Título de la obra original






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fecha de publicación06.06.2015
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mi memoria son los de los comediantes pertenecientes prin­cipalmente al vaudeville y al género burlesco. Quisiera recordar —aunque sólo fuese para evocar los viejos tiempos— a unos cuantos: Eddie Foy, Bert Savoy, Raymond Hitchcock, Bert Levy, Willie Howard, Frank Fay. ¿Quién podría ser inmune a los poderes de estos hechice­ros? Mejor que cualquier libro fue para mí una matinée en la cual aparecía uno de estos actores como jefe de compañía. Muchas veces, en el Palace, daban un programa interpretado íntegramente por pri­meros actores. No me habría perdido un acontecimiento así por nada del mundo, como no me perdí las reuniones semanales de la Xerxes Society. Con lluvia o buen tiempo, con trabajo o sin trabajo, con dine­ro o sin dinero, siempre estaba allí. Estar con esos “hombres de júbilo” era el mejor remedio del mundo, la mejor salvaguardia contra la me­lancolía, la desesperanza o la frustración. Jamás he de olvidar la des­preocupación con que se daban a sí mismos. A veces uno de ellos se inmiscuía en el número de su compañero, creando en cada interrup­ción histeria y pandemónium. Ni el libro más gracioso del mundo podría rivalizar para mí con una sola actuación de cualquiera de esos individuos. En toda la literatura no conozco ni un solo libro capaz de mantener la hilaridad de cabo a rabo. Los hombres a que me refiero no solamente nos hacían reír sino que prácticamente nos descosían. La risa era tan intensa y sostenida que hasta habríamos querido rogar­les que suspendan sus pantomimas un momento. Una vez puesto en marcha el auditorio, escasamente hacía falta decir algo. Bastaba un movimiento de dedos para hacernos estallar.

El que más me gustaba era Frank Fay. Le adoraba. Era capaz de verlo en la matinée y regresar por la noche para verlo todo de nuevo, para reírme más todavía la segunda o tercera vez. Frank Fay me impre­sionó como un hombre capaz de actuar sin el menor preparativo, un hombre capaz de mantener cautivado al público sin ayuda de nadie durante diez o quince horas, si quisiera. Además modificaba la actua­ción de un día para otro. Para mí su ingenio, intención e inteligencia eran inagotables. Como muchos otros grandes comediantes, sabía cuándo y cómo cruzar la frontera para entrar en los dominios de lo prohibido. Hasta se habría salido con la suya matando. Creo que Frank Fay era irresistible hasta para los censores. Nada, por supuesto, puede provocar tanto la hilaridad del auditorio como una incursión a lo perverso y lo prohibido. Pero Frank Fay tenía un millar de trucos escondidos en la manga. Era en realidad un “hombre espectáculo”.

De paso debo mencionar a un actor al que solamente vi en una comedia y al que nunca volví a ver después de su enorme triunfo en The Show Off. Me refiero a Louir John Bartels. Como La Tía de Carlos, esta comedia, que tanto debe a la interpretación de Bartels, permanece como un jalón en mi memoria. No se me ocurre nada que se le parezca. Volví a verlo varias veces, especialmente para escuchar ese prepotente y contagioso vozarrón de Bartels, que era el “jactancioso”.

Siempre, hasta donde llegan mis recuerdos, me pareció oír voces que hablaban en mi interior. Entiendo por qué siempre desarrollaba conversaciones con todas estas otras voces. No había nada de “místico” en ello. Era una forma de relación que se desarrollaba simultánea­mente con otras formas de relaciones que realizaba. Podía ocurrir al mismo tiempo que conversaba con otra persona. ¡Diálogo! Diálogo constante. Antes de ponerme a escribir libros los escribía en la cabe­za, con esta forma apagada de diálogo a la que me refiero. Una perso­na más capaz de autoanalizarse que yo, habría comprendido en los primeros años de su vida que estaba destinada a escribir. Yo no. Si pensaba alguna vez en esto —me refiero a este incesante diálogo interior— era simplemente para decirme que leía demasiado, que debía dejar de devorar libros. Nunca me pareció que fuese antinatural o excepcional. No lo es, salvo en la magnitud que puede alcanzar. Así, muchas veces me sucedía que, mientras escuchaba a alguien, escu­chaba también sus palabras trasmutadas de distintas maneras o que, al seguir atentamente sus palabras, interpelaba las mías, entrelazaba sus palabras con otras mías, más punzantes, más dramáticas y más elo­cuentes; a veces, en efecto, después de haber escuchado a una persona hasta el final, repetía la médula de sus palabras de tres o cuatro maneras distintas, devolviéndoselas como si fuesen suyas, y al hacerlo me encantaba verle deglutir sus propias palabras y maravillarse de su oportunidad, su vaguedad o su profundidad y complejidad. Estas re­presentaciones muchas veces hicieron que la gente se encariñase conmigo, a menudo gente en la que yo no tenía el más mínimo inte­rés pero que se sentía atraída hacia mí como si yo fuese un hábil charlatán o un improvisado artista. Era el espejo en que ellos mismos se miraban lúcida y halagadoramente. Jamás se me ocurrió desinflar sus egos: gozaba con el juego y me encantaba que participasen en él sin tener la menor noción de lo que ocurría.

¿Pero qué fue esto sino una especie de teatro ambulante en prime­ra persona? ¿Qué hacía? Creando personajes, comedia y diálogo. Edu­carme a mí mismo, sin duda, y sin ninguna intención ni premonición de la labor que me tocaría cumplir. ¿Y esta labor? No reflejar el mun­do, devolver una palabra, sino descubrir mi propio mundo personal. En el instante en que digo “personal” comprendo que esto es precisa­mente lo que siempre me ha faltado y más he luchado por obtener, o establecer, más que nada en la vida. Descargarme a mí mismo, en consecuencia, es como escribir otro capítulo de la Revelación. He pasado en el teatro la mayor parte de mi vida, aunque puede que no haya sido en una sala reconocida. He sido autor, actor, director de escena y libretista al mismo tiempo. Me he saturado de tal manera con esta inacabable comedia, la mía y la de los demás combinadas, que el mero hecho de salir a caminar es como escuchar a Mozart o a Beethoven.

