Resumen de noticias y artículos extraídos de diferentes medios de comunicación, seleccionados por su relevancia o importancia a juicio personal






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La poesía "reinventa las cosas familiares y conocidas"(Philip Larkin)

Encuentro Nacional de Arte y Poesía por la Paz de Colombia


Poesía de Arte y Poesía por la Paz de Colombia se celebró en Medellín los días 1, 2 y 3 de junio de 2007....Paz Poesía

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ACTUALIDAD

Resumen de noticias y artículos extraídos de diferentes medios de comunicación, seleccionados por su relevancia o importancia a juicio personal      

     

                                                                                     19-08-2007

Sacco y Vanzetti

Howard Zinn

La Jornada

Cincuenta años después de la ejecución de los inmigrantes italianos Sacco y Vanzetti, el gobernador Dukakis de Massachusetts instauró un panel para juzgar la justicia de dicho proceso, y la conclusión fue que a ninguno de estos dos hombres se les siguió un proceso justo. Esto levantó en Boston una tormenta menor. John M. Cabot, embajador estadunidense retirado, envió una carta donde declaraba su “gran indignación” y apuntaba que la sentencia de muerte fue ratificada por el gobernador Fuller luego que “tres de los más distinguidos y respetados ciudadanos hicieran una revisión especial del caso: el presidente Lowell, de Harvard; el presidente Stratton, del MIT, y el juez retirado Grant”.

Esos tres “distinguidos y respetados ciudadanos” fueron vistos de modo muy distinto por Heywood Broun, quien en su columna de New York World escribió inmediatamente después que los invitados distinguidos del gobernador rindieran su informe. Y decía: “No cualquier prisionero tiene a un presidente de Harvard University que le prenda el interruptor de corriente… si esto es un linchamiento, por lo menos el vendedor de pescado y su amigo el obrero podrán sentirse ungidos en el alma pues morirán a manos de hombres con trajes de etiqueta y togas académicas”. Heywood Broun, uno de los más distinguidos periodistas del siglo XX, no duró mucho como columnista de New York World.

En el 50 aniversario de la ejecución, el New York Times informó que “los planes del alcalde Beame de proclamar el martes siguiente como el ‘día de Sacco y Vanzetti’ fueron cancelados en un esfuerzo por evitar controversias, dijo un vocero de la municipalidad ayer”.

Debe haber buenas razones para que un caso de 50 años de antigüedad, hoy ya de 80 años, levante tantas emociones. Sugiero que esto ocurre porque hablar de Sacco y Vanzetti inevitablemente remueve asuntos que nos perturban hoy: nuestro sistema de justicia, la relación entre la guerra y las libertades civiles, y lo más preocupante de todo: las ideas del anarquismo: la obliteración de las fronteras nacionales y como tal de la guerra, la eliminación de la pobreza y la creación de una democracia plena.

El caso de Sacco y Vanzetti revela, en los más descarnados términos, que las nobles palabras inscritas en los frontispicios de nuestras cortes “igualdad de justicia ante la ley”, siempre han sido una mentira. Esos dos hombres, el vendedor de pescado y el zapatero, no lograron obtener justicia en el sistema estadunidense, porque la justicia no se imparte igual para el pobre que para el rico, para el oriundo que para el nacido en otros países, para el ortodoxo que para el radical, para el blanco o la persona de color. Y aunque la injusticia se juegue hoy de maneras más sutiles y de modos más intrincados que en las crudas circunstancias que rodearon el caso de Sacco y Vanzetti, su esencia permanece.

En su proceso la inequidad fue flagrante. Se les acusaba de robo y asesinato, pero en la cabeza y en la conducta del fiscal acusador, del juez y del jurado, lo importante de ambos era, como lo puso Upton Sinclair en su notable novela Boston, que eran wops, bachiches (es decir “italos mugrosos”), extranjeros, trabajadores pobres, radicales.

He aquí una muestra del interrogatorio policiaco.

