Dan Brown






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Dan Brown



La Fortaleza Digital

Título original: Digital Fortress


Nota del autor
Para La fortaleza digital, mi primera novela, elegí como escenario mi ciudad europea preferida: la adorable Sevilla. Viví en ella un año entero, durante mi época de estudiante en la Universidad de Sevilla, en un piso de la plaza de Cuba. Desde allí veía a los remeros del Guadalquivir y me encantaba. Durante aquel año, me enamoré de la ciudad y sobre todo de su gente. De hecho, después he regresado allí en otras cuatro ocasiones, que es más de lo que he vuelto a visitar ninguna otra ciudad de Europa. He llevado a mis padres y a mi familia a conocer Sevilla y hasta he aprendido a bailar sevillanas. De igual modo que mi ciudad natal en Estados Unidos, Sevilla tiene aspectos maravillosos y otros que no lo son tanto. Como novelista, procuro destacar por igual los elementos negativos como los positivos para dotar de intensidad a la trama... Y lo hago con enorme pasión y amor hacia la tierra de
España y los españoles.

Para mis padres…

Mis mentores y héroes

Quiero expresar mi gratitud a mis editores de St. Martin’s Press, Thomas Dunne y la excepcionalmente talentosa Melissa Jacobs. A mis agentes en Nueva York, George Wieser, Olga Wieser y Jake Elwell. Y a todos aquellos que leyeron el manuscrito y colaboraron conmigo. Y en especial a mi mujer, Blythe, por su entusiasmo y paciencia.

Expreso también mi agradecimiento discreto a los dos ex criptógrafos sin rostro de la NSA* que me prestaron una ayuda de incalculable valor mediante reenvíos anónimos de correos electrónicos. Sin ellos no hubiera podido escribir este libro.





Prólogo

PLAZA DE ESPAÑA

SEVILLA

11:00 A.M.

Dicen que cuando mueres todo se te revela. Ensei Tankado supo entonces que era cierto. Mientras se llevaba las manos al pecho y caía al suelo presa de un dolor insoportable, comprendió su horrible equivocación.

Varias personas se congregaron en torno suyo con la intención de auxiliarle, pero Tankado no quería ayuda. Era demasiado tarde.

Tembloroso, levantó la mano izquierda con los dedos extendidos. ¡Mirad mi mano! Las caras que le rodeaban miraron, pero se dio cuenta de que no entendían lo que intentaba comunicar.

En un dedo llevaba un anillo de oro grabado con una inscripción. Por un instante, la sortija centelleó bajo el sol de Andalucía. Ensei Tankado supo que sería la última luz que vería.

1

Estaban en las montañas, en su albergue favorito. David le sonreía.

— ¿Qué dices, bonita? ¿Te quieres casar conmigo?

Recostada sobre la cama con dosel, ella levantó la vista, convencida de que era el hombre de su vida. Para siempre. Mientras escudriñaba sus profundos ojos verdes, una campana ensordecedora empezó a tañer en la distancia. Se lo llevaba. Extendió las manos, pero sólo aferraron aire.

Fue el timbre del teléfono lo que arrancó por completo a Susan Fletcher de su sueño. Lanzó una exclamación ahogada, se sentó en la cama y buscó a tientas el aparato.

— ¿Hola?

—Susan, soy David. ¿Te he despertado?

Ella sonrió y rodó en la cama.

—Estaba soñando contigo. Ven a jugar.

Él rió.

—Aún está oscuro.

—Mmmm. —Ella emitió un ronroneo sensual—. En ese caso, ven a jugar de inmediato. Podemos dormir un poco antes de dirigirnos al norte.

David exhaló un suspiro de frustración.

—Por eso llamo. Es por nuestra excursión. Tenemos que aplazarla.

— ¡Cómo! —protestó Susan.

—Lo siento. He de hacer un viaje. Volveré mañana. Partiremos temprano. Aún nos quedarán dos días.

—Pero ya he reservado nuestra habitación de siempre en Stone Manor —protestó Susan.

—Lo sé, pero...

—Se suponía que esta noche iba a ser especial, para celebrar nuestros primeros seis meses. Te acuerdas de que estamos comprometidos, ¿verdad?

—Susan —suspiró David—. Ahora no puedo ir, me está esperando un coche. Te llamaré desde el avión y te lo explicaré todo.

— ¿Avión? —repitió ella—. ¿Qué pasa? ¿Por qué la universidad...?

—No es la universidad. Ya te lo explicaré más tarde. He de irme. Me están esperando. Te llamaré. Te lo prometo.

— ¡David! —gritó—. ¿Qué...?

Pero era demasiado tarde. David había colgado.

Susan Fletcher estuvo despierta durante horas, esperando a que la llamara. El teléfono no sonó en ningún momento.

Aquella tarde, Susan estaba sentada en la bañera, decepcionada. Se sumergió en el agua jabonosa y trató de olvidar Stone Manor y las Smoky Mountains. ¿Dónde puede estar? ¿Por qué no me ha llamado?

Poco a poco, el agua se entibió y luego se enfrió. Estaba a punto de salir cuando su teléfono inalámbrico cobró vida. Susan se incorporó como impulsada por un resorte y salpicó el suelo de agua cuando cogió el aparato que había dejado encima del lavamanos.

— ¿David?

—Soy Strathmore —contestó la voz.

Susan se derrumbó.

—Oh. —Fue incapaz de disimular su decepción—. Buenas tardes, comandante.

— ¿Esperabas la llamada de un hombre más joven?

A Strathmore se le escapó una risita.

—No, señor —dijo Susan, avergonzada—. No es lo que...

—Claro que sí. —El hombre rió—. David Becker es un buen partido. No lo dejes escapar.

—Gracias, señor.

La voz del comandante adoptó de repente un tono serio.

—Susan, llamo porque necesito que vengas aquí. Ya.

Susan trató de concentrarse.

—Es sábado, señor. Normalmente...

—Lo sé —dijo el hombre con calma—. Se trata de una emergencia.

Susan se incorporó. ¿Emergencia? Nunca había oído esa palabra en labios del comandante Strathmore. ¿Una emergencia? ¿En Criptografía? No podía imaginárselo.

—Sí, señor. —Hizo una pausa—. Iré lo antes posible.

—Date prisa.

Strathmore colgó.

Susan Fletcher estaba envuelta en una toalla, y de su cuerpo caían gotitas sobre las prendas dobladas con todo esmero que había preparado la noche anterior: pantalones cortos de excursión, jersey para las noches frías de la montaña y la nueva ropa interior que había comprado para la ocasión. Deprimida, se acercó al ropero para buscar una blusa limpia y una falda. ¿Una emergencia? ¿En Criptografía?

