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Virgile, por J. Carcopino (París, 1930):

“Apocatástasis es la palabra que los caldeos ya usaban para descri­bir el retorno de los planetas, en la esfera celeste, a los puntos simé­tricos a su partida. También es la palabra que empleaban los médicos griegos para describir el retorno del paciente a la salud.”

En cuanto al librito de Frederick Cárter —Symbols of Revelation— quizá sea interesante saber que el autor de este libro proporcionó a D. H, Lawrence un material de incalculable valor para escribir Apocalypse. Sin saberlo, Cárter también me proporcionó, por medio de su libro, el material y la inspiración con los cuales espero algún día escribir Draco and the Ecliptic (Dracón y la Eclíptica). Creo que esta obra, sello o piedra cumbre de mis “novelas autobiográficas”, según las llaman, será una obra condensada, transparente y alquímica, fina como una oblea y absolutamente hermética.

El más grande de todos los libritos es, por supuesto, el Tao Teh Ch'ing. Presumo que no solamente constituye un ejemplo de supre­ma sabiduría sino que también es excepcional en su condensación del pensamiento. Como filosofía de la vida no solamente tiene cohe­rencia con los sistemas de pensamiento más voluminosos propuestos por otras grandes figuras del pasado, sino que, a mi entender, los supera en todos los sentidos. Posee un elemento que lo separa por completo de otras filosofías de la vida: el humor. Aparte el célebre seguidor de Lao-tse que viene varios siglos después, no volvemos a encontrar humor en estas encumbradas regiones hasta Rabelais. Sien­do médico, además de filósofo e imaginativo escritor, Rabelais hace aparecer el humor como lo que realmente es: el gran emancipador. Pero al lado del suave, sagaz y espiritual iconoclasta de la antigua China, Rabelais parece un cruzado desaliñado. Quizá el Sermón de la Montaña sea la única pieza breve de sabiduría que podría compararse al evangelio en miniatura de sabiduría y salud de Lao-Tse; puede que sea un mensaje más espiritual que el de Lao-tse, pero dudo que con­tenga mayor sabiduría. Está, por supuesto, totalmente desprovisto de humor.

Dos libritos de literatura pura, que pertenecen a una categoría apropiada a mi manera de pensar, son Seraphita de Balzac y Siddharta de Hermann Hesse. Leí por primera vez Seraphita en francés, en una época en que mi francés no era nada bueno. El hombre que dejó el libro en mis manos empleó esa refinada estrategia de que hablé pre­viamente: no dijo casi nada sobre el libro, excepto que era un libro para mí. Viniendo de él, el incentivo bastó. Había sido realmente un libro “para mí”. Llegó exactamente en el momento oportuno de mi vida y ejerció con toda precisión el efecto deseado. Desde entonces, si pudiera expresarlo así, “experimenté” con él entregándolo a perso­nas que no estaban preparadas para leerlo. Con estos experimentos aprendí mucho. Seraphita es uno de esos libros realmente raros que se abren paso solos. “Convierten” a un hombre o lo aburren y lo con­trarían. La propaganda nada puede hacer por fomentar su difusión. En efecto, su virtud radica en esto, en que nunca son leídos con prove­cho, salvo por unos pocos elegidos. ¿Acaso no conocemos la exclama­ción de ese joven estudiante vienes que, abordando a Balzac en la calle, imploró permiso para besar la mano que escribió Seraphita? Las modas, sin embargo, no tardan en extinguirse y es una suerte que así sea, porque sólo entonces emprende un libro su verdadera jornada camino de la inmortalidad.

Leí por primera vez Siddhartha en alemán, después de no haber leído nada en ese idioma desde por lo menos treinta años. Era un libro que tenía que leer a toda costa porque, según me dijeron, fue el fruto de la visita de Hesse a la India. No había sido traducido al in­glés y en esa época me resultaba difícil conseguir la versión francesa de 1935, editada por Grasset en París. Pero de pronto me encontré con dos ejemplares en alemán, uno que me envió mi traductor Kurt Wagenseil, y el otro, la esposa de George Dibbern, autor de Quest. Apenas hube terminado de leer la versión original, cuando mi amigo Pierre Laleure, librero de París, me envió varios ejemplares de la edi­ción de Grasset. Inmediatamente releí el libro en ese idioma, para descubrir con la consiguiente satisfacción que no había perdido para nada el aroma ni la sustancia del libro debido a mis escasos conoci­mientos de alemán. Muchas veces desde entonces he comentado a mis amigos, y hay verdad en la exageración, que aunque Siddhartha solamente hubiese estado disponible en turco, finés o húngaro, lo habría comprendido igual, aunque no conozco ni una palabra de esas extrañas lenguas.

