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vida pura y sencilla en todos sus aspec­tos, todas sus ramificaciones, todos sus atajos, tentaciones, azares y así sucesivamente. Si es un aventurero, es un aventurero en todos los dominios de la vida. Le interesan todas las fases de la vida. Los temas que ha tocado, los temas que ha estudiado, son enciclopédicos. Otro signo de “emancipación” es esta global dedicación a la miríada de manifestaciones de la vida. Muchas veces, cuando más “realista” pare­ce, por ejemplo, es cuando tiende a aplicar todos los frenos a su órgano. El realista es un alma débil. Ve lo que tiene delante, como caballo con anteojeras en los ojos. La visión de Cendrars está perpe­tuamente abierta; es como si tuviese un ojo adicional sepultado en su cráneo, un ojo que mira en el cielo abierto todos los rayos cósmicos. Puede usted tener la seguridad de que un hombre así jamás llegará a completar la obra de su vida, porque la vida siempre marchará un paso por delante de él. Un artículo de Pierre de Latil en La Gazette des Lettres, París, 6 de agosto de 1949, nos informa que Cendrars había proyectado escribir una docena de libros o más en los próximos años. Es un programa impresionante considerando que Cendrars es ahora sesentón, que no tiene secretario, que escribe con la mano izquierda, que por debajo vive en perpetua inquietud, siempre ansio­so de salir a conocer mejor el mundo, que en realidad detesta escribir y contempla su labor como un trabajo forzado. Trabaja en cuatro o cinco libros al mismo tiempo. Los terminará, estoy seguro. Sólo ruego vivir para leer la trilogía de “Les souvenirs humains, llamada Archives de ma tour d'ivoire, que consistirá en Hommes de lettres, Hommes d'affairesy Vie des hommes obscurs. Particularmente el último...

Mucho he reflexionado sobre el confesado insomnio de Cendrars; lo atribuye a su vida en las trincheras, si mal no recuerdo. Será cierto, sin duda, pero presumo que las razones son más profundas. De todas maneras deseo señalar que parece existir un vínculo entre su fecundi­dad y su falta de sueño. Para el individuo normal el sueño es restaura­dor. Los individuos excepcionales —los santos, los gurúes, los inven­tores, los dirigentes, los hombres de negocios o ciertos tipos de dementes— se arreglan con muy poco sueño. Al parecer tienen otros medios para reponer su potencial dinámico. Algunos, con sólo variar sus actividades, son capaces de trabajar casi sin dormir en absoluto. Otros, como los yoguis y los gurúes, al adquirir mayor y mayor luci­dez y, en consecuencia, ser más vivos, virtualmente se emancipan de la rutina del sueño. (¿Para qué dormir si el propósito de la vida es gozar al máximo la creación?) En Cendrars, tengo la impresión de que al cambiar de la vida activa a la escritura y viceversa, se reabastece a sí mismo. Esto es pura suposición por mi parte. De lo contrario no puedo explicar que un hombre queme la vela por ambos extremos sin consumirse. En alguna parte Cendrars menciona que tiene una serie de antepasados longevos. No cabe duda de que ha aprovechado como un rey su patrimonio hereditario. Pero no arroja signos de res­quebrajarse. En efecto, parece haber entrado en el período de la se­gunda juventud. Confía que cuando llegue a la madura edad de los setenta estará en condiciones de embarcarse en nuevas aventuras. No me sorprenderá lo más mínimo si lo hace; lo veo a los noventa esca­lando los Himalayas o subiendo al primer cohete para viajar a la Luna. Pero volviendo a la relación entre su escritura y su insomnio... Si examinamos las fechas consignadas al final de sus libros, que indican el tiempo que dedicó a ellos, llama la atención la rapidez con que los redactó y la rapidez con que se sucedieron el uno al otro (y todos son libros voluminosos). Todo esto implica para mí una cosa, y es “obse­sión”. Para escribir hay que estar poseído y obsesionado. ¿Qué posee y obsesiona a Cendrars? La vida. Es un hombre enamorado de la vida, et c'est tout. No importa que a veces lo niegue, no importa que vili­pendie nuestros tiempos o ataque a sus contemporáneos en las artes, no importa que compare su propio pasado reciente con el presente y encuentre que éste es peor, no importa que deplore las tendencias, las inclinaciones, las filosofías y la conducta de los hombres de nues­tra época, es el único hombre de nuestros tiempos que ha proclama­do y anunciado el hecho de que el hoy es profundo y hermoso. Y esto es simplemente porque se ha anclado en el centro de la vida contem­poránea, donde, como desde enhiesta torre, domina toda la vida del pasado y el presente y el futuro; la vida de las estrellas y la vida en las profundidades oceánicas; la vida en lo minúsculo y la vida en lo grandioso: esto capté en él como brillante ejemplo del principio co­rrecto, de la actitud correcta frente a la vida. Nadie podría superar mejor que Cendrars los esplendores del pasado; nadie podría loar al futuro con mayor celo; pero es el presente, el eterno presente, lo que Cendrars glorifica y con el cual se alía. Hombres así, y sólo los hom­bres así, son lo que están en la tradición, los que siguen adelante. Los demás son espectadores atrasados, son idólatras o simplemente me­ros despojos de desesperanza: son bonimenteurs. En Cendrars encon­tramos mineral. Y porque comprende con tanta profundidad el pre­sente, porque lo acepta y está amalgamado con él, es capaz de predecir con tanta precisión el futuro. ¡No porque se erija en vaticina­dor! No. Hace sus proféticas observaciones espontánea y discretamen­te; muchas veces están sepultadas en una maraña de material que no guarda relación con el particular. En esto suele recordarme al buen médico que sabe tomar el pulso. En efecto, conoce todos los pulsos, como los médicos chinos de la antigüedad. Cuando dice que ciertos hombres están enfermos o que ciertos artistas están corrompidos o son apócrifos, que los políticos en general están locos, que los milita­res son criminales, sabe lo que dice. Quien habla es el maestro que hay en él.

