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Confessions of a Fool (Confesión de un loco), de Strindberg. También debí haber mencionado la famo­sa obra de Marie Bashkirtseff y las Confession of Two Brothers (Confe­siones de Dos Hermanos), de Powys. Hay algunas confesiones muy célebres, sin embargo, que nunca le logrado soportar hasta el final. Una es la de Rousseau y la otra la de Quincey. Sólo hace poco hice otro intento con las Confesiones de Rousseau, pero a las pocas páginas no me quedó otro remedio que abandonarlas. Su Emilio, en cambio, pienso leerlo por completo, cuando encuentre un ejemplar de tipos legibles. Lo poco que leí de esta obra ejerció extraordinario atractivo sobre mí.

Creo que están completamente equivocados quienes afirman que los cimientos del conocimiento o de la cultura, o cualquier otro ci­miento, son necesariamente los clásicos que figuran en cualquier lista de los “mejores” libros. Sé que varias universidades basan todos sus programas en tales listas selectas. Sostengo que cada individuo tiene que construir sus propios cimientos. El hecho de que uno sea un individuo se debe a su singularidad. No importa cuál haya sido el material que afectó vitalmente la forma de nuestra cultura, cada hom­bre debe decidir por sí mismo los elementos de la misma que habrán de penetrar en él para modelar su propio destino personal. Las gran­des obras que son elegidas por las mentes magistrales representan sus preferencias exclusivamente. Está en la naturaleza de tales intelectos presumir que son nuestros guías y mentores designados. Puede ser que, librados a nosotros mismos, con el tiempo llegaríamos a compar­tir su punto de vista. Pero la forma más segura de conspirar contra ese fin es promulgar la lectura de listas selectas de libros, las llamadas piedras fundamentales. El hombre debe comenzar con sus tiempos. Debe familiarizarse ante todo con el mundo en que vive y participa. No debe temer leer ni demasiado ni demasiado poco. Debe recibir su lectura como recibe sus alimentos o su ejercicio. El buen lector gravi­tará hacia los buenos libros. Descubrirá por sus contemporáneos lo que sea inspirador o fecundo, o simplemente agradable, en la literatu­ra del pasado. Deberá tener el placer de hacer esos descubrimientos por su cuenta y a su manera. Lo que tiene valor, encanto, belleza y sabiduría, no puede perderse ni olvidarse. Pero las cosas son suscepti­bles de perder todo su valor, todo su encanto y atractivo si nos arras­tran a ellas tomados de los cabellos. ¿No ha percibido usted, tras muchos remordimientos y desilusiones, que cuando recomienda un libro a un amigo, cuanto menos diga tanto mejor? En cuanto usted elogia demasiado un libro, provoca resistencia en su posible lector. Hay que saber cuándo dar la dosis y cuánto, y si debe repetirse o no. Muchas veces se señala que los gurús de la India y el Tibet durante siglos han practicado el elevadísimo arte de desalentar a sus ardien­tes discípulos del mañana. El mismo tipo de estrategia bien podría aplicarse a la lectura de los libros. Desanime a un hombre de manera concreta, o sea teniendo en cuenta el fin correcto, y usted lo colocará en el sendero con mucha mayor prontitud. Lo importante no es qué libros, qué experiencias debe tener el hombre, sino lo que les aporte de sí mismo.

La influencias son de todas las cosas intangibles de la vida una de las más misteriosas. No cabe duda de que las influencias entran den­tro de las leyes de la atracción. Pero debe tener en cuenta que cuando nos atraen en cierta dirección, también es porque nosotros empuja­mos en esa dirección, quizá sin saberlo. Es obvio que no estamos a merced de todas y cada una de las influencias. Tampoco reconocemos siempre las fuerzas y factores que nos influyen de un período a otro. Algunos hombres nunca llegan a conocerse a sí mismos ni a conocer lo que motiva su conducta. Son la mayoría de los hombres, en reali­dad. En otros, en cambio, el sentido de destino es tan claro y tan poderoso que difícilmente parece haber cabida para alguna elección; crean las influencias necesarias para cumplir sus fines. Empleo la pa­labra “crean” deliberadamente porque en ciertos asombrosos casos el individuo literalmente ha sido obligado a crear las influencias necesa­rias. Aquí pisamos terreno extraño. Mi motivo para presentar un ele­mento tan abstruso es que, en lo tocante a los libros, así como en cuanto a los amigos, amantes, aventuras y descubrimientos, todo está inexplicablemente mezclado. Muchas veces el incidente más inespe­rado despierta el deseo de leer un libro. Para comenzar, todo lo que sucede a un hombre es de una sola pieza, y los libros que elige no son la excepción. Puede que haya leído las Vidas de Plutarco o Las Quince Batallas Decisivas del Mundo porque una tía al morir se los dejé bajo la nariz. Puede que no las haya leído si detestaba a esta tía.

