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La Main Coupée, l'Homme Foudroyé, Bourlinguer, Le Lotissement du Ciel, La Banlieue de Parts.

De paso —en Cendrars casi todo lo importante parece haber sido hecho -de paso—: ha traducido las obras de otros escritores, principalmente el autor portugués Ferreira de Castro (Forét Vierge) y nuestro propio Al Jennings, el gran proscrito e íntimo amigo de O. Henry. ¡Qué traducción maravillosa es Hors-la-loi, que en in­glés se llama Through the Shadows with O. Henry (Por las Sombras con O. Henry). Existe una especie de colaboración secreta entre Cendrars y el ser más interior de Al Jennings. En la época en que escribió sobre el particular, Cendrars todavía no había conocido a Jennings y ni siquiera había sostenido correspondencia con él. (Éste es otro libro, debo decir de paso, que nuestros editores de libros de bolsillo han pasado por alto. Hay una fortuna en él, salvo que yo haya perdido la cordura, y sería reconfortante pensar que parte de esta fortuna pudiera abrirse paso hasta los bolsillos de Al Jennings.).

Uno de los aspectos más encantadores del temperamento de Cen­drars es su habilidad y disposición para colaborar con otros artistas como él. ¡Imaginémoslo editando las publicaciones de La Siréne poco después de la primera guerra mundial! ¡Qué oportunidad! A él le debemos una edición de Les Chants de Maldoror, la primera que apareció desde la publicación privada original que hiciera el autor en 1868. Innovador en todo, siempre minucioso, escrupuloso y exigente en sus demandas, todo cuanto surgiera de las manos de Cendrars en La Siréne es hoy una valiosa pieza para coleccionistas. Mano a mano con su capacidad para la colaboración marcha otra cualidad: su habili­dad o don para tomar la iniciativa. Sea un criminal, un santo, un genio o un prometedor bisoño, Cendrars es el primero en ayudar de la manera que la persona más desea. Hablo aquí con justificable calor. Ningún escritor me ha prestado un honor más señalado que mi queri­do Blaise Cendrars, quien, poco después de la publicación de Trópico de Cáncer llamó un buen día a mi puerta para extenderme su mano de amigo. Tampoco podré olvidar el primer cordial y elocuente co­mentario del libro que apareció poco después en Orbes firmado por él. (O quizá haya sido antes de que apareciese en el estudio de la Villa Seurat.).

Leyendo a Cendrars —y esto es una cosa que raras veces me sucede—, hubo momentos que dejaba el libro para frotarme las manos de entusiasmo o desaliento, de angustia o desesperación. Cendrars me ha parado en el camino una y otra vez, con la implacabilidad del pistolero que nos apoya el cañón del arma en la espalda. Oh, sí, muchas veces me dejo transportar por la exaltación cuando leo la obra de un hombre. Pero ahora aludo a otra cosa que no es exaltación. Me refiero a una sensación en la cual todas las emociones propias se fusionan y confunden. Hablo de golpes abrumadores. Cendrars me ha derribado en frío. No una vez, sino muchas veces. No soy precisamen­te un flojo cuando de recibir un golpe en el mentón se trata. Sí, mon cher Cendrars, usted no solamente me detuvo sino que usted paró el reloj. He tardado días, semanas, a veces meses, para reponerme de estos encuentros con usted. Aún años después puedo poner la mano en el punto donde recibí el golpe y sentir el antiguo escozor. Usted me vapuleó y me lesionó; usted me dejó herido, turbado y mareado de tantos golpes. Lo curioso es que cuanto mejor le conozco —a través de sus libros— mayor susceptibilidad adquiero. Es como si me hubiese estampado un sello indio. Avanzo con el mentón en alto, para “recibir”. Soy carne de usted, como muchas veces he dicho. Y porque creo no ser el único, porque deseo que otros gocen esta inusitada experiencia, sigo aportando mi pequeña palabra por usted donde y siempre que pueda.