Hace unos dieciocho años, estando sentado en el Café Rotonde de París, leí Women at Point Sur de Robinson Jeffers, sin soñar jamás que algún día viviría cerca de Point Sur en un sitio llamado Big Sur, del cual nunca había oído hablar. ¡Los sueños y la vida! Poco soñaba, al escuchar al bibliotecario de Montague Street en Brooklyn explayán­dose sobre las maravillas del Cirque Medrano, que el primer artículo que escribiría al llegar a París, la ciudad de mis ensueños, sería sobre el Cirque Medrano y que sería aceptado por Elliot Paul (de Transition) y publicado en el París Herald. Poco imaginaba, con ocasión de nuestra breve entrevista en Dijon —en el Lycée Carnot— que el hombre con el que hablaba sería alguna vez el hombre que me haría emprender al redacción de este libro. Tampoco pensaba, cuando allá en el Café du Dome de París me presentaron a Fernand Crommelynck, autor de esa célebre y magnífica comedia Le Cocu Magnifi­que, que transcurrirían quince años o más antes de que leyese su comedia. Poco comprendía, al asistir a la representación de la Duque­sa deMalfien París, que el hombre responsable de la soberbia traduc­ción de esa comedia sería poco después mi traductor y amigo, y que él y no otro me llevaría a la casa de Jean Giono, su amigo de toda la vida. Poco imaginé, además, cuando vi Yellow Jacket (escrita por el actor de Hollywood Charles Coburn) que encontraría en Pebble Beach, California, al célebre Alexander F. Víctor (de la Victor Talking Machine Co.), quien, hablando de las mil y una deliciosas experien­cias de su rica vida, terminaría la conversación con un ditirambo sobre Yellow Jacket. ¿Cómo podría anticipar que en un remoto lugar llama­do Nauplia, en el Peloponeso, vería mi primera comedia de las som­bras, y con un compañero tan asombroso como Katsimbalis? O bien, enamorado como estaba del burlesco (siguiendo a menudo a una troupe de pueblo en pueblo), ¿cómo podía suponer que en la distante Atenas vería alguna vez el mismo tipo de representación, el mismo tipo de comediante, escucharía los mismos chistes, percibiría la mis­ma frivolidad y bullicio? ¿Cómo habría podido anticipar que esa mis­ma velada (en Atenas), a eso de las dos de la madrugada, para ser exacto, habría de encontrar a un hombre que solamente había visto una vez en mi vida, un hombre al que simplemente me habían pre­sentado pero al que recordaba como el que salía de la puerta del Theatre Guild después de la representación de Goat Songde Werfel?

Y no es extraña coincidencia que sólo ahora, hace apenas unos minu­tos, al mirar mi ejemplar de The Moon in the Yellow River (La Luna en el Río Amarillo) —grandiosa comedia de Dennis Johnston— nota­ra por primera vez que había sido representada por el Theatre Guild en Nueva York, probablemente uno o dos años antes de que mi amigo Roger Klein me pidiera ayuda para la traducción francesa de la misma.

Y si bien puede que no exista el menor nexo entre ambos, esto tam­bién me parece curioso y coincidente, puesto que la primera vez que escuché silbar a un público francés fue durante una representación de mi querida Peter Ibbetson.

—¿Por qué silban? —pregunté.

—Porque es demasiado irreal —respondió mi amigo.

Ah, sí, extraños recuerdos. Caminando por las polvorientas calles de Heraklion, camino de Knosos, ¿qué veo sino un enorme cartelón que anunciaba la llegada de Charlie Chaplin al cine de Minos? ¿Podría imaginarse cosa más incongruente? Chaplin y sir Arthur Evans. Tweedledum y Tweedledee. En Atenas, algunas semanas después, observé que en las marquesinas se anunciaba la llegada de varias comedias norteamericanas. Una de ellas, créase o no, era Desire Under the Elms. Otra incongruencia. En Delphos, ambiente natural para Prometeo Encadenado, estoy sentado en el anfiteatro escuchando a mi amigo Katsimbalis recitar el último oráculo pronunciado allí. En una fracción de segundo me encuentro de regreso en “La Calle de los Primeros Pesares”, arriba, en el altillo, para ser preciso, leyendo una tras otra las comedias griegas que aparecen en la colección del Dr. Foozlefoot. Es mi primera familiarización con ese mundo som­brío. El verdadero llega mucho después, cuando al pie de la ciudadela de Micenas inspecciono las tumbas de Clitemnestra y Agame­nón. ¡Pero esa lúgubre sala! Allí siempre solo, triste, olvidado, el último y el menor de los seres humanos, no solamente traté de leer los clásicos sino también escuché las voces de Caruso, Cantor Sirota, Mme. Schumann-Heink, e incluso a Roben Hiiliard recitando “A fool there was...”

Como viniendo de otra existencia se introducen ahora memorias, memorias ricas y gloriosas, de ese teatrito del Boulevard du Temple (Le Déjazet), donde reía desde el principio hasta el fin de la repre­sentación, con dolor de abdomen y lágrimas que rodaban por mis mejillas. Memorias de Le Bobinot, rué de la Gaieté, donde escuché a Damia o a sus numerosos imitadores, siendo el teatro solamente un aspecto de un espectáculo más rico, porque la calle donde estaba, casi excepcional incluso en París, era un espectáculo andante que no ter­minaba nunca. ¡Y el Grand Guignol! Desde los más espeluznantes melodramas hasta las más ruidosas farsas, todo en el mismo programa, con pisadas sincronizadas que marchaban hacia el bar, un bar de sue­ños escondido en el vestíbulo. Pero de todos esos extraños recuerdos de otro mundo el mejor es el del Cirque Medrano. Un mundo de transmutaciones. Un mundo tan viejo como la civilización misma, po­dría decir. Porque, no cabe duda de que antes del teatro, antes del teatro de títeres y de la comedia sombría, tiene que haber existido el circo íntimo con sus saltimbanquis, equilibristas, acróbatas, tragadores de espadas, jinetes y payasos.

