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fecha de publicación06.06.2015
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I Am Jonathan Scrivener (Yo Soy Jonathan Scrivener), que serviría para realizar una magnífica película como sucede con algunas otras de sus obras. Sus Julián Grant Loses His Way (Julián Grant Pier­de el Camino), una de mis preferidas, y All Change, Humanity! (¡Todo Cambia, Humanidad!), son menos conocidas y es lamentable.

Pero uno de los libros de Claude Houghton —toco aquí un tema que espero ampliar más adelante— parece haber sido escrito espe­cialmente para mí. Se llama Hudson Rejoins the Herd (Hudson Vuel­ve al Rebaño). En una extensa carta al autor expliqué el motivo por el cual me parece que es así. Esta carta se dará a la publicidad algún día. Lo que me asombró tanto al leer este libro fue que parecía dar un cuadro sumamente íntimo de mi vida durante cierto período cru­cial. Las circunstancias externas estaban “deformadas”, pero las interio­res resultaban alucinantemente reales. Yo no habría podido hacerlo mejor. Por un tiempo me pareció como si mediante algún misterioso recurso Claude Houghton hubiese logrado acceso a estos hechos y acontecimientos de mi vida. No obstante, en el curso de nuestra co­rrespondencia, no tardé en descubrir que todas sus obras son imagi­nativas. Quizá le sorprenda al lector enterarse de que tal coincidencia me parezca “misteriosa”. ¿Acaso las vidas y los personajes imaginarios de las novelas no concuerdan muchas veces con equivalentes reales? Por supuesto. Pero a pesar de todo sigo impresionado. Los que creen conocerme íntimamente deberían dar un vistazo a este libro.

Y ahora, sin ningún motivo, a menos que sea una reminiscencia del fulgor de mi adolescencia, brota en mi mente el nombre de Rider Haggard. Este es uno de los escritores que figuran en la lista de cien libros que preparé para Gallimard. ¡He aquí un autor que me tuvo en sus garras! El contenido de sus libros es vago y deshilachado. Sólo puedo recordar algunos títulos: Ella, Ayesba, Las Minas del Rey Salo­món y Alian Quatermain. Sin embargo, cuando pienso en ellos el mismo escalofrío recorre mi espalda, que cuando revivo el encuentro entre Stanley y Livingstone en las entrañas del África. Tengo la seguri­dad de que cuando lo relea, cosa que pienso hacer en breve, hallaré, como me sucediera con Henry, que mi memoria se tornará asombro­samente viva y fecunda.

Terminado este período de la adolescencia, resulta cada vez más difícil hallar un autor capaz de producir un efecto que se parezca en algo al creado por las obras de Rider Haggard. Por razones por el momento inescrutables, Trilby estuvo a punto de lograrlo. Trilby y Péter Ibbetson son libros excepcionales. El que provengan de un di­bujante de mediana edad, famoso por su diseños en -Punch-, es más que interesante. En la introducción de Peter Ibbetson, editada por la Modern Library, Deems Taylor relata que “caminando una noche en High Street Bayswater, con Henry James, Du Maurier ofreció a su amigo la idea de escribir una novela y procedió a desplegar el argu­mento de Trilby”. “James —dice— declinó el ofrecimiento”. Por for­tuna, acotaría yo. Imagino con terror lo que habría hecho Henry Ja­mes de un tema así.

Lo extraño es que el hombre que me puso sobre la pista de Du Maurier también depositó en mis manos Bouvard et Pécuchet de Flaubert, que no abrí sino treinta años después. Ese hombre había entregado ese libro y Sentimental Education (Educación Sentimen­tal) a mi padre en pago por una pequeña deuda. Mi padre, por su­puesto, se disgustó. Con la Sentimental Education (Educación Senti­mental) hay una asociación extraña. En alguna parte Bernard Shaw dice que no se pueden apreciar ciertos libros y que, en consecuencia, no se los debe leer hasta después de los cincuenta años. Uno de los que citó fue su famoso trabajo sobre Flaubert. Este es otro de los libros, como Tom Jones y Moll Flanders, que me propongo leer algún día, particularmente porque “he llegado a ser adulto”.

