Entrevista Samuel Gallegos: de la iglesia a la pantalla






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RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS


  • SORPRENDIDO POR LA GRACIA. MEMORIAS DE UN TEÓLOGO, DE RICHARD SHAULL

Duarte Pereira

Versión de L.C.-O.
Richard Shaull. Surpreendido pela graça - Memórias de um teólogo. Trad. Waldo César. Rio de Janeiro: Record, 2003.
Margem Esquerda , núm. 3, abril de 2004.




El teólogo evangélico Richard Shaull ya había redactado una buena parte de su autobiografía cuando, aprehensivo, le dijo a su segunda compañera de vida y de fe: “Nancy, ¿quién va a querer leer esto?”. Aparentemente tenía razón, porque su libro de memorias fue lanzado en noviembre de 2003 en Brasil y, hasta ahora, no repercutió ni ha sido reseñado en publicaciones de tiraje importante. Mientras tanto, la obra parece ser de aquellas que son descubiertas con el paso del tiempo. Quien desee investigar la ruta sinuosa del cristianismo en América Latina en la segunda mitad del siglo pasado, no podrá ignorarla. Y los historiadores y militantes de las corrientes de izquierda latinoamericana que intenten reflexionar sobre su trayectoria y sus relaciones con las maorías cristianas de sus países, tampoco podrán ignorarla.

Nacido en Estados Unidos, Shaull tuvo un papel importante en larenovación del cristianismo latinoamericano y prestó un valioso apoyo a las luchas populares en el continente. Se le considera un precursor de la teología de la liberación, habiendo incluso quien habla de que la historia de la teología protestante latinoamericana se divide en dos fases: antes y después de Shaull. En Brasil cumplió un papel de estímulo y orientación en los medios evangélicos, principalmente junto a nuevos pastores y estudiantes, semejante al desempeñado por el padre Enrique Vaz en la juventud e inteletualidad católicas. Ambos influyeron en las ideas y en la perspectiva de los militantes cristianos que funaron y desarrollaron, al lado de no creyentes, la organización de izquierda Acción Popular.

Esto es algo de lo que muchos lectores podrán descubrir, con sorpresa, en la autobiografía de Shaull, que concluye poco antes de morir en 2002, a los 83 años, víctima del cáncer. El libro está estructurado en tres grandes secciones. La primera reconstruye su infancia y adolescencia en Pennsylvania, su formación como pastor presbiteriano en el Seminario de Princeton, Nueva Jersey, y su decisión de partir hacia América Latina como misionero. Este bloque inicial abarca también el trabajo innovador realizado en Colombia entre 1942 y 1949, primero en Barranquilla y después en Bogotá.

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a segunda sección recupera los años decisivos que pasó en Brasil entre 1952 y 1962. La última aborda el regreso a Estados Unidos, la participación con los movimientos estudiantiles por los derechos de la minoría negra y contra la guerra de Vietnam, la desilusión con la Iglesia Presbiteriana, los años de derrotas para los militates cristianos y no cristianos, el retorno cauteloso a Latinoamérica, la revaloración de las iglesias pentecostales y, de repente, la lucha final contra el cáncer.

En el último año de su vida, Shaull encontró las fuerzas para escribir un artículo sobre los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y en Washington, que agregó a su autobiografía. Reafirma la convicción de que “a los ojos de la fe, enfrentamos, como nación, la mayor sacudida de nuestra historia”. Su advertencia reza como sigue: “Veo en Estados Unidos, tanto en sus líderes como en la mayoría de los ciudadanos, la continuidad del orgullo de su abiduría, su fuerza, sus riquezas. Pero seguir ese camino, me parece, sólo prolongará la desintegración social y nos llevará a una continua espiral de violencia”. Concluye insistiendo, como en el pasado, en la necesidad de “reconstrucción de la vida humana, sea individual colectiva o social”.