Policía: ¿Eres ciudadano?

Sacco: No.

Policía: ¿Eres comunista?

Sacco: No.

Policía ¿Anarquista?

Sacco: No.

Policía ¿Crees en el gobierno de nosotros?

Sacco: Sí. Algunas cuestiones me gustan de modo diferente.

¿Qué tenían que ver estas cuestiones con el robo de una fábrica de zapatos en South Braintree, Massachusetts, y con los disparos que recibieron el pagador de la fábrica y un guardia?

Sacco mentía, por supuesto. No, no soy comunista. No, no soy anarquista. ¿Por qué le mintió a la policía? ¿Por qué habría de mentirle un judío a la Gestapo? ¿Por qué habría de mentir un negro en Sudáfrica a sus interrogadores? ¿Por qué necesitaba mentir un disidente en la Unión Soviética a la policía secreta? Porque saben que no existe la justicia para ellos.

¿Alguna vez ha habido justicia en el sistema estadunidense para los pobres, las personas de color, los radicales? Cuando los ocho anarquistas de Chicago fueron sentenciados a muerte en 1886 tras el motín de Haymarket (un motín policiaco, por cierto), no fue porque existiera alguna prueba de conexión entre ellos y la bomba que alguien arrojó en medio de la policía, no había ni un jirón de evidencia. Los condenaron por ser los líderes del movimiento anarquista de Chicago.

Cuando Eugene Debs y otros mil fueron enviados a prisión durante la Primera Guerra Mundial, de acuerdo con la Ley de Espionaje, ¿fue porque eran culpables de espionaje? Eso es muy dudoso. Eran socialistas que hablaban en voz alta contra la guerra. Cuando se emitió la sentencia de diez años para Debs, el magistrado de la Suprema Corte, Oliver Wendell Holmes, quiso dejar muy claro que Debs debía ir a prisión: Y citó un discurso de Debs: “La clase de los patrones siempre ha declarado las guerras, y la clase sometida siempre ha peleado en las batallas”.

Holmes, muy admirado como uno de los grandes juristas liberales, dejó claro los límites del liberalismo, las fronteras que le fijaba el nacionalismo vindicativo. Después de agotadas todas las apelaciones de Sacco y Vanzetti, el caso llegó ante el propio Holmes, en la Suprema Corte, quien se rehusó a revisar el caso, y dejó que el veredicto quedara en pie.

En nuestro tiempo, Ethel y Julius Rosenberg fueron enviados a la silla eléctrica. ¿Fue porque eran culpables, más allá de cualquier duda razonable, de pasarle secretos atómicos a la Unión Soviética? ¿O fue porque eran comunistas, como dejó claro el fiscal con la aprobación del juez? ¿No fue también porque el país estaba en medio de una histeria anticomunista, cuando los comunistas tomaban el poder en China, había guerra en Corea, y el peso de todo eso había que imputárselo a dos comunistas estadunidenses?

¿Por qué fue sentenciado en California a diez años de prisión George Jackson, por un robo de 70 dólares, y luego fue asesinado a tiros por los guardias? ¿No fue porque era pobre, negro y radical?

¿Puede hoy un musulmán, en la atmósfera de “guerra contra el terror” confiar en una justicia equitativa ante la ley? ¿Por qué sacó la policía de su carro a mi vecino del piso de arriba, si no había violado ningún reglamento de tránsito y luego fue cuestionado y humillado? ¿Acaso fue porque es un brasileño de piel morena que podría parecer un musulmán de Medio Oriente?

¿Por qué los dos millones de personas en las cárceles y prisiones estadunidenses, y los seis millones que están bajo fianza, vigilancia o libertad condicional son fuera de toda proporción gente de color o pobres? Un estudio muestra que 70 por ciento de la gente que está recluida en las prisiones de Nueva York proviene de siete barrios de la ciudad conocidos como zonas de pobreza y desesperación.