No es del todo exacto decir que experimenté el imperioso deseo de leer este libro porque Hermann Hesse haya estado en la India, sino porque la palabra Siddhartha era un adjetivo que siempre yo había asociado con Buda y, por lo tanto, me abrió el apetito. Mucho antes de aceptar a Jesucristo, había abrazado a Lao-tse y a Gautama el Buda. ¡El príncipe de la ilustración! De alguna manera ese apelativo nunca pareció cuadrar para Jesús. Mi concepción del dulce Jesús era la de un hombre atribulado. La palabra ilustración tocó en mí una cuerda armónica; bien o mal, pareció quemar todas las demás pala­bras asociadas con el fundador del cristianismo. Me refiero a palabras como pecado, culpa, redención y así sucesivamente. Hasta hoy toda­vía prefiero el gurú a un santo cristiano o al mejor de los doce discípu­los. En torno al gurú siempre brilla y siempre brillará ese aura, tan preciosa para mí, de la “ilustración”.

Quisiera hablar extensamente de Siddharta, pero, tal como suce­de con Seraphita, sé que cuanto menos diga tanto mejor. En conse­cuencia, me conformaré con citar —para beneficio de los que saben leer entre líneas— algunas palabras tomadas de un boceto autobio­gráfico de Hermann Hesse en el número de Horizon de Londres apa­recido en septiembre de 1946.

También hallé completamente justo otro reproche que (sus amigos) me hicieron: me acusaron de que carecía de sentido de la realidad. Ni mis escritos ni mis pinturas coinciden de hecho con la realidad, y al componer muchas veces olvido to­das las cosas que el lector educado exige de un buen libro, y, más que nada, me falta un verdadero respeto por la realidad.

Veo que inadvertidamente he tocado uno de los vicios o debilida­des del lector demasiado apasionado. Lao-tse dice que “cuando un hombre que pretende reformar el mundo emprende la tarea, com­prueba fácilmente que la tarea no tendrá fin”. ¡Demasiado cierto, por desgracia! Cada vez que me siento impulsado a abogar por un nuevo libro —con todos los poderes que hay en mí— creo más trabajo, más angustia, más frustración para mí mismo. He hablado de mi manía de escribir cartas. He dicho que tomo asiento, después de cerrar un buen libro, para informar a todos mis amigos sobre él. ¿Admirable? Puede que sí. Pero también es una tontería y un derroche de tiempo. Los mismos hombres que trato de interesar —críticos y editores— son los que menos se entusiasman por mis entusiastas pregones. En verdad he llegado a creer que mi recomendación basta para que los directores y editores pierdan interés en un libro. Todo libro que pa­trocino o para el cual escribo un prefacio o comentario, parece conde­nado al fracaso. Creo que quizá por debajo de esta situación haya una ley profunda y justa. Expresaré como mejor pueda esta ley no escrita: “No te metas en el destino de otro, aunque no sea otra cosa que un libro”. También voy comprendiendo más y más por qué procedo con tanta impulsividad en estas cosas. Se trata, aunque resulte triste decir­lo, que me identifico con el pobre escritor al que trato de ayudar. (Para revelar un aspecto ridículo de la situación, diré que algunos de estos autores están muertos desde hace mucho tiempo. ¡Ellos me ayu­dan a mí y no yo a ellos!). Por supuesto, siempre lo planteo ante mí mismo de esta manera: “¡Qué lástima que Fulano de Tal no haya leído este libro! ¡Cómo le agradaría! ¡Cuánta sustancia tiene!” Nunca dejo de pensar que los libros que otros encuentran por su cuenta pueden servir igualmente bien.