Sin embargo tiene otra manera de hablar que me resulta más cauti­vante. Sabe hablar con ternura. Lawrence, como se recordará, originariamente pensó llamar “Ternura” al libro conocido como Lady Chatterley's Lover (El Amante de Lady Chatterley). Menciono a Lawrence porque recuerdo vívidamente la alusión que hiciera de él Cendrars con ocasión de su memorable visita a Villa Seurat. «Usted debe pensar mucho en Lawrence», dijo indagativamente. «Así es», respondí. Recuer­do que tras un breve intercambio de palabras me preguntó a bocajarro si no creía que Lawrence ha sido sobreestimado. El lado metafísico de Lawrence, según deduje, era el aspecto que no le agradaba, el aspecto del cual “recelaba”, diría yo. (¡Y precisamente en ese período me entusiasmaba este aspecto específico de Lawrence!) De todas ma­neras abrigo la seguridad de que mi defensa de Lawrence fue defi­ciente e infundada. A decir verdad, me interesaba mucho más escu­char el criterio de Cendrars sobre ese hombre que justificar el mío. Más tarde, al leer a Cendrars, muchas veces cruzó por mis labios esta palabra “ternura”. Escapaba involuntariamente, me arrancaba de mis ensoñaciones. Por fútil que parezca, me internaba entonces en inter­minables conjeturas, comparando la ternura de Lawrence con la de Cendrars. Ahora me parece que son dos tipos muy distintos. La debili­dad de Lawrence es el hombre, la de Cendrars son los hombres. Law­rence anhelaba conocer mejor a los hombres; quería trabajar en co­mún con ellos. Ha sido en su Apocalypse donde aparecieron algunos de sus pasajes más conmovedores sobre la desaparición del instinto “societario”. Estos pasajes crean verdadera angustia en nosotros, pero por Lawrence. Nos hacen comprender las torturas que ha sufrido tra­tando de ser un “hombre entre los hombres”. En Cendrars no capto ningún indicio de tal privación o mutilación. En el océano de la hu­manidad Cendrars nada con la misma agilidad que una marsopa o un delfín. En sus narraciones siempre se encuentra junto a los hombres, con ellos en las acciones y con ellos en el pensamiento. Si es un solitario, es, no obstante, total y completamente un hombre. Además también es hermano de todos los hombres. Jamás se erige como su­perior a sus semejantes. Lawrence se creyó superior muchas, muchas veces —creo que eso es innegable— y con extraordinaria frecuencia no lo era. Muchas veces es un hombre más chico quien le “instruye”. O le avergüenza. Lawrence sentía un amor demasiado grande por la “humanidad” como para comprender a sus semejantes o llevarse bien con ellos.

