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fecha de publicación06.06.2015
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Debo mucho a Larry Powell. Ante todo, y es un gran hallazgo para mí porque signi­fica la corrección de una actitud falsa, le debo mi actual habilidad para contemplar a los bibliotecarios como seres humanos, seres hu­manos de mucha vitalidad a vecesy capaces de proveer diná­micas fuerzas a nuestro medio. No cabe duda de que ningún biblio­tecario podría ser más celoso que él al incorporar los libros como parte vital de nuestra vida, cosa que no sucede en la actualidad. Tampoco ningún otro bibliotecario habría podido prestarme mayor asistencia directa que él. Jamás le hice una sola pregunta que no me haya contestado completa y escrupulosamente. Ningún pedido de ningún tipo, en efecto, me fue rechazado por él. Si este libro resulta ser un fracaso, la falta no será suya.

Debo agregar aquí algunas palabras sobre otras personas que me prestaron ayuda de una manera u otra. En primer término está Dante T. Zaccagnini, de Port Chester, Nueva York. A usted, Dante, que nunca conocí personalmente, ¿cómo podría expresarle mi pro­funda gratitud por las arduas labores que usted ha realizado ¡y voluntariamente!en mi favor? Me sonrojo pensando lo tediosas que fueron algunas. Además, usted insistió en obsequiarme algunos de sus libros más preciosos ¡porque opinó que yo los necesitaba más que usted! ¡Y cuan valiosas sugestiones me ha hecho y qué sutiles correcciones! Todo esto lo hizo con discreción, tacto, humildad y devoción. No tengo palabras para agradecerlo.

Debo dejar constancia de que cuando comencé esta tarea me pareció que me faltaban varios cientos de libros que debía obtener prestados o poseer. Mi único recurso, careciendo de dinero para comprarlos, fue preparar una lista de títulos y diseminarla entre amigos y relaciones, y entre mis lectores. Los hombres y mujeres cu­yos nombres consigno al final de este volumen suplieron mis necesi­dades. Muchos fueron simples lectores que llegué a conocer por co­rrespondencia. Los “amigos” que más podían hacer para enviarme los libros que necesitaba con tanto apremio y con los cuales contaba, no me respondieron. Una experiencia de este tipo siempre es aleccio­nadora. Los amigos que nos fallan siempre son sustituidos por otros nuevos que aparecen en el momento crítico y de las esferas más ines­peradas. ..

Una de las pocas recompensas que el escritor obtiene por sus ta­reas es la de convertir a un lector en un cálido amigo personal. Una de las raras delicias que experimenta es recibir exactamente el obse­quio que esperaba de un lector desconocido. Todo escritor sincero tiene, según deduzco, centenares o quizá miles de tales amigos des­conocidos entre sus lectores. Podrá haber, y sin duda los hay, autores que necesitan poco a sus lectores, excepto como compradores de sus libros. Mi caso es un tanto distinto. Los necesito a todos. Tomo prestado y presto a los demás. Aprovecho la ayuda de todos los que me la ofrecen voluntariamente. Me avergonzaría no aceptar sus amables sugerencias. La última fue la de un estudiante de Yale, Donald A. Sebón. Al archivar una carta mía dirigida al profesor Henri Peyre, del Departamento Francés de allí, carta en la cual pedía un emplea­do de oficina, este joven leyó mi carta y espontáneamente me ofreció sus servicios. (¿Magnífico gesto, Sebr Schón!).

Un caso a propósito es la fortuita aparición de John Kidis, de Sacramento. Un pedido suyo de una fotografía autografiada condu­jo a un breve intercambio de cartas seguido por una visita y una lluvia de regalos. John Kidis (originariamente Mestakidis) es griego, lo cual explica mucho, pero no todo. No sé lo que aprecio más, si el montón de libros (algunos de ellos difíciles de encontrar) que colocó sobre mi escritorio en su incesante sucesión de obsequios, como cha­quetas y medias de pura lana y nylon tejidas por su madre, pantalo­nes, gorras y otras prendas elegidas al azar, pasteles griegos (¡y qué deliciosos!) preparados por su abuela o su tía, latas de Jaiva, jarras de resina, juguetes para los niños, útiles para escribir (papel, sobres de todo tipo, tarjetas postales con mi nombre y domicilio impresos, papel carbón, lápices, secantes), circulares y anuncios, toallas bau­tismales (su padre es sacerdote), dátiles y nueces de todo tipo, higos frescos, manzanas y hasta granadas (todo de la mítica “granja”), por no hablar de las copias a máquina que me hizo ni de los grabados (The Waters Reglitterized, por ejemplo), los colores al agua que com­pró, los papeles y pinturas que me proporcionó, las diligencias que realizó voluntariamente para mí, los libros que vendió por mi cuen­ta (abandonando todas sus demás actividades y convirtiéndose en (“La Casa Henry Miller”), los neumáticos que me adquirió, la música que ofreció conseguirme (discos, partituras y álbumes), y así sucesi­vamente ad infinitum... ¿Cómo retribuir tan grande generosidad? ¿Cómo pagarle alguna vez?

