Lacan y la psicosis en la infancia 1






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fenómenos elementales22 y de alucinaciones se construye el delirio. Muchas veces las fabulaciones ideativas que no se organizan como un delirio dificultan el diagnóstico diferencial. ¿Se trata de un niño con mucha imaginación o de un delirio? ¿Qué relación guarda con lo que dice? ¿Es una certeza psicótica o una creencia dialectizable? La precisión diagnóstica a partir del lenguaje -de acuerdo a la indicación de Lacan- se impone tanto como en el adulto.

El problema se agudiza cuando se intenta establecer un diagnóstico en niños pequeños. ¿Son niños excesivamente tímidos, inhibidos, con dificultades neuróticas o se trata de un desencadenamiento temprano? Es por ello que hay que apuntar también a detectar los fenómenos elementales que presentan aunque no hablen, y que muchas veces escapan al observador23.

Juan y también Marc, dos de mis pacientes, señalan al vacío y dicen "Aquí está". Atendí a ambos niños en contextos diferentes; nunca se cruzaron, y sin embargo utilizan una misma frase holofrásica24 -compactación de la cadena significante-, que no remite a un efecto de sentido sino al vacío de significación.

El orden monolítico de la cadena significante puede manifestarse por el uso de frases fijas utilizadas para cualquier ocasión. Carla, otra paciente, dice "tía" cada vez que ve un auto de juguete y nombra al primo cuando encuentra un biberón; en ambos casos los objetos son nombrados holofrásicamente con los significantes que extrae del Otro. Las palabras no cobran una significación nueva al relacionarse con otras palabras, sino que poseen un sentido originario y unívoco.

El trastorno del lenguaje en el autismo es particular. Jean-Claude Maleval25 indica que el trastorno simbólico genera una enunciación muerta, desfasada, borrada o técnica. No se trata de un déficit cognitivo sino de una relación particular con el significante. Este rechazo impide que el goce se embarque en la palabra, y en su lugar retorna sobre un borde, con un objeto al que el autista se encuentra pegado: Se construye así un caparazón dentro de una dinámica libidinal. El borde autista es una formación protectora frente a un Otro amenazante, y dispone de tres componentes esenciales: la imagen del doble, los islotes de competencia y el objeto autista.

La hipótesis central de Maleval es la del rechazo del autista del goce asociado al objeto voz que determina las perturbaciones del lenguaje: No se trata aquí tanto de la sonoridad sino de la enunciación de su decir. “Nada angustia más al autista”, dice Maleval, “que ceder su goce vocal alienándose al significante”. Se protege entonces de la presencia angustiante de la voz a través de lo verboso o del mutismo, y evita la interlocución del Otro. Aun cuando hablen con fluidez, como en el caso de los autistas de alto nivel, se protegen del goce vocal a través de la falta de enunciación. De allí deriva la soledad del autista en cuanto a tomar una posición de enunciación, como así también la fijeza en su esfuerzo de mantener un orden estático frente a lo caótico de su mundo

Eric Laurent indica que la inclusión del sujeto en el autismo implica el funcionamiento de un significante solo en lo real, sin desplazamiento, “pieza suelta” que actúa de modo tal que busca un orden fijo y un simbólico realizado sin equívocos posibles, verdadera “cifra del autismo”. El no sentir empatía en realidad no es necesariamente un déficit sino que los lleva a funcionar sin los obstáculos imaginarios propios de la vida cotidiana.

El funcionamiento singular del niño autista incluye en algunas oportunidades un “objeto autista” que lleva pegado sobre él, que se incluye en la dirección de la cura al determinar qué función cumple para el niño26.

