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OSHO

EL LIBRO DE LA

MUJER

Sobre el poder de lo femenino

DEBATE

Sumario


Introducción 9

Mujer 11

La historia es la del hombre 21

El movimiento de liberación de la mujer 33

Sexualidad 45

Matrimonio 65

Amor 81

Relacionarse 95

Maternidad 113

Familia y control de la natalidad 127
Creatividad 149

El cuerpo 163

La mente 195

Meditación 219

Acerca de Osho . 235

Todas las secciones provienen

de charlas espontáneas

de Osho

Introducción

Como hombre, ¿cómo puedes hablar de la psique fe­menina?
No hablo como hombre, no hablo como mujer. No hablo como mente. Uso la mente, pero hablo como conciencia, como tes­tigo consciente. Y la conciencia no es ni él ni ella, la conciencia no es ni hombre ni mujer. Tu cuerpo tiene esa división, y también tu mente, porque tu mente es la parte interna de tu cuerpo, y tu cuer­po es la parte externa de tu mente. Tu cuerpo y tu mente no están separados; son una entidad. De hecho, no es correcto hablar de cuerpo y mente; no se debería usar «y». Eres cuerpo mente, sin si­quiera un guión entre los dos.

Por eso, al hablar del cuerpo, de la mente: «masculino», «feme-nino», estas palabras son relevantes, significativas. Pero hay algo más allá de ambos; hay algo trascendental. Ese es tu centro real, tu ser. Ese ser consiste sólo de conciencia, es un testigo, aler­ta. Es pura conciencia.

No estoy hablando aquí como hombre; si no, es imposible ha­blar de la mujer. Estoy hablando como conciencia. He vivido mu­chas veces en un cuerpo femenino y he vivido muchas veces en un cuerpo masculino, lo he presenciado todo. He visto todas las casas, he visto todas las vestimentas. Lo que te digo es la conclusión de muchas, muchas vidas; no sólo tiene que ver con esta vida. Esta vida es sólo la culminación de un largo peregrinaje.

Así que no me escuches como hombre o como mujer; si no, no me estarás escuchando. Escúchame como conciencia.The Dhammapada: The Way ofthe Buda, volumen 8, capítulo 12.

EL LIBRO DE LA MUJER


Capítulo 1

Mujer


Me da la sensación de que eres en verdad el primer hombre de este planeta que realmente comprende a las mujeres y las acepta. Por favor, comenta
Os he dicho que a la mujer hay que amarla, no comprenderla. Eso es lo primero que hay que comprender. La vida es tan misteriosa que" nuestras manos no pueden alcanzar sus cimas, nuestros ojos no pueden observar su misterio más profundo. Comprender cualquier expresión de la existencia -los hombres o las mujeres o los árboles o los animales o los pájaros- es la fun­ción de la ciencia, no la de un místico. Yo no soy un científico. Para mí, la ciencia misma es un misterio, y ahora los científicos han empezado a darse cuenta de ello. Están abandonando su vieja actitud obstinada y supersticiosa de que un día sabrán todo lo que se puede saber.

Con Albert Einstein, la historia entera de la ciencia ha tomado una ruta muy diferente, porque cuanto más penetró en el núcleo de la materia, más perplejo se fue quedando. Toda la lógica quedó atrás, toda la racionalidad quedó atrás. No puedes dar órdenes a la existencia, porque no sigue tu lógica. La lógica es un producto hu­mano. Llegó un punto en la vida de Albert Einstein en que recuer­da que estaba dudando si debía insistir en ser racional... pero eso sería estúpido. Sería humano, pero no inteligente. Incluso si insis­tes en la lógica, en la racionalidad, la existencia no va a cambiar de acuerdo con tu lógica; tu lógica tiene que cambiar de acuerdo conla existencia. Y cuanto más profundizas, la existencia se vuelve más y más misteriosa. Y llega un punto en que tienes que abandonar la lógica y la racionalidad y simplemente escuchar a la naturaleza. Yo lo llamo el entendimiento supremo, pero no en el sentido corrien­te de entendimiento. Lo sabes, lo sientes, pero no hay manera de decirlo.

El hombre es un misterio, la mujer es un misterio, todo lo que existe es un misterio, y todos nuestros esfuerzos para comprender­lo van a fracasar.
Recuerdo a un hombre que estaba comprando un regalo para su hijo en una tienda de juguetes por Navidad. Era un conoci­do matemático, así que, naturalmente, el dependiente le trajo un rompecabezas. El matemático trató de resolverlo... era un bello rompecabezas. Lo intentó y lo intentó y lo intentó, y empezó a sudar. La situación se estaba volviendo incómoda. Los clientes y los vendedores y el dependiente estaban mirando, y él no logra­ba resolver el rompecabezas. Finalmente, abandonó la idea y gri­tó al dependiente: «Soy matemático, y si ni siquiera yo puedo resolver el rompecabezas, ¿cómo cree que va a poder mi hijo pe­queño?»

El dependiente dijo: «Usted no comprende. Está hecho de tal manera que nadie puede resolverlo, matemático o no matemá­tico.»

El matemático dijo: «Pero, ¿por qué lo han hecho así?»

El dependiente dijo: «Está hecho de esa forma para que el mu­chacho empiece a comprender desde el principio que la vida no se puede resolver, no se puede comprender.»
Puedes vivirla, puedes regocijarte en ella, puedes hacerte uno con el misterio, pero la idea de comprender como observador no es posible en absoluto.