Confío en que no hace falta decir que recibiré de los lectores de este libro toda indicación de un error, omisión, falsificación o falta de juicio. Tengo perfecta noción de que este libro, porque es -sobre los libros-, llegará a muchos que nunca me han leído hasta ahora. Espero que disemine una buena palabra, no sobre este libro, sino sobre los libros que ellos aman. Nuestro mundo acércase rápidamen­te a su fin: está por abrirse otro mundo nuevo. Para que florezca ese mundo nuevo, tendrá que descansar tanto en los actos como en la fe. El mundo tendrá que hacerse carne.

Pocos de nosotros estamos hoy en condiciones de contemplar el futuro inmediato con otra cosa que aprensión y miedo. Si de todos los libros que he leído recientemente hay uno que podría señalar por su contenido de palabras de consuelo, paz, inspiración y sublimi­dad, es el Mont-Saint-Michel and Chartres de Henry Adams, y en especial los capítulos relacionados con Chartres y el culto de la Vir­gen María. Toda referencia a la 'Reina' es exaltada e imponente. Permítaseme citar un pasaje el de la página 194 que viene a propósito:
Allí está realmente ella, no como símbolo ni fantasía, sino en persona, descendiendo en sus misiones de piedad y escuchan­do a cada uno de nosotros, como sus milagros lo prueban, o satisfaciendo nuestras oraciones por su simple presencia, que calma nuestra excitación así como la presencia de una madre calma a su hijo. Está allí como Reina, no simplemente como intercesora, y su poder es tal que para ella las diferencias entre nosotros, los seres terrenales, no son nada. Pierre Mauclero y Philippe Hurepel y sus hombres de armas la temen, y ni el obispo mismo se siente cómodo en su presencia, pero para los campesinos y pordioseros, para la gente que sufre, este sen­tido de su poder y calma es mejor que la simpatía activa. La gente que sufre más allá de las fórmulas de expresión que vive aplastada hasta ser silenciada y perder la noción del do­lorno quiere despliegues de emoción, no quiere corazones sangrantes, ni lágrimas al pie de la cruz, ni histeria ni frases. Quiere ver a Dios y saber que Él vela por los Suyos.
Hay escritores, como este hombre, que nos enriquecen y hay escri­tores que nos empobrecen. No obstante, mientras tanto se está desa­rrollando algo más importante. Mientras tanto, enriquezcamos o em­pobrezcamos, quienes escribimos, los escritores, los hombres de letras, los que garabateamos, somos sostenidos, protegidos, mantenidos, en­riquecidos y dotados por una vasta horda de individuos desconoci­dos, los hombres y mujeres que ven y oran, por así decirlo, para que revelemos la verdad que hay en nosotros. Nadie sabe lo vasta que es esta multitud. Ningún artista ha llegado jamás a toda la gran masa doliente de la humanidad. Nadamos en la misma corriente, bebe­mos de la misma fuente, pero sin embargo, ¿cuántas veces o con que profundidad tenemos noción nosotros, los que escribimos, de la nece­sidad común? Si escribir libros es restituir lo que nos hemos llevado del granero de la vida, de los hermanos y hermanas desconocidos, entonces digo -¡Que haya más libros!-

En el segundo volumen de esta obra escribiré, entre otras cosas, de Pornografía y Obscenidad, Gilíes de Rais, Ayesha de Haggard, Marie Corelli, El Gran Inquisidor de Dostoievsky, Céline, Maeterlinck, Berdyaev, Claude Hoyghton y Malaparte. El índice de todas las referencias para todos los libros y autores citados en todos mis libros, figurará en el segundo volumen.
HENRYMILLER
Capítulo i
VIVÍAN Y ME HABLABAN

Estoy sentado en una pequeña habitación, una de cuyas paredes está totalmente cubierta de libros. Es la primera vez que tengo el placer de trabajar con algo que parezca una colección de libros. Pue­de que en total no sean más de quinientos, pero en su mayor parte representan mis propias preferencias. Es la primera vez, desde que iniciara mi carrera como escritor, que me hallo rodeado por un buen número de los libros que siempre ansiaba poseer. Sin embargo, consi­dero que el hecho de que en el pasado haya realizado la mayor parte de mi tarea sin ayuda de una biblioteca fue más una ventaja que una desventaja.