Cuando llegamos a sus respectivos personajes imaginarios capta­mos la brecha que existe entre ambas figuras. Salvo el caso de los autorretratos, dados en Sons andLovers (Hijos y Amantes), Kangaroo, Aaron's Rod (La Vara de Aarón) y otros por el estilo, todos los perso­najes de Lawrence son voceros de su filosofía o de la filosofía que desea ilustrar. Son criaturas ideacionales movidas como piezas de aje­drez. Tienen sangre en sus venas, es verdad, pero la sangre que Law­rence les ha bombeado. Los personajes de Cendrars brotan de la vida y su actividad surge del foco móvil de la vida. También ellos, por supuesto, nos familiarizan con su filosofía de la vida, pero tangencial-mente, con la elíptica manera del arte.

La ternura de Cendrars rezuma por todos los poros. No perdona a sus personajes pero tampoco los ultraja ni los castiga. Sus palabras más duras, permítaseme decirlo entre paréntesis, suelen reservarse para los poetas y artistas cuyas obras considera espurias. Aparte de estas diatribas, raras veces se le ve emitir juicio sobre los demás. Lo que se encuentra es que al desenmascarar las debilidades o fallas de sus personajes, está desenmascarando o pretendiendo desenmascarar su naturaleza heroica esencial. Todas las diversas figuras —humanas, demasiado humanas— que se apretujan en sus libros, son figuras glorificadas en su ser básico e intrínseco. Habrán sido heroicas o no frente a la muerte; habrán sido heroicas o no frente al tribunal de justicia, pero son heroicas en la lucha común por afirmar y sostener su propio ser primario. Hace un rato mencioné el libro de Al Jennings que Cendrars tradujera con tanta pericia. El hecho mismo de que eligiera este libro corrobora lo que afirmo. Este hombre mítico, este proscrito de exagerado sentido de la justicia y el honor que está con­denado “a cadena perpetua” (pero eventualmente fue indultado por Theodore Rooselvelt), este terror del oeste que desvorda ternura, es precisamente el tipo del hombre que Cendrars elegiría para procla­marlo al mundo, precisamente el tipo de hombre al que sostendría como investido de la dignidad de la vida. ¡Ah, cuánto me habría agra­dado estar allí cuando ocasionalmente Cendrars dio con él, nada me­nos que en Hollywood! Cendrars ha escrito sobre este “breve encuen­tro” y lo escuché de los propios labios de Al Jennings cuando le conocí por casualidad hace pocos años, en una librería, allá en Holly­wood.

En los libros que escribiera desde la ocupación, Cendrars tiene mucho que decir de la guerra, de la primera guerra, naturalmente, no sólo porque fue menos inhumana sino también porque ella decidió, podría decir, el curso futuro de su vida. También ha escrito sobre la segunda guerra, en especial sobre la caída de París y el increíble éxodo que la precediera. Páginas abrumadoras, que recuerdan Revelation (Revelación). Sólo igualadas en la literatura bélica por Flight to Arras (Fuga a Arras) de St. Exupéry. (Véase la sección de su libro Le Lotissement du Ciel, que apareció por primera vez en la revista Le Cheval de Trote y titulada Un Nouveau Patrón pour l'Aviationj. En todos estos libros recientes Cendrars se revela más y más íntimamen­te. Tan penetrantes, tan desnudas son estas escenas, que instintiva­mente retrocedemos. Tan seguras, rápidas y audaces son estas revela­ciones que es como ver trabajar a un especialista en fuegos artificiales. En estos destellos se revela todo el enjambre de seres íntimos cuyas vidas marchan en la estela de la suya. Expuestos bajo el lúgubre reflector de su ojo ciclópeo, son sorprendidos por el haz e inspeccionados desde todos los ángulos. Este es un “completamiento” en el que nada se omite ni se altera en aras de la narración. En estos libros la “narración” se acelera, se ensancha, los pilares y puntales se derriban para que el libro se convierta en parte de la vida, para que nade con las corrientes de la vida y permanezca para siempre idéntico a la vida. Aquí tratamos con los hombres que Cendrars realmente ama, los hombres que lucharon a su lado en las trincheras y a los que vio barrer como ratas, los gitanos de la Zona con los cuales convivió en los buenos días de antes, los estancieros y otras figuras del escenario sudamericano, los porteros, los conserjes, los mercaderes, los camio-neros y “gente sin importancia” (como decimos), y es de esta última gente de la que habla con la mayor simpatía y comprensión. ¡Qué galería! Infinitamente más estimulante, en todo el sentido de la pala­bra, que la galería de “tipos” de Balzac. Ésta es la verdadera Comedia Humana. No estudios sociológicos a lo Zola. No una satírica repre­sentación de títeres a lo Thackeray. No panhumanismo a lo Jules Romains. Aquí, en estos últimos libros, aunque sin la mirada y el propó­sito del gran ruso, pero quizá con otra mirada que comprenderemos mejor más adelante y de todos modos con igual amplitud, violencia, humos, ternura y religioso —sí, religioso— fervor, Cendrars nos da el equivalente francés de lo vertido por Dostoievsky en obras como El Idiota, Los Poseídos y Los Hermanos Karamazov. Es una producción que sólo podría realizarse y consumarse en los años maduros de la mitad de la vida.

