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era Dios”. Ha captado el espíritu que informa a toda la creación y lo ha expresado en signos y símbolos. Pretendiendo comunicarse con sus semejantes, sin que­rerlo nos ha enseñado a comulgar con el Creador. Utilizando el len­guaje como instrumento, demuestra que no es en absoluto lenguaje, sino oración. Un tipo muy especial de oración, además, porque nada se demanda en ella al Creador. “¡Bendito seas, oh Señor!” Así se desa­rrolla, no importa cuál sea el tema, no importa cuál sea el idioma. “¡Permite que me agote, oh Señor, cantando mis loas a Ti!”

¿Acaso no es éste el “trabajo celestial” de que hemos hablado?

Dejemos de preguntarnos lo que ellos, los grandes, los ilustres hacen en el más allá. Sepamos que todavía cantan himnos de alaban­za. Aquí, en la tierra, puede que lo hayan practicado; allá están per­feccionando su cántico.

Una vez más debo mencionar a los rusos, esos oscuros del siglo diecinueve que sabían que hay una sola misión, un solo gozo supre­mo: establecer la vida perfecta aquí, en la tierra.
Capítulo i i
LAS PRIMERAS LECTURAS
Recuerdo con precisión los primeros libros que elegí para este fin: The Birth of Tragedy (El Nacimiento de la Tragedia), The Eternal Husband (El Eterno Marido), Alice in Wonderland (Alicia en el País de las Maravillas), The Imperial Orgy (La Orgía Imperial) y Mysteries (Misterios), de Hamsun. Hamsun, como he dicho con frecuencia, es uno de los autores que me afectaron vitalmente como escritor. Ningu­no de sus libros me intrigó tanto como Mysteries. En ese período de que he hablado previamente, cuando comencé a separar a mis autores preferidos para descubrir el poder secreto de su encantamiento, los hombres en que me concentré fueron ante todo Hamsun, y después Arthur Machen y Thomas Mann. Cuando releí The Birth of Tragedy (El Nacimiento de la Tragedia) recordé lo mucho que me había asom­brado el empleo mágico que hacía Nietzsche del lenguaje. Hace ape­nas algunos años, gracias a Eva Sikelianou, volví a deleitarme una vez más con este libro extraordinario.

Mencioné a Thomas Mann. Durante un año entero viví con Hans Castorp de La Montaña Mágica como persona real, hasta podría de­cir, como hermano de sangre, pero fue la maestría de Mann como novelista lo que más me intrigó y desconcertó durante el período “analítico” al que me refiero. En esa época Death in Venice (Muerte en Venecia) era para mí la narración suprema. En el espacio de pocos años, sin embargo, mi opinión de Thomas Mann, y en especial de su Death in Venice (Muerte en Venecia), se alteró radicalmente. Fue un hecho curioso que quizá valga la pena relatar. Sucedió más o menos así... Durante mis primeros días en París conocí a un individuo suma­mente cordial y atrayente al que tomé por un genio. Se llamaba John Nichols. Era pintor. Como tantos otros irlandeses, poseía también el don de ser muy locuaz. Era un deleite escucharlo, hablase de pintura, literatura, música o simplemente necesidades. Era proclive a la invec­tiva y, cuando se enardecía, tenía una lengua ponzoñosa. Cierto día le mencioné al azar mi admiración por Thomas Mann, y minutos des­pués me encontré discutiendo acaloradamente sobre Death in Venice (Muerte en Venecia). Nichols respondió con expresiones burlonas y despectivas. Exasperado, le dije que buscaría el libro y se lo leería en voz alta. Admitió que no lo había leído y mi proposición le pareció excelente.

Jamás olvidaré esta experiencia. Antes de leerle tres páginas, Thomas Mann comenzó a resquebrajarse. Nichols, debo advertir, no había pronunciado ni una sola palabra. Pero leyendo el cuento en voz alta y para un oyente crítico, de pronto se puso de manifiesto la crujiente maquinaria oculta por debajo de la superficie. Yo, que creía tener en mis manos oro puro, encontré en realidad un pedazo de cartón arru­gado. Hacia la mitad arrojé el libro al suelo. Más tarde releí rápida­mente La Montaña Mágica y Buddenbrooks, obras que hasta enton­ces consideraba monumentales, sólo para hallarlas igualmente fallidas.