Pero volviendo a Rider Haggard... es extraño que un libro como Nadja, de André Bretón, deba vincularse de alguna manera con las experiencias emotivas engendradas por la lectura de las obras de Ri­der Haggard. Creo que en la Crucifixión Rosada me explayé con cierta extensión —¿o fue en Remember to Remember? (Recordar para recordar)— sobre el hechizo que siempre proyecta Nadja sobre mi ser. Cada vez que lo leo, siento la misma turbulencia interior, la mis­ma deliciosa y un tanto aterrorizada sensación que nos posee, por ejemplo, cuando nos encontramos completamente desorientados en la negrura azabache de una habitación que conocemos como la palma de su mano. Recuerdo haber escogido una parte del libro que me recordaba vividamente mi primer escrito en prosa, o por los menos el primero que presenté a un editor. (En el momento de escribir estas líneas caigo en la cuenta de que esta declaración no es del todo cierta, porque mi primerísimo escrito fue un ensayo sobre El Anticristo de Nietzche, que escribí para mí mismo en el taller de mi padre. Además el escrito que presenté a un editor es anterior en varios años al trabajo mencionado; se trataba de un artículo de crítica que había enviado a la revista Black Cat y que, con la consiguiente sorpresa, fue aceptado y pagado con 1,75 dólares o algo parecido, bastándome en esa oca­sión este magro pago para ponerme sobre ascuas, para hacerme tirar a la cuneta un sombrero flamante, donde fue aplastado inmediata­mente por un camión que pasaba.)

Por qué un escritor de la envergadura de André Bretón guardará relación en mi mente con Rider Haggard habiendo tantos escritores, es una cosa que requeriría páginas para explicarlo. Puede que al final de cuentas la asociación no sea tan recóndita, considerando las fuen­tes peculiares que sirvieron de inspiración, alimento y corroboración a los surrealistas. Todavía Nadja es un libro sin parangón, a mi enten­der. (Las fotografías que acompañan al texto tienen valor propio). De todos modos, es uno de los pocos libros que he releído varias veces sin que se disipara el encantamiento original. Creo que esto basta para destacarlo.

La palabra que me he abstenido deliberadamente de anotar cuan­do me refería a Rider Haggard y Nadja es “misterio”. Esta palabra, tanto en singular como en plural, la he reservado para referirme a mis deliciosas y fértiles asociaciones con el diccionario y la enciclopedia. Muchas veces he perdido días enteros en la biblioteca pública buscan­do palabras o temas. También aquí, para ser veraz, debo decir que los días más maravillosos los pasé en mi hogar, con mi excelente compa­ñero Joe O'Regan. Tristes días invernales, cuando los alimentos esca­seaban y la esperanza o la idea de obtener empleo se esfumaba. Entre­mezclados con las incursiones en los diccionarios y enciclopedias hay recuerdos de otros días o noches pasados íntegramente jugando al ajedrez o al tenis de mesa, o pintando con colores al agua, tareas a las que nos entregábamos como monomaniáticos.

Una mañana, cuando escasamente me había levantado de la cama, me dirigí a mi enorme diccionario no abreviado Funk & Wagnall bus­cando una palabra que había acudido a mi mente al despertar. Como de costumbre, una palabra condujo a otra, porque, ¿qué es el diccio­nario sino la forma más sutil del “juego de circuito” enmascarado a guisa de libro? Con Joe a mi lado, Joe el eterno escéptico suscitóse una discusión que duró todo el día y toda la noche, sin amainar en ningún momento la búsqueda de más y más definiciones. Debido a Joe O'Regan, quien tantas veces me había estimulado a poner en tela de juicio todo lo que yo había aceptado ciegamente, despertaron mis primeras sospechas sobre el valor del diccionario. Hasta ese momen­to había tomado al diccionario como la última palabra, tal como se hace con la Biblia.