Yo mismo no comprendo. El mayor misterio para mí soy yo mismo. Pero te puedo dar unas cuantas pistas:
Un psiquiatra es un tipo que te hace muchas preguntas muy caras que tu esposa te hace gratis.
La clave de la felicidad: puedes hablar de amor y de ternura y de pasión, pero el verdadero éxtasis es descubrir que no has perdi­do las llaves después de todo.
Las mujeres comienzan resistiéndose a las tentativas del hom­bre y acaban bloqueando su retirada.
Si quieres que una mujer cambie de idea, muéstrate de acuer­do con ella.

Si quieres saber lo que realmente piensa una mujer, mírala; no la escuches.
La señora se acercó al policía y le dijo: «Oiga, ese hombre de la esquina me está molestando.»

«He estado observando todo el tiempo -dijo el poli- y ese hom­bre ni siquiera la ha mirado.»

«Y, bueno -dijo la mujer-, ¿no es eso molesto?»
Un joven romántico se volvió a la bella joven que había en su cama y le preguntó: «¿Soy el primer hombre con el que has hecho el amor?»

Ella pensó un momento y luego dijo: «Es posible, tengo una memoria horrible para las caras.»

Todo es misterioso: es mejor disfrutarlo en vez de tratar de comprenderlo. Al final, el hombre que sigue tratando de compren­der la vida resulta ser un tonto, y el hombre que disfruta la vida se vuelve sabio y sigue disfrutando la vida, porque se hace más y más consciente del misterio que nos rodea.

El mayor entendimiento es saber que no se puede comprender nada, que todo es misterioso y milagroso. Para mí, ese es el inicio de la religión en tu vida. The Great Pilgrimage: From Here to Here, cap. 2. 1

Por favor, ¿podrías explicar cuáles son las verdaderas diferencias entre los hombres y las mujeres?
La mayoría de las diferencias entre los hombres y las mujeres se deben a miles de años de condicionamiento. No son fundamen­tales por naturaleza, pero hay unas pocas diferencias que les dan una belleza única, individualidad. Esas diferencias se pueden con­tar muy fácilmente.

Una de ellas es que la mujer es capaz de producir vida; el hom­bre no lo es. En ese aspecto, él es inferior, y esa inferioridad ha ju­gado un gran papel en el dominio de las mujeres por el hombre. El complejo de inferioridad funciona de esta manera: pretende ser su­perior para engañarse a sí mismo y para engañar al mundo entero. Por eso, a lo largo de los siglos el hombre ha estado destruyendo la genialidad, el talento, las capacidades de la mujer, para, de esta forma, poder probar que él es superior, ante sí mismo y ante el mundo.

A causa de que la mujer da a luz, durante nueve meses o más permanece absolutamente vulnerable, dependiente del hombre. Los hombres han explotado esto de una forma muy fea. Y esa es una diferencia fisiológica; da exactamente igual.

La psicología de la mujer ha sido corrompida por el hombre di-ciéndole cosas que no son ciertas, convirtiéndola en una esclava del hombre, reduciéndola a la categoría de ciudadano secunda­rio del mundo. Y la razón de ello es que él es más poderoso mus-cularmente. Pero el poder muscular es parte de la animalidad. Si es eso lo que va a decidir la superioridad, entonces cualquier ani­mal es más musculoso que un hombre.

Pero las verdaderas diferencias existen ciertamente, y tenemos que buscarlas detrás del montón de diferencias inventadas. Una dife­rencia que veo es que una mujer es más capaz de amor que un hom­bre. El amor del hombre es más o menos una necesidad física; el amor de la mujer, no. Es algo más grande y más elevado, es una ex­periencia espiritual. Por eso, la mujer es monógama y el hombre es polígamo. Al hombre le gustaría tener a todas las mujeres del mun­do, y aun no estaría contento con ello. Su insatisfacción es infinita.

La mujer puede sentirse satisfecha con un amor, absolutamen­te satisfecha, porque no mira el cuerpo del hombre, mira sus cua­lidades más profundas. No se enamora de un hombre que tiene un hermoso cuerpo musculoso, se enamora de un hombre que tiene carisma -algo indefinible, pero inmensamente atractivo-, que es un misterio a explorar. No quiere que su hombre sea tan sólo un hombre, sino una aventura en el descubrimiento de la conciencia.

El hombre es muy débil en lo concerniente a la sexualidad; sólo puede tener un orgasmo. La mujer es infinitamente superior; pue­de tener orgasmos múltiples. Y este ha sido uno de los asuntos más molestos. El orgasmo del hombre es local, confinado a los ge­nitales. El orgasmo de la mujer es total, no está confinado a los genitales. Todo su cuerpo es sexual, y puede tener una bella expe­riencia orgásmica mil veces mayor, más profunda, más enriquece-dora, más nutritiva que la que puede tener un hombre.

Pero la tragedia radica en que todo su cuerpo tiene que ser ex­citado, y el hombre no está interesado en ello, nunca ha estado in­teresado en ello. Ha utilizado a la mujer como una máquina sexual para aliviar sus propias tensiones sexuales. En cuestión de segun­dos ya ha terminado. Y para cuando ha terminado, la mujer ni si­quiera ha comenzado. En cuanto el hombre termina de hacer el amor, se da la vuelta y se duerme. El acto sexual le ayuda a dormir bien, más relajado, con todas las tensiones liberadas en la actividad sexual. Y toda mujer ha llorado y gemido cuando ha visto esto. Ella ni siquiera ha comenzado, no se ha movido. Ha sido utilizada, y eso es lo más feo que hay en la vida: cuando se te utiliza como una cosa, como un mecanismo, como un objeto. Ella no puede perdo­nar al hombre por utilizarla.