Mientras bajaba la escalera, Susan se preguntó si el día podría empeorar más.

Estaba a punto de descubrirlo.

2

A nueve mil metros de altura sobre un océano en calma, David Becker miraba por la ventanilla ovalada del Learjet 60, desolado. Le habían dicho que el teléfono de a bordo no funcionaba, y no había podido llamar a Susan.

« ¿Qué estoy haciendo aquí?» —pensó malhumorado. Pero la respuesta era sencilla: había hombres a los que no podías decir no.

—Señor Becker —oyó por un altavoz—, llegaremos dentro de media hora.

Becker asintió a la voz invisible. Maravilloso. Corrió la cortinilla y trató de dormir, pero sólo pudo pensar en ella.

3

El sedán Volvo de Susan se detuvo junto a la sombra de la verja de alambrada Cyclone de tres metros de altura. Un guarda de seguridad joven apoyó la mano en el techo del vehículo.

—Identificación, por favor.

Susan obedeció y se dispuso a esperar el medio minuto habitual. El vigilante pasó la tarjeta por un escáner. Por fin, alzó la vista.

—Gracias, señorita Fletcher.

Hizo una señal imperceptible y la puerta se abrió.

A un kilómetro de distancia, Susan repitió el mismo procedimiento ante una verja igualmente electrificada. Venga, chicos... He pasado por aquí un millón de veces.

Cuando se acercó al punto de control final, un corpulento vigilante, acompañado de dos perros de ataque y provisto de una ametralladora, echó un vistazo a su matrícula y le indicó con un gesto que pasara. Siguió Canine Road doscientos veinticinco metros más y paró en el aparcamiento de empleados C. Es increíble, pensó. Veintiséis mil empleados y un presupuesto de doce mil millones de dólares. Cualquiera pensaría que podrían sobrevivir el fin de semana sin mí. Susan aparcó en su plaza reservada y apagó el motor.

Después de cruzar la terraza ajardinada y entrar en el edificio principal, pasó dos puntos de control más y llegó por fin al túnel sin ventanas que conducía a la nueva ala. Una cabina de verificación de voz le cortó el acceso.

NATIONAL SECURITY AGENCY (NSA)

SECCIÓN DE CRIPTOGRAFÍA

ACCESO RESTRINGIDO AL PERSONAL AUTORIZADO

El vigilante armado levantó la vista.

—Buenas tardes, señorita Fletcher.

Susan sonrió, cansada.

—Hola, John.

—No la esperaba hoy.

—Ni yo. —Se inclinó hacia el micrófono parabólico—. Susan Fletcher —dijo con voz clara. El computador confirmó al instante las concentraciones de frecuencias de su voz, y la puerta se abrió con un clic. Susan pasó.

El guarda miró con admiración a Susan cuando ésta se alejaba por el pasadizo de cemento. Había reparado en que la mirada de sus ojos color avellana parecía distante hoy, pero sus mejillas exhibían una frescura rubicunda, y el pelo castaño rojizo, largo hasta los hombros, parecía recién secado. Detrás de ella flotaba en el aire la fragancia de jabón Johnson para bebés. La mirada del guarda se regodeó en su esbelto torso, la blusa blanca que transparentaba el sujetador, la falda caqui larga hasta las rodillas, y por fin sus piernas... Las piernas de Susan Fletcher.

Cuesta imaginar que sostienen un Cociente de Inteligencia de 170, pensó para sí.

La siguió con la mirada durante varios minutos. Por fin, meneó la cabeza cuando ella desapareció en la distancia.

Cuando Susan llegó al final del túnel, una puerta circular, como la de una cámara acorazada, le cortó el paso. Las enormes letras anunciaban: CRIPTOGRAFÍA.

Suspiró e introdujo la mano en el escáner empotrado en la pared y tecleó su número PIN de cinco dígitos. Segundos después, la hoja de acero de doce toneladas de peso empezó a girar. Intentó concentrarse, pero no podía quitárselo de la cabeza.

David Becker. El único hombre al que había amado. El profesor más joven de la Universidad de Georgetown y brillante especialista en idiomas extranjeros, una celebridad en el mundo académico. Con memoria fotográfica innata y pasión por los idiomas, dominaba seis dialectos asiáticos, además del español, francés e italiano. Sus conferencias sobre etimología y lingüística llenaban a rebosar las aulas, y no se marchaba hasta haber contestado todas las preguntas. Hablaba con autoridad y entusiasmo, ignorando, en apariencia, las miradas adoradoras de sus alumnas.

Becker, moreno y robusto, tenía treinta y cinco juveniles años, penetrantes ojos verdes e ingenio sin igual. Su mandíbula firme y facciones bien dibujadas recordaban a Susan una talla de mármol. A pesar de su metro ochenta y algo de estatura, Becker se movía en la pista de squash con más rapidez que cualquiera de sus colegas. Después de derrotar a sus contrincantes, se refrescaba mojándose la cabeza en un surtidor y empapando su tupida cabellera negra. A continuación, todavía goteando, invitaba a su oponente a un batido de frutas y un bagel.

El sueldo de David —como era el caso de todos los profesores jóvenes— era modesto. De vez en cuando, si necesitaba renovar su carné del club de squash o cambiar las cuerdas de su vieja raqueta Dunlop, se ganaba un dinero extra haciendo traducciones para organismos gubernamentales de Washington y alrededores. Estaba realizando uno de esos encargos cuando conoció a Susan.

Una fresca mañana de otoño, al regresar Becker, después de correr, a su apartamento de tres habitaciones de la facultad, la luz del contestador automático parpadeaba. Se tomó un cuarto de litro de zumo de naranja mientras escuchaba la grabación. El mensaje se parecía a muchos que había recibido: un organismo gubernamental solicitaba sus servicios de traductor durante unas horas, aquella misma mañana. Lo único raro era que Becker nunca había oído hablar de ese organismo.

—Se llama National Security Agency —dijo Becker, cuando telefoneó a algunos colegas en busca de referencias.

La respuesta siempre fue la misma.

— ¿Quieres decir el Consejo de Seguridad Nacional?

Becker comprobó su mensaje.

—No. Dijeron Agencia. La NSA.

—No me suena de nada.

En vano Becker consultó el directorio de organismos gubernamentales. Perplejo, llamó a uno de sus viejos colegas de squash, un ex analista político que ahora trabajaba como investigador en la Biblioteca del Congreso. La explicación de su amigo asombró a David.

