Transcripción confidencial de archivos internos contiene: Trascripción de interrogatorio en vídeo al Detective Peter J. Smith 13-15 de marzo ref.: «Asesinato Nakamoto»






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Estamos entrando en un mundo en el que ya no rigen las viejas normas.

phillip sanders
Los negocios son la guerra.

Lema japonés


SOL NACIENTE

Michael Crichton

Título Original: Rising Sun
Traducción: (1992) Ana María de la Fuente

DEPARTAMENTO DE POLICÍA DE LOS ÁNGELES

TRANSCRIPCIÓN CONFIDENCIAL

DE ARCHIVOS INTERNOS
Contiene: Trascripción de interrogatorio en vídeo al

Detective Peter J. Smith 13-15 de marzo

ref.: «Asesinato Nakamoto» (A8895-404)
Esta trascripción es propiedad del Departamento de Policía de Los Ángeles para utilización interna exclusivamente. La autorización para copiar, citar, reproducir o revelar con cualquier otro medio el contenido de este documento está limitada por la ley. La utilización no autorizada conlleva severas sanciones.
Dirigir las consultas a:

Oficial al mando,

Departamento de Policía de Los Ángeles

Apartado 2029

Los Ángeles, CA 92038

Teléfono (213) 555-7600

Fax: (213) 555-7812
Vídeo interrogatorio detective P. J. Smith 13-15.3
Caso: «Asesinato en la Nakamoto»
Descripción del interrogatorio: El sujeto (teniente Smith) fue interrogado durante 22 horas a lo largo de tres días, desde el lunes, 13, hasta el miércoles, 15 de marzo. La conversación fue grabada en cinta de vídeo S-VJS/SD.
Descripción de la imagen: Sujeto (Smith) sentado a un escritorio en la Sala de Vídeo 4, Central de la Policía de Los Ángeles. Reloj en la pared, detrás del sujeto. La imagen abarca superficie de la mesa, taza de café y sujeto de cintura para arriba. El sujeto viste americana y corbata (primer día); camisa y corbata (segundo día) y mangas de camisa (tercer día). En el ángulo inferior derecho, código horario del vídeo.
Objeto del interrogatorio: Aclarar el papel del sujeto en el «Asesinato en la Nakamoto» (A8895-404). Los oficiales encargados del interrogatorio fueron el detective T. Conway y el detective P. Hammond. El sujeto renunció a su derecho a un abogado.
Situación del caso: Archivado como «caso sin resolver».
Trascripción del 13 de marzo (1)
INT.: Bien, la cámara está en marcha. Diga su nombre para el informe, por favor.

SUJ.: Peter James Smith. INT.: Edad y categoría.

SUJ.: Treinta y cuatro años. Teniente de la división de Servicios Especiales. Departamento de Policía de Los Ángeles.

INT.: Teniente Smith, como usted ya sabe, por el momento no se le acusa de ningún crimen.

SUJ.: Lo sé.

INT.: De todos modos, tiene derecho a hacerse representar por un abogado.

SUJ.: Renuncio.

INT.: Bien. ¿Ha sido coaccionado de algún modo para venir aquí?

SUJ.: (Pausa larga): No; no he sido coaccionado en modo alguno.

INT.: Bien. Deseamos hablar con usted acerca del Asesinato en la Nakamoto. ¿Cuándo tuvo la primera noticia del caso?

SUJ.: El jueves, 9 de febrero, alrededor de las nueve de la noche.

INT.: ¿Qué pasó entonces?

SUJ.: Yo estaba en casa. Me llamaron por teléfono.

INT.: ¿Qué hacía usted cuando le llamaron por teléfono?

PRIMERA NOCHE




Para ser exactos, yo estaba en mi apartamento de Culver City, sentado en la cama, mirando un partido de los Lakers, sin el sonido, mientras trataba de aprender vocabulario de mi curso de japonés para principiantes.

