Entrevista Samuel Gallegos: de la iglesia a la pantalla






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títuloEntrevista Samuel Gallegos: de la iglesia a la pantalla
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fecha de publicación30.01.2016
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Participantes en la consulta

Obispo Gusztäv Bölcskei, Hungría

Profr. Dr. James D. Bratt, Estados Unidos

Profr. Dr. Eberhard Busch, Suiza-Alemania

Profr. Dr. François Dermange, Suiza

Profr.Dr. Edward Dommen, Suiza

Profra. Dra. Jane Dempsey Douglass, Estados Unidos

Profra. Dra. Margit Ernst, Alemania

Rev. Profr. Eduardo Galasso Faria, Brasil

Profr. Dr. Robert M. Kingdon, Estados Unidos

Dr. Odair Pedroso Mateus, Brasil

Profr. Dr. Dennis McCann, Estados Unidos

Profra. Dra. Elsie McKee, Estados Unidos

Profr. R. Peter Opitz, Suiza

Profr. Dr. Seong-Won Park, Corea del Sur

Profr. Dr. Dirk Smit, Sudáfrica

Profr. Dr. Christoph Stückelberger, Suiza

Rev. Dr. Jean-Pierre Thévenaz, Suiza

Profr. Dr. Lukas Vischer, Suiza

  • PARTICIPACIÓN E IDENTIDAD DE LAS MUJERES PENTECOSTALES EN MÉXICO, 1920-1945

Deyssy Jael de la Luz García
Deyssy Jael de la Luz García es licenciada en Historia por la Facultad de Estudios Superiores Acatlán-UNAM. A partir de marzo de 2005 es becaria del Programa de Becas para Estudiantes Distinguidos 2005 que otorga el Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana (INEHRM- Segob).

Actualmente es la presidenta de la Red Mexicana de Estudios del Protestantismo (Remepro), organismo que se ha propuesto aglutinar a la nueva generación de estudiosos de esta tradición religiosa. El texto que sigue es la ponencia que presentó en el XXVI Encuentro Nacional de Estudiantes de Historia, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, en noviembre de 2003.
Resumen

El siguiente trabajo es un estudio histórico de género dentro de una de las iglesias clásicas del movimiento pentecostal en México, la Iglesia de Dios (actualmente Iglesia de Dios en la República Mexicana), en la cual abordó la relación entre participación e identidad femenina y su vinculación con las relaciones de poder al internas.

Tomando en cuenta que desde sus inicios el pentecostalismo se ha caracterizado, fundamentalmente, por una marcada teología regida por los preceptos de “Cristo salva, sana, bautiza con Espíritu Santo y viene otra vez” y la practica de los carismas o dones del Espíritu Santo (hablar en otras lenguas –la glosolalia-y la sanidad divina primordialmente), se han considerado para este estudio, como base teórica, algunos aspectos antropológicos sobre la conversión y la identidad religiosa. En base a ello propongo que la conversión ha sido parte fundamental en la creación de nuevos valores y conductas (evidencias externas de la identidad religiosa), los cuales han repercutido en la vida cotidiana de las mujeres pentecostales no sólo en el presente, sino también en el pasado como se intenta demostrar en este trabajo.

Para esta investigación consulté documentos de archivo, testimonios, crónicas y memorias de la Iglesia de Dios donde mujeres dejaron constancia de su presencia. La importancia de dicha Iglesia descansa en que fue una de las pioneras del pentecostalismo en nuestro país. Además debo señalar que la mayoría de mujeres que formaron parte de ésta oferta religiosa, tuvieron contacto y participación directa con dicha Iglesia cuando estuvo afiliada a dos Iglesias de doctrina pentecostal norteamericanas : Las Asambleas de Dios (Springfield, Missouri) entre 1926 y 1929, y con la Iglesia de Dios (Cleveland, Tennesse) en 1943.
Planteamiento del problema
Dios me había dado un maravilloso llamamiento para traer el Evangelio completo a México, y no podía tener descanso hasta que obedecí esta (sic)voz de Dios.

Testimonio de Ana Sanders en Gavillas Doradas


Arriba

Mi madre, al ser salva sintió la carga de la gente que la siguió en tres templos espiritistas, y prometió regresar a México para dar testimonio del poder de Dios.