De los millares de títulos que llegan al alcance de nuestra vista, inclu­sive en los primeros años de la vida, ¿cómo es que un individuo se encamina directamente hacia ciertos autores, mientras que otro lo hace hacia otros? Los libros que el hombre lee son determinados por lo que el hombre es. Si se dejara a un hombre a solas con un libro en una habitación, un solo libro, no significa que lo leería porque no tiene otra cosa que hacer. Si el libro le aburre lo deja, aunque enlo­quezca de ganas de hacer otra cosa. Algunos hombres, cuando leen, se toman la molestia de examinar todas las referencias que aparecen en las notas; otros, en cambio, jamás leen las notas. Algunos empren­den arduas jornadas para leer un libro cuyo título les ha intrigado. Las aventuras y descubrimientos de Nicholas Flamel en relación con el Libro de Abraham el Judío constituyen una de las páginas de oro de la literatura.

Como decía, la observación casual de un amigo, un encuentro inesperado, una nota al pie, una enfermedad, la soledad, los extraños caprichos de la memoria, mil y una cosas pueden lanzar a uno en busca de un libro. Hay veces en que uno es susceptible a cualquier sugestión, insinuación o confidencia; hay momentos, en cambio, en que haría falta una carga de dinamita para ponernos en pie y hacernos mover.

Una de las grandes tentaciones del escritor es leer mientras está entregado a la redacción de un libro. A mí me parece que en el momento en que empiezo un nuevo libro también aumenta mi pasión por la lectura. En efecto, por causa de algún perverso instinto, en el momento en que me he lanzado a escribir un nuevo libro siento inquietud por hacer un millar de cosas distintas, no, como sucede muchas veces, por el deseo de eludir la tarea de escribir. Lo que hallo es que puedo escribir y hacer otras cosas. Cuando la urgencia creativa se apodera de mí —por lo menos tal es mi experiencia— me vuelvo creativo en todas las direcciones al mismo tiempo.

Fue en los días previos a la época en que me dedicaba a escribir, confieso, cuando la lectura fue para mí uno de los pasatiempos más voluptuosos y perniciosos al mismo tiempo. Mirando al pasado, me parece como si leer libros no fuese más que un narcótico, que al principio estimula pero después tiene efectos deprimentes y parali­zantes. Desde el momento en que comencé a escribir con dedicación, el hábito de la lectura cambió en mí y un nuevo elemento se introdu­jo en ese hábito. Un elemento fecundo, podría decir. Siendo joven, muchas veces cuando dejaba un libro pensaba que yo podría haberlo escrito mejor. Cuanto más leía, más criticaba mi material de lectura. Difícilmente encontraba algo que me satisficiera. Poco a poco co­mencé a despreciar los libros... y también a los escritores. Muchas veces los escritores que castigaba con mayor saña eran los que más adoraba. Pero siempre había, indudablemente, un grupo de autores cuyos mágicos poderes me intrigaban y eludían. Al ir llegando a la época de afirmar mi propio poder de expresión, comencé a releer a estos “hechizantes” con nuevos ojos. Los leía a sangre fría, con todos los poderes de análisis de que era capaz, con la intención, créase o no, de arrancarles su secreto. Sí, fui en esa época lo bastante ingenuo como para creer que podría descubrir lo que hace que el reloj funcio­ne, desarmándolo. Por vana y tonta que haya sido mi conducta, este período se destaca, no obstante, como el más provechoso de todos mis encuentros con los libros. Aprendí algo sobre estilo, sobre el arte de la narración, sobre los efectos y sobre cómo se producen. Lo más importante de todo fue que aprendí que en realidad en la creación de buenos libros entra en juego un misterio. Decir, por ejemplo, que el estilo es el hombre, es decir casi nada. La forma en que un hombre escribe, la forma en que habla, la forma en que camina, la forma en que lo hace todo, es singular e inescrutable. Lo importante, tan obvio que por lo general no lo advertimos, es no maravillarse por esas cosas sino escuchar lo que un hombre tiene que decir, dejar que sus pala­bras nos conmuevan, nos alteren, nos hagan más y más y lo que real­mente somos.