Era una noche tranquila; había acostado a mi hija a eso de las ocho. Tenía el casete encima de la cama y una alegre voz femenina decía cosas tales como: «Buenos días, soy policía. ¿Puedo ayudarle en algo?» y «Por favor, tráigame el menú.» Después de cada frase, la mujer hacía una pausa, para que yo repitiera, en japonés, lo que había dicho ella. Y yo repetía, a trompicones, lo mejor que sabía. Luego ella decía: «La verdulería está cerrada. ¿Dónde está la oficina de Correos?» Cosas por el estilo. A veces, era difícil concentrarse, pero lo intentaba. «Mr. Hayashi tiene dos hijos.»

Yo traté de contestar. «Hayashi-san wa kodomo ga fur... futur...» Juré por lo bajo, pero ella ya estaba hablando otra vez.

—Esta bebida no es muy buena.

Yo tenía el libro abierto encima de la cama, al lado de un muñeco Cabeza de Patata de mi hija que acababa de reparar. Al otro lado, un álbum y las fotos del segundo cumpleaños de la niña. Ya hacía cuatro meses de la fiesta de Michelle, y yo aún no había pegado las fotos en el álbum. Uno no debe retrasarse en estas cosas.

—Se celebrará una reunión a las dos.

Las fotos de encima de la cama ya no reflejaban la realidad. Al cabo de cuatro meses, Michelle estaba muy cambiada, había dado un estirón y se le había quedado corto el caro vestido de fiesta que le había comprado mi ex esposa: terciopelo negro con cuello de encaje blanco.

En las fotos, mi ex esposa hace un gran papel: sostiene el pastel mientras Michelle sopla las velas o ayuda a la niña a abrir los regalos. Parece una madraza. En realidad, mi hija vive conmigo y mi ex esposa no la ve mucho. La mitad de los fines de semana no aparece y se salta los pagos de la pensión de la niña.

Pero, por las fotos, nadie lo diría.

—¿Dónde está el aseo?

—He traído el coche. Podemos ir juntos.

Seguí estudiando. Oficialmente, aquella noche estaba de guardia: yo era el oficial de Servicios Especiales encargado de la zona centro. Pero el nueve de febrero era un jueves tranquilo y yo no esperaba mucha acción. Hasta las nueve, sólo había recibido tres llamadas.

Servicios Especiales comprende la sección diplomática del Departamento de Policía; nos encargamos de los problemas relacionados con diplomáticos y celebridades, y proporcionamos intérpretes y enlaces a los extranjeros que, por una u otra causa, entran en contacto con la Policía. Es un trabajo variado pero no fatigoso: durante un turno de servicio, puedo recibir media docena de peticiones de ayuda, y ninguna urgente. Casi nunca tengo que salir. Es un trabajo mucho menos exigente que el de encargado de Prensa, lo que hacía antes de pasar a Servicios Especiales.

La primera llamada que recibí la noche del nueve de febrero se refería a Fernando Conseca, el vicecónsul de Chile. Un coche patrulla lo había parado; Ferny había bebido demasiado para conducir, pero invocaba inmunidad parlamentaria. Dije a los agentes que lo llevaran a su casa y tomé nota para volver a quejarme al Consulado por la mañana.

Una hora después me llamaron unos detectives de Cárdena. Durante un tiroteo en un restaurante, habían arrestado a un sospechoso que sólo hablaba samoano, y pedía un intérprete. Yo les dije que no había inconveniente en facilitarles el intérprete, pero que todos los samoanos hablaban inglés porque hacía años que el país era posesión norteamericana. Los detectives dijeron que ellos se encargarían del asunto. Luego recibí un aviso de que unidades móviles de televisión bloqueaban las salidas de incendios en un concierto de Aerosmith; dije a los agentes que avisaran a los bomberos. Durante la hora siguiente, hubo calma. Volví al libro y a la mujercita de la voz cantarina que decía cosas tales como: «Ayer hizo un día lluvioso.»

Entonces llamó Tom Graham.