Para hacer que también la mujer sea una compañera orgásmica, el hombre tiene que aprender juegos preliminares, tiene que aprender a no tener prisa por ir a la cama. Tiene que convertir ha­cer el amor en un arte. Pueden tener un lugar -un templo de amor- en donde se queme incienso, sin luces fuertes, sólo velas. Y él debería acercarse a la mujer cuando esté en un estado bello, ale­gre, para poder compartirlo con ella. Lo que sucede normalmente es que los hombres y las mujeres se pelean antes de hacer el amor. Eso envenena el amor. El amor es una especie de tratado de paz que dice que la lucha ha terminado, al menos por una noche. Es un soborno, es una trampa.

Un hombre debería hacer el amor de la misma forma que pin­ta un pintor -cuando siente que un vivo deseo llena su corazón- o como un poeta compone poesía, o como un músico toca música. El cuerpo de la mujer debería ser tratado como un instrumento musical; lo es. Cuando el hombre se siente alegre, entonces el sexo no es simplemente una descarga de la tensión, una relajación, un método para dormir. Entonces hay juego preliminar. Él baila con la mujer, canta con la mujer, con la hermosa música que vibra en el templo del amor, con el incienso que les gusta. Debería ser algo sagrado, porque no hay nada sagrado en la vida corriente a no ser que hagáis sagrado el amor. Y eso será el comienzo de la apertura de la puerta a todo el fenómeno de la supraconciencia.

El amor nunca debería ser forzado, nunca debería intentarse. No debería estar en la mente en absoluto. Estáis jugando, bailan­do, cantando, disfrutando... es parte de esta prolongada alegría. Si sucede, es bello. Cuando el amor sucede, tiene belleza. Cuando se hace que suceda, es feo.

Y cuando haces el amor con el hombre encima de la mujer... se conoce esto como la postura del misionero. Oriente se dio cuenta de esa fealdad, ya que el hombre es más pesado, más alto y más musculoso; está aplastando a un ser delicado. En Oriente siempre se ha hecho de la manera opuesta: la mujer encima. Aplastada bajo el peso del hombre, la mujer no tiene movilidad. Sólo se mueve el hombre, de manera que llega al orgasmo en unos segundos, y la mujer simplemente llora. Ha sido parte de ello, pero no ha toma­do parte en ello. Ha sido utilizada.

Cuando la mujer está encima, tiene más movilidad, el hombre tiene menos movilidad, y eso hará que los orgasmos de ambos se acerquen más. Y cuando ambos entran en la experiencia orgásmi-ca al mismo tiempo, es algo del otro mundo. Es la primera visión del samadhi, es cuando ves por vez primera que el ser humano no es el cuerpo. Se olvida el cuerpo, se olvida el mundo. Tanto el hom­bre como la mujer entran en una nueva dimensión que nunca ha­bían explorado.

La mujer tiene capacidad para tener orgasmos múltiples, por lo que el hombre tiene que ser lo más lento posible. Pero la realidad es que tiene tanta prisa en todo que destruye toda la relación. De­bería estar muy relajado, para que la mujer pueda tener orgasmos múltiples. El orgasmo del hombre debería llegar al final, cuando el orgasmo de la mujer ya ha alcanzado su cima. Es una simple cues­tión de entendimiento.

Estas son diferencias naturales, no tienen nada que ver con el condicionamiento. Hay otras diferencias. Por ejemplo, una mujer está más centrada que un hombre... Es más serena, más silencio­sa, más paciente, es capaz de esperar. Quizá a causa de estas cua­lidades, la mujer tiene más resistencia a las enfermedades y vive más que el hombre. A causa de su serenidad, su delicadeza, puede traer una plenitud inmensa a la vida del hombre. Puede rodear la vida de un hombre de una atmósfera muy relajante, muy cálida. Pero el hombre tiene miedo, no quiere estar rodeado por la mujer, no quiere dejarle que cree su calidez cariñosa en torno a él. Tiene miedo, porque de esa forma se volverá dependiente. Así que, du­rante siglos, ha estado manteniéndola a distancia. Y tiene miedo porque en lo profundo de sí sabe que la mujer es más que él. Ella puede dar nacimiento a la vida. La naturaleza la ha elegido a ella para reproducir, no al hombre.

La función del hombre en la reproducción es casi nula. Esta in­ferioridad ha creado el mayor problema, el hombre ha empezado a cortar las alas de la mujer. Ha empezado a reducirla y condenarla de todas las maneras, para al menos poder creer que él es superior. El hombre ha tratado a la mujer como si fuera ganado, incluso peor. En China, durante cientos de años, se consideraba que la mu-jer no tenía alma, de forma que el marido podía matarla y la ley no interfería. La mujer era posesión del marido. Si él quería destruir sus muebles, no era ilegal. Si quería destruir a su mujer, no era ile­gal. Este es el insulto supremo: que la mujer no tiene alma.

El hombre ha privado a la mujer de educación, de independen­cia económica. La ha privado de movilidad social porque tiene miedo. Sabe que ella es superior, sabe que ella es bella, sabe que darle independencia creará peligro. Por eso, durante siglos la mu­jer no ha tenido independencia. La mujer musulmana tiene que llevar la cara tapada, para que nadie, excepto su marido, pueda ver la belleza de su rostro, la profundidad de sus ojos.

En el hinduismo, la mujer tenía que morir cuando moría su marido. ¡Qué celos tan enormes! La has poseído durante toda tu vida, e incluso quieres poseerla después de la muerte. Tienes mie­do. Ella es hermosa, y cuando tú ya no estés, ¿quién sabe? Puede que encuentre otro marido, quizá mejor que tú. Así que el sistema del sati ha permanecido durante miles de años, el fenómeno más feo que uno pueda imaginar.