Fue debido a mi exagerado entusiasmo por libros como The Absolute Collective (El Colectivo Absoluto), Quest, Blue Boy (Niño Azul), Interlinear to Cabeza de Vaca, el Diario de Anais Nin (que todavía existe sólo en manuscrito) y otros, muchos otros, por lo que comencé a importunar a la perversa y huidiza tribu de directores y editores que dictan al mundo lo que debemos leer o no. Con respecto a dos escri­tores en particular, he escrito las cartas más ardientes y urgentes ima­ginables. Un niño de escuela no habría sido más entusiasta e ingenuo que yo. Recuerdo que al escribir una de estas cartas hasta lloré. Iba dirigida al director de una colección de libros de bolsillo bien conoci­da. ¿Creen ustedes que el individuo se conmovió por mi irrefrenable emoción? Tardó exactamente seis meses en contestar, pero dijo, con ese estilo frío e hipócrita que emplean muchas veces los directores de editoriales, que con profundo pesar “ellos” (siempre los caballos negros) habían llegado a la conclusión (la cantilena de siempre) de que mi hombre no era conveniente para su colección. Gratuitamente citaron las excelentes ventas que tenían Homer (muerto hace mucho) y William Faulkner, a los que habían decidido editar. La indiferencia era: búsquenos escritores como estos y morderemos el anzuelo. Por fantástico que parezca, es la verdad. Es exactamente la manera de pensar de los editores.

No obstante, este vicio mío, según veo, es inofensivo comparado con los de los fanáticos políticos, los intrigantes militares, los cruza­dos del vicio y otros tipos detestables. Al propalar al mundo mi admi­ración y afecto, mi gratitud y reverencia, por dos escritores franceses vivos, Blaise Cendrars y Jean Giono, no creo hacer ningún daño. Qui­zá peque de indiscreto; quizá se me considere un bobo ingenuo, quizá se me critique con justicia o no por mi gusto o por mi falta de gusto; quizá sea culpable, en el más elevado sentido, de “manosear” el destino de los demás; quizá me rebaje por convertirme en un “pro­pagandista” más, ¿pero acaso perjudico a alguien? Ya no soy joven. Tengo, para ser exacto, cincuenta y ocho años. (-Je me nomme Louis Salavin-). En lugar de ser menos apasionado con los libros, encuentro que sucede lo contrario. Quizá mis extravagantes manifestaciones contengan un elemento de insensibilidad, pero nunca fui lo que se llama “discreto” o “delicado”. El mío es un toque tosco, pero honesto y sincero, de todos modos. Así, si soy culpable, pido perdón de ante­mano a mis amigos Giono y Cendrars. Les ruego que me desahucien si vuelco el ridículo sobre sus cabezas. Pero no me abstendré de hablar. El curso de las páginas precedentes, el curso de toda mi vida, en efecto, me lleva a esta declaración de amor y adoración.
Capítulo iii
BLAISE CENDRARS


Cendrars fue el primer escritor que se dignó mirarme durante mi estancia en París y el último hombre que vi al abandonar esa ciudad. Me quedaban contados minutos para alcanzar el tren para Rocamadour y bebía una última copa en la terraza de mi hotel, cerca de la Puerta de Orleans, cuando apareció Cendrars. Nada habría podido ale­grarme más que este inesperado encuentro de última hora. En pocas palabras le referí mi intención de visitar Grecia. Después volví a to­mar asiento y bebí escuchando la música de su voz sonora, que para mí siempre pareció provenir de algún órgano oculto en el mar. En esos últimos minutos Cendrars consiguió transmitirme un mundo de información con la misma calidez y ternura que rezuman sus libros. Como la tierra misma bajo nuestros pies, sus pensamientos llegaban acribillados por toda suerte de pasajes subterráneos. Lo dejé sentado allí en mangas de camisa, sin soñar jamás que transcurrirían años hasta volver a tener noticias suyas, sin soñar jamás que quizá sería la última vez que vería París.

Había leído todo lo que se había traducido de Cendrars antes de llegar a Francia, o sea casi nada. Mi primer bocado de él en su propio idioma lo percibí en una época en que mi francés no era nada acepta­ble. Comencé con Moravagine, libro de ninguna manera fácil para quien sabe poco francés. Lo leí lentamente, con el diccionario a mi lado, entre taza y taza de café. Lo comencé en el Café de la Liberté, esquina de la rue de la Gaieté y el Boulevard Edgar Quinet. Recuerdo el día perfectamente. Si Cendrars llega a leer alguna vez estas líneas, quizá se sienta complacido o hasta conmovido al saber que en esa sucia pocilga abrí por primera vez su libro.