Lo que oí, lo que vi, lo que viví, memorias de Eloísa Armenta
Estos fragmentos pertenecen a dos mujeres distintas: una misionera danesa, Ana Sanders y una migrante mexicana, Eloísa Armenta. Ambas fueron parte movimiento pentecostal en México durante las primeras décadas del siglo XX y como ellas, otras tantas mujeres encontraron que la fe pentecostal les dio una razón de ser y un sentido a su vida cuando experimentaron la resolución a sus problemas inmediatos y enfermedades1, y a su vez, asimilaron que su vida era importante por el valor, simbólico, que Cristo les había dado al cambiar su existencia y hacerlas portadoras de su Palabra.

El objetivo de este trabajo es lograr un acercamiento histórico a la participación e identidad femenina dentro del pentecostalismo para entender si en los aspectos mencionados, las mujeres encontraron un sentido y dignificación2 a su vida personal o sólo al trabajo que representaron y desarrollaron dentro de sus iglesias. De tal forma que las preguntas guía son: ¿Cómo se consideraron a sí mismas las pentecostales? ¿Encontraron un significado para su vida a través del mensaje pentecostal? ¿Qué era lo que las motivó a trabajar y propagar su creencia? ¿Se sintieron dignificadas con el trabajo realizado?

Se propone que si las mujeres al adoptar la fe pentecostal encuentran en el templo un espacio público en donde pueden ser escuchadas abiertamente, como propone Carlos Garma,3 es porque “han encontrado que su experiencia religiosa personal les ofrece nuevos sentimientos, significados, valores y modelos de comportamiento en un esfuerzo por alcanzar niveles de vida distintos, idealmente más plenos en lo emocional y lo material, que los que han vivido.”4 Además, al entrar en contacto con otras personas que comparten su itinerario de vida y su “testimonio de salvación”, las mujeres se sienten parte de un grupo unido bajo los mismos intereses religiosos, esperanzas en la vida presente y futura pero, primordialmente, porque tienen la oportunidad de ayudar a fortalecer las estructuras internas de su grupo o iglesia, mediante cargos que les permiten cierta actuación en puntos clave como son la oración, visitación a los necesitados, organización de eventos e incluso ser líderes en algún ministerio o ejercer el pastorado.

Sin embargo no se llega a estos cargos tan fácilmente, pues las mujeres tienen que “demostrar” un cambio de vida real que inicia desde la conversión -prueba individual que Cristo vive en el corazón de la persona-, después hacer notorio un testimonio público en la congregación que es el bautismo, compartir la Santa Cena y adquirir un compromiso voluntario de propagar su fe a otros a través de un servicio o ministerio. Aquí no hay límite de tiempo, pero entre más se colaboré en las actividades locales de la iglesia y la mujer muestre una disposición a trabajar en lo que sea para “servir a Dios”, los líderes eclesiásticos podrán tomarla en cuenta.

En ocasiones, el cargo que llegan a ocupar se encuentra ceñido por normas que deben cumplir como muestra de obediencia a Dios y sujeción a los dirigentes, con el fin de dar “buen testimonio a los demás”. Por ejemplo, si la aspirante vive en “unión libre” con su pareja –es decir, que no está casada-, debe “arreglar su vida delante de Dios”,vestirse, comportarse y hablar honestamente a modo que refleje su diferencia de las demás mujeres que “aún no han conocido a Dios”. Si la mujer decide hacer voluntariamente lo que se le aconseja, su identidad personal se va modificando de tal manera que va reflejando en su vestimenta, comportamiento, amistades y forma de vida un cambio de vida emanado de las enseñanzas bíblicas.

Para que se genere ese cambio, desde el inicio del movimiento pentecostal, las autoridades del grupo o iglesia han exhortado o aconsejado mediante sermones, estudios bíblicos o enseñanzas de la vida cotidiana a las feligreses, con el fin de que ellas encuentren en su fe una valoración en sí mismas por sentirse “útiles en la obra de Dios” y una dignificación al perfilarse, conciente o inconscientemente, como ejemplos a seguir por otras mujeres que aspiran a los mismos cargos o se identifican con ellas. Así pues, participación e identidad crean ciertos valores entre las mujeres pentecostales, tanto exterior -el atuendo y el lenguaje- como interiormente -cambio de conducta y expresiones propias de su fe que repercuten en su entorno- por la labor ministerial desempañada.
La conversión