—Estos jodidos japoneses —dijo Graham—. Tienen un morro increíble. Vale más que vengas, Petey-san. Mil cien de Figueroa, esquina a Séptima. Es el nuevo edificio «Nakamoto».

—¿Cuál es el problema? —Tenía que preguntarlo: Graham es un buen detective, pero tiene mal genio y a veces exagera.

—El problema es que los jodidos japoneses exigen ver al jodido oficial de enlace de Servicios Especiales. Y ése eres tú, colega. Dicen que la Policía no puede proceder hasta que llegue el oficial de enlace.

—¿Proceder? ¿A qué? ¿Qué tenéis ahí?

—Homicidio —dijo Graham—. Mujer blanca, de unos veinticinco años y un metro ochenta. Tendida de espaldas, en su jodida sala de juntas. Todo un panorama. Anda, ven cuanto antes.

—¿No se oye música de fondo? —pregunté.

—Sí, mierda —dijo Graham—. Hay una fiesta por todo lo alto. Esta noche inauguran la torre «Nakamoto» y dan una recepción. Ven.

Le dije que iría. Llamé a la señora Ascanio, que vive al lado, y le pedí que vigilara a la niña porque yo tenía que salir; nunca está de más un poco de dinero extra. Mientras la esperaba, me cambié la camisa y me puse el traje bueno. Luego llamó Fred Hoffmann. Era el encargado de guardia, un tipo fornido de pelo gris.

—Oye, Pete, me parece que no te vendría mal un poco de ayuda en esto.

—¿Por qué? —pregunté.

—Al parecer, tenemos un homicidio con ciudadanos japoneses involucrados. Puede ser un asunto delicado. ¿Cuánto hace que eres oficial de enlace?

—Unos seis meses.

—Yo, en tu lugar, pediría ayuda a alguien con experiencia. Llévate a Connor.

—¿A quién?

—A John Connor. ¿Le conoces?

—Desde luego —dije. En la división, todo el mundo había oído hablar de Connor. Era una leyenda, el más experto de todos los oficiales de Servicios Especiales—. Pero, ¿no estaba retirado?

—Está en situación de excedencia, pero todavía interviene en casos relacionados con japoneses. Creo que podría ayudarte. Verás lo que haremos: yo le llamo de tu parte y tú pasas a recogerlo. —Hoffmann me dio la dirección.

—De acuerdo. Gracias.

—Y, otra cosa: en este asunto, líneas terrestres, ¿de acuerdo, Pete?

—De acuerdo. ¿Quién lo ha dispuesto?

—Es preferible.

—Lo que tú digas, Fred.
«Líneas terrestres» significaba no utilizar las radios, para que nuestras transmisiones no fueran captadas por los medios de comunicación que permanecían a la escucha de las frecuencias de la Policía. Era la práctica habitual en determinadas circunstancias: cuando Elizabeth Taylor era hospitalizada, o cuando moría en accidente de circulación un adolescente hijo de un personaje famoso, para estar seguros de que los padres se enteraban de la noticia antes de que los equipos de televisión empezaran a aporrear la puerta. En tales casos se utilizaban líneas terrestres. Pero yo no recordaba que se hubieran recomendado en un homicidio.

De modo que, mientras me dirigía al centro no utilicé el radioteléfono del coche. Escuchaba la radio. Daban la noticia de que un niño de tres años había recibido una herida de bala que lo había dejado paralítico de cintura para abajo. Durante un atraco a una tienda de la cadena «Siete a Once», una bala perdida alcanzó al niño que se encontraba casualmente en las inmediaciones, hiriéndole en la espina dorsal y ahora estaba...

Cambié de emisora: una tertulia radiofónica. Delante de mí, veía las luces de los rascacielos del centro envueltos en la bruma. Salí de la autopista por San Pedro, la salida de Connor.