Reconsruyendo sus pasos prácticos, Shaull describe también las influencias intelectuales que recibió. Algunos de sus autores predilectos son conocidos por el gran público, como el danés Sören Kierkegaard y el ruso Nicolás Berdiaeff, que dejaron su huella en la teología existencial y asistemática de Shaull. Otros, como Josef Hromádka y Reinhold Niebuhr, pertenecen a los círculos especializados de los teólogos.

Al volver de Colombia en 1949, Shaull fue integrado a un proyecto de estudio del marxismo, organizado en Nueva York por la Junta de Misiones Extanjeras. Ya había entrado en contacto con el pensamiento marxista a través de las relaciones que estableció con estudiantes y jóvenes inteletuales marxistas en Bogotá, pero esa oportunidad consistió en estudiar metódicamente las principales obras de Marx y de sus sucesores. En el proyecto participaron misioneros que volvieron de China después del triunfo de la revolución popular, y Shaull se inquietó con laorientación conservadora que asumió el esudio. Como recuerda, “la primera consideración no era la de hacer justicia sino resistir la amenaza del comunismo”. Agrega también que muchos “justificaban, con esa base, su ausencia en la lucha por los cambios radicales”.

El empeño de Shaull era muy diferente y buscó en la teología de Paul Lehmann, Dietrich Bonhoeffer y Karl Barth, la fundamentación para una actitud má abierta al marxismo y para justificar la participación cristiana en la lucha por los cambios radicales de las sociedades y las iglesias. La confianza renovada en la ación divina en la historia le permitió, inclusive, aceptar la secularización de las sociedades contemporáneas y el proyecto socialista con una postura más comprehensiva que la del pensamiento católico progresista. Como comenta: “El catolicismo romano asume la importancia, para el desarrollo de la teología, de una integración entre teología y filosofía (no necesariamente cristiana). En la teología protestante, la aceptación de la discontinuidad entre revelación y razón hace que tal integración resulte imposible. Además, libera a la teología de sus limitaciones racionales, lo que le permite acompañar la dinámica de los procesos históricos”.

Las nuevas percepciones de Shaull se profundizaron en Brasil, al estar en contacto con el avance de las luchas populares y de las reflexiones marxistas. Influyeron en ello, por suna parte, la Unión Cristiana de Estudiantes de Brasil, fundada en 1946, las Asociaciones Cristianas de Académicos, que se desarrollaron en los años 50, el Seminario Presbiteriano de Campinas, donde Shaull enseñó, y la Comisión de Iglesia y Sociedad, creada en 1955 por su iniciativa y la de Waldo César, transformada posteriormente en el Sector de Responsabilidad Social de la Iglesia. Esas iniciativas renovadoras partían de presbiterianos y metodistas, pero luego alcanzaron a otras denominaciones evangélicas y se juntaron con el splo renovador que agitó a la Iglesia Católica en el mismo periodo.

La autobiografía muestra que la influencia de Shaull no se restringió a la modernización del estudio bíblico y teológico. Intentó también incentivar la aproximación práctica entre estudiantes y trabajadores. En Colômbia, él ya se había preocupado por llevar una vida austera, más cercana a las condiciones de pobreza de los campesinos y obreros. En Brasil, influido por la experiencia de los sacerdotes obreros iniciada en rancia, promovió el trabajo de seminaristas evangélicos en barrios pobres y en fábricas, en Campinas. Organizó, enseguida, una experiencia aún más audaz en Vila Anastácio, en São Paulo, reuniendo varios grupos de evangélicos, que vivían en comunidad, trabajaban en fábricas de la región y participaban en sindicatos. Entre los participantes de esa experiencia, como recuerda Shaull, se encontraba Paulo Wright, quien, años después, ya como dirigente de la Acción Popular, sería uno de los defensores entusiasmados, al lado de Jair Ferreira de Sá, de la “política de integración en la producción” de militantes de la organización.

Todos esos esfuerzos convergieron, a comienzos de los años 60, para la participación de grupos evangélicos en las luchas por la transformación revolucionaria de la sociedad brasileña, al lado de católicos y no creyentes. La reacción de la mayoría evangélica fue, mientras tanto, desfavorable, pues las entidades se dividieron y los sectores progresistas acabaron siendo excluidos de los cargos e incluso de sus iglesias por las jerarquías conservadoras. Un proceso casi idéntico ocurría, paralelamente, en la Iglesia Católica.