El factor más importante en la apreciación de cualquier arte es la práctica de ese arte. Están la maravilla y la embriaguez del niño cuan­do encuentra por primera vez el mundo de los libros; están el éxtasis y decepción de la juventud cuando descubre a sus “propios” autores; pero más que todo esto, porque combinadas con ellas hay otros ele­mentos más permanentes y turbadores, están las percepciones y refle­xiones de un ser maduro que ha dedicado su vida a la labor de la creación. Leyendo las cartas de Van Gogh a su hermano, nos llama la atención la vasta meditación, análisis, comparación, adoración y críti­ca que hiciera en el curso de su breve y frenética carrera como pintor. Esto no es infrecuente entre los pintores, pero en Van Gogh adquiere proporciones heroicas. Van Gogh no solamente miraba la naturaleza, la gente y los objetos, sino también los lienzos de otros, estudiando sus métodos, técnicas, estilos y enfoques. Reflexionaba larga e inten­samente sobre lo que observaba, y estos pensamientos y observacio­nes penetraban en su trabajo. No fue otra cosa que un primitivo o un “fauve”. Como Rimbaud, estaba a punto de ser “un místico en estado salvaje”.

No por accidente en absoluto elijo un pintor y no un escritor para ilustrar lo que digo. Sucede que Van Gogh, sin haber tenido ninguna pretensión literaria, escribió uno de los más grandes libros de nuestro tiempo, y sin saber que estaba escribiendo un libro. Su vida, según la apreciamos en sus cartas, es más reveladora, más conmovedora, más obra de arte, diría, que la mayoría de las famosas autobiografías o novelas autobiográficas. Nos habla sin reservas de sus luchas y pesa­res, sin ocultarnos nada. Despliega su raro conocimiento del oficio del pintor, aunque es aclamado más por su pasión y su visión que por su conocimiento del medio. Su vida, donde expone con claridad el valor y el significado de la dedicación, es una lección para todos los tiempos. Van Gogh es simultáneamente —¡qué pocos son los hom­bres de los cuales podemos decir esto!— el humilde discípulo, el estudiante, el amante, el hermano de todos los hombres, el crítico, el analista y el hacedor de buenas acciones. Puede que haya sido un obseso o un poseído, pero no era un fanático que trabajaba en la oscuridad. Poseyó, ante todo, esa rara facultad de ser capaz de criticar y juzgar su propia obra. Demostró, en efecto, ser mucho mejor crítico y juez que aquellos cuya ocupación es lamentablemente criticar, juz­gar y condenar.

Cuanto más escribo, más comprendo lo que otros tratan de decir­me en sus libros. Cuanto más escribo, más tolerante soy con respecto a mis colegas escritores. (No incluyo a los “malos” escritores, porque con ellos me niego a tener ningún trato.) Pero con los que son since­ros, con los que luchan honestamente por expresarse, soy mucho más blando y comprensivo que en la época en que todavía no había escrito libros. Sé aprender del más pobre de los escritores, siempre que haya hecho todo el esfuerzo posible. En efecto, he aprendido mucho de ciertos escritores “pobres”. Leyendo sus obras me ha llamado reitera­damente la atención esa libertad y audacia que es casi imposible recu­perar una vez que se está “en el arnés”, una vez que se tiene concien­cia de las leyes y limitaciones de su medio. Pero es leyendo a los autores favoritos cuando se adquiere la suprema noción del valor que tiene el practicar el arte de escribir. Los leemos con el ojo derecho y con el izquierdo. Sin perder en lo más mínimo el intenso goce de la lectura, uno adquiere noción de un maravilloso enaltecimiento de la conciencia. Leyendo a estos hombres el elemento de lo misterioso nunca retrocede, sino que el vaso en que sus pensamientos están contenidos se torna más y más transparente. Ebrio de éxtasis, uno regresa a su propia labor revivificado. La crítica se convierte en reve­rencia. Uno comienza a orar como jamás oró previamente. Ya no se ora por uno mismo sino por el Hermano Giono, el Hermano Cendrars, el Hermano Céline, por toda la galaxia de colegas autores en realidad. Uno acepta la singularidad de su colega artista sin reservas, comprendiendo que solamente por medio de la propia singularidad uno afirma lo que hay de común con él. Ya no se pide algo distinto de su autor predilecto, sino más de lo mismo. Hasta el lector ordina­rio testifica esta necesidad. ¿Acaso cuando termina de leer el último volumen de su autor favorito, no dice, por ejemplo: -¡Ah, si hubiese escrito algunos libros más!- Cuando cierto tiempo después de la muerte de un escritor alguien desentierra un manuscrito olvidado, un rimero de cartas o un diario desconocido, ¡qué grito de alegría se levanta! ¡Cuánta gratitud hasta por el más mínimo fragmento póstumo! Hasta el examen de la cuenta de gastos de un escrito nos emociona. En el momento en que la vida de un escritor se extingue, de pronto esa vida cobra un trascendental interés para nosotros. Con frecuencia su muerte nos permite ver lo que no podíamos ver cuando estaba con vida: que su vida y su obra eran una sola. ¿No es obvio que el arte de la resurrección (biografía) enmascara una profunda esperanza y anhe­lo? No nos conformamos con permitir que Balzac, Dickens o Dostoievsky permanezcan inmortales en sus obras: queremos restaurarlos en carne y hueso. Cada era trata de unir a los grandes hombres de letras con los suyos, de incorporar la pauta y significado de sus vidas a las suyas. A veces parece como si la influencia de los muertos fuese más potente que la de los vivos. Si el Salvador no hubiese resucitado, sin duda el hombre lo habría hecho resucitar con su pesar y anhelo. El autor ruso que habló de la “necesidad” de resucitar a los muertos estaba en lo cierto.