He dicho desprevenidamente: “cuanto mejor le conozco”. Mi que­rido Cendrars, nunca llegaré a conocerlo, no como conozco a otros hombres, de eso tengo la certeza. No importa lo mucho que usted revele de sí mismo, jamás llegaré al fondo de usted. Dudo que al­guien lo logre alguna vez y no es vanidad lo que me induce a expre­sarlo de esta manera. Usted es inescrutable como un Buda. Usted inspira, usted revela, pero usted nunca se entrega del todo. ¡No por­que usted sea mezquino! No, encontrándolo a usted, sea en persona o a través de la palabra escrita, usted deja la impresión de haber dado todo lo que puede dar; en efecto, es uno de los pocos hombres que conozco y que, tanto en sus libros como en persona, dan esa “medida extra” que para nosotros lo significa todo. Usted da todo lo que puede darse. No es culpa suya si la médula misma de su persona excluye el análisis. Es la ley de su ser. Aunque no cabe duda de que hay hombres menos inquisitivos, menos perceptivos, menos escrutadores para quienes estas observaciones carecen de sentido, usted ha refinado de tal modo nuestra sensibilidad, ha enaltecido de tal manera nuestra conciencia, ha profundizado a tal extremo nuestro amor por los hom­bres y mujeres, por los libros, por la naturaleza, por mil y una cosas de la vida que solamente uno de sus propios párrafos interminables podría enumerar, que despierta en nosotros el deseo de volverlo a usted del revés para ver lo que tiene dentro. Cuando lo leo a usted o converso con usted, siempre tengo noción de su inagotable concien­cia: usted no se sienta simplemente en una silla de una habitación en una ciudad de un país para decirnos lo que hay sobre su mente o dentro de su mente, sino que usted hace hablar a la silla y vibrar la habitación con el tumulto de la ciudad cuya vida es sostenida por el extremo ajetreo invisible de una nación entera cuya historia se ha convertido en la historia de usted, cuya vida es suya y la suya, de ella; y cuando usted conversa o escribe, todos estos elementos, imágenes, hechos y creaciones entran en sus pensamientos e impresiones, for­mando una tela que la araña que hay en usted incesantemente teje y extiende sobre nosotros, sus escuchas, hasta envolver a la creación entera, y nosotros, usted, ellos, las cosas, todo, hemos perdido identi­dad para encontrar nuevo significado, para encontrar nueva vida... Antes de seguir adelante quisiera recomendar dos libros sobre Cendrars a todos los que tienen interés en conocer más sobre el hombre. Ambos se intitulan Blaise Cendrars. Uno es de Jacques Henry Levés (Editions de la Nouvelle Critique, Paris, 1947) y el otro de Louis Parrot (Editions Pierre Seghers, Paris, 1948); este último fue terminado por el autor en su lecho de muerte. Ambos contienen bibliografías, pasajes de las obras de Cendrars y muchas fotografías tomadas en diver­sos períodos de su vida. Quienes no lean francés podrán adquirir un asombroso conocimiento de este enigmático individuo solamente por las fotografías. (Es sorprendente el sabor y vitalidad que los editores franceses dan a sus publicaciones mediante la inserción de viejas foto­grafías. Seghers ha sido particularmente emprendedor en este sentido. En su serie de libritos cuadrados, denominados Poetes d'Ajourd'hui, nos ha brindado una verdadera galería de figuras contemporáneas y casi contemporáneas.)