El primer resultado de dichas persecuciones, como relata Shaull, fue la aproximación entre evangélicos y católicos progresistas. En São Paulo, por ejemplo, él se acercó a los dominicos y colaboró con el periódico Brasil Urgente, dirigido por fray Carlos Josafá. En Río de Janeiro, Waldo César se unió a intelectuales católicos y marxistas para crear la Editorial Paz e Terra y la revista del mismo nombre. Algunos militantes de organizaciones evangélicas ingresaron al Partido Comunista Brasileño o a la Acción Popular. Con el golpe militar de 1964, la acción combinada de las persecuciones internas y de la represión política desarticuló gradualmente las entidades cristianas más activas.

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haull y algunos de los cuadros evangélicos que él había formado intentaron reagruparse en organismos internacionales, como la Federación Mundial de Estudiantes Cristianos (FUMEC) o el Movimiento Iglesia y Sociedad en América Latina (ISAL), para apoyar a los crisianos que resistían en sus países. Mientras, con el aumento de la represión, la generalización de las dictaduras militares y la adhesión de muchos militantes cristianos a la resistencia armada, los conflictos al interior de las iglesias fueron mayores y condujeron a una nueva diáspora de los cuaros progresistas.

Shaull se trasladó a Estados Unidos, donde se dedicó a la renovación de la enseñanza teológica y a apoyar organizaciones esudiantiles como el Movimiento Cristiano Universitario (UCM) y Estudiantes por una Sociedad Democrática (SDS). Pero también en el país deMartin Luther King sonó la hora del reflujo social y de las persecuciones al interior de las iglesias cristianas. Desilusionado, Shaull abandona la Iglesia Presbiteriana y decide concentrar sus esfuerzos, según anuncia públicamente, “en el desarrollo de comunidades mesiánicas al margen de las religiones establecidas”.

Vuelve, entonces, a visitar carios países latinoamericanos, Brasil entre ellos, dirigiendo cursos, realizando investigaciones, dialogando con antguos y nuevos militantes cristianos. En esos viajes descubre la fuerza ampliada de las iglesias pentecostales y se sorprende con su desarrollo en actividades políticas. No pudo dejar de observar que los objetivos y métodos de esas actividades se distanciaron de los cambios revolucionarios que eran preconizados agunas décadas atrás. Aun así, convencido de que la tarea de reconstrucción de a vida humaa, individual o social, es “esencialmente religiosa”, y atento al arraigo del pentecostalismo en comunidades pobres, parece depositar sus nuevas esperanzas en una reorientación de tales iglsias. Es algo sorprendente y contradictorio, pues nada asegura que esa tarea pueda tener más éxito que la malograda tentativa anterior de transformar radicalmente las iglesias latinoamericanas.

El centro de las memorias de Shaull está en su “peregrinaje espiritual”. Con todo, él registra información muy valiosa sobre la evolución de las iglesias evangélicas en América atina, la aparición de grupos y entidades renovadores de dichas iglesias y su participación en las luchas sociales y políticas del periodo. Son indicaciones que los historiadores necesitan retomar para producir obras acerca de la trayectoria de esas organizaciones y de sus militantes, algo que todavía no se ha hecho.

El centro teológico de Shaull puede explicar también por qué él no se detiene en las relaciones d solidaridad que mantuvo con organizaciones de izquierda, como la Acción Popular. Mientras se manuvo el régimen militar, Shaull no obtuvo autorización para permanecer en Brasil, pero transitó por el país en breves estadías. Por lo menos en dos oportunidades, en 1966 y 1967, lo encontré personalmente en reprsentación de la dirección nacional de la AP. Recuerdo que, en una ocasión, intercambiamos ideas sobre el debate que se desarrollaba en la AP sobre el marxismo y, en particular, Althusser. Con su estilo mesurado y respetuoso, Shaull expresó sus conocidas advertencias contra los riesgos de un abordaje dogmático o religioso del marxismo y manifestó su preocupación sobre lalectura estructuralista del marxismo promovida por Althusser, preocupavción perfectamente comprensible para quien tenía, como una de sus ideas básicas, la de que la historia es un proceso de humanización progresiva del ser humano.