Debo apresurarme a añadir que este tipo de experiencia me ha sucedido no pocas veces. Hubo una notable —que me sonroja men­cionar— relacionada con Three Men in a Boat (Tres Hombres en un Bote). No alcanzo a comprender cómo fue posible que llegara a en­contrar “gracioso” ese libro. Sin embargo así lo consideré en una épo­ca. En efecto, recuerdo que reí hasta llorar. El otro día, tras un lapso de treinta años, lo cogí y comencé a leerlo de nuevo. Nunca he proba­do un trapo tan andrajoso. Otra desilusión, aunque mucho más leve, me deparaba la relectura de The Triutnph ofthe Egg (El Triunfo del Huevo). El huevo resultó estar casi podrido, pero en otro tiempo me hizo reír y llorar.

Oh, ¿quién era yo, qué he sido yo en esos sombríos días de antaño?

Lo que comencé a decir es que, al releer, compruebo en medida creciente que los libros que me agradaría releer son los que he leído durante la niñez y los primeros años de mi juventud. He mencionado a Henty, ¡bendito sea su nombre! Pero también hay otros, como Rider Haggard, Marie Corelli, Bulwer-Lytton, Eugene Sue, James Fenimore Cooper, Sienkiewicz, Ouida (Under Two Flags: Bajo dos Banderas) y Mark Twain (Huckleberry Finn y Tom Sawyer particularmente). ¡Ima­gínense, no haber leído a ninguno de estos hombres desde la niñez! Parece increíble. En cuanto a Poe, Hack London, Hugo, Conan Doyle. Kipling, importa poco que jamás vuelva a poner mis ojos en sus obras.

También me agradaría mucho releer los libros que solía leer en voz alta a mi abuelo cuando éste trabajaba sentado junto a su mesa de sastre en nuestra vieja casa del Fourteenth Ward en Brooklyn. Recuer­do que uno de ellos versaba sobre nuestro gran “héroe” (de un día) el almirante Dewey. Otro era sobre el almirante Farragut, quizá sobre la batalla de Mobile Bay, si ese encuentro se produjo alguna vez. Con respecto a este libro, recuerdo ahora que al escribir el capítulo titula­do “Mi sueño de Mobile” en The Air-conditioned Nigbtmare (Pesadilla de Aire Acondicionado), tuve activamente presente esta narración de las heroicas hazañas de Farragut. No cabe duda de que mi concep­ción de Mobile estuvo matizada por este libro que había leído hace cincuenta años. Pero el libro sobre el almirante Dewey tuvo la virtud de familiarizarme con mi primer héroe vivo, que no era Dewey, sino nuestro declarado enemigo, Aguinaldo, el rebelde filipino. Mi madre había colgado el retrato de Dewey flotando sobre el acorazado Maine, en la cabecera de mi cama. Aguinaldo, cuyo semblante aparece ahora borroso en mi mente, me recuerda físicamente a esa extraña fotogra­fía de Rimbaud tomada en Abisinia, donde está con indumentaria como de presidiario, de pie en la ribera dé un río. Mis padres lejos estaban de imaginar cuando me entregaron a nuestro precioso héroe, el almirante Dewey, que nutrían en mí la semilla de un rebelde. Com­parado con Dewey y Teddy Roosevelt, Aguinaldo se destaca como un coloso. Fue el primer Enemigo Número Uno que se me cruzó en el horizonte. Todavía reverencio su nombre, así como reverencio los nombres de Robert E. Lee y de Toussaint l'Ouverture, el gran liberta­dor negro que combatió a los hombres escogidos de Napoleón y los derrotó.

En este aspecto, ¿cómo podría dejar de mencionar El culto a los Héroes de Carlyle o los Hombres Representativos de Emerson? ¿Y por qué no dar cabida a otro ídolo de mis primeros años, John Paul Jones? En París, gracias a Blaise Cendrars, aprendí lo que no está en los libros de historia ni en las biografías sobre John Paul Jones. La espec­tacular historia de la vida de este hombre es uno de los libros en proyecto que Cendrars todavía no ha escrito y que quizá nunca llegue a escribir. El motivo es sencillo. Siguiendo la huella de este aventure­ro norteamericano, Cendrars amasó tan inmensa cantidad de material, que prácticamente quedó sepultado por él. Cendrars confesó que en el curso de sus viajes, buscando documentos y comprobando libros raros relacionados con la miríada de aventuras de John Paul Jones, gastó más de diez veces el importe que los editores le habían adelan­tado a cuenta de los derechos de autor. Siguiendo los pasos de John Paul Jones, Cendrars hizo de su viaje una auténtica odisea. Por último confesó que algún día escribiría un volumen enorme o un libro muy chico, cosa que comprendo perfectamente.