Pero volvamos a ese año de 1913 en San Diego, donde escuché la conferencia de Emma Goldman sobre el teatro europeo... ¿Es posible que haya pasado tanto tiempo? me pregunto. Ese día iba a un lupanar acompañado por un vaquero llamado Bill Parr, de Montana. Trabajá­bamos juntos en una plantación frutícola cerca de Chula Vista y todos los sábados por la noche visitábamos el pueblo con ese fin. ¡Qué extraño me resulta pensar que fui desviado y apartado, y que toda mi vida se alteró al encontrar por casualidad un cartel que anunciaba la llegada de Emma Goldman y Ben Reitman! Por medio de ella, de Emma, vine a leer a dramaturgos como Wedekind, Hauptmann, Schnitzler, Brieux, d'Annunzio, Strindberg, Galsworthy, Pinero, Ibsen, Gorky, Werfel, von Hoffmansthal, Sudermann, Yeats, Lady Gregory, Chejov, Andreiev, Hermann Bahr, Walter Hasenclever, Ernst Toller, Tolstoy y una hueste más. (Fue su consorte, Ben Ritman, quien me vendió el primer libro de Nietzsche que habría de leer —El Anti­cristo— y como también El Ego y su Ser, de Max Stirner.) Allí y de esa manera se alteró mi mundo.

Cuando poco después comencé a acudir a los Washington Square Players y al Theatre Guild, me familiaricé con más dramaturgos euro­peos: los hermanos Capeck, Georg Kaiser, Pirandello, Lord Dunsany, Benavente, St. John Ervine y norteamericanos como Eugene O'Neill, Sidney Howard y Elmer Rice.

De este período surge el nombre de un actor que procedía origi­nariamente del teatro yídish: Jacobo Ben-Ami. Como Nazimova, tenía algo indescriptible. Su voz y sus gestos me persiguieron durante años.

Era como una figura tomada del Antiguo Testamento. ¿Pero qué figu­ra? Jamás podría localizarla con exactitud. Al salir de una de sus actua­ciones en un pequeño teatro, un grupo descubrimos un restaurante húngaro donde, después de marcharse los demás parroquianos, cerrá­bamos las puertas y escuchábamos hasta el alba a un pianista cuyo repertorio consistía íntegramente en Scriabin. Estos dos nombres, Scriabin y Ben-Ami, están indisolublemente vinculados en mi mente. De la misma manera el título de la novela de Hamsun Mysterium (en alemán) se asocia con otro judío, un escritor yídish llamado Nahoum Yood. Dondequiera que encontrase a Nahoum Yood, comenzaba a hablar de este libro loco de Hamsun. Del mismo modo en París, siempre que pasaba la noche con el pintor Hans Reichel, inevitable­mente hablábamos de Ernst Toller, con el cual había entablado amis­tad y por esta causa los alemanes le encarcelaron.

Siempre que pienso en The Cenci u oigo hablar de ella, siempre que encuentro los nombres de Schiller y Goethe, siempre que veo la palabra Renacimiento (invariablemente vinculada con el libro de Walter Pacer sobre el tema), pienso en subterráneos o trenes elevados, sea colgado de una barra o de pie en el andén, mirando las sucias ventanas de vetustos coches, aprendiéndome de memoria extensos pasajes de las obras de estos autores. Tampoco deja jamás de parecer notable para mí el que casi todos los días de mi vida, al entrar en el bosque de las cercanías, donde busco un claro, un claro de oro, mi mente se traslade inmediatamente a esas distantes representaciones de las comedias de Maeterlinck —The Death of Tintagiles, The Blue Bird, Monna Vanna— o bien de la ópera Pelléas et Melisande, cuyos ambientes, casi tanto como la música, jamás han dejado de rondarme la cabeza.

Creo que quienes han dejado la impresión más imperecedera en mí son las mujeres del teatro, sea por su gran belleza, por sus singula­res personalidades o sus voces extraordinarias. Puede que al hecho de que en la vida cotidiana las mujeres tienen poca oportunidad de revelarse por completo. Es posible, además, que la comedia tienda a realzar los papeles que desempeñan las mujeres. El teatro moderno está saturado de problemas sociales, reduciendo así a la mujer a un plano más humano. En el antiguo drama isabelino también tienen extraordinarias proporciones, no como diosas, sin duda, pero apare­cen tan amplificadas como para aterrorizarnos y desconcertarnos. Para captar la medida total de la mujer es necesario combinar las propieda­des de la mujer ofrecidas por el drama antiguo con las que solamente el teatro burlesco (de nuestros tiempos) ha osado revelar. Aludo, por supuesto, a las llamadas obras cómicas “degradantes” del burlesco que proceden de la “comedia del arte” de la Edad Media.

Desde que leí la vida de Sade, que pasó algunos de sus años de cautiverio en el asilo para enfermos mentales de Charenton, muchas veces me he preguntado cómo sería presenciar la actuación de una compañía de dementes. En el fondo de las ideas de Artaud sobre el teatro estaba el concepto de hacer que los actores trabajaran de tal manera sobre el auditorio (con la ayuda de toda suerte de recursos externos) que los espectadores virtualmente enloquecieran y, partici­pando con los actores en delirante frenesí, llevasen el drama a exce­sos reales e imprevisibles.

