Escándalo en Primavera Prólogo






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Escándalo en Primavera

Prólogo


—He tomado una decisión sobre el futuro de Daisy —Thomas Bowman anunció a su esposa e hija—. Aunque a un Bowman nunca le gusta admitir la derrota, no podemos hacer caso omiso de la realidad.

—¿Qué realidad es esa, padre? —preguntó Daisy.

—Tú no esta hecha para la nobleza británica —frunció el ceño, y añadió—, o quizás la nobleza británica no esta hecha para ti. La rentabilidad de mi inversión en la búsqueda de marido para ti es mala, ¿sabes qué significa eso, Daisy?

—¿Que soy una inversión que ha rendido menos de lo esperado? —adivinó.

Uno nunca supondría que Daisy era una mujer de veintidós años. Pequeña, delgada, y de pelo oscuro, todavía tenía la agilidad y la euforia de una niña cuando otras mujeres a su edad ya eran matronas jóvenes y sobrias. Cuando se sentaba doblando las rodillas, parecía una muñeca de porcelana abandonada en la esquina del sofá. Molestó al señor Bowman ver a su hija prestar atención al libro en su regazo con un dedo atascado entre sus páginas. Obviamente apenas podía esperar a que él terminara para reanudar la lectura

—Deja eso.

—Si, padre. —Sigilosamente, Daisy abrió el libro, para verificar el número de la página y señalarlo, con el fin de continuar después. Hasta ese pequeño ademán molestaba a su padre. Libros, libros... La simple visión de uno había llegado a representar el fracaso vergonzoso de su hija en el mercado matrimonial.

Mientras fumaba su gran cigarro, el señor Bowman estaba sentado en una silla acolchada en el salón de la suite de hotel que habían habitado durante más de dos años. Mercedes, su esposa se sentó como un bastón larguirucho cerca de él. Bowman era como la cerveza negra de barril, tan intenso en sus dimensiones físicas como en su temperamento. Aunque era calvo, poseía un espeso bigote, como si toda la energía requerida por el pelo sobre su cabeza para crecer, hubiera sido desviada a su labio superior.

Mercedes se unió en matrimonio siendo una joven extraordinariamente esbelta y se había vuelto aún más esbelta a través de los años, de la misma manera que una pastilla de jabón que se va gastando gradualmente. Su pelo negro y suave estaba peinado sobriamente, las mangas de su vestido se ajustaban a unas muñecas tan diminutas que el señor Bowman podría romperlas de la misma manera que a ramitas de abedul. Incluso cuando estaba perfectamente sentada, como ahora, Mercedes transmitía una energía nerviosa.

Bowman nunca había lamentado escoger a Mercedes como esposa, su dura ambición correspondía perfectamente con la suya. Era una mujer implacable, de instintos afilados, luchando siempre por tener un lugar para los Bowman en la sociedad. Fue Mercedes quien había insistido en que, debido a que no podían ser aceptados en la alta sociedad de Nueva York, trajeran a las niñas a Inglaterra. “Buscaremos pretendientes con un titulo”, había dicho con determinación. Y sin duda, habían tenido éxito con su hija mayor Lillian.

Lillian se las había arreglado para coger el premio más grande de todos, lord Westcliff, cuyo pedigrí era oro puro. El conde había sido una adquisición segura para la familia. Pero ahora Bowman estaba impaciente por regresar a América. Si Daisy fuera a conseguir un marido con titulo lo habría hecho ya. Era tiempo de acortar sus pérdidas.

Reflexionando sobre sus cinco hijos, Bowman se preguntaba cómo podía ser que tuvieran tan poco de él. Él y Mercedes habían producido tres hijos varones pasivos, que aceptaban las cosas como eran, seguros de que todo lo que querían simplemente caería en sus manos como fruta madura de un árbol. Lillian era la única que había heredado algo del espíritu agresivo de los Bowman... Pero era una mujer y por lo tanto era un desperdicio completo.

Y luego estaba Daisy. De todos sus hijos, Daisy había sido la que menos parecía un Bowman, ni entendía a su padre cuando hablaba de negocios, ni parecía absorber nada de lo que él decía. Cuando le había explicado por qué debían poner su capital en acciones de deuda pública inversionistas que querían rentabilidades de poco riesgo y regulares, Daisy lo había interrumpido preguntando: “Padre, ¿no sería estupendo si los colibríes tuvieran servicio de té y fuéramos lo bastante pequeños para ser invitados?”.