La injusticia de clase corta transversalmente todas las décadas, todos los siglos de nuestra historia. En medio del caso de Sacco y Vanzetti, en el poblado de Milton, Massachusetts, un hombre rico le disparó a otro que recogía leña en su propiedad y lo mató. Pasó ocho días en la cárcel, luego se le dejó salir con fianza, y no fue procesado. Una ley para los ricos, una ley para los pobres; esa es una característica persistente de nuestro sistema de justicia.

Pero ser pobres no fue el crimen principal de Sacco y Vanzetti. Eran italianos, inmigrantes, anarquistas. No habían pasado siquiera dos años desde el fin de la Primera Guerra Mundial. Habían protestado contra la guerra, se habían negado al reclutamiento. Vieron cómo crecía la histeria contra los radicales y los extranjeros, observaron las redadas que emprendían los agentes del procurador general Palmer, del Departamento de Justicia, que irrumpían en mitad de la noche a los hogares sin órdenes judiciales, mantenían a las personas incomunicada y las golpeaban con garrotes y cachiporras.

En Boston 500 fueron arrestados, los encadenaron y marcharon con ellos por las calles. Luigi Galleani, editor del periódico anarquista Cronaca Sovversiva, al cual estaban suscritos Sacco y Vanzetti, fue detenido y deportado de inmediato.

Había ocurrido algo más aterrador. Un compañero de Sacco y Vanzetti, también anarquista, un tipógrafo llamado Andrea Salsedo, que vivía en Nueva York, fue secuestrado por agentes de la FBI (uso el término “secuestrado” para describir la abducción ilegal de una persona), y se le mantuvo en las oficinas del piso 14 del Park Row Building. No se le permitió hablar con su familia, ni con sus amigos o abogados, y fue interrogado y golpeado, según otro prisionero. Durante la octava semana de su encierro, el 3 de mayo de 1920, el cuerpo de Salsedo, aplastado y desfigurado hasta quedar hecho un amasijo, fue encontrado sobre el pavimento cercano al Park Row Building, y la FBI anunció que Salsedo se había suicidado brincando de la ventana del piso 14, justo del cuarto donde lo tenían retenido. Esto ocurrió tan sólo dos días antes de que Sacco y Vanzetti fueran arrestados.

Hoy sabemos, como resultado de los informes del Congreso en 1975, de un programa de contrainteligencia de la FBI conocido como Cointelpro (Counter Intelligence Program) en el cual los agentes de dicha dependencia irrumpían en casas y oficinas, implantaban micrófonos ilegalmente, se involucraban en actos de violencia hasta el punto del asesinato y en 1969 colaboraron con la policía de Chicago en el asesinato de dos líderes de los Panteras Negras. La FBI y la CIA han violado la ley una y otra vez. No hay castigo para ellos.

Hay muy pocas razones que nos hagan tener fe en que las libertades civiles en Estados Unidos puedan protegerse en la atmósfera de histeria que siguió al 11 de septiembre de 2001 y que continúa hasta el día de hoy. En el país ha habido redadas de inmigrantes, detenciones indefinidas, deportaciones y espionaje doméstico no autorizado. En el extranjero se cometen matanzas extrajudiciales, tortura, bombardeos, guerra y ocupaciones militares.

Así también, el proceso contra Sacco y Vanzetti comenzó inmediatamente después del Memorial Day, año y medio después de que terminara la orgía de muerte y patriotismo que fue la Primera Guerra Mundial, mientras los periódicos seguían vibrando con el redoble de los tambores y la retórica jingoísta.

Doce días después de comenzado el juicio, la prensa informó que los cuerpos de tres soldados habían sido transferidos de los campos de batalla en Francia a la ciudad de Brockton, y que toda la población había salido a celebrar una ceremonia patriótica. Todo esto se hallaba en los periódicos que el jurado podía leer.

Sacco fue interrogado por el fiscal Katzmann:

Pregunta: ¿Amó usted a este país durante la última semana de mayo de 1917?