Sí, se puede deducir mucho sobre Cendrars con sólo estudiar su fisonomía. Es probable que haya sido fotografiado más que cualquier otro escritor contemporáneo. Además varios artistas célebres, entre ellos Modigliani, Apollinaire y Léger, han hecho bocetos y retratos suyos. Hojead las páginas de los dos libros que acabo de mencionar —el de Levésque y el de Parrot—; examinad bien este “guele” que Cendrars ha presentado al mundo de un millar de modos distintos. Algunos os harán llorar; otros son casi alucinantes. Hay una foto de él con uniforme tomada durante los días de la Legión Extranjera, cuando era cabo en ella. La mano izquierda, que sostiene una culata que le quema los dedos, sobresale de la capa; es una mano tan expresiva, tan elocuentísima, que si no se conoce la historia de que el brazo no está, esto lo transmitiría inequívocamente. Con esta poderosa y sensible mano izquierda ha escrito la mayoría de sus libros, ha firmado su nombre en innumerables cartas y postales, se ha afeitado, se ha lava­do, ha conducido su veloz Alfa-Romeo por los más peligrosos terre­nos; con esta mano izquierda se ha abierto paso a machetazos en la selva, se ha salido con la suya en las grescas, se ha defendido, ha disparado sobre hombres y bestias, ha cargado a sus camaradas a la espalda, ha saludado con un cálido apretón a un amigo perdido de antaño y ha acariciado a las mujeres y animales que amó. Hay otra foto suya, tomada en 1921, cuando trabajaba con Abel Gance en la película llamada La Roue, con el eterno cigarrillo adherido a sus labios, un diente que le falta, una gorra de cúpula inmensa con un enorme pico colgando sobre una oreja. La expresión de su rostro parece sacada de Dostoievsky. En la página opuesta aparece una foto tomada por Raymone en 1924, cuando trabajaba en l'Or (Sutter's Gold). Allí está, plantado con los pies muy separados, la mano izquierda introducida en el bolsillo de su holgado pantalón y un mégot en sus labios, como siempre. En esta foto parece un robusto campesino de origen eslavo. Hay un expresivo resplandor en su mirada, una especie de desafío franco y optimista. -¿Qué tal, Jack, regio... y tú?- parece decir. Eso trasmite su mirada. Otra, tomada junto con Levésque en Tremblay-sur-Maulne en 1926, le sorprende afirmado en la cúspide de la vida. Aquí parece culminar su salud e irradia, salud, gozo y vitalidad. En 1928 tenemos la foto que ha sido reproducida a millares. Es el Cendrars del período sudamericano y se presenta formal, acicalado, bien vesti­do, con su cabeza coronada por un hermoso sombrero de fieltro con su suave ala vuelta hacia arriba. Hay en su mirada un fulgor ardiente y distante, como si acabase de regresar de la Antártida. (Creo que fue en este período cuando escribía o acababa de escribir Dan Yack, cuya primera mitad (Le Plan de l'Aiguille) acaba de aparecer hace poco traducida en una edición inglesa.). Pero en 1944 vemos un brochazo de le vieux Légionnaire en una fotografía tomada por Chardon, de Cavaillon. Aquí nos recuerda a Víctor MacLaglan encarnando al prota­gonista de The Informer. Éste fue el período de VHomme Foudroyé, que para mí es uno de sus libros principales. Aquí esta el hombre terrenal completamente desarrollado y compuesto por muchas ricas capas: peón, trampero, vago, camarero de restaurante, mezclador, pu­gilista, aventurero, marinero, soldado, matón, el hombre de una y mil experiencias duras y amargas que jamás se marchitó sino que maduró, maduró y maduró. Un homme, quoi! Dos fotos tomadas en 1946 en Aix-en-Provence nos ofrecen imágenes tiernas y conmovedoras de él. Una, en la cual aparece apoyado en una cerca, lo muestra rodeado por los chiquillos del barrio; les enseña un puñado de juegos de manos La otra lo sorprende caminando por una vieja y sombría calle que se curva en la lejanía. Tiene una mirada meditativa, si no triste. Es una hermosa fotografía que recuerda la atmósfera del Midi. Se camina con él en su ánimo pensativo, asaltado por pensamientos inasibles que le envuelven... Hago un esfuerzo para frenarme. Podría seguir hablando eternamente de los aspectos “fisonómicos” del hombre. Es una cara que jamás podría olvidarse. Es humana, eso es. Humana como las caras chinas, como las caras egipcias, cretenses y etruscas.

Muchas cosas se han dicho contra este escritor... que sus libros son de estilo cinematográfico, que son sensacionales, que exagera y de­forma a outrance, que es prolijo y verboso, que carece de sentido de las formas, que es demasiado realista o que sus narraciones son dema­siado increíbles, y así ad infinitum. Tomadas en conjunto, existe por supuesto una pizca de verdad en estas acusaciones, pero recordemos, sólo una pizca. Reflejan las impresiones del crítico a sueldo, del aca­démico, del novelista frustrado. ¿Tendrán consistencia? Tomemos por caso su técnica cinematográfica. Pues bien, ¿acaso no vivimos en la era del cine? ¿No es éste un período de la historia más fantástico, más “increíble” que el simulacro de él que vemos desplegarse en la panta­lla de plata? En cuanto a su sensacionalismo, ¿hemos olvidado a Gilíes de Rais, el Marqués de Sade, las Memorias de Casanova? En cuanto a la hipérbole, ¿qué hay de Píndaro? En cuanto a prolijidad y verbosi­dad, ¿qué pasa con Jules Romains o Marcel Proust? En cuanto a exage­ración o deformación, ¿qué decir de Rabelais, Swift, Céline, por men­cionar una anómala trinidad? En cuanto a la falta de formas, ese asno perenne que siempre cocea en las páginas de las revistas literarias, ¿acaso no hemos escuchado a europeos cultos explayarse sobre el aspecto “vegetal” de los templos hindúes, cuyas fachadas siempre es­tán repletas de una multitud de formas humanas, animales y otras? ¿No los he visto torcer los labios de disgusto cuando examinan las asombrosas fluorescencias que encierran los pergaminos tibetanos? ¿No hay gusto, eh? ¿No hay sentido de las proporciones? ¿No hay control? C'est Ça. De la mesure avant tout. Estos nulos culturales olvidan que sus amados ejemplos, los griegos, trabajaron con bloques ciclópeos, crearon monstruosidades tanto como apoteosis de armo­nía, gracia, forma y espíritu; olvidan quizá que la escultura cicládica de Grecia superó en abstracción y simplificación a todo lo que Brancui o sus seguidores hayan intentado jamás. La misma mitología de estos cultivadores de la belleza, cuyo lema era “nada en extremo”, es una revelación del “monstruoso” aspecto de su ser.