Lo que yo sabía de John Connor era que había vivido en el Japón durante una temporada y que conocía bien el idioma y la cultura japoneses. Hubo una época, en los años sesenta, en la que él era el único policía que hablaba japonés correctamente, a pesar de que entonces Los Ángeles era el mayor núcleo de población japonesa del mundo, fuera del archipiélago. Ahora, desde luego, el Departamento tiene más de ochenta policías que hablan japonés, además de los que tratamos de aprenderlo. Connor se había retirado hacía años, pero los oficiales de enlace que habían trabajado con él decían que era el mejor. Tenía fama de detective sagaz y hábil interrogador, capaz como nadie de sacar información a los testigos. Pero lo que más alababan los otros enlaces era su ecuanimidad. Uno me dijo: «Trabajar con japoneses es como hacer equilibrios en la cuerda floja. Antes o después, todo el mundo se decanta hacia uno u otro lado. Unos aseguran que los japoneses son fabulosos e incapaces de hacer daño a nadie. Otros dicen que son unos gilipollas indecentes. Pero Connor conserva el equilibrio. Se mantiene en el punto intermedio. Él, en todo momento, sabe muy bien lo que se hace.»
John Connor vivía en la zona industrial adyacente a la calle Séptima, en un gran almacén de ladrillo contiguo a un depósito de camiones-cisterna. El montacargas estaba averiado. Subí andando hasta el tercer piso y llamé a la puerta.

—Está abierto —dijo una voz.

Entré en un apartamento pequeño. La sala, desierta, estaba decorada al estilo japonés: esteras de tatami, biombos de shoji y paredes recubiertas de paneles de madera; una lámina de caligrafía, una mesita de laca negra y un florero con una única orquídea blanca.

Al lado de la puerta, dos pares de zapatos: unos mocasines de hombre y unos zapatos con tacón de aguja.

—¿Capitán Connor? —dije.

—Un minuto.

Un biombo de shoji se deslizó y apareció Connor. Era muy alto, tal vez metro noventa. Vestía un yukata, una túnica japonesa de algodón azul. Le calculé unos cincuenta y cinco años. Hombros cuadrados, frente ancha, bigote recortado, facciones acusadas y ojos penetrantes. Voz grave. Serena.

—Buenas noches, teniente.

Nos estrechamos las manos. Connor me miró de arriba abajo y asintió con gesto de aprobación.

—Bien. Muy presentable.

—Antes trabajaba en la oficina de Prensa —dije—. Nunca se sabe cuándo va uno a verse delante de las cámaras.

Él asintió.

—¿Y ahora es el oficial de Servicios Especiales de guardia? —dijo moviendo afirmativamente la cabeza.

—Exactamente.

—¿Cuánto tiempo hace que es oficial de enlace?

—Seis meses.

—¿Habla japonés?

—Un poco. Estoy estudiándolo.

—Déme unos minutos para cambiarme. —Dio media vuelta y desapareció tras el biombo de shoji—. ¿Es un homicidio?

—Sí.

—¿Quién le ha avisado?

—Tom Graham. Es el encargado del caso en la escena del crimen. Dice que los japoneses se han empeñado en que esté presente un oficial de enlace.

—Ya. —Hubo una pausa. Oí correr agua—. ¿Es una petición habitual?

—No. En realidad, que yo sepa, es la primera vez. Normalmente, los oficiales piden un enlace cuando tienen un problema de lenguaje. No sé de ningún caso en que los japoneses hayan pedido un enlace.

—Ni yo tampoco —dijo Connor—. ¿Le pidió Graham que viniera a buscarme? Porque Tom Graham y yo no siempre nos hemos admirado mutuamente.

—No —respondí—; Fred Hoffmann me sugirió que lo llevara conmigo. Le parece que no tengo suficiente experiencia. Dijo que le llamaría en mi nombre.

—Entonces, ¿usted tuvo dos llamadas? —dijo Connor.

—Sí.

—Ya. —Reapareció con un traje azul oscuro, anudándose la corbata—. Creo que el tiempo es un factor crítico. —Miró su reloj—. ¿A qué hora le llamó Graham?

