«muerto el perro…» París, 14 de Septiembre, 1936






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título«muerto el perro…» París, 14 de Septiembre, 1936
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Granada, 17 de agosto
«El vaso con la infusión ardiendo entre mis manos fue el primer estímulo que me hizo ver el peligro que corría. Quité a mi hermana el pañuelo que arrugaba con las manos y le puse entre ellas el vaso que humeante.

—Bebe con cuidado —le dije con voz queda—: aún quema.

»El luto había invadido mi casa. Las mujeres, vestidas de negro y soportando el llanto con la fuerza de toros, arrugaban el rostro como muestra de duelo por lo que Hades había traído a Fuente Vaqueros, se sentaban todas marcando el perímetro del salón. Los hombres, en pie junto a ellas y con las cabezas estudiando los baldosines, las velas bailando al son de la escasa brisa del mes de agosto... un pequeño mocoso hijo de alguna de las vecinas, metía sus narices por una ventana. El cura se había negado a venir.

El centro del salón vacío, a excepción del féretro expuesto, con la cama última del yaciente que se encontraba desocupada... no volveríamos a ver más a mi cuñado. Su cuerpo no se había podido recuperar, nos dijeron.

»Habían asesinado al esposo de mi hermana. Un tiro en la cabeza para que se dejase de socialismos y libertades. La democracia había comenzado a morir con mi cuñado, primer portaestandarte caído de la voluntad popular, y ni siquiera podríamos enterrarlo.

Plomo había acabado con él y como plomo había quedado.

Mi hermana bebía la infusión, sin notar su ardor, mientras mi madre la animaba a tragar cada rato un poco más.

»La noticia nos había golpeado esa mañana. Yo aún no la había asumido y dudaba poder hacerlo algún día: los párpados me pesaban, el sueño me mecía… A lo largo del día había actuado con normalidad; todos lo habíamos hecho a pesar del sufrimiento; el apoyo que nos presentaban vecinos y amigos, frías palabras de sentimientos vanos, nos ayudaba a distraer la mente, los que nos daban el pésame lo hacían pensando en el futuro que nos esperaba, ellos también eran socialistas, fueron los únicos que vinieron.

Me agaché para besar en la frente a mi hermana. El tacto que percibieron mis labios fue húmedo. Gotas de sudor perlaban su frente.

Entonces escuché la voz de mi padre tras de mí.

—Ven, hijo.

»Me incorporé y lo seguí fuera del salón, hacia la calle, lejos del tumultuoso silencio que poblaba mi casa. Allí, sintiendo cómo el calor abandonaba las calles, y la madrugada traía frescas brisas, me preparé para escuchar las palabras que llevaba días esperando oír en boca de mi progenitor.

—Federico… he dejado en tu armario un sobre con dinero. Cógelo, mételo en una maleta y márchate. Vete fuera de España, tendrás para más de un mes con lo que te he dejado… he oído que sólo Fuente Vaqueros y Víznar están libres de falangistas y guardias civiles, vete en cuanto lo tengas todo preparado…

Guardé silencio y negué con la cabeza, con media sonrisa en los labios.

—No, padre… ¿Qué le van a hacer a un escritor? —intenté reír—. Ahora quiero estar con mi hermana y velar con ella. Quiero sentarme con ella en el entierro.

— ¿Estás mal de la cabeza? —Me aseveró, arrugando el rostro como si le hubiesen dado un palo en el estómago—. ¡Se están quitando de en medio a alcaldes como tu cuñado, a artistas del tres al cuarto y al más mínimo opositor que encuentran! ¿Crees que a ti te van a dejar indemne?

»No dije nada… permití que siguiese con su discurso y, cuando volví a negarme, me alzó la mano dispuesto a abofetearme. Como cuando yo era niño.

No lo hizo.

Sólo me llamó testarudo y me abrazó con fuerza. El abrazo se deshizo como un nudo pasado por el sol, y se marchó a liarse un cigarro, evitando que lo viese llorar.

No me iré. No seré más motivo de burlas, no heriré más al honor que me dicta quedarme junto a los míos…

…Y me quedé solo en la calle, con los ojos cerrados, respirando aquél aroma a montaña apenas perceptible, perfume del pueblo que me dio el pecho, fragancia de mi Andalucía… Sabía que aquella podía ser la última vez que la tranquilidad propiciase el momento de disfrutar cada detalle.

Qué bien lo sabía.»

Granada, 18 de agosto
«Mi cuerpo era un guiñapo encogido en el suelo del calabozo. Los rizos empapados cubriendo mi frente, culpa del cubo de agua que nos habían vertido encima para despertarnos, si por lo menos hubiese sido fresca; la camisa de seda con la que me habían detenido en mi casa, manchada por inmundicia de la celda, sacados los harapos del pantalón y con las mangas sin abrochar; en mi resistencia, ante los ojos llorosos de mi familia tras recibir mi beso lanzado, había perdido un zapato.