Por lo visto, no sólo existía la NSA, sino que la consideraban una de las organizaciones gubernamentales más influyentes del mundo. Había estado acumulando datos de inteligencia electrónica global y protegiendo información secreta de Estados Unidos durante más de medio siglo. Sólo un tres por ciento de los estadounidenses conocían su existencia. —NSA —bromeó su amigo —quiere decir «No Somos tal Agencia».*

Becker, con una mezcla de aprensión y curiosidad, aceptó la oferta de la misteriosa agencia. Recorrió en coche los cincuenta y cinco kilómetros que distaba el cuartel general de cuarenta y cuatro hectáreas, oculto en las colinas boscosas de Fort Meade, Maryland. Después de pasar interminables controles de seguridad y recibir un pase holográfico válido por seis horas, le acompañaron a unas lujosas instalaciones destinadas a tareas de investigación, donde le dijeron que pasaría la tarde proporcionando «apoyo ciego» a la División de Criptografía, un grupo de élite de cerebrines matemáticos conocidos como rompedores de códigos. Durante la primera hora, los criptógrafos parecieron ignorar la presencia de Becker. Revoloteaban alrededor de una enorme mesa y empleaban una jerga que Becker nunca había oído. Hablaban de cifradores de flujo, generadores autocadenciados, variantes de apilamiento, protocolos de divulgación nula, puntos de unicidad. Becker observaba, perdido. Garrapateaban símbolos en papel cuadriculado, estudiaban listados de computador y se referían sin cesar al texto semejante a un galimatías que proyectaba contra una pared el proyector elevado sobre sus cabezas.

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Por fin, uno de ellos explicó lo que Becker ya había sospechado. El texto era un código, un «texto cifrado», grupos de números y letras que representaban palabras encriptadas. El trabajo de los criptógrafos consistía en estudiar el código y extraer de él el mensaje original, o «texto llano», como era llamado en la jerga que empleaban. La NSA había llamado a Becker porque sospechaba que el mensaje original estaba escrito en mandarín. Debía traducir los símbolos a medida que los criptógrafos los descifraran.

Durante dos horas, Becker tradujo un torrente interminable de símbolos mandarines, pero cada vez que los traducía, los criptógrafos meneaban la cabeza, desesperados. Ansioso por ayudar, Becker indicó que todos los caracteres poseían una característica común: también formaban parte del kanji. Al instante, se hizo el silencio en la sala. El hombre que estaba al mando, un larguirucho fumador empedernido llamado Morante, se volvió hacia Becker con incredulidad.

— ¿Nos está diciendo que estos símbolos tienen significados múltiples?

Becker asintió. Explicó que el kanji era un sistema de escritura japonés basado en caracteres chinos modificados. Había traducido del mandarín porque se lo habían pedido así.

—Está bien —dijo Morante—. Probemos con el kanji.

Como por arte de magia, todas las piezas encajaron.

Los criptógrafos se quedaron impresionados, pero no obstante, pidieron a Becker que trabajara con los caracteres sin seguir una secuencia.

—Es por su propia seguridad —explicó Morante—. De esta manera no sabrá lo que está traduciendo.

Becker rió. Pero en el acto se dio cuenta de que nadie más reía.

Cuando descifraron por fin el código, Becker no tenía ni idea de qué oscuros secretos había contribuido a revelar, pero de una cosa estaba seguro: la NSA se tomaba muy en serio el desciframiento de códigos. El cheque que llevaba en el bolsillo representaba más de un mes de sueldo de la universidad.

Cuando ya había atravesado varios puntos de control del pasadizo principal, camino de la salida, un guarda que sostenía un teléfono le cortó el paso.

—Haga el favor de esperar aquí, señor Becker.

— ¿Algún problema?

Becker no había esperado que la sesión durara tanto, e iba a llegar tarde a su partido de squash de los sábados por la tarde.

El guardia se encogió de hombros.

—La jefa de Criptografía quiere hablar con usted. Ya viene hacia aquí.

¿Jefa?

Becker lanzó una carcajada. Aún no había visto a ninguna mujer en la NSA.

— ¿Representa eso algún problema para usted? —preguntó una voz femenina tras él.

Becker se volvió y enrojeció de inmediato. Echó un vistazo a la tarjeta de identificación prendida en la blusa de la mujer. La jefa de la División de Criptografía de la NSA no sólo era una mujer, sino que además era una mujer muy atractiva.

—No —masculló Becker—. Es que...

—Susan Fletcher.

La mujer sonrió y extendió su fina mano.

Becker la estrechó.

—David Becker.

—Le felicito, señor Becker. Me han dicho que ha hecho un trabajo excelente. ¿Podríamos hablar al respecto?

Becker vaciló.

—La verdad es que tengo un poco de prisa.

Confiaba en que desdeñar a la agencia de inteligencia más poderosa del mundo no sería una estupidez, pero su partido de squash empezaba dentro de tres cuartos de hora, y tenía que cuidar su reputación: David Becker nunca llegaba tarde al squash. A clase tal vez, pero al squash nunca.

—Seré breve —sonrió Susan Fletcher—. Sígame, por favor.

Diez minutos después, Becker estaba en la cantina de la NSA disfrutando de un muffin y zumo de arándanos en compañía de la encantadora jefa de Criptografía. Pronto fue evidente para David que el cargo elevado de la mujer de treinta y ocho años no era fruto de la casualidad. Era una de las mujeres más inteligentes que había conocido.

Mientras hablaban de códigos y de desciframiento de los mismos, Becker se descubrió pugnando por no quedarse atrás, una experiencia nueva y emocionante para él.

Una hora más tarde, después de que Becker se hubiera perdido el partido de squash, y Susan hubiera hecho caso omiso de las tres llamadas que recibió por el intercomunicador, los dos no tuvieron más remedio que reír. Eran dos mentes analíticas, inmunes en teoría a encaprichamientos irracionales, pero de alguna manera, mientras hablaban de morfología lingüística y generadores de cifras seudofortuitos, se sentían como un pareja de adolescentes enamorados.

Susan no llegó a revelar el verdadero motivo de que hubiera querido hablar con David Becker: ofrecerle un puesto a prueba en la División de Criptografía Asiática. Estaba claro, a juzgar por la pasión con que hablaba de la enseñanza el joven profesor, que nunca dejaría la universidad. Susan decidió no estropear la atmósfera cordial hablando de trabajo. Se sentía de nuevo como una colegiala. Nada iba a estropearlo. Y así fue.

El inicio de su relación fue pausado y romántico: escapadas clandestinas cuando sus horarios lo permitían, largos paseos por el campus de Georgetown, capuchinos nocturnos en Merlutti’s, conferencias y conciertos ocasionales. Susan se descubrió riendo más de lo que creía posible. Daba la impresión de que no había nada que David no fuera capaz de convertir en un chiste. Le hacía olvidarse del trabajo absorbente que realizaba en la NSA.

Una fresca tarde de otoño estaban sentados en las gradas de un estadio, viendo al equipo de fútbol de Georgetown recibir una paliza de Rutgers.