—A eso de las nueve.

—Entonces ya han transcurrido cuarenta minutos. Vámonos, teniente. ¿Dónde tiene el coche?

Bajamos rápidamente.

Circulamos por San Pedro arriba y, al llegar a la Segunda, torcimos hacia la izquierda, en dirección al edificio «Nakamoto». Connor me preguntó:

—¿Tiene buena memoria?

—Bastante buena, creo.

—Me gustaría que me repitiera las conversaciones telefónicas que ha mantenido esta noche, con todos los detalles posibles. Palabra por palabra, a poder ser.

—Lo intentaré.

Le describí las dos llamadas. Connor me escuchó sin interrumpirme ni hacer comentarios. Yo no sabía por qué estaba tan interesado y él no me lo dijo. Cuando hube terminado, me preguntó:

—¿No le dijo Hoffmann quién había ordenado líneas terrestres?

—No.

—Bien, de todos modos, es buena idea. Yo nunca uso el teléfono del coche si puedo evitarlo. Hay demasiada gente a la escucha.

Torcí por Figueroa. Vi brillar focos delante de la nueva torre «Nakamoto». El rascacielos de granito gris se recortaba en el cielo de la noche. Yo metí el coche por el carril de la derecha y abrí la guantera para coger unas cuantas tarjetas.

En las tarjetas, impresas por una cara en inglés y, por la otra, en japonés, se leía: Teniente Detective Peter J. Smith, Oficial de Enlace de Servicios Especiales, Departamento de Policía de Los Ángeles.

Connor miró las tarjetas.

—¿Cómo piensa manejar la situación, teniente? ¿Ya ha tratado antes con japoneses?

—Pues, en realidad, no —dije—. Un par de arrestos por conducir en estado de embriaguez.

—Entonces voy a permitirme sugerirle una estrategia para ambos —dijo Connor cortésmente.

—Encantado —respondí—. Gracias por su ayuda.

—Bien. Puesto que el enlace es usted, probablemente será preferible que, cuando lleguemos, sea usted quien hable.

—Bien.

—No se moleste en presentarme ni se refiera a mí en modo alguno. Ni siquiera me mire.

—De acuerdo.

—Yo no cuento para nada. Usted manda.

—Muy bien.

—Ello ayudará a mantener un tono formal. Permanezca erguido y con la chaqueta bien abrochada. Si le hacen una reverencia, usted limítese a inclinar ligeramente la cabeza. Un extranjero nunca dominará el ritual de la reverencia. Ni lo intente.

—De acuerdo.

—Cuando empiece a tratar con los japoneses, recuerde que a ellos no les gusta negociar. Les parece un enfrentamiento excesivamente fuerte. En su propia sociedad, lo evitan todo lo posible.

—Bien.

—Controle sus ademanes. Mantenga los brazos caídos a los lados del cuerpo. A los japoneses los movimientos bruscos les resultan amenazadores. Hable despacio. Mantenga un tono de voz sereno y uniforme.

—Conforme.

—Si le es posible.

—Desde luego.

—Puede ser difícil. A veces, los japoneses llegan a hacerse irritantes. Probablemente, los encuentre usted irritantes esta noche. Llévelo lo mejor que pueda. Pero, pase lo que pase, no pierda los estribos.

—Entendido.

—Es de muy mala educación.

—Ya.

—Estoy seguro de que lo hará usted muy bien —sonrió Connor—. Probablemente, no necesite mi ayuda para nada. Pero, si se atasca, me oirá decir: «Quizá yo pueda ayudar.» Será la señal de que yo tomo las riendas. A partir de ese momento, déjeme hablar a mí. Será preferible que no vuelva a abrir la boca, ni aunque se dirijan a usted. ¿Entendido?

—Entendido.

—Si quiere hablar, hable, pero no se extienda.

—Está bien.

—Otra cosa: haga lo que haga yo, no demuestre sorpresa.
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