El joven soldado hizo que los dos banderilleros con los que había compartido noche se levantasen. Habían permanecido despiertos en el lado opuesto del calabozo que habíamos ocupado el maestro de la escuela, al que también habían encerrado, y yo.

»Don Dióscoro, el maestro, parecía haber visto alguna de mis obras de teatro y haberse aprendido casi de memoria muchos de mis versos. Pudimos hablar con la tranquilidad que el miedo nos permitía. Dijo que le gustaba enseñar a sus alumnos poesía con mis trabajos; dijo que sintió orgullo y valentía cuando vio mi Mariana Pineda. Dijo que me admiraba, que había pensado acercarse alguna vez a Fuente Vaqueros para enseñarme sus relatos, que él también intentaba escribir… aunque sin mucho éxito…

— ¿Qué será ahora de sus niños, maestro? ¿Qué querrán estos que aprendan? ¿A qué poetas leerán?

Los dos banderilleros, a pesar de haber sido invitados por el maestro a acercarse a nosotros decidieron lamentarse entre ellos, siempre lejos de mí.

—Este es el maricón —les escuché decir para justificarse por su distanciamiento.

¿Qué sabrían todos ellos?

— ¡Venga arriba, rojos de mierda! —nuestro carcelero había decidido que ya estaba bien de charlas.

»Nos levantamos con la rapidez que pudimos, deseosos de no ganar aquella mañana más puñetazos como el que me había partido el labio durante la detención. Le seguimos fuera del calabozo, ansiando no ser el objetivo de los varazos de un falangista de orejas de soplillo que parecía dirigir al resto de los militares del cuartelillo.

Salimos del edificio en fila de a uno, las manos esposadas y las cabezas gachas para no retar con la mirada, a pesar de nuestra humillación, a los hombres que no dudarían en darnos más patadas como lo habían hecho la noche anterior.

Yo apenas podía andar.

»Algo en el costado me perforaba al moverme y agotaba mi respiración. Sabía que parte era mi angustia, el miedo más absoluto que había comenzado a pudrirme por dentro. Pero era también dolor físico. El pulmón derecho emitía un leve gorgoteo cada vez que inspiraba, antes de empezar a inhalar ya quería exhalar…

Nos conducían cuatro soldados rasos y un sargento excesivamente sonriente a un paradero que desconocíamos. Aunque el maestro me abrió los ojos.

—Ha sido un placer compartir esta última noche con usted —me dijo el Dióscoro, con una sonrisa cargada de pesar—. Si mi hija llega a saber que he dado el paseíllo con García Lorca, sabrá que he muerto feliz.

¡Qué entereza y frialdad al hablar sobre un final que nunca imaginé tan próximo! Al contrario que ese hombre que me mostraba tanta admiración, yo me eché a llorar como un crío.

— ¡Manténgase recto Federico! No les conceda el placer de contar cómo lloró Federico García Lorca. —Dióscoro obtenía su ánimo del que me daba a mí.

»Nos sacaron del pueblo por caminos que servían de lindes a campos y olivares, las aceitunas arrugadas como pasas esperaban el milagro de la lluvia, y yo, arrugado como ellas, esperaba que no fuera cierto lo que estaba viviendo. Aún no era plenamente consciente de lo que me aguardaba, conservaba un halo de esperanza en mi salvación.

Quizás Azaña supiese de mi situación. Quizás mi padre consiguiese un salvoconducto. Quizás…

»Por un momento dejaron de importarme los tres hombres que iban a morir conmigo y experimenté un egoísmo que al momento me hizo pensar si merecía realmente vivir. Me daba igual si ellos no sobrevivían… Quien tenía que escapar de allí, era yo. Pero no ocurrió nada.

Andamos no más de dos horas, los pies me pedían parar.

Estaba agotado y, de nuevo, la impotencia y otra vez el pavor asomaron a mi lacrimal en forma líquida. Pero conseguí reprimirme e instintivamente pensé en los míos… ¿Cuánto daño les iba a hacer mi muerte? ¿Cómo iba a quedar mi hermana con dos entierros sobre la espalda tan seguidos?

Y sin quererlo, pensé en ellos dos: Luis y Salvador.

¿Qué estarían haciendo? ¿Estarían riendo en un café de Montmartré con artistas del país vecino? ¿Sentirían mi marcha? ¿Luis se regocijaría? ¿A Salvador le resultaría indiferente?

»Y cuando estuve a punto de caer de rodillas incapaz de seguir, junto a un murillo hecho con piedras, tierra y sudor, el falangista, que levantó su visera al tiempo que se detenía, dio el alto.