Sacco: Eso es muy difícil de expresar en una sola palabra, señor Katzmann.

Pregunta: Son dos las palabras que puede usted usar, señor Sacco, sí o no. ¿Cuál es la palabra?

Sacco: Sí.

Pregunta: Y para poder mostrarle su amor a este país, Estados Unidos de América, cuando estaba a punto de llamarlo para que se hiciera usted soldado, ¿se fue usted corriendo a México?

Al principio del juicio, el juez Thayer (que hablando con un conocido con el que jugaba al golf se refirió a los acusados como “esos anarquistas mal nacidos”) dijo al jurado: “Los conmino a que brinden este servicio, al que se les ha llamado a que presten aquí, con el mismo espíritu de patriotismo, coraje y devoción al deber como el que exhibieron nuestros muchachos, nuestros soldados, del otro lado de los mares”.

Las emociones evocadas por una bomba que estalló en la casa del procurador general Palmer durante el tiempo de la guerra –al igual que las emociones desatadas por la violencia del 11 de septiembre– crearon una atmósfera de ansiedad en la cual las libertades civiles se pusieron en entredicho.

Sacco y Vanzetti entendieron que cualquier argumento legal que sus abogados pudieran haber invocado no prevalecería contra la realidad de una injusticia de clase. Sacco dijo a la corte, al escuchar la sentencia: “Sé que la sentencia será entre dos clases, la de los oprimidos y la de los ricos… Es por eso que estoy aquí ahora, en el banquillo de los acusados, por pertenecer a la clase de los oprimidos”.

Tal punto de vista parece dogmático, simplista. No todas las decisiones en las cortes pueden explicarse así. Pero, a falta de una teoría que encaje en todos los casos, el punto de vista simple, fuerte de Sacco, es con seguridad una mejor guía para entender el sistema legal que aquel que asume que hay una competencia entre iguales basada en una búsqueda objetiva por averiguar la verdad.

Vanzetti sabía que los argumentos legales no los salvarían. A menos que un millón de estadunidenses se organizaran, él y su amigo Sacco morirían. Palabras no, lucha. Apelaciones no, exigencias. Peticiones al gobernador no, toma de fábricas. No se trataba de lubricar la maquinaria de un supuesto sistema legal justo para que funcionara mejor, sino de una huelga general que detuviera la maquinaria.

Tal cosa nunca ocurrió. Miles se manifestaron, marcharon, protestaron, no sólo en Nueva York, Boston, Chicago y San Francisco; también en Londres, París, Buenos Aires y Sudáfrica. No fue suficiente. La noche de su ejecución, miles se manifestaron en Charlestown, pero un enorme contingente de policías los mantuvo alejados de la prisión. Fueron arrestados muchos manifestantes. Las ametralladoras estaban emplazadas en las azoteas y los reflectores barrían el escenario.

Una gran multitud se juntó en Union Square el 23 de agosto de 1927. Unos minutos antes de la medianoche, las luces de la prisión se atenuaron en el momento en que los dos hombres fueron electrocutados. El New York World describió la escena: “La multitud respondió con un sollozo gigante. Las mujeres se desmayaron en 15 o 20 lugares. Otras, sobrecogidas, se tumbaron en las banquetas y hundieron la cabeza entre los brazos. Los hombres se apoyaban en los hombros de otros hombres y lloraban”.

Su crimen máximo era su anarquismo, una idea que aún hoy nos desconcierta como un relámpago debido a su verdad esencial: todos somos uno, las fronteras nacionales, los odios nacionales deben desaparecer, la guerra es intolerable, los frutos de la tierra deben compartirse, y mediante la lucha organizada contra la autoridad, puede advenir un mundo así.