Una cosa del teatro que siempre me ha impresionado es su poder para superar las barreras nacionales y raciales. He observado que un puñado de comedias representadas por un grupo de lectores extranje­ros que interpretan a sus dramaturgos nacionales, puede hacer más que un camión de libros. Muchas veces las primeras reacciones son de ira, resentimiento, desengaño o disgusto. Pero una vez prendido el virus, lo que había de absurdo, y totalmente exótico, se acepta y aprueba, y hasta se respalda entusiásticamente. Norteamérica ha reci­bido ola tras ola de tales influencias extranjeras, siempre para mejora de nuestro teatro nativo. Pero, cual cocinas extranjeras, estas infusio­nes nunca parecen perdurar. El teatro norteamericano permanece dentro de sus limitadas fronteras a pesar de todos los ataques que se le hacen de tiempo en tiempo.

¡Ah, pero no quisiera pasar por alto esa extraña figura que es David Belasco! Más o menos en la época en que mi padre agregó a Frank Harris a su lista de clientes, gracias al interés de su hijo por la literatu­ra, llegó un buen día a la sastrería este sombrío individuo de tipo sacerdotal con su oscuro y magnético encanto, y que usaba, como un clérigo, el cuello al revés y vestía siempre de negro, pero, a pesar de todo eso, en sus gestos y movimientos casi felinos había una gran vitalidad, sensualidad y brillantez. ¡David Belasco! Nombre que Broadway recordará para siempre. No era cliente de mi padre sino cliente de uno de los socios de mi padre, un tal Erwin, quien estaba loco por dos cosas: las embarcaciones y la pintura. En esa época había cuatro figuras destacadas —instalaciones permanentes, por así decir­lo— en la sastrería: Bunchek, el cortador, este Erwin, Rente, socio y oficial de sastre, y Chase, otro socio y oficial de sastre. No creo que existan cuatro hombres más distintos entre sí que estos. Todos eran excéntricos y todos, con la excepción de Bunchek, tenían su propio surtido de clientes muy personal y muy peculiar, no muchos, de todos modos, en realidad apenas un puñado, pero al parecer suficientes como para mantenerlos con vida. O quizá sea más exacto decir par­cialmente vivos. El tal Chase, por ejemplo, oriundo de Maine y yan­qui hasta la médula, además de pendenciero, se gastaba hasta el últi­mo centavo del dinero que ganaba jugando de noche al billar. Erwin, que estaba loco por su “yate” y siempre enfadado porque sus clientes no se presentaban a la hora convenida, impidiéndole así dirigirse a Sheepshead Bay, donde tenía anclada su embarcación, ganaba algún dinero extra llevando a pasear gente en su yate. En cuanto al pobre Rente, no tenía en absoluto las características de locura o precipita­ción de los dos citados; su solución consistía en trabajar de noche en un club de gente acaudalada preparando emparedados y sirviendo cerveza y brandy a los jugadores de cartas. Pero todos tenían en co­mún la tendencia a vivir en sueños. La mayor bendición que la vida era capaz de ofrecer a Chase consistía en zarpar a mediodía —a las doce en punto si fuera posible— para poner proa hacia Coney Island o Rockaway Beach, donde pasaba la tarde entera nadando y tostándo­se bajo el sol abrasador. Era narrador nato y poseía un don especial, que recordaba a Sherwood Anderson, para hilvanar y crear suspense, pero adolecía de un carácter tan violento, tan arrogante, tan polemis­ta, tan antagonista, tan obstinado y tan eternamente correcto, que se hacía antipático para todos, incluso sus propios clientes. En cuanto a los últimos, adoptaba la actitud de “si no le gusta no lo lleve”. Erwin era igual. Probaban los trajes una sola vez: si no les gustaban, que se fuesen a otra parte, cosa que por lo general hacían. No obstante, debi­do a su excéntrica naturaleza, debido a la gente rara y pintoresca con la que se codeaban y a los medios en que viajaban, debido al idioma que hablaban y a las figuras que recortaban, recogían constantemente nuevos clientes y a menudo gente por demás asombrosa. Belasco, como he dicho, era uno de los clientes de Erwin. No creo que alguna vez llegue a discernir qué había de común entre ambos. Al parecer nada. A veces los clientes de mi padre chocaban con los clientes de estos otros sastres al salir del cuarto de pruebas. Sorpresa general por parte de todos. Muchos clientes de mi padre, como he narrado en Black Spring, eran compinches suyos o se convertían en compinches suyos a través de las frecuentes reuniones en el bar de enfrente. Algu­nos, hombres de posibles (muchos de ellos actores célebres), se sen­tían deliciosamente cómodos en el cuartito trasero de la sastrería. Algunos tenían suficiente astucia como para inducir a Bunchek a char­lar o discutir, sonsacándole cosas sobre el sionismo, los poetas y dra­maturgos yídish, la Cabala y temas por el estilo. Muchas tardes, cuan­do parecía como si todos los clientes del establecimiento se hubiesen muerto, matábamos las cansadas horas en la mesa de corte de Bun­chek, discutiendo sobre los más extraños problemas de carácter reli­gioso, metafísico, zodiacal y cosmológico. Así, cuando escuché esa palabra, Siberia no resultó ser el nombre de una vasta y gélica tundra sino el nombre de una comedia de Jacob Gordin. Theodor Herzl, padre del sionismo, es más padre para mí que George Washington con su cara de hacha.

