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Simbad el marino, Jasón y el Vellocino de Oro, Alí Baba y los Cuarenta ladrones, los Cuentos de Hadas de Grimm y Andersen, Robinsón Crusoe, los Viajes de Gullivery obras por el estilo?

¿Quién no ha vivido —pregunto también— esa incomparable emoción que se experimenta en años posteriores de la vida cuando se releen los favoritos de los primeros años? Hace poco, tras un lapso de casi cincuenta años, releí Lion of the North (El León del Norte), de Henty. ¡Qué experiencia! Cuando yo era un muchacho Henty fue mi escritor preferido. Todas las Navidades mis padres me regalaban ocho o diez de sus libros. Debo de haber leído todas sus obras antes de los catorce años. Hoy, y esto lo considero fenomenal, puedo abrir cual­quier libro suyo y obtener el mismo placer fascinante que obtuve siendo muchacho. Este autor no parece hablar “desde arriba” a su lector, sino que parece estar en íntima relación con él. Todos sabe­mos, presumo, que los libros de Henty son romances históricos. Para los muchachos de nuestros días eran vitalmente importantes porque nos dieron nuestra primera perspectiva de la historia mundial. The Lion of the North (El León del Norte), por ejemplo, es sobre Gustavo Adolfo y la guerra de los treinta años. En él aparece esa extraña y enigmática figura que es Wallenstein. Cuando el otro día di con las páginas sobre Wallestein, fue como si las hubiera leído apenas unos meses antes. Según señalé en una carta a un amigo después de cerrar el libro, fue en esas páginas sobre Wallenstein donde encontré por primera vez las palabras “destino” y “astrología”. Palabras preñadas, para un muchacho, de todos modos.

Comencé hablando de mi “biblioteca”. Sólo más tarde tuve el pla­cer de leer sobre la vida y momentos de Montaigne. Como la nuestra, la suya fue una era de tolerancia, persecuciones y matanzas al por mayor. Muchas veces había oído hablar, eso sí, de cuando Montaigne se retiró de la vida activa, de su devoción por los libros, de su vida serena y sobria, tan rica en aspectos interiores. Ese sí que era un hombre que podía decirse poseedor de una biblioteca, por supuesto. Algunos momentos le envidiaba. Pensaba para mis adentros que si pudiese tener en esta pequeña habitación, a mi lado, todos los libros que anhelaba cuando niño, muchacho o joven, ¡cuan afortunado sería! Siempre acostumbré anotar demasiado los libros que me agradaban. Qué maravilloso sería, pensé, volver a ver esas anotaciones, saber qué opinaba y cómo reaccionaba yo en esa época tan distante. Pensé en Arnold Bennett y en la excelente costumbre que había adquirido de introducir al final de todos los libros que leía, algunas hojas en blanco para ir anotando sus observaciones e impresiones a medida que leía.

Uno siempre siente curiosidad por saber cómo era, cómo se compor­taba, cómo reaccionaba frente a los pensamientos y acontecimientos en diversos períodos del pasado. En las anotaciones marginales de los libros se descubre con facilidad la propia personalidad anterior.

Cuando se comprende la enorme evolución que experimenta la propia persona durante una vida, se suele preguntar: -¿Termina la vida con la muerte corporal? ¿No he vivido antes? ¿No volveré a aparecer otra vez en la tierra, o quizá en algún otro planeta? ¿No seré realmente imperecedero, como todo lo demás del universo?- Puede que tam­bién nos sintamos animados a formularnos una pregunta más impor­tante todavía: -¿He aprendido mi lección aquí en la tierra?-