Todo lo que venga ahora ha sido digerido un millar de veces. Nuevamente y nuevamente Cendrars ha propulsado hacia atrás —¿adonde? ¿en qué profundo pozo?— la multiforme historia de su vida. Esta densa y fundida masa de experiencia cruda y refinada, sutil y bruta, digerida y predigerida, que ha estado alojada en sus entrañas cual torpe y amorfo dinosaurio que agita inútilmente sus alas rudi­mentarias, esta carga destinada para su eventual entrega en el momen­to exacto y en el lugar exacto, demandaba un cartucho de dinamita para volarla. Desde junio de 1940 hasta el 21 de agosto de 1943 Cen­drars guardó siniestro silencio. IIs'est tu. Chut!Motus!' Lo que lo lanza a escribir nuevamente es la visita de su amigo Edouard Peisson, según relata en las primeras páginas de l'Homme Foudroyé. Enpasantevoca la memoria de cierta noche de 1915, en el frente, “la plus terrible que j'ai vécue”. Hubo otras ocasiones, sospechamos, antes de la crítica visita de su amigo Peisson, que habrían servido para detonar el cartu­cho. Pero quizá en esas ocasiones la mecha ardió con demasiada rapi­dez, estaba húmeda o se fundió bajo el peso de los acontecimientos mundiales. Pero dejemos estas conjeturas inútiles y sumerjámonos en la Sección 17 de Un Noveau Patrón Pour l'Aviation...

Esta breve sección comienza evocando una frase de Rémy de Gourmont: “Y muestra gran progreso que, donde las mujeres obraron antes, ahora las vacas rumian lo injerido...” En pocas líneas sale esto de la propia boca de Cendrars:
A partir del 10 de mayo el surrealismo descendió sobre la tierra: no las obras de absurdos poetas que pretenden ser tales y que a lo sumo no son sino sou-realistes porque predican el subconsciente, sino la obra de Cristo, el único poeta de lo sur-real...

Si alguna vez tuve fe, fue en ese día que debió haberme tocado la gracia...
Siguen a estos dos párrafos que tratan con arremolinada y compri­mida furia la eterna y execrable condición de la guerra. Como Goya, repite: “J'ai vu”. El segundo párrafo termina así:
Se detuvo de pronto el sol. El pronóstico meteorológico anunciaba un anticiclón de cuarenta días. ¡No podía ser! Por esta razón todo salió mal: los engranajes no engranaban, por todas partes se rompían las máquinas; era el punto muerto de todo.
Las próximas cinco líneas me acompañarán para siempre en mi memoria:
No, el 10 de mayo la humanidad distaba de estar preparada para el acontecimiento. ¡Señor! Arriba, el cielo parecía una es­palda de relucientes nalgas y el sol un ano inflamado. ¿Qué otra cosa que mierda podría haber caído de él? El hombre moderno gritó de terror...
Este hombre del 21 de agosto de 1943, que estalla en todas direc­ciones al mismo tiempo, ya había dado a luz, por supuesto, una mon­taña de libros, de los cuales no han sido los menores, según descubriremos algún día, los diez volúmenes de
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