La primera persona a quien me aventuré a leerle en voz alta fue a mi abuelo. ¡No porque él me instase a hacerlo! Todavía recuerdo que le decía a mi madre que algún día se arrepentiría de colocar en mis manos tantos libros. Tenía razón. Mi madre se arrepintió amargamen­te años después. Fue mi propia madre, dicho sea de paso, a la que escasamente recuerdo haber visto alguna vez con un libro en la mano, quien me dijo cierto día, cuando yo estaba leyendo Las Quince Bata­llas Decisivas del Mundo, que ella había leído ese mismo libro años antes... en el baño. Esto me dejó patitieso. No porque admitiera haber leído este libro en el cuarto de baño, sino porque justamente, de todos los libros, tuvo que haber sido ese el que leyera en el baño.

La lectura en voz alta a los amigos de mi niñez, particularmente Joey y Tony, mis primeros amigos, me abrió los ojos. Descubrí en los comienzos de mi vida lo que algunos descubren mucho más tarde, para su disgusto y pesar, y es que leyendo en voz alta la gente se queda dormida. Mi voz era monótona, o leía mal, o los libros que leía eran aburridos. Inevitablemente mis oyentes se dormían apoyados en mis hombros, cosa que, por supuesto, no me indujo a abandonar esta práctica. Tampoco estas experiencias modificaron la opinión que abrigaba de estos amiguitos, no; insensiblemente llegué a la conclu­sión de que los libros no son para todos, criterio que todavía sosten­go. El último consejo que daría en esta tierra es que alguien aprenda a leer. Si por mí fuese, primero me ocuparía de que un muchacho aprenda carpintería, albañilería, jardinería, caza o pesca. Primero las cosas prácticas; después los lujos. Y los libros son lujos. Espero, por supuesto, que el niño normal baile y cante desde la infancia. Y que practique algunos juegos. Yo fomentaría esas tendencias con todas mis energías. Pero la lectura de libros puede esperar.

Jugar... Ah, éste constituye por sí solo todo un capítulo de la vida. Me refiero principalmente a los juegos al aire libre, los juegos de los niños pobres en las calles de las grandes ciudades. A duras penas resisto la tentación de extenderme sobre este asunto mientras escribo un libro completamente distinto.

No obstante, la niñez es un tema del cual nunca me canso. Tampo­co me cansa el recuerdo de los juegos desordenados y gloriosos con que nos entreteníamos día y noche en las calles, como tampoco los personajes con los cuales entablé amistad y que a veces endiosaba, como tienden a hacer los muchachos. Compartí todas mis experien­cias con mis camaradas, incluso la experiencia de la lectura. Con mu­cha insistencia he mencionado en mis escritos la asombrosa erudi­ción que desplegábamos en nuestras discusiones sobre los problemas fundamentales de la vida. Temas como el pecado, el mal, la reencar­nación, el buen gobierno, la ética y la moral, la naturaleza de la divini­dad, Utopía y la vida en otros planetas, todo esto era pan y vino para nosotros. Mi verdadera educación comenzó en la calle, en los terre­nos baldíos, durante los fríos días de noviembre, o en las esquinas, de noche, muchas veces con los patines puestos. Naturalmente, uno de los temas de eterna discusión para nosotros eran los libros, los libros que estábamos leyendo en esos momentos y que hasta nos era vedado saber que existían. Parece extravagante decirlo, lo sé, pero creo que solamente los grandes intérpretes de la literatura pueden rivalizar con el muchacho callejero cuando de extraer el sabor y la esencia de un libro se trata. En mi humilde opinión, el muchacho está más cerca de la comprensión de Jesús que el sacerdote, mucho más cerca de Platón, en sus opiniones sobre el gobierno, que las figuras políticas de este mundo.