Las alucinaciones son más difíciles de captar dado el aislamiento que caracteriza a los niños autistas. No obstante, numerosas descripciones permiten suponer su existencia -como los de Alex, que se tapa abruptamente los oídos, o los de terror descritos por Emilio Rodrigué en un niño autista27-. Este último, de 3 años, presentaba, dos tipos de alucinaciones: visiones que lo atraían o que lo aterrorizaban. Rodrigué anota: "Comprendí que estaba escuchando algo que venía de la dirección del techo, la manera en que miraba hacia arriba y prestaba atención era inequívoca. También parecía estar viendo cosas proyectadas en el techo, porque seguía con sus ojos la órbita invisible de un objeto"28. La mirada de miedo y sus gestos bruscos de observar a los costados lo llevan al analista a plantear la presencia de perseguidores, pero el niño no delira en ningún momento. En un segundo tiempo del tratamiento Raúl responde a estas alucinaciones escondiéndose o tratando de desembarazarse de ellas, como por ejemplo haciendo gestos como para que algo se vaya por la ventana.

Bruno Bettleheim describe las alucinaciones que presenta Laurie: "Lo dedujimos de su manera de quedarse mirando al espacio, preferentemente al techo, concentrada totalmente en algo que ocurría en su mente, y absolutamente ajena a todo lo que ocurría a su alrededor"29.

Lacan aborda en dos oportunidades el tema de las alucinaciones en el autismo. La primera, el "Discurso de clausura de las Jornadas sobre las Psicosis en el niño" (1967); la segunda, la "Conferencia en Ginebra sobre el síntoma" (1975).

En las Jornadas organizadas por Maud Mannoni en 1967, Sami-Ali presenta un artículo titulado "Génesis de la palabra en el niño autista"30. A partir de un caso clínico intenta indicar una evolución de lo pre-verbal a lo verbal por la acción de la mediación imaginaria de identificación con el otro. Entre las características que presenta Martín, indica que el niño huye tanto de los ruidos como de las voces, tapándose los oídos con los pulgares.

Lacan utiliza esta descripción para señalar que si el niño se tapa las orejas (como también es el caso de Alex) es porque se protege del verbo31. Pone así de relieve la estructura de la alucinación: el hecho que el niño no hable no impide que esté sujeto a alucinaciones.

En 1975 Lacan vuelve sobre esta cuestión: "Como el nombre lo indica, los autistas se escuchan ellos mismos. Escuchan muchas cosas. Esto desemboca incluso normalmente en la alucinación y la alucinación siempre tiene un carácter más o menos vocal. Todos los autistas no escuchan voces, pero articulan muchas cosas y se trata de ver precisamente dónde escucharon lo que articulan"32. El mutismo o la dificultad para hablar que presentan no impiden que estén incluidos en el lenguaje, aunque su estructura sea la de la holofrase.

Los niños autistas utilizan los pronombres personales tal como oyeron que los empleaban en su entorno cuando se referían a ellos. En realidad, como lo describe Lacan en su Seminario III, "Las psicosis", la imposibilidad de que aparezca el yo en su discurso los lleva inevitablemente a hablar de sí en tercera persona. Carla repite su nombre llamándose a sí misma, hasta que finalmente concluye su monólogo solitario respondiéndose ¿qué? a su propia llamada -que no se dirige al Otro-. En su ser hablados resultan pequeñas "marionetas del Otro" por causa del funcionamiento automático del lenguaje. Falta la dimensión de la demanda.

La institución belga "L'Antenne 110" se ocupó de ordenar los fenómenos que presentan estos niños. Entre otras características, subrayan que manifiestan dos fenómenos opuestos: o un desinterés hacia la imagen correlativo con una atracción por los agujeros y orificios, o bien una imitación simétrica de los movimientos del otro según secuencias ordenadas. Establecen una serie de fenómenos en torno a la relación con los objetos separables del cuerpo (mirada, voz, comida y excrementos) que presentan siempre las mismas modalidades, pero varían sus contenidos según sea el objeto de que se trate: evitación, falta de dirección hacia el otro, intercambios simétricos o reproducción de secuencias fijas. O bien el Otro queda completamente excluido, o bien cautivado en un orden inalterable. A veces la presencia de ciertos objetos se vuelve indispensable, pero en tales casos se les aplica una "palpitación", una ligera oscilación a la manera de un ritmo.

Las descripciones del niño autista indican que se comporta en forma diferente si se lo observa con discreción o si se lo hace en forma manifiesta y se intenta entrar en contacto con él. En el primer caso está más o menos inerte, eventualmente ocupado por la actividad que repite en forma estereotipada; en el segundo caso, puede presentar un estado súbito de agitación, incluso violento, contra sí mismo o contra el observador.