Uno de los individuos más queridos que frecuentaban la sastrería era un cliente de mi padre llamado Julián l'Estrange, quien en esa época estaba casado con Constance Collier, la estrella de Peter Ibbetson. Escuchar a Jean y a Paul —Paul Poindexter— discutiendo los méritos de las comedias de Sheridan o las histriónicas virtudes de Marlowe y Webster, por ejemplo, era casi como escuchar a Julián o el Apóstata contra Pablo de Tarso. O bien, como sucedía a veces, escu­char a Bunchek (quien entendía borrosa y confusamente su idioma) desacreditando su conversación, él que no sabía ni una sola palabra de Sheridan, Marlowe, Webster o siquiera Shakespeare, era como es­cuchar a Fats Waller después de una sesión en una sala de reuniones de Christian Science. O bien, encima de todo esto, escuchar a Chase, Rente, Erwin y compañía emprender sus respectivos monólogos so­bre sus respectivas trivialidades obsesivas. El clima del lugar estaba impregnado de bebida, discusión y sueños. Cada cual vivía ansioso por recluirse en su mundo privado, mundo que, debo decirlo, nada tenía que ver en absoluto con la sastrería. Era como si Dios se hubiera encaprichado en crearlos sastres a todos, contrariando su voluntad. Pero fue precisamente este clima lo que me proporcionó la prepara­ción necesaria para conocer el arbitrario e insondable mundo del hombre solitario, que me proporcionó extrañas, prematuras y premonitorias nociones del carácter, de las pasiones, dedicaciones, vicios, tonterías, acciones e intenciones. Tan extraordinario fue, por lo tanto, que al observarme con un libro de Nietzsche bajo el brazo, cierto día el buen Paul Poindexter me llamó aparte para darme una larga perora­ta sobre Marco Aurelio y Epicteto, cuyas obras ya había leído pero no me atreví a admitirlo porque me faltó coraje para decepcionar a Paul.

¿Y Belasco? Casi me olvidaba de él. Belasco siempre estaba callado como un ermitaño. Era un silencio que inspiraba respeto y no reve­rencia. Pero de él recuerdo vividamente lo siguiente: que de vez en cuando le ayudaba a confeccionar pantalones. Y recuerdo la radiante sonrisa que siempre me prodigaba a cambio de este pequeño servi­cio: era como recibir una propina de cien dólares.

Pero antes de terminar con la sastrería debo decir una o dos pala­bras sobre los articulistas de los diarios en esa época. Como veis, si los clientes a veces escaseaban, siempre había corredores en abun­dancia. No pasaba un día sin que cayesen tres o cuatro de ellos, no con la esperanza de levantar un pedido, sino para hacer descansar su cansada osamenta, para comentar amigablemente sus miserias. Des­pués de hablar de las noticias del día, la charla se centralizaba en los articulistas. Los dos que estaban en el candelera eran entonces Don Marquis y Bob Edgren. Aunque parezca extraño, Bob Edgren, cronista deportivo, ejerció una poderosa influencia en mí. Sinceramente creo decir la verdad si digo que mediante la lectura de la columna diaria de Bob Edgren cultivé ese sentido del juego limpio que tengo. Vi en Bob Edgren una especie de arbitro mental y moral. En esa época él era parte tan integrante de mi vida como Walter Pater, Barbey d'Aurevilly o James Branch Cabell. Fue, por supuesto, un período en el que acudía con frecuencia al ring, cuando pasaba noches enteras discu­tiendo con mis amigos los méritos relativos de los diversos maestros del guante. Mis propios ídolos fueron casi todos campeones. Tenía todo un panteón propio que comprendía, entre otras, figuras como Terry McGovern, Tom Sharkey, Joe Gans, Jim Jeffries, Ad Wolgast, Joe Rivers, Jack Johnson, Stanley Ketchel, Benny Leonard, Georges Carpentier y Jack Dempsey. ídem con los luchadores. El pequeño Jim Londos era para mí un dios casi tan grande como Hércules para los griegos. Y después estaban los ciclistas de las carreras de los seis días... ¡Basta!

Lo que quiero señalar con todo esto es que la lectura de libros, la asistencia al teatro, las acaloradas discusiones que sosteníamos, las contiendas deportivas, los banquetes en salones y al aire libre, las fiestas musicales (las nuestras y las que nos ofrecían los maestros), se fusionaron y concretaron en una única actividad continua e ininte­rrumpida. Recuerdo que en camino hacia el estadio de Jersey City el día de la batalla Dempsey-Carpentier —acontecimiento, dicho sea de paso, que para nosotros tuvo prácticamente la misma importancia que los heroicos combates con una sola mano detrás de los muros de Troya— discutí con mi compañero, un concertista de piano, el conte­nido, estilo y significación de La Isla de los Pingüinos y La Rebelión de los Ángeles Pocos años después, en París, cuando leía La Guerre de Trote n 'aura pas lieu, recordé de pronto este día negro en el que presencié la triste derrota de mi favorito, Carpentier. Nuevamente, en Grecia, en la Isla de Corfú, leyendo la Iliada o tratando de leerla —porque lo hacía de mala gana— pero de todos modos, leyendo sobre Aquiles, el poderoso Ajax y todas las heroicas figuras de un lado u otro, pensé una vez más en la hermosa figura divina de Georges Carpentier, lo vi tambalearse y desmoronarse, sumergirse en la lona bajo los aplastantes martillazos del castigador de Manassa. Se me ocu­rrió que su derrota fue tan abrumadora, tan vivida, como la muerte de un héroe o de un semidiós. Y con este pensamiento los recuerdos de Hamlet, Lohengrin y las demás figuras legendarias que Jules Laforgue había vuelto a crear con su inimitable estilo. ¿Por qué? ¿Por qué? De esta manera se confunden los libros con los acontecimientos y actos de la vida.