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l aceptar una fe distinta al catolicismo, los conversos pentecostales tuvieron que experimentar que su creencia era efectiva. Es decir, que no sólo ofrecía algo individual, sino que pudiera dar constancia a los demás de que lo que predicaban y practicaban tenía un sustento real. Por ello en testimonios de conversión al pentecostalismo, tanto de emigrantes que estuvieron en algunos estados norteamericanos a principios del siglo XX5 como de mexicanos que aceptaron ese mensaje como eje regidor de su vida, encontramos que la experiencia personal acompañada de alguna señal sobrenatural, fue el sustento para compartir con otros lo que habían experimentado. He aquí un relato de conversión:

“Hacia mucho tiempo que venía padeciendo de ataques Epilépticos[...]Esto era motivo de gran sufrimiento de parte mía y de mis familiares. Mis padres tenían un gran cuidado de mí, porque a veces caía en el fuego o en lugares peligrosos, poniendo en inminente peligro mi vida. Mi padre me llevó con algunos médicos pero ninguno pudo sanarme, decían que mi enfermedad no tenía remedio[...] Un siervo de Dios[...] nos habló del evangelio haciéndonos saber que el Señor tiene poder para sanar toda enfermedad y que debíamos poner nuestra confianza en El. Aceptamos al Señor Jesús como nuestro Salvador y después de ayunos y mucha oración, de parte de las congregaciones de la Iglesia de Dios en estos lugares, el Señor me concedió mi completa salud el día 24 de diciembre de 1943. Muchos son testigos de mi enfermedad. En repetidas ocasiones interrumpa los cultos con mis ataques. Quizá muchos pensaron que ya era inútil seguir ayunando y orando por mí, empero gracias a Dios porque él nos ayudó a preservar con nuestra confianza puesta sólo en El.”6
Ofrecimiento del pentecostalismo a las mujeres

Más allá de experimentar un milagro personal7, que les sirvió como argumento principal para explicar del porqué de la adopción de una nueva fe, los conversos notaron que el pentecostalismo ofrecía dones como el de sanidad divina o el hablar en lenguas, los cuales daban prestigio a quienes los impartían, pero a su vez responsabilidad cuando, por medio de ellos, se efectuaba el milagro. Los dones no fueron exclusivos para los hombres, sino también para las mujeres que inicialmente contribuyeron con una fuerte labor en propagar el mensaje pentecostal.

Por ejemplo, Ana Sanders misionera de La Convención Latinoamericana de las Asambleas de Dios en la Ciudad de México, colaboró con el matrimonio Ruesga Ávila de 1921 a 1929 y su participación en la incipiente iglesia ubicada en el barrio de la Concepción (La Conchita), Tepito, fue orar por los enfermos que allí acudían; quedarse al cuidado de la grey junto con Raquel de Ruesga cuando su esposo salía de viaje; visitar en casa a los recién conversos y participar en los cultos colectivos. Más adelante cuando se estableció el Instituto Bíblico de las Asambleas de Dios en México en 1928, bajo auspicios del Concilio General de las Asambleas de Dios y de la Convención Latinoamericana, Sanders colaboró como “profesora de Sanidad Divina”8 por ser el “don” que más conocía y practicaba.

Además de estos cargos ministeriales, la danesa fue el vínculo entre los misioneros norteamericanos asambleístas y los predicadores mexicanos pentecostales cuando se requería de apoyo económico. De hecho, su labor dejó constancia cuando en 1925 fue a los Estados Unidos a recabar fondos para la compra de un terreno y la construcción del templo de La Fe en Cristo Jesús9 en la Calzada de Guadalupe, ya que se necesitaba salir del “establo de La Conchita” porque la membresía había crecido demasiado y en el Distrito Federal se estaba echando a andar una ley de pavimentación y saneamiento como parte de la política religiosa federal.10 Por ello, los cultos debían ser impartidos dentro de templos y no en casas particulares o lugares a la intemperie.