¿A qué tenemos que llamar goce? ¿A la concentración tranquila en la cual el sujeto parece autosuficiente o a la agitación hecha de pánico desenfrenado que lo invade cuando la presencia del otro lo solicita?

El niño autista también pasa de la tranquilidad de su encierro a la agitación violenta ante el intento de captación de su posición como sujeto. ¿Quedará confinado al mundo posible que supo construir frente a su goce? A mi entender, ambos estados son expresiones diferentes del goce del autista: varía su tratamiento ante la intrusión en su universo cerrado.
6. Cuerpo y espacio en niños autistas

¿Qué pasa con los niños autistas precoces en los que no se puede hablar de desencadenamiento, de estabilización ni de suplencia previa? ¿Qué decir con respecto a un cuerpo que pareciera no pertenecerles: golpeado, ignorado, sin agujeros? ¿Alcanza la inclusión en el lenguaje de todo sujeto para considerar que los autistas tienen cuerpo?33

El significante otorga un cuerpo, pero también lo fragmenta, resquebrajándolo en órganos y funciones. Hurta de vida al viviente que reconstituye en lo imaginario la integridad de su imagen velando su goce. La libido se vuelve incorpórea: un órgano fuera del cuerpo, que no es un significante, sino que expresa el plus-de-goce exterior a la acción de lo simbólico. El cuerpo no es ya sólo la proyección de una superficie sino que tiene agujeros, y en esos huecos se aloja el sendero de goce que traza los bordes del cuerpo.

Para tener cuerpo y hacer uso de él deben conjugarse las acciones de lo simbólico, lo real y lo imaginario. Pero sin la operación simbólica que permite la constitución de los bordes, del espacio y del tiempo, el sujeto queda sin cuerpo.

La unificación del cuerpo sufre sus transformaciones con el derrumbe imaginario que produce el desencadenamiento de la psicosis: fenómenos de doble, de despersonalización, de cuerpo despedazado. La imagen del cadáver leproso conduciendo a otro cadáver leproso de Schreber34 da cuenta tanto del desdoblamiento imaginario como del rasgo de mortificación del objeto de goce -la carroña que es él mismo- que se aloja en la imagen. Por el lado de la esquizofrenia, el cuerpo padece la acción del goce del órgano35. Esto marca el contrapunto clásico: goce del Otro en la paranoia, goce en el cuerpo (que se manifiesta como hipocondría) para la esquizofrenia. Lacan, después de establecer la polaridad entre el sujeto del goce y el sujeto que representa el significante para otro significante, indica que la paranoia identifica el goce en el lugar del Otro36. Los dos tipos clínicos de la psicosis -con su tratamiento particular del goce- mantienen la presencia de un cuerpo.

No hay atribución de un cuerpo en los niños autistas. La falta de extracción del objeto a impide que se estructure la consistencia corporal puesto que esta "pieza despegada del cuerpo" no logra alojarse en el punto de falta en el Otro. Estos niños se presentan como sujetos que no llegaron a constituirse como un ego, en un estado pre-especular, sin tomar consciencia de sí mismos como cuerpo.

La falla de simbolización produce que el Otro sea real -como lo señalan R. y R. Lefort-, de allí las maniobras en lo real que apuntan a una producción de una discontinuidad simbólica para extraer el objeto a que el niño encarna para el Otro. Esta falla tiene su correlato en la falta de constitución especular y en los trastornos espacio-temporales.

John -uno de los pacientes de Kanner- cuando veía un grupo de gente en una fotografía preguntaba cuándo iban a salir de allí e iban a entrar en la habitación. Las imágenes de una fotografía no son menos ciertas para este niño que aquellas con las que tropieza en el mundo: sin imagen los objetos son puramente reales, carecen de connotación imaginaria. Podemos decir que, más que "hombres-construidos-a-la-ligera" al estilo de Schreber, para John no hay diferencia entre los seres de dos dimensiones en la fotografía y los tridimensionales. Tal vez espere entrar él mismo en la fotografía.