Montaigne, noté con placer, menciona con frecuencia su mala me­moria. Dice que no podía recordar el contenido, ni siquiera sus im­presiones, de ciertos libros, muchos de los cuales no había leído una sino varias veces. Tengo la certeza, sin embargo, de que tiene que haber tenido muy buena memoria en otros aspectos. La mayoría de las personas poseen una memoria defectuosa y esporádica. Los hom­bres capaces de referir citas largas y exactas de los miles de libros que han leído, los que narran la trama de una novela con todos sus deta­lles, los que dan nombres y fechas de los acontecimientos históricos, y así sucesivamente, poseen una memoria monstruosa que siempre me ha resultado repulsiva. Soy uno de los que tienen poca memoria en ciertos respectos y mucha en otros. En suma, justo el tipo de me­moria que me es útil. Cuando realmente quiero recordar algo, lo recuerdo, aunque consuma considerable tiempo y esfuerzo. Sé tran­quilamente que nada se pierde, pero también sé que es importante cultivar el “olvido”. El sabor, el gusto, el aroma, el ambiente, como también el valor o la falta de valor de una cosa, jamás lo olvido. La única memoria que quisiera preservar es la de tipo proustiano. Con saber que existe esta memoria infalible, total y exacta me basta. ¿Con cuánta frecuencia sucede que al recorrer con la mirada un libro leído hace mucho tiempo, se encuentran pasajes donde todas las palabras tienen una ardiente, inagotable e inolvidable resonancia? Hace poco, al completar el original del segundo libro de La Crucifixión Rosada, me vi obligado a recurrir a las acotaciones que hiciera hace muchos años en Decline of the West (La Decadencia de Occidente), de Spengler. Hubo ciertos pasajes, muchos, podría decir, de los cuales me bastó leer las palabras iniciales para que el resto acudiera a mí como música. En algunos casos las palabras habían perdido en parte el im­portante sentido que otrora les había asignado, pero no las palabras mismas. Siempre que daba con esos pasajes, porque los leí y releí hasta el cansancio, el lenguaje se tornaba más fragante, más rico, más cargado de esa misteriosa cualidad que todo gran autor imparte a su lenguaje y que es la marca de su singularidad. De todos modos, tanto me impresionaron la vitalidad y el carácter hipnótico de estos pasajes spenglerianos, que decidí transcribir varios de ellos textualmente. Fue un experimento que me vi obligado a realizar, un experimento entre yo mismo y mis lectores. Las líneas que decidí transcribir se habían hecho muy mías y me parecía que debía trasmitirlas. ¿Acaso no eran tan importantes en mi vida como los encuentros, crisis y acontecimientos fortuitos que describiera como míos? ¿Por qué no pasar a Oswald Spengler intacto, puesto que había sido un aconteci­miento en mi vida?

Soy uno de esos lectores que de vez en cuando copian extensos pasajes de los libros que leen. Hallo estas citas por todas partes siem­pre que reviso mis cosas. Nunca están a mi lado, por fortuna o por desgracia. A veces dedico días enteros a tratar de recordar dónde las habré guardado. Así, al abrir el otro día uno de mis cuadernos de apuntes de París buscando otra cosa, di con uno de los pasajes que han vivido conmigo durante años. Ha sido escrito por Gautier y co­rresponde a la Introducción de Against the Grain, de Havelock Ellis. Comienza: -El poeta de las Fleurs du Mal amaba lo que impropiamen­te se llama el estilo decadente, y que no es otra cosa que un arte que ha llegado a ese punto de extrema madurez que dan los soles ponien­tes de antiguas civilizaciones: un estilo ingenioso y complicado, car­gado de sombras y de indagación, que constantemente presiona hacia atrás los límites de la palabra, tomando prestado de todos los vocabu­larios técnicos, tomando colorido de las paletas y tomando notas de todos los teclados...- Después sigue una frase que siempre resalta como iluminado semáforo: -El estilo decadente es la última palabra del mundo, elevada a su expresión más acabada y llevada a su último escondrijo.-