Para que Ana Sanders pudiera llevar a cabo las actividades mencionadas, tuvo que encontrar un sentido a lo que hacía y éste tenía que tener un sustento. Y de acuerdo a lo que leemos sobre su llamado y obra en México, encontramos lo que Garma destaca como cualidad valorada por la mujer protestante y pentecostal: la humildad11, aspecto en el cual Sanders encontró un soporte a su labor:
Veinte años han pasado, desde aquel día que yo con el corazón palpitante, temerosa, sola, en un País extraño, de lenguaje desconocido para mí, baje del Tren en la Capital de México, por primera vez llegada de los Estados Unidos de Norteamérica, pero mirando atrás está mi corazón lleno de amor, bondad y poder y ninguno más merece honor y gloria. Sólo El ha dado el crecimiento a la Semilla sembrada, aunque con mucha debilidad, porque después de todo no somos más que unos instrumentos en las manos del Señor, y si el instrumento se presta en las manos del Maestro, El nos puede usar.¡Gloria a El!...12
La humildad, en discurso, recaía en dar todos los meritos a Dios por haber escogido la vida de mujeres para ser portadoras de su Palabra, y para lograr tal propósito, se debía participar -como muestra de agradecimiento y amor a Dios- activamente dentro de su iglesia local, fuera de ella o a nivel nacional con un cargo ministerial.
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ctividades desarrolladas por las mujeres pentecostales


Como Anna Sanders otras mujeres, durante los años formativos -1920 y 1946- de la iglesia que estamos estudiando y del pentecostalismo en general, se sintieron “instrumentos en las manos de Dios”. Veamos de qué forma:

Fundadoras y predicadoras itinerantes como Romanita de Valenzuela y Raquel Ávila de Ruesga quienes durante la Revolución emigraron junto a sus esposos a los Estados Unidos en Los Angeles y a Dallas Texas, respectivamente. La primera regresó a su tierra, Villa Aldama, Chihuahua, en 1914 para compartir la fe pentecostal con sus familiares, siendo la fundadora de la actual Iglesia Apostólica de la Fe en Cristo Jesús.13 Raquel llegó en 1920 a la Ciudad de México con su esposo, David G. Ruesga, quien en un boletín escribió: “Dios, en su infinita misericordia me trajó [sic] a ésta C. de México para predicar la plenitud del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo en el poder del Espíritu Santo.”14 Al estar ubicados en la Colonia de los Doctores en la “ciudad de los palacios” el matrimonio Ruesga Ávila se dedicó a predicar en barrios populares de Azcapotzalco, Santa María, Jamaica, Santa Anita, Santa Julia, Valle Gómez y las Torres.15

Ya como esposa del Director del distrito centro y sur de la República Mexicana de la Convención Latinoamericana de las Asambleas de Dios hasta su muerte en 1937, Raquel organizó a las mujeres para formar vigilias de oración, asistiendo a viudas, enfermos y conversos que llegaban al templo de La Fe Cristo Jesús16 pidiendo ayuda. Su actividad tuvo la finalidad de poner en práctica un evangelio social que no sólo cubriera las necesidades “espirituales” de la gente sino, también, parte de su carencia material. Por ello, en el patio trasero del templo de La Calzada se construyeron algunos cuartos para albergar a gente que no contaba con una vivienda. Cabe mencionar que antes de su muerte “cerca de 20 familias dependían de ella económicamente.”17

María Atkinson fue un ejemplo de predicadora avivadora porque al compartir su “experiencia con Dios”, los oyentes eran sensibilizados de tal forma que estaban dispuestos a responder al llamado que exponía. Su práctica de sanidad divina le valió muchas críticas lanzadas por ministros de otras iglesias, cuando trabajaba bajo dirección de la Iglesia de Dios (Cleveland, Tennesse) en Obregón Sonora durante los treinta18, e incluso se le difamo en un artículo escrito por un ministro bautista, Carlos Cavazos, acusándole como:
La Sra. Atkinson, líder de la Iglesia de Dios, traficante de drogas, se hace pasar por misionera americana. Es una bruja que usa lentes para hacer que la gente haga cosas raras. De la misma manera, es una vieja inmoral, poseída por el demonio, adoptando un espíritu de fornicación.19
Pese a ese tipo de criticas, Atkinson no dejó de predicar y buscar la amistad de otros ministros pentecostales. Al entrar en contacto con David G. Ruesga, éste le invitó a predicar en el templo de La Calzada cuando ya se había separado de las Asambleas de Dios, logrando así, a través de Atkinson, establecer lazos más estrechos con la Iglesia de Dios del Evangelio Completo20 y preparar el terreno para una segunda alianza entre la iglesia que él lideraba y la de Cleveland en 1943.