— ¿Qué deporte dijiste que practicabas? —bromeó Susan—. ¿Calabaza?

—Es como zucchini—explicó él—, pero la pista es más pequeña.

Susan le dio un empujón.

El extremo izquierdo de Georgetown lanzó un córner que salió por la línea de fondo, y el público le abucheó. Los defensas volvieron corriendo a su campo.

— ¿Y tú? —preguntó Becker—. ¿Practicas algún deporte?

—Soy cinturón negro en bicicleta estática.

Becker se encogió.

—Prefiero deportes en los que puedes ganar.

Susan sonrió.

—Te gusta ganar, ¿verdad?

El mejor defensa de Georgetown interceptó un pase, y las gradas estallaron en vítores. Susan se inclinó hacia delante y le susurró a David al oído.

—Doctor.

Él se volvió y la miró confuso.

—Doctor —repitió Susan—. Di lo primero que te venga a la cabeza.

Becker parecía dudoso.

— ¿Asociaciones de palabras?

—Procedimiento habitual de la NSA. He de saber con quién estoy. —Le miró con severidad—. Doctor.

Becker se encogió de hombros.

—Seuss.

Susan le miró con el ceño fruncido.

—De acuerdo. A ver esta otra: cocina.

Becker no vaciló.

—Dormitorio.

Susan enarcó las cejas con coquetería.

—Bien... Gato.

—Tripa —replicó Becker.

— ¿Tripa?

—Sí. Tripa de gato. De la que están hechas las raquetas de squash que utilizan los campeones.

—Muy agradable —gruñó ella.

— ¿Tu diagnóstico? —preguntó Becker.

Susan pensó un momento.

—Eres un fanático del squash infantiloide y sexualmente frustrado.

Becker se encogió de hombros.

—Creo que tienes razón.

Su idilio continuó así durante semanas. Mientras tomaban los postres en cenas que se prolongaban hasta altas horas de la noche, Becker no dejaba de hacer preguntas.

¿Dónde había estudiado matemáticas?

¿Cómo ingresó en la NSA?

¿Por qué era tan cautivadora?

Susan se ruborizó y admitió que sus atributos femeninos habían tomado su tiempo para desarrollarse. Larguirucha y desmañada, con corrector dental al final de la adolescencia, contó que su tía Clara le había dicho en una ocasión que Dios, a modo de disculpas por la falta de atractivo de Susan, le había dado una gran inteligencia. Una disculpa prematura, pensó Becker.

Susan explicó que su interés por la criptografía había empezado en el instituto. El presidente del club de informática, un altísimo alumno de octavo llamado Frank Gutmann, le había escrito a máquina un poema de amor, codificándolo con un sistema de sustitución numérica. Susan le suplicó que se lo tradujera. Frank se negó, a modo de flirteo. Ella se llevó el código a casa y se pasó despierta toda la noche, con una linterna debajo de las sábanas, hasta que adivinó el secreto: cada número representaba una letra. Descifró con meticulosidad el código y vio asombrada que los números, en apariencia fortuitos, se convertían como por arte de magia en una hermosa poesía. En aquel instante, supo que se había enamorado. Los códigos y la criptografía serían su vida.

Casi veinte años después, tras obtener el máster en matemáticas en la Universidad Johns Hopkins y estudiar teoría de números en el MIT con una beca, presentó su tesis doctoral, Métodos criptográficos, protocolos y algoritmos para aplicaciones manuales. Por lo visto, su director de tesis no fue la única persona que la leyó. Poco después, Susan recibió una llamada telefónica y un billete de avión, cortesía de la NSA.

Todo el mundo relacionado con la criptografía conocía la existencia de la NSA. Era el hogar de las mejores mentes criptográficas del planeta. Cada primavera, cuando las firmas del sector privado se lanzaban sobre las nuevas mentes más brillantes del mercado laboral, y ofrecían salarios obscenos y opciones sobre acciones, la NSA vigilaba con atención, seleccionaba sus objetivos, hacía acto de aparición y doblaba la mejor oferta. Lo que la NSA quería, la NSA lo compraba. Susan, temblorosa de impaciencia, voló al aeropuerto internacional Dulles de Washington, donde la recibió un chofer de la NSA, que la trasladó a Fort Meade.

Había cuarenta y una personas más que habían recibido la misma llamada telefónica aquel año. Con veintiocho años, Susan era la más joven. También era la única mujer. La visita resultó ser más una exhibición de relaciones públicas y una batería de tests de inteligencia que una sesión informativa. Susan y otros seis candidatos fueron invitados a regresar a la semana siguiente. Aunque vacilante, volvió. Separaron al grupo de inmediato. Fueron sometidos a tests de poligrafía individuales, investigaciones de su pasado, análisis de su caligrafía e interminables horas de entrevistas, que incluían preguntas grabadas sobre sus preferencias y prácticas sexuales. Cuando el entrevistador preguntó a Susan si había copulado con animales, estuvo a punto de tirar la toalla, pero su atracción por el misterio pudo más, la perspectiva de trabajar en la vanguardia de la teoría de los códigos, entrar en el «Palacio de los Enigmas» y convertirse en miembro del club más secreto del mundo: la Agencia Nacional de Seguridad.

Becker estaba fascinado por sus historias.

— ¿De veras te preguntaron si habías copulado con animales?

Susan se encogió de hombros.

—Parte de la rutina de investigar los antecedentes.

—Bien... —Becker reprimió una sonrisa—. ¿Qué dijiste?

Ella le dio una patada por debajo de la mesa.

— ¡Dije que no! Y hasta anoche, era verdad.

A los ojos de Susan, David era el hombre perfecto. Sólo tenía una cualidad desafortunada. Cada vez que salían, insistía en pagar la cuenta. Detestaba verle dejarse todo un día de sueldo en una cena para dos, pero Becker era inflexible. Susan aprendió a dejar de protestar, pero no dejaba de molestarle. Gano más dinero del que necesito, pensaba. Yo debería pagar.

No obstante, Susan decidió que, aparte del anticuado sentido de la caballerosidad de David, era el hombre ideal. Era solidario, inteligente, divertido, y sobre todo, estaba muy interesado en su trabajo. David exhibía una curiosidad insaciable, ya fuera en visitas al Smithsonian, paseando en bicicleta, o cuando quemaba los espaguetis en la cocina de Susan. Ella contestaba a las preguntas que podía y le proporcionaba una visión de conjunto de la NSA. Lo que David oía le embelesaba.