El hombre es muy egoísta. Por eso lo llamo chovinista, machista. El hombre ha creado esta sociedad, y en esta sociedad no hay lugar para la mujer. ¡Y ella tiene tremendas cualidades propias! Por ejemplo, si el hombre tiene la posibilidad de la inteligencia, la mujer tiene la posibilidad del amor. Esto no significa que ella no pueda tener inteligencia; puede tenerla, simplemente hay que dar­le la posibilidad de que la desarrolle. Pero el amor es algo con lo que ha nacido, ella tiene más compasión, más dulzura, más com­prensión... El hombre y la mujer son dos cuerdas de una misma arpa, pero ambos sufren cuando están separados el uno del otro. Y como están sufriendo y no saben por qué, empiezan a vengarse el uno del otro.

La mujer puede aportar una ayuda inmensa para crear una so­ciedad orgánica. Ella es diferente del hombre, pero a un nivel igual. Ella es tan igual a un hombre como cualquier otro hombre. Ella tiene talentos propios que son absolutamente necesarios. No es su­ficiente ganar dinero, no es suficiente llegar a tener éxito en el mundo; es más necesario un bello hogar, y la mujer tiene la capa-cidad de transformar cualquier casa en un hogar. Ella lo puede lle­nar de amor; ella tiene esa sensibilidad. Ella puede rejuvenecer al hombre, ayudarle a relajarse.
En los Upanishads hay una bendición muy extraña dedicada a las nuevas parejas. Una nueva pareja acude al vidente de los Upa­nishads y éste les da su bendición. A la chica le dice específica­mente: «Espero que llegues a ser madre de diez niños y que, fi­nalmente, tu marido sea tu onceavo hijo. Y a no ser que te hagas la madre de tu marido, no habrás triunfado como esposa verdadera.» Es muy extraño, pero tiene una inmensa profundidad psicológica, porque esto es lo que descubre la psicología moderna, que todo hombre está buscando a su madre en la esposa, y toda mujer está buscando a su padre en el marido.

Es por eso que todos los matrimonios fracasan: no es posible encontrar a tu madre. La mujer con la que te has casado no ha ve­nido a tu casa para ser tu madre, quiere ser tu esposa, una aman­te. Pero la bendición de los Upanishads, que tiene casi cinco o seis mil años de antigüedad, ofrece una visión similar a la de la psico­logía moderna. Una mujer, quienquiera que sea, es básicamente una madre. El padre es una institución inventada, no es natural... Pero la madre seguirá siendo indispensable. Se han probado cier­tos experimentos: han dado a los niños todo tipo de facilidades, me­dicación, toda la comida... toda perfección proveniente de diferen­tes ramas de la ciencia, pero, extrañamente, los niños siguen encogiéndose y mueren en tres meses. Entonces descubrieron que el cuerpo de la madre y su calidez son absolutamente necesarios para que crezca la vida. Esa calidez en este enorme universo frío es absolutamente necesaria al principio, de otra forma el niño se sen­tirá abandonado. Se encogerá y morirá...

No hay necesidad de que el hombre se sienta inferior a la mu­jer. Toda esa idea surge porque pensáis en el hombre y en la mujer como dos especies distintas. Pertenecen a una misma humanidad, y ambos tienen cualidades complementarias. Ambos se necesitan mutuamente, y sólo cuando están juntos están enteros... La vida hay que tomársela con calma. Las diferencias no son contradiccio-nes.Pueden ayudarse mutuamente y realzarse inmensamente. La mujer que te ama puede realzar tu creatividad, puede inspirarte a alcanzar cimas que nunca has soñado. Y ella no te pide nada. Sim­plemente quiere tu amor, que es su derecho básico.
La mayoría de las cosas que hacen diferentes a los hombres y a las mujeres son condicionales. Las diferencias deberían mantener­se porque hacen a los hombres y a las mujeres atractivos mutua­mente, pero no deberían utilizarse como reprobaciones. Me gusta­ría que ambos se hicieran un todo orgánico, permaneciendo al mismo tiempo absolutamente libres, porque el amor nunca crea ataduras, da libertad. Entonces podremos crear un mundo mejor. A la mitad del mundo se le ha negado su contribución, y esa mitad, las mujeres, tiene una inmensa capacidad para contribuir al mun­do. Lo hubiera convertido en un bello Paraíso.

La mujer debería buscar en su propia alma su propio potencial y desarrollarlo, y tendrá así un hermoso futuro. El hombre y la mu­jer no son ni iguales ni desiguales, son únicos. Y el encuentro de dos seres únicos trae algo milagroso a la existencia. The Sword and the Lotus, cap. 5.

Capítulo 2

La historia es la del hombre1 En el original: His Story. Juego de palabras intraducibie al castellano. El sustantivo History (historia, en el sentido de texto que recoge sucesos significati­vos del pasado de la colectividad) se descompone en el adjetivo posesivo masculi­no singular His y el sustantivo Story (historia, en el sentido de relato). (N. del T.)

En El profeta, de Khalil Gibran, una mujer pide a Al-mustafa que hable sobre el dolor. ¿Podrías comentar este fragmento?

Y una mujer habló, diciendo «Háblanos del dolor».

Y Almustafa dijo:

Tu dolor es la ruptura del caparazón

que encierra tu entendimiento.

Así como el hueso del fruto debe romperse

para que su núcleo pueda exponerse al sol,

así tú debes conocer el dolor.