Una de las primeras cosas que asocio con la lectura de los libros es la lucha que he debido librar para obtenerlos. No poseerlos, ad­vierto al lector, sino tenerlos a mi alcance. Desde el momento en que esta pasión hizo presa en mi ser, no encontré otra cosa que obstácu­los. Los libros que buscaba en la biblioteca pública siempre estaban cedidos, y, por supuesto, jamás tuve el dinero necesario para comprar­los. Obtener permiso de la biblioteca de mi barrio —tenía en esa época de dieciocho a diecinueve años de edad— para que me entre­garan una obra tan “desmoralizadora” como The Confession of a Fool (La Confesión de un loco), de Strindberg, fue sencillamente imposi­ble. En esa época los libros prohibidos para la gente joven eran deco­rados con estrellas —una, dos o tres— según el grado de inmoralidad que se les atribuía. Sospecho que todavía sigue este procedimiento. Ojalá sea así, porque no conozco nada mejor calculado para satisfacer el propio apetito que esta estúpida clasificación y prohibición.

¿Qué factor otorga vida a un libro? ¡Con cuánta frecuencia se plantea este interrogante! La respuesta, en mi opinión, es sencilla. El libro vive a través de la apasionada recomendación de un lector a otro. Nada podría estrangular este impulso básico del ser humano. A pesar de las opiniones de los cínicos y misántropos, sostengo que el hombre siempre se empeñará en compartir sus más profundas expe­riencias.

Los libros son una de las pocas cosas que los hombres atesoran profundamente. Y cuanto mejor sea el hombre, con mayor facilidad será capaz de desprenderse de los bienes que más atesora. El libro que yace inane en un anaquel es munición desperdiciada. Los libros deben mantenerse en constante circulación como el dinero. ¡Prestad y tomad prestado ambas cosas: libros y dinero! Pero especialmente libros, porque los libros representan infinitamente más que el dinero. El libro no sólo es un amigo sino que sirve para hacernos conquistar amigos. El libro enriquece al que se apodera de él con toda el alma, pero enriquece tres veces más al que lo analiza.

Me asalta aquí el irresistible impulso de ofrecer un gratuito conse­jo. Es el siguiente: ¡leed lo menos posible, no todo lo posible! Oh, he envidiado, sin duda, a los que se ahogan en los libros. Yo también en secreto habría querido navegar por todos los libros que acariciara en mi mente durante tanto tiempo. Pero sé que no es importante. Sé ahora que ni siquiera me hacía falta leer la décima parte de lo que he leído. Nada hay más difícil en la vida que aprender a no hacer otra cosa que lo estrictamente ventajoso para el propio bienestar, lo estric­tamente vital.

Existe un excelente método para poner a prueba este valioso con­sejo que no he dado precipitadamente. Cuando encontramos un libro que nos agradaría leer o que creemos que nos convendría leer, dejé­moslo sin tocarlo por unos días, pero pensemos en él con la máxima intensidad posible. Dejemos que el título y el nombre del autor nos den vueltas en la mente. Pensemos en lo que nosotros mismos habría­mos escrito si hubiéramos tenido la oportunidad de hacerlo. Pregun-témonos sinceramente si habría sido absolutamente necesario agregar esta obra a nuestro cúmulo de conocimientos o a nuestra capacidad de entretenimiento. Tratemos de imaginar lo que significaría antici­par este placer o instrucción adicionales. Entonces, si hallamos que debemos leer el libro, observemos con qué extraordinaria penetración emprendemos su lectura. Observemos también que, por estimulante que pueda ser, muy poco hay en el libro que sea realmente nuevo para nosotros. Si somos honestos con nosotros mismos, descubrire­mos que nuestra estatura ha aumentado por el mero esfuerzo de ha­ber resistido nuestros impulsos.