Creía, como todo el mundo cree, que obteniendo la definición se obtiene el significado —lo que yo diría la “verdad”— de una palabra. Pero ese día, pasando de derivación en derivación, tropezando así con, los más asombrosos cambios de significado, con contradicciones e inversiones de significados anteriores, todo el andamiaje de la lexico­grafía comenzó a tambalearse y ceder. Buscando el “origen” más re­moto de una palabra, observé que me encontraba frente a un muro de piedra. ¡A todas luces era imposible que las palabras que examinába­mos hubiesen entrado en el lenguaje humano en los puntos indica­dos! Volver nada más que al sánscrito, el hebreo el islandés (¡y cuan maravillosas palabras surgen del islandés!) no era nada, en mi opi­nión. La historia se había retrotraído más de mil años y allí estábamos, varados en el vestíbulo de los tiempos modernos, por así decirlo. El que tantas palabras de connotación metafísica y espiritual, que los griegos empleaban libremente, hubiesen perdido todo significado, nos dejaba perplejos. Para abreviar, diré que al poco tiempo llega­mos a la conclusión de que el significado de una palabra cambiaba, desaparecía por completo o se convertía en su opuesto, según la época el lugar y la cultura del pueblo que utilizaba el término. La sencilla verdad de que la vida es tal como la hacemos, tal como la vemos con todo nuestro ser, y no lo que se nos da objetiva, histórica o estadísticamente, también se aplica al idioma. Quien menos pare­ce comprender esto es el filólogo. Pero sigamos adelante, del dic­cionario a la enciclopedia...

Fue natural, al saltar de significado en significado, al observar los usos de las palabras cuyos orígenes trazábamos, que para un estudio más completo y profundo tuviésemos que echar mano de la enciclo­pedia. Al final de cuentas el proceso de la definición es de referencias y de referencias cruzadas. Para saber el significado de una palabra dada es menester conocer las palabras que, por así decirlo, son margi­nales a ella. El significado nunca es dado directamente: se infiere, se deduce o se destila. Y quizá esto se debe a que no se conoce la fuente original

¡Pero la enciclopedia! ¡Ah, puede que allí pisemos terreno firme! Examinaríamos temas y no palabras. Descubriríamos de dónde surgie­ron estos símbolos mistificadores por los cuales los hombres han combatido y sangrado, y se han torturado y matado los unos a los otros. Ahora bien, existe un maravilloso artículo en la Encyclopedia Britannica (la célebre edición) sobre “Misterios” y, si se desea pasar un día agradable, entretenido e instructivo en la biblioteca, conviene empezar siempre con una palabra como “misterios”. Esta palabra lleva al lector a lo lejos y a lo ancho, lo envía a su casa trastabillando, indiferente a las comidas, al sueño y a otras exigencias del sistema autónomo. ¡Pero jamás se logra esclarecer el misterio! Además si, como por lo general suele hacer el buen catedrático, usted se ve obligado a recurrir de las “autoridades” seleccionadas por los sabihon­dos enciclopédicos a otras “autoridades” sobre el mismo tema, no tar­dará en descubrir que su respeto y reverencia por la sabiduría acumulada que mora en la enciclopedia se esfuma y se pulveriza. Conviene adquirir una actitud de desafío frente a tanto saber enterrado. ¿Quié­nes, al final de cuentas, son estos maestros enterrados en las enciclo­pedias? ¿Son las autoridades finales? ¡No, en absoluto! La autoridad final siempre tiene que ser uno mismo. Estos maestros embrujados han “trabajado sobre el terreno” y cultivaron mucha sabiduría. Pero no es divina y ni siquiera es la suma de la sabiduría humana (en cual­quier tema) lo que nos ofrecen. Han trabajado como hormigas y cas­tores, y por lo general con tan poco sentido del humor y con tan escasa imaginación como esas humildes criaturas. Una enciclopedia elige a sus autoridades, otra elige a otras autoridades. Las autoridades siempre son opio en el mercado. Al terminar de hablar con ellas se sale sabiendo muy poco del tema que motivó la consulta y mucho más de otras cosas que no vienen al caso. La mayoría de las veces uno termina sumido en la desesperanza, la duda y la confusión. Si algo se gana, es en el empleo más ingenioso de la facultad de interrogar, la facultad que exalta Spengler y que distingue como la principal contri­bución que hiciera Nietzsche.