Y si pudieras mantener tu corazón maravillado

ante los milagros diarios de tu vida,

tu dolor no te parecería menos maravilloso que tu alegría.

Y aceptarías las estaciones de tu corazón,

así como siempre has aceptado las estaciones

que pasan sobre tus campos.

Y observarías con serenidad

a través de los inviernos de tu sufrimiento.

Gran parte de tu dolor es tu propia elección.

Es una poción amarga

con la que el médico que hay en ti cura tu ser enfermo.

Por lo tanto, confía en el médico,

y bebe su remedio con silencio y tranquilidad:

porque su mano, aunque pesada y dura,

está guiada por la mano tierna de lo invisible,

y el cáliz que trae,

aunque quema tus labios,

ha sido hecho del barro

que el Alfarero ha humedecido

con Sus propias lágrimas sagradas.
Parece muy difícil, incluso para un hombre del calibre de Khalil Gibran, olvidar una actitud machista profundamente arraigada. Digo esto porque las afirmaciones de Almustafa son correctas en cierta forma, pero, sin embargo, olvidan algo muy esencial.

Almustafa olvida que la pregunta la ha hecho una mujer, y su respuesta es muy general, aplicable tanto al hombre como a la mu­jer. Pero la verdad es que el dolor y el sufrimiento que han padeci­do las mujeres del mundo es mil veces mayor que el que ha cono­cido el hombre. Por eso digo que Almustafa está respondiendo la pregunta, pero no a quien la formula. Y a no ser que se responda a quien pregunta, la respuesta es superficial, no importa lo profunda que pueda sonar... La respuesta parece académica, filosófica.

No tiene en consideración lo que el hombre ha hecho a la mu­jer, y no es cuestión de un día, sino de miles de años. Almustafa ni siquiera lo menciona. Al contrario, continúa haciendo lo mismo que los sacerdotes y los políticos han estado haciendo siempre, ofreciendo frases de consuelo. Detrás de las bellas palabras no hay nada más que consuelos. Y los consuelos no pueden ser un susti­tuto de la verdad.
Y una mujer habló...

¿No es extraño que de toda esa entera multitud ningún hom­bre pregunte acerca del dolor? ¿Es puramente accidental? No, ab­solutamente no. Es muy significativo que una mujer haya hecho la pregunta Háblanos del dolor, porque solamente la mujer sabe cuántas heridas ha estado llevando, cuánta esclavitud -física, men­tal y espiritual- ha estado sufriendo y continúa aún sufriendo.

La mujer está sufriendo en el centro más profundo de su ser. Ningún hombre sabe lo profundo que puede entrar en ti el dolor y destruir tu dignidad, tu orgullo, tu humanidad misma.

Almustafa dice: Tu dolor es la ruptura del caparazón que en­cierra tu entendimiento.

Una afirmación muy pobre, tan superficial que a veces me aver­güenzo de Khalil Gibran. Cualquier idiota puede decirlo. No está a la altura de Khalil Gibran: Tu dolor es la ruptura del caparazón que encierra tu entendimiento. Es una afirmación muy simple y general.

Así como el hueso del fruto debe romperse para que su núcleo pueda exponerse al sol, así tú debes conocer el dolor. Odio esta afirmación. Está apoyando la idea de que debes pasar por el dolor. Es un truismo, pero no una verdad. Es muy objetivo, una semilla tiene que pasar por un gran sufrimiento, porque a no ser que la se­milla muera en ese sufrimiento, el árbol nunca nacerá, y el gran fo­llaje y la belleza de las flores nunca llegarán a existir. Pero ¿quién recuerda a la semilla y su valor para morir para que pudiera nacer lo desconocido?

También es verdad que si ...el caparazón que encierra tu entendi-miento... atraviesa el sufrimiento, se rompe, da la libertad a tu entendimiento, habrá cierto dolor. Pero ¿qué es el caparazón? Así es como los poetas han evitado las crucifixiones; él debería haber explicado qué es el caparazón: todos tus conocimientos, todos tus condicionamientos, el proceso entero de tu formación, tu educa­ción, tu sociedad y civilización, todo ello constituye el caparazón que te mantiene a ti, y a tu entendimiento, aprisionados. Pero él no menciona una sola palabra respecto a lo que quiere decir con «ca­parazón».

Gautama el Buda es un hombre; sus grandes discípulos -Ma-hakashyap, Sariputta, Moggalayan- son todos hombres. ¿No había ni una sola mujer que pudiese haber alcanzado el mismo nivel de conciencia? Pero el mismo Gautama Buda negaba la iniciación a las mujeres, como si no fueran una especie de la humanidad sino de algún estado subhumano. ¿Para qué molestarse por ellas? Pri­mero, que logren llegar a ser hombres.

La afirmación de Gautama Buda es que el hombre es la encru­cijada desde la que puedes ir a cualquier parte: a la iluminación, a la libertad suprema. Pero a la mujer no la menciona en absoluto. Ella no es una encrucijada, sino tan sólo una calle oscura en la que ninguna corporación municipal ha puesto ni siquiera luces; no conduce a ninguna parte. El hombre es una autopista. Así que pri­mero deja que la mujer venga a la autopista, que llegue a ser un hombre, que nazca en el cuerpo de hombre, entonces habrá algu­na posibilidad de que se ilumine.