No cabe duda de que la inmensa mayoría de los libros se superpo­nen los unos a los otros. Pocos son en realidad los que dan la impre­sión de originalidad, sea en estilo o contenido. Los libros excepciona­les son raros, menos de cincuenta, quizá, sobre un depósito entero de literatura. En una de sus recientes novelas autobiográficas, Blaise Cendrare señala que Rémy de Gourmont, debido a su conocimiento y noción de la cualidad repetitiva de los libros, consiguió seleccionar y leer todo lo que vale la pena en todos los dominios de la literatura. Cendrare mismo —¿quién lo habría sospechado?— es un lector pro­digioso. Lee la mayoría de los autores en su lengua original. No sólo eso, sino que cuando le agrada un autor, lee hasta el último libro que haya escrito ese hombre, como también sus cartas y todos los libros que se hayan escrito sobre él. En nuestros tiempos su caso no tiene parangón, creo, porque no solamente ha leído amplia y profundamente, sino que él mismo ha escrito muchos libros. Todos como si fuera de paso. Porque, si es algo, Cendrare es hombre de acción, aventurero y explorador, un hombre que sabe cómo “desperdiciar” su tiempo como un rey. En cierto sentido es el Julio César de la literatura.

El otro día, a petición del editor francés Gallimard, hice una lista de los cien libros que, según creo, ejercieron mayor influencia en mí. La lista es realmente extraña porque comprende títulos incon­gruentes como Peck's Bad Boy (El Niño Malo de Peck), Lettersfrom of the Mahatmas (Cartas de los Mahatmas) y Pitcaim Island (La Isla de Pitcairn). El mencionado en primer término, que es decididamente un libro “malo”, lo leí siendo muchacho. Me pareció que valía la pena incluirlo en la lista porque ningún otro libro me ha hecho reír de tan buena gana. Posteriormente, después de los diez años de edad, hice visitas periódicas a la biblioteca local para echar mano a los libros del anaquel rotulado “Humorismo”. ¡Cuan pocos fueron los realmente hu­morísticos! Éste es uno de los dominios de la literatura especialmente pobre y deficiente. Después de citar a Huckleberry Finn, The Crock of Gold (El Caldero de Oro), Lysistrata, Dead Souls (Almas Muertas), dos o tres obras de Chesterton y Juno and the Paycock, me resulta difícil mencionar alguna otra cosa destacada en esta categoría del humorismo. Si bien en Dostoievsky y Hamsun hay pasajes que todavía me arrancan lágrimas de hilaridad, sólo son pasajes. Los humoristas profesionales, cuyos nombres forman legión, me aburren a muerte. Los libros humorísticos, como los de Max Eastman, Arthur Koestler o Bergson, también me resultan mortíferos. Sería una hazaña, creo, si pudiese escribir un sólo libro humorístico antes de morir. Los chinos, dicho sea de paso, poseen un sentido del humor que me resulta muy íntimo y querido para mí. Particularmente sus poetas y filósofos.

En libros para niños, que son los que más nos influyen —me refiero a cuentos, leyendas, mitos y alegorías— el humorismo brilla totalmente por su ausencia, por supuesto. Los ingredientes cardinales son el horror y la tragedia, la lujuria y la crueldad. Pero mediante la lectura de estos libros se nutre la facultad imaginativa. A medida que vamos entrando en años, la fantasía y la imaginación van siendo cada vez más raras. Damos vueltas y vueltas en un sendero de noria que se vuelve más y más monótono. La mente se embota tanto que se requie­re un libro realmente extraordinario para sacarnos de nuestro estado de indiferencia o apatía.

En la lectura infantil hay un factor importante que tendemos a olvidar: el ambiente físico de la ocasión. Con cuánta nitidez, después de muchos años, recordamos el tacto de un libro favorito, su tipogra­fía, su encuadernación, sus ilustraciones y así sucesivamente. Con cuánta facilidad localizamos el momento y lugar de la primera lectura. Asociamos algunos libros con las enfermedades, otros con el mal tiempo, algunos con el castigo y otros con la gratificación. En el re­cuerdo de estos acontecimientos los mundos interior y exterior se fusionan. Estas lecturas son “acontecimientos” bien definidos en la vida de uno.

Sin embargo hay una cosa que diferencia la lectura de la infancia y la que se hace más tarde, y es la ausencia de opción. Los libros que leemos durante la niñez nos son impuestos. ¡Afortunado el niño que tiene padres sabios! Sin embargo, tan poderosa es la autoridad de ciertos libros que hasta el padre ignorante raras veces puede evitar­los. ¿Qué niño no ha leído
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