Fundada por el presidente Truman cuando pasaba un minuto de mediodía del 4 de noviembre de 1952, la NSA había sido la organización de inteligencia más clandestina del mundo durante casi cincuenta años. Las siete páginas de principios doctrinales de la NSA desplegaban un programa muy conciso: proteger las comunicaciones del Gobierno de Estados Unidos e interceptar las comunicaciones de potencias extranjeras.

El tejado del edificio principal de operaciones de la NSA estaba sembrado de más de quinientas antenas, incluyendo dos enormes radomos que parecían pelotas de golf gigantescas. El mismo edificio era inmenso. Su superficie ocupaba más de sesenta mil metros cuadrados, dos veces el tamaño del cuartel general de la CIA. El complejo albergaba veinticinco kilómetros de cable telefónico y veinticuatro mil metros de ventanas siempre cerradas.

Susan habló a David de COMINT, la división de reconocimiento global de la agencia, el increíble agrupamiento de instalaciones de escucha, satélites, espías y servicios de grabación de comunicaciones en todo el mundo. Cada día se interceptaban miles de mensajes y conversaciones, y todos eran enviados a los analistas de la NSA para que los descifraran. El FBI, la CIA y los consejeros en materia de política exterior de Estados Unidos dependían del espionaje de la NSA para tomar decisiones.

Becker estaba fascinado.

— ¿Dónde encajas en lo de descifrar códigos?

Susan le explicó cómo las comunicaciones interceptadas a menudo provenían de gobiernos peligrosos, facciones hostiles y grupos terroristas, muchos de los cuales se hallaban dentro de las fronteras del país. Sus comunicaciones solían estar codificadas por si terminaban en las manos que no debían, lo cual ocurría con frecuencia gracias a COMINT. Susan contó a David que su trabajo consistía en estudiar los códigos, descifrarlos y entregar los mensajes a la NSA. Esto no era del todo cierto.

Susan sintió una punzada de culpabilidad por mentir a su nuevo amor, pero no tenía otra alternativa. Años antes habría dicho la verdad, pero las cosas habían cambiado en la NSA. Todo el mundo de la criptografía había cambiado. Las nuevas tareas de Susan eran secretas, incluso para muchos miembros de los escalones superiores del poder.

—Códigos —dijo Becker, fascinado—. ¿Cómo sabes por dónde empezar? O sea, ¿cómo los descifras?

Susan sonrió.

—Tú, más que nadie, deberías saberlo. Es como estudiar un idioma extranjero. Al principio, el texto parece un galimatías, pero a medida que vas aprendiendo las reglas que definen su estructura, puedes empezar a extraer un significado.

Becker asintió, impresionado. Quería saber más.

Con las servilletas de Merlutti’s y los programas de conciertos a modo de pizarra, Susan se dispuso a impartir a su nuevo y encantador alumno un curso introductorio a la criptografía. Empezó con el método de sustitución llamado la cifra de cambio de Julio César, o simplemente la cifra del César, el «cuadrado perfecto».

Julio César, explicó, fue el primer escritor de códigos secretos de la historia. Cuando sus emisarios empezaron a caer en emboscadas, y sus mensajes comenzaron a ser robados, diseñó un método rudimentario de codificar sus órdenes. Reordenó el texto de sus mensajes de manera que la correspondencia parecía absurda. No lo era, claro está. Cada mensaje contenía siempre un número de letras que constituía un cuadrado perfecto (dieciséis, veinticinco, cien), en función de lo que Julio César necesitara decir. Avisó en secreto a sus oficiales de que, cuando recibieran un mensaje absurdo, debían copiar el texto en una tabla con rejilla cuadriculada. Si lo hacían así, y leían de arriba abajo, aparecería un mensaje secreto como por arte de magia.

Con el tiempo, la idea de César de recomputar el texto fue adoptada por otros y modificada, con el fin de dificultar el desciframiento. La cima de la encriptación no informática se alcanzó durante la Segunda Guerra Mundial. Los nazis construyeron una asombrosa máquina de encriptación llamada Enigma. El aparato recordaba a una máquina de escribir antigua, con engranajes de rotores de latón que giraban de una manera compleja y convertían el texto llano en series de grupos de caracteres, en apariencia carentes de sentido. El receptor sólo podía descifrar el código si tenía otra máquina Enigma calibrada del mismo modo.

Becker escuchaba fascinado. El profesor se había convertido en alumno.

Una noche, durante una representación de Cascanueces en la universidad, Susan entregó a David el primer código básico que debía descifrar. Se pasó sentado todo el intermedio, bolígrafo en mano, reflexionando sobre el mensaje de diecinueve letras:

BNMSDMSZ CD BNMNBDQSD

Por fin, justo cuando las luces se apagaban para el inicio de la segunda parte, lo descubrió. Para codificar, Susan se había limitado a sustituir cada letra del mensaje por la letra precedente del alfabeto. Para descifrar el código, todo lo que Becker tuvo que hacer fue emplear la siguiente letra del alfabeto. La «A» se convirtió en «B», la «B» en «C», y así sucesivamente. Sustituyó con rapidez el resto de las letras del mensaje. Nunca imaginó que tres palabras pudieran hacerle tan feliz.

CONTENTA DE CONOCERTE

Escribió a toda prisa su respuesta y se la dio:

ZP UBNCJFO

Susan leyó y sonrió.

Becker no pudo por menos que reír. Tenía treinta y cinco años, y su corazón estaba dando saltitos. Nunca se había sentido tan atraído hacia una mujer. Sus delicados rasgos europeos y dulces ojos castaños le recordaban un anuncio de Estée Lauder. Si el cuerpo de Susan había sido larguirucho y desmañado en la adolescencia, ahora ya no lo era. En algún momento había desarrollado una exquisita esbeltez, con pechos firmes y voluminosos y abdomen liso. David comentaba en broma con frecuencia que era la primera modelo de bañadores que había conocido con un doctorado en teoría de números y matemáticas aplicadas. A medida que transcurrían los meses, los dos empezaron a sospechar que habían encontrado algo susceptible de durar toda la vida.

Llevaban juntos casi dos años cuando, sin previo aviso, David le propuso matrimonio. Fue durante una escapada de fin de semana a las Smoky Mountains. Yacían sobre una gran cama con dosel de Stone Manor. David no tenía un anillo consigo. Le había salido así. Era lo que a ella le gustaba de él, su espontaneidad. Le dio un beso intenso y prolongado. Él la tomó en sus brazos y le quitó el camisón.

—Lo tomaré como un sí —dijo, y luego hicieron el amor toda la noche al calor del fuego del hogar.

La mágica velada había tenido lugar seis meses atrás, antes del inesperado ascenso de David a jefe del Departamento de Idiomas Modernos. Su relación se había deteriorado desde entonces.