Dice Almustafa ...así tú debes conocer el dolor. Pero ¿para qué? Si la mujer no se puede iluminar, ¿para qué tiene que pasar por el dolor? Ella no es oro, así que atravesar el fuego de esa forma no va a hacerla más pura.
Y si pudieras mantener tu corazón maravillado ante los mila­gros diarios de tu vida, tu dolor no te parecería menos maravillo­so que tu alegría... Es verdad, pero a veces la verdad puede ser muy peligrosa, un arma de dos filos. Por un lado, protege, por el otro destruye. Es verdad que si mantienes el asombro en tus ojos te sor­prenderá saber que incluso el dolor tiene su propia dulzura, su pro­pio milagro, su propia alegría. No es menos maravilloso que la ale­gría misma. Pero lo extraño es que la mujer siempre es más como un niño, siempre está más llena de asombro que el hombre. El hombre siempre va en busca de conocimientos, y ¿qué son los co­nocimientos? Los conocimientos son simplemente un medio de li­brarse del asombro. La ciencia entera está tratando de resolver el misterio de la existencia, y la palabra «ciencia» significa conoci­mientos. Y es un hecho muy simple que cuanto más sabes, menos te asombras y te maravillas...

Según vas haciéndote mayor, pierdes la sensibilidad para el asombro, te vas embotando más y más. Pero la razón de ello es que ahora lo sabes todo. No sabes nada, pero ahora tu mente está llena de conocimientos cogidos de aquí y de allá, y ni siquiera has pen­sado que debajo de todo eso no hay más que oscuridad e igno­rancia...

Almustafa no menciona el hecho de que las mujeres siempre permanecen más como los niños que los hombres. Eso es una par­te de la belleza de las mujeres, su inocencia; no saben. El hombre no les ha permitido que sepan nada. Saben pequeñas cosas -acerca de mantener la casa y la cocina y cuidar a los hijos y al marido-, pero esas no son cosas que puedan impedir que... Esos no son gran­des conocimientos; pueden ser puestos de lado muy fácilmente.

Por eso, cuando una mujer viene a escucharme, me oye más profundamente, más íntimamente, más amorosamente. Pero cuando un hombre viene a oírme por primera vez, pone mucha re­sistencia, está muy alerta, tiene miedo de que le pueda influir, de que le hiera si sus conocimientos no se ven respaldados. O, si es muy astuto, va interpretando todo lo que digo según sus propios conocimientos, y dirá: «Ya sé todo eso, no ha sido nada nuevo.» Esta es una medida para proteger su ego, para proteger el duro ca­parazón. Y a no ser que se rompa el caparazón y te encuentre asombrado como un niño, no hay ninguna posibilidad de que al­cances un estado que siempre hemos conocido como el alma, tu propio ser.

Esta ha sido mi experiencia en todo el mundo, que la mujer es­cucha, y que puedes ver el brillo del asombro en sus ojos. No es algo superficial, sus raíces están en lo profundo de su corazón. Pero Khalil Gibran no menciona este hecho, a pesar de que la pre­gunta la ha hecho una mujer. De hecho, el hombre es tan cobarde que tiene miedo a hacer preguntas, porque tus preguntas prueban tu ignorancia.

Todas las preguntas mejores en El profeta son formuladas por mujeres -sobre el amor, sobre el matrimonio, sobre los niños, so­bre el dolor-, auténticas, reales. No acerca de Dios, no acerca de ningún sistema filosófico, sino acerca de la vida misma. Puede que no parezcan grandes preguntas, pero en realidad son las preguntas más grandes, y la persona que puede resolverlas ha entrado en un nuevo mundo. Pero Almustafa responde como si la pregunta la hu-biera hecho cualquiera, cualquier XYZ, no está respondiendo a quien pregunta. Y mi enfoque es siempre que la pregunta real es quién la pregunta...

¿Por qué ha surgido la pregunta en una mujer y no en un hom­bre? Porque la mujer ha sufrido la esclavitud, la mujer ha sufrido la humillación, la mujer ha sufrido la dependencia económica y, sobre todo, ha sufrido un estado constante de embarazo. Durante siglos ha vivido con dolor y dolor y dolor. El niño que crece en su interior no le permite comer; siempre está sintiendo vómitos. Cuando el niña ha llegado a los nueve meses, el nacimiento del hijo es casi la muerte de la mujer. Y cuando aún no se ha liberado de un embarazo, el marido está listo para embarazarla de nuevo. Parece que la única función de la mujer es la de ser una fábrica para producir multitudes.

¿Y cuál es la función del hombre? Él no participa en el dolor de la mujer. Durante nueve meses ella sufre, durante el naci­miento del niño ella sufre, y ¿qué hace el hombre? Por lo que respecta al hombre, él simplemente usa a la mujer como un ob­jeto para satisfacer sus deseos y su sexualidad. A él no le preocu­pa en absoluto cuáles serán las consecuencias para la mujer. Y él aún sigue diciendo: «Te amo.» Si realmente la hubiera amado, el mundo no estaría superpoblado. Su palabra «amor» es absoluta­mente vacía. Ha estado tratando a la mujer casi como si fuera ga­nado.
Y aceptarías las estaciones de tu corazón, así como siempre has aceptado las estaciones que pasan sobre tus campos. Verdad, y, sin embargo, no absolutamente verdad. Es verdad si olvidas quién ha preguntado, pero no es verdad si te acuerdas de ella. Sim­plemente como afirmación filosófica, es cierta.

Y aceptarías las estaciones de tu corazón... A veces hay placer, y a veces hay dolor, y a veces hay tan sólo indiferencia, ni dolor, ni placer. Él está diciendo: «Si aceptas las estaciones de tu corazón, como siempre has aceptado las estaciones que pasan sobre tus campos...»