Desde que se inició la obra pentecostal en México a cargo de la Convención Latinoamericana de las Asambleas de Dios, con el objetivo de facilitar más la propagación del evangelio y atender las necesidades de acuerdo a la edad y sexo, se reconoció como parte de los ministerios internos la labor piadosa de las mujeres bajo el nombre de “Dorcas”. 21 Esta organización femenina consistía en ser portavoz de las necesidades espirituales, materiales y económicas percibidas a su alrededor, y por otro lado, se encargaba de organizar eventos exclusivos para mujeres. En 1931 la Convención se fraccionó en dos vertientes y en la facción liderada por Ruesga, bajo el nombre de Iglesia Nacional de las Asambleas de Dios en México, las mujeres siguen con la misma labor. Ya para 1943 al unirse ésta con la Iglesia de Dios (Cleveland, Tennesse), el grupo de mujeres adopta el nombre de El Concilio Misionero Femenil como un prototipo de la estructura femenina norteamericana, sin dejar de realizar las actividades que hacían como “Dorcas”.

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l Concilio Misionero femenil estaba integrado, en su mayoría, por mujeres seculares que no tenían un cargo ministerial de fundadoras o predicadoras ordenadas, pero asistían a los cultos, participaban en la oración y la liturgia, y en sus labores diarios encontraban momentos oportunos para predicar y llevar gente a la iglesia. Su participación destacó a partir de 1944 cuando en varios estados de la República, en defensa de la Fe católica, se desató un período de persecución contra todo protestante.22 Por tal situación, varios líderes de las principales iglesias evangélicas en México, entre ellas la Iglesia de Dios, se unieron para formar el Comité Nacional Evangélico de Defensa, organismo por el cual éstas mujeres se unieron a la causa apoyando moralmente a sus “hermanos perseguidos”. Fuera de sus templos repartieron panfletos que denunciaban los actos cometidos y escribiendo telegramas, cartas a la Secretaría de Gobernación y a las autoridades locales exigiendo justicia. Además dentro de sus iglesias locales, las mujeres “misioneras” organizaron comedores comunitarios, oración por los necesitados e incluso abrieron espacios temporales en sus casas para hospedar a sus correligionarios.23

Los cargos de diaconizas y predicadoras exhortadoras fueron los nombramientos más anhelados y requeridos cuando el liderazgo masculino se veía limitado a actuar. Las diaconizas empezaron como consejeras espirituales desde la década veinte24, ya que entre las primeras conversas al pentecostalismo se encontraban viudas, mujeres con esposos alcohólicos o mujeriegos y madres solteras que necesitaban desahogar sus penas y encontrar un solución a sus problemas domésticos.25 Además de aconsejar a otras mujeres para resolver sus problemas según “la voluntad de Dios”, las diaconizas fueron misioneras temporales u obreras26; es decir, iban a los templos o misiones de la misma Iglesia a ser de apoyo cuando se requería cubrir a un pastor temporalmente o se necesitaba levantar nuevas “obras”. Dentro de sus iglesias locales, las diaconizas ayudaron a vigilar el orden y la disciplina durante los cultos o actividades y una de sus características fue que se tomaron como ejemplos a seguir por otras mujeres en su forma de orar, vestir y expresarse. Incluso, sus palabras tenían tanto peso, por haber sido pioneras en experimentar el “poder pentecostal”,27 que fueron claves en la formación de identidades y cambio de valores entre la feligresía femenina.

Las predicadoras exhortadoras se encargaban de enseñar las bases bíblicas en las cuales se sustentaba el mensaje pentecostal, con la finalidad de lograr que sus correligionarios afirmaran su fe. Éstas al igual que las diaconizas, llegaron a ostentar un cargo de ser segunda del pastor; es decir, de co-pastora28, pero sólo si habían estudiado en el seminario bíblico o hasta que obtuvieran una credencial-certificado que les acreditara como ministros femeninos ordenados, convenio que se permitió en la Iglesia de Dios hasta 194529, un año antes de la segunda ruptura que experimentaría la iglesia liderada por David Ruesga.
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