Desde los dieciocho hasta los veintiuno o veintidós años, el perío­do en que floreciera la Xerxes Society, viví en una continua ronda de fiestas, bebida, comedia, música (“soy un músico magnífico, ¡viajo por el mundo entero!”), amplia farsa y bromas pesadas. No dejamos nin­gún restaurante extranjero de Nueva York sin visitar. Chez Bousquet, restaurante francés de la bulliciosa calle Cuarenta, donde nos querían tanto a los doce que cuando cerraban las puertas el lugar quedaba para nosotros. (¡O fiddledee, O fiddledee, O fiddledum-dum-dee!) Y durante todo ese tiempo me sacaba la cabeza de encima a fuerza de lectura. Todavía recuerdo los títulos de los libros que solía llevar bajo el brazo a cualquier sitio que fuese: Anathema (Anatema), Cuentos de Chejov, The Devil's Dictionary (Diccionario del Diablo), Rabelais completo, el Satiricón, History of European Moráis (Historia de la Moral Europea), With Walt in Camden (Con Walt en Camden), His­tory of Human Marriage (Historia del Matrimonio Humano) de Westermack, The Scientific Bases ofOptimism (Las Bases Científicas del Optimismo), El Enigma del Universo, The Conquest of Bread (La Conquista del Pan), History ofthe Intellectual Development ofEurope (Historia del Desarrollo Intelectual de Europa), de Draper, La Can­ción de las Canciones de Suddermann, Volpone y otros por el estilo. Derramando lágrimas sobre la “convulsiva belleza” de Francesco da Rimini, memorizando fragmentos de Minna von Barnhelm (como posteriormente, en París, me aprendería de memoria toda la famosa carta de Strindberg Gaugin, según aparece en Avant etAprés), luchan­do con Hermann und Dorothea (lucha gratuita porque me había de­batido con él todo un año en la escuela), maravillándome por las hazañas de Benvenuto Cellini, aburrido de Marco Polo, mareado por First Principies (Primeros Principios) de Herbert Spencer, fascinado por todo lo que salió de la mano de Henri Fabre, escrutando la “filolo­gía” de Max Muller, conmovido por el sereno y lírico encanto de la prosa poética de Tagore, estudiando la gran epopeya finesa, tratando de abrirme paso a través del Mahabarhata, soñando con Olive Schreiner en Sudáfrica, divirtiéndome con los prefacios de Shaw, coque­teando con Moliere, Sardou, Scribe y Maupassant, luchando a brazo partido con la serie de los Rougon-Macquart, navegando por ese inútil libro de Voltaire, Zadig... ¡Qué vida! Poco debe extrañar que no me haya hecho sastre comercial. (Sin embargo me emocionó descubrir que The Merchant Tailor [El Comerciante de Telas] era el título de una conocida comedia isabelina.) Al mismo tiempo ¿y esto no es más maravilloso y caprichoso?, desarrollando una especie de charla de “ornitorrinco de vermouth” con compinches como George Wright, Bill Dewar, Al Burger, Connie Grimm, Bob Haase, Charlie Sullivan, Bill Wardrop, Georgie Gifford, Becker, Steve Hill, Frank Carroll, to­dos buenos miembros de la Xerxes Society. ¿Ah, cómo se llamaba esa comedia tan atrevida que todos fuimos a ver cierto sábado por la tarde en un famoso teatrito de Broadway? ¡Qué gran momento de placer tuvimos nosotros, los grandotes! Era una comedia francesa, por su­puesto, y era puro ardor. ¡Tan picaresca! ¡Tan risqué! ¡Y qué noche pasamos a raíz de ella en el Bousquet's!

Ésta era la época en que, borracho o sobrio, me levantaba invaria­blemente a las cinco en punto para dar una vuelta en mi bohemia rueda a Coney Island y regresar. A veces, resbalando en el fino hielo de una oscura mañana invernal, con el viento ululante que me llevaba de un lado para otro como un rompehielos, me estremecía de risa por los acontecimientos de la noche anterior, pocas horas antes, para ser exacto. Este régimen espartano, combinado con las fiestas y las festivi­dades, el curso de estudios de un solo hombre, la lectura por placer, el argumento y las discusiones, las payasadas y bufonadas, los encuen­tros de boxeo y lucha, los partidos de hockey, las carreras de los seis días en el Garden, los salones de baile arrabaleros, el piano y la ense­ñanza de piano, los desastrosos enredos amorosos, la perpetua falta de dinero, el desprecio por el trabajo, las andanzas en la sastrería, las solitarias peregrinaciones a la presa, al cementerio (chino), a la char­ca de los patos, donde, si el hielo era suficientemente grueso probaba los patines... esta actividad unilateral, multilingüe y sesquipedálica, noche y día, mañana, tarde y noche, estación tras estación, borracho o sobrio, o borracho y sobrio, siempre en la multitud, siempre ron­dando, siempre investigando, luchando, espiando, atisbando, espian­do, ensayando, un pie adelante y dos pies atrás, pero adelante, adelan­te, adelante, completamente gregario pero totalmente solitario, buen deportista y al mismo tiempo reservado y solitario, el buen compañe­ro que nunca tenía un centavo pero que siempre conseguía prestado para dar a los demás, jugador que nunca jugaba por dinero, poeta en el corazón e inútil en la superficie, sociable y oportunista, hombre que no estaba por encima del medrador, amigo de todos pero sin ser en realidad amigo de nadie, pues bien... allá estaba, una especie de caricatura de los tiempos isabelinos, todo reunido y representado en los sombríos recovecos de Brooklyn, Manhattan y el Bronx, la ciudad más inmunda del mundo, este lugar del cual surgí, quesera de. casas funerarias, museos, teatros de ópera, salones de conciertos, armerías, iglesias, salones, estadios, carnavales, circos, los mercados Gansevoort y Wallabout, el apestoso canal Gowanus, vestíbulos árabes con sorbetes, amarraderos de las balsas, diques secos, refinerías de azúcar, el Astillero de la Marina, puentes colgantes, pistas de patinaje, alber­gues del Bowery, fumaderos de opio, garitos, el barrio chino, cabarets rumanos, diarios amarillos, tranvías abiertos, acuarios, Saengerbunds, clubs atléticos, hogares, hoteles de Mills, centros aristocráticos, el zoológico, las Tombs, las Follies de Zeigfeld, el hipódromo, los des­censos al Greenwich Village, los sitios prohibidos de Harlem, las ca­sas privadas de mis amigos, de las muchachas que amé, de los hom­bres que reverencié —en Greenpoint, Williamsburg, Columbia Heights, Erie Basin— las interminables calles grises, las lámparas de gas, los obesos tanques de gas, la multitud, el colorido ghetto, los diques y muelles, los grandes trasatlánticos, los cargueros de bananas, las cañoneras, los viejos fuertes abandonados, las viejas y desoladas calles holandesas, Pomander Walk, Patchin Place, United States Street, el mercado en la acera, la botica de Perry (al lado del puente de Brooklyn, con esos deliciosos y cremosos sorbetes con soda), el tranvía abierto a Sheepshead Bay, los alegres Rockaways, el olor a cangrejos, langostas, ostras, peces azules asados, ostras fritas, la jarra de cerveza por cinco centavos, los mostradores gratuitos para comer, y en alguna parte, en todas partes, siempre una de las bibliotecas “públicas” de Andrew Carnegie, donde los libros que uno quería apa­sionadamente siempre estaban “cedidos” o no estaban, o bien tenían, como los whiskys y brandys de Hennessy, las tres estrellas. No, no eran los días de la vieja Atenas ni los días y noches de Roma, como tampoco los homicidas y jubilosos días de la Inglaterra isabelina, y ni siquiera “aquellos tiempos del noventa”, sino el “pequeño Maniatan” de siempre, y el nombre de ese teatrito que tanto me empeño en recordar me resulta tan familiar como el Breslin Bar o Peacock Alley, pero no quiere acudir a mi mente en este momento. Pero existió allí una vez, todos los teatros existieron, como también todos los grandes actores y actrices de antes, incluyendo los aficionados como Corsé Payton, David Warfield, Roben Mantell, como también el hombre que mi padre odiaba y que se llamaba Henry Miller. Todavía existen, por lo menos en la memoria, y con ellos están los días idos hace mucho tiempo, las comedias hace mucho tiempo digeridas, los libros, algunos de ellos, todavía sin leer y los críticos todavía por escuchar. (“/Vol­ved atrás el universo y dadme el ayer!”)