Moravagine era probablemente el segundo o tercer libro que tra­taba de leer en francés. El otro día, tras un lapso de unos dieciocho años, lo releí. ¡Cuál no fue mi asombro al comprobar que pasajes enteros habían quedado grabados en mi memoria! ¡Y eso a pesar de que me parecía que mi francés era deficiente! He aquí uno de los pasajes que recuerdo con tanta claridad como el día en que lo leí por primer vez. Comienza al principio de la página 77 (Editions Grasset, 1926).

Os hablo de cosas que trajeron cierto alivio al principio. También estaban en el agua, que gorgoteaba a intervalos, y los grifos del excusado... Una indecible desazón se apoderó de mi ser.

(¿Esto no le transmite nada, mi querido Cendrars?)

Pienso inmediatamente en otros dos pasajes más profundamente grabados todavía en mi mente —pertenecen a Une Nuit dans la Foreí— que leí unos tres años más tarde. No los cito para hacer alarde de memoria sino para revelar un aspecto de Cendrars cuya existencia sus lectores ingleses y norteamericanos quizá no sospechen.

1. Yo, el hombre más libre que pueda existir, reconozco que siempre hay algo que nos liga: que la libertad y la indepen­dencia no existen, y desprecio rotundamente mi impotencia, pero al mismo tiempo gozo con ella.

2. Más y más comprendo que siempre he llevado una vida contemplativa. Soy una especie de brahmán al revés, que medi­ta sobre sí mismo entre la barahúnda y que, con todas sus fuer­zas, se disciplina a sí mismo y desdeña la existencia. O el bo­xeador y su sombra que, furioso, calmosamente, manoteando al vacío, observa su forma. ¡Cuánto virtuosismo, cuánta ciencia, cuánto equilibrio en la facilidad con que acelera! Después uno debe aprender a aceptar el castigo con igual imperturbabili­dad. Sé aceptar el castigo y con serenidad fructifico y con sere­nidad me destruyo a mí mismo en suma, trabajo en el mundo no tanto para gozar como para que otros gocen (son los reflejos de los demás los que me infunden placer, no los míos). Sólo un alma henchida de desesperanza podría alcanzar alguna vez la serenidad, y para estar en la desesperanza se debe haber amado mucho y amar todavía al mundo.

Es probable que estos dos pasajes hayan sido citados muchas veces y sin duda serán citados muchas más a medida que pasen los años. Son memorables y auténticamente del autor. Quienes sólo conocen Sutter's Gold (El Oro de Sutter), Panamá y On the Transsiberian (En el Transiberiano), que es casi todo lo que el lector norteamerica­no llega a conocer, se preguntarán realmente al leer los pasajes que anteceden por qué este hombre no ha sido traducido más. Mucho antes de que tratara de hacer que Cendrars fuese mejor conocido por el público norteamericano (y por el mundo en general, bien podría añadir), John Dos Passos había traducido e ilustrado con colores al agua Panamá, or tbe adventures of my seven uncles (Panamá, o las aventuras de mis siete tíos).

Sin embargo lo principal que debe saberse de Blaise Cendrars es que es un hombre compuesto de muchas partes. También es hombre de muchos libros, muchos tipos de libros, y con eso no significo libros “buenos” o “malos“ sino libros tan distintos entre sí que el autor da la impresión de marchar en todas direcciones al mismo tiempo. Es un hombre realmente desplegado y un escritor desplegado.

Su vida misma parece Arabian Nights' Entertainment. Y este indi­viduo que ha llevado una vida superdimensional también es una rata de biblioteca. Es el más gregario de los hombres y sin embargo es un solitario. (-O mes solitudes!-) Hombre de profunda intuición e inven­cible lógica. La lógica de la vida. La vida primero y ante todo. La vida siempre con V mayúscula. Así es Cendrars.