Expresiones como éstas muchas veces las he copiado en extensas cartas y las he colocado en lo alto de mi puerta para que, al marchar­me, mis amigos las leyesen inevitablemente. Algunas personas sien­ten impresiones opuestas: mantener en secreto estas preciosas revela­ciones. Mi debilidad es gritar desde lo alto de los tejados siempre que creo haber descubierto algo de vital importancia. Al terminar de leer un libro maravilloso, por ejemplo, casi siempre me siento a escribir cartas a mis amigos, a veces al autor y en ocasiones al editor. La experiencia se convierte en parte de mi conversación diaria, penetra en los alimentos y en las bebidas mismas que consumo. He dicho que esto era un debilidad. Puede que no lo sea. -¡Creced y multiplicaos!-ordenó el Señor. E. Graham Howe, autor de War Dance (La Danza Guerrera), lo ha dicho de otra manera, que me gusta todavía más: -¡Cread y compartid!- Y si bien a primera vista la lectura podrá no parecer un acto de creación, en un sentido profundo lo es. Sin el lector entusiasta, que en realidad es el equivalente del autor y muchas veces su más secreto rival, el libro moriría. El hombre que propaga la buena palabra, no solamente aumenta la vida del libro en cuestión sino también el acto de la creación misma. Insufla espíritu a los de­más lectores. Sostiene el espíritu creador en todas partes. Lo sepa o no lo sepa, lo que está haciendo es cantar loas a la artesanía de Dios. Porque el buen lector, así como el buen autor, sabe que todo surge de la misma fuente. Sabe que no podría participar en la experiencia privada del autor si no estuviese compuesta de la misma sustancia. Y cuando digo autor significo Autor. El escritor es, por supuesto, el mejor de todos los lectores porque al escribir o “crear”, como se dice, no hace otra cosa que leer y transcribir el gran mensaje de la creación que el Creador, en su bondad, ha puesto de manifiesto en él.

En el Apéndice el lector hallará una lista de autores y títulos dis­puestos de una manera franca y curiosa. Lo menciono porque creo que es importante recalcar desde el principio un hecho psicológico sobre la lectura de libros que se descuida un tanto en la mayoría de las obras sobre el tema. Es el siguiente: muchos de los libros con los cuales se vive en la propia mente, son libros que nunca se han leído. A veces estos adquieren asombrosa importancia. Hay por lo menos tres categorías de este orden. La primera comprende los libros que uno tiene la intención de leer algún día, pero que con toda probabili­dad nunca llegará a leerlos, la segunda comprende los libros que uno cree que debiera haber leído y de los cuales por lo menos leerá algunos antes de morir; la tercera comprende los libros de los cuales uno oye hablar, comentar o leer, pero que se tiene casi la certeza de que nunca se llegarán a leer porque al parecer nada será capaz de derribar la muralla de prejuicios erigida contra ellos.

En la primera categoría están esas obras monumentales, en su ma­yoría clásicos, que por lo general nos avergüenza admitir que nunca hemos leído: en ocasiones uno toma algún volumen, sólo para dejarlo de lado, convencido la mayoría de las veces de que todavía son ilegi­bles. La lista varía según el individuo. Para mí, por dar algunos nom­bres destacados, comprenden las obras de autores célebres como Homero, Aristóteles, Francis Bacon, Hegel, Rousseau (exceptuando Emilio), Robert Browning y Santayana. En la segunda categoría inclu­so Arabia Deserta, Decadencia y Caída del Imperio Romano, The Hundred and Twenty Days of Sodom (Los Ciento Veinte Días de Sodoma), las Memorias de Casanova, las Memorias de Napoleón y la Historia de la Revolución Francesa de Michelet. En la tercera están el Diario de Pepys, Tristam Shandy, Wilhelm Meister, The Anatomy of Melancholy (Anatomía de la Melancolía). The Red and the Black (Rojo y Negro), Marías the Epicurean (Mario el Epicúrero) y The Education of Henry Adams (La Educación de Henry Adams).