Cuanto más pienso en esto, más creo que la contribución que sin quererlo me han hecho los hacedores de enciclopedias fue fomentar la indolente y placentera búsqueda de saber, que es el más tonto de todos los pasatiempos. Leer la enciclopedia fue como ingerir una droga, una de esas drogas que dicen que carece de efectos nocivos y no produce hábito. Tal como los sólidos, estables y sensatos chinos de la antigüedad, me parece que el opio es mejor. Si queremos rela­jarnos para gozar la liberación de toda ansiedad, si queremos estimu­lar la imaginación —¿y qué podría conducir mejor a la salud mental, moral y espiritual?— entonces diría que el empleo juicioso del opio es mucho mejor que la droga espuria de la enciclopedia.

Mirando retrospectivamente mis días en la biblioteca —¡curioso que no recuerde mi primera visita a una biblioteca!— los comparo con los días que pasa el opiómano en su pequeña celda. Acudía regu­larmente en busca de mi “dosis” y la obtenía. Muchas veces leía al azar cualquier libro que llegase a mi poder. A veces me enfrascaba en obras técnicas, en manuales o en curiosidades literarias. En la sala de lecturas de la biblioteca de la Calle 42 de Nueva York había un ana­quel, recuerdo, que estaba repleto de mitologías (de muchos países y muchos pueblos) y que devoré como una rata muerta de hambre. A veces, como animado por ardiente misión, solamente taladraba las nomenclaturas. En otras ocasiones me parecía imperioso —y real­mente era imperioso, tan profundo era mi trance— estudiar los hábi­tos de las morsas o las ballenas, o de las mil y una variedades de ofidios. Una palabra encontrada por primera vez, como “eclíptica”, era capaz de lanzarme a una persecución que duraba varias semanas, de­jándome por último encallado en las profundidades estelares de este lado de Escorpión.

Debo hacer aquí una digresión para mencionar los libritos que uno encuentra accidentalmente y cuyo impacto es tan grande que uno los valora más que filas enteras de enciclopedias y otros compendios del conocimiento humano. Estos libros, de microcósmico tamaño pero de monumental efecto, podrían parangonarse con las piedras preciosas ocultas en las entrañas de la tierra. Como las gemas, estos libros tienen un carácter cristalino o “primordial” que les proporciona una calidad sencilla, inmutable y eterna. Su número y su variedad son casi tan limitados como los cristales de la naturaleza. Mencionaré al azar dos que encontré mucho después del período a que me refiero, pero que ilustran mi pensamiento. Uno es Symbols of Revelation (Símbolos de Revelación), de Frederick Cárter, al que conocí en Lon­dres en circunstancias extrañas; el otro es The Round, firmado con el seudónimo de Eduardo Santiago. Dudo que en este mundo haya cien personas que se interesarían en este último libro. Es uno de los más extraños que conozco, aunque el tema, la apocatástasis, es uno de los temas perennes de la religión y la filosofía. Una de las cosas más monstruosas de esta única y limitada edición de la obra, es el error de ortografía cometido por el impresor. A lo alto de todas las páginas, con letra llamativa, dice: apocastasis. Pero más monstruoso todavía, algo que haría trepidar de espanto a los que aman a Blake, es la reproducción de la mascarilla de William Blake (de la National Portrait Gallery de Londres) que aparece en la página 40.

Como he hablado con cierta extensión del uso del diccionario, de las definiciones y del hecho de que no definen, y dado que el lector común no tenderá a reconocer la importancia de una palabra como apocatástasis, quisiera reproducir tres definiciones ofrecidas por el diccionario no abreviado Funk & Wagnall:

-1.—Regreso a o hacia un lugar o condición previa; restableci­miento; restauración completa.

-2.—Teología. Restauración final a la santidad y favor de Dios para todos los que murieron impenitentes.

-3.—Astronomía. Retorno periódico de un cuerpo giratorio al mis­mo punto de su órbita.-

En una nota al pie de la página 4, Santiago consigna lo siguiente, tomado de
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