4

La puerta de acceso a Criptografía emitió un pitido que despertó a Susan de su ensoñación. La puerta había girado por completo para abrirse, y se cerraría de nuevo en cinco segundos, tras completar un giro de 360 grados. Susan se serenó y pasó por la abertura. En un computador quedó registrada su entrada.

Si bien había vivido prácticamente en Criptografía desde que habían terminado el edificio, tres años antes, verlo todavía la asombraba. La sala principal era una enorme cámara circular de cinco pisos de altura. Su techo abovedado transparente se elevaba treinta y seis metros hasta su cúspide. La cúpula de plexiglás tenía engastada una malla de policarbonato, una red protectora capaz de resistir un impacto de dos megatones. La pantalla filtraba la luz del sol y proyectaba una delicada filigrana en las paredes. Diminutas partículas de polvo flotaban en suspensión formando amplias espirales ascendentes, cautivas del poderoso sistema desionizador de la cúpula.

Las paredes inclinadas de la sala se arqueaban en lo alto, y adquirían una verticalidad casi total a la altura del ojo. En aquel punto, adoptaban una sutil transparencia y viraban a un negro opaco cuando llegaban al suelo: una extensión reluciente de baldosas de un negro impecable que brillaban con un lustre sobrecogedor, produciendo la inquietante impresión de que el pavimento era transparente. Hielo negro.

La máquina para la cual se había construido la cúpula emergía del centro del suelo de la cámara como la punta de un torpedo colosal. Su silueta, de un negro lustroso, se arqueaba hasta los siete metros de altura en el aire antes de descender en picado hacia el suelo. Lisa y curva, era como si una enorme orca se hubiera quedado congelada antes de volverse a zambullir en un mar helado.

Era Transltr, el supercomputador más caro del mundo, una máquina cuya existencia negaba categóricamente la NSA.

Como un iceberg, la máquina ocultaba el noventa por ciento de su masa y poder muy por debajo de la superficie. Su secreto estaba encerrado en un silo de cerámica que descendía seis pisos, una vasija similar al casco de un cohete rodeada de un laberinto serpenteante de pasarelas, cables y tubos del sistema de refrigeración por gas freón. Los generadores de energía eléctrica situados en el fondo del silo emitían un zumbido de baja frecuencia perpetuo que proporcionaba a la acústica de Criptografía una cualidad fantasmagórica.

Transltr, como todos los grandes avances tecnológicos, había sido hijo de la necesidad. Durante la década de 1980, la NSA fue testigo de una revolución en las telecomunicaciones que cambió el mundo del espionaje para siempre: el acceso público a Internet. Más en concreto, la llegada del correo electrónico.

Criminales, terroristas y espías se habían cansado de que les interviniesen los teléfonos, y adoptaron de inmediato este nuevo medio de comunicación global. El correo electrónico ofrecía la seguridad del correo convencional y la velocidad de las comunicaciones telefónicas. Puesto que las comunicaciones viajaban bajo tierra, a través de cables de fibra óptica, y no por ondas de radio, no eran posibles las intercepciones. Al menos eso se creía.

En realidad, interceptar correos electrónicos era un juego de niños para los tecnogurús de la NSA. Internet no era la nueva revelación informática casera que casi todo el mundo creía. Había sido creado por el Departamento de Defensa tres décadas antes. Toda una enorme red de computadores pensada para asegurar las comunicaciones del Gobierno de Estados Unidos en el caso de una guerra nuclear. Los ojos y oídos de la NSA eran viejos profesionales de Internet. La gente que realizaba negocios ilegales vía correo electrónico averiguó muy pronto que sus secretos no lo eran tanto como pensaban. El FBI, la DEA, el IRS y diversos organismos policiales norteamericanos, con la colaboración de los hackers de la NSA, consiguieron una avalancha de detenciones y condenas.

Cuando los usuarios de informática del mundo descubrieron que el Gobierno de Estados Unidos tenía libre acceso a sus comunicaciones por correo electrónico, pusieron el grito en el cielo. Incluso los amigos, que utilizaban el correo electrónico para divertirse, consideraron inquietante su falta de privacidad. A lo largo y ancho del globo, programadores emprendedores empezaron a buscar una forma para conseguir que el correo electrónico fuera más seguro.

La encriptación de llave pública era un concepto tan sencillo como brillante. Consistía en un programa fácil de usar en computadores caseros que descomputaba el contenido de los correos electrónicos personales de forma que resultaban ilegibles. Un usuario podía escribir una carta y aplicarle el programa de encriptación, y el texto que recibía el receptor parecía un galimatías, era del todo ilegible. Un mensaje cifrado. Cualquiera que interceptara el correo sólo veía una secuencia de caracteres sin sentido en la pantalla.

La única manera de descifrar el mensaje es introducir la clave de acceso del remitente, una serie secreta de caracteres que funciona de manera muy parecida a un número PIN en un cajero automático. Las claves de acceso solían ser muy largas y complejas. Contenían toda la información necesaria para indicar al algoritmo de encriptación las operaciones matemáticas que debía llevar a cabo para volver a crear el mensaje original.

Ahora un usuario podía enviar correos electrónicos con toda confianza. Aunque interceptaran el mensaje, sólo quienes conocieran la clave de acceso podrían descifrarlo.

La NSA advirtió el peligro de inmediato. Los códigos a los que se enfrentaban ya no eran simples sustituciones de cifras, que podían descifrarse con papel y lápiz. Se trataba de las así denominadas funciones hash —o «funciones picadillo»—, algoritmos matemáticos generados por computador, que utilizaban la teoría del caos y múltiples alfabetos simbólicos para transformar los mensajes en algo aparentemente sin orden ni concierto.

Al principio, las claves de acceso empleadas eran lo bastante sencillas como para que los computadores de la NSA las «adivinaran». Si una clave de acceso tenía diez dígitos, había computadores programados Para explorar todas las posibilidades entre 0000000000 y 9999999999. Tarde o temprano el computador encontraba la secuencia correcta. Este método de prueba y error era conocido como «ataque por fuerza bruta». Consumía mucho tiempo, pero garantizaba el éxito desde un punto de vista matemático.

Cuando se hizo patente a ojos de los usuarios el poder de los «ataques por fuerza bruta» para descifrar las claves de acceso, éstas empezaron a ser cada vez más largas. El tiempo que necesitaba el computador para «adivinar» la clave correcta oscilaba entre semanas y meses e incluso años.

En la década de 1990, las claves de acceso tenían más de 50 caracteres de longitud y empleaban los 256 caracteres del alfabeto ASCII*, compuesto por letras, números y símbolos. El número de posibilidades diferentes se acercaba a 10120, o sea, 10 seguido de 120 ceros. Encontrar una clave de acceso era tan improbable matemáticamente como elegir el grano de arena correcto en una playa de cinco kilómetros de extensión. Se calculaba que un «ataque por fuerza bruta» para descifrar con éxito una clave de acceso de 64 bits** tendría ocupado 19 años al computador más veloz de la NSA (el supersecreto Cray/Josephson II). Cuando el computador encontrara la clave y descifrara el código, el contenido del mensaje sería irrelevante.