Lo que nos llega a hoy del caso de Sacco y Vanzetti no es sólo la tragedia, también nos llega la inspiración. Su inglés no era perfecto, pero cuando hablaban se volvía una especie de poesía. Vanzetti dijo de su amigo: “Sacco es un corazón, una fe, un carácter, un hombre; un hombre que ama la naturaleza y a la humanidad. Un hombre que lo dio todo, que lo sacrifica todo a la causa de la libertad y a su amor a la humanidad: el dinero, el descanso, la ambición mundana, su propia esposa, sus niños, él mismo y su propia vida… Ah, sí, puede que sea yo más ingenioso y más parlanchín que él, pero muchas, muchas veces, al escuchar cómo resuena en su voz valerosa una fe sublime, al considerar su sacrificio supremo, al recordar su heroísmo, me he sentido pequeño, pequeño en presencia de su grandeza, y me he sentido empujado a no dejar que me invadan las lágrimas, a dominar el corazón que se me agolpa en la garganta para no llorar ante él; ante este hombre al que se le llama capo , asesino y maldito”.

Lo peor de todo es que fueran anarquistas, lo que significaba que tenían alguna loca noción de democracia plena donde no existiría la extranjería ni la pobreza, y que pensaran que sin esas provocaciones la guerra entre las naciones terminaría para siempre. Pero para que esto ocurriera los ricos debían ser combatidos y sus riquezas confiscadas. Esa idea anarquista es un crimen mucho peor que robar una nómina y por eso hasta el día de hoy Sacco y Vanzetti no pueden ser recordados sin gran ansiedad.

Sacco escribió esto a su hijo Dante: “Así que, hijo, en vez de llorar, sé fuerte, de modo que seas capaz de consolar a tu madre… llévala a una larga caminata por el campo en silencio, junten flores silvestres aquí y allá, descansen a la sombra de los árboles… pero recuerda siempre, Dante, en este juego de la felicidad no te sirvas a ti mismo únicamente… ayuda a los perseguidos y a las víctimas, porque son ellos tus mejores amigos… en esta lucha de vida hallarás más amor y serás amado”.

Sí, fue su anarquismo, su amor por la humanidad, lo que los condenó. Cuando Vanzetti fue arrestado, tenía en el bolsillo un volante que anunciaba una reunión que debía ocurrir cinco días más tarde. Es un volante que podría distribuirse hoy, en todo el mundo, de modo tan apropiado como el día de su arresto. Decía: “Han combatido en todas las guerras. Han trabajado para todos los capitalistas. Han recorrido todos los países. ¿Han cosechado los frutos de sus fatigas, el premio de sus victorias? ¿Acaso el pasado les da consuelo? ¿El presente les sonríe? ¿El futuro les promete cualquier cosa? ¿Han encontrado un pedazo de tierra donde puedan vivir como seres humanos y morir como seres humanos?

Sobre esas cuestiones, sobre estos argumentos de la lucha por la existencia, Bartolomeo Vanzetti hablará en esa reunión”.

Ese encuentro nunca tuvo lugar. Pero su espíritu existe hoy en la gente que cree y que ama y que lucha en todo el mundo.

Traducción: Ramón Vera Herrera

*Tomado del nuevo libro de Howard Zinn: A Power Governments Cannot Suppress, City Lights Books, San Francisco, 2007. Este libro será publicado en fecha próxima por La Jornada .

30 trabajadores mexicanos fueron explotados con ayuda de la policía texana

Nuevo esclavismo en el sur profundo de Estados Unidos

Marcos Vinicio González

La Jornada

Un grupo de 30 trabajadores veracruzanos, soldadores de barcos por tradición, fueron vejados, explotados, perseguidos y humillados por contratistas de astilleros estadunidenses, con la ayuda de la policía texana y a pesar de tener una visa H2B, que los ampara bajo el programa de trabajadores huéspedes.

En julio pasado, 30 trabajadores fueron contactados en el puerto de Veracruz por un agente de la compañía Logimex, quien los convenció de firmar un contrato para South West Ship Yard, un astillero localizado en el puerto de Channelview, cercano a Houston, Texas, donde algunos de ellos ya habían laborado.