A veces una referencia casual a un autor que no hemos leído o a cuya lectura renunciamos por completo —como un pasaje, por ejem­plo, en la obra de un autor que admiramos, o las palabras de un amigo que también es amante de los libros— basta para hacernos correr en busca de un libro, leerlo con nuevos ojos y afirmar que es el libro que queríamos. En general, sin embargo, los libros que omitimos o que rechazamos deliberadamente raras veces llegamos a leerlos. Ciertos temas, ciertos estilos o asociaciones desagradables relacionadas con los nombres mismos de ciertos libros, crean una repugnancia casi insuperable. Nada en la tierra, por ejemplo, podría inducirme a em­prender de nuevo la lectura de Faery Queen (La Reina de las Hadas) de Spenser, que comencé en el colegio y por supuesto abandoné porque me marché precipitadamente de esa institución. Nunca jamás volveré a mirar ni una línea de Edmund Burke, Addison o Chaucer, aunque al último me parece que vale la pena leerlo. Racine y Corneille son otros dos que dudo que alguna vez vuelva a mirarlos, aunque Corneille me intriga debido a un brillante ensayo que leí no hace mucho sobre Phédre en The Clown's Grail. Por otra parte, hay libros que están en los cimientos mismos de la literatura, pero que distan tanto del propio pensamiento y experiencia que nos resultan “intoca­bles”. Ciertos autores que presuntamente serían el baluarte de nuestra particular cultura occidental, son para mí de espíritu más extraño que los chinos, los árabes o los pueblos primitivos. Algunas de las obras literarias más estimulantes surgen de culturas que no han contribuido directamente a nuestro desarrollo. Ningún cuento de hadas, por ejem­plo, ha ejercido una influencia más potente sobre mí que los de los japoneses, con los cuales me familiaricé por medio de la obra de Lafcadio Hearn, una de las figuras exóticas de la literatura norteameri­cana. Cuando niño no había para mí cuentos más seductores que los tomados del Arabian Night's Entertainment (Las Mil y Una Noches). El folklore indio norteamericano me deja frío, mientras que el folklo­re de África me es más grato y más preciado. Además, como he dicho reiteradamente, no importa lo que lea de literatura china (des­cartando Confucio) me parece como si hubiese sido escrito por mis antepasados inmediatos.

He dicho que a veces quien nos pone sobre la pista de un libro sepultado es un autor que estimamos: -¡Qué! ¿Le gustó ese libro?- decimos para nosotros mismos, e inmediatamente las barreras se des­moronan y la mente no solamente se vuelve abierta y receptiva, sino también positivamente en llamas. Muchas veces sucede que no es un amigo de gustos similares quien revive el propio interés en un libro muerto, sino una relación casual. A veces este individuo da la impre­sión de ser nulo, y uno se pregunta por qué ese libro ha captado la memoria de la persona que lo recomendó al azar, o que quizá no lo recomendó en absoluto sino que simplemente lo mencionó durante la conversación como un libro “raro”. Cuando no tenemos nada que hacer, de pronto nos llega a la memoria esta conversación y nos dis­ponemos a someter a prueba al libro. Entonces se produce el descu­brimiento imprevisto. Wutherign Heights es para mí un ejemplo de este tipo. De haberla oído elogiar tanto y tan a menudo, había llegado a la conclusión de que era imposible que una novela inglesa —¡y escrita por una mujer!— fuese tan buena. Hasta que un día un amigo, cuyos gustos consideraba superficiales, dejó caer algunas palabras muy sabias sobre el particular. Aunque procedí a olvidar inmediata­mente sus observaciones, la ponzoña penetró en mi ser. Sin darme cuenta, abrigaba la secreta resolución de echar un vistazo a este famo­so libro algún día. Por último, hace pocos años, Jean Varda lo depositó en mis manos. Lo leí de un solo trago, tan asombrado como todos los demás, sospecho, por su sorprendente poder y belleza. Sí, es una de las grandes novelas en idioma inglés. Y yo, por orgullo y prejui­cios, había estado a punto de perdérmela.

Otra historia completamente distinta es la de The City of God (La Ciudad de Dios). Hace muchos años, como todas las demás personas, había leído las Confesiones de San Agustín, que me habían causado profunda impresión. Después, en París, alguien me entregó The City of God (La Ciudad de Dios), en dos volúmenes. No solamente lo hallé aburrido y árido, sino también monstruosamente ridículo en partes. Al enterarse por un amigo mutuo —para su sorpresa, sin duda— de que yo había leído esta obra, un librero inglés me informó que podría obtener buen precio por él si le hacía acotaciones. Tomé asiento y me puse a leerlo una vez más, cuidando minuciosamente de hacer copiosas acotaciones, por lo general adversas, en los márgenes; tras perder más o menos un mes en esta vana tarea, despaché el libro a Inglaterra. Veinte años después recibí una postal del mismo librero, en la que me decía que esperaba vender el ejemplar dentro de pocos días. Por fin había hallado comprador. Esa fue la última vez que tuve noticias de él. Dróle d'histoire!

Durante toda mi vida la palabra “confesiones” siempre me ha atraí­do como un imán. He mencionado
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