Prisionera virtualmente de un apagón de inteligencia, la NSA elaboró una directiva ultrasecreta que fue aprobada por el presidente de Estados Unidos. La NSA, apoyada por fondos federales, con carta blanca para hacer lo que fuera necesario en vistas a solucionar el problema, se dispuso a construir lo imposible: el primer computador de desciframiento universal de códigos del mundo.

Pese a la opinión de muchos ingenieros de que el nuevo computador era imposible de construir, la NSA vivía de acuerdo con su lema: «Todo es posible. Conseguir lo imposible sólo cuesta un poco más».

Cinco años después, con una inversión de medio millón de horas/hombre con un costo de mil novecientos millones de dólares, la NSA volvió a demostrarlo. El último de los tres millones de procesadores, del tamaño de un sello de correos, se soldó a mano. Se completó la última tarea de programación interna del supercomputador, y la vasija de cerámica se selló. Transltr había nacido.

Aunque el funcionamiento interno secreto de Transltr era el producto de muchas mentes, y ninguna de ellas, de forma individual, acababa de comprenderlo, su principio básico era sencillo: muchas manos abrevian el trabajo.

Sus tres millones de procesadores trabajarían en paralelo a velocidad cegadora, probando una permutación tras otra. La esperanza residía en que ni siquiera códigos protegidos con inimaginables claves de acceso colosales estarían a salvo de la tenacidad de Transltr. Esta obra maestra multimillonaria empleaba la potencia del procesamiento en paralelo, así como algunos adelantos ultrasecretos de análisis textual para encontrar claves de acceso y descifrar códigos. Su poder radicaba no sólo en su asombroso número de procesadores, sino en los nuevos adelantos en computación cuántica, una tecnología emergente que permitía almacenar la información como estados de mecánica cuántica, en lugar de como simples datos binarios.

El momento de la verdad llegó una ventosa mañana de un martes de octubre. La primera prueba real. Pese a la incertidumbre sobre la velocidad del computador, los ingenieros estaban de acuerdo en una cosa: si todos los procesadores funcionaban en paralelo, Transltr sería muy potente. La cuestión era hasta qué punto.

Obtuvieron la respuesta doce minutos más tarde. Se produjo un silencio total entre el puñado de personas que esperaban cuando una impresora cobró vida y se materializó el texto llano: el código descifrado. Transltr acababa de encontrar una clave de acceso de sesenta y cuatro bits en poco más de diez minutos, casi un millón de veces más rápido que las dos décadas que habría tardado el segundo computador más veloz de la NSA.

Al mando del director adjunto de operaciones, el comandante Trevor J. Strathmore, la Oficina de Producción de la NSA había triunfado. Transltr era un éxito. Con el fin de mantener en secreto dicho éxito, el comandante Strathmore filtró de inmediato la información de que el proyecto había sido un fiasco. Toda la actividad de la sección de Criptografía tenía por objetivo, en teoría, intentar salvar el desastre de dos mil millones de dólares. Tan sólo la élite de la NSA sabía la verdad: Transltr descifraba centenares de códigos diariamente.

Una vez corrió el rumor de que incluso a la todopoderosa NSA le era imposible descifrar los códigos encriptados por computador, los secretos salieron a la luz. Señores de la droga, terroristas, estafadores, cansados de que les intervinieran las transmisiones por teléfono móvil, adoptaron el fabuloso nuevo medio de correo electrónico encriptado, que permitía comunicaciones globales instantáneas. Nunca más tendrían que hacer frente a un gran jurado y oír su propia voz grabada en una cinta, prueba de alguna olvidada conversación por teléfono móvil captada desde el cielo por algún satélite de la NSA.

Reunir información secreta nunca había sido más fácil. Los códigos interceptados por la NSA entraban en Transltr como criptogramas totalmente ilegibles, y en cuestión de minutos se obtenía el texto llano perfectamente comprensible. Se habían terminado los secretos.

Para acabar de redondear la farsa de su incompetencia, la NSA presionó ferozmente para que el Gobierno de Estados Unidos no permitiera la distribución de nuevos programas de encriptación por computador, insistiendo en que les perjudicaba e impedía que la ley detuviera y condenara a los delincuentes. Los grupos de derechos civiles se regocijaron, e insistieron en que la NSA ya no leería su correo. Los programas de encriptación siguieron produciéndose. La NSA había perdido la batalla, tal como había planeado. Habían engañado a toda la comunidad informática global. O al menos eso parecía.

5

— ¿Dónde están todos? —se preguntó Susan en voz alta mientras cruzaba la planta desierta de Criptografía. Vaya emergencia.

Aunque se trabajaba siete días a la semana en casi todos los departamentos de la NSA, Criptografía solía ser un lugar tranquilo los sábados. Los matemáticos especializados en criptografía eran por naturaleza adictos a ultranza al trabajo, pero en el departamento se acataba la regla no escrita de que libraban los sábados salvo emergencias. Los reventadores de códigos eran una materia prima demasiado valiosa para que la NSA corriera el riesgo de perderlos por culpa de la extenuación por exceso de trabajo.

Mientras Susan atravesaba la planta, Transltr se alzaba amenazadoramente a su derecha. El ruido que producían los generadores, situados ocho pisos más abajo, era ominoso. A Susan no le gustaba estar en Criptografía fuera de las horas habituales. Era como estar atrapada sola en una jaula con una enorme bestia futurista. Se encaminó con paso decidido a la oficina del comandante.

El centro de trabajo acristalado de Strathmore, apodado «la pecera» por su apariencia cuando se descorrían las cortinas, se hallaba al final de una serie de escaleras con pasarelas, en la pared del fondo de Criptografía. Mientras Susan subía los peldaños, miró la puerta de roble macizo de Strathmore. Exhibía el sello de la NSA, un águila que aferraba con fiereza una antigua llave maestra. Detrás de esa puerta se sentaba uno de los hombres más poderosos que conocía.

El comandante Strathmore, director adjunto de operaciones, tenía cincuenta y seis años y era como un padre para ella. Era él quien la contrató, y quien había convertido la NSA en el hogar de la brillante colaboradora. Cuando Susan ingresó en la NSA, una década antes, Strathmore era el director de la División de Desarrollo de Criptografía, un centro de adiestramiento para nuevos criptógrafos, nuevos criptógrafos varones. Aunque Strathmore jamás toleraba las novatadas, protegió en especial a su único miembro femenino del personal. Cuando le acusaron de favoritismo, se limitó a decir la verdad: Susan Fletcher era la recluta joven más brillante que había tenido, y ni por asomo iba a perderla por culpa de intentos de acoso sexual. Uno de los criptógrafos con más predicamento decidió poner a prueba la resolución de su superior.