Y ahora, en el preciso momento en que cierro la tienda al final de la jornada, ha llegado a mí el nombre del teatro. ¡Wallack's!¿Lo re­cuerdan? Como ven, si se abandona la lucha (memoria-técnica) siem­pre vuelve a nosotros. Ah, pero veo ahora de nuevo, tal como fue en un tiempo, la sucia fachada de templo del teatro. Y con ella veo el cartel fuera. ¡Claro, si era The Girl of Rector'st ¡Tan picaresca! ¡Tan atrevida! ¡Tan risqué!

Una nota sentimental, para terminar, ¿pero qué importa? Iba a ha­blar de las comedias que había leído y veo que apenas las he mencio­nado. En un tiempo me parecieron muy importantes y no cabe duda de que lo fueron. Pero las comedias que he reído, que he llorado, que he vivido son más importantes todavía, aunque fueron de menor cali­bre. Porque entonces estaba con otros, con mis amigos, mis compañe­ros, mis camaradas. ¡Levantaos, oh antiguos miembros de la Xerxes Socieyf ¡Levantaos aunque vuestros pies estén en la tumba! Debo da­ros un saludo de despedida. Debo deciros a todos y a cada uno cuánto os amé, cuánto he pensado en vosotros desde entonces. ¡Es muy pro­bable que alguna vez nos reunamos todos en el más allá!

¡Qué buenos músicos éramos! ¡O fiddledee, o fiddledee, o fiddle-dum-dum-dee!

Y ahora me despido de ese joven que está sentado solo allá arriba, en el lúgubre altillo, leyendo los clásicos. ¡Qué cuadro tan desalenta­dor! ¿Que podría haber hecho con los clásicos si hubiera logrado deglutirlos? ¡Los clásicos! Lenta, lentamente, llego a ellos, no leyén­dolos, sino haciéndolos. Donde me uno con los antepasados, con los gloriosos predecesores míos, vuestros, nuestros, es en el campo de la mortaja de oro. Bref vida cotidiana,.. Voltaire, aunque no eres precisa­mente un clásico, no me has dado nada, ni siquiera con tu Zadig ni con tu Candide. ¿Y por qué tomar a ese miserable esqueleto mordido por el vinagre que es Monsieur Arouet? Porque se me ocurre en este momento. Podría nombrar doscientos trapos y cabezas de trapo que tampoco me dieron nada. Podría hacer estallar un pétarde. ¿Para qué? Para indicar, para significar, para aseverar, para adjudicar que, borra­cho o sobrio, con patines o sin ellos, con los puños desnudos o con guantes de seis onzas, la vida viene primero. Oui, en terminant ce fatras, d'événements de ma puré jeunesse, je pense de nouveau a Cendrars. De la musique avant toute chose!Áíains, que donne mieux la musique de la vie que la vie elle-méme?

Enero a diciembre de 1950.

Big Sur, California.

APÉNDICE I
LOS CIEN LIBROS QUE MÁS INFLUYERON EN MÍ


AUTOR TÍTULO

Antiguos dramaturgos griegos. Las mil y una noches (para niños). Las Comedias isabelinas (excepto Sha­kespeare) .

Comedias europeas del siglo XIX, in­clusive las rusas e irlandesas. Mitos y leyendas griegos.
Los caballeros de la corte del rey Arturo.

Abélard, Pierre The Story ofMy Misfortunes

Alain Fournier The Wanderer. (El Vagabundo)

Andersen, Hans Christian Cuentos de Andersen.

Anónimo Diary of a Lost One.

Balzac, Honorato de Serafita.

Louis Lambert.

Bellamy, Edward En la noche del pasado.

Belloc, Hilaire The Path to Rome. (El camino de Roma)

Blabvatsky, Mme. H. P. La doctrina secreta.

Bocaccio, Giovanni El decamerón.

Bretón, André Nadja.

Bronté, Emily Cumbres borrascosas.

Bulwer-Lytton, Edward Los últimos días de Pompeya.

Carroll, Lewis Alicia en el país de las maravillas.

Céline, Louis Ferdinand Viaje al fin de la noche.