Durante este dorado período de la niñez, introdujeron de pronto en mi mundo de libros una biblioteca completa de libros para jóvenes, contenida en un hermoso mueble de nogal, con puertas de cristal y anaqueles móviles. Pertenecía a la colección de un inglés, Isaac Walker, el predecesor de mi padre, quien gozaba la distinción de haber sido uno de tos primeros sastres comerciales de Nueva York. Cuando repaso ahora estos libros mentalmente, me parece verlos hermosamente encuader­nados, con los títulos por lo general grabados en oro, así como también los diseños de las portadas. El papel era grueso y brillante, y los tipos redondos y claros. En suma, eran libros de lujo en todos los sentidos. Tan prohibitivo, por lo elegante, me resultaba su aspecto, que tardé cierto tiempo en atreverme a tomarlos entre mis manos.

Lo que estoy por relatar es una cosa curiosa Se relaciona con mi profunda y misteriosa aversión por todo lo inglés. Creo decir la ver­dad si afirmo que el motivo de esta antipatía tiene una profunda cone­xión con la lectura de la pequeña biblioteca de Isaac Walker. La pro­fundidad de mi disgusto cuando me familiaricé con el contenido de estos libros, puede inferirse por el hecho de que olvidé por completo los títulos. Uno de ellos, sin embargo, me ronda en la memoria, pero ni siquiera tengo la certeza de que sea exacto: A Country Squire. El resto ha quedado en blanco. He de expresar en pocas palabras la naturaleza de mi reacción. Por primera vez en mi vida capté el signifi­cado de la melancolía y la morbidez. Todos esos libros elegantes parecían envueltos en un velo de densa niebla. Inglaterra se convirtió para mí en un país rodeado de impenetrable oscuridad, maldad, crueldad y tedio. Ni un rayo de luz brotó de esos libros mustios. Eran barro primordial en todos los planos. Por intenso e irracional que sea este pensamiento, tal cuadro de Inglaterra y de la vida inglesa persis­tió hasta bien entrado en mis años maduros, para ser sincero, hasta el momento en que visité Inglaterra y tuve oportunidad de conocer a los ingleses en su propia salsa. (Debo admitir, sin embargo, que mi primera impresión de Londres coincidió mucho con el cuadro que me había formado durante mi niñez, impresión que nunca llegó a disiparse del todo.)

Cuando leí a Dickens, estas primeras impresiones se corroboraron y robustecieron, por supuesto. Tengo muy pocos recuerdos agrada­bles vinculados con la lectura de Dickens. Sus libros eran sombríos, terroríficos en algunas partes, y por lo general agotadores. De todos ellos David Copperfield se destaca como el más agradable, el que más se aproximaba a lo humano, según la concepción que entonces yo tenía del mundo. Por fortuna hubo un libro, obsequiado por una tía, que sirvió para corregir en mí esta noción negativa de Inglaterra y del pueblo inglés. El título de este libro, si no me equivoco, era A Boy's History of England (Historia de Inglaterra para Niños), de Ellis. Re­cuerdo nítidamente el placer que me dio la lectura de este libro. Estaban, además, los libros de Henty, que también leía o que acababa de leer poco antes, y de los cuales adquirí una noción distinta del mundo inglés. Pero los libros de Henty trataban de proezas históricas, mientras que los libros de la colección de Isaac Walker versaban so­bre el pasado inmediato. Años después, cuando di con las obras de Thomas Hardy, reviví estas reacciones infantiles... me refiero a las malas. Sombríos, trágicos, repletos de percances e infortunios acci­dentales o coincidentes, los libros de Hardy me obligaron a ajustar una vez más mi cuadro “humano” del mundo. Por último me vi forza­do a emitir juicio sobre Hardy. A pesar de todo el aire de realismo que impregnaba sus libros, debo admitir ante mí mismo que no se ajustaban a la “realidad de la vida”. Yo quería que mi pesimismo fuese “directo”.

Cuando regresaba de Francia a Norteamérica conocí a dos perso­nas que hablaban maravillas de un escritor inglés del que nunca ha­bía oído hablar hasta entonces Claude Houghton. Muchas veces se dice de él que es un “novelista metafísico”. De todas maneras Claude Houghton ha hecho más que cualquier inglés, con excepción de W. Travers Symons —¡el primer “caballero” que he conocido ja­más!—, para modificar profundamente mi imagen de Inglaterra. He leído la mayoría de sus obras. Haya sido buena o mala su actuación, los libros de Claude Houghton me cautivan. Muchos norteamericanos conocen
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