Seguir su carrera desde el momento en que abandona furtivamen­te la casa de sus padres en Neufchátel, cuando tenía de quince a dieciséis años, hasta los días de la ocupación, cuando se refugia en Aix-en-Provence y se impone un largo período de silencio, es para hacernos dar vueltas a la cabeza. El itinerario de sus andanzas es más difícil de seguir que los viajes de Marco Polo, cuya trayectoria, dicho sea de paso, parece haberse cruzado y vuelto a cruzar un sinnúmero de veces. Uno de los motivos de la gran fascinación que ejerce sobre mí es la semejanza entre sus viajes y aventuras, y los que asocio en la memoria con Simbad el Marino o Aladino y la Lámpara Maravillosa. Las asombrosas experiencias que atribuye a los personajes de sus li­bros y que la mayoría de las veces ha compartido, poseen todas las cualidades de la leyenda y también la autenticidad de la leyenda. Rindiendo culto a la vida y a la verdad de la vida, se acerca más que cualquier autor de nuestros tiempos a revelar la fuente común de las palabras y los hechos. Restaura a la vida contemporánea los elemen­tos de lo heroico, lo imaginativo y lo fabuloso. Sus aventuras lo han llevado a todas las regiones del mundo, particularmente las conside­radas peligrosas e inaccesibles. (Debemos leer especialmente los pri­meros años de su vida para apreciar la verdad de esta declaración.). Ha convivido con toda clase de gente, entre ella bandidos, asesinos, revolucionarios y otras variedades de fanáticos. Ha ensayado no me­nos de treinta y seis oficios, según sus propias palabras, pero, como Balzac, da la impresión de conocer todos los oficios. Fue titiritero, por ejemplo —en los escenarios ingleses— en la época en que Chaplin debutaba allí; fue traficante de perlas y contrabandista; tuvo una plantación en América del Sur, donde amasó una fortuna tres veces consecutivas y la perdió con mayor rapidez con que la ganó. ¡Pero leamos su vida! En ella hay más cosas que cautivan la atención.

Sí, es un explorador e investigador de los hábitos y acciones de los hombres. Además ha logrado convertirse en eso plantándose en el centro de la vida, compartiendo su suerte con sus semejantes. Cuan soberbio y minucioso es este hombre que ridiculizaría la idea de que se le denomine “un estudioso de la vida”. Tiene la facul­tad de obtener “su noticia” mediante un proceso de osmosis, nunca parece buscar nada deliberadamente. De ahí, sin duda, el por qué su propia historia siempre está entretejida con las historias de otros hom­bres. No cabe duda de que posee el arte de la destilación, pero lo que le interesa vitalmente es la naturaleza alquímica de todas las relacio­nes. Esta eterna búsqueda de lo transmutativo le permite revelar a los hombres ante sí mismos y ante el mundo; le lleva a exaltar las virtudes de los hombres, a reconciliarnos con sus defectos y debilidades, a aumentar nuestro conocimiento y respeto por lo esencialmente hu­mano, a profundizar nuestro amor y comprensión del mundo. Es el “reportero” por excelencia porque combina las facultades del poeta, del vidente y del profeta. Innovador e iniciador, siempre el primero en prestar testimonio, nos ha dado a conocer a los verdaderas precur­sores, a los verdaderos aventureros, a los verdaderos descubridores entre nuestros contemporáneos. Fue quien nos hizo apreciar el “bel aujourd'hui” más que Cualquier otro escritor.

Mientras actúa en todos los planos, halla tiempo para leer. En los largos viajes, en las profundidades del Amazonas, en los desiertos (su­pongo que los conoce todos, los desiertos de la tierra y los desiertos del espíritu), en la selva, en las anchurosas pampas, en los trenes, en los tranvías, los lanchones y los trasatlánticos, en los grandes museos y en las bibliotecas de Europa, Asia y África, se ha sepultado en libros, ha examinado archivos enteros, ha fotografiado documentos raros y, según tengo entendido, hasta puede haber robado libros, manuscritos y documentos valiosos de todo tipo, ¿por qué no, considerando la enormidad de su apetito por lo raro, lo curioso y lo prohibido?

En uno de sus libros recientes nos ha dicho que los alemanes (les Boches!) destruyeron o se llevaron, no recuerdo qué ocurrió, su pre­ciosa biblioteca, preciosa para un hombre como Cendrars, que ama proporcionar los datos más exactos cuando se refiere a un pasaje de uno de sus libros preferidos. Gracias a Dios conserva viva su memo­ria, que funciona como una máquina fiel; memoria increíble, como atestiguarán quienes hayan leído sus libros más recientes:
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