A través de los años, los esfuerzos de su padre por cambiar a Daisy habían obtenido una firme resistencia. Daisy era obstinada, se sentía a gusto con su manera de ser y por lo tanto tratar de cambiarla era como provocar a un enjambre de abejas.

Puesto que Bowman conocía la naturaleza imprevisible de su hija, no le sorprendió en absoluto la carencia de pretendientes que quisieran tomarla por esposa, ¿que clase de madre sería ella? Parloteando sobre hadas que vuelan bajo el arco iris, en lugar de inculcar reglas sobre el decoro en sus hijos.

Mercedes intervino en la conversación, su voz tensa por la consternación.

—Querido señor Bowman, la temporada está lejos de terminar aún, creo que Daisy ha hecho excelentes progresos. Lord Westcliff la ha presentado a varios caballeros prometedores, quiénes están muy interesados en la perspectiva de tener al conde como cuñado.

—Estimo —dijo Bowman sombrío—, que es precisamente ese el interés de tales caballeros, el tener a Westcliff como cuñado, y no a Daisy como esposa. —Fijó en Daisy una mirada dura—. ¿Va a proponerte matrimonio alguno de esos caballeros?

—¿Cómo puede saberlo ella? —protestó Mercedes.

—Las mujeres siempre saben esas cosas —señaló—. Contéstame Daisy, ¿existe alguna posibilidad de llevar a alguno de esos caballeros ante el altar?

Su hija vaciló, y una expresión de preocupación apareció en sus ojos oscuros.

—No, padre —admitió con sinceridad finalmente.

—Como me temía —Bowman cruzó sus gruesos dedos sobre el estomago y miró a las dos mujeres con severidad—. Tu carencia de éxito se ha vuelto un inconveniente, hija, me molesta el despilfarro en trajes y baratijas, me molesta que sea un negocio improductivo, mas que eso, estoy sumamente molesto porque este asunto me ha retenido en Inglaterra cuando me necesitan en Nueva York, por lo tanto he decidido ser yo quien escoja marido para ti.

Daisy miró a su padre sin comprender.

—¿A quien tiene en mente, padre?

—Matthew Swift.

Ella le miró fijamente como si se hubiera vuelto loco.

Mercedes hizo una rápida inspiración.

—¡Eso no tiene ningún sentido, señor Bowman! No habría ninguna ventaja para nosotros o para Daisy con tal unión, el señor Swift no pertenece a la nobleza, ni su linaje es de importancia alguna.

—Pertenece a los Swift de Boston —contradijo Bowman—, una de las familias más antiguas y distinguidas de la ciudad. Puede sentirse orgulloso de su sangre y su nombre, y lo más importante, trabaja para mí, y posee una de las mentes con más capacidad para los negocios que he visto jamás. Lo quiero como yerno. Quiero que él herede mi compañía cuando sea el momento.

—¡Usted tiene tres herederos legítimos! —exclamó Mercedes ultrajada.

—Ninguno de ellos sirve para llevar la empresa, no tienen instinto para los negocios. —La idea de que fuera Matthew Swift su heredero, lo reconfortaba, se había formado bajo su tutela durante casi diez años, cuando pensaba en él, sentía una punzada de orgullo, el muchacho era más un Bowman que cualquiera de sus descendientes—. Ninguno de ellos tiene la ambición y la frialdad de Swift—continuó el señor Bowman—. Lo haré el padre de mis herederos.

—¡Ha perdido usted el juicio! —exclamó Mercedes con indignación.

Daisy habló con un tono tranquilo ante la desfachatez de su padre.

—Creo que mi cooperación es necesaria en este asunto, especialmente si hablamos de herederos, y le aseguro que ninguna energía en la tierra me obligará a tener hijos de un hombre que ni siquiera me gusta.

—Hija, pensé que desearías ser útil para algo —gruñó el señor Bowman. Estaba en su naturaleza frenar cualquier asomo de rebelión de manera drástica—. Creí que desearías un marido y tu propio hogar en lugar de continuar tu existencia parásita.

Daisy se estremeció como si la hubiera abofeteado.

—No soy un parásito.

—¿No? Entonces explícame en que se ha beneficiado el mundo de contar con tu presencia. ¿Qué has hecho por alguien alguna vez?

Encontrando injusta la tarea de justificar su existencia Daisy lo miró fijamente en silencio.

—Este es mi ultimátum —dijo Bowman—. Encuentra un marido apropiado, tienes de plazo hasta final de mayo, o te casarás con Swift.

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