La Alianza de Trabajadores Huéspedes por la Dignidad, de Nueva Orleáns, donde se hallan actualmente 23 de los 30 veracruzanos, contactó a este reportero y organizó una entrevista telefónica con un par de ellos, en la que se quejaron de haber sido explotados, vejados, humillados y perseguidos, a pesar de contar con una visa de trabajo.

Pagaron al enganchador de Logimex 250 dólares por tramitar las visas H2B para el programa de trabajadores huéspedes, que además le costaron a cada uno mil 150 dólares.

Con la visa en las manos, los migrantes soltaron otros cien dólares a Logimex. “Estábamos bien endeudados”, dice Jesús Cristóbal Soriano vía telefónica desde Nueva Orleáns. Trataba de explicar la urgencia de su partida hacia “el otro lado”. El viaje de dos días a Texas, por Matamoros, lo costearon ellos mismos. El martes 13 de julio ya estaban trabajando en el astillero texano.

Todo iba bien hasta que, de golpe, se dieron cuenta de cuáles eran las condiciones de trabajo. “Imagínate, entrar al barco nomás con una lámpara de mano o una antorcha, y que te manden a ti solo hasta un rincón completamente oscuro y sofocante, con una temperatura de casi 49 grados”, cuenta Soriano.

El choque fue brutal. Corría la primera jornada cuando uno de ellos se electrocutó porque los cables que le dieron para laborar estaban viejos y rotos, y al entrar en contacto con la fuente de energía en una de esas soltaron una descarga que mandó al trabajador al hospital.

Menos de una semana después, el calor sofocó a otro soldador veracruzano, al cual, ya en la clínica, le dio un infarto. Estuvo cuatro días en terapia intensiva en un hospital de Houston. La otra descarga vino cuando ese hospital le pasó la cuenta: “Yo calculo que han de haber sido como unos 20 mil dólares”, afirma Soriano.

Recuerda que él, personalmente, intercedió ante la empresa, cuyos enganchadores les habían prometido -en Veracruz- un seguro médico; pero la South West Ship Yard se negó a pagar la factura, con el argumento de que la compañía no había prometido dicha prestación. Alegó, en cambio, que el trabajador había venido afectado desde Veracruz, cuando en realidad había aprobado los exámenes físicos de rigor que se exigen para la contratación.

Las pésimas condiciones laborales y la discriminación que dicen haber sufrido a manos de los capataces llevaron a los trabajadores a buscar a un paisano en otro astillero. Tras ponerse de acuerdo, escaparon hacia el poblado de 8 Miles, en Alabama, para incorporarse a la compañía Black Hawk.

Ahí se enfrentaron de nuevo a la explotación y el maltrato. Para comenzar, los 23 que para entonces quedaban fueron abandonados a su suerte. “Ahí estábamos botados en un par de tráilas (casas móviles) en medio de la nada, con apenas un par de colchones para todos, llenos de liendres, garrapatas y cucarachas”, recuerda Soriano.

Ahí estuvieron casi una semana a la espera de que fueran por ellos para comenzar a trabajar, y haciendo la coperacha todos esos días caminaban hasta 20 minutos para llegar a la gasolinera más cercana y único sitio del área para comprar algo de comer. “Pero te imaginas, ¿qué puede uno comprar para comer en una gasolinera?”.

La promesa de trabajar de 70 a 80 horas a la semana con Black Hawk los mantuvo en pie. Les habían prometido también casa y comida. Finalmente comenzaron a trabajar, tras aprobar sus exámenes de destreza “y nos consideraron como mano de obra calificada”, dice con un dejo de orgullo Francisco Espíndola, quien relevaba a Soriano en el teléfono. Las condiciones de esclavitud de ese nuevo trabajo no se hicieron esperar, y otra vez escaparon. En esta ocasión se fueron a Pascagoula, Mississippi, “con la compañía SCS… Le pagamos la gasolina a una persona de una iglesia y nos llevó a todos en una camioneta hasta allá”, cuenta este soldador de barco. Allí la suerte parecía sonreírles por primera vez en su periplo por el sur profundo de Estados Unidos, donde suele ser un poco más visible el racismo. Contaron sus peripecias al nuevo patrón, pasaron los exámenes exigidos y comenzaron a trabajar ganando bien, “en unos apartamentos decentes”.