El tratamiento del espacio por parte de los autistas hace que el adentro y el afuera sean continuos, como si fueran una banda de Moebius -según la indicación de Eric Laurent37-. Este sujeto, que es como la trayectoria de la banda sin agujeros de Moebius, se encuentra sumergido en un espacio que hace que el coche a 300 metros de distancia y el que el niño tiene en la mano sean uno y el mismo. Por ello, el niño puede intentar agarrarlo a través de la ventana.

Adrien, por ejemplo, es un niño de 12 años interesado casi exclusivamente en el agua: el río, las tormentas38. Se queda pegado contra el vidrio, mirando como si estuviera en trance. Las pocas palabras que pronuncia aluden a estos temas. En cierta oportunidad se acerca a la cara del analista y le dice: "Tus ojos están llenos de colores". El analista señala en su artículo que en realidad el arco iris que ve está tanto en los ojos del analista como a través de la ventana. El niño constituye una banda de Moebius en la equivalencia ojo-ventana.

Esta falta de inmersión subjetiva en la tridimensionalidad es efecto de la ausencia de la significación fálica. Pero no se trata de una falla de percepción del autista, sino de la ausencia del organizador simbólico que distribuye y ordena las percepciones.

Lacan se encarga de señalarlo en su crítica a Sami-Alí. No es lo especular lo que estructura el espacio, sino que la relación con el "aquí" y el "allí" (a los que alude Sami-Alí en su caso) implica el sistema de oposiciones de la estructura del lenguaje. "En una palabra -dice Lacan-, la construcción del espacio tiene algo de lingüístico"39

Cuando la medida fálica desaparece no hay agujeros que precedan a las clavijas; los objetos pierden su tamaño y se deslocalizan. Carla repetirá una y otra vez su pugna con objetos mucho más grandes que la pequeña valija de juguete donde quiere introducirlos. Se pega literalmente a los demás, hasta el punto de que por momentos tengo que sortearla para no tropezarme con ella. Un niño autista puede temer que el avión que cruza los cielos pase a su lado; otro pega su boca a la del terapeuta y muestra el aplastamiento entre él y su imagen; otro puede, desde un tercer piso, dar un paso al vacío simplemente para alcanzar el suelo. Juan, otro niño autista, en cierta oportunidad sale, sorprendentemente, de su indiferencia para acercarse a uno de mis ojos y mirar en su interior. ¿Qué mira? ¿Mi ojo, sus ojos reflejados o el vacío de representación? Quedaba literalmente pegado a mí. En todos estos casos el vacío que se aloja entre los cuerpos no se constituye como un intervalo: los objetos resultan así demasiado alejados o excesivamente próximos.

La falta de constitución especular no impide la emergencia de fenómenos calificados por R. y R. Lefort como "proto-especulares". Aparecen así fenómenos de ecolalia y ecopraxia; es decir, diferentes tipos de imitación verbal y motor. En realidad, la ecolalia de la cadena significante se repite en lo imaginario40.

En una de las primeras sesiones, intento explorar la relación que establece Alex entre los números que repite y los objetos y le pregunto: "¿cuántos cubos hay?", y él repite: "¿cuántos jugos hay?" -cambiando la letra "c" por "j" y la "b" por "g"-. Cuento "uno, dos"; el niño toma en forma simétrica otros cubos y continúa metonímicamente "tres, cuatro". De la misma manera, repite palabras que escucha por televisión y las utiliza fuera de contexto en medio de su soliloquio.

Juan, de dos años y medio, imitaba mis movimientos con las manos, y se esforzaba por que pusiera mis piernas en la misma posición que las suyas. Un día se sienta delante de mí y reproduce la búsqueda de que sus piernas y las mías concuerden en la misma postura. Más que volverme imagen quedaba junto a él del mismo lado del espejo: los dos nos encontrábamos frente al vacío que impedía el diseño de una forma.

En cada caso se intenta examinar la forma singular en que se presenta el niño para acompañarlo en la creación de un tratamiento que responda a sus necesidades subjetivas.

1 Capítulo primero del libro de Silvia Elena Tendlarz,
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