avisado– que la epístola mencionada –1 Tesalonicenses– se escribió después del texto que la autora está comentando. Ahora bien, prácticamente todos los especialistas en Nuevo Testamento están acordes en afirmar que la Primera epístola a los tesalonicenses fue la primera de las cartas escritas por Pablo (de las que nos han llegado en el texto bíblico), y, con gran probabilidad, el primer escrito del Nuevo Testamento. Por tanto, ninguna afirmación hecha en cualquiera de las otras cartas paulinas puede serle anterior en cuanto texto escrito. (Lo que acabamos de señalar resulta más significativo porque en otras partes de Femenino plural se reconoce la prioridad temporal de unos libros respecto de otros: «...para que no entre en conflicto con 1 Timoteo 2.12, pero como hemos mencionado anteriormente dicho texto todavía no había sido escrito»; p. 58).

Por otra parte, tampoco se toma en consideración –aunque solo sea para indicar el status quaestionis– el hecho de que un buen número de eruditos de primer orden –que probablemente representan el consenso– considera que las cartas pastorales y también algunas otras, como Efesios y Colosenses, son pseudoepigráficas (y suele llamárselas «deuteropaulinas»). No pretendemos afirmar, por supuesto, que se tiene que aceptar esta hipótesis, pero hoy resulta indispensable que al menos se tome nota de ella. Femenino plural se refiere a estas epístolas como si fueran genuinamente paulinas sin discusión. (Véanse, entre otras, las referencias en las siguientes páginas: 42-43, 44, 50, 68, 77.)
Teología y exégesis

(2) La autora de Femenino plural muestra una tendencia a darles carácter dogmático a algunos aspectos de su teología, aun a costa del texto bíblico. Nos referimos concretamente a su comprensión de la doctrina de la inspiración.

Comenzamos el presente artículo elogiando el esfuerzo de la autora por hacer una exégesis que tome en cuenta el contexto original del texto (hasta donde pueda conocerse). En esta obra, dicho esfuerzo no se lleva a sus consecuencias naturales. Por ejemplo, si la palabra de Dios se dirige a comunidades y personas en sus propias y muy concretas situaciones (o sea, en su contexto), es natural que diferentes palabras dirigidas a diferentes personas en diferentes situaciones no concuerden necesariamente entre sí (por no decir incluso que, desde la perspectiva del lector actual, puedan incluso contradecirse). Eso, por un lado; pero hay más: si todo autor está, en cierta medida, condicionado por su contexto (y creemos que esta afirmación está en la raíz de todo trabajo exegético, y, en particular, de la obra que analizamos), es natural que, en muchísimos casos, un determinado autor exponga sus ideas en el contexto propio de su época y no tengan valor normativo universal (ni en el espacio ni en el tiempo).

El no llevar este principio a sus consecuencias naturales conduce a la autora a esquivar una seria dificultad, y a darle a ésta una salida que, a su vez, conduce a un callejón sin salida. Nos referimos a su tratamiento del texto de 1 Timoteo 2.8-15. Dejando de lado el problema de la pseudoepigrafía, al que ya nos referimos, la manera de enfrentar el significado de algunas de las afirmaciones de este texto se plantea como una especie de círculo vicioso. En efecto, el punto de partida es un concepto específico de inspiración. Y ¡ojo!, es éste un error común en el cual es fácil caer casi sin que nos demos cuenta. Tal error consiste en identificar de manera absoluta o casi absoluta la inspiración de un texto sagrado con nuestra teoría de la inspiración. Cuando actuamos así olvidamos que toda «teoría» es creación humana que intenta dar razones de un hecho (y, por ser manufactura humana, está sujeta a crítica). Oigamos a la Profa. Muñiz: «Como creemos que Pablo estaba inspirado por el Espíritu Santo, debemos concluir que los que hacen una exégesis equivocada de lo que Pablo dijo son aquellos que le adjudican a él esa exégesis» (p. 109).

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a autora se refiere a la afirmación de que el hombre (varón) fue creado primero, y, por lo tanto, goza de prioridad (¿superioridad?) «esencial» respecto de la mujer. Como los textos de la creación, en Génesis, no dicen eso (véanse p. 15-19), ergo, Pablo [o el autor, quienquiera que haya sido] no pudo decirlo tampoco. Son otros los que le hacen decir lo que éste no dice. Aquí, el concepto de inspiración que subyace el pensamiento de la autora, mata la exégesis. Y decimos esto último porque no se ofrece ninguna otra interpretación de esos versículos de 1 Timoteo. En el fondo se sostiene que: (a) no puede significar lo que el texto dice en su literalidad, ni lo que los otros dicen que dice; (b) no puede contradecir lo que se afirma en Génesis; y (c) no sabemos lo que significa (conclusión a la que llegamos, puesto que no se ofrece ninguna interpretación que se estime correcta). (Véase la p. 109.)