Si Shaull no hubiese estado impedido de seguir aompañando los debates y las experiencias prácticas de los militantes evangélicos y católicos que conoció y que lo esimaban, tal vez hubiera alcanzado una comprensión más generosa de las razones que los llevaron, movidos más por la práctica que por conceptos doctrinaios, a apartarse de sus iglesias y a traspasar su fe religiosa con tal de no abandonar la lucha liberadora con que se habáin comprometido. Hubiera podido entender que esto no sucedió por una formación teológica deficiente, ni por actitudes precipitadas sino por la madurez teórica y el reconocimiento sufrido de que las iglesias cristianas, como el propio Shaull concluye en uno de los pasajes fundamentales de sus memorias, son “parte integral del orden dominante de la cristiandad occidental” y, por ello, están orientadas “hacia la preservación del sistema establecido y no hacia su transformación”.


  • EN TORNO A FEMENINO PLURAL. REFLEXIONES PROVOCADAS POR LA LECTURA DE UN LIBRO

Plutarco Bonilla A.
Marga Muñiz Aguilar, Femenino plural. Las mujeres en la exégesis bíblica. Terrassa, CLIE, 2000 (Pensamiento cristiano, 12).
Marga Muñiz Aguilar es licenciada en filosofía y letras, magistra en orientación educativa y profesional, y diplomada en logoterapia. Española, radica en Sevilla. Ha publicado algunos artículos en Traducción de la Biblia. La editorial CLIE publicó su libro Femenino plural. Las mujeres en la exégesis bíblica. Su identidad evangélica informa su pensamiento y se hace presente casi en cada página del libro que aquí comentamos. No obstante, y con suma frecuencia, el lector percibe, sin lugar a duda alguna, que la autora está nadando a contracorriente. Al menos así ha sucedido con este lector.

El tema al que la Licda. Muñiz se enfrenta en las páginas de su libro ha estado ya por años sobre el tapete, sobre todo –aunque no únicamente– en el mundo anglosajón. Esto se muestra incluso en el propio libro: gran parte de la bibliografía que se menciona al final de la obra, y de manera particular de la que tiene que ver directamente con el tema que se analiza, no fue escrita en castellano sino en inglés.

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eñalemos, en primer lugar, un elemento que consideramos sumamente positivo y muy valioso en este aporte a la comprensión de la Biblia: el llamado de la autora para que se haga, sobre todo entre los evangélicos, una exégesis del texto más profunda y rigurosa, que tome en cuenta elementos del contexto original (social, religioso, lingüístico, etcétera) a los que debe prestárseles particular atención a la hora de la interpretación. En efecto, al hablar de las decisiones exegéticas y de traducción, dice la autora: «Tal reflexión siempre debe hacerse con posterioridad al análisis lingüístico, al del contexto, al de los pasajes paralelos y al del fondo histórico, y no con anterioridad» (p. 51). La autora defiende la tesis –a lo largo de todo el libro, pero de manera más concreta en la «Parte IV: El gran cambio»– de que lo que ella repetidamente llama la «exégesis tradicional» adolece del gravísimo defecto de no haber prestado la debida atención a esos aspectos y de haber estado influida por el pensamiento griego y por lo que ella denomina la «romanización de la iglesia».

Este intento de desbrozar el campo para desarraigar las malas hierbas que han crecido en él en el transcurso de los siglos, no deja de ser encomiable, si bien también hay que señalar (y lo explicitaremos en su oportunidad, sin pretensiones de ser exhaustivos) las limitaciones que son propias de la perspectiva desde la que la autora intenta realizar su trabajo exegético.
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