Oui, Cendrars está repleto de excrecencias. Hay pasajes que sobre­salen de las letras de su texto como tumores. Son acotaciones, parén­tesis, apartes que constituyen la esencia y sustancia de libros que vendrán todavía en el mañana. Existe una grandiosa eflorescencia y exfoliación y también hay un gran derroche de materia en sus libros. Cendrars ni enjaula ni encasilla, como tampoco se agota por comple­to. Cuando llega el momento de aflojar las riendas, las afloja. Cuando conviene o resulta eficaz ser breve, es breve hasta reducirse a un punto, como la daga. Para mí sus libros reflejan su falta de hábitos fijos o, mejor todavía, su habilidad para romper un hábito. (¡Signo de verdadera emancipación!) En esos engrosados párrafos que son como une mer houleuse y que al parecer algunos lectores no pue­den sortear, Cendrars revela su espíritu oceánico. Nosotros, que arrostramos la locura del querido Shakespeare con sus explosiones elementales, ¿vamos a temer ahora estos gustos cósmicos? Nosotros que hemos deglutido el Pantagruel y Gargantúa por medio de Ur-quhart, ¿vamos a echarnos atrás ante catálogos de nombres, lugares, fechas y acontecimientos? Nosotros que hemos producido al escritor más raro de cualquier idioma —Lewis Carroll—, ¿vamos a alejarnos avergonzados del juego de palabras, de lo ridículo, de lo grotesco, de lo indecible o de lo “totalmente imposible”? Se requiere ser hom­bre para contener el aliento, como hace Cendrars cuando está a pun­to de desencadenar uno de sus párrafos de tres páginas sin detener­se. ¿Un hombre? ¡Un buzo de alta mar! ¡Una ballena! Un hombre ballena, dicho con exactitud.

Es notable que este mismo hombre también nos haya dado algu­nas de las frases más breves jamás escritas hasta ahora, particularmen­te en sus poemas y en sus poemas en prosa. Aquí, en ritmo staccato —no olvidemos que antes de escritor fue músico— despliega un estilo telegráfico. (Podría llamarse “telestético”.). Se lee con la misma rapidez que el chino, con cuyos caracteres escritos sus vocablos tie­nen curiosa afinidad, a mi manera de entender. Esta técnica especial de Cendrars crea una especie de exorcismo: una liberación del gran peso de la prosa, de los impedimentos de la gramática y la sintaxis, de la ilusoria inteligibilidad de lo meramente comunicativo en el lenguaje. En L 'Eubage, por ejemplo, descubrimos una sibilina calidad de pensamiento y expresión. Es uno de sus libros curiosos. Es un extremo. También es una desviación para alcanzar un fin. Cendrars es realmente difícil de clasificar, aunque no sé por qué razón querríamos clasificarlo. A veces pienso en él como “el escritor de los escritores”, aunque decididamente no es eso. Lo que deseo significar, en cambio, es que el escritor tiene mucho que aprender de Cendrars. Recuerdo que en la escuela siempre se nos instaba a tomar como modelos a hombres como Macaulay, Coleridge, Ruskin o Edmund Burke, e in­cluso Maupassant. Por qué no dijeron Shakespeare, Dante o Milton lo ignoro. Me atrevería a decir que ningún profesor se habría arriesgado jamás a decir que cualquiera de nosotros iba a llegar algún día a ser escritor. Ellos mismos eran fracasados y, por eso, maestros. Cendrars ha indicado con claridad que el único maestro, el único modelo, es la vida misma. Lo que el escritor puede aprender de Cendrars es seguir su olfato, obedecer los mandos de la vida y no rendir culto a otro dios que no sea la vida. Algunos intérpretes sostendrán que Cen­drars se refiere a “la vida peligrosa”. No creo que Cendrars nos limite de esa manera. Él entiende la
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