Algo parecido encontramos en la p. 84, donde leemos lo siguiente: «La exégesis tradicional interpreta este texto [1 Co 11.2-16] desde un punto de vista jerárquico. Veamos algunos de los problemas que plantea dicha exégesis. En primer lugar, un escritor inspirado como Pablo sabe exactamente cómo describir una jerarquía en una escala de importancia decreciente.» No veo que haya ningún «problema» en este respecto. Digamos que para saber «describir una jerarquía» tomando en cuenta esas características, no es necesario ser un «escritor inspirado»; pero, suponiendo que lo sea y que lo sepa, no hay nada que garantice que necesariamente tendría que exponerlo así.
De principios hermenéuticos

(3) Otro principio exegético aparece en el texto. Leamos: «Cualquier interpretación que conduzca a la injusticia y a la opresión, se debe rechazar como antibíblica, aunque se citen textos para apoyarla» (p. 8). Nos encontramos aquí con un principio hermenéutico extrabíblico que debe aplicarse a la interpretación de la Escritura. (Lo calificamos de «extrabíblico» en tanto principio hermenéutico, no en cuanto afirmación teológica o filosófica per se, como contenido del texto.) Y más adelante, en la misma página, se nos dice: «La prueba de que nuestro método de interpretación es el correcto, nos lo dará el hecho de que cuando lo aplicamos a otros temas se muestra consistente.»

Sigue, además, otra afirmación muy significativa: «El apelar simplemente a la Biblia no garantiza, por sí mismo, una postura correcta. Es el uso de principios exegéticos correctos lo que garantiza que la interpretación de un texto sea correcta» (ibid.).

Tales afirmaciones sí nos plantean varios problemas:

Primero, ya hemos mencionado el carácter extrabíblico del principio hermenéutico toral. Cuando se habla de «injusticia» y de «opresión», la pregunta obvia es ésta: ¿según cuáles criterios?

Segundo, la afirmación de que la «Biblia se explica por la misma Biblia» (que en algunos círculos es casi como un eslogan protestante) se ha usado de tal manera que corresponde a lo que la Licda. Muñiz, correctamente, condena aquí. Los evangélicos hemos caído, con excesiva frecuencia, en forzadas armonizaciones de textos bíblicos con el afán de evitar conflictos entre éstos (que en el fondo representan, más bien, conflictos que surgen de las posiciones teóricas de los intérpretes).

Tercero, la garantía que ofrece la «consistencia» en la interpretación de diversos textos bíblicos es, nos parece, una utopía, y no hay que buscarla necesariamente (o habría que buscarla sólo en el plano de los fundamentos y no tanto en el del significado de esos mismos textos). La búsqueda de esa «consistencia» ha llevado muchas veces a forzar interpretaciones y a hacerles decir a los textos lo que los textos no dicen.

Cuarto, la afirmación de que la garantía de una interpretación del texto se fundamenta en «el uso de principios exegéticos correctos» es de capital importancia. Pero habría que explicitar más rigurosamente cuáles son esos «principios exegéticos correctos», pues ya nos hemos planteado la gran dificultad con la que tropezamos, en este libro, con el intento de interpretar 1 Timoteo 2.8-15. Allí no parece aplicarse esos «principios exegéticos correctos», cualesquiera que éstos hayan sido.
Análisis semánticos

Los análisis filológicos y semánticos que, de los textos griegos, encontramos en Femenino plural necesitarían, también, algunas precisiones. Por una parte, la autora ofrece ciertas indicaciones muy importantes y muy bien fundamentadas, como, por ejemplo, lo referente al uso, en el griego de la época de Pablo, de la palabra kefalé. Pero por otra, los estudios suelen limitarse, con algunas excepciones, al análisis de palabras aisladas. Además, algunas distinciones que se hacen, respecto del significado de algunas de esas palabras, necesitan afinamiento. Por ejemplo, la casi radical distinción entre los verbos filéo y agapáo (p. 106) es cuestionable. Mucho se ha jugado –especialmente en círculos evangélicos– con esa distinción, distinción que no concuerda, según nuestro entender, con los usos reales de esas palabras en los textos que tenemos a nuestra disposición.
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