Una mañana de su primer año, Susan se dejó caer por el salón de ocio de los nuevos criptógrafos para trabajar un poco con cierta documentación. Al marcharse, reparó en que había una foto de ella clavada en el tablón de anuncios. Casi se desmayó de vergüenza. Estaba reclinada en una cama, vestida sólo con unas bragas.

Resultó que un criptógrafo escaneó una foto de una revista pornográfica, y con un programa de retoque fotográfico pegó la cabeza de Susan sobre el cuerpo de otra mujer. El efecto era realmente muy convincente.

Por desgracia para el criptógrafo responsable, el comandante Strathmore no consideró la broma nada divertida. Dos horas después circuló una nota informativa histórica:

EL EMPLEADO CARL AUSTIN, DESPEDIDO POR CONDUCTA IMPROCEDENTE

Desde aquel día nadie se volvió a meter con ella. Susan Fletcher era la niña de los ojos del comandante Strathmore.

Pero los jóvenes criptógrafos de Strathmore no fueron los únicos que aprendieron a respetar a su jefe. Al principio de su carrera, el comandante se distinguió ante sus superiores cuando propuso una serie de operaciones de inteligencia muy poco ortodoxas y coronadas con éxito. A medida que iba ascendiendo, Trevor Strathmore se hizo famoso por sus análisis contundentes y globalizadores de situaciones muy complejas. Daba la impresión de poseer la capacidad misteriosa de ver más allá de los interrogantes morales que rodeaban las difíciles decisiones de la NSA, y de actuar sin remordimientos en interés del bien común.

A nadie le cabía la menor duda de que Strathmore amaba a su país. Era conocido entre sus colegas como un patriota y un visionario. Un hombre decente en un mundo lleno de mentiras.

En los años transcurridos desde el ingreso de Susan en la NSA, Strathmore había ascendido desde jefe de Desarrollo de Criptografía hasta segundo de a bordo de la NSA. Sólo un hombre estaba por encima del comandante: el director Leland Fontaine, el mítico señor del Palacio de los Enigmas, nunca visto, nunca oído, siempre temido. Strathmore y él apenas se veían cara a cara, y cuando se reunían, era como un duelo de titanes. Fontaine era un gigante entre gigantes, pero a Strathmore le daba igual. Exponía sus ideas al director con el autodominio de un boxeador apasionado. Ni siquiera el presidente de Estados Unidos osaba desafiar a Fontaine como Strathmore lo hacía. Para ello era necesaria inmunidad política, o en el caso del comandante, indiferencia política.

Susan llegó a lo alto de la escalera. Antes de que pudiera llamar con los nudillos, la cerradura electrónica de la puerta zumbó. La puerta se abrió y el comandante le indicó con un gesto que entrara.

—Gracias por venir, Susan. Te debo una.

—En absoluto.

Sonrió cuando se sentó ante el escritorio.

Strathmore era un hombre corpulento de largas extremidades y cuyas facciones anodinas ocultaban su eficacia y exigencia de perfección. Sus ojos grises reflejaban, por lo general, una confianza y discreción nacidas de la experiencia, pero hoy parecían furiosos e inquietos.

—Se le ve cansado —dijo Susan.

—He estado mejor —suspiró el hombre.

Ya lo creo, pensó Susan.

Strathmore tenía muy mal aspecto. Su ralo pelo gris estaba descomputado, y pese al aire acondicionado de la habitación, tenía la frente perlada de sudor. Daba la impresión de que hubiera dormido vestido. Estaba sentado ante un escritorio moderno con dos teclados empotrados en la mesa y un monitor de computador en un extremo. El escritorio estaba sembrado de listados de impresora, y parecía una especie de cabina alienígena colocada en el centro de la habitación.

— ¿Una semana dura? —preguntó ella.

Strathmore se encogió de hombros.

—Lo de siempre. La EFF ha vuelto a lanzarme los perros encima por el derecho a la intimidad de los ciudadanos.

Susan lanzó una risita. La EFF, o Electronics Frontier Foundation*, era una coalición mundial de usuarios de informática que había fundado una poderosa asociación de derechos civiles dirigida a apoyar la libertad de expresión en la Red, y a educar a otros sobre las realidades y peligros de vivir en un mundo electrónico. Siempre estaba batallando contra lo que llamaba «las capacidades de espionaje orwellianas de los organismos gubernamentales», en particular la NSA. La EFF era una espina perpetua clavada en el costado de Strathmore.

—Ya estamos acostumbrados —dijo Susan—. ¿Cuál es la gran emergencia por la que me sacó de la bañera?

Strathmore acarició, sin darse cuenta, el ratón de bola empotrado en el sobre del escritorio. Al cabo de un largo silencio, miró a Susan sin pestañear.

— ¿Cuánto ha tardado como máximo Transltr en descifrar un código?

La pregunta pilló desprevenida a Susan. Parecía absurda. ¿Para eso me ha llamado?

—Bien... —Vaciló—. Hace unos meses interceptamos algo por COMINT que le llevó una hora, pero tenía una clave de acceso impresionantemente larga, diez mil bits o algo por el estilo.

Strathmore gruñó.

—Una hora, ¿eh? ¿Qué me dices de los simulacros de máxima dificultad que hemos llevado a cabo?

Susan se encogió de hombros.

—Bien, si contamos el diagnóstico, tarda mucho más.

— ¿Cuánto más?

Susan no entendía adonde quería ir a parar Strathmore.

—Bien, señor, probé un algoritmo el pasado marzo con una clave de acceso segmentada de un millón de bits. Funciones reversibles, automatismo celular, lo habitual. No obstante, Transltr lo descifró.

— ¿Cuánto tardó?

—Tres horas.

Strathmore enarcó las cejas.

— ¿Tres horas? ¿Tanto?

Susan frunció el ceño, algo ofendida. Su trabajo de los tres últimos años había consistido en hacer rendir al máximo al computador más secreto del mundo. Casi toda la programación que hacía tan veloz el procesamiento de datos de Transltr era obra de ella. Una clave de acceso de un millón de bits no era una posibilidad real.

—Bien —dijo Strathmore—. De modo que, incluso en condiciones extremas, el máximo de tiempo que ha resistido un código antes de que Transltr lo descifre han sido tres horas, ¿no?

Susan asintió.

—Sí. Más o menos.

Strathmore hizo una pausa, como temeroso de decir algo de lo
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