Todo iba de maravilla. Pero este ligero atisbo del sueño americano tuvo casi la duración de un bostezo: una mañana, afuera del departamento donde se hospedaban, un señor identificado como Ken, del astillero Black Hawk, blandiendo un formulario de migración I-129, que se usa para tramitar la visa H2B de un trabajador huésped y que lo limita a sólo trabajar para el contratista que solicita dicha visa. Ken reclamaba a los trabajadores como suyos. “Decía que éramos de su propiedad”. Iba resguardado por un oficial de la policía de Pascagoula, el capitán Tilman, “quien pistola en mano nos ordenó que debíamos irnos con Ken o si no llamaría a Migración para que nos deportaran”. Vale anotar que quien tenía -en todo caso- cierto derecho a reclamar a estos trabajadores era únicamente South West Ship Yard, por haber sido esta compañía la que tramitó originalmente las visas; y que al llamar a Migración los trabajadores no debían temer, pues contaban con una visa de trabajo, es decir, no estaban indocumentados. “Pero al salir del departamento y ver varias patrullas, y al capitán Tilman con la pistola en la mano, y por no conocer las leyes de este país, pues la verdad es que nos asustamos”, reconoce Soriano. “Además”, agrega, bajando un poco la voz, “teníamos un montón de deudas en Veracruz, por todo lo que tuvimos que pedir prestado para venir”. Así que regresaron a 8 Miles para -según ellos- no ser regresados a México.

La noche previa al 3 de septiembre habían ya planeado nuevamente su escape; con ayuda de Daniel Castellanos y otros miembros de la Alianza de Trabajadores Huéspedes por la Dignidad, lo concretaron. Fueron por ellos hasta 8 Miles, desde Nueva Orleáns, donde tienen su sede, y se los llevaron; los rescataron en unas camionetas. Allí permanecieron escondidos en la casa de un sacerdote vietnamita que simpatiza con el trabajo de base de grupos como la alianza, que han sido muy útiles a los trabajadores inmigrantes, particularmente a los indocumentados, por lo menos desde la tragedia del huracán Katrina. Precisamente desde entonces la alianza mantiene una estrecha relación de trabajo con agrupaciones como el National Immigration Law Center (Centro Nacional para las Leyes de Inmigración), quienes hicieron el primer contacto con quien esto escribe hace dos días. La abogadas Marielena Hincapié, de el referido centro legal en Los Angeles, sostiene que existen graves violaciones a los derechos civiles de los trabajadores veracruzanos, por lo que éstos podrían ejercitar una demanda legal contra las compañías que los explotaron y contra la policía de Pascagoula, Mississippi.

El pasado 14 de agosto los trabajadores se reunieron en el consulado general de México en Houston con Carlos García Delgado, cónsul alterno de Protección. El fue quien ofreció sus mejores oficios a los soldadores veracruzanos para interceder entre ellos y las agencias gubernamentales. Así fue que el Departamento del Trabajo y OSHA (Agencia de Ocupación, Seguridad y Salud) entrevistaron al grupo de trabajadores extensamente el día de ayer. Prometieron que tras revisar la información podrían iniciar una investigación oficial, según dijo Kenet Soni, de la referida Alianza de Trabajadores Huésped de Nueva Orleáns, y que los acompañó a la cita con el cónsul. El grupo de soldadores veracruzanos busca ahora la posibilidad de permanecer en este país, con otro empleador y sin abandonar Estados Unidos. Mónica Guisar, del referido Nacional Immigration Law Center afirmó que esto es muy posible.
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