—Vamos, “colocaros”—nos vociferó.

El maestro, con una tranquilidad pasmosa, algo que es imposible de fingir en un momento tan trágico, se colocó de espaldas al muro, enfrentado a los otros cuatro soldados que se habían dispuesto ante nosotros.

»Para que los dos banderilleros hiciesen lo mismo, el sargento los empujó con la punta de su arma, a uno de ellos le aplastó la nariz con la culata de un solo golpe, los dos cayeron de rodillas implorando por sus vidas, las lágrimas mezcladas con mocos y sangre no conseguían que los verdugos cambiasen de opinión. La sangre del banderillero se mezcló con la tierra pálida del olivar en el que estábamos. Después, al lado de un olivo, me coloqué yo. No caí de rodillas como ellos porque el viejo y retorcido y centenario tronco color de lagarto me lo impidió.

Las piernas me comenzaron a temblar.

Uno de los soldados cargó su escopeta con un sonido metálico que me provocó un nudo en la garganta cual soga en la horca.

El maestro, puño en alto, comenzó a cantar la internacional.

La sangre del banderillero corrió hasta mis pies.

El sargento nos miró como bichos a los que era necesario matar.

»Nos taparon los ojos con pañuelos mugrientos, el maestro se negó. Deseé tener las manos libres para poder agitar el mío en señal de rendición, quería retractarme, quería prometer no volver a hacer lo que sea que hubiese hecho.

Oscuridad y susurros tras la venda, el hedor de la tierra al humedecerse con la sangre me hizo recuperar el control de mis sentidos.

»Resucitó una vanagloria en mi pecho que ya creía extinta. Las palabras del sargento, sonaron con mayor claridad en mis oídos que cualquiera de las que habían dicho momentos antes los soldados, fueron el capote rojo que enciende al toro.

—Ya sabéis qué hacer con el maricón.

¿Qué sabrían todos ellos?

Una bola de fuego me subió por la garganta hasta que mi voz rota, rugió en aquél camino hacia Víznar llena de desesperación. Sólo una palabra vino a mi mente, seguro que mis ejecutores ni la conocían:

—¡¡PANSEXUALIDAD!!

Casi a la par tronó otra voz:

— ¡Fuego!

»Sentí en el pecho, ahí donde palpita la bomba de vida, un estallido que me dejó sin respiración. Experimenté esa sensación de fuego que sientes antes de ahogarte; y un dolor punzante, afilado y violento paralizó mis brazos y piernas.

Perdí las fuerzas con las que había comprimido cada músculo hasta ese momento y, sin importarme, obedeciendo al estímulo, orín caliente me empapó los pantalones y el dolor de la situación se unió al placer que sentí al desahogarme encima.

»Cuando el pitido de oídos que los disparos me habían dejado cesó; escuché cómo mis tres compañeros de suplicio se desplomaban a la vez.

Yo, el último alfil en pie, con la banda a los ojos, acabé cayendo al suelo también para sentir por fin que los pulmones me detonaban al intentar filtrar algo de aire, sentí el peso de miles de represaliados cargado sobre mi pecho, sentí la carga de todos los apartados de la sociedad entre mis pulmones, sentí mi caída sobre mis pantalones manchados y calientes, sentí cómo mi sangre espesa y ardiente no salía de mi cuerpo, sentí cómo poco a poco dejaba de llegar a mis extremidades y paulatinamente comencé a sentir frío.

La sangre no salía de mi cuerpo, pero tampoco circulaba por él…

Escuché los gritos de confusión del falangista y sus subordinados.
— ¿Quién le ha disparado a este? ¡Me cago en Dios! Como lo hayáis matado olvidad los treinta duros.

Alguien rápidamente me retiró con brusquedad la venda.

»Vi, tras una niebla espectral, cómo el soldado encargado de matarme sacaba las balas de su arma y demostraba ante el sargento no haber disparado. Vi los cuerpos de los banderilleros y del maestro con las ropas perforadas, el escarlata comenzaba a teñir sus camisas. Vi que mi pecho seguía limpio.

Comprendí que no hubo disparos, supe que no hubo ejecución… me supe engañado.

Sólo la traición de mi propio corazón había detenido mi reloj en aquél instante.

En mi último intento de respirar percibí el olor a pólvora y al exhalar, emití un leve susurro que pudo escuchar el Falangista.

—¡… Me has hecho libre…!»

—Démosle café. Eso es lo que dijo Queipo. —Aseveró el oficial, que sacó su Luger de la cartuchera y descargó cuatro tiros sobre el cadáver de Federico.

Cuatro balazos a un hombre que ya había muerto, hicieron eterno a Federico García Lorca.


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