¡Vivían y me hablaban/ Esto es lo más sencillo y elocuente que podría decir de los autores que me han acompañado a través de los años. ¿No es extraño decir esto si consideramos que, en los libros, tratamos con signos y símbolos? Ningún artista ha conseguido repro­ducir jamás la naturaleza en el lienzo, y tampoco ningún escritor ha sido capaz de darnos su vida y sus pensamientos en su totalidad. La autobiografía es la más pura de las novelas. La ficción siempre se acerca más a la realidad que los hechos. La fábula no es la esencia de la sabiduría mundana sino su amarga cáscara. Podremos seguir ade­lante, a través de todos los rangos y divisiones de la literatura, desen­mascarando la historia, exponiendo los mitos de la ciencia, desvalori­zando la estética, pero nada, en profundo análisis, demuestra ser lo que parece o pretende ser. El hombre sigue hambriento.

¡Vivían y me hablaban! ¿No es extraño comprender y gozar lo que es incomunicable? El hombre no se comunica con el hombre por medio de las palabras, sino que comulga con su prójimo y con su Hacedor. Una y otra vez uno deja leído un libro y uno se queda mudo. A veces es porque el autor parece “haberlo dicho todo”. Pero no pien­so en este tipo de reacción. Pienso que esta cuestión de quedarse mudo corresponde a algo más profundo. Desde .el silencio las pala­bras brotan; hacia el silencio las palabras retornan, si se utilizan debi­damente. En el ínterin algo inexplicable tiene lugar: un hombre muerto, digamos, resucita, toma posesión de nosotros y al marcharse nos deja completamente alterados. Hizo esto mediante signos y sím­bolos. ¿Esto que poseyó —o que quizá todavía posee— no es magia?

Aunque no lo supiéramos, poseemos realmente las llaves del pa­raíso. Hablamos mucho de comprensión y comunicación, no sola­mente con nuestros semejantes, sino también con los muertos, con los no nacidos, con los que moran en otros dominios, en otros univer­sos. Creemos que poderosos secretos no han sido revelados todavía y esperamos que la ciencia o, de lo contrario, la religión, nos indiquen el camino. Para el futuro distante soñamos con una vida totalmente distinta de la que conocemos ahora; nos investimos de poderes que no podemos manejar. Sin embargo, los escritores de libros no sola­mente han dado muestras siempre de poseer poderes mágicos, sino también de la existencia de universos que infringen e invaden nuestro propio y pequeño universo y nos son tan familiares como si los hubié­ramos visitado personalmente. Estos hombres no tuvieron maestros “ocultos” que los iniciaran. Surgieron de padres similares a los nues­tros, fueron productos de ambientes semejantes a los nuestros. ¿Por qué se yerguen aparte, entonces? No es el ejercicio de la imaginación, porque hombres de otros ámbitos de la vida han desplegado faculta­des de imaginación igualmente grandes. No es el dominio de una técnica, porque otros artistas practican técnicas igualmente difíciles. No, para mí el hecho cardinal sobre el escritor es su capacidad para “explotar” el vasto silencio que nos envuelve a todos nosotros. De todos los artistas, es el que mejor conoce que “al principio estaba el Mundo y el Mundo estaba con Dios y el Mundo
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