Superficialmente, es verdad. La aceptación de cualquier cosa te da cierta paz, cierta calma. No estás demasiado preocupado; sabes que también esto pasará. Pero por lo que respecta a la mujer, hay una diferencia. Ella está viviendo constantemente en una estación, dolor y dolor. Las estaciones no cambian de verano a invierno, o a la lluvia. La vida de la mujer es realmente dura.

No es tan dura hoy en día, pero sólo en los países avanzados. El 80 por 100 de la población de la India vive en pueblos, en los que se pueden ver las verdaderas dificultades que sufre la mujer. Ha ve­nido sufriendo esas dificultades durante siglos, y la estación no cambia. Si tienes en cuenta este hecho, entonces esta afirmación se vuelve antirrevolucionaria, esta afirmación se vuelve una frase de consuelo: «Acepta la esclavitud a que te somete el hombre, acep­ta la tortura a que te somete el hombre...»

La mujer ha vivido con tanto dolor... y, sin embargo, Almustafa olvida completamente quién está haciendo la pregunta. Es posi­ble aceptar el cambio de las estaciones, pero no diez mil años de es­clavitud. La estación no cambia...

La mujer necesita rebelión, no aceptación.
El hombre es el animal más lascivo de la tierra. Cada animal tiene una época en la que el macho se interesa por la hembra. A ve­ces esa época es de sólo unas semanas, a veces de un mes o dos, y luego, durante el resto del año se olvidan completamente del sexo, se olvidan completamente de la reproducción. Esa es la razón por la que no se encuentran en una situación de superpoblación. Sólo el hombre es sexual durante todo el año, y si es estadounidense es sexual por la noche y es sexual por la mañana. ¿Y estás pidiendo a la mujer que acepte el dolor?

Yo no puedo pediros que aceptéis semejante dolor, un dolor que otros os imponen. Necesitáis una revolución.

Y observarías con serenidad a través de los inviernos de tu su­frimiento.

¿Por qué? Cuando podemos cambiarlo, ¿por qué íbamos a ob­servar? Observa sólo lo que no se puede cambiar. Observa sólo lo que es natural, sé un testigo de ello. Pero esto es astucia poética. Bellas palabras: y observa con serenidad...

Observa con serenidad todo lo que es natural, y rebélate contra todo sufrimiento impuesto por cualquiera. Sea hombre o mujer, sea tu padre o tu madre, sea el sacerdote o el profesor, sea el go­bierno o la sociedad, ¡rebélate!

A no ser que tengas un espíritu rebelde, no estás vivo en el ver­dadero sentido de la palabra.

Gran parte de tu dolor es tu propia elección. Eso es verdad. Toda tu tristeza, todo tu dolor... gran parte de ello no está im­puesto por los demás. Contra lo que te imponen los demás, rebé­late, pero lo que tú mismo has elegido, suéltalo. No hay necesi­dad de observar. Simplemente comprender que «Yo me lo he impuesto a mí mismo» es suficiente, deshazte de ello. ¡Deja que los demás observen cómo te deshaces de ello! Al verte deshacién­dote de ello, quizá también ellos comprenderán: «¿Por qué sufrir innecesariamente?, los vecinos están deshaciéndose de su sufri­miento.»

Tus celos, tu ira, tu avaricia, todos traen dolor. Tus ambiciones, todas traen dolor. Y todo ello lo eliges tú mismo.

Es una poción amarga con la que el médico que hay en ti cura tu ser enfermo.

De nuevo vuelve con los consuelos. No está haciendo una dis­tinción clara. Hay dolores impuestos por otros, rebélate contra ellos. Y hay dolores que son naturales, obsérvalos, y obsérvalos con serenidad, porque son la medicina amarga que la naturaleza, el médico que hay en ti, usa para curar tu ser enfermo.

Por lo tanto, confía en el médico, y bebe su remedio con si­lencio y tranquilidad.

Pero recuerda que se trata del médico, no de tu marido, no del gobierno. Ellos te imponen dolor, no para curarte, sino para des­truirte, para aplastarte. Porque cuanto más destruida estás, más fá­cil resulta dominarte. Entonces no hay miedo de que te rebeles. Así que recuerda quién es el médico. La naturaleza cura, el tiempo cura, simplemente espera, observa. Pero ten mucha claridad res­pecto a lo que es natural y lo que es artificial.

Porque su mano, aunque pesada y dura, está guiada por la mano tierna de lo invisible, y el cáliz que trae, aunque quema tus labios, ha sido hecho del barro que el Alfarero ha humedecido con Sus propias lágrimas sagradas.

Todo lo que sea natural, contra lo que no hay rebelión posible... entonces no estés triste ni sufras; entonces acéptalo con gratitud. Es la mano invisible de lo divino que quiere curarte, que quiere lle­varte a un estado más alto de conciencia. Pero lo que no sea natu­ral... Ceder a cualquier tipo de esclavitud es destruir tu propia alma. Es mejor morir que vivir como un esclavo. (The messiah: Commentaries on Kalil Gibran`”The Profet”, vol 2 cap 4)

He sentido dentro de mí una rabia fría, profundamente escondida y llena de deseos de venganza contra todos los hombres que alguna vez han forzado, violado, matado o herido a las mujeres. Es algo que parece que he llevado dentro durante vidas. Por favor, ayúdame a dejar al des­cubierto a esta vieja bruja y a hacerme amiga de ella
Lo primero que hay que tener en claro es que fue el cristianis­mo el que condenó la palabra «bruja»; por lo demás, era una de las palabras más respetadas, tan respetadas como «místico», un hom­bre sabio. Significaba simplemente una mujer sabia, el paralelo de un hombre sabio.

Pero en la Edad Media el cristianismo se vio enfrentado a un peligro. Había miles de mujeres que eran mucho más sabias que los obispos y los cardenales y el Papa. Conocían el arte de transfor­mar la vida de las personas.