Cellini, Benvenuto Autobiografía.

Cendrars, Blaise Virtualmente todas sus obras.

Chesterton, G. K. San Francisco de Asís.

Conrad, Joseph Todos sus libros.

Cooper, James Fenimore Cuentos.

Defoe, Daniel Robinson Crusoe.

De Nerval, Gérard Sus obras.

Dostoievsky, Fedor Sus obras.

Dreiser, Theodore Sus obras.

Duhamel, Georges Diario de Salavin.

Du Maurier, George Trilby.

Dumas, Alejandro Los tres mosqueteros.

Eckermann, Johann Peter Conversaciones con Goethe.

Eltzbachel, Paul Anarchism. (Anarquismo)

Emerson, Ralph Waldo Hombres representativos.

Fabre, Henri Sus obras.

Faure, Elie Historia del arte.

Fenollosa, Ernest The Chínese Written Character as a Mé­dium for Poetry.

Gide, André Dostoievsky.

Giono, Jean Retus, d'Obéissance

Que majóte Demeure.

Jean le Bleu.

Gutkind, Erich The Absolute Collective.

Haggard, Rider Ella.

Hamsun, Knut Sus obras.

Henty, G. A. Sus obras.

Grimm, Hermanos Cuentos de Grimm.

Hesse, Hermann Siddharta.

Hudson, W. H. Sus obras.

Hugo, Víctor Los miserables.

Huysmans, Joris Karl Contra natura.

Joyce, James Ulises.

Keyserling, Hermann Meditaciones sudamericanas.

Kropotkin, Pedro Mutual Aid. (El apoyo mutuo)

Laotse Tao Teh-King.

Latzko, Andreas Men ir War, (Hombre en la Guerra)

Long, Haniel Interlinear to Cabeza de Vaca.

M. El evangelio de Ramakrishna.

Machen, Arthur La colina de los sueños.

Maeterlinck, Maurice Sus obras.

Mann, Thomas La montaña mágica.

Mencken, H. L. Prejuicios.

Nietzsche, Friedrich Sus obras.

Nijinsky, Vaslav Diario.

Nordhoff y Hall Motín a bordo.

Peck, George Wilbur Peck s Bad Boy.

Percival, W. O. William Blake's Circle o/Destiny.

Petronio El satiricón.

Plutarco Vidas paralelas.

Powys, John Cowper Visions and Revisions.

Prescott, William H. Historia de la conquista de Méjico.

Historia de la conquista del Perú.

Proust, Marcel En busca del tiempo perdido.

Rabelais, Francois Gargantúa y Pantagruel.

Rimbaud, Jean-Arthur Sus obras.

Rolland, Romain Juan Cristóbal.

Profetas de la India.

Rudyar, Dañe Astrology and Personality

Saltus, Edgar La púrpura imperial.

Sienkiewicz, Henry Quo vadis?

Sikelianos, Anghelos Proanakrousma

Sinnett, A. P. Esoteric Buddhism. (Budismo esotérico)

Spencer, Herbert Autobiografía.

Spengler, Oswald Decadencia de occidente.

Strindberg, August El infierno.

Suarés, Cario Krishnamurti.

Suzuki, Daisetz Teitaró Introducción al budismo Zen.

Swift, Jonathan Los viajes de Gulliver.

Tennyson, Alfred Idilios del rey.

Thoreau, Henry David Desobediencia civil y otros ensayos.

Twain, Mark Aventuras de Huckleberry Finn.

Van Gogh, Vincent Cartas a mi hermano Theo.

Wassermann, Jacob El caso Maurizíus.

Weigall, Arthur Akenatón.

Welch, Galbraith The Unveiling of Timbuctoo.

Werfel, Franz Star ofthe Unborn.

Whitman, Walt Hojas de hierba.
APÉNDICE II
Libros que todavía piensa leer
Autor Título

Anónimo My Secret Life. (Mi vida secreta)

Aragón, Louis El campesino de París.

Calas, Nicholas Foyers d'incendie.

Casanova, Giacomo Girola-

mo Memoirs. (Memorias)

Chestov, Léon Alheñes et Jérusalem,

Clecland, Dr. John Memoirs of Fanny Hill. (Fanny Hill)

De Gourmont, Rémy Le Latín Mystique. (El Latín místico)

De la Bretonne, Restif Les Nuits de París. (Las Noches de París)

De Lacios, Choderlos Las amistades peligrosas

De Lafayette, Madame La princesa de Cléves.

Dickens, Charles Aventuras de Pickwick.

Doughty, Charles Arabia Deserta.

Fielding, Henry Tom Jones.

Flaubert, Gustave La educación sentimental.

Gibbon, Edward Decadencia y caída del imperio roma-

no.

Harrison, Jane The Orphyc Myths, (Los Mitos Órficos)

Prolegómena.

Hugo, Víctor Los trabajadores del mar.

Huizinga, H. El otoño de la Edad Media.

James, Henry El cuenco de oro.

Maturin, Charles Melmoth el errabundo.

Michelet, Jules Historia de la revolución francesa.

Multatuli Max Havelaar.

Napoleón Bonaparte Memorias.

Radcliffe, Ann Ward The Mysteries ofUdolpho.

Riviére, J. y Alain Fournier Correspondencia.

Rousseau, Jean Jacques Emilio.

Sade, marqués de Les 120 journées de Sodome

S. Tomás de Aquino Summa Tbeologica.

Stendhal La cartuja de Parma.

Sullivan, Louis Autobiografía de una idea.

Swift, Jonathan Diario a Stella.

Vaché, Jacques Lettres de Guerre. (Cartas de Guerra)
Y las obras de los siguientes autores: Jean-Paul Richter, Novalis, Croce, Toynbee, León Bloy, Federov, León Daudet, Gerard Manley Hopkins, T. F. Powys, Santa Teresa, San Juan de la Cruz.

Libros Tauro

http://www.LibrosTauro.com.ar
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