Toda su filosofía se basaba en el amor y la transformación de la energía sexual, y una mujer puede hacer esto mucho más fácil­mente que un hombre. Después de todo, es una madre y siempre es una madre. Incluso una niña muy pequeña tiene la cualidad de los sentimientos maternales.

La cualidad de los sentimientos maternales no es algo relacio­nado con la edad, forma parte de ser mujer. Y la transformación necesita una atmósfera muy amorosa, una transferencia muy ma­ternal de energías. Para el cristianismo, era un competidor. El cristianismo no tenía nada que ofrecer que pudiese compararse a eso, pero el cristianismo estaba en el poder.

Era un mundo del hombre hasta entonces; y decidieron des­truir a todas las brujas. Pero ¿cómo destruirlas? No era cuestión de matar a una mujer, sino a miles de mujeres. Así que se creó una corte especial para investigar, para descubrir quién era una bruja.

Cualquier mujer de la que los cristianos decían que había teni­do influencia en la gente y a la que la gente respetaba, era captu­rada y torturada, tanto que tenía que confesar. No dejaban de tor­turarla hasta que confesaba que era una bruja. Y habían cambiado el significado de «bruja» según la mente cristiana, según la teolo­gía cristiana: una bruja es alguien que tiene una relación sexual con el diablo.

Ya no se oye más de ningún diablo que tenga una relación con alguna mujer. O el diablo se ha hecho monje cristiano, célibe, o... ¿qué ha pasado con el diablo? ¿Quién era el que estaba teniendo re­laciones sexuales con miles de mujeres? Y estas mujeres eran en su mayoría mujeres mayores. No parece algo racional. Habiendo dis­ponibles mujeres jóvenes y bellas, ¿por qué iba el diablo a acudir a las mujeres mayores, viejas?

Pero hacerse bruja era un adiestramiento muy largo, una dis­ciplina muy larga, una experiencia muy larga. De forma que para cuando una mujer era una bruja -una mujer sabia-, era ya vieja; lo había sacrificado todo para lograr esa sabiduría, esa alquimia.

Forzaron a estas pobres mujeres a decir que estaban teniendo relaciones sexuales con el diablo. Muchas de ellas se resistieron mucho... pero la tortura era demasiado.

Torturaron a estas pobres mujeres mayores de maneras muy feas, sólo para lograr una cosa: que confesaran. Las mujeres si­guieron tratando de decir que no tenían nada que ver con el dia­blo, que no había nada que confesar. Pero nadie las escuchaba; con­tinuaban torturándolas.

Puedes hacer que cualquiera confiese cualquier cosa si sigues torturándolo. Llega un punto en que siente que es mejor confesar que sufrir innecesariamente la misma tortura cada día. Y hubiera continuado durante toda su vida. Una vez que una mujer confesa­ba que era una bruja y tenía una relación sexual con el diablo, de­jaban de torturarla y la llevaban a los tribunales -una corte espe­cial creada por el Papa- y ahora tenía que confesar ante la corte. Y una vez que confesaba ante la corte, la corte podía castigarla, por­que el suyo era el mayor crimen a los ojos del cristianismo.

En realidad, incluso si la mujer hubiera tenido una relación se­xual con el diablo, eso no es asunto de nadie más, y no es un deli­to, porque no está haciendo daño a nadie. Y el diablo jamás ha pre­sentado una denuncia en ninguna comisaría: «Esa mujer es peligrosa.» ¿Con qué autoridad estaba quemando a esas mujeres el cristianismo?

El único castigo era ser quemada viva, para que ninguna otra mujer se atreviese a ser una bruja de nuevo. Destruyeron a miles de mujeres e hicieron desaparecer completamente una parte muy significativa de la humanidad. Y la sabiduría que estas mujeres contenían, sus libros, sus métodos, sus técnicas de transformar al hombre, de transformar la energía del hombre...
No pienses que bruja es una mala palabra. Es más respetable que Papa, porque yo no creo que un papa sea un hombre a quien podemos llamar sabio; no son más que loros. Es posible que esto pueda estar conectado con tu vida pasada, y que la herida haya sido tan profunda que aún una memoria en tu inconsciente te lo sigue recordando. Y eso crea el odio a los hombres, porque lo que te hi­cieron te lo hicieron hombres.

Así que es una simple asociación, pero tienes que librarte de esa asociación. No te lo hicieron los hombres, te lo hicieron los cristianos. Y los cristianos han cometido tantos crímenes, y conti­núan cometiéndolos. Es increíble... Y siguen hablando de verdad, hablando de Dios... y diciendo mentiras... Y son personas religiosas que,tratan por todos los medios de engañar al mundo, de engañar a la mente humana, de polucionar con feas mentiras.

Así que no estés contra los hombres en sí; estar contra las atro­cidades cristianas es suficiente...

Durante dos mil años la cristiandad ha estado matando a la gente en nombre de la religión, en nombre de Cristo, en nombre de la nación, así que es perfectamente correcto condenarlos. Aun­que no todos los hombres son cristianos.

Pero será conveniente que pases por un proceso hipnótico para averiguar qué pasó con más claridad. Quizá puedas recordar cuáles eran las técnicas de las brujas -cómo actuaban, cómo se las arre­glaban para cambiar a la gente-, porque a no ser que fueran un pe­ligro para el cristianismo, el cristianismo no las habría matado.

Era un peligro real, porque el cristianismo no tenía nada que ofrecer que pudiera compararse. The transmission